Este gran escritor mexicano nació en Lagos de Moreno, en el Estado de Jalisco, y estudió medicina en Guadalajara.
Durante su niñez le fascinaron las narraciones de su abuelo materno, cuyo trabajo de arriero le había permitido viajar por largos caminos y era famoso en Lagos como cuentista oral.
Luego, desde muy joven, devoró novelas de los grandes narradores franceses del siglo XIX, costumbre que continuó en la universidad: como Dumas, Alfonso Daudet, los hermanos Goncourt y sobre todo Emilio Zola, el padre del naturalismo, su novelista predilecto.
El primer esfuerzo literario de Azuela fue Registro, una especie de diario íntimo escrito en 1889. En 1896 apareció en una revista las Impresiones de un estudiante, su primera obra publicada.
En 1903 obtuvo un diploma en los Juegos Florales de Lagos por su narración De mi tierra.
Cuatro años después publicó su primera novela María Luisa, en la que aborda las lacras sociales desde una perspectiva naturalista. Los fracasados (1908), y Sin Amor (1912) contienen todos los rasgos que caracterizan a su obra: sátira social, crudo realismo expresivo y construcción clásica de la novela.
Mala Yerba (1909) es una obra precursora de la novela de la revolución, donde los campesinos humillados quienes se levantan contra sus amos.
En 1911 escribe Andrés Pérez, maderista, una novela que ya recoge personajes y escenas de la revolución que comenzaba por aquellas fechas. En ella anticipa el realismo histórico que anima sus principales obras basadas en el tema de la revolución.
Durante el gobierno de Francisco Madero, Azuela fue nombrado jefe político en Lagos, y posteriormente director de Educación en Jalisco.
Pero en 1913, a la muerte de Madero, perseguido por sus enemigos políticos, se incorpora como médico militar al ejército de Pancho Villa con el fin de apoyar la revolución.
Luego emigró a los Estados Unidos y en El Paso, Texas, escribió su famosa novela Los de abajo, que comenzó a publicar por entregas en diciembre de 1915 en un periódico local mexicano, El Paso del Norte, mientras los cuatro últimos capítulos los publicó Mariátegui en Perú, en el número once de su revista Amauta, en enero de 1928.
La primera edición de la novela completa nunca llegó a aparecer porque los carrancistas tomaron Ciudad Juárez, sin que se sepa qué fue de los ejemplares imprimidos. En 1920 se hizo una nueva edición de la obra, que se mantuvo durante varios años en las librerías sin que el público ni la crítica mostrasen ningún interés.
Fue a partir de 1924, tras la publicación de un artículo de Julio Jiménez Rueda, cuando comienza a llamar la atención esta novela breve que tanta resonancia iba a tener en las letras mexicanas al deshacer el alejamiento que los escritores mexicanos mantenían con su realidad más inmediata, particularmente ante una Revolución que había cambiado el país completamente. Pero Azuela era un escritor comprometido con la realidad de su tiempo, que huía de la anécdota folletinesca de muchos de sus contemporáneos para explicar a México como nación, lo cual venía unido a la corriente nacionalista que recorría las páginas de los escritores europeos durante las primeras décadas del siglo XX.
La novela de Azuela tuvo una buena aceptación en Europa. La defensa del hombre por encima del poder del Estado y los políticos, debió contribuir a lo que de positivo vieron sus contemporáneos en la significación de la novela.
El libro se publicó en España en 1927. Sobre él aparecieron comentarios de críticos importantes como Díez-Canedo, en El Sol, y Ernesto Giménez Caballero, en La Gaceta Literaria.
En 1928 apareció en Francia, gracias al empeño de Henri Barbusse, en la revista Monde, del Partido Comunista.
Aunque muy breve, Los de abajo es la novela más famosa de Azuela, nacida de sus experiencias combatientes y de lo que observó en los campos de batalla revolucionarios. Su contacto con las tropas y los grupos revolucionarios le permitió reunir los datos directos y presentar un cuadro impresionante de la contienda civil, de ese momento caótico en que chocaban todas las fuerzas en conflicto sin un plan preciso.
La novela alcanzó gran difusión en el extranjero y se tradujo a ocho idiomas, convirtiéndose en el punto de partida de una abundante literatura narrativa sobre las luchas revolucionarias del México moderno.
En 1917 Azuela regresó a la ciudad de México y trabajó como médico en un consultorio público, aunque siguió escribiendo novelas: Los caciques (1917) y Las moscas (1918), basadas también en la revolución, dan una visión totalizadora y moralista de sus perturbadores y corrosivos efectos, pintando, con colores fuertes la vida mexicana en la capital y la provincia, en los medios políticos, agrarios y familiares.
Ya en 1925 Azuela era un escritor consolidado entre la avanzadilla prevanguardista que estaba preocupado por los problemas de su tiempo como demuestran algunas explicaciones suyas en donde critica el distanciamiento de la realidad de los escritores de su tiempo:
Cuando el alma del pueblo está empapada en lágrimas y chorreando sangre todavía, nuestras lumbreras literarias escriben libros que se llaman Senderos ocultos, La hora de Ticiano, El libro loco de amor.Una de las grandes preocupaciones de su obra es mezclar lo social con el arte de vanguardia. Azuela es el único prosista mexicano que experimentó con el arte vanguardista antes de 1925. Inaugura un estilo nuevo acorde con la lucha armada en la que destacan los cuadros rápidos, violentos, realistas.
Otras de sus obras son: Las tribulaciones de una familia decente (1918), La malahora (1923) y La luciérnaga (1932) que quizás sea estilísticamente la más radical, pues fue escrita con gran esmero y es un estudio sicológico agudo de los personajes.
Luego escribió Domitilo quiere ser diputado, Pedro Moreno el insurgente (1934), Avanzada (1940), Nueva Burguesía (1941), La mujer domada (1945) y Sendas perdidas (1949).
También escribió ensayos de crítica literaria: Cien años de novela mexicana (1947), así como algunas adaptaciones teatrales de sus novelas.
Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1949.
Murió en la Ciudad de México en 1952. Posteriormente se publicaron dos obras póstumas suyas: La maldición (1956) y Esa sangre (1956), en las que se también critican el anquilosamiento en que viven ciertos sectores sociales de la sociedad mexicana.
Sus primeras novelas iban contra los asfixiantes convencionalismos sociales y los abusos propios de un régimen económico y político oprobioso y ya caduco; las siguientes denuncian la corrupción en que degenera la sociedad por no llevar hasta sus últimas consecuencia el proceso emancipador que la revolución anunciaba; las últimas censuran los errores o los vicios de ciertas capas sociales.
En la obra literaria de Azuela México se mira como un espejo, con sus paisajes evocadores, ya áridos, ya ubérrimos, con sus tormentas y sus cielos profundos. Su obra compone un vasto fresco de todos los estratos sociales mexicanos. Escribió Los de abajo al mismo tiempo que sucedían los hechos históricos que relata, buscando colocar en la revolución a un grupo de luchadores que se integraran completamente con la historia, crear mexicanos de cuerpo entero, gemelos de tantísimos otros, seres con individualidad, idénticos a los que el autor veía en el trato cotidiano.
Los personajes se perfilan por sus actos y palabras, sin necesidad de inventariar su manera de ser, sin enumeración de su universo interior.
Su estilo es nervioso, ágil, conciso y muy gráfico. Bastan unas cuantas páginas para situar figuras, componer ambiente, orientar el drama. Unos párrafos, a veces unas líneas resumen la actividad de los personajes. La relación de los hechos, casi siempre indirecta, mediante la descripción de sus consecuencias, obliga a leer atentamente, para comprenderlos bien y concatenarlos. Azuela narra solamente lo esencial, y la manera con que lo narra da a su prosa intensidad expresiva. Pasma la sobriedad de sus recursos no menos que el vigor de los resultados con ellos obtenidos.
El escritor traza un fiel retrato de la vida real y, ahí mismo, en su misma exposición subyace la voluntad manifiesta de cambiarla.
El tema central de su novelística es el combate contra la injusticia, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones. Siempre hay una persona, o varias, víctimas de la opresión: del mal gobierno, de un despótico hacendado, de un cacique expoliador, de un jefe arbitrario, de un tiránico pariente.
El novelista mexicano destapa las lacras sociales con franqueza, sin circunloquios ni eufemismos. Cuenta la verdad tal como la observa, enfrentándose a multitud de mentiras, viejas o nuevas, y fustiga la hipocresía demagógica, la estupidez malhechora, la servil adulación y el abuso de autoridad. Y puesto que lo descrito en la novela sucede, síntoma es de que el cuerpo social está enfermo, y debe curársele.
Está muy lejos de ser un demagogo y sabe que los campesinos, la gente oprimida del pueblo, son gentes primitivas y brutales, movidas por apetitos elementales. Así podemos leer en Los de abajo:
¡Juchipila, cuna de la revolución de 1920, tierra bendita, tierra regalada con sangre de mártires, con sangre de soñadores... de los únicos buenos!-Porque no tuvieron tiempo de ser malos -completa la frase brutalmente un oficial exfederal que va pasando.
Las masas salieron de su aislamiento y del letargo anónimo porfiriano para tomar el tren revolucionario. El combate desperezó a los mexicanos de los lugares más apartados del país y los movilizó a todos como dentro de un circuito eléctrico que recorriera el país de norte a sur, trasvasando gentes, ideas y costumbres. En la revolución el mexicano encontró a su par y conoció en otro su mismo descontento. Supo que no estaba solo. Todo el país se miró en el espejo.
Al igual que los indigenistas descubrían en esos años el Perú del interior, los escritores de la revolución descubrieron México como escenario y como argumento. El problema nacional, el problema del ser del país, entraba entonces en las literaturas de ambos países, y a esa nacionalidad estaba unida, también en México, el indio.
Se reconocía la capacidad del nativo de cambiar los rumbos de su entorno y, por tanto, de todo México. Se ponía de manifiesto la conciencia revolucionaria de la masa y se liquidaba el complejo de inferioridad heredado del eurocentrismo.
La cultura europea estaba en una decadencia que la guerra de 1914 se había limitado a poner de manifiesto. Los distintos indigenismos narrativos y la novela de la Revolución Mexicana respondían a estos hechos. Se unía vida y literatura como estandartes de la vanguardia literaria mexicana. La literatura se ponía al servicio de las necesidades del pueblo, y, por ello, José Carlos Mariátegui alababa la importancia que México tenía en esta labor de reencuentro con el alma de América:
México detenta la clave del porvenir de la América india. Por esta posesión, el pueblo azteca ha pagado, sin cicatería ni parsimonia, el tributo de su sangre. Tuvo don de profecía Vasconcelos cuando escogió el lema de la Universidad mexicana: Por mi raza hablará el espíritu. En México se exaltan y se agrandan prodigiosamente las posibilidades creadoras de nuestra América. El pueblo que primero ha hecho una revolución, es el que primero está haciendo un arte, una literatura, una escuela. Pueden sonreír los que suponen que la literatura, es una categoría independiente de la política, del espacio y del tiempo. El poder de creación es uno solo. Una época revolucionaria es creadora por excelencia. Es una época de alta tensión en la cual todas las energías y todas las potencias de un pueblo -políticas, económicas, artísticas, religiosas- logran su máximo grado de exaltación.Mariátegui afirmaba así el asentamiento de una tradición literaria de carácter nacional que, como en Perú, era un objetivo que se debía fortalecer en México al tomar como referente inmediato la revolución:
La revolución mexicana ha tenido en literatura su período de poesía. Período de cantos a la revolución. (El estridentismo es su batalla literaria característica y Maples Arce su poeta representativo). Los de abajo, la novela de Mariano Azuela, parece ser el signo de que la revolución entra, también en literatura, en su período de prosa. La novela, el relato, fijarán más duradera y profundamente que el verso el carácter y la emoción de la epopeya revolucionaria.Para Mariátegui la obra de Azuela era un obertura a lo que debía ser la literatura nacional, al igual que había visto en la obra de Vallejo lo que tenía que ser la literatura hecha por indios:
Los de abajo no es todavía la novela de la revolución. A esta novela no será posible llegar sino a través de tentativas preparatorias. Azuela nos revela en su libro tan sólo un lado, un contorno de la revolución. No desfila, delante de nosotros, el ejército de la revolución, sino una de sus columnas volantes. La versión de Azuela, robusta, honrada, violenta, se detiene en la guerrilla, en la escaramuza, en el episodio.Mariátegui entendió claramente el final de la novela, cuando Demetrio Macías reinicia otra vez la movilización, exponiendo que la revolución no ha terminado sino sólo uno de sus ciclos:
La guerrilla de Demetrio Macías sucumbe en una emboscada en la misma sierra donde tiempo atrás deshizo a una columna de federales. La acción de la novela constituye un episodio villista. Su naturaleza de episodio es patente hasta por el desenlace. El episodio necesita terminar; la historia es siempre una continuación y un comienzo. La revolución está hecha de muchos episodios como el de Los de abajo; pero está hecha también y sobre todo de un gran caudal de anhelos y de impulsos populares que, después de mucho estrellarse y desbordarse, se abrió el hondo cauce por el cual corre ahora. La guerrilla es un arroyo que baja de la sierra, para perderse a veces; la revolución un gran río que confuso en sus orígenes, se ensancha y precisa en su alto curso.
El cacique llama a los federales para atacar a Demetrio pretextando que tenía intención de alzarse en armas, lo que provocó dicha acción en lugar de detenerla, y lo obligó a refugiarse con sus amigos, quienes no se dejaron dominar y contraatacaron a la amenaza que les imponían, derrotando al ejército federal, y comenzando así la lucha, acumulando tropas y nunca estableciendo un objetivo o analizando la verdadera razón de lo que hacían.
Luis Cervantes, un hombre educado de clase media, deserta del ejército federal con la intención de unirse a Demetrio, con quien cree tener sus mismos ideales. Pero queda sorprendido al comprobar que los supuestos revolucionarios no tenían ninguna idea del programa y objetivos de su lucha.
Luego se unen con el general Nateray, después de una batalla notable, toman Zacatecas, uno de los últimos lugares ocupados por el ejército federal de Huerta en 1914.
Demetrio desea entonces vengarse del cacique local que comenzó todo el conflicto, por lo que le quema su casa y huye a Tepatitlán, Jalisco, y luego a San Juan de los Lagos, volviendo a encontrarse con Natera. Este les trae noticias de que existe rivalidad entre Villa y Carranza.
Los que antes se encontraban involucrados en la lucha contra federales y ahora deben tomar partido también dentro del campo de la propia revolución, cuyas fuerzas aparecen divididas.
Al percatarse que la revolución se hacía interminable, Luis Cervantes parte hacia Estados Unidos para alejarse de la guerra y se convierte en un capitalista que trata de aprovecharse de los combatientes. Su lejanía ya no es sólo física, sino también social.
La situación de los revolucionarios se convierte en desesperada cuando Villa y su ejército son derrotados por Carranza en la batalla de Celaya en abril de 1915, obligando a los campesinos a regresar al lugar donde comenzó todo, en una condición aún más pobre y miserable de la que tenían antes, obligados a continuar la lucha a pesar de seguir sin tener un objetivo preciso.
Los cuatro últimos capítulos de la novela, que fueron los que Mariátegui publicó en Amauta, cuentan precisamente el regreso de Demetrio Macías a su pueblo después de dos años en las filas del ejército revolucionario. Entonces el destacamento es atacado por las fuerzas de Carranza que buscan acabar con los últimos reductos de los grupos de Villa e impedir que los campesinos lleven hasta al final la revolución.
Por su espontaneidad y ausencia de dirección, la Revolución Mexicana fue un movimiento político vagos y carecían de la consistencia necesaria para que aportara un programa de gobierno una vez superada la etapa militar, aunque cabe calificarlo de nacionalista, agrarista, anticlerical, reformista y socializante. Sus diversos dirigentes se suceden uno tras otro y la Revolución se va haciendo a sí misma mediante rebeldías y ejecuciones que bajo el título de traición a la Revolución se convierten en una sentencia de muerte oficial. La burguesía ha interpreta do siempre esto como una lucha por el poder, por ambiciones y rivalidades personales, descuidando que las personas personifican clases y sectores sociales, que encarnan, a veces de manera confusa, programas y proyectos políticos.
Azuela presenta con crudeza el caos de la revolución, donde todas las fuerzas en conflicto chocan sin previa reflexión. Desenmascara así la idea tan difundida por la ilustración burguesa de que las revoluciones se desatan a causa del despertar de la conciencia, por ideas y no por circunstancias materiales, por hambre, por opresión y por explotación. Además, pone de manifiesto a dónde conduce la ausencia de dirección del movimiento revolucionario, la desorganización. Cuando aparentemente nadie encamina a las masas es la burguesía, los caciques, quienes trazan los planes para impedir que la revolución vaya más allá y perjudique sus intereses. Eso es lo que Azuela subraya en su novela: la ausencia de dirección (y por tanto de organización) de los oprimidos les pone en manos de los opresores.
Naturalmente que entonces es fácil caer en la tentación de recurrir a la manoseada idea de que finalmente todo ha resultado inútil: los campesinos salen a luchar por algo nuevo y la misma realidad vuelve otra vez sobre sus espaldas como una losa. Pero ese despertar de las masas, el abandono de sus anestesiantes hogares y labores para incorporarse al ejército, por más frustrante que resulte, jamás resulta vana, no solamente por la experiencia viva de la necesidad de juntarse para dirigir sus propios destinos, sino también porque los procesos históricos en realidad son irreversibles: por más que no haya alcanzado las cotas de bienestar que desearíamos para los oprimidos, el México moderno nace con la revolución como un país avanzado que obtuvo importantes triunfos políticos.
En ese relato crudo y veraz, Azuela desmonta otra serie de mitos que la influencia burguesa destila en la conciencia de las masas, como por ejemplo la unidad en las filas revolucionarias. La revolución mexicana, como todas las demás revoluciones, parecen sumidas en un mar de discusiones, ya no sólo con sus enemigos, sino internamente. Brotan dudas y vacilaciones, cuando no deserciones. El levantamiento mismo se repesenta como una encrucijada llena de interrogantes que no todos responden de la misma forma, porque no todos se suman a la revolución con los mismos intereses ni con los mismos objetivos. Las sublevaciones populares parecen ser un continuo tejer y destejer que Los de abajo dibuja como pocas narraciones. En el seno de las fuerzas populares cada paso que se pretende avanzar siembra una duda, aparece una crítica y, cuando se avanza un pequeño trecho del camino, siempre hay quien se autocritica: hay que volver lo andado y comenzar de nuevo. Uno de los diálogos que mantiene Demetrio Macías con Anastasio Montáñez pone de manifiesto el rechazo con que se recibe a las tropas revolucionarias a su llegada a cualquier población:
- Se me figura, compadre, que estamos allá en aquellos tiempos, cuando apenas iba comenzando la revolución, cuando llegábamos a un pueblito y nos repicaban mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas y hasta cohetes nos tiraban -dijo Anastasio Montáñez.Otro de los mitos que la novela deshace contundentemente es la de la revolución como una diosa virginal y pura que emerge de las aguas portadora de una aureola de justicia, libertad y paz. Por el contrario, la revolución mexicana acarreaba injusticias, por supuesto en las filas gubernamentales, pero también en las revolucionarias. La revolución persigue la justicia, la libertad y la paz, pero trata de acarrearlas en un medio que a ella misma se le escapa. Y ese medio es nauseabundo. No hay parto sin dolor, y por eso todas las revoluciones, que quieren lo mejor, dialécticamente adhieren a su piel también lo peor. La negra casta implacable de los opresores parece contagiar a los oprimidos cuando se sublevan, incurriendo en venganzas execrables de las que sin duda ellos mismo no son los verdaderos responsables, sino quienes les han sometido durante décadas, y quizá siglos, por medio de la fuerza y de la violencia. Los mártires, los soñadores, los rebeldes, son siempre los únicos buenos, obligados a cometer atrocidades por sus enemigos, que jamás dejan sus prebendas sin derramar hasta la última gota de sangre.- Ahora ya no nos quieren -repuso Demetrio.
- ¡Sí, como vamos ya de rota batida! -observó la Codorniz.
- No es por eso... a los otros tampoco los pueden ver ni en estampa.
- Pero, ¿cómo nos han de querer, compadre?
Esta idea que subyace a lo largo de toda la novela queda manifiesta mediante una imagen muy significativa en palabras de Macías, cuando habla con su esposa, ya en casa, y ésta le pregunta por qué continúa la guerra:
- ¿Por qué pelean ya, Demetrio?La revolución es como ese canto rodado que gira por el suelo sin que nadie pueda detener su paso. En la novela no se vislumbra el final de la guerra, que parece eterna y que, tras un recorrido de boomerang, en el que el protagonista ha regresado a su lugar de origen, desde donde salió para unirse a las filas revolucionarias, aparentemente nada ha cambiado. Y al mismo tiempo todo ha cambiado. El tiempo reinicia su ciclo y todo vuelve a comenzar porque la revolución no termina nunca. La revolución es la vida, es cambio, y si alguien pretende parar, se muere:Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero y dice:
- Mira esa piedra como ya no se para.
El humo de la fusilería no acaba de extinguirse. Las cigarras entonan su canto imperturbable y misterioso; las palomas cantan con dulzura en las rinconadas de las rocas; ramonean apaciblemente las vacas. La sierra está de gala; sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia. Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil...