Aún ahora echo de menos en mi espíritu la disciplina del proletario, del hombre que ha conocido la esclavitud de la ignorancia y del jornal. Sólo ese posee un corazón implacable, ciego y cruel, un corazón revolucionarioEl periodista y novelista José Díaz-Fernández nació en Aldea del Obispo, provincia de Salamanca, el 20 de mayo de 1898, donde su padre trabajaba de carabinero, aunque pasó la mayor parte de su infancia en Castropol (Asturias). Trasladado a Oviedo, en aras de su vocación literaria y con el fin de estudiar Derecho, entró en la redacción del diario gijonés El Noroeste, donde alcanzó un nombre y una popularidad como cronista.
Esta carrera se vería interrumpida por su llamada a filas. En 1921 se incorpora al Regimiento de Infantería de Tarragona. Poco después su batallón será destinado a Marruecos, en pleno conflicto colonial. Allí, con otros dieciséis soldados, un cabo y un sargento, pasa obligatoriamente a ocupar blocaos de la zona de Tetuán y Beni Arós. En estas conflictivas líneas del frente permanecerá hasta su licenciamiento definitivo, en agosto de 1922.
En el concurso de crónicas abierto por el periódico La Libertad de Madrid, obtuvo el primer premio en 1922 con una crónica de guerra.
De regreso a Gijón, vuelve de nuevo a la redacción de El Noroeste. Poco después, el diario madrileño El Sol le ofrece el cargo de corresponsal literario. Publica en la colección La novela asturiana, El ídolo roto en 1923.
En 1925, el diario El Sol le ofrece un puesto en la redacción de Madrid. De este modo, Díaz-Fernández se integra en la vida cultural y política madrileña, a la vez que su amigo Fernando Vela lo introduce en el círculo restringido de la Revista de Occidente.
Su prestigio literario, ya grande, se acrecienta en 1928 con el premio de El Imparcial a su relato de guerra El blocao. Novela de la guerra marroquí, publicada en una de las editoriales, Historia Nueva, y en su colección La novela social.
Desde el momento de su aparición El blocao logra un éxito casi sin precedentes. Se traduce al francés, al alemán y al inglés. Quizá le ayudó el tema pacifista, de actualidad entonces en toda Europa, promovido por grandes autores como Henri Barbusse, cansada de la guerra imperialista.
Entre nosotros, alcanza en pocos meses tres ediciones y tanto vanguardistas como novelistas sociales saben ver en ella lo que tiene de integración de las nuevas formas literarias con la denuncia del colonialismo en todas sus formas.
Siguió alternando sus trabajos literarios y periodísticos con la lucha política por la libertad. Colaboró con Acción Republicana, donde fue un militante activo en la lucha contra la decrépita monarquía. Era un decidido partidario del compromiso político de los intelectuales, tomó parte en las luchas estudiantiles y en las sucesivas conjuras contra la dictadura de Primo de Rivera. Fue encarcelado tras el fracasado levantamiento de la noche de San Juan, en 1926.
Participó con las más importantes publicaciones literarias y políticas de España y de América. Colaboró muy activamente en la revista de la vanguardia política y literaria Post-guerra (1927-1928), revista que representa en su época la única tentativa de los intelectuales españoles para superar la neta división entre la vanguardia política y la vanguardia literaria.
En 1927, con Joaquín Arderius, José Antonio Balbontín, Giménez Siles, Juan de Andrade, Graco Marsá y el peruano César Falcón, funda Ediciones Oriente, una de las primeras editoriales españolas que tiene como programa la traducción de obras avanzadas de la literatura europea. El éxito sorprende a sus propios autores.
Fue condenado a tres meses de cárcel, en la Modelo de Madrid, y otros tantos meses de destierro en la capital portuguesa (de febrero a setiembre de 1929), desde donde mantuvo su colaboración en el diario El Sol. Es durante este tiempo cuando escribe La venus mecánica, también traducida en su dia al inglés, al francés y al alemán.
En ella utiliza el estilo metafórico y el fragmentario, propio a las técnicas vanguardistas, pero da a su novela una clara intención de crítica social y hasta revolucionaria. Con La Venus Mecánica su ambicioso propósito era reintegrar la novela al terreno histórico, a la realidad político–social de la cual había sacado por los vanguardistas, y de cuyo influjo no pudo sustraerse él mismo en numerosos fragmentos. Demuestra que la literatura española, en aquellos años treinta, no era ajena a la fantasía, al compromiso ético y social, a la experimentación cultural más fructífera, a la sorpresa devenida de la búsqueda implacable de nuevas formas expresivas. Esta novela es buena prueba de que la literatura española de aquel tiempo estuvo a la altura de más revitalizadoras corrientes de la narrativa europea contemporánea. Una vez leída queda el lector tan sorprendido por la belleza de la obra, como perplejo ante su olvido.
A partir del 30 de enero de 1930, el mismo día en que caía la Dictadura de Primo de Rivera, comienza a dirigir, con Antonio Espina y Adolfo Salazar, la revista Nueva España, que llega a alcanzar 40.000 ejemplares en su segundo número. La revista surge en un momento histórico clave, con la aspiración de ser el órgano de enlace de la generación de 1930 y el sector más avanzado de todo el ala ideológica de las izquierdas, así como de mantener una línea de periodismo polémico comprometido con el pueblo. Más tarde se incorporó a la dirección de la revista Joaquín Arderius que ocupa el puesto de Adolfo Salazar.
En un principio Nueva España tuvo una periodicidad quincenal; a partir del número catorce, hasta su desaparición, se convirtió en semanario. Entre las colaboraciones pueden destacarse la de Salas Viu, Miguel Angel Asturias, María Zambrano, Azorín, Mauricio Bacarisse, Corpus Barga, Juan Gil Albert, Benjamín Jarnés, Ramón J. Sender, Fermín Galán y César Vallejo.
En 1930 aparece El nuevo romanticismo. Polémica de arte, política y literatura, ensayo que llama explícitamente a la politización del escritor español y que habría de marcar el rumbo de la novela social durante la Segunda República. En la reseña sobre este ensayo, afirmaba Antonio Espina, que el arte y la literatura habían de convertirse en instrumento al servicio de la transformación social; sobre las estéticas habrán de imponerse los valores éticos.
Estos ensayos ofrecen un análisis penetrante de estado de crisis en que se encuentra la vanguardia artística a fines de los años veinte. Apunta como posible nueva dirección de la vanguardia una literatura de compromiso, destinada a ser instrumento de cambio social.
El novelista salmantino demostró tener una sensibilidad muy consciente del arte. Del arte de la generación del 27, primer lugar de encuentro de los primeros hijos del siglo. El artista, que tiene una conciencia, porque empieza por reconocerse hombre. Esa conciencia es fina y dolorosa, porque separa de entre el magma, confuso de tendencias, escuelas y conceptos, que han llenado, capciosos, el panorama europeo desde principios del siglo XIX, los elementos puros, los elementos transcendentes.
Al caer El Sol en manos monárquicas, Díaz-Fernández junto con muchos otros redactores y colaboradores, abandona el periódico y pasa a las redacciones de Crisol y Luz, recién fundados.
Tomó parte en el levantamiento republicano de los capitanes Galán y García Hernández y, en colaboración con Joaquín Arderius, publicó Vida de Fermín Galán, biografía del héroe del pronunciamiento de Jaca contra la monarquía.
Elegido diputado por Asturias en las elecciones de 1931 en las filas del partido radical-socialista, entra a formar parte del cuerpo legislativo de la República y pasa a ocupar el cargo de secretario político del ministro de Instrucción Pública, Francisco Barnés.
Durante el llamado bienio negro, colabora en El Liberal. En 1935, bajo el seudónimo de José Canel, publica Octubre rojo en Asturias, en donde narra la insurrección proletaria asturiana de 1934.
Con el partido de Azaña, Izquierda Republicana, vuelve a ser elegido en 1936, diputado por Murcia.
Durante la guerra es nombrado jefe de Prensa en Barcelona y jefe de ediciones de la Subsecretaría de Propaganda del Ministerio de Estado.
El 26 de enero de 1939 pasa a Francia con su mujer y su hija. Internado en un campo de concentración, se instala a su salida en la ciudad de Toulouse, en espera de un pasaje que le lleve a Cuba. Pero allí, en el exilio, le sorprende la muerte el 18 de febrero de 1941. Sus amigos tuvieron que hacer una colecta para poder pagar su entierro.
Aunque es uno de los más importantes autores de aquella vanguardia literaria que floreció en la España de los años treinta, José Díaz-Fernández bien puede ser tenido, en el presente, por un autor maldito, si bien de una modernidad sorprendente. Es sin duda una de las víctimas en las que con mayor violencia se ha cebado la desmemoria impuesta por la dictadura fascista hasta hoy mismo. Es la demostración más clara de que en 1939 se perdió algo más que una guerra; es la demostración más clara de que con el triunfo fascista se perdió también una forma de hacer literatura que no se ha recuperado; se perdió la cultura y, con ella, nuestra misma forma de ser y de pensar, nuestra misma conciencia crítica como pueblo. España pasó de estar a la cabeza de la cultura mundial, a padecer el más estéril de los páramos.
Siendo uno de los más característicos escritores de la tendencia social de la preguerra, no sabemos lo que hubiera podido dar de sí a causa de su temprana muerte con sólo 42 años.
Era un escritor de gran cultura, de suma sensibilidad literaria, y de irrevocables convicciones políticas, uno de los mayores ejemplos de aquella vanguardia literaria que floreció en la España de los años de la II República. Pertenece al grupo de novelistas que irrumpe en tromba a finales de la dictadura de Primo de Rivera, y no sólo dentro del universo literario sino también del político, una generación enriquecida políticamente en su lucha contra la dictadura y consciente de la necesidad de cambios democrático-revolucionarios.
Esta nueva generación, que convive con los restos de la generación del 98 (Valle-Inclán y Unamuno levantan sus voces contra Primo de Rivera), quiso asumir desde muy pronto las responsabilidades a que le llamaba su hora histórica, ya que pocas fechas en la historia habrán aparecido tan estimulantes para el hombre español. Esta generación, a la que se podría llamar de la Segunda República, se encontró dispuesta desde el primer momento a no privar a la lucha política de la magna ayuda de las letras, apoyándose en la cultura de la lucha revolucionaria. Surgen así las primeras editoriales dirigidas y animadas por esta nueva generación, llena de un gran espíritu propagandístico.
Un espíritu crítico, se infiltra y baña la obra de Díaz Fernández, que ejerció un papel determinante en los últimos años de la dictadura, orientando en buena parte la evolución de las letras españolas. A juicio del periodista y novelista, el progreso que la máquina significa en la evolución del espíritu social, se halla empequeñecido y, en ocasiones, ridículamente mixtificado en el capitalismo, de ciertos grupos del llamado arte puro. Para estos grupos de las caducas corrientes artísticas, tiene Díaz Fernández palabras muy certeras y sensatas: Saludemos al nuevo romanticismo del hombre y de la máquina -escribía- que harán un arte para la vida, no una vida para el arte.
Al término vanguardia aplicado a una clase de arte demasiado restricto y neutral en los más hondos problemas sociales y políticos, opone Díaz Fernández, el término avanzada. La verdadera vanguardia -decía el novelista salmantino- será aquella que ajuste sus formas nuevas de expresión a las nuevas formas de pensamiento.
Determinados enfoques del novelista salmantino siguen teniendo plena vigencia. No existen en las clases directoras de Occidente -escribía- preocupaciones de orden espiritual que puedan enaltecer la existencia o consagrarla a fines superiores. La acumulación de dinero o de placeres les ha hecho insensibles para los postulados de una nueva moral.
En su novela, El blocao, inicia la tendencia social y comprometida, marcando el primer viraje en el vanguardismo a fines de los años veinte. Lo expresa el propio autor: Ya ves a mi esas nubes sobre esa azotea, en este silencio de la tarde, me tienen sin cuidado. Pero de pronto pasa un soldado en alpargatas, con su lio al brazo, caminando penosamente hacia el campamento y me emociona lo mismo que un hombre que va de camino, no se por qué ni a dónde, mientras nuestro automóvil traga carretera como un prestidigitador metros de cinta.
Con esta novela, su autor, se enfrenta con la literatura vanguardista, entonces de moda, siguiendo las indicaciones de Ortega. Pero El blocao participa tanto de la literatura vanguardista como de lo que el propio Díaz-Fernández llamó literatura de avanzada. Si bien esta novela rechaza el estilo narrativo tradicional, no incurre en los vicios vanguardistas.
El objetivo de El blocao es exponer literariamente los efectos que se operan en la juventud española comprometida en la guerra colonial de Marruecos. Efectos que se nos narran en una serie de episodios que, aunque parecen inconexos y hasta pueden leerse independientemente, están interrelacionados por el ambiente y la atmósfera de la guerra. Una guerra que se usa no sólo para exponer temas humanos e individuales, sino para plantear las inquietudes de la España de aquellos años y que expresan un sentir muy generalizado, tanto entre los medios intelectuales como en otros muy diferentes sectores del país. En un total de siete capítulos se nos revela cómo la guerra envejece y embrutece a sus casi pasivos participantes. Sus víctimas no son aquí los muertos sino los supervivientes, los cadáveres verticales, según metáfora afortunada del autor.
La llamada erótica, tan propia de la juventud, a la vez que una relación afectiva entre hombres y animales, son las constantes características tanto de El blocao como de La Venus Mecánica.
En El blocao se deja ver la influencia de escritores que pusieron su pluma al servicio de la causa de una nueva civilización, basada en la libertad del individuo, como Gorki, así como los campeones de la fraternidad universal, Barbusse y Remarque, escritores que novelaron la angustia del hombre en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial.
Novela autobiográfica, El blocao aborda el tema del lugar del intelectual pequeño burgués en la conflictiva España de la década de los años veinte. Es un lugar común en el conjunto de la obra narrativa de casi todos los escritores de nuestra preguerra y que en El blocao se desarrolla en el capítulo cuarto de la novela, Magdalena roja, contribuyendo a su unidad.
La estructura del libro plantea la difícil cuestión de si se trata de una verdadera novela o de un conjunto de relatos. En realidad, cualquiera de sus siete capítulos podría considerarse como unidad independiente y completa en sí misma. Pero considerados de este modo perderían toda la fuerza emocional y estética que les da su conjunto. El autor nos aclara su verdadera intención ante una crítica que no se puso de acuerdo sobre su particular género literario:
Estimo que las formas vitales cambian, y a ese cambio hay que sujetar la expresión literaria. Vivimos una vida sintética y veloz, maquinista y democrática. Rechazo por eso la novela tradicional... e intento un cuerpo diferente para el contenido eterno. Ahí está la explicación del rótulo Novela de la guerra marroquí que lleva El blocao... Yo quise hacer una novela sin otra unidad que la atmósfera que sostiene a los episodios. El argumento clásico está sustituido por la dramática trayectoria de la guerra, así como el personaje, por su misma impersonalidad quiere ser el soldado español... De este modo pretendo interesar al lector de modo distinto al conocido: es decir, metiéndolo en un mundo opaco y trágico, sin héroes, sin grandes individualidades, tal y, como yo sentí el Marruecos de entonces.
El blocao mantiene, pues, su unidad novelesca, no mediante los conocidos métodos tradicionales (personajes o argumento), sino a través de la atmósfera que envuelve y justifica todos sus episodios.
Sostiene así Díaz-Fernández una actitud típicamente vanguardista, a la que añade un contenido de denuncia, combatiente, anticolonialista.
Hay además otras poderosas razones para considerar a El blocao como una auténtica novela y que dan unidad a todo el libro: el yo del autor mismo, a veces silencioso, presente en todos y cada uno de los episodios y una estructura común entre las diferentes historias. Así en las tres primeras se sustentan los temas principales, que luego serán reiterativos. Además, el cuarto capítulo da sentido a toda la novela y sirve tanto para comprender todo el trasfondo como para dar credibilidad y autenticidad a la actitud del autor, a la vez que enriquece esa atmósfera opaca en la que Díaz-Fernández quiere introducirnos.
En contradicción con el triunfalismo con que los medios oficiales castrenses cantan la pacificación del llamado protectorado, El blocao no canta ninguna gesta heroica, más bien el tedio de la espera, el aburrimiento, el cansancio, la ignorancia del por qué de todo aquello, la angustia, la soledad: El enemigo andaba entre nosotros envuelto en el velo del impalpable fastidio, se nos cuenta.
En el primer episodio de la novela se inician los problemas principales del libro. Se nos penetra en un blocao, fortificación aislada donde los soldados, rodeados de un enemigo invisible, sufren el implacable y lento paso del tiempo, con la lejana esperanza del relevo.
No existe la más mínima acción. Los soldados se divierten con los inevitables naipes. La llegada del correo y, de cuando en cuando, el proyectil de un paco, que rompe la monotonía. Un soldado se enferma, y el resto lo despide con envidia. Todo es preferible, el hospital, la enfermedad, antes que el aburrimiento del fuerte. Su única visita es una niña mora que les vende higos y huevos, y que incita la líbido de los jóvenes solitarios.
Una noche, la morita llama a una hora intempestiva. Cuando el oficial la deja pasar, los moros emboscados atacan. Mueren cuatro soldados. La niñita mora es retenida prisionera.
El incidente es, en verdad, poco relevante. Ninguna heroicidad, ningún acto noble, ninguna presencia de patriotismo. Nada. En cambio, el ambiente cargado del fuerte, el tedio que se apodera de todos, la nada fácil convivencia en tan pequeño espacio, la progresiva deshumanización de los soldados.
El sexo hace acto de presencia: Al atardecer, los soldados, en coro, sostenían diálogos obscenos, que yo sorprendía al pasar, un poco avergonzado de la coincidencia.
Al final del episodio, el sargento, contra la opinión de los soldados, deja libre a la niña mora. Todavía existe la disciplina. Cuando ésta se pierda, los hombres se convertirán en auténticos irracionales.
Los dos siguientes episodios, El reloj y Cita en la huerta, contribuyen a irnos introduciendo en esta atmósfera entre trágica y monótona, según la intención del autor.
El reloj cuenta la historia de un soldado, gañán de caserío, que se distingue de los otros por poseer un reloj inmenso, un artefacto increíble, que se convierte en objeto de culto y adoración entre los habitantes del blocao.
Este singular artefacto adquiere verdadera celebridad en una revista antes de embarcar para Marruecos. Su tremendo tic-tac llama la atención del propio coronel.
Cierto día, después de un intenso tiroteo, el soldado desaparece. Se le busca y se le encuentra llorando, con el reloj deshecho entre las manos. Un proyectil enemigo se lo había destrozado. El reloj le había salvado la vida.
Sin embargo, el soldado llora desconsoladamente. Cita en la huerta, tercer episodio, insiste en la antiheroicidad de los protagonistas. Sucede en Tetuán, capital del protectorado. Allí, en la ciudad, predomina la vida fácil y disoluta, que transcurre a espaldas de la tragedia que tiene lugar en el frente.
Una fracasada cita amorosa, sirve para adentrarnos aún más en la atmósfera densa y opaca que recorre la novela. El fracaso amoroso se iguala al fracaso colonial, a la falta de interés patriótico, a la inutilidad de la guerra: No sentía ningún interés por el que llamaban nuestro problema de África y tampoco lograban conmoverme las palabras que nos dirigían los jefes de los cuerpos expedicionarios, así como de mis tiempos de Marruecos, durante las difíciles campañas del 21, no logro destacar ningún episodio heroico.
La desmitificación del llamado honor militar, de toda acción heroica, de toda la literatura triunfalista, llega aquí a su cenit. Nada merece la pena, sino esperar la muerte o el licenciamiento. A la vez, se nos muestra la casi imposibilidad de relaciones amorosas entre colonizadores y colonizados.
El cuarto episodio, Magdalena roja, es clave para la comprensión total de los seis restantes. Haciendo hincapié en las relaciones sexuales, vemos el paso de la adolescencia a la juventud del narrador, así como sus luchas sindicales y políticas.
En definitiva, Díaz-Fernández, como tantos escritores de su generación, se plantea el papel del intelectual pequeño burgués en las luchas sociales. Angustias, un personaje femenino entregado a la liberación del proletariado, toma a chacota las tímidas acciones del autor, tanto por su pasado intelectual y burgués, como por los miedos y obsesiones que esta educación sentimental conlleva. El episodio, con más acción de los seis restantes, explica muchas cosas de esta novela.
El quinto episodio, África a sus pies, sucede en Tetuán, por aquellas fechas vivero de vicio, de negocio y aventura. Como todas las ciudades de guerra, Tetuán engordaba y era feliz con la muerte que a diario mancha baña de sangre sus flancos.
Vuelve a plantearse así, la dicotomía entre la línea del frente y la ciudad. También vuelve a hablarse de la mujer mora y la postura favorable a su pueblo contra los colonizadores.
Reo de muerte, el sexto episodio, sigue la línea ascendente de tensionar al lector. Nos recuerda el segundo, el titulado El reloj. Empieza como el primero, con el ansiado relevo en un blocao. Los que felizmente se marchan, dejan abandonado un perro, flaco, larguirucho, antipático: pero tenía los ojos humanos y benévolos.
Uno de los recién llegados se encariña con el perro. Surge así una relación propia de la soledad y monotonía de la guerra. Con el animal comparte su pobre ración y se convierte en su enfermero cuando una bala perdida lo hiere. Por el contrario, el teniente odia al animal sin razón alguna.
Díaz-Fernández opone la figura de los oficiales a la de los soldados. Incompetentes, poco comprensivos con los problemas de la tropa y hasta desalmados, los oficiales del ejército salen tan mal parados aquí como en el resto de las novelas dedicadas a nuestra guerra colonial.
Con oficiales de esta ralea y en un ambiente hostil y cercados por el enemigo, el conflicto estalla y se hace inevitable. El teniente se lleva al perro a las afueras del blocao y le pega un tiro. El soldado, naturalmente, queda destrozado.
Con tan nimio accidente, Díaz-Fernández logra transmitirnos toda la tragedia de la guerra. En Reo de muerte encontramos otra vez el caso de alguien que sobrevive a la guerra, pero que pierde el sentido de la vida.
Pues bien, toda la tensión que marca el desarrollo gradual de la novela, tiene su culminación en el séptimo y también último episodio, Convoy de amor. Su sólo título nos habla de la fusión de los dos temas dominantes: el erotismo y el efecto devastador de la guerra sobre los que la sufren. Se unen, pues, en un clímax perfecto, la bestialidad del soldado, el erotismo y la frustración sexual obsesionante en un blocao y el ambiente de toda guerra. Estos aspectos se combinan para terminar la obra con una escena escalofriante, pero lógica e inevitable en su total desarrollo: Lo que voy a contar es mil veces más espantoso que un ataque rebelde. Al fin y al cabo, la guerra es una furia ciega en la cual no nos cabe la mayor responsabilidad. Un fusil encuentra siempre su razón en el fusil enemigo.
Pero esto es otra cosa, una cosa repugnante y triste. El narrador, en este último episodio, se distancia de lo narrado y nos cuenta un suceso que le han contado. Una tarde llega al zoco la mujer de un teniente que manda una posición en el frente. Su objetivo es que un convoy la lleve junto a su marido. Ya en marcha, cada gesto de la mujer, cada palabra, cada movimiento, exhala erotismo. En la caravana se produce una especie de corriente eléctrica.
Ajena a la desazón que produce, la mujer se comporta con una picante ingenuidad. El sol abrasa. El convoy se para a descansar. La mujer, incitante, se refresca con colonia. Se acuesta después a la sombra de una higuera: Toda ella era un vaho sensual ... Los soldados, con el aliento entrecortado se apretaban a ella ... Cuando el cabo se da cuenta del peligro es demasiado tarde. Los soldados se arrojan sobre la presa, feroces, siniestros, desorbitados, disputándosela a mordiscos y a puñetazos. El cabo ordena formar, pero nadie le hace caso, entonces dispara el fusil. El grupo se deshizo y todos fueron cayendo, uno aquí y otro allá, bañados en sangre. Carmela hollada, pisoteada, estaba muerta de un balazo en la frente.
Díaz-Fernández termina así su novela de la guerra de Marruecos con estas únicas muertes. La emoción ha llegado a su final.
La importancia histórico-literaria de esta novela no es sino acabar con el alegre juego típico de la novela deshumanizada y vanguardista y llevarlo a un terreno mucho mas acorde con las presiones políticas y sociales del momento. Y todo esto sin olvidar ninguno de los logros narrativos propios de este tipo de literatura.
En la corta vida literaria de su autor, El blocao constituye su gran y casi única obra narrativa. En su segunda novela, La venus mecánica, encontrará más dificultades para seguir siendo fiel a esa síntesis, casi genial, que consiguió hacer de El blocao una pequeña obra maestra.
Para el estudio de este autor dos obras son imprescindibles:
— Víctor Fuentes: De la literatura de vanguardia a la de avanzada: en torno a José Díaz Fernández, en la revista Papeles de Son Armadans, diciembre de 1969
— Laurent Boetsch: José Díaz Fernández y la otra generación del 27, Madrid, Pliegos, 1985