Segovia

En Segovia había tomado posesión de la cátedra de lengua francesa el 1 de diciembre de 1919. El 29 del misma mes y año lo haría de la de literatura española, en la que permanecerá por espacio de diez años, desde 1922 será vicedirector del Instituto.

Su trayectoria en Segovia indica esta evolución de creciente compromiso con el pueblo, con las ideas y los actos capaces de dar al pueblo el marco histórico que en justicia le corresponde.

Progresivamente Machado pasa de la reflexión a la acción: en 1922 formará parte de la Organización de la Liga Provincial de los Derechos del hombre; en 1926 firmará el llamamiento de Alianza Republicana; el 14 de abril de 1931 participa en todos los actos públicos que se convocan en Segovia proclamando la República; en 1936 firma el manifiesto de la Unión Universal por la paz; al estallar la guerra se pone a disposición del Gobierno republicano y comienza un trabajo febril de colaboración con la prensa antifascista; en 1937 participa en el Congreso de Escritores Antifascistas...

El 19 de noviembre de 1919 Machado fundó en Segovia la Universidad Popular para proporcionar formación a los trabajadores que no tienen acceso a otros centros docentes.

Iniciose el primer curso el 2 de febrero de 1920. Las clases, de 7 a 9 de la noche, eran mixtas y totalmente gratuitas. Machado impartiría clases de francés y lecturas literarias. Además de las clases funcionaba una biblioteca amplia y muy actual, gracias sobre todo a las obras donadas por Machado, que escribió a todos sus amigos pidiéndoles libros, y regaló además 100 de sus volúmenes particulares. Igualmente organizó la Universidad Popular ciclos de conferencias, en las que participaron los intelectuales más importantes de la época.

Es el año en que Machado publica sus Nuevas Canciones. La poesía se va a transformar en prosa. Sus búsquedas serán impresas en Los Complementarios, y en los personajes apócrifos claves en su obra última: Abel Martin y Juan de Mairena.

Las Nuevas Canciones marcan un punto máximo en el camino reflexivo del poeta, cuya maestría comienza a ser reconocida. En 1923, jóvenes poetas, por solicitud y gestión de Mauricio Bacarisse -entre ellos Salinas, Ardavín, Chabas, Romero Flores y Tudela-, le visitan en Segovia ofreciéndole una comida de homenaje. En su honor, Machado les recita el poema Sanatorio del Alto Guadarrama, visión que dos veces por semana se le ofrece desde su tabla del vagón de tercera clase que recorre el trayecto Madrid-Segovia.

Machado está en plena madurez, época de reflexión alumbrada por una última esperanza amorosa. Es el final de un viaje pesado como un sueño, del que se tiene conciencia un día, cuando uno comprende que ya camina en sentido contrario al marcado por las manecillas del reloj y cada hora ha de ser aprovechada con absoluta entrega.

En su pensión segoviana el poeta soñará con su nueva amada: Guiomar. A ella, precisamente, escribirá la penetrante intimidad que producen estas horas de recogimiento:

Las noches de Segovia son portentosas por el brillo de las estrellas y por el silencio.
El personaje de Guiomar fue utilizado por el fascismo para tratar de desprestigiar la imagen de Machado, al esconder un amor secreto con una mujer casada. En 1950, al servicio del fascismo, Concha Espina trató de provocar confusión al publicar por primera vez, mutiladas, las cartas de Antonio Machado a su amor secreto:
Lleno de tí, diosa mía. Abrasado me tienes de un fuego del que tú eres inocente sin duda. En él quiero consumirme.
El poeta tuvo, al final ya de su vida, pensamientos, palabras, enloquecidas notas de una melodía. El poeta vuelve a amar, y esto es lo importante; sufre por amar, y esto, es igualmente importante. El amor siempre es puro, y más puro es aún si los besos se contagian en comunicación plena. La amada Guiomar es Pilar de Valderrama para quien aparecieron sus primeras canciones en 1929, en la Revista de Occidente. El nombre proviene de Guiomar de Meneses quien fuera la mujer de uno de los poetas más amados por Machado: Jorge Manrique.

Sólo la guerra les separa. Guiomar parte a Galicia, Portugal tal vez. Machado a Valencia. Muerte y amor fundidos, hermanados quizá de forma definitiva en uno de los más bellos sonetos del poeta:

De mar a mar, entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tu asomada, Guiomar, a un finisterre,

miras hacia otra mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio si al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

Guiomar fue una poética, una comunicación imposible, una reposada cena, una conversación, algunos paseos, sueños solitarios conjugados con una imaginación que crea y recrea la luz y la sombra y traza en la realidad imágenes de razón y monstruos, dulces a diferencia de las goyescas, de verosimilitud inverosímil. Al fin y a la postre Machado reconoció la carga fantástica del amor en un poema memorable del Cancionero apócrifo:
Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más:
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.
Guiomar proporciona al poeta energías renovadas materializadas en bellos poemas legados a la posteridad:
Tu poeta
piensa en tí. La lejanía
es de limón y violeta,
verde el campo todavía.
Conmigo vienes, Guiomar;
nos sorbe la serranía.
De encinar en encinar
se va fatigando el día.
El tren devora y devora
día y riel. La retama
pasa en sombra; se desdora
el oro de Guadarrama.
Porque una diosa y su amante
huyen juntos, jadeante,
los sigue la luna llena.
El tren se esconde y resuena
dentro de un monte gigante.
Campos yermos, cielo alto.
Tras los montes de granito
y otros montes de basalto,
ya es la mar y el infinito.
Juntos vamos; libres somos.
Aunque el Dios, como en el cuento
fiero rey, cabalgue a lomos
del mejor corcel del viento,
aunque nos jure, violento,
su venganza,
aunque ensille el pensamiento,
libre amor, nadie lo alcanza.
En 1925 ha lanzado la segunda edición de sus páginas escogidas. Lleva tres años colaborando en el índice fundado por Juan Ramón. Se estrenan sucesivamente obras suyas de teatro escritas en colaboración con su hermano Manuel: en 927, Juan de Mañara, en el Reina Victoria; en 1928, Las Adelfas, por la triunfante Lola Membrives; en 1929, La Lola se va a los puertos, con la misma actriz; en 1931, La prima Fernanda; en 1932, la Duquesa de Benamejí, ahora Margarita Xirgu de protagonista. Y aún en 1941 se representará El hombre que murió en la guerra, terminada en 1936.

El 24 de marzo de 1927 ha sido elegido miembro de la Real Academia de la Lengua. Fue la Universidad Popular segoviana quien el 14 de diciembre de 1926 solicitó la designación de Machado como académico, al tiempo que le nombraba Director honorario de dicha institución. Ocuparía la vacante de Echegaray, y nunca leería, incluso terminaría de escribir, el discurso de ingreso a la misma, del que se conservan fragmentos, muchos de ellos más a nivel de anotación que de desarrollo unitario, publicados, sin embargo, recientemente.

Recibe un homenaje de la Institución Libre de Enseñanza, en compañía de su hermano. Preside la Organización provincial de la organización Al servicio de la República.

Los acontecimientos políticos se precipitan. El gobierno Berenguer aplasta la sublevación de Jaca y Cuatro Vientos, remedio a la vez cruel y fugaz, porque se ve débil, cercado, impotente para contener la marea republicana, que acaba imponiéndose:

La primavera ha venido
del brazo de un capitán.
Cantad niñas, en corro:
¡Viva Fermín Galán!
El rey huye y el pueblo sale alborozado a celebrar el anhelado nacimiento de un nuevo régimen del que esperan que cambie sus sacrificadas vidas. El poeta canta delicadamente la alegría del momento:
La primavera ha venido
y don Alfonso se va.
Muchos duques le acompañan
hasta cerca de la mar.
Las cigüeñas de las torres
quisieran verlo embarcar.
El 14 de abril de 1931 Machado está en Segovia. Las noticias llegan precipitadas. Suenan músicas y se cambian banderas en los Ayuntamientos de pueblos y ciudades. Las gentes se lanzan a la calle creando un día de fiesta. Machado se dirige a la Casa del Pueblo y de allí, en manifestación que engrosa con ciudadanos llegados de todas las esquinas de la ciudad. Machado preside el cortejo. La plaza se ha llenado de luz, de brillante sol. ábrense ventanas y balcones; vomitan las bocacalles hombres, mujeres, niños sobre ella. Sólo la catedral, a un flanco, queda desnuda, orgullosa en su momentánea soledad. Salen al balcón del Ayuntamiento, izan la bandera tricolor, dicen algunas palabras rituales, y en el kiosco situado en el centro de la misma, estalla la banda de música una improvisada Marsellesa.

La guerra

Es el fin de la estancia en Segovia. El cierre de una época. A fines de ese año, Machado marcha a Madrid, dando clases primeramente en el Instituto Calderón. Reside con su madre, con José y la familia de éste. Se han enriquecido las tertulias madrileñas y abundan en ellas escritores y poetas. Los cafés tienen rojos divanes, y profundizan la visión de las gentes, permiten el control de quienes de ellos entran y salen, a través de sus grandes espejos. Los cafés hablan de los nuevos tiempos, las dificultades impuestas por la derecha tradicional y la burguesía reacia a las tímidas reformas sociales decretadas por la República. También se discute acaloradamente en ellos de partidos políticos, personajes, violencias, odios de clase, nuevas culturas.

Machado escucha, observa, lee, apenas habla: ha envejecido, fuma constantemente. A veces la ceniza se escurre por los pligues de su chaleco. Su compromiso es ya total, no sólo con la República, no sólo con un régimen, sino con el pueblo, que va asumiendo las riendas en medio de la furiosa embestida de la reacción.

En 1933 aparece la tercera edición de sus Poesías Completas donde ya se incluyen las Canciones a Guiomar. Al siguiente año se publican las primeras prosas de Juan de Mairena en el Diario de Madrid. Se continuarán en El Sol. Trasladado al Instituto Lope de Vega, agudiza su compromiso ante una situación que se torna cada vez más amenazante y conflictiva. La lucha se avecina y será encarnizada. Ya en 1912 había escrito:

Trabajemos pacientemente nuestras armas. Pero al fin es preciso ir a la guerra.
Los fascistas desatan una guerra para barrer a la República y, con ella, al pueblo que la ha había encumbrado con tanta alegría. Cuando estalló la guerra Machado estaba en Madrid. La traición fascista no pudo impedir que publicara la cuarta edición de sus Poesías Completas, y que también aparezca su Juan de Mairena, anticipado en el Diario de Madrid y El Sol. Pero sobre todo, Machado crea, sigue escribiendo infatigable, ya con energía apenas contenida, en un momento en el que la meditación cedía su paso a la lucha y a las armas. La guerra le impulsó a escribir poemas para la resistencia antifascista, como ocurre en La guerra y obras en prosa sobre el mismo tema, como Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia, de 1937. Son múltiples los periódicos antifascistas que reclaman sus escritos. Sabe ahora que su opinión es imprescindible para la resistencia popular. Por eso escribe con rabia y pide la muerte de los fascistas, su ejecución por ahorcamiento, que es la única pena aplicable a todos los infidentes:
Que trepe a un pino en la alta cima,
y en él ahorcado, que su crimen vea,
y el horror de su crimen le redima.
Pero son los golpistas los que siembran el terror, y los poetas tampoco se libran de su furia asesina: en agosto de 1936 asesinan a Lorca. El 17 de octubre, en el periódico Ayuda, Antonio Machado publica El crimen fue en Granada en homenaje el gran poeta granadino:
Se le vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!
Tres pequeños poemas escritos bajo el impacto directo de la terrible noticia. Cuenta Machado sesenta y un años y, sin embargo, escribe más que nunca para contribuir con su pluma a la causa antifascista: Hora de España, La Vanguardia, Madrid, Cuadernos de la Casa de la Cultura... Ante la guerra, la posición adoptada por Machado no suscita dudas ni amgüedades de ninguna especie:
Es el pueblo quien defiende el espíritu de la cultura... Ante esta contienda, el intelectual no puede inhibirse. Su mundo está en peligro. Ha de combatir, ser miliciano. Una muestra espléndida de la militarización de los trabajadores del espíritu es ese Romancero de la guerra, nutrido por la emoción poética de una juventud que necesita vivir plenamente, y que ha levantado con coraje la bandera de la libertad vinculada al pueblo. Junto al pueblo ha de estar el intelectual. Una obligación inmediata e imperativa tiene todo intelectual: la de ser un miliciano más con destino cultural.
Es más, se lamenta que sólo pueda limitarse a escribir y no a empuñar un arma. Por eso le canta a Líster, el comandante comunista del V Regimiento:
Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría.
Tras el asesinato de Lorca, los antifascistas están preocupados por la suerte de Machado. En noviembre de 1936 le visitan en su casa León Felipe y Alberti. Igual que cualquier otra de aquellos días, estaba helada. Machado les escuchó concentrado y triste. No creía que había llegado el momento de abandonar la capital. ¿Escasez, crudeza del invierno que se avecinaba? Tan malos los había sufrido toda su vida en Soria y otras ciudades y pueblos de Castilla. Se resistía a marchar.

Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta con apremio. Se luchaba ya en en los arrabales de Madrid, en Cuatro Caminos, en la Ciudad Universitaria, en las calles. Después de insistirle, aceptó. Pero insinuando, rozado de pudor, con aquella dignidad y gravedad tan suya, que deseaba salir con sus hermanos Joaquín y José.

- No tiene usted ni que indicarlo. El V Regimiento lo lleva con toda su familia, le responden
- Pero es que mis hermanos tienen hijos...
- Muy bien, don Antonio...
- Nueve, entre los dos matrimonios- insistió Machado.

Aunque en Madrid operaba otro organismo, la Junta de Evacuación, que se ocupaba de los niños, fue el V Regimiento quien salvó a toda la familia Machado, llevándola a Valencia.

La última noche de Machado en Madrid transcurrió en el cuartel del V Regimiento, entre los milicianos. Se encontraba allí lo más alto de las ciencias, las letras y las artes españolas: investigadores, profesores, arquitectos, pintores, médicos... En aquel saloncillo del V Regimiento, en medio del silencio que dejaba de cuando en cuando el feroz duelo de la artillería, un hombre extraordinario, aún más viejo de lo que era y erguido hasta donde su vencimiento físico se lo permitía, con sencillas palabras de temblor, agradecía, en nombre de todos, a aquellos nobles soldados, que así apreciaban la vida de sus intelectuales, repitiendo razones de fe, de confianza en el pueblo de España.

Machado se despide de Madrid con un grandioso poema a su ejemplar batalla contra los fascistas:

¡Madrid! ¡Madrid! qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.
Aurora de Albornoz publicó en San Juan de Puerto Rico un libro conteniendo las poesías de guerra de Antonio Machado, censuradas en España hasta hace bien poco.

Es evacuado a Valencia, donde habita con toda su familia durante unos días en la Casa de la Cultura hasta trasladarse a Rocafort, a un chalet. Ha contraído una fuerte bronquitis, está enfermo pero reanuda inmediatamente su trabajo. Cuanta su hermano que se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo, rodeado da libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta primeras horas del amanecer en que abría el gran ventanal para ver la salida del sol o, en otras ocasiones, y a pesar de estar cada día menos ágil, subir a lo alto de la torre para verlo despertar, allí lejos, sobre el horizonte del mar. En estas largas noches invernales trabajaba, trabajaba sin cesar para atender el sin fin de peticiones que de todas partes le hacían. Trabajaba sin descanso en la Torre de Rocafort durante los quince meses aproximadamente que duró su estancia aquí.

Muchos de sus escritos se perdieron por la guerra. El 12 de septiembre de 1937 firma en Valencia uno titulado Voces de calidad dedicado a su amigo Juan Ramón Jiménez, también comprometido con la República:

Siempre pensé que Juan Ramón Jiménez, en España o fuera de España, allí donde se encontrase, estaría con nosotros, con los amantes del pueblo español, del lado de nuestra gloriosa República. Y deseaba -porque nunca faltan malsines que gustan de enturbiar la opinión sobre la conducta de los excelentes- que esta convicción mía ganase la conciencia de todos.
Rara es la revista que no cuenta unas palabras, una anotación, algún pequeño trabajo suyo, La Tierra de Alvargonzález, en edición popular alcanza a llenar los ratos de ocio de los milicianos que en los distintos frentes combatían en defensa de la República.

Destaca entre los escritos de este tiempo, el discurso pronunciado el 1 de mayo de 1937 a las Juventudes Socialistas Unificadas. Toda una declaración programática, sincera, apasionada del Machado auténtico, destacando su defensa del socialismo:

Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la recta que desciende de Hégel a Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por influjo, acaso, de una dedicación demasiado idealista, me falta simpatía por la idea central del marxismo; me resisto a creer que el factor económico, cuya enorme importancia no desconozco, es el más esencial de la vida humana y el gran motor de la historia. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos s todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicla; veo claramente que es esa la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir.
En julio se celebra en Valencia el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, en cuya sesión de clausura Machado pronuncia el discurso El poeta y el pueblo. Colaboran en el mismo escritores del alcance de Romain Rolland, Heinrich Mann, André Malraux, Rafael Alberti, Alejo Carpentier, Julián Benda, Tristán Tzara, Anna Seghers, Ilya Ehrenburg, Stephen Spender, John Dos Passos...

José Bergamín, ya en 1940 y en el prefacio a las obras del poeta, contará cómo una vez Antonio Machado habló, en una de sus escasas salidas, en la plaza Castelar de Valencia. Dice así el fundador de Cruz y Raya:

Yo he visto subir al poeta, un claro mediodía, a un tingladillo levantado en medio de la plaza más grande de Valencia. Le rodeaba una inmensa muchedumbre. Parecía que subía al cadalso. Mas no ahogaba su voz por eso contrario, habló desde allá arriba con tal fuerza que aquel deje tímido y altivo de su palabra le iba desnudando o, mejor digo, vistiéndola de sangre, por un pensamiento que expresaba los sentimientos en conmoción de todos los pueblos de España.
En 1937 Escasa-Calpe publica el libro La guerra, compuesto con los poemas: El crimen fue en Granada; Meditación del día; Al escultor Emiliano Barral, datado de 1922 pero con un comentario del 36, y los trabajos en prosa titulados: Los milicianos de 1936, Apuntes; Carta a David Vigodsky (embajador de la URSS) y Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas, Nuevos poemas, múltiples artículos, comentarios, cartas, datan igualmente de aquellos años. Algunos se perdieron, otros quedarían inéditos, muchos verían su publicación, primero fuera de España, al fin en nuestro país muchos años después.

Sus últimos diálogos estuvieron marcados por la brutalidad fascista, por su amor a una causa que estaba siendo vencida. Alberti le ve en Valencia, y comenta:

Su poesía y su persona ya habían sido tocadas de aquella ancha herida sin fin que habría de llevarle poco después hasta la muerte. La fe en su pueblo, aunque ya antes la hubo dicho, la escribía entonces a diario, volviendo nuevamente a adquirir su voz aquel latido tan profundo, de su época castellana, ahora más fuerte y dolorosa, pues el agua de su garganta borboteaba con una santa cólera envuelta en sangre. Mas, como siempre, a él, en apariencia, nada se le transparentaba. Estaba más contento, más tranquilo, al lado de su madre, de sus hermanos y aquellos sobrinillos de todas las edades, que lo querían y bajaban del brazo al jardín dándole así al poeta una tierna apariencia de abuelo. Desde los limoneros y jazmines -¡oh flor y árbol tan puros en su verso!- cercana, aunque invisible, la presencia del mar Mediterráneo, Machado veía contra el cielo cobalto las torres y azoteas de Valencia, bajo el constante moscardoneo de los aviones de guerra.
Escribe Desde el mirador de la guerra para La Vanguardia. No ignora ya que el fin se precipita, y que él no sobrevivirá para sufrirlo. La huida continua interminable, con el aliento de la muerte en la nuca. Va camino de Barcelona, a donde llega en enero de 1939, siempre en compañía de su madre. Papeles, campos, recuerdos, van quedando perdidos atrás. Los hombres, a miles, siguen muriendo: Guiomar ya no existe. También la literatura sufrió un tajo fuerte, como la vida. Se le apremia para que salga del país. Del brazo de su madre, sigue arrastrando sus huesos camino de la frontera, ligero de equipaje, casi desnudo.

El 27 de enero de 1939 se refugia en una masía cerca de Figueres. Barcelona ha caído. Con 40 fugitivos, se apretuja en el frío de una mísera y abandonada cocina. Entre los refugiados, el rector de la Universidad de Barcelona, el director del Observatorio Astronómico de Madrid, el de la Biblioteca Nacional, el Presidente del Instituto Catalán de Literatura, Corpus Barga... Llueve. Desgarros de bombas. Se alumbran con velas. A la noche siguiente, siempre bajo la lluvia, continúan su caminar. Tras ellos, muy cerca, la amenaza de los fascistas, la amenaza de la muerte. El poeta, casi inválido, triste, siempre sostenido por la mano de su madre, huye al exilio.

En su última carta a José Bergamín el 9 de febrero de 1939, describía así Machado el cruce de la frontera:

Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones empeorables (ni un solo céntimo francés). Y hoy me encuentro en Collioure, hotel Buognol-Quintana, y gracias a un pequeño auxilio oficial, con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la URSS, donde me encontrarán amplia y valorable acogida.
En la cima de su evolución política, el poeta que confiesa no haber alcanzado al marxismo, quiere viajar a la Unión Soviética, en donde se sabe querido y admirado. Su última poesía estará dedicada a los intelectuales de la Rusia soviética, país al que considera hermanado con España.

No narra el poeta su traslado hasta Collioure escondido en un vagón de mercancías. Cuando el 28 de enero de 1939 queda la familia instalada en el hotel, el poeta está ya al borde del final. Es la tragedia colectiva ante la que no queda esperanza inmediata. Ahora sólo aparece el fango, el hambre, el frío, las marchas enloquecidas por el terror. Indudablemente, de ser más joven Machado, tremenda habría sido la evolución de su pensamiento, nuevamente enfrentado a la realidad amarga y desnuda, adjetivos que apenas son significantes del proceso concienciador que en esos momentos traumáticos sufren los hombres. El poeta acompaña un día, única salida, a su hermano a la playa. Apenas podía andar. No tenía ganas de hablar. Sentado en una barca, observando las sencillas casas de pescadores que por siglos dieron sentido a un puñado de vidas humanas.

Cae la tarde del 22 de febrero, miércoles de ceniza. Allí siguen sus huesos, o lo que de ellos reste. En trozo de papel encontrado en uno de sus bolsillos por el fiel hermano, sus últimas palabras, tan poéticas y más en medio de aquella desolación masiva:

Estos días azules y este sol de la infancia...
La muerte llega en medio de la muerte el 23 de febrero. Precediendo solamente en tres días a su madre, consumida, extinguida al fin, una voz que se apaga definitivamente, que se corta absolutamente, una vela, un hilo languidecido tras el exclusivo servicio al hijo amado, alimentado desde que naciera a su cuidado y ternura.

En el entierro de nuestro poeta, seis milicianos evadidos de un campo de concentración portan el féretro sobre sus hombros.

Se acaba la historia de su vida y se inicia la de su obra, esta sí, inmortal, aunque inicialmente silenciada y manipulada dentro de España para arrancarnos de la memoria el legado de un hombre genial. Para destruirnos también a nosotros. Llega un tiempo falso y equívoco, roto por nuevas generaciones largo tiempo después.

Nosotros, sus herederos, reclamamos el legado íntegro de su vida, de sus meditaciones y de sus cantos para convertirlos en armas de un combate que no ha cesado aún.

Machado fue un hombre de su tiempo y se convirtió, por su lucha y por su obra, en un hombre de todos los tiempos. Esto fue, es, será siempre Machado, poeta grande y hombre bueno del pueblo.

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