José López Ragel

Gaditano y vecino de Jerez, José apenas tuvo ocasión de aprender a leer y escribir, lo que no le impidió adquirir una amplia cultura por sus sus propios medios. Trabajaba por temporadas como jornalero en la vendimia, lo que alternaba con el de peón en una modesta bodega jerezana.

Había militado en organizaciones comunistas de izquierda en los años setenta y estuvo unos meses en la cárcel por su lucha política.

Perseguido por la policía española, en 1974 se exilió en Portugal donde luchó en la Revolución de los Claveles para acabar con el régimen salazarista.

En el verano de 1975 ingresó en nuestro Partido procedente de la OMLE, que había conocido un mes antes tras entrevistarse con Isabel Llaquet.

Con él ingresaron en la organización un amplio círculo de obreros de las bodegas jerezanas y jornaleros del campo de Jerez y San Fernando.

A los pocos meses solicitó su entrada en los GRAPO, pues sus compañeros destacaban su gran seriedad y profesionalidad revolucionaria. Intervino en el comando que expropió un importante alijo de 40 rifles en una armería sevillana, así como en varios bancos.

Cuando contaba con 29 años de edad, murió en el transcurso de una acción armada el 31 de julio de 1976 en Sevilla, cuando le explotó encima la bomba que iba a colocar junto con el también fallecido camarada Fausto Peña Moreno en la sede de los juzgados.

Desde la prisión de Valdemoro un camarada realizó este breve retrato de José, a quien conoció poco antes de morir:

De José Lopez Ragel tengo el recuerdo que se remite al día de viaje que la organización me encomendó para trasladarle en coche desde los madriles a Sevilla. Me fue presentado por Enrique Cerdán cuando yo todavía andaba por la vida de legal, no fichado por la policia, lo que favorecía cierta seguridad para el desplazamiento por carretera situándome al volante.

Ragel, al que nunca antes había visto ni oido hablar de él, ya mismo pasó a transmitir confianza y comportarse conmigo como si nos conociéramos de toda la vida. Lo que quiere decir, ahorrándome los detalles de no dejar de prestar atención a la conducción y a la carretera, que este hombre se descubría como uno de los mejores acompañantes a lo largo de un viaje de 7 u 8 horas de duración, sabiendo amenizarlo con cierta soltura y fluida simpatía andaluza, sobre la base de continuada y provechosa charla hilvanada, cuyo interés no dejó decaer en ningún momento.

Su claridad de ideas se me hizo evidente desde el primer momento, así como la preparación política e ideológica del camarada, afable y sencillo, lleno de confianza en la causa y con mucho respeto para con la gente de nuestra clase y de nuestro pueblo; algo que transmitía de manera fervorosa o emotivamente persuasiva. Sin duda era un hombre instruido, muy humanista, con muchos libros leídos y asimilados en profundo conocimiento, no superficial, tanto sobre la buena literatura como de la historia universal, de España y en particular de Andalucía, destacando sobre esta última un conocimiento pormenorizado sobre el pensar y sentir de su pueblo, del alma y la cultura de sus gentes, de las tradiciones de lucha de los obreros y jornaleros, de sus profundas necesidades y aspiraciones históricas, especialmente ligadas a este siglo, época de la República, guerra civil, labor del PCE, etc.

De manera que con tan provechosa compañía, no ha de extrañarle a nadie que finalmente sintiera tener qu despedirme de este emotivo pedagogo y orador infatigable. Lo hice en medio de saludos y en presencia de Fausto Peña, con quien Ragel tenía concertada la cita a eso de las 6 de la tarde, pudiendo comprobar en aquel la gran alegría que le procuraba la llegada y presencia de éste. Creo que hacía mucho tiempo que no se veían y la efusión con que se saludaron estos dos hombres hablaba mejor que mil palabras de la sólida amistad y camaradería que les unía.

No me quedaba sino emprender de inmediato el viaje de vuelta, que vine a hacer de un tirón, llevando conmigo la buena impresión que me había producido este camarada y la del día transcurrido sin que hubiera surgido contratiempo o pega alguna.

Al día siguiente (o posterior), ya en los madriles, en la cita de seguridad los camaradas me comunicaban lo sucedido en el Parque de Sevilla: López Ragel y Fausto Peña habían sido despedazados accidentalmente por la bomba que portaban, cuando se dirigían a colocarla en una de las instituciones fascistas...

He aquí otro relato publicado en Gaceta Roja núm. 73, el 15 de julio de 1978 escrito por un camarada que le conoció:
Muy poco fue lo que traté con José López Ragel, conocido entre nosotros, sus camaradas, por el nombre de Carlos. Sin embargo, las pocas veces que coincidí en acciones con él fueron suficientes para dejarme la certeza de que era un gran camarada.

Conocí a José en el invierno de 1975. Se celebraba una reunión en Sevilla. Al entrar en la sala donde se iba a realizar la reunión, lo primero que me llamó la atención, fue un hombre corpulento y con una amplia calva bronceada al que nunca antes había visto. Desde el primer momento quedé invadido por la curiosidad hacia este camarada, pues, a lo extraordinario de por sí de su gran cuerpo y calva que le hacían aparentar más edad de la que realmente tenía, se le unía una voz fuerte que usaba en intervenciones precisas, sin abuso. En el transcurso de la reunión descubrí en el desconocido unas manos grandes y callosas, recubiertas de esas sustancias negras que ni con estropajo se quitan. Este insignificante detalle hizo que José se ganara de pronto, sin reservas, toda mi simpatía, dándome la certeza de que además de ser un camarada de nivel político y cultural elevado, era también un obrero nato.

En el verano del año siguiente fui propuesto para llevar a cabo unas acciones que yo no había realizado hasta entonces. Acepté con gran alegría la propuesta, pero no pude desembarazarme de la intranquilidad y el nerviosismo que me embargaban al pensar que quizá, no cumpliría bien mi cometido. Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con que José, al que no veía desde la reunión de Sevilla, también, participaría en las acciones. Él, además de los otros camaradas, dando muestras de gran naturalidad al hacer los planes, hicieron que se me quitara gran parte de mi nerviosismo y que adquiriera confianza. En la primera operación, que resultó según el plan previsto, José salvó una situación complicada con gran aplomo y sensibilidad. Nos encontrábamos en un establecimiento bancario, cuando aparecieron dos niños que se pusieron a llorar de miedo; él con palabras serenas les persuadió de que no debían tener miedo, que no pasaría nada y que en un momento acabaría todo. Para la segunda ocasión, mis nervios estaban muchísimo más calmados; iba a ella lleno de entusiasmo y respaldado por la enorme seguridad que ofrecía el actuar con tales camaradas. Ésta también resultó según el plan trazado.

Con ocasión de estos trabajos que hicimos juntos, tuve oportunidad de conocer algunas facetas más de José. Era un hombre lleno de vida, tenía un extraordinario sentido del humor y sabía llegar al corazón de las gentes ganándoselo con facilidad, estaba tenazmente convencido de la justeza de la causa por la que luchaba y se entregaba a ella sin reservas.

Después de esto no volvería a tener ocasión de ver a tan buen camarada. Al mes y medio, una bomba con la complicidad de la noche segaba su robusta vida y la de Fausto Peña. Esto ocurría la noche del 31 de julio de 1976, al realizar los GRAPO una acción a escala nacional, estando ellos destinados a colocar la bomba en los juzgados de Sevilla. Fausto Peña era camarada y viejo amigo de José, trabajaba como metalúrgico en Sevilla y tenía dos hijos.

Recibí esta cruel noticia estando en Sevilla. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, los ojos se me nublaban, las uñas se me clavaban en la palma de mis manos empujadas por la enorme ira que sentía, al mismo tiempo, con la imaginación buscaba a los camaradas perdidos y les hacía solemne promesa de seguir el camino por ellos emprendido.

José no murió ¡Miradlo!
Resucitado, no ha muerto;
que no murió, como no
morirá jamás un pueblo.
Podrán fusiles y balas
pretender herir su pecho.
Podrán bombas y cañones
intentar romper su cuerpo.
Pero el pueblo vive y vence,
pueblo sin tacha y sin miedo
que una aurora de sangre
está como un sol naciendo.

Vicente Aleixandre: Romance del fusilado, Ofensiva,
órgano de la columna 3 del Frente de Teruel,
17 de febrero de 1937

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