Antonio Machado
(1875-1939)

Sumario:

Un adulto prematuro
Soria
Baeza
Segovia
La guerra
El pueblo canta

«Trabajemos pacientemente nuestras armas.
Pero al fin es preciso ir a la guerra.»



Un adulto prematuro

Antonio Machado nació en Sevilla el 26 de julio de 1875, proveniente de una familia liberal. Su padre era juez, un hombre muy culto, doctorado en Filosofía y Letras y reputado folklorista que investigó los cantes del pueblo andaluz.

Apenas quedan recuerdos de infancia al Machado adulto, y escasos son los que conserva de Sevilla. Parece que su infancia le resultó monótona, ajena al valor del tiempo, a la angustia del tiempo, que después pretendió recobrar. Quizá no lo busca, pero el niño sevillano tropieza con un vacío que le enseña a meditar y a reflexionar, forjando ese típico carácter tan suyo, propenso a la observación meticulosa, pero también al distanciamiento:

Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar.
Machado también recuerda su adolescencia como una madurez prematura, solitaria, un tiempo ido que no puede recobrar. Lo expresará en Galerías:
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor,
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¿Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar?
Por eso, cuando en plena guerra se dirije en un mitin a las Juventudes Socialistas Unificadas, les ofrece un único consejo: que vivan como jóvenes, que es una etapa de la vida irrepetible, irrecuperable. No cabe duda que estaba pensando en su propia experiencia personal de juventud frustrada.

A los ocho años, en 1883, sus padres se trasladan a Madrid, el centro dominante de la cultura, la política y la burocracia española. En la España caciquil, intransigente, escolástica, absolutista y clerical, tiene abiertas las puertas la Institución Libre de Enseñanza, un auténtico balneario para la amordazada intelectualidad española.

Su adolescencia y juventud estuvieron, pues, marcadas por las enseñanzas de la Institución: a sus maestros guardará Machado vivo afecto y profunda gratitud. La huella es clara en las pretensiones armónicas, racionales y frías del poeta quien, aun cuando tome partido, trata de aproximarse al contrario.

Es clara también esa huella en su insistencia por el diálogo, que consiste -dice Machado- en preguntar primero y escuchar después, y no en lanzar el discurso para que los demás escuchen, sin atender las razones ajenas, e incluso las opuestas. Ese diálogo está presente también en su poesía que, al estilo de Bécquer, adopta una forma dialogada, de preguntas y coloquio, aunque se trate en realidad de un verdadero monólogo.

El poeta se separa claramente de sus mentores en su adhesión, poética y política, por lo popular, rompiendo el aire elitista de la Institución. Su primer poemario lo tituló Soledades, que no es más que una evocación de la soleá, uno de los cantes flamencos más importantes. En él está incluido también un poema dedicado al cante hondo, que es quizá la primera presencia del arte popular dentro de la literatura culta española, línea que Lorca impulsará después con enorme fuerza.

En 1889 ingresó en el Instituto de San Isidro. Un año más tarde lo hará en el Cardenal Cisneros.

Cuando tenía 18 años, en 1893, muere de su padre, el hombre que volviera de Cuba a enterrarse en su Sevilla adoptiva, donde publicó su obra El folklore andaluz.

Machado inició sus trabajos literarios en La Caricatura, utilizando varios seudónimos para firmarlos: Gabellera y Tablante de Ricamonte. Comprende la necesidad de romper su incomunicación infantil y recuperar el tiempo perdido. En el ansia por devorar tiempo, más que ser devorado por él, experimenta la necesidad de viajar, empaparse de paisajes, conocer gentes, buscar relaciones humanas que posibiliten el siempre ejercicio difícil de la comunicación.

Por eso, en 1989, con 24 años, marcha a París, donde se mueve en la cohorte habitual de pintores, poetas, revolucionarios, soñadores y bohemios enfrascados en las tertulias de los cafés. Pero Machado es más hombre de escuchar que de exponer, de pensamiento que de acción. Trabaja, junto con su hermano Manuel, como traductor en la casa Garnier; perfecciona el francés y anota impresiones, que más tarde recordará. El affaire Dreyfuss está en su apogeo y el simbolismo también; en pintura el expresionismo. La gran figura literaria, el gran consagrado, era Anatole France. En la capital francesa, Machado conoce a Oscar Wilde y a Jean Morèas.

No dura mucho esta primera estancia del poeta en París, apenas cinco meses. En octubre regresa a Madrid. No se sabe cuánto tiempo lleva ya componiendo poemas. Los primeros de que tenemos constancia de publicación aparecieron en la revista Electra en 1901.

Se ha graduado de bachiller en el Instituto Cardenal Cisneros, y de regreso a Madrid, trabaja temporalmente como actor de teatro en la compañía Guerrero-Mendoza. Continúa su colaboración en la revista Electra, comienza también a escribir en Helios, Alma Española, Blanco y Negro, Renacimiento Latino, La República de las Letras, Renacimiento. Por esas mismas fechas conoció a Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y otros destacados escritores de la época con los que mantuvo una estrecha amistad.

En 1902 Machado marcha nuevamente a París y, trabajando en el Consulado de Guatemala, conoce a Rubén Darío, del que será gran amigo durante toda su vida.

Al año siguiente, con veintiocho años de edad, va a publicar su primer libro de poemas, Soledades, en cuyo prólogo a la edición de de 1907 escribió:

Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, voz propia, en respuesta animada al contacto con el mundo. Y aún pensaba que el hombre, mirando hacia dentro, puede vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento.
Y efectivamente Soledades, aunque tiene algunas huellas modernistas, tiene un carácter bien distinto, en el que está más acentuada la influencia de románticos como G.A.Becquer y Rosalía de Castro.

Se trata de poemas de una extraordinaria sencillez, sobrios y transparentes, donde cada palabra aparece por necesidad y nunca por ornamento:

mata tus palabras
y oye tu alma vieja.
Así viene a resumir este poemario en una de sus estrofas.

En ellas el poeta inicia un recorrido interior, introspectivo, a través del sueño que, en realidad, no es más que el propio ensimismamiento del poeta, una ensoñación en estado de vigilia, un monólogo consigo mismo en el que la memoria, los recuerdos, forman una parte muy importante.

Se trata, pues, de versos intimistas en los que sobresale la melancolía y la nostalgia por el pasado, por la infancia perdida. El tiempo desempeña, por tanto, un papel fundamental a través de claves llenas de sugerencias. Una de ellas es la tarde y sus varios equivalentes (crepúsculo, otoño) que transmiten esa sensación permanente de tristeza y decadencia.

La tarde es la imagen exterior del alma misma del poeta, está revestida de la misma melancolía. Aparece sugerida también a través de las sombras, de los parajes umbríos.

El tiempo de Machado transcurre lento y monótono y para describirlo utiliza la imagen de la fuente, donde el agua brota perenne con el mismo murmullo:

El agua de la fuente
sobre la piedra tosca
y de verdín cubierta,
resbala silenciosa.
Junto a las fuentes, hay mucha presencia de otros tipo de paisajes urbanos, como parques, jardines, patios o plazas, todos los cuales van asociados a prductos de la naturaleza que denotan el transcurso del tiempo, como el musgo o el verdín. El silencio y la soledad los presiden todo:
y estoy solo, en el patio silencioso
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro
algún recuerdo en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.
El problema del tiempo está tiempo en sus continuas referencias al camino y al viaje, en donde el destino nunca aparece:
Nunca si llegan a un sitio
preguntan a dónde llegan.
El viaje carece de todo fin utilitario: es un paseo, una recreación del poeta consigo mismo y con la naturaleza que le rodea que le sugiere continuas reflexiones en voz alta.

Pero las fuentes y los jardines de Machado tienen poco que ver con las ciudades muertas de los modernistas. Ya en el segundo poema Machado contrapone las ciudades muertas con la irrupción estridente de unos niños en la plaza:

Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.
¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!...
¡Y algo de nuestro ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas.
El alboroto infantil rompe la monotonía del tiempo, acaba con el silencio y revive a las ciudades muertas. Es en la juventud donde hay que depositar todas las expectativas para llenar de alegría las galerías desiertas del alma.

Juan Ramón Jiménez, en El País, consagra inmediatamente al joven poeta: Tranquilos, dichosos en nuestro retiro, en nuestra soledad de alma, abramos este libro de soledades, libro de abril, amargo y azul, lleno de ráfagas y de ascensiones, de música, de fuentes y aroma de lirios. Y que nuestra alma se aleje hacia poniente, acariciada por esta lira que tiene la melancólica, vieja y castellana de las coplas de don Jorge Manrique y el bello ritmo, rico y diamantino de los romances de Góngora.

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