Su obra y pensamiento recorren una trayectoria de progresiva concreción, desde unas inciiales posiciones escépticas, neutrales o humanistas, hacia otras mucho más avanzadas, militantes, socialistas, pasando por el núcleo esencial de su concepción de lo popular, tanto en la lírica, como en la política.
Esa evolución recorre el abismo que va desde el individualismo hasta la identificación, rotunda y contundente, con las masas. En su entrevista de 1934 reconocerá claramente que la clase proletaria reclama sus derechos a dirigir el mundo.
Machado se enfrenta decididamente a la extendida opinión que considera como inexrorable la pérdida de calidad de la cultura al divulgarla para acercarla a las masas, porque lo espiritual es lo reversible, lo que al propagarse ni se degrada ni se disipa, sino que se acrecienta. Esta es una reflexión que demuestra toda la grandeza de nuestro poeta, que no se limitó sólo a exponerla, sino que -puede decirse- demostró cumplidamente con su obra literaria en verso y en prosa: es posible una poesía y una prosa de extraordinaria calidad que, al mismo tiempo, sea asequible para las masas... Sólo es necesario topar con un literato genial, cabría añadir, y Machado demostró esa cualidad.
Desde el punto de vista poético Machado, reconoce que el pueblo no sólo debe ser el destinatario de la cultura, sino que es sobre todo la fuente creadora de esa misma cultura. Y dispone de un argumento muy importante: quien tiene que dirigir el mundo es la inteligencia y la cultura -afirma-, y ninguno de los dos pueden ser patrimonio de una casta.
Si hubiera que resumir su pensamiento en pocas palabras, resultaría obligado reconocer que, por encima de todo, Antonio Machado es un poeta del pueblo. La cultura es el elemento esencial del pueblo. Su obsesión fue aprender de su pueblo y escribir para él, para la liberación y el desarrollo intelectual de ese pueblo. En la poética de su apócrifo Juan de Mairena dirá:
Un pueblo es siempre una empresa cultural, un arco tendido hasta el mañana. El que este mañana nos sea desconocido no invalida la necesidad de un previo conocimiento para explicarnos todo lo demás. De modo que la verdadera historia de un pueblo no la encontraremos casi nunca en lo que de él se ha escrito. Un pueblo es una muchedumbre de hombres que temen, desean y esperan aproximadamente las mismas cosas. Sin conocer alguna de ellas, no hallaréis nada, en historias, que merezcan leerse [...]Pero tampoco tiene un concepto idealizado del pueblo, y reconoce la sordidez que puede llegar a albergar ese pueblo campesino castellano:Si vais para poetas, cuidad vuestro folklore. Porque la verdadera poesía la hace el pueblo. Entendámonos: la hace alguien que no sabemos quién es, o que, en último término, podemos ignorar quién sea, sin el menor detrimento de la poesía.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldeaEl poeta de Castilla no tiene una visión idílica de la meseta, y alude explícitamente a esa Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos, [que] desprecia cuanto ignora.
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea
esclava de los siete pecados capitales.
También es apreciable en Machado un creciente optimismo, que rompe con la dinámica de la generación del 98 y también con la general corriente de la época en toda la intelectualidad europea. En 1913, víspera de la guerra imperialista, escribe El maña efímero donde, después de dejar constancia de la perviviencia de una España de charanga y pandereta, una España inferior, que ora y que bosteza, descubre también otro país, otras gentes portadoras del futuro:
Mas otra España nace,El poema es absolutamente contundente. No solamente expresa una total confianza en el futuro, sino que indica dónde está esa esperanza, que no es otra que la clase obrera, que quienes se dedican al trabajo manual. Y el estilo es tremendamente enérgico: habla de violencia, de un hacha vengadora y de la rabia acumulada que estallará. De la desilusión inicial y de las dudas, pasa a manifestar su esperanza, parafreaseándose a sí mismo reitera en carta versificada a Azorín de la misma fecha:
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España, implacable, redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora
España de la rabia y de la idea.
Oh, tu, Azorín, escucha: España quiere
surgir, brotar, toda una España empieza
¿Y ha de helarse en la España que se muere?
¿Ha de ahogarse en la España que bosteza?
Para salvar la nueva epifanía
hay que acudir, ya es hora,
con el hacha y el fuego al nuevo día.
Oye cantar los gallos de la aurora.
El poema es sintómático y rompe una cierta imagen de Machado como hombre propenso a la pasividad y a la mera reacreación ideal que, sin duda, está presente en versos como éstos:
Hay dos modos de conciencia:Ese es el primer Machado, el de las luces, el que todo lo fía a la razón, a la luz, a la observación. Pero hay otro Machado más maduro y avanzado que llama abiertamente a la acción, a la que habremos de acudir provistos de armas, preparados para el combate.
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tu: ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?
Cambia el lenguaje y en 1915 considera ya que no basta sólo con cambiar de gobierno: empieza a hablar de revolución, utilizando una metáfora brillante:
Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él... Si guía mal habrá que despedirlo. Porque dentro de su coche vamos todos. Mas ¿qué haremos con un cochero loco, borracho, que nos lleva a galope y alegremente al precipicio? Habrá que arrojarlo a la cuneta del camino, después de arrancarle por la fuerza la rienda de las manos. Revolución se llama a esta fulminante jubilación de cocheros borrachos. Palabra demasiasdo fuerte. No tan fuerte, sin embargo, como romperse el bautismo.Esto no tendría ninguna relevancia en un tiempo en el que hasta el reaccionario Maura hablaba de revolución desde arriba. La revolución hay que promoverla, como preconizaba el poeta, no desde arriba, ni desde abajo, sino desde todas partes (carta a Unamuno de 16 de enero de 1915), pero especialmente desde abajo (entre otros textos, en Ahora, 3 de octubre de 1936).
Todos los escritos de Machado tienen una gran carga filosófica, de meditación sobre las cuestiones cardinales que han acaparado las reflexiones de todos los tiempos. Antonio Machado es un hombre influido por sus estudios en la Instución Libre de Enseñanza, fase completada por su asistencia en París a los cursos de Bergson y sus prolongadas lecturas, sobre todo en el destierro de Baeza.
Pero, una vez más, esa filosofía está impregnada de una minuciosa recopilación de sabiduría popular, expresada en refranes, proverbios y decires. En contraste con tantos de su época, está siembre presente el rechazo de Machado a las élites, a la aristocracia. Hay en él una reflexión básica que expresa en La tierra de Alvargonzález:
Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.En sus Proverbios y cantares se aprecia una forma lírica, antes desconocida: el aforismo filosófico, la mezcla de poesía y filosofía:
La verdad es lo que esConsecuencia de esa admiración por lo popular es su progresivo abandono de las formas modernistas y su adhesión a las formas sencillas y directas, depojadas de metáforas y de barroquismos o, como diría Juan de Mairena, la prevalencia del sustantivo sobre el adjetivo. El de Machado es un estilo impresionista de trazos minúsculos. Por eso confiesa su amor por el romance, de origen popular, en el que encuentra la suprema expresión de la poesía.
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.
Pero ese estilo tampoco es originario, sino consecuencia de una evolución y una creciente querencia por los viejos cancioneros populares, que comienza a advertirse a partir de 1916 en su poema A la orilla del Duero. Y la forma cambia tanto como el contenido, porque en sus versos comienzan a aparecer también los temas -y sobre todo los personajes- tradicionales del romancero: los molineros, los leñadores, los pastores... Es el pueblo. Machado escribe sobre el pueblo, porque mis romances, escribirá el poeta, no nacen de las grandes gestas, sino del pueblo que los compuso.