4.7 ¿Tránsito pacífico a la democracia o proceso revolucionario abierto?

En noviembre de 1976 se reunió el III Pleno del Comité Central del PCE(r). Los meses transcurridos desde la anterior reunión habían sido de una actividad intensísima en el Partido que abre inmensas perspectivas al movimiento de masas. Las experiencias acumuladas permiten que en el Informe Político presentado al Pleno, Manuel Pérez Martínez haga un acabado análisis de la situación por la que atraviesa la lucha de clases en España, en que concluía que pese a los esfuerzos que han venido haciendo para evitarlo, el fascismo ha reducido el Estado de los monopolios a un completo aislamiento, sin que tenga ninguna salida.

En aquel Informe se hacía una pregunta básica, que concernía al análisis del momento político y las perspectivas de futuro: Si nos hallamos metidos de lleno en un 'proceso revolucionario', como sostiene nuestro Partido, o por el contrario, en un 'período de transición pacífica del fascismo a la democracia' como sostienen todos los partidos y grupos oportunistas. No cabía duda de que de cada una de estas dos apreciaciones se derivaban una estrategia, una táctica y unos métodos de lucha completamente diferentes y que, en la práctica cotidiana, se tenían que enfrentar. Según se respondiera a la pregunta se podían tomar uno de los dos caminos: alinearse junto a la burguesía monopolista contra las masas populares, colaborando en la farsa reformista del fascismo; o bien desenmascarar a los que colaboran con los opresores y explotadores y encabezar a las masas en su lucha por el socialismo. Por ello, lo esencial consistía en saber si hay que seguir adelante, agudizando y ahondando aún más las contradicciones que el imperialismo engendra o hay que retroceder atenuando dichas contradicciones.

Nosotros veníamos manifestando que del fascismo no había regreso posible a la democracia burguesa: El monopolismo tiende a la reacción y no a la democracia y España era un país de capitalismo monopolista de Estado. La democracia burguesa, como había indicado Lenin, responde históricamente al capitalismo premonopolista, al régimen económico de libre competencia, en tanto que la reacción política corresponde al monopolio.

Desde comienzos del siglo XX -continuaba el Informe- los monopolistas han llevado a cabo infinidad de guerras y saqueos coloniales, prepararon y desencadenaron dos guerras mundiales y, aún hoy están preparando una tercera. En cuanto a su política interna, ésta no podía dejar de corresponderse con la exterior. Los monopolistas han encontrado su régimen más característico en el nazismo alemán, y hoy día, después de derrotado éste, no es posible establecer, como intentan hacer todos los oportunistas, una antítesis tajante entre la democracia burguesa y el fascismo. El fascismo nace de esa democracia; es su criatura. Es conocido el hecho de que tanto los fascistas italianos como, sobre todo los nazis alemanes, subieron al poder por vía legal burguesa. Más claro todavía es el hecho de que fueron los llamados países democráticos los que apoyaron descaradamente las aventuras y agresiones fascistas, les vendieron países enteros, les sacrificaron pueblos como el checoslovaco, el polaco, el español, etc. No faltará quien diga que, al fin y al cabo, tras el fascismo vino la democracia en una serie de países. Quienes así piensan parece que ignoran los grandísimos sufrimientos y las riadas de sangre que costó a todos los pueblos del mundo traer la democracia a esos países.

Así pues, el fascismo no puede considerarse como un fenómeno aislado y pasajero, ya superado y del que no quedarían más que algunos restos. Por el contrario, la fascistización de las formas de poder de la burguesía monopolista es la tendencia natural y la más señalada de cuantas se observan hoy en los países capitalistas. En esta época, el aplastamiento sangriento de las luchas populares y de las huelgas obreras, la conculcación de la propia legalidad burguesa, el empleo del chantaje, de la intriga y del asesinato contra el movimiento obrero y popular y sus verdaderos líderes, la creación de cuerpos especiales de represión, etc., han llegado a adquirir carta de naturaleza, como métodos normales de la lucha política de los monopolios, en todos los países capitalistas. En todos se ha experimentado un enorme retroceso de las libertades democráticas; en todos ellos la fascistización es un proceso continuado. Los planes de emergencia, las leyes antiterroristas, la colaboración entre la policía de los distintos países, las operaciones puñetazo, la continua preparación de las tropas para hacer frente a las masas, etc., constituyen un conjunto planificado, para pasar en caso necesario y sin grandes convulsiones ni cambios, a la reacción y al fascismo abierto: Si hubiéramos de definir estos regímenes, la democracia burguesa de nuestros días, habría que decir que son la contrarrevolución organizada y presta a actuar militarmente contra la revolución en cualquier momento.

Ciertamente, los restos de libertades formales que se conservan en muchos países monopolistas no son dádivas del gran capital y proceden como siempre, del combate consecuente de las masas populares contra la reacción. Pero la reacción a su vez crea y pone en práctica nuevas formas de acción contrarrevolucionarias que van desde la compra de los líderes corrompidos, hasta el asesinato político, pasando por el control meticuloso e imperceptible -mientras la lucha de clases no se agudiza- de todos y cada uno de los ciudadanos: Para luchar contra esos nuevos métodos fascistas ya no vale oponerles viejas tácticas obreras correspondientes a la época de libre competencia, cuando aún era posible utilizar la legalidad burguesa contra el mismo régimen burgués. No; hoy, junto a la defensa de estos restos de democracia, hay que emplear formas nuevas, que el movimiento revolucionario de masas desarrolla sin cesar y que fueron ya descritas y practicadas en la época de Lenin y de la III Internacional con notable éxito. Estas nuevas formas de lucha ocuparán, sin duda, un lugar preferente en los combates venideros y son los que hoy corresponde impulsar. En consecuencia, el Informe concluía que en España los problemas no pueden solucionarse mediante los votos y es en el terreno militar donde se plantea inevitablemente el combate y la victoria. Rehuir este combate es rehuir la lucha por la libertad, ni más ni menos, equivale a dejar siempre la decisión de la lucha de clases en manos de los esbirros del capitalismo.

Por eso, además del Informe, el Pleno discutió un extenso documento titulado Sobre los métodos de lucha que se publicó en Bandera Roja a lo largo de tres entregas. Con este análisis nuestro Partido desplegó un planteamiento verdaderamente audaz sobre las cuestiones militares que se convirtió en un punto de referencia para toda la actuación posterior. La conclusión fundamental de las discusiones es que no existe otra forma de combatir al fascismo que no sea con la lucha armada combinada con el movimiento revolucionario de masas [...] Sólo la lucha armada revolucionaria combinada con las huelgas políticas, las manifestaciones violentas de las masas en las calles y otras formas de lucha y organización verdaderamente democráticas de verdad, conseguirán hacer retroceder cada vez más al fascismo, agudizar sus contradicciones internas, irán desarticulando su aparato burocrático-militar y crearán las condiciones necesarias para la organización de las grandes masas para la lucha.

Añade el documento que la guerra va ser prolongada, de larga duración: en el transcurso de la misma iremos acumulando fuerzas, organizaremos a las masas obreras, forjaremos el frente político que en su día sustituirá en todas partes el poder de la oligarquía financiera, construiremos un ejército revolucionario del pueblo.

En una primera fase, la lucha armada tendrá un carácter defensivo: a causa de la enorme desproporción de fuerzas, el Estado mantendrá durante mucho tiempo la ofensiva, mientras las fuerzas revolucionarias deberán permanecer en una situación de defensiva estratégica, pero en cada combate particular serán las fuerzas revolucionarias las que ataquen y los fascistas los que tengan que defenderse. De esta manera las fuerzas populares transformarán su desventaja estratégica en ventaja táctica, irán logrando su objetivo de acumular fuerzas y debilitarán poco a poco a su enemigo. Tal estrategia de la guerra popular conducirá a un cambio en la relación de fuerzas. Cuando ésta sea favorable al pueblo, entonces habrá llegado el momento de cambiar la orientación estratégica: el fascismo se colocará a la defensiva y nosotros atacaremos. Les asestaremos golpes de todo tipo y calibre. No sólo se combatirá en pequeños grupos, con pequeños comandos, sino que incluso se podrán enfrentar a las fuerzas principales del enemigo con fuerzas superiores, y serán aniquiladas. Cuando llegue ese momento ya se habrá creado un poderoso ejército de los trabajadores, las amplias masas dirigidas por el Partido y por otras organizaciones verdaderamente democráticas se unirán en el combate y derrocaremos para siempre al odioso régimen. En líneas generales éste será el camino que siga la lucha armada de resistencia popular en España.

Dentro de esa etapa inicial de defensiva estratégica las acciones armadas deben estar en todo momento subordinadas a la lucha política de las masas [...] Las acciones armadas antifascistas acompañan al movimiento de masas y, además, desbrozan el camino que conduce a su organización («Las revelaciones oportunistas de Verdú», Bandera Roja, núm. 26, agosto de 1977). En otro documento posterior, el Partido subrayará también que de ninguna manera se pretende con las acciones guerrilleras sustituir la iniciativa  y la actividad de las masas. De lo que se trata es de continuar la acción de éstas a partir del momento es que se hace necesario, al tiempo que con ellas se muestra a los obreros el camino a seguir y se les abre perspectivas de victoria (A un año de gobierno socialfascista, 1984, pg.14). En el II Congreso, que se celebrará poco después, se insiste en la misma línea: la lucha armada es un complemento de la lucha de las masas, de la resistencia activa. El Partido debe centrar su trabajo en las masas, como cuestión principal, el trabajo interno, aún teniendo en la actual etapa de nuestro desarrollo una gran importancia, debe supeditarse al trabajo de masas. En palabras del Informe Político al III Pleno, en las condiciones de nuestro país, la única forma posible de forjar la unidad del pueblo, de crear organizaciones políticas de masas y de impulsar el movimiento de resistencia antifascista, pasa por el quebrantamiento del aparato represivo del fascismo, por la demostración de su gran vulnerabilidad y debilidad; pasa por eliminar hasta los últimos vestigios del terror que tratan de inspirar. Solo de esta manera se puede hablar de organización, de libertad y de unidad. Otra cosa, como se está demostrando, no es más que pura charlatanería.

En base a este análisis nuestro Partido acuñará la idea de la estrecha ligazón de la guerrilla con el movimiento de masas: Muchos se preguntarán qué se entiende por movimiento político de resistencia. Unos quizás lo identifiquen con la actividad de la guerrilla; otros con la actividad clandestina de las organizaciones que se enfrentan abiertamente con el régimen. Sin embargo, el movimiento político de resistencia engloba no sólo la actividad político-militar de las organizaciones antifascistas en general sino también la lucha diaria espontánea o semiespontánea de las amplias masas obreras y populares: huelgas, ocupaciones de fábricas, destrucción de stocks, castigo de esquiroles, sabotajes a instalaciones empresariales, boicot de mascaradas electorales, etc.; en suma todo tipo de protesta, iniciativas y manifestaciones que escapan al control del gobierno, de los partidos y demás mafiosos que le apoyan. El movimiento de resistencia popular y la actividad político-militar conforman, pues, un amplio y único movimiento de resistencia frente a los planes y embestidas de la reacción (A un año de gobierno socialfascista, 1984, pg.14).

El documento criticaba las falsas deducciones que el revisionismo había realizado de la Introducción de Engels al libro de Marx Las luchas de clases en Francia. Al mismo tiempo fundamentaba ampliamente sus tesis sobre la lucha armada guerrillera en los propios análisis de Engels. En aquel escrito Engels planteaba la táctica del proletariado para una época en la que la base capitalista tenía todavía gran capacidad de extensión, y a la cual le correspondía un régimen de democracia burguesa. Analizando las experiencias del proletariado alemán, que por entonces constituía la punta de lanza del movimiento revolucionario internacional, Engels resalta que el proletariado alemán había suministrado a sus camaradas de todos los países un arma nueva al hacerles ver cómo se utiliza el sufragio universal. A partir de aquí los reformistas desarrollaron el culto al voto, oponiéndolo a la lucha revolucionaria de masas y a la lucha armada. Pero para Engels el voto era un arma de gran efectividad en aquellas condiciones, por cuanto permitía utilizar las instituciones burguesas contra las instituciones mismas. Por lo tanto, era obligado utilizar el voto, saber dominar esa forma de lucha, pero en modo alguno como el instrumento fundamental y decisivo para alcanzar la victoria sobre el capitalismo. Engels no consideraba que aquella situación podía prolongarse indefinidamente. Por entonces asomaba ya la época del imperialismo y la burguesía comenzaba a clamar por romper con aquella legalidad creada por ella misma, pero que una táctica acertada del proletariado permitía volver contra su régimen. La utilización revolucionaria del voto se correspondía, en definitiva, con una situación de auge mundial de la burguesía y mientras se mantuviera esa situación, permitía un compromiso, una especie de contrato entre ambas clases. Por tanto, advertía Engels, si la burguesía rompe ese contrato, la socialdemocracia queda en libertad y puede hacer con respecto a ustedes lo que quiera. Como es sabido, el contrato quedó hecho trizas en 1914, con la guerra imperialista y con la imposición en el interior de los países capitalistas de la reacción más desenfrenada. Desde entonces el arma nueva del proletariado pasó a ser la huelga general política combinada con la lucha armada. Engels no tenía ningún respeto supersticioso hacia la legalidad burguesa, de modo que enfocó la cuestión de la lucha armada desde un punto de vista práctico, y comprobó que, dada la evolución de las nuevas armas y las nuevas técnicas creadas por la burguesía en ascenso, una victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la calle es una de las mayores rarezas. Lo que no significa que los combates callejeros no vayan a desempeñar papel alguno, sino que deberán preferir el ataque abierto a la táctica pasiva de las barricadas. Con esto adelantaba uno de los aspectos más importantes de la táctica insurreccional, que desarrollaría más tarde genialmente Lenin, basándose en la experiencia de la insurrección de Moscú y en el transcurso de la revolución socialista.

No habían de pasar muchos años para que la situación que describiera Engels se invirtiese, para que fuese una de las mayores rarezas la posibilidad de utilizar de forma revolucionaria el voto bajo la reacción monopolista. Por el contrario, la táctica de la ofensiva, de la guerrilla, combinada con las huelgas políticas de masas, cobró gran impulso. Hoy día el recurso generalizado de la lucha armada contra el imperialismo y el monopolismo es una de las características más señaladas del proceso revolucionario y obliga a los imperialistas a retroceder. El recurso a la lucha armada contra el imperialismo es una característica de la época actual.

Tal fenómeno debe explicarse en un contexto diferente al de la época de Marx y Engels. La expansión del capitalismo y la formación del mercado mundial ha dado lugar a la liberación de amplísimas masas humanas del capitalismo, al retroceso del colonialismo. Es una etapa de declive de la burguesía, de transición de la burguesía progresista al reaccionario capital financiero, es la época del imperialismo, de las convulsiones imperialistas.

Es forzoso pues, que bajo la dominación reaccionaria del capital financiero la táctica del proletariado tenga que cambiar. Por eso, el documento pasaba a analizar las reflexiones de Lenin sobre los métodos de lucha, pues había sido él quien había desarrollado el marxismo en la nueva etapa imperialista. Las antiguas formas de lucha, correspondientes a la época de democracia burguesa, debían supeditarse a las nuevas, a los métodos de lucha que corresponden a nuestra época, a la época de la decadencia del sistema imperialista.

Desde la muerte de Lenin, las tendencias reaccionarias se han acentuado y apenas queda, incluso en los países burgueses más democráticos, un estrecho margen a las actividades legales y parlamentarias. En el caso de nuestro país ese margen es inexistente y por eso nuestro Partido reconoce en la resistencia activa de las masas a la explotación capitalista y en la lucha armada revolucionaria el principal método de lucha que ha de aplicarse en estos momentos en nuestro país. En España domina un régimen fascista que, al revés que en otros países, no se impuso legalmente, sino en el transcurso de una guerra a muerte de tres años de duración, y que se ha mantenido gracias a un verdadero estado permanente de guerra contra el pueblo a lo largo de décadas. A la opresión y al terror fascista sólo cabe oponerle la resistencia de las masas con las armas en la mano hasta la destrucción de su aparato burocrático militar. Sólo así podrán ir organizándose las masas, sólo esto podrá aglutinar a todos los verdaderos antifascistas y asegurar la victoria.

La acumulación de fuerzas revolucionarias no puede lograrse pacíficamente, bajo la legalidad: Está fuera de toda posibilidad pensar en organizar y educar a las masas dentro de la legalidad. En otros tiempos, la democracia, burguesa permitía reunir y organizar a grandes masas poco a poco, hasta que, llegada la ocasión, fuera posible hacer frente a la reacción y derribar mediante la insurrección armada el sistema capitalista. Esto ya ha pasado. En nuestros días, los monopolios no permitirán a las masas concentrar sus fuerzas ni organizarse, ni se dejarán sorprender por una insurrección general que estalle en un momento dado. Es más, en las condiciones de España, si hay algo que el fascismo no va a permitir es algún tipo de organización, mínimamente independiente, de la clase obrera y demás sectores populares; no va a conceder la menor oportunidad en ese sentido.

Esto exige aplicar una táctica encaminada a acumular fuerzas mediante golpes parciales, hasta convertirlos en una verdadera guerra de guerrillas. La reacción había abandonado en España el terreno de la lucha democrática, en la que fue derrotada por el pueblo, para recurrir al fusil y a la tortura. Ahora bien -decía este documento- la historia demostrará que también en el terreno militar el pueblo, dirigido por la clase obrera y su vanguardia, es infinitamente superior a sus enemigos.

Entre las resoluciones y acuerdos adoptados en este Pleno destacan:

  1. Llevar a cabo una amplia campaña de agitación en pro del boicot activo al referéndum y demás mascaradas electorales del régimen.

  2. Formar grupos de autodefensa para hacer frente a la violencia fascista.

  3. Oponer resistencia a la sobreexplotación monopolista, tanto en los centros de trabajo como en el campo, en los barrios, universidades, etc.

  4. Llevar a cabo una amplia campaña de proselitismo y recogida de fondos para el Partido.

4.8 La creación del Comité de Enlace

La idea central inmediatamente después del I Congreso fue la de ir a las masas, la de desarrollar el Partido en el seno de las masas y encabezarlas en sus luchas. El trabajo de masas pasaba al primer plano. Por eso, al comenzar el 15 de julio la edición de Gaceta Roja tras aquel Congreso se encabezó con el lema Hacia la Unidad Popular Antifascista, para subrayar, por un lado, que no surgía con la idea de ser un periódico del Partido exclusivamente, sino de un portavoz de las amplias masas. En aquel primer número de Gaceta Roja en el que se informaba del Congreso se fijó el Programa de ocho puntos para la Unión Popular Antifascista:

  Formación de un Gobierno Provisional Democrático Revolucionario
  Formación de Consejos Obreros y Populares como base del nuevo Estado
  Nacionalización de los monopolios
  Libertad de expresión, organización y manifestación para el pueblo
  Organización de la clase obrera en un sindicato único, sobre una base democrática
  Derecho a la autodeterminación de los pueblos vasco, catalán y gallego
  Desmantelamiento de las bases yanquis de nuestro territorio.

Entre los acuerdos del III Pleno del Comité Central se decidió la creación de un organismo único que agrupara a todas esas fuerzas, un organismo único que represente y encauce la voluntad popular y lleve adelante su lucha hasta la victoria. La idea se plasmaría meses después con la creación de un Comité de Enlace para coordinar la lucha con una serie de organizaciones antifascistas con vistas a crear un organismo único de todas ellas.

El extenso trabajo de masas emprendido por el Partido había quedado plasmado en el movimiento político de resistencia que arrastró a importantes sectores de la población a participar en las campañas de agitación, asambleas y manifestaciones que se sucederían a lo largo de la transición, reclamando verdaderas mejoras sociales y políticas.

El movimiento democrático organizado no podía adoptar la misma forma que el Frente Popular en 1936. La experiencia de Frente Popular respondía a unas condiciones muy concretas que difícilmente pueden volver a repetirse. El factor principal que hizo posible la creación del Frente Popular fue la existencia de unas libertades democráticas burguesas que era obligado utilizar y que había que defender contra la ofensiva ultrarreaccionaria del fascismo. Hoy en cambio, no existen esas libertades más que en el papel. El capital monopolista ha llegado a un control tan completo del Estado y de toda la vida económica y social del país, que hoy día no necesita recurrir a un golpe de fuerza para conservarlo o manipularlo en su exclusivo beneficio.

El Partido había comenzado a trabajar junto a otros antifascistas que comprendieron la naturaleza del problema que el movimiento popular tenía planteado: se trataba de crear organizaciones de carácter político lo más amplias posible y que respondan a las necesidades de las masas. Tales organizaciones no eran el resultado de unos acuerdos por arriba de determinados grupos o dirigentes políticos, sino que aparecieron por la necesidad que tienen las mismas masas de unirse para resistir mejor las arremetidas del capital y para proseguir con éxito la lucha. No se trataba de una creación artificial sino de formas de organización política que iban creando las masas, sus elementos más avanzados, con la ayuda y el apoyo del Partido y en el mismo curso de la lucha.

Teniendo en cuenta que el desarrollo de la revolución en España va a resultar un proceso prolongado por las mismas condiciones políticas imperantes y las dificultades que encuentran las masas para organizarse; si no se perdía de vista que el principal método de lucha de nuestra revolución reviste la forma de una combinación de las huelgas económicas y políticas de masas con las acciones de los destacamentos armados; se verá con claridad que las organizaciones políticas de las masas son posibles y necesarias y que supondrán una sólida base para el desarrollo de la lucha y de todo el movimiento. Si las masas quieren organizarse y hacer una verdadera defensa de sus intereses tendrán que luchar contra el fascismo desde fuera de la legalidad y en contra de esa legalidad, empleando nuevos métodos de lucha y de organización, como son las asambleas democráticas, la elección de comisiones de delegados, la formación de piquetes, los grupos de autodefensa, etc. Nuestro Partido propugnaba ya entonces estos métodos de lucha y de organización en todas partes en oposición a las instituciones fascistas y a los montajes reformistas manejados por la policía.

El Partido era plenamente consciente de que no es posible organizar a las masas en la clandestinidad. El Partido no llamaba a crear un sindicato clandestino con los obreros, ni organizaciones políticas de ese carácter entre las masas. Nosotros fomentamos la unidad combativa de la clase obrera y de todas las capas populares en la lucha más resuelta contra el fascismo y la explotación monopolista. Nuestra época es la de la decadencia del sistema capitalista y de la revolución proletaria, y en esta época las masas están más preparadas para asimilar, aceptar y prestar apoyo a los proyectos de cambio revolucionario. La lucha de clases es su escuela. Para que los trabajadores puedan llegar a ejercer el poder es necesario que pasen por una experiencia de educación y de organización política. Pero todo eso no se va a realizar bajo la legalidad y sometiéndose al control y represión del fascismo, renunciando a los objetivos democráticos y revolucionarios, sino en el curso de la lucha prolongada de resistencia contra el fascismo y la explotación monopolista, no claudicando ante los explotadores. La misión del Partido consiste en establecer estrechos lazos con la clase obrera y otros sectores populares y dirigirlos en la lucha. Será en el transcurso de esta larga lucha como las masas se irán organizando de manera independiente y adquirirán la experiencia suficiente.

Entre las organizaciones que participaron activamente en estas campañas, destaca la Organización Democrática de Estudiantes Antifascistas, movimiento estudiantil con el que el PCE(r) mantiene estrechas relaciones y que se halla implantado, principalmente, en las Universidades de Madrid, Sevilla y Santiago. Esta Organización edita regularmente un boletín llamado Prensa Libre Estudiantil.

Otra organización que entonces recibe un gran impulso es el Socorro Rojo. En ella participan enfermeras, médicos, abogados y personas de otras profesiones que se dedican a prestar ayuda económica y asistencia jurídica a los detenidos y represaliados. También edita un boletín llamado Solidaridad con información sobre la represión.

El Partido también establece buenas relaciones con el grupo de intelectuales y artistas Pueblo y Cultura, que edita la revista Con el Pueblo, en cuyas páginas aparecen críticas literarias, ensayos y trabajos artísticos, orientados todos ellos en la línea de recuperación de la cultura popular y la defensa de las ideas democráticas y socialistas.

Desde que en el I Pleno del Comité Central elegido en el Congreso reconstitutivo, se tomó la decisión de crear una comisión especialmente dedicada a dirigir el trabajo del Partido en todos estos sectores, se habían hecho grandes progresos en la tarea de su organización independiente, así como en el empeño de atraer hacia la causa democrática y socialista a grupos y personas muy significadas y conocidas en los medios democráticos.

En aquella reunión del Comité Central se había creado una comisión específica dedicada a dirigir el trabajo en las organizaciones antifascistas. Pero tardamos en dar pasos efectivos en esa línea, especialmente por la debilidad que padecían esas organizaciones.

No fue hasta febrero de 1977 cuando se envío una carta a las organizaciones antifascistas para crear alguna forma de enlace permanente que permita la coordinación y la realización de campañas conjuntas («Estrechar la unidad de las organizaciones antifascistas», Gaceta Roja, núm. 40, 1 de marzo de 1977). Esas organizaciones eran los GRAPO, Unión de Juventudes Antifascistas, Organización Democrática de Estudiantes Antifascistas, Pueblo y Cultura y Socorro Rojo.

Hasta abril de 1977 no se se celebra la primera reunión del Comité de Enlace del PCE(r) con las organizaciones antifascistas y tardaría más de un año en proponer un programa común que sirva para la unidad de todo el pueblo en torno a clase obrera, que recoja las aspiraciones más inmediatas de todos esos sectores populares («Por un programa que sirva de base a la unidad del movimiento de resistencia antifascista», Gaceta Roja, nº76, 1 de setiembre de 1978).

Para la campaña del 18 de julio de 1978 se difunde la primera octavilla conjunta, con el siguiente texto:

¡VIVA LA REPÚBLICA POPULAR!
¡ABAJO LA MONARQUÍA DEL 18 DE JULIO!

A todos los hombres y mujeres de los pueblos de España:

El 18 de Julio de 1936, un grupo de militares apoyados por la oligarquía fascista española y por la reacción internacional, se levantó contra la República Popular que habían conquistado las masas. También ese día comenzó una larga lucha que pasó por tres años de guerra, más de 15 de guerrilla antifascista y una prolongada y variada resistencia de todo el pueblo que no ha dado un momento de respiro a los grandes capitalistas, a los generales y obispos que dieron aquel golpe criminal.

Hoy, los mismos que han sometido a las masas populares a la explotación y represión más brutal durante estos 40 años, intentan un cambio de aspecto, sin alterar en nada la esencia del régimen fascista, contando para ello con el apoyo de un puñado de vendidos que especulan con las aspiraciones del pueblo.

Pero las masas populares están dando a diario la respuesta a esta falsa democracia; no caen en la trampa que les tienden los monopolios, no se amedrantan ante las amenazas de los generalotes, no se dejan llevar por las llamadas al orden de la oposición domesticada, muy al contrario, prosiguen la lucha de resistencia contra el fascismo, porque aspiran al bienestar y a la libertad, porque están convencidos de que bajo este régimen nunca las van a conseguir.

Por eso la única alternativa justa en estos momentos es luchar por la República Popular que representa:

-La expropiación de los monopolios;
-La destrucción del aparato burocrático-militar fascista;
-La constitución de un Gobierno Provisional Democrático Revolucionario que represente a todo el pueblo;
-El ejercicio del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades

Esta es la verdadera democracia que será levantada sobre las cenizas de las clases reaccionarias. No podemos pensar en llegar a ella de modo pacífico pues ya está sobradamente demostrado el carácter criminal del fascismo; será necesaria todavía una prolongada guerra, no exenta de sacrificios, que hoy tiene ya su más alta manifestación en las continuas batallas que el pueblo y sus destacamentos armados libran contra sus enemigos.

Esta República Popular es la continuación de aquella República que fue arrasada por los generales fascistas. Por eso la fecha del 18 de Julio -ahora que el régimen y sus lacayos intentan borraría de la memoria del pueblo- debemos convertirla en un día de lucha antifascista.

¡VIVA LA LUCHA DE RESISTENCIA DE TODO EL PUEBLO!
¡POR LA REPUBLICA POPULAR!

GRAPO, Socorro Rojo, PCE(r), Pueblo y Cultura, ODEA y Juventudes Antifascistas

Como principales objetivos de las campañas a realizar con las organizaciones antifascistas se habían fijado, ya desde el principio, la denuncia de la mascarada política del gobierno suarista y el logro de la liberación de todos los presos políticos.

El 15 de diciembre de 1976 se celebró la farsa del referéndum para la rerforma política y nuestro Partido y las organizaciones del Comité de Enlace decidieron emprender una amplia campaña de agitación alertando de las maquinaciones del gobierno y llamando al boicot activo a la mascarada electoral montada en colaboración con los partidos domesticados. Dicha campaña se desarrolló con gran fuerza sobre todo en Madrid, Barcelona, Bilbao y las principales ciudades de Galicia y Andalucía. En las octavillas lanzadas, así como en los numerosos carteles pegados por todas partes, se llamaba a los obreros a que boicotearan la farsa del referéndum y se prepararan a incrementar la lucha resuelta y decidida para arrancar verdaderas mejoras económicas y políticas. Estas eran algunas de las consignas: Tira el voto y empuña las armas, La trampa está en votar: votes sí, votes no, votes en blanco da lo mismo, si votas apoyas al fascismo. No votes, Sin libertad no se puede votar.

Por su parte, los GRAPO pusieron en marcha la Operación Papel cuyo objetivo consistió en atacar al principal medio de difusión de mentiras del régimen. La noche del 3 al 4 de diciembre volaron simultáneamente diversas instalaciones y repetidores de TVE, consiguiéndose interrumpir las transmisiones a varios puntos de la Península y cortadas completamente a la colonia africana de Canarias.

El referéndum pretendía dar una apariencia de respaldo popular a la represión, pero la resistencia de las masas y las acciones de sus elementos avanzados aumentaban; pretendía justificar la política de echar sobre los trabajadores las consecuencias de la crisis económica, pero las huelgas en demanda de mejoras continuaban en auge. Los fascistas habían montado su referéndum, pero las masas hacían todos los días otro muy distinto, con sus luchas, manifestaciones y enfrentamientos en los que expresaban sus intereses y en los cada vez se derramaba la sangre del pueblo. No hace falta comentar con mucho detalle el fraude descarado de las cifras oficiales de votación. Los hechos fueron más elocuentes que las palabras. ¿Iban los fascistas a tener más tranquilidad en adelante? Al contrario: a los fascistas y sus colaboradores les esperan nuevas y mayores derrotas, y el mismo referéndum por mucho que quiasieran ocultarlo, había sido una de ellas.

A los ojos de algunos pudo parecer que en torno a la consigna de abstención y boicot se había producido la unidad de los verdaderos antifascistas y la oposición domesticada. Pero nada más lejos de la verdad. Ellos hablaban de abstención y nosotros de boicot. Nuestro Partido señaló, además, que el boicot debía ir unido a la resistencia activa, ya que otra cosa hubiera significado dejar la iniciativa en manos del gobierno y ocultar la campaña de terror y represión que llevaba a cabo simultáneamente con la demagogia reformista.

En cambio, los oportunistas hicieron el ridículo más espantoso. Como les indicaron los propios fascistas, su abstencionismo fue un error, aunque a tal error venían abocados por la propia situación creada, y no precisamente por salvar unos principios de los que carecían por completo. Los fracasos de los domesticados en su política de controlar a las masas les colocó en una posición tan débil y lacayuna respecto al gobierno, que el propio falangista Suárez salió como prohombre de la democratización dando de lado los ofrecimientos de ayuda de la oposición domesticada.

A nosotros, desde luego, nos hubiera alegrado que los oportunistas hubiesen sido consecuentes con las consignas -copiadas algunas de las nuestras, como votaciones sin libertad son una farsa, o votar es apoyar el fascismo- con que pintaban las paredes. Pero nada hubiese sido más ingenuo que dar crédito a esas palabras en boca de reformistas inveterados: mientras condenaban al fascismo, seguían sus negociaciones con los fascistas, o más bien esperaban sombrero en mano, a que Suárez se dignase encontrar un momento libre para hablar con elllos. Tampoco es cierto que dicha oposición careciera de libertad, ya que desde hacía muchos meses venía pronunciando conferencias, mítines, artículos, etc., para predicar el pacifismo, el legalismo y la sumisión, y para cubrir de calumnias a los antifascistas, que volvieron a repetir con motivo del apresamiento de Oriol. Tampoco había que olvidar que en los últimos años no habían dejado de incitar a las masas a votar bajo el fascismo, en las farsas de elecciones sindicales, municipales o estudiantiles.

La abstención preconizada por la oposición domesticada era una forma de apoyar la maniobra. Al final, después de declarar públicamente que el referéndum era una farsa, se apresuraron a bendecir las cifras oficiales, pese a que éstas no les dejaban ningún porcentaje de influencia. Pocas veces se ha podido ver un más repugnante servilismo hacia los estafadores fascistas por parte de quienes se consideraban su oposición.

Lo suyo era servilismo y colaboración porque colaborando con la demagogia colaboraban también con sus crímenes: el mismo día del referéndum, brutalmente apaleado por la policía, era asesinado el joven Ángel Almazán. El silencio, primero, y las hipócritas peticiones de investigación al gobierno después, mostraban su cómplicidad con los peores crímenes fascistas.

El régimen fascista necesitaba ese aplauso de los domesticados porque el poderoso movimiento de masas y la guerrilla lo tenían sumido en la mayor bancarrota. Empezaban a muestrar sus grietas, repercutiendo incluso en sus propias fuerzas represivas, como se mostró en las manifestaciones de policías de aquellas semanas. En esta situación, cada nueva acción contra el régimen elevaba la moral de las masas. Por eso se trataba de golpearlos sin descanso y por todos lados, atacar su aparato represivo y administrativo, organizar el boicot a los impuestos, multiplicar las huelgas y echar abajo sus montajes electorales.

El referéndum de diciembre de 1976 dejó al descubierto también el alcance de la reforma fascista en otro aspecto. Porque lo que se decidió entonces fue exactamente eso: convocar una elecciones legislativas para modificar lo que se denominaban las Leyes Fundamentales del Movimiento. Por tanto, no habría ninguna ruptura con el régimen anterior, que estaba dispuesto a continuar con una nueva imagen. Las elecciones legislativas fueron convocadas para el 15 de junio del año siguiente y, una vez celebradas, los diputados electos cometieron un nuevo fraude y se autoproclamaron en asamblea constituyente, algo para lo que no habían sido elegidos. Volvieron a engañar a sus votantes y se pusieron a redactar una Constitución fraudulenta que nadie les había encomendado.

Cabe apuntar también que esas elecciones que se autoproclamaron constituyentes se celebraron sin la legalización de todos los partidos políticos. El PSOE primero y el PCE después, traicionaron a los oportunistas de izquierda con los que habían llegado al acuerdo en los tinglados unitarios, de que ninguno aceptaría participar en unas elecciones si no eran legalizados todos los partidos. Pues bien, el PCE sólo fue legalizado dos meses antes de aquellas elecciones reconvertidas en constituyentes y todos los demás se quedaron fuera.

Si a todo esto añadimos el estado de excepción y la escalada represiva desatada, es obvio constatar que aquellas elecciones y la Constitución que surgió de ellas, carecen de todo valor y no puede ser reconocidas como tales.

Otro de los cambalaches de aquellos días fue la sustitución del Tribunal de Orden Público por la Audiencia Nacional, también un cambio meramente cosmético que fue saludado por los oportunistas como un gran logro: desaparecía un tribunal fascista; pero se olvidaban de añadir que aparecía o, mejor dicho, reaparecía, con otro nombre, el mismo día de enero de 1977. Es uno de los emblemas de la transición: la Audiencia Nacional tenía la misma sede, los mismos funcionarios, los mismos jueces, los mismos fiscales y las mismas leyes. No había cambiado nada más que el nombre. Nos excusamos de comentar que la Audiencia Nacional era un tribunal ilegalmente constituido porque ni siquiera con las leyes fascistas se podían crear órganos judiciales por decreto-ley del gobierno. Pero a nadie pareció importar que durante años un tribunal ilegal pretendiera aplicar la ley e imponer largas condenas a los revolucionarios. Los fascistas hablaban del respeto a unas leyes que ni los mismos que las habían promulgado respetaban, ¿cómo íbamos a respetarlas nosotros?

Por aquellas mismas fechas, el gobierno suarista lanzó un desafío al movimiento popular que desde tiempo atrás venía desarrollándose, sobre todo en Euskal Herria, por la obtención de la amnistía total, y que ya había costado varios muertos. Para finales de año numerosas organizaciones de solidaridad habían preparado la segunda campaña pro-amnistía, titulada Para Navidad todos a casa.

Atendiendo al clamor popular por la amnistía y haciéndola coincidir con el referéndum, los GRAPO ponen en marcha, inmediatamente después de la Operación Papel, la Operación Cromo. El día 16 de diciembre apresan al financiero y destacado jerifalte fascista Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado, proponiendo un canje de este personaje por quince presos políticos de distintas organizaciones antifascistas, algunos de los cuales habían sido condenados a muerte por el régimen en procesos judiciales de gran resonancia pública que resultaban emblemáticos en la lucha por la amnistía.

Justo el día anterior al secuestro de Oriol, el Ministro de Justicia Landelino Lavilla había anunciado que ya no habría más amnistías: Hoy por hoy no hay nada. Los límites con que se dio la amnistía son amplios. Se ha discutido mucho si la aplicación se hacía bien o no. Y diría que se ha hecho, en términos generales, bien. El límite final de los delitos de sangre es un límite sustantivo. En resumen, no estoy preparando ningún otro decreto-ley sobre amnistía. El gobierno manifestaba así una vez más sus planes de dejar que se pudrieran en las cárceles más de cien presos antifascistas que se habían distinguido en la lucha más resuelta contra el fascismo. Sólo 48 horas después de comenzar el operativo, un portavoz de la presidencia del gobierno aseguraba que bajo ningún concepto liberarían a los presos incluidos en la lista de los GRAPO. Entonces los GRAPO anunciaron la inminente ejecución de Oriol si el día 17 de diciembre no se cumplían sus condiciones. Todo cambió a partir de entonces; el Ministro del Interior, Martín Villa, apareció en televisión tres minutos antes de que expirase el ultimátum reculando y prometiendo nuevas medidas de gracia: Ha sido y es propósito del gobierno llegar a un uso generoso de la clemencia que haga restañar viejas heridas. El gobierno no tienen ningún inconveniente en decir públicamente lo que es cierto a nivel de sus trabajos internos de que realmente estaba preparando una serie de disposiciones que procuren ampliar el campo para la aplicación de medidas en las que pueda ser incrementada la posibilidad integradora entre los españoles.

Se abrió un compás de espera para comprobar la veracidad de aquellas promesas. Con Oriol a buen recaudo, junto con algunas organizaciones antifascistas, nuestro Partido convocó una huelga general para el 10 de enero de 1977, en el transcurso de la cual falleció el joven José Manuel Iglesias en Sestao (Bizkaia). También en Madrid se multiplicaron las movilizaciones populares pro amnistía, ocasionando la policía una orgía de sangre al reprimir las manifestaciones con saña y asesinar a Mari Luz Nájera y Arturo Ruiz en plena calle.

El secuestro se prolongó durante dos meses y a Oriol se agregó otro personajillo fascista, el general Villaescusa, jefe del Consejo Supremo Militar. Aunque, finalmente, la policía consiguió localizar a los comandos que mantenían retenidos a ambos, abortando el operativo guerrillero que, sin embargo, no fue un fracaso, porque no transcurrió un mes antes de que se convocara otra nueva semana pro-amnistía que forzó al gobierno a sacar más presos de las cárceles el 14 de marzo. Como escribió el periodista vasco Portell: A la vista de los hechos, es un error pensar que el proceso de la amnistía se ha alargado por culpa de la violencia. En cierto modo, la amnistía ha sido un triunfo de la violencia armada o callejera porque el gobierno no ha sabido sacar a todos los presos a la calle a tiempo.

En contra de lo que predican los oportunistas, la lucha por la amnistía demostró que la lucha guerrillera no paralizaba (y mucho menos suplantaba) la lucha de masas; por el contrario, la combinación de ambas formas de lucha es lo que permitió obtener que más presos antifascistas salieran a la calle. Después de las movilizaciones populares y las acciones armadas de los GRAPO, el gobierno tendría que volver sobre sus pasos y promulgar otras dos leyes parciales de amnistía en marzo y octubre de 1977.

4.9 Crítica de los métodos burocráticos de dirección

Poco antes de aquellas elecciones fraudulentas, en mayo de 1977, el Partido celebra el IV Pleno del Comité Central. En el corto espacio de tiempo recorrido tras el anterior Pleno, celebrado en noviembre de 1976, el Partido había acumulado una trascendental experiencia y avanzado pasos importantes.

El Pleno manifiesta un abierto menosprecio de las elecciones convocadas, a la vista del auge de la lucha por la amnistía en Euskal Herria, y centra su atención en reforzar la unidad de las organizaciones antifascistas.

Además propuso importantes cambios en la Línea Programática del Partido, aprobada en el I Congreso, que sucintamente eran los siguientes:

  1. La intervención de la clase obrera y su Partido entre los sectores no proletarios de la población, que era importante para abordar las relaciones del Partido con las organizaciones antifascistas y el comité de enlace constituido con ellas

  2. La inclusión de los nuevos métodos de lucha, según las experiencias de la lucha de clases dentro y fuera de España.

El Pleno discutió también el Informe de la Comisión de Organización, en el que se examinaba el enlace permanente constituido con las organizaciones antifascistas, la necesidad de fortalecer los comités que centralizaran el trabajo político en las nacionalidades y regiones, y finalizaba con las repercusiones que había tenido en las distintas organizaciones la represión policial, que consideraba mínimas por lo que podemos afirmar -decía el Informe- que hemos salido triunfantes; si bien un buen número de camaradas y simpatizantes han sufrido las torturas policiales y la cárcel y algunas organizaciones han sido seriamente diezmadas, como la de Andalucía; sin embargo, hay que señalar también la rapidez con que estas organizaciones vuelven otra vez a rehacerse con el apoyo de las masas («Resumen de lo tratado en el IV Pleno del Comité Central», en Bandera Roja, número extraordinario, 15 de mayo de 1977).

Este Informe de Organización constataba algo clásico en nuestras filas: que a pesar de que las condiciones eran óptimas, no estábamos experimentando un avance correspondiente en el trabajo de masas. Localizaba la raíz de este retraso en un trabajo superficial y activista. El asunto resultó muy discutido, si bien hubo acuerdo en destacar que, independientemente de los fallos en el trabajo práctico, bajo el fascismo no era posible un gran crecimiento numérico en las filas del Partido, ni la distribución de una cantidad exorbitante de periódicos.

En este Pleno, Pío Moa Rodríguez, un militante que provenía del Partido revisionista de Carrillo, expuso una crítica a nuestros métodos de dirección, suscitándose el correspondiente debate, en el que participaron la casi totalidad de miembros del Comité Central. La discusión no era puramente teórica por cuanto Moa Rodríguez había estado ensayando durante varios meses sus nuevas formas de trabajo político y organización. Las consecuencias derivadas de los métodos de trabajo impuestos por Moa Rodríguez habían sido funestas. No era la primera vez que se planteaba el problema, sino que se venía arrastrando desde hacía poco más de un año. El Comité Central rechazó las críticas y las prácticas organizativas impuestas por Moa Rodríguez, afirmando que tras ellas se encubrían posiciones políticas e ideológicas no solamente erróneas, sino abiertamente burocráticas, e incluso reaccionarias. Moa Rodríguez rechazó las críticas y tampoco reconoció los errores, lo que condujo finalmente a su expulsión del Partido.

En última instancia, Pio Moa no estaba de acuerdo con el centralismo democrático, con el funcionamiento y el tipo de organización que habíamos creado. Al Partido no le cabía ninguna duda de que a una determinada línea política correspondían unos determinados métodos de dirección, así como un tipo de organización característica. Por ello, esos métodos de trabajo erróneos derivaban de una errónea concepción sobre las condiciones en las que el Partido tenía que desarrollar sus tareas. Veníamos subrayando las difíciles circunstancias objetivas que rodeaban nuestro funcionamiento político y cómo condicionaban todos nuestros planes. Había que destacar, por tanto, el subjetivismo de Moa Rodríguez lo que más de una vez le ha conducido a confeccionar planes desmesurados, irrealizables y políticamente peligrosos que conducían al activismo desenfrenado, que es el primer indicio de la liquidación del Partido.

El sistema de funcionamiento que Moa Rodríguez pretendía introducir consistía en eliminar a los órganos intermedios del Partido y la propia Comisión de Organización del Comité Central, dirigiendo por medio de circulares, en las que se contendrían las soluciones a todos los problemas planteados por las células de base. Todo se reducía al trabajo burocrático de unos cuantos individuos que debían controlarlo todo inmiscuyéndose hasta en los más mínimos detalles sin conocerlos siquiera. Con este método de dirección se liquidaba el Partido para reducirlo a la condición de una masa amorfa de gentes que se guían por las orientaciones y consignas de un grupo de unos jefes de oficina. Dichos métodos lo cifraban todo en las posibilidades de trabajo legal que, supuestamente, permitirían un rápido desarrollo del Partido; harían posible, como no se cansaba de repetir ese oportunista, reclutar a un gran número de militantes en un cortísimo período de tiempo. De haber seguido el Partido esa línea ya habría sido liquidado como fuerza revolucionaria y estaría dedicándose a mendigar la legalización al fascismo, pues sólo así podría desarrollarse tan rápidamente como se nos proponía. Esta ha sido en todas las épocas la mayor preocupación de los oportunistas; el movimiento por el movimiento; los objetivos no son nada para ellos.

Pío Moa afirmaba en su crítica que quien dirige responde no sólo por lo buenas palabras que él diga sino del funcionamiento y marcha práctica de la organización que está bajo su responsabilidad. Él estaba por el método de la vigilancia constante sobre el funcionamiento y la marcha práctica de la organización, mientras que la dirección del Partido estaba por el método de las buenas palabras y de dejar que los camaradas menos experimentados aprendieran dándose contra el muro, como si el método del papeleo, que es el que había empleado él, no fuera precisamente el de las palabras que nos pretendía atribuir.

El Comité Central reconocía que la comunicación con las organizaciones del Partido a través de circulares se empleaba habitualmente, con el fin de ponerles al corriente de los problemas planteados, pero no podía erigirse en el método de dirección por antonomasia. La dirección exigía una organización centralizada y disciplinada, con una división del trabajo en su seno, una especialización y una profesionalización de cada uno de los órganos. La dirección del Partido no puede suplir a los organismos intermedios, que basan su trabajo en el contacto inmediato y directo con las masas: Nosotros siempre hemos tendido a hacer jugar a cada organismo, organización o camarada su verdadero papel: ayudándoles a comprender los problemas, ayudándoles a pensar por sí mismos, haciendo que asimilen cada vez mejor el marxismo-leninismo y la política del Partido sobre la base de su propia experiencia, combinando las directrices y consignas generales con la adopción de medidas concretas y vigilando para que se cumplan las tareas más importantes.

Desde hacía mucho tiempo estábamos trabajando para crear una dirección fuerte y lo más estable posible; a esta labor veníamos dedicando la mayor parte de nuestros esfuerzos. Sin este organismo de dirección, bien estructurado y con un buen funcionamiento de centralismo democrático, todo lo que se hablara acerca del Partido era una quimera. No era casualidad que Moa Rodríguez centrara sus ataques en la dirección, cuando apenas si había tenido tiempo de tomar cuerpo y, en el peor de los casos, de burocratizarse.

Para el Comité Central no cabían dudas de que había bastante más, de que se está ventilando en el Partido un problema político de la mayor importancia y no una simple cuestión de métodos de dirección; en el fondo se trata de si debemos seguir la línea de resistencia contra el fascismo y adoptar los métodos acordes con ella o, por el contrario, renunciar a esa línea empezando por cambiar sus métodos de dirección. Las críticas de Moa Rodríguez a los métodos de trabajo sólo eran la primera parte de un vasto plan destinado a desprestigiar, dividir y debilitar a la dirección del Partido y enfrentarla a la base, pues sólo de esa manera podía llevar a cabo la segunda parte del plan, completarlo, tirando abajo la línea política. Bajo la capa de perfeccionar los métodos de dirección perseguía la liquidación del Partido, el aislamiento y desprestigio de su núcleo dirigente, con el fin de crear las condiciones orgánicas necesarias para llevar a cabo su proyecto político capitulacionista.

El desarrollo de los acontecimientos confirmó plenamente esta sospecha.

El Pleno convocó el II Congreso del Partido, porque nos encontramos en el inicio de una nueva etapa de la lucha de clases en España. Ésta se caracteriza, de una parte, porque el fascismo ha dado ya por terminado su proceso 'democratizador' al comprobar que no ha conseguido engañar ni a una mínima parte de las masas, sino que sus maniobras electorales, su 'democracia', ya han sido tiradas por tierra y la crisis económica se agrava mucho más. No tienen más recurso que emprender a cara descubierta la ofensiva terrorista contra las masas aumentando la explotación y la represión. Ya no le importa tanto las elecciones sino el prepararse a fondo para contener la avalancha que se le viene encima. El objetivo era precisamente impedir que el Partido concentrara su atención en la confrontación electoral, porque el boicot estaba asegurado, y había que abrir perspectivas, dar alternativas justas, señalar claramente el camino al movimiento popular, dotarlo de una firme dirección. No hacer esto es dejar las manos libres al fascismo y sus lacayos que acabarían controlándolo y liquidándolo («El II Congreso: una alternativa política», en Bandera Roja, nº 24, junio de 1977).

Pero en el corto periodo de tiempo entre el IV Pleno (mayo) y el II Congreso (junio), Pio Moa volvió a la carga, aunque ya fuera del Partido, lo que quizá le permitió descubrir algunas de sus verdaderas cartas que, esta vez, eran ya ataques directos contra nuestra línea política. Resultó evidente que antes, dentro del Partido, Pío Moa no había dicho todo lo que pensaba sobre la línea política, ni sobre la actuación de los dirigentes. Ahora lo hacía por medio de una carta que le entregó a un camarada poco antes del Congreso para que discutiéramos en él sus planteamientos. En un mes no podía haber descubierto que en el Partido se desarrolla más lo malo que lo bueno. Cualquiera podía preguntar qué había sucedido en ese corto espacio de tiempo que media entre el IV Pleno, donde Pío Moa se refería a errores sin importancia en los métodos de dirección, hasta el momento en que redactó aquel otro escrito.

Como sucedió con los mecheviques en 1903, lo que sólo parecía un problema de organización escondía un problema de estrategia que acabó emergiendo a la superficie. Pio Moa optó, finalmente, por sacar a la luz las verdaderas posiciones ideológicas y políticas que envolvían su crítica a los métodos de trabajo, que fueron sometidas a crítica en un largo artículo de Manuel Pérez titulado Las revelaciones oportunistas de Verdú, publicado en agosto de 1977 en Bandera Roja. Había otra cosa en común con los mencheviques, que el artículo de Manuel Pérez exponía: las críticas las había formulado en cuatro o cinco ocasiones, siempre aprovechando las dificultades y los momentos más críticos. Así se introducen con más facilidad, porque los militantes tienen puesta toda su atención en otras cuestiones. Una vez que comprobó que no tenía nada que hacer en nuestras filas, decidió descubrir sus verdaderos planes. Él había asegurado siempre que sus divergencias eran insignificantes; era otra forma de introducir sus tesis burocráticas más subrepticiamente. Ahora se demostraba que tampoco eso era cierto.

Era una continuación de la batalla contra el espontaneísmo que habíamos llevado contra los oportunistas de izquierda y en nuestro propio seno porque, como escribió Lenin, una noción estrecha de las tareas de organización envuelve una noción estrecha de las tareas políticas: La estructura de cualquier organismo está determinada, de modo natural e inevitable, por el contenido de la actividad de dicho organismo (1).

Su crítica se centraba en dos apartados: nuestro apoyo a la lucha armada y la cuestión nacional.

La primera diana de su proyecto era nuestro apoyo a la lucha armada revolucionaria. Nosotros consideramos que este apoyo es una parte más de la lucha general por el derrocamiento del fascismo, hasta el punto de que siempre hemos dicho que la actitud que se adopte, ante las organizaciones armadas antifascistas y patriotas y ante sus formas de lucha, es la piedra de toque para distinguir a los verdaderos demócratas y revolucionarios de los falsos.

Aunque Pio Moa quería presentarse como partidario de la lucha armada, sólo que retocando un poco nuestros puntos de vista, la verdad es que no estaba en absoluto de acuerdo con ella.

Pio Moa decía que el Partido no debía apoyar las acciones ofensivas de las organizaciones armadas, porque son aventureras y conducen a la liquidación de los grupos armados y al consiguiente abandono de la lucha armada. Así que el Partido, sólo debía apoyar las acciones armadas que tuvieran por objeto respaldar a las masas, facilitar nuestra ligazón con ellas y defender la difusión de la propaganda. Sin embargo, es así como el Partido ha interpretado siempre el papel que en esta primera etapa de nuestra revolución les está encomendado a las organizaciones armadas; es decir, las acciones armadas deben estar en todo momento subordinadas a la lucha política de las masas. Todo consiste en saber qué se entiende por eso. Para nosotros, las acciones armadas antifascistas acompañan al movimiento de masas y, además les desbroza el camino que conduce a su organización. La experiencia ha demostrado que si en determinados momentos de terror desatado por parte del fascismo, las organizaciones armadas populares no hubieran actuado, habría cundido el pánico y la desmoralización entre las masas, logrando de esa manera los enemigos sus objetivos.

Pero la cuestión no residía en esa burda falsificación de las posiciones del Partido que pretendía Pio Moa. La cuestión radicaba en esa apreciación particular sobre el carácter ofensivo de las operaciones armadas antifascistas que desde mucho tiempo atrás están teniendo lugar en España. Nosotros siempre habíamos sostenido que la lucha armada popular en nuestro país tenía un carácter defensivo, que era una lucha de resistencia, que el fascismo, con su represión militar y la privación de todo derecho político y democrático para las masas, estaba conduciendo a un número cada vez mayor de antifascistas a empuñar las armas, que ese carácter defensivo de la lucha armada popular habría de durar, necesariamente, hasta que cambiaran las condiciones políticas o la correlación de fuerzas.

Naturalmente, que la lucha armada de resistencia popular tenga un carácter defensivo, no quiere decir que las organizaciones armadas tengan que exponerse a sufrir los golpes del fascismo, sino que, por el contrario, tienen que adoptar una táctica justa de combate que les permita conservar y acrecentar sus fuerzas y debilitar las del enemigo. Pio Moa se olvidaba de estos detalles tan elementales a la hora de juzgar el carácter de las acciones armadas antifascistas. Él presentaba a las organizaciones armadas antifascistas y sus acciones, de la misma manera a como lo hacen los revisionistas, es decir, como algo separado del movimiento de masas y pasando por alto la existencia del fascismo y las continuas ofensivas terroristas que éste desataba. Todos los oportunistas coinciden en negar, de hecho, que es la permanencia del fascismo, la imposibilidad de hacer una defensa pacífica y legal de los derechos del pueblo, y que es el terrorismo oficial, lo que conduce a los elementos avanzados de las masas a armarse para defenderse de las arremetidas del régimen del gran capital. Pio Moa se dejaba llevar por un aspecto secundario, el menos importante de las acciones armadas, el carácter ofensivo de estas acciones armadas tomadas por separado. Este mismo enfoque, oportunista y unilateral, de la cuestión que venimos tratando, es lo que había conducido a los oportunistas a calificar como provocadoras y terroristas las acciones armadas antifascistas.

Pio Moa sólo admitía las acciones armadas defensivas ¿pero que entendía por defensivas? Una estrategia defensiva en la lucha armada, que no presuponga la ofensiva táctica en cada operación concreta es igual a cero, es igual a la pasividad completa, que conduce a la liquidación de la organización y de la lucha armada. Según la lógica defendida por Pio Moa, el enemigo puede atacar siempre que quiera a las masas obreras y populares y a sus organizaciones de vanguardia, pero nosotros no debemos atacar al fascismo; debíamos exponernos a que el fascismo nos descuartizara poco a poco oponiendo a su ofensiva sólo una defensa completa, absoluta, sólo una protección de las masas y las acciones de propaganda. No sabemos cómo se habrían podido crear organizaciones armadas en España con acciones puramente defensivas; y no sabemos tampoco cómo hubieran podido obtener las armas y otros medios necesarios para su defensa. En fin, no podemos referir aquí todas y cada una de las ideas calenturientas expuestas por Pio Moa sobre los temas militares, pero el radicalismo y el aventurerismo es algo que siempre acompañó, como la uña a la carne, sus ideas liquidacionistas.

Lo más notable de su crítica era la comparación que establecía entre los Grupos de Resistencia Antifascista y los Tupamaros. Resultaba que, para Pio Moa, los GRAPO eran una organización pequeño burguesa, sólo atenta a los medios técnicos y que basaba su actuación y confiaba sólo en ellos; resultaba que el Estado dominante en nuestro país, no era un Estado fascista, que dominaba mediante el terror desencadenado contra las masas, sino la Suiza de América, la democrática República parlamentaria burguesa uruguaya de principios de los años 60, años en que los Tupamaros comenzaron sus acciones en aquel país; resultaba que los más de doce millones de obreros y el resto de las masas populares de los pueblos de España, con sus gloriosas tradiciones de lucha no contaban para nada en el proceso revolucionario abierto en nuestro país; resultaba que en España no existía un Partido Comunista revolucionario, aún débil y poco experimentado, pero resuelto a apoyar entre las grandes masas las acciones de las organizaciones armadas antifascistas y patriotas; resultaba que el Partido y otras organizaciones populares consecuentemente antifascistas, no iban a engrosar las filas de las organizaciones armadas con más combatientes; etc. De no existir todas estas y otras muchas notabilísimas diferencias entre España y Uruguay, entre los GRAPO y los Tupamaros ¿cabe alguna duda de que el fascismo habría liquidado ya la resistencia armada popular en España?

El segundo desacuerdo con Pío Moa concernía a la cuestión nacional. Apuntaba que las nacionalidades, o algunas de ellas, pueden llegar a independizarse sin que antes se haya producido el derrocamiento del fascismo, por lo que, en modo alguno puede estar de acuerdo con la posición del Partido, según la interpretación oportunista que hace de ella Pio Moa de que se tenga que esperar a derrocar el Estado fascista para celebrar un referéndum.

En su réplica Manuel Pérez no entraba en este tema, que dejaba para otro número de Bandera Roja, dado que -afirmaba- en el Partido existian algunas interpretaciones sobre este particular no del todo justas, pero que en absoluto tienen nada que ver con la nueva concepción que exponía Pio Moa. Sin embargo, observaba que el problema nacional estaba siendo sido un factor importantísimo en la radicalización de las luchas de masas, sobre todo en Euskal Herria, y que, desde luego no era improbable que pudiera producirse la separación de una nacionalidad antes de que fuese derrocado el Estado fascista.

Pio Moa quería mostrar por aquí un desacuerdo con el Partido que no existía y que, por otra parte, jamás antes había manifestado. Para ello tenía que falsificar nuestras posiciones en ese punto, con el fin de minimizar la importancia que estaba tenido la lucha armada emprendida por ETA en Euskal Herria en la radicalización y la organización de las grandes masas, porque eso confirmaba la justeza de las tesis defendidas por nuestro Partido.

En su artículo Manuel Pérez se preguntaba si servía la experiencia del pueblo vasco para el resto de los pueblos de España, si debíamos hacer avanzar el movimiento popular de todas las nacionalidades hasta el nivel de lucha y organización alcanzados por el pueblo vasco, si iba a ser con la lucha armada, combinada con el movimiento de masas, o de otra manera, como los pueblos de España podrían alcanzar sus objetivos. La cuestión es cómo empezar, cómo llegar a organizarse, qué métodos de lucha se deben aplicar en las condiciones del Estado monopolista y fascista dominante en nuestro país, cómo combatir a un mismo enemigo, a idénticas instituciones y para lograr parecidos objetivos.

Tal como habíamos anunciado, lo que empezó como una crítica insignificante a los métodos de dirección, terminaba en un ataque frontal a la línea del Partido que no podíamos dejar pasar.

Notas:

(1) «¿Qué hacer?», en Obras Escoguidas en doce tomos, tomo II, pg.95.

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