Colorín colorado...
este cuento no se acaba nunca

Hugo Cerdá: Literatura infantil y clases sociales
Akal, Madrid, 1982, pgs.53 a 63

Si bien a comienzos de nuestro siglo el término literatura infantil no se prestaba a equívocos, ya que correspondía a la línea determinada por el llamado cuento tradicional, en cambio hoy día, con el incremento y desarrollo de los medios masivos de comunicación social y la irrupción de la denominada cultura de masas, surgió una subliteratura comercial que utiliza todos los resortes psicosociales necesarios para atraer al niño a su mercado consumidor y condicionarlo a patrones ideológicos de la cultura dominante. Estos mercaderes de la edad infantil tuvieron éxito en su empresa, ya que con medios más dinámicos y más atrayentes, pudieron derrotar la tradicional puerilidad y paternalismo que caracterizaba al cuento tradicional. En forma masiva, el cine, la TV, los comics, las grandes editoriales, lanzaron al mercado los Supermans, Pato Donalds, Picapiedras, Batmans, Tarzanes, etc., que desplazaron e las Caperucitas Rojas, Cenicientas, Blanca Nieves y todos esos arquetipos, que por años moldearon la mente de los niños.

Este nuevo caudal seudoliterario, estaba lógicamente más de acuerdo con las nuevas estrategias ideológicas y culturales del imperialismo de nuestro siglo. La aventura disparatada, la violencia, el crimen institucionalizado, la pornografía solapada, la histeria anticomunista, serán los ingredientes estelares de esta subliteratura, que se impuso con gran rapidez en la gran masa infantil, especialmente en los sectores de la pequeña burguesía, que a estas alturas se ha convertido en un hábito y una costumbre bastante arraigada en los niños. Este fenómeno, que algunos ideólogos pretenden atribuir al gran desarrollo tecnológico y a la dictadura de la imagen, es el nuevo rostro del colonialismo cultural que redimensionó su lenguaje y lo puso al compás del moderno capitalismo.

Si bien las remozadas piezas de museo de la literatura infantil clásica han sufrido una profunda merma en el público, todavía siguen siendo el rostro limpio y puro de la ideología burguesa y la literatura señalada como clásica por los pedagogos y escritores. Es más, se ha creado todo un complejo ideológico para institucionalizar y oficializar a todo nivel sus personajes, sus añejas moralejas, sus anécdotas y aquello que constituye la esencia misma de esta literatura. Por eso, cuando algunos ensayistas de avanzada, han puesto al descubierto su naturaleza antipopular y mixtificanie, sus apologistas han apelado a todos los argumentos técnicos o ideológicos para confundir los objetivos de esta literatura con los propios intereses del niño. Se busca que cualquier ataque que se realice contra ella, lo acuse también el mundo infantil.

Es curioso el fenómeno que sucede hoy día con el consumo de esta literatura. Durante todo el año, niños y adultos leen las historietas de su preferencia. Pero este flujo se detiene bruscamente en los umbrales de la Navidad y entonces, por arte de magia, los libreros despolvan o sacan de sus bodegas las hermosas y bien ilustradas versiones de Blanca Nieves, Caperucita Roja o de Hansel y Gretel y comienza el gran desfile en demanda de aquellos símbolos de la inocencia infantil que servirán de venturosos regalos navideños. Para este abigarrado público que compre libros de cuentos, este ritual, se convierte en un testimonio evocador de aquellos dorados años de una infancia inmaculada, que desean reeditar en sus propios niños. Estos padres se sienten tan seguros de su buen gusto, de su sentido común y de su celosa previsión, que da la impresión de que ellos hubieran descubierto la clave y el secreto de la eterna infancia. Todo esto es un acto mecánico que repiten todos tos años, hasta que la flor infantil comienza a dar sus frutos y se ven obligados a meditar sobre el verdadero carácter de esos sueños de adulto que proyectaron arbitrariamente en sus propios niños.

En este desfile de ogros antropófagos, supersticiones y signos cabalísticos, brujas malignas, hadas buenas, príncipes y reyes modelos, encontramos los padrones sociales y morales que van a servir de ejemplo aleccionador a nuestra infancia. Es este mundo de fantasmas aristocráticos y de ensueños místicos, el que ha servido de pauta y referencia para determinar el potencial imaginativo y la sensibilidad creadora del niño. Si un muchacho popular rechaza estos cuentos, los psicólogos del sistema se encargarán de criticar sus desajustes psicosociales y seguramente censurarán a los padres por haberlos predispuesto contra la literatura natural de la infancia. No pueden concebir estos celosos gendarmes de la cultura dominante, que tras esa humanidad idílica y paternalista se oculte un sustrato ideológico extraño y ajeno a un determinado grupo social, porque para ellos el destino de las clases explotadoras es el único y el definitivo destino de la humanidad. Contravenir estas reglas es un gesto de rebeldía que siempre se paga con creces.

Cuando se menciona el tema del mito en la literatura infantil, la mayoría de los escritores dirigen su vista hacia Levy-Brühl que en sus diversas obras sobre el hombre primitivo, ha planteado la tesis sobre la analogía entre la mentalidad del hombre primitivo y el niño, de la cual se desprendería una presunta comunidad de intereses, mitos y expresiones. También la teoría freudiana hace suyo este principio y plantea la existencia de una doble naturaleza en el hombre: la adulta, que es la constante que rige todos los seres adaptados al medio social y la infantil, que permanece oculta en el inconsciente y que muchas veces aflora en un acto de regresión, como una respuesta de lo sublimado.

Levy-Brühl afirma perentoriamente que la razón del hombre primitivo tiende inevitablemente a la mística, con lo cual está ratificando el carácter perpetuo de (os conceptos mágico-religiosos, ya que según él, el hombre primitivo tendría una natural y libre predisposición hacia lo mitológico, que es en esencia la aceptación de que un error de conceptos dio nacimiento a la religión. Este deseo por lo mitológico, Jesualdo Sosa lo proyecta al plano infantil al afirmar que los cuentos morales, las arábolas, las fábulas, que son la primera filosofía de los pueblos jóvenes, on también para los niños las formas necesarias para las primeras ideas éticas (41). No sabemos si esta vigencia que plantea Jesualdo, se refiere al contenido de lo mitológico, o sólo a su estructura formal, porque el camino que conduce a la adquisición de la verdad al niño, que de acuerdo a lo planteado, se reduciría a un simple acto de percepción e identificación sensorial. El niño en este caso estaría inhabilitado para conocer la realidad objetiva, ya que ella es deformada por su animísmo. De ahí el interés de las clases opresoras por preservar el mito, ya que en el niño puede trocarse en una entidad autónoma y convertirse en esclavo de una suprarrealidad que lo va a sustraer posteriormente de su propia existencia social.

Al detenernos en el mito primitivo, nos estamos sustrayendo a una realidad histórica más cercana, donde se patenta el origen del mito en la literatura infantil. Me refiero a la Edad Media, de donde nos llegan la mayoría de los modelos sociales y morales que conforman la mitología social de los cuentos infantiles. Al respecto escribe Herminio Almendros: Los primeros modelos del género dieron la pauta: fueron libros para la educación de príncipes y nobles, y los personajes y su ambiente y su vida no podían ser otros que los de la lujosa existencia aristocrática. Lanzado el arquetipo, con el prestigio de la acogida que le concedió la moral complacida en épocas de aristocracia ramplona y de burguesía triunfante y admiradora de los príncipes, la especie se adaptó al gusto de los mayores y siguió reproduciéndose, hay que suponer que sin gran entusiasmo por parte de los pequeños (42).

Todos esos personajes fantásticos que animan los cuentos (hadas, gnomos, ogros, etc.) no son tan intemporales en estas historias, ya que actúan en una sociedad feudal determinada donde el siervo era un objeto y el señor feudal o los miembros de la nobleza los verdaderos dueños del destino terrenal y extraterrenal de los explotados. El ámbito feudal en los cuentos infantiles, lo desarrollaremos ampliamente en capítulos posteriores.

En general, los pocos escritores que han dedicado estudios a la literatura infantil, centran su enfoque en la cuestión puramente psicológica o literaria, dejando de lado todo aquello que se relacione con su contenido ideológico, que a la postre es la marca de fábrica de la cultura dominante. Este sello indeleble que se refleja en la totalidad de estas obras tiene un nombre: división de clases, problema capital que se ha querido revestir con oropeles y estúpidas ñoñerías con el objeto de presentarlo ante los ojos de los niños como un fenómeno natural, eterno, inmutable y perfectamente normal en toda época histórica. Se desprende de estas narraciones, que la historia del hombre no es otra que una aglomeración caótica de hechos accidentales, en donde el ser superior está predestinado a alcanzar una escala superior en el medio social. La desusada adjetivación con la cual se reviste a estos personajes -héroes o víctimas- permite diluir la sustantividad histórica y social de los representantes de un orden feudal donde el siervo era una bestia de carga y sobre el cual recaía todo el peso del trabajo y de las actividades productivas, mientras el noble disfrutaba de los buenos oficios del ajedrez, del verso, de la equitación, de la caza y naturalmente de la guerra, negocio que ocupaba gran parte de su tiempo. ¿La idealización de estos príncipes crueles, ambiciosos, sin escrúpulos, que robaban, saqueaban y mataban para incrementar su peculio personal, no es una de las tantas mistificaciones de estos cuentos? ¿Son positivos estos mitos en la formación del niño popular? Muchos autores airados responderán que ese problema no tiene nada que ver con el genio mitológico del niño. Que este trasciende más allá de una época histórica determinada. Desgraciadamente todos los ingredientes y los materiales que sirven de base a la fabulación o la mixtificación infantil son dados por el medio social, ya sea a través de experiencias directas o a través de valores impuestos por la cultura. ¿O se pretende que este genio mitológico se convierta en un acto de pura energía vital, huero y sin ningún elemento social que lo contamine? Por eso me suena a sarcasmo cuando autores como Jesualdo y Delattre afirman que se hace necesaria la nutrición de la mente y el corazón infantiles con lo antiguo y maravilloso de siempre, porque todos esos cuentos venidos de la India mística o del norte tenebroso, como destaca Delattre, introducen a los niños en el dominio encantador de la maravilla, en donde él se siente mejor que en ningún otro lado. ¿Qué importa que la acción sea uniformemente melodramática o los caracteres invariables? Hay un perfecto acuerdo entre la semi-bruma que vela los cuentos maravillosos, tan antiguos como la humanidad misma... y el vapor irisado a través del cual el niño percibe siempre el mundo exterior (43). Con este grado de amoralidad que hacen gala estos dos eminentes autores, terminaremos por aceptar que la realidad social en que vivimos, ha alcanzado un nivel de perfección y de equilibrio tan elevado, que es el medio ideal para que el niño ejercite el deporte de la fabulación y del genio mitológico, sin temor a que se ensucie con esas grotescas y burdas vivencias de la vida real.

Otra de las tantas mistificaciones que ha acompañado a esta literatura, es el carácter de clásica que se le ha querido asignar, con el objeto de darle una dimensión definitiva e inmutable y hacer de ella, el modelo ideal, digno de ser imitado por todas las generaciones. Por eso no es accidental que una autora como Fryda Schultz, escritora de libros infantiles, señale que el clasicismo en esta materia está dicho en el sentido, que lo que permanece es la infancia fijada en la obra de arte y que la verdadera, la auténtica literatura infantil tiene un toque de intemporalidad y de extraterritorialidad: es decir, fuera del tiempo y fuera del espacio, a fuer de universal. Es la constante del niño eterno, que responde a su modo de ser, a sus apetencias: lleva el germen de lo que no cambia. Por eso es clásica (44).

La ciencia y la práctica histórico-social se han encargado de refutar estas opiniones antidialécticas, las cuales atestiguan que el desarrollo de la sociedad es un proceso natural ascendente que se produce de acuerdo a leyes objetivas, independientes del hombre. Todos los fenómenos materiales y humanos están regidos por las leyes cualitativas y cuantitativas del cambio. En la naturaleza y en el medio social, nada es inmutable y eterno, salvo el desarrollo y el movimiento que son absolutos. Por eso me parece un contrasentido el hablar de niño eterno y del germen de lo que no cambia, que implica la aceptación de una humanidad estática, ahistórica y perpetua. En la primera parte de este libro ya vimos el problema del niño universal o eterno, al cual se refiere la autora y con respecto al otro planteamiento, vale la pena mencionar algunos conceptos sobre la perdurabilidad de las obras antiguas o clásicas y que naturalmente responden a un origen y desarrollo bien concretos. Bertolt Brecht dice al respecto: Marx, advierte la asombrosa capacidad de los hombres para dejar que también obras de arte muy antiguas ejerzan su acción sobre ellos. Y tiene razón en asombrarse, pues no le satisface la fórmula barata acerca de la eternidad del arte. Su observación de que la humanidad siente placer al recordar su niñez, me parece solamente ocasional. Más adecuado sería imaginar que la humanidad cultiva con placer el recuerdo de sus luchas y triunfos y que se conmueve acordándose de sus esfuerzos, siempre renovados, de sus inventos y descubrimientos. Pues las grandes obras de arte nacen en estas épocas de lucha. Los progresos son siempre pasos que van más allá de otros progresos. Nunca querrá olvidar las pérdidas que le han costado sus nuevos logros. ¡Cuánto tiempo permanece activo, por ejemplo, el recuerdo de la época del comunismo primitivo! (45).

En su obra Dialéctica de lo concreto, el checo Karel Kosik, señala que una creación cultural en la que la humanidad vea exclusivamente un testimonio, no es propiamente una obra de arte. La particularidad de ella consiste precisamente en que no es -ante todo o únicamente- un testimonio de su tiempo; su particularidad estriba en que independientemente de la época y de las condiciones en que surgió -y de las cuales también da testimonio- la obra es, o llega a ser, un elemento constitutivo de la existencia de la humanidad, de una clase social, del pueblo. Por eso no se puede comprender la vida de la obra únicamente por la obra misma. Si la eficacia de la obra fuese una cualidad de la obra, análoga a la irradiación como propiedad del radio, ello significaría que la obra viviría, es decir, ejercería una influencia, incluso cuando ningún sujeto humano la observase. La eficacia de la obra artística no consiste en una propiedad física de los objetos, libros, imágenes o estatuas como objetos naturales o elaborados, sino que es un modo específico de existencia de la obra como -realidad humano-social. La obra no vive por la inercia de su carácter institucional o por la tradición -como cree el sociologismo- sino por la totalización, es decir, por su continua reanimación (46).

Si bien, en apariencia, estos dos criterios, están desligados del tema que estamos abordando, creemos que ellos nos dan la pauta real sobre el asunto. Las obras que componen el repertorio de la literatura infantil denominada clásica y que algunos consideran obras de arte en su género, han perdurado a través de varias generaciones porque, además de ser expresiones de dominio ideológico, estas obras constituyen para la burguesía el testimonio histórico de su propia obra como clase dominante. Contempla con admiración su patrimonio cultural porque éste es el reflejo de todo aquello que le permitió mantenerse como clase en el poder. Y como muy bien lo señala Armand Matterlart: El tema de la tradición es un tema idealista por excelencia, en la medida en que la tradición se reduce a la sublimación de un conjunto de valores y estructuras, unificadas bajo el nombre de pasado, que se abstraen de las condiciones efectivas de su desarrollo, y, por tanto, se evacúan de su sentido conflictivo (47). De esta misma forma, la burguesía va a respetar toda esta amalgama de remedos y adaptaciones populares que se llama literatura infantil, porque ello de hecho significa respetar el marco de sus propios valores de dominación. Le asigna el dogma de lo clásico y de lo eterno, porque desea integrar artificialmente todos los estratos sociales y borrar todo aquello que constituya un reflejo de los antagonismos y de la lucha de clases. Y con respecto a la intemporalidad y a la extraterritorialidad, Fryda Schultz parece que utiliza de pretexto las limitantes que se observan en la percepción infantil del tiempo y el espacio, para negar la génesis histórica y temporal de estas obras. No podemos olvidar que el niño preescolar y fundamentalmente el niño escolar, en la medida de su desarrollo, va percibiendo estos fenómenos a través de signos cualitativos distinguibles y rasgos condicionados, que va ampliando de acuerdo a su propia experiencia personal y a las informaciones que se le entrega. Naturalmente, al plantearle lo intemporal como una categoría abstracta y eterna y no darle algunos pequeños espacios temporales que le sirvan de referencia y apoyo, se está inyectando a los niños los primeros esquemas sobre una humanidad que no tiene edad ni lugar histórico y que sirven como vehículo para sustraer al niño popular de una realidad social e histórica concreta. Al no estar premunido de esos elementos que lo ayuden a analizar y comparar los materiales que le dan los cuentos, se va a alimentar en el niño una acriticidad que es el primer paso para convertirlo en un ser pasivo y conformista, que la va a conducir a una aceptación mecánica de todo lo que le entregan.

Pero lo más grave en todo esto, no está en la argumentación que esgrime la autora en la defensa de lo intemporal, sino en los ejemplos que da al respecto, a través de los cuales intenta oponer dos posturas frente al problema: lo que supone ella una actitud libre y espontánea del niño y otra que sólo es reflejo de una doctrina político-abstracta, impuesta como fórmula a los escolares (48). Concretamente la autora se refiere a una encuesta realizada en la ciudad de Perm (Unión Soviética), donde se formularon numerosas preguntas a varios niños, cuyas edades fluctuaban entre los 9 y 13 años. Una de las preguntas fue: ¿Qué haría Ud. si fuera invisible? Uno de los entrevistados responde así: Construiría un cohete y partiría hacia la Luna con 3 compañeros. Allí construiría una ciudad lunar con un gran palacio y ofrecería el palacio a los argelinos. Otro de los niños consultados, dice: Si yo fuera invisible, aprovecharía la oportunidad para hacer estallar todas las bases y todos los aviones militares. Naturalmente a Fryda Schultz le disgusta la actitud solidaria del primer niño y la opinión anti-militarista del segundo. No acepta, que niños forjados y educados en una sociedad donde no existen explotados y explotadores y donde las relaciones de producción se caracterizan por la colaboración mutua entre los trabajadcres, se pronuncien sobre dos hechos contemporáneos. Tampoco acepta que un niño haya sido educado en el odio a la guerra y solidario con todos los pueblos que luchan contra el subdesarrollo y la dominación imperialista. Para ella es un pecado social que el niño posea una sensibilidad social y una conciencia de clase que le permita entender el verdadero significado de las luchas sociales y de las guerras fratricidas. En cambio, ¿qué sustituto recomienda la autora para reemplazar este sentimiento solidario y pacifista de los niños soviéticos? No es difícil descubrirlo. Aboga por la evasión, la libre fantasía, que hace pie y se levanta sobre un realismo y para ello, nos da un ejemplo, de lo que ella entiende por una auténtica espontaneidad y que saca de la misma encuesta: Si yo fuera invisible, me proveería de una buena cantidad de caramelos, me metería en un avión y me iría a pasear por el mundo, comenta otro niño. Naturalmente, sabemos a qué libertad y espontaniedad del niño se refiere la autora. Aquella imagen que nos es bien conocida: la de una clase opresora que monopoliza la riqueza y la cultura frente a una clase oprimida, para la cual sólo alcanza la superstición religiosa y el saber cosificado. Aníbal Ponce al respecto, dice: Sería un crimen contra el sagrado misterio del alma infantil -se dice- llevar hasta ella nuestras preocupaciones y nuestros odios. Y mientras, hasta en el más escondido rincón de la sociedad capitalista todo está construido y calculado para servir a los intereses de la burguesía, el pedagogo pequeño burgués cree que pone a salvo el alma de los niños, porque en las horas que pasa por la escuela se esfuerza en ocultarle ese mundo tras de una espesa cortina de humo. ¿No están sin embargo, los intereses de la burguesía en los textos que el niño estudia, en la moral que se le inculca, en la historia que se le enseña? Cada lección de literatura, de derecho, de historia, de sociología o de economía ¿no concurre a demostrar con insistencia infatigable que es necesario, que subsista y se afiance la sociedad capitalista? (49). Si en la práctica, la escuela, en una sociedad capitalista es el procedimiento mediante el cual las clases dominantes preparan en la mentalidad y la conducta de los niños las condiciones fundamentales de su propia existencia, qué podemos esperar de los libros que se utilizan y de toda aquella literatura que se ha conservado con este propósito. Ello nos demuestra la perfecta coherencia que existe entre la superestructura ideológica del sistema capitalista y sus bases socio-económicas, lo cual permite cimentar el edificio social dominante y darle una aparente unidad de clase.

No pretendemos asumir una posición unilateral, dogmática y estrictamente pragmática sobre el asunto, que nos lleve a afirmar que las únicas respuestas valederas en el niño son aquellas imágenes propias de un verismo fotográfico. Ya lo decimos en el capítulo dedicado a la imaginación y fantasía infantil: si bien ambas se nutren de una realidad objetiva, ello no quiere decir que se van a confundir con ella. La fantasía y la realidad hablan dos lenguajes distintos, a pesar de que son una mutualidad. Lo que sí podemos aceptar es que se pretenda hacer del mundo infantil y de la imaginación, un mundo ambiguo, caótico y marginado de un espacio y de un tiempo histórico determinado y confundir los propios móviles de la fantasía con las aspiraciones asociales y metafísicas de los escolásticos de la Edad Media y sus exégetas contemporáneos, las cuales han servido de telón de fondo a los cuentos de Perrault, Grimm y otros autores.

A pesar de que la mayoría de las narraciones infantiles tienen por escenario histórico la Edad Media europea, ya que sus personajes, hablan, piensan, visten y actúan al igual que los hombres de esa época, en general, en todas estas narraciones se elude todo aquello que signifique un compromiso histórico, social, económico, cultural o geográfico que contribuya a poner al descubierto la dura y cruel realidad de ese estadio histórico: persecución religiosa y política, explotación inhumana de los siervos, boato y derroche de los nobles y dignatarios de la Iglesia, hambre y miserias en las clases populares y otras sutilezas que parecen no inquietar a la burguesía. La tradición selectiva y discriminatoria de la cultura dominante ha conservado todos aquellos valores que contribuyan a sublimar aquello que sea un atisbo de la fea y horrible realidad histórica. Precisamente en la imprecisión y ambigüedad de estas narraciones está la clave mistificadora de esta literatura infantil.

A pesar de la ingravidez geo-histórica de estos cuentos, es evidente que ellos conservan muchos rasgos nacionales de sus fuentes originales. Las tradiciones, el lenguaje, el modo de existencia y otras formas de la cultura nacional, van implícitas en cada una de estas narraciones. Desgraciadamente, la aparente pluralidad de rasgos y caracteres nacionales, no están dados aquí como agentes populares y clasistas, sino como formas de una mitología burguesa que define y configura lo nacional y que no es más que un pretexto anecdótico y hasta exótico, para plantear o reforzar a nivel universal una idea dominante. Los caballeros ingleses, las hadas francesas, las campesinas holandesas, los monstruos celtas, los gnomos escandinavos y toda la galería de arquetipos que participan en estas narraciones, han trascendido más allá de sus fronteras naturales y se han convertido por obra y gracia del colonialismo cultural, en los valores universales de la humanidad infantil. Tampoco ello quiere decir, que vamos a rechazar rotundamente todas las obras infantiles nacidas en una sociedad dividida en clases, porque con esto estaríamos negando el carácter universal de la cultura. Es necesario -dice Mao Tse tung- quitar a la antigua cultura las escorias de naturaleza feudal y asimilar de ella la esencia democrática. Es la condición indispensable del sentimiento nacional. Pero no hay que asimilar nunca ni retener alguna cosa sin espíritu crítico. Es preciso hacer la distinción entre todo lo que es podrido y que pertenece a las clases dominantes del antiguo feudalismo y la excelente cultura popular, de la cultura popular de la antigüedad que posee más o menos un carácter democrático y revolucionario (50).

En esta literatura clásica infantil, los valores sociales se invierten y lo particular se trueca en general, lo accidental en fundamental y surgen los estereotipos que van a convertir las clases feudales en los modelos de la nobleza, de la bondad, del equilibrio social y de todas las virtudes teologales, mientras que los otros sectores, los siervos, los esclavos y los artesanos, serán la expresión de los malos instintos y de las bajas pasiones. Si a un niño se le diera la oportunidad de optar por esos dos extremos, lógicamente va a elegir la nobleza, la riqueza, la belleza y el poder omnímodo de los príncipes y de los reyes. No le va a interesar como modelo de conducta, aquel siervo, cuyo único capital es su fuerza de trabajo y cuyo único destino es la actividad manual, que estará naturalmente al servicio de las clases aristocráticas. Sólo podrá quebrar este sino, el azar prodigioso de una hada o el gesto magnánimo de un rey o un príncipe virtuoso.

Muchos escritores y pedagogos han querido desestimar los efectos de estos esquemas en el niño, aduciendo que todo esto es pura fantasía y que es difícil que los niños crean en la existencia real de estos personajes y sus historias. No me extraña que se plantee en estos términos la defensa de esta literatura, ya que la apología del individualismo, del azar, del egoísmo, de la deshumanización social, del populismo y del desclasamiento es traducida en los términos propios de la sociedad capitalista. No hay que ser muy agudo como para no darse cuenta, que todos estos modelos éticos y sociales van a ser punto de partida de una dominación que alcanzará todos los niveles ideológicos y que se convertirá en un factor determinante en la existencia social del adulto.

El orden social que nos describe esta literatura, no evoluciona, no cambia, ni está sujeto a las transformaciones históricas que se operan en la vida social o individual del hombre. Es una realidad estática, quizás muy a propósito, enclavada en un período donde el señor feudal era un rey en miniatura y ejercía un dominio absoluto sobre la gleba o servidumbre, protegido y avalado por la Iglesia y por los nacientes estados. De ahí la gran profusión de reyes y príncipes que aparecen en los cuentos, que no son otra cesa que la representación de los diversos señores feudales que luchaban por ampliar sus feudos y sus dominios territoriales.

La literatura es una de las formas de la conciencia social del hombre y su contenido es un reflejo de un medio histórico determinado, por eso, aunque se utilicen todos los subterfugios imaginables para disfrazar o deformar una realidad concreta, los hechos históricos van a permanecer inmutables e invariables. Sean captados parcial o totalmente los contenidos, ellos van a dejar una huella en la mente del niño que podrá borrarse con el tiempo o perdurar hasta la edad adulta. A la cultura dominante le interesa que estas vivencias o sensaciones iniciales, responden a sus postulados ideológicos, los cuales serán posteriormente desarrollados, ampliados y enriquecidos por una escuela, que se encargará de convertir los esquemas afectivos, en valores y conceptos más definidos.

¿Por qué ese celo puramente literario, lingüístico o psicológico de los autores que escriben sobre la literatura infantil? Nos parece extraño y hasta sospechoso este olvido por todo aquello que se refiere a los mitos, prejuicios, tabúes o estereotipos sociales, que son los ingredientes que van a determinar los contenidos de estas obras y que a la larga se convertirán en los factores dominantes del mundo infantil. ¿Tan escasa importancia reviste para los estudiosos el contenido de clase y las relaciones sociales de tipo feudal que se reflejan en estas narraciones? Muchos pedagogos y escritores, para aliviarse de su cuota de culpabilidad, han creído que basta con eliminar algunos juguetes bélicos, apagar el receptor de TV al niño o prohibir determinados libros infantiles, para liberar al niño. Como aquella famosa iniciativa de la maestra Montessori, que suprimió todas aquellas cosas de la fantasía, como hadas y gnomos, porque ellas podían provocar una ruptura con la realidad y tener consecuencias nocivas para el niño. En su reemplazo, qué sustituto recomienda María Montessori: el de la fantasía religiosa y que justifica en estos términos: Estas notas sobre nuestros experimentos de educación religiosa, representan sólo una tentativa, pero comprueban la posibilidad práctica de introducir la religión en la vida del niño, como una rica fuente de alegría y de grandeza (51). Este acto de reemplazar un mito por otro mito, nos recuerda la clásica consigna gatopardista: Realizar cambios, para que todo siga igual.

Dentro del repertorio mitológico de nuestro siglo, no hay duda que se destacan nítidamente dos temas, aparentemente antagónicos, pero que en el fondo responden a instancias análogas de la ideología imperialista. Nos referimos al tema del Lejano Oeste norteamericano y a la Edad Media europea. El Far West americano, con sus heroicos cowboys, sus sufridos colonos, sus intrépidos sheriff, por un lado y las tribus indias o los oscuros bandidos por otro lado, los cuales se enfrentan con violencia y en lucha a muerte por el dominio de un pueblo, de una mina, de un banco o de un territorio. Naturalmente, nunca aparecen en la escena social de estas historias los verdaderos patrones de toda esta amalgama de rufianes y héroes legendarios del revólver y del caballo, o sea, los grandes banqueros, hacendados, comerciantes, políticos y militares, los cuales, en su mayoría, viven en los grandes centros urbanos, completamente ajenos a las incidencias que se desarrollan en los lejanos pueblos del oeste. Aquí, la voracidad de la clase dominante, que despoja tierras, masacra indios, controla la economía, y se apodera de las grandes minas en la fiebre del oro, se traduce en términos de civilización, progreso social y desarrollo económico. Los rufianes y criminales a sueldo que velan por el orden social vigente son sublimados al extremo de convertirse en los héroes de estas truculentas historias. En cambio, los indios que se rebelan contra el invasor blanco que arrasa sus pueblos, roba sus tierras y esclaviza su gente, es el arquetipo del malo. Esta dualidad ética que objetiviza lo malo y lo bueno a través de la representación de esquemas puramente afectivos, al igual que los cuentos infantiles, sirve de soporte para mistificar el crimen y la violencia de los explotadores y justificarlos a nombre de una humanidad en desarrollo. Es el clímax de una sociedad machista que debe utilizar la violencia en todos sus niveles, para abrirle paso a una civilización que beneficiará a todos por igual. Todas estas historias de vaqueros y cowboys que han sido profusamente difundidas a través del cine, de los comics y la TV, responden a objetivos bien concretos del imperialismo norteamericano, siempre atento a redimensionar las diversas formas de penetración y de alienación cultural.

La Edad Media, en cambio sirve de asiento histórico a los cientos de cuentos y narraciones infantiles, que en la actualidad integran el repertorio de la llamada literatura infantil clásica. Dada la importancia que reviste para este género, la sociedad feudal, dedicaremos un capítulo especial al tema.

Notas:

(41) Jesualdo Sosa: Literatura infantil
(42) Herminio Almendros: Estudio sobre la literatura
(43) Jesualdo Sosa: Literatura infantil
(44) Fryda Schültz de Mantovani: El mundo poético infantil, Ateneo, Buenos Aires, 1964
(45) Bertold Brecht: «La efectividad de las antiguas obras de arte», en Estética y marxismo, Era, México, 1970, tomo I.
(46) Karel Kosik: Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, México, 1967
(47) Armand Mattelart: El medio de comuniación de masas en la lucha de clases
(48) Fryda Schültz: El mundo poético
(49) Aníbal Ponce: Educación y lucha de clases.
(50) Mao Tse-tung: «Sobre la nueva democracia»
(51) María Montessori: I bambini viventi nella chiesa, Nápoles, 1922

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