5.3 Los pactos de la Moncloa

Al tiempo que caía nuestro Comité Central, los partidos domesticados firmaban unos acuerdos con el gobierno que tenían dos partes bien definidas: por un lado eran un plan de saneamiento económico; por el otro lado desplegaban todo un conjunto de reformas políticas y sociales. Los pactos de la Moncloa eran, pues, tanto un pacto social como un refuerzo represivo que conducía directamente a la Constitución. El fraudulento proceso constituyente se iba a desenvolver en medio de una absoluta falta de derechos y libertades, en medio de un estado de excepción que ponía a la policía y al ejército a patrullar las calles. Las medidas económicas y sociales hacían a los reformistas de izquierda cómplices de la brutal agresión contra los salarios y de la aprobación de una nueva ley antiterrorista.

La agresión contra los trabajadores fue muy superior al plan de estabilización de 1959, pero si en aquella época el detonante fue la balanza de pagos, ahora lo fue la inflación, que por entonces superaba la cota del 25 por ciento anual.

En la negociación se puso, una vez más, de manifiesto el fraude, el engaño y la estafa de la que hicieron gala, en este caso, la segunda fuerza política surgida de las elecciones del 15 de junio, el PSOE, mientras el PCE siempre se mostró dispuesto a firmar cualquier cosa, incluso a participar en el gobierno, ya que su consigna defendía la formación de un gobierno de concentración nacional para salvar al Estado fascista: El pacto de la Moncloa [...] es un compromiso muy actual, diría que la plasmación de la política de reconciliación nacional, escribió Carrillo (1).

Aunque en parte los Pactos de la Moncloa eran un pacto social, no intervinieron los sindicatos porque entonces, recién legalizados, desbordados por el movimiento obrero espontáneo, carecían de capacidad y no se habían medido en ningunas elecciones y, por tanto, el gobierno no sabía con cuáles debía negociar. Por tanto, optó por firmar con los partidos políticos. Pero en las Cortes, tanto Nicolás Redondo, de la UGT, como Marcelino Camacho, de Comisiones Obreras, votaron a favor de los Pactos.

Dos meses antes de firmar los pactos, Nicolás Redondo, secretario general de UGT y el jefecillo de más peso en el PSOE de entonces, escribió lo siguiente: La UGT se opone al pacto social. Es más, nuestra central nunca firmará pactos con gobiernos que no representen a los trabajadores (2). Por su parte la postura de Felipe González era la misma. El 5 de setiembre se entrevistó con Suárez en la Moncloa y se lo dijo expresamente, añadiendo que la oposición no iba a sacar las castañas del fuego al gobierno. Ante la postura ultraderechista del PCE, los socialfascistas del PSOE empezaban a jugar a la demagogia y el engaño que les caracterizaría en adelante.

El 9 de octubre estaba convocada una reunión de 30 negociadores de todos los partidos en la Moncloa, pero el día anterior ETA ejecutó al presidente de la Diputación de Vizcaya, Unceta, y a dos guardias civiles de su escolta, por lo que la reunión al más alto nivel cambió de tono: Alguno de los asistentes manifestó al Presidente la conveniencia de acabar las negociaciones iniciadas y firmar ya lo que hubiera que firmar (3). No hubo discusiones de ningún tipo; todos estaban de acuerdo.

¿En qué estaban de acuerdo? En acabar con las escalas móviles de salarios, es decir, que los trabajadores iban a sufragar la reducción de la inflación; en los despidos colectivos; en las subidas de impuestos; en la devaluación de la peseta; en suma, en la liquidación de todo lo que millones de trabajadores habían conquistado en décadas de luchas, esfuerzos y sacrificios. Continuaban, pues, las políticas de austeridad, de congelación salarial, de apretarse el cinturón del franquismo, que habían desatado importantes luchas obreras y populares. Con una inflación baja, las reducciones del salario real son también bajas, pero con niveles de inflación del 30 por ciento como en aquellos años, las bajas salariales llegaban a porcentajes escandalosos del diez por ciento anual, es decir, un gigantesco trasvase de recursos a favor de los monopolistas, una poderosa palanca de acumulación capitalista.

Esta política económica creó un precedente peligroso para los obreros: El concepto de masa salarial estaría desde entonces en el centro de la política económica española (4). Con el beneplácito de los oportunistas y sus camarillas sindicales, la clase obrera iba a sufragar todos los numerosos y costosos desajustes del capitalismo español. En lo sucesivo, no hubo problema económico que no pagaran los trabajadores de su bolsillo.

Los índices de paro se triplicaron, y el paquete de medidas destruyó 1.800.000 puestos de trabajo en los seis años siguientes.

Los pactos de la Moncloa demostraban la exactitud del análisis que veníamos haciendo de nuestro país como un capitalismo monopolista de Estado que necesitaba dotarse de poderosos instrumentos de política económica de los que carecía para hacer frente a la crisis económica.

La crisis del petróleo de 1973 obligó a devaluar la peseta un 20 por ciento en julio de 1977, nada más constituirse el primer gobierno de aquellas elecciones.

Por otro lado, la definitiva configuración de España como un país de capitalismo monopolista de Estado, exigía del sistema público un protagonismo decisivo. Al morir Franco dejó la caja vacía. España era un paraíso fiscal para los capitalistas. En 1977 sólo un 60 por ciento de los que estaban obligados por ley, pagaban regularmente sus impuestos y no declaraban ni la mitad de sus ingresos. La participación del gasto público en el Producto Interior Bruto iba a crecer un 50 por ciento en años sucesivos; entre 1977 y 1983 ese porcentaje pasó del 23 al 30 por ciento.

Los pactos de la Moncloa establecían una moratoria fiscal para las empresas que encubría una verdadera amnistía, una condonación de la deuda de los capitalistas con el Estado. Por si fuera poco, también permitió una regularización de balances que es otra forma de que el Estado perdone las deudas a los burgueses: se infla artificialmente el pasivo de la contabilidad y por arte magia parece que los beneficios son menores. Comenzaron a aparecer entonces los primeros trucos de ingeniería financiera que después se han hecho famosos. Los pactos de la Moncloa legalizaron el fraude fiscal.

Pero la voracidad recaudatoria del Estado no fue suficiente y apareció el déficit público, que también fue arrojado sobre las espaldas de los trabajadores, pasando del 0'6 por ciento del Producto Interior Bruto en 1977 a un 5'3 por ciento en 1984.

Quedó momentáneamente fuera de los pactos la reconversión industrial sectorial, que llegaría algunos años más tarde, poniendo de manifiesto que el saneamiento acometido era general. De ahí que se abordara la reestructuración de todo el sistema financiero, provocando la crisis bancaria más importante de toda la historia del capitalismo mundial desde 1929. Si al principio de la década de los setenta los tipos de interés estaban en torno al cuatro por ciento, en 1979 estaban en el 12'5 por ciento. El multimillonario coste de la bancarrota (un billón y medio de pesetas) recayó también sobre los maltrechos hombros de los trabajadores. Pero los grandes grupos financieros se aprovecharon de la formidable concentración de capitales: 51 bancos, casi la mitad del total, tuvieron que cerrar.

El programa de reformas, el otro pie de los pactos, contemplaba el fortalecimiento del Estado fascista para hacer frente al movimiento de masas y a la guerrilla, especialmente la reforma del Código Penal, la promulgación de una Ley de Orden Público, la militarización de los trabajadores en huelga, el refuerzo de la policía y de toda la burocracia del Estado. Textualmente el apartado VIII de los Pactos decía:

El orden público tendrá una proyección concreta y actual en cuanto protección del avance en la consolidación de la democracia y defensa frente a las agresiones de todo orden y especialmente las terroristas. La tipificación del terrorismo figurará en el Código Penal común, con eliminación de lo que al respecto figure en leyes especiales y se operará con los criterios generalmente aceptados en los Convenios internacionales y en los países de Occidente.

3. Se fortalecerá la protección penal de que deben ser objeto las Fuerzas de Orden Público.

Por tanto, la democracia exigía camuflar la represión política como delincuancia comun, integrando las leyes especiales dentro del Código Penal y, además, otorgar carta blanca a la policía para que dispusiera de libertad de acción sin cortapisas, con plena impunidad frente a la tortura y la guerra sucia. Más adelante, los Pactos determinaban en su punto séptimo: Se fortalecerán los medios de prevención y defensa frente al terrorismo. A este respecto, en particular, se creará una unidad de policía judicial, dependiente de los órganos judiciales competentes, para la investigación de delitos terroristas, y que bajo las órdenes directas de la autoridad judicial y al amparo de las autoridades otorgadas por la misma pueda desempeñar con eficacia y prontitud la función investigadora requerida.

Fue este refuerzo del aparato del Estado lo que promovió la reforma fiscal. En aquella época el Estado tenía unos 800.000 funcionarios y su número se multiplicaría en los años sucesivos hasta superar los dos millones. Por tanto los presupuestos, como mínimo, debían duplicarse también como mínimo. Una de las primeras medidas de Martín Villa como ministro del Interior fue el de incrementar un 30 por ciento los sueldos de los policías y guardias civiles.

Hubo otro precedente importante en los pactos que, al mismo tiempo, explica la propia gestación del plan de saneamiento y la ausencia de firma de los sindicatos. A partir de 1956, con la ley de convenios colectivos, el movimiento obrero había ido imponiéndose en las negociaciones empresa por empresa, desbancando al sindicato único y sin caer en las trampas integradoras de Comisiones Obreras. Había logrado conquistar importantes alzas salariales y mejorar sus precarias condiciones de vida, aún a costa de una fuerte inflación con la que los capitalistas trataban de defenderse.

En cierta manera los pactos de la Moncloa regresan a la situación anterior a 1956, es decir, una negociación centralizada en la que los obreros carecen de todo protagonismo. El gobierno vuelve a intervenir; no son los capitalistas en sus empresas, sino el Estado como representante de toda la clase el que toma las riendas. Pero a diferencia de 1956, ese Estado actúa con la complicidad de los partidos domesticados que dicen representar a los obreros.

El Estado vuelve a fijar los aumentos de salarios por dos vías diferentes. Por un lado, en las empresas públicas de manera coactiva; por el otro, en las empresas privadas aparentemente de manera sólo indicativa. Ahora bien, los capitalistas individuales tenían una sanción si no seguían las indicaciones del gobierno: perdían las ayudas fiscales y crediticias. Y la amenaza recaía también sobre los obreros que lograban aumentos salariales por encima de los consejos del gobierno: el empresario podía despedir colectivamente al cinco por ciento de la plantilla. Era la política económica del palo y la zanahoria.

Ese tipo de negociación condicionará el futuro de las luchas obreras. A partir de 1977 fueron los sindicatos amarillos los que negociaron con el gobierno (y con los representantes de la patronal). Así arrebataron de las manos de los obreros un importante arma de lucha económica; ciertamente crearon otro, ya que a partir de entonces los obreros se vieron obligados a luchar contra toda la clase capitalista y contra su Estado, pero esta lucha era mucho más difícil, no se podía desplegar de forma espontánea, requería la presencia de su vanguardia política, el PCE(r), que atravesaba una situación muy difícil, acosado y perseguido. No íbamos a poder ponernos al frente de esa batalla en defensa de los obreros de una forma práctica y directa. Apenas podíamos prestar más que un apoyo propagandístico e ideológico a esas movilizaciones porque empezábamos a entrar en una etapa lenta de repliegue, y nuestro repliegue coincidió con el repliegue del propio movimiento obrero.

Los pactos de la Moncloa favorecieron el despido libre e introdujeron las primeras normas de empleo precario. Una gran conquista obrera, como la estabilidad laboral, desaparecía; nació la flexibilidad laboral, el trabajo precario, y muchos obreros fueron obligados a convertirse en autónomos, perdiendo todos sus derechos. Desde finales de 1977 hasta el Estatuto de los Trabajadores en 1980 se promulgaron nada menos que 22 reglamentos que introducían formas temporales de contratación laboral. Se desató así una caza sin precedentes del sindicalista, del obrero revolucionario, alcanzando cifras descomunales, especialmente con los elementos más conscientes y combativos. En los once años que siguieron a 1978 fueron despedidos de su trabajo más de 3.100.000 trabajadores fueron despedidos, casi la cuarta parte de la población obrera.

Las empresas se desembarazaron de los dirigentes sindicales y sobre todos los obreros planeó la amenaza permanente de la pérdida del puesto de trabajo. Como consecuencia de ello, la lucha obrera fue decreciendo progresivamente, como se demuestra en el número de jornadas de trabajo perdidas por huelga (en millones):

197719781979198019811982198319841985
16.64211.55116.3116.1775.1532.7874.4166.3573.223

Eso no significa que no se desatasen importantísimas y heroicas movilizaciones que demostraron el coraje del proletariado español para enfrentarse a la burguesía con sus propias fuerzas. Incluso en la década de los ochenta España siguió presentando las tasas de conflictividad laboral más altas de Europa y, con excepción de 1982 y 1986, el número de trabajadores en huelga nunca ha descendido del millón. Las luchas fueron más numerosas y más radicalizadas, especialmente contra la reconversión industrial, con batallas que son ampliamente conocidas: Astano, Euskalduna, Ascón, Sagunto, etc. Pero estas batallas no fueron tampoco generalizadas sino sectoriales. El gobierno pudo ir acometiendo uno a uno el cierre de muchas empresas, aislando a sus trabajadores.

El centro de la lucha obrera ya no fueron los salarios, la carestía y la inflación, como en los veinte años anteriores, sino algo mucho más dramático: los despidos y el paro. Regiones enteras fueron devastadas por los cierres de empresas, con todas las lacras sociales subsiguientes de marginalidad y deterioro social. También este frente de lucha desbordaba el marco de las reivindicaciones sindicales y ponía a la orden del día la batalla directa contra el capitalismo y su Estado, una batalla política que también requería nuestra presencia como vanguardia y que nuestro Partido -lamentablemente- no estaba en condiciones de acometer como era su deber, por más que lo intentó.

Prueba de las condiciones extremas de dureza que tuvo que enfrentar la clase obrera es que si bien a partir de entonces las luchas son sólo sectoriales, son también más largas, más duras, y los obreros tiene que adoptar métodos de guerrilla urbana y enfrentarse a la policía con armas rudimentarias. Por ejemplo, el director general de la Guardia Civil, Luis Roldán, declaró el 20 de abril de 1987 a Radio Nacional que la lucha de los obreros de Reinosa era de guerrilla urbana que requiere evidentemente, el empleo de medios contundentes por parte de cualquier fuerza de seguridad. Prueba evidente de esa guerrilla urbana es que la lista de obreros muertos en enfrentamientos con las fuerzas represivas durante la reconversión es también muy numerosa. Las huelgas fueron entocnes agotadoras escaramuzas que se prolongaron durante meses, en los que fue difícil a los obreros, sin su Partido, mantener el ánimo de forma continua y lograr que se sumaran otros sectores solidarios de la población, sobre todo en medio de la traición y el chantaje de los sindicatos amarillos.

Esa fue la situación que generaron los pactos de la Moncloa: reforzamiento de todo el aparato del Estado y colaboración incondicional de los oportunistas, por un lado; repliegue del proletariado, por otro, que de manera espontánea no podía ir más allá de donde llegó.

El régimen fascista comenzaba a estabilizarse en el terreno económico y en el político. Aunque aún le quedaban importantes desafíos, había superado su etapa más difícil: El régimen estaba herido de muerte, pero no había sido liquidado: aún contaba con fuerzas y recursos suficientes para mantenerse y poder maniobrar. Por otro lado, no podemos perder de vista el hecho evidente de la debilidad de las fuerzas revolucionarias organizadas, lo que nos impidió sacar mayor partido a aquella coyuntura política favorable. Esta limitación del movimiento revolucionario se debía, en buena medida, a la ausencia del Partido, y no en menor medida a la labor de zapa y confusión realizada por el revisionismo carrillista en las filas obreras durante los años anteriores pero particularmente en aquellos precisos momentos, cuando viendo la crisis y la bancarrota declarada del sistema, no dudó ni un instante en acudir en su auxilio pisoteando incluso hasta su propio programa 'rupturista' (¿A dónde ir, qué camino debemos tomar? Informe al Comité Central, setiembre de 1984). Más adelante dijimos que si bien el régimen había conseguido superar lo que considerábamos 'la primera fase de la crisis' (gracias a la colaboración y el apoyo que le habían prestado los carrillistas y otros canallas como ellos), no iba a poder salir del atolladero histórico en el que se hallaba metido, y eso ni con el fascismo de viejo cuño, ni con una farsa del parlamentarismo como la que han representado durante la década felipista de la mentira, la trampa, el robo descarado y la guerra sucia (La década de la infamia, Informe Político presentado al III Congreso, agosto de 1993).

Nos aprestábamos a enfrentar una larga y muy enconada etapa de la lucha de clases, a una verdadera guerra popular prolongada que aún no ha terminado. No había atajos.

5.4 La encrucijada internacional

Hacia finales de los setenta, tras su derrota en Vietnam, la agresividad del imperialismo comenzó a alcanzar cotas difícilmente imaginables, prefigurando lo que vendría algunos años después. Los acuerdos de Helsinki de 1975, que marcan el máximo alcanzado por los soviéticos para asegurar un marco pacífico en Europa, se convirtieron en papel mojado, y los imperialistas trataron de salir de la crisis a costa de los países del este de Europa y de los del Tercer Mundo. Los revisionistas soviéticos no tuvieron más remedio que reaccionar y contraatacar, abandonando buena parte de sus posiciones ideológicas tradicionales, y defender a los pueblos coloniales que trataban de alcanzar su independencia. Al mismo tiempo, China, en su enfrentamiento con la URSS, a la que calificaba como enemigo principal de todo el mundo, como Estado socialimperialista, se arrojaba en brazos de los regímenes más reaccionarios y fascistas del mundo. La política exterior de ambos países era reactiva, se condicionaba mutuamente de manera que loa aliados de uno se convertían automáticamente en los peores enemigos del otro.

Este cambio en la situación exigía, por nuestra parte, una revisión completa de los análisis que habíamos estado realizando, especialmente porque esos Estados que se llamaban socialistas y que decían practicar el internacionalismo proletario, no tenían en cuenta un aspecto que para nosotros era fundamental: la lucha de la clase obrera en los propios países capitalistas avanzados como elemento integrante de la lucha contra el imperialismo.

Hasta entonces habíamos seguido las tesis que marcaban el Partido Comunista de China y el Partido del Trabajo de Albania. Nos fiamos de la lucha consecuente que habían llevado contra el revisionismo moderno y la defensa de los principios del marxismo-leninismo. Para nosotros esto era lo fundamental y, consecuencia de la juventud de nuestro movimiento, de la falta de experiencia, junto a ese factor fundamental que nos ayudaba en nuestra lucha, introdujimos también principios que no respondían a nuestra ideología científica. No supimos discriminar lo que había de positivo y negativo en esas posiciones de los comunistas chinos y albaneses; no supimos ver que no todos los análisis que nos exponían se basaban en el comunismo, sino que había algunos otros que sólo respondían a la posición geoestratégica de sus propios países, es decir, que eran posiciones de Estado y no de partido, que eran nacionalistas y no verdaderamente internacionalistas.

Puede decirse que ya desde el principio combatimos algunas de esas tesis como, por ejemplo, la consideración colonial y subdesarrollada de nuestro país, como era general en todas las organizaciones maoístas de aquella época. Nunca incurrimos en los planteamientos tercermundistas a que conducían algunos esquemas superficiales importados desde China, enmascarando la condición opresora del Estado fascista, que en virtud de esas tesis pasaba a resultar oprimido por el imperialismo. También pusimos en primer lugar la necesidad de reconstruir el Partido Comunista, frente a las teorías sobre la línea de masas que llegaban auspiciadas por la aureola de la Revolución Cultural. Decidimos apoyarnos en la clase obrera, descartando las malas copias linpiaoístas sobre el papel preponderante del campesinado y la estrategia de rodear las ciudades desde el campo que ninguna relación tenían con nuestro país. También desarrollamos nuestras propias ideas cuando al plantear nuestro proceso revolucionario como guerra popular prolongada, no imitamos las tesis de crear zonas liberadas en el campo sino impulsar la guerrilla urbana.

Pero aún era necesario tener ideas propias sobre muchas más cuestiones, demostrar la madurez de nuestro Partido, aplicar el marxismo-leninismo a las condiciones concretas de nuestro país y esclarecer a las masas todas las complejas cuestiones que conciernen a la revolución, incluidas, naturalmente, las cuestiones internacionales.

Ese fue el objetivo al que se enfrentó el Comité Central de nuestro Partido al dirigirse directamente por carta al Partido Comnista de China criticando el apoyo que venía prestando a la ORT, un grupo oportunista de izquierda creado por los obispos para embaucar al proletariado en el apoyo a la reforma del régimen fascista. En aquel mensaje, publicado en octubre de 1976 en el número 16 de Bandera Roja, expresábamos nuestra preocupación por el rumbo que estaba tomando la política interior y exterior de la República Popular China, así como las implicaciones que dicha política tenía para nosotros:

Carta abierta al Comité Central del PCCh

Queridos camaradas:

Recientemente la prensa fascista ha informado de que el Partido Comunista de China había reconocido como organización marxista-leninista al grupo oportunista ORT. La mención de dicho grupo en 'Pekín Informa' habla en el mismo sentido. Al propio tiempo ORT, con el apoyo de la Iglesia y del Gobierno fascista, ha lanzado una campaña de pretendida 'solidaridad' con China Socialista. Estas cosas sólo las podemos considerar como perjudiciales para nuestro pueblo y para el prestigio que China y su Partido Comunista han ganado entre las masas de España por su defensa consecuente de los principios leninistas contra el revisionismo moderno.

Nosotros somos partidarios de impulsar de todas las formas posibles la solidaridad de los pueblos de España con el de China, y nadie puede negar la constante labor que llevamos a cabo, desde nuestros órganos de propaganda, dando a conocer los logros y conquistas del gran país socialista. Pero realizar el tipo de actos públicos a que nos referimos, bajo el fascismo y en momentos en que se prohíbe toda reunión obrera o auténticamente democrática, se apalea, tortura y asesina a los mejores hijos del pueblo, significa hacer un flaco favor a China y al socialismo y sembrar la confusión.

El hecho de que el régimen fascista permita y aliente semejantes actos es de por sí demostrativo. Los grupos que, como ORT, se alían con el monopolismo y colaboran con el fascismo, encubren los crímenes de ese régimen y pregonan el pacifismo y el legalismo. En pleno auge impetuoso de un movimiento revolucionario de masas, esos grupos son, lógicamente, tolerados y estimulados por el Gobierno, pero de ninguna manera supone tal cosa una democratización. Nadie se engaña al respecto. Las masas lo comprenden muy bien y no pueden admitir que se asocie de ninguna forma la bandera revolucionaria, marxista-leninista, que China representa, a la burda maniobra del fascismo y de la conciliación con los enemigos jurados de la clase obrera.

Como es sabido, el grupo llamado ORT, nacido de la Iglesia, nunca ha dejado de ser un grupo oportunista, comparsa de la camarilla revisionista de Carrillo. Sus vinculaciones, no solo 'tácticas', con el capital monopolista y la Iglesia Católica, han sido denunciadas públicamente en innumerables ocasiones por nuestro Partido. En la actualidad en España no hay ni puede haber varios grupos o partidos marxistas-leninistas. Nuestro Partido afirma haber reconstituido el Partido Comunista que destruyó el revisionismo, y lo demuestra en las palabras y en los hechos. Y son hechos muy claros la lucha intransigente que llevamos contra el revisionismo y el oportunismo de 'izquierda', característico de ORT entre otros, como lo son el desenmascaramiento de las maniobras del capital monopolista español para asfixiar la lucha revolucionario de los pueblos, la organización de la resistencia popular, y la defensa con todas nuestras fuerzas de los intereses del socialismo y de la paz mundial.

Nosotros consideramos que los acontecimientos mencionados no son aislados. Desde hace tiempo el apoyo que el PCCh viene prestando, aunque sólo sea moralmente, a diversos grupos de probado y consolidado carácter oportunista en diversos países europeos sólo puede crear confusión. Partidos como el PCP(m-l) en Portugal, 'Humanité Rouge' en Francia y otros, cuya línea se resume en la conciliación con el monopolismo nacional y el ensalzamiento de sus politicastros a sueldo, e incluso con el mismo imperialismo yanqui y y el pacto agresivo de la OTAN, junto a una vacía verborrea 'contra el socialimperialismo'. La linea de dichos grupos, por más que se presenten como 'marxistas-leninistas', en la práctica lleva a supeditar la clase obrera a la burguesía y a reforzar la explotación monopolista y los planes agresivos del imperialismo [...]

Nosotros no podemos aceptar como enemigo principal en nuestro país, ni en Europa Occidental, al socialimperialismo soviético, ni podemos, en consecuencia, atenuar de ninguna manera la lucha contra el régimen terrorista del capital financiero, ni tampoco contra el imperialismo yanqui, cuyas bases militares están presentes en España [...]

Cuando el PCUS se precipitó en el lodazal del revisionismo, pretendió eliminar las contradicciones que enfrentaban al proletariado y a los pueblos con el imperialismo y la burguesía en función da una supuesta 'paz' entre superpotencias. El PCCh defendió entonces brillantemente la doctrina marxista-leninista señalando que es erróneo e inútil 'borrar las contradicciones fundamentales o sustituir, de modo subjetivo por una de ellas todas las demas' (Proposición acerca de la línea del movimiento comunista internacional). Hoy, en plena crisis del capitalismo y el revisionismo, todas las contradicciones se agudizan extraordinariamente y de manera inevitable y cualquier intento de atenuarlas sólo puede repercutir en favor de la reacción [...]

En estas condiciones sigue siendo completamente justa la apreciación del gran dirigente comunista Mao Tse-tung de que 'o la revolución impide la guerra, o la guerra hace estallar la revolución'.

Naturalmente, los países socialistas pueden llegar a acuerdos y compromisos, incluso sobre cuestiones importantes, con diversos países monopolistas, con el fin de aislar al que representa mayor peligro de guerra. Pero eso, no sólo 'no exige a los pueblos del mundo capitalista contraer, a su vez, compromisos dentro de sus respectivos países', los cuales 'continuarán librando distintas luchas de acuerdo con sus diferentes condiciones, como señaló Mao Tse-tung, sino que jamás la política exterior de los países socialistas puede descansar únicamente en tales compromisos, pues 'él único camino realista y correcto es confiar el destino de los pueblos, el destino de la Humanidad, a la unión y la lucha del proletariado mundial, a la unión y la lucha de todos los pueblos'.

La unión y la lucha del proletariado y los pueblos sólo puede tener éxito a condición de que la clase obrera disponga en cada país de un Partido marxista-leninista y que éste sepa salvaguardar su independencia. Nosotros en repetidas ocasiones hemos tratado estos problemas, señalando que en los países de Europa Occidental, 'la independencia política y organizativa de la clase obrera, el fortalecimiento de su movimiento, son cosas que sólo se pueden lograr con la lucha contra la explotación capitalista y contra la fascistización creciente de las formas de poder de la burguesía monopolista, el apoyo a la política exterior de los países socialistas y la lucha constante contra la política de las superpotencias' (Bandera Roja, segunda época, nº 9).

Nuestro Partido reconoce en China un gran país socialista, toma ejemplo de la gloriosa lucha revolucionaria de su Partido y su pueblo por la toma del poder y de su incesante e intransigente lucha contra la burguesía que anhela recuperar el poder, contra el revisionismo moderno y por la consolidación de la dictadura del proletariado, se inspira en ella para conducir a nuestro pueblo a unirse, empuñar las armas, y derrocar al fascismo. Nosotros consideramos los éxitos de la Revolución China como cosa propia y, al mismo tiempo, estimamos que el mantenimiento de la justa linea marxista-leninista, y su aplicación al desarrollo de la Revolución en España, será a su vez una poderosa ayuda para la consolidación del socialismo en China y otros países socialistas, para la causa de la paz y la ruina de todo imperialismo.

No obstante nuestro Partido sostiene divergencias con el PCCh respecto a las cuestiones que motivan esta carta abierta. Ciertamente, hubiéramos preferido que esas divergencias se tratasen entre Partidos, por medio de consultas camaraderiles, pero eso no ha resultado posible. Desde hace varios años todas nuestras peticiones de relaciones han sido desatendidas, y tampoco podemos, lógicamente, aceptar una igualdad de trato de carácter diplomático con grupos oportunistas como el que aparentemente ha sido reconocido por el PCCh en España. Por nuestra parte, pues, no ha habido la menor falta sobre las relaciones entre Partidos ni tampoco se nos puede acusar de impaciencia o precipitación. Ante los hechos citados no podemos seguir manteniendo silencio, y a falta de otro medio, que nos ha sido negado, tenemos la obligación de hacer pública de forma clara y precisa nuestra postura, a fin de no contribuir de ninguna forma a la confusión creada.

Con saludos comunistas, el Comité Central del PCE(r)

Mao Zedong falleció en setiembre de 1976 y, con este motivo, enviamos un nuevo mensaje al Comité Central del PCCh:
Madrid, 10 de septiembre de 1976

Al Comité Central del Partido Comunista de China

Queridos camaradas:

La muerte del camarada Mao Tse-tung constituye una pérdida inmensa no sólo para el Partido Comunista y el pueblo chino, sino también para todo el proletariado y los pueblos del mundo. No es fácil encontrar palabras que describan los grandiosos méritos históricos del camarada Mao Tse-tung. Su vida y su obra están imperecederamente unidas a las gigantescas hazañas de su pueblo para liberarse de la opresión imperialista, la reacción feudal, y construir el socialismo. Mao Tse-tung fue fundador del Partido Comunista de China, dirigió la lucha contra los reaccionarios chinos y los imperialistas japoneses y norteamericanos, y bajo su sabia guía el pueblo conquistó la victoria y se hizo libre. A la cabeza del Partido y de las masas supo derrotar las diversas líneas oportunistas de derecha e izquierda, así como los ataques, desvirtuaciones e intrigas de la renegada camarilla revisionista soviética contra el marxismo-leninismo y los verdaderos Partidos Comunistas. Igualmente sufrieron una derrota ignominiosa los revisionistas Liu Shao-chi, Lin Piao, Teng Hsiao-ping y otros traidores. El impulsó siempre, en contra de la corriente revisionista, una política exterior en el espíritu del internacionalismo proletario, apoyando a los pueblos del Tercer Mundo y a la clase obrera de los países capitalistas en sus movimientos revolucionarios, por la democracia, el socialismo y la paz, llevando al propio tiempo una línea justa de coexistencia pacifica con países de distinto sistema político. La Gran Revolución Cultural Proletaria, inspirada y dirigida por Mao Tse-tung, supuso un duro golpe para todos los reaccionarios, previno la restauración del capitalismo y significó una contribución de valor universal a la teoría y la práctica de la lucha de clases bajo la dictadura del proletariado. Las grandes aportaciones de su pensamiento al desarrollo del marxismo-leninismo, el cual ha aplicado de manera creadora a la Revolución china, tienen igualmente un valor universal.

El camarada Mao Tse-tung era bien conocido de los pueblos de España, los cuales ven en él a un gran dirigente, y en su vida y en las victorias del pueblo chino, un ejemplo glorioso a seguir. La clase obrera de España, y en primer lugar su Partido Comunista, han conocido la traición del revisionismo moderno, as¡ como la de otras camarillas que han llegado a enarbolar la bandera del marxismo-leninismo y del pensamiento Mao Tse-tung para atacarlos con más eficacia. En el largo combate que los marxistas-leninistas de España han llevado para reconstruir el Partido del proletariado, y en el que, una vez reconstruido, prosiguen para lograr la libertad y el socialismo, la obra y las grandes ideas marxistas-leninistas de Mao Tse-tung han constituido y constituirán siempre una fuente inagotable de inspiración y energía revolucionarias.

Nuestro Partido comparte el profundo pesar del Partido, el Gobierno y el pueblo chino, y al igual que ustedes, sabrá transformar el dolor en fuerza y resolución revolucionarias. Mao Tse-tung vivirá siempre en nuestros corazones como en los de todos los comunistas y pueblos del mundo.

El Comité Central del Partido Comunista de España (reconstituido)

Inmediatamente después de la muerte de Mao, China tomaba un rumbo que, en muchos aspectos, asemejaba al adoptado por la URSS a partir de 1956 y divulgaba la teoría antimarxista de los tres mundos para justificar sus alineamientos internacionales con los regímenes más reaccionarios de la época y, muy singularmente, con Estados Unidos, con la pretensión de sustituir la antigua colaboración entre la URSS y Estados Unidos, por la colaboración entre China y Estados Unidos, sobre la idea de que la URSS era el enemigo principal a combatir. Por otro lado, estaban las tesis del partido del Trabajo de Albania acerca del equilibrio de fuerzas que apenas servían más que para justificar la política exterior de un Estado pequeño preocupado por su supervivencia y su independencia política. Además, Enver Hoxha, Secretario General del PTA lanzó un furibundo ataque contra Mao Zedong al poco de morir que creaba una nueva subdivisión dentro del movimiento internacional y ponía a todos los comunistas ante una verdadera encrucijada en la que resultaba extremadamente difícil encontrar el camino acertado.

Evidentemente algo estaba fallando en el seno del movimiento comunista internacional; abordar estos problemas era una tarea inaplazable ante los sucesos que empezaban a desvelarse porque era imprescindible un planteamiento correcto de numerosas cuestiones de la lucha contra el imperialismo. Para empezar a abordar esta trascendental cuestión, Manuel Pérez publicó un artículo en marzo de 1978 en Bandera Roja titulado En la encrucijada.

El cuadro general que presentaba el movimiento comunista internacional a finales de los años setenta era de profunda división, y nuestros principios comunistas no cuadraban con algunas de las concepciones que habíamos venido exponiendo a lo largo de los últimos años. El artículo no pretendía extenderse en esos problemas:

Eso lo iremos haciendo poco a poco y cuando reunamos la suficiente cantidad de información y datos para hacerlo. Pero para aclarar qué es lo que nos ha llevado a esta nueva toma de posición en un asunto tan importante, que es de lo que se trata de poner aquí en claro, tenemos que remitirnos necesariamente a los resultados que tales concepciones, defendidas por nosotros anteriormente, han producido: la más tremenda confusión de ideas, los enfrentamientos e incluso la guerra entre partidos y países hermanos, y el callejón sin salida en que nos hallábamos metidos. Esta situación no se podía prolongar indefinidamente y forzosamente teníamos que encontrar una salida justa, conforme a nuestros principios y de acuerdo con los intereses de la clase obrera y de todos los pueblos.

Ya dijimos al principio que no tenemos nada que reprocharnos de lo dicho hasta el presente. Del mismo modo tenemos que decir ahora que, tal como vienen desarrollándose últimamente los acontecimientos mundiales, y a la luz de las experiencias, si no reunimos el suficiente valor y mostramos la honradez que siempre ha de guiar a todo militante comunista, si nos negamos a mirar cara a cara la realidad y nos resistimos a rectificar cuando ello se hace necesario por temor a aparecer distintos de lo que realmente somos, entonces no cabe duda de que sí tendremos motivos para avergonzarnos.

Sabíamos lo que no nunca haríamos: no íbamos a participar en la cruzada contra la URSS y otros pueblos, junto al imperialismo y la burguesía, entre otras muchas razones porque no existía esa supuesta agresividad de la Unión Soviética que denunciaba el PCCh. Sus tesis sobre el socialimperialismo eran un remedo de las que ya avanzara la socialdemocracia acerca de una supuesta nueva fase más allá del imperialismo, ultraimperialista, cuando nosotros considerábamos, siguiendo a Lenin, que el imperialismo era la fase última del capitalistas, tras la cual sólo cabe alcanzar el socialismo. Estos criterios eran los que nos llevaban a reconsiderar nuestra postura anterior y a enfocar de nuevo el problema de la forma que lo hemos esbozado anteriormente: El tiempo y la acumulación de experiencias nos irá dando la medida más apropiada a la realidad.

El artículo aclaraba que, lógicamente, el Partido no había llegado a estas conclusiones en un día, sino que ellas son el fruto de muchas reflexiones, de prolongados debates en su seno y del contacto directo con el sentir de las masas obreras y populares, y sobre todo son el resultado de la constatación de numerosos hechos y experiencias que no podemos dejar de lado ni tratar a la ligera.

Aquel artículo, a pesar de los avisos que venía lanzando el Comité Central, chocó frontalmente a todos los camaradas y, naturalmente, dio lugar a un largo debate.

Como no podía ser de otra forma en aquellas circunstancias, el artículo partía de la defensa de nuestra ideología y del apego que hacia ella teníamos para esclarecer una situación internacional confusa:

Nuestro Partido se ha caracterizado por la intransigencia con que ha defendido siempre los principios, y si hay algo de lo que se nos pueda acusar no es, precisamente, de inconsecuentes.

En el terreno de la lucha contra el revisionismo, en todo momento hemos mantenido en alto la bandera del marxismo-leninismo; hemos defendido los logros socialistas, la historia del movimiento comunista internacional, la lucha contra el imperialismo y la reacción, así como los demás principios de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado, etc.; tomando posiciones inequívocas al lado de los partidos comunistas que más clara y resueltamente han llevado a cabo el combate contra los enemigos de los pueblos y de la causa socialista.

Pero sobre todo, Manuel Pérez aclaraba que el nuevo planteamiento no significaba renegar de lo que habíamos venido exponiendo, de la lucha que habíamos mantenido contra todas las tesis revisionistas. Las posiciones de partida no eran erróneas: Hoy no tenemos nada que rectificar de esa toma de posición ni de esa lucha, y estamos orgullosos de haberla llevado a cabo. Ello ha respondido a una realidad, al giro y traición revisionista, y a la necesidad de hacerle frente. En el área internacional los revisionistas soviéticas habían practicado una política de compromisos con los imperialistas, de abandono a su suerte de los movimientos revolucionarios y de atropellos contra varios partidos comunistas; dentro de sus fronteras emprendieron toda una batería de reformas de tipo capitalista. El giro que había que llevar a cabo derivaba de una situación distinta provocado por el fracaso de los proyectos revisionistas. No lograron apaciguar la lucha de los pueblos del mundo entero, que se alzaron a la lucha resuelta contra la opresión y la explotación.

En el plano internacional los problemas se presentaban entonces de otra manera, y esto debía llevarnos a replantear de nuevo algunos de los posicionamientos que habíamos estado manteniendo hasta entonces. Sobre todo nos preocupaban seriamente dos adulteraciones que apreciábamos en todos los planteamientos de las distintas corrientes del movimiento comunista internacional:

  se estaba dejando de lado el principio de la lucha revolucionaria del proletariado contra la burguesía en los países capitalistas avanzados

  se estaba desvirtuando el principio del internacionalismo proletario

  no se tomaban en consideración de una manera correcta las contradicciones entre las propias potencias imperialistas.

Para sentar la cuestión sobre sus propios fundamentos, el artículo recordaba las tesis que siempre habían guiado a los comunistas para orientarse en la lucha contra el imperialismo, a saber, que existen tres frentes de lucha:

  El frente que componen los países socialistas y cuyo principal cometido consiste en impedir, mediante su continuo fortalecimiento económico, político, militar y moral, que los imperialistas logren confundir y dividir a los pueblos y desencadenen una nueva guerra mundial. Este frente constituye una poderosa fuerza de disuasión que facilita las victorias ininterrumpidas de los pueblos y naciones oprimidos, y son un gran estímulo para la clase obrera de todos los países. Esta era la parte del problema que los soviéticos tendían a primar con carácter exclusivo, olvidando a las otras dos porque realzaba su protagonismo internacional, subordinaba el movimiento obrero revolucionario y los movimientos de liberación nacional de los países dependientes a la solución pacífica de dicha contradicción, lo que en la práctica se tradujo en una política de capitulación en toda la línea ante el imperialismo, a la vez que planteaba la posibilidad de acabar con la guerra bajo el imperialismo y de una transición parlamentaria al socialismo. Ciertamente esta fue durante un tiempo la contradicción principal, pero no la única.

  El segundo frente lo forman los países coloniales y semicoloniales, y los pueblos revolucionarios que se han levantado en armas para sacudirse la explotación y la opresión fascista e imperialista. Este era el frente que el PCCh reputaba también con carácter primordial, considerando a China como parte integrante del mismo

  El tercer frente de lucha contra el imperialismo se encuentra en los mismos países capitalistas y lo forman las masas obreras y otras amplias capas populares explotadas y esquilmadas por el capitalismo y el monopolismo. Este era el frente que todos los demás descuidaban y sobre el que nosotros insistíamos.

Esos tres frentes forman parte de un mismo combate de lucha general contra el imperialismo, y se complementan y ayudan mutuamente. El imperialismo, por muchas maniobras que fragüe, no podrá hacer nada para evitar la marcha ascendente y victoriosa de este vasto movimiento; ni con el chantaje de la guerra nuclear, ni con las guerras de exterminio de pueblos indefensos, ni con las sacudidas fascistas, ni con la creación de los cuerpos especiales de represión de la lucha revolucionaria en los países capitalistas, han impedido que se desarrolle este movimiento, ni que logre nuevas y más decisivas victorias, sino que, por el contrario, la política agresiva y reaccionaria de la burguesía financiera lo incrementará en todas parte, sumiendo al sistema capitalista en la mayor crisis de su historia, para llevarlo finalmente a su completa bancarrota.

El capitalismo hacía tiempo que había alcanzado su más alto grado de desarrollo económico, a partir del cual se inició su decadencia, y nos encontramos metidos de lleno en el proceso de su destrucción. Esta es una corriente histórica irreversible, no obstante los retrocesos que se puedan producir. El capitalismo no iba a lograr reponerse de la crisis económica, política, militar y moral. Buscaba una salida por la vía de la guerra imperialista de rapiña, optando por ello, los grupos financieros más fuertes, por el camino de descargar la crisis que padecen sobre los grupos y países capitalistas más débiles y sobre aquellos pueblos y naciones que aún no habían conquistado su independencia o estaban próximos a lograrla. Ya entonces esto, por un lado, agudizaba las contradicciones entre los distintos países capitalistas, y por otro lado, hacía que la mayor parte de ellos se vieran obligados a sostener guerras de agresión contra los países débiles y los pueblos revolucionarios. Pero no obstante la agravación de todas sus contradicciones, la débil posición en que se encontraban los países capitalistas les hizo mantenerse supeditados a la potencia imperialista más fuerte; su fragilidad les conducía a estrechar sus vínculos económicos y militares, a reforzar sus aparatos represivos y su colaboración en la lucha contra los movimientos de liberación de los pueblos coloniales y en la misma metrópoli, etc., viendo en el mantenimiento del poderío de esta gran potencia imperialista la más segura garantía para la conservación del sistema de explotación y los privilegios de las castas financieras y reaccionarias.

En estas condiciones de extrema debilidad del capitalismo frente al movimiento revolucionario, de crisis crónica y de guerra permanente, los regímenes políticos de la burguesía monopolista y financiera, adquirieron formas descaradamente fascistas, se vieron en la necesidad de recurrir a golpes de fuerza contra las organizaciones obreras y populares. Las libertades democrático-burguesas hace tiempo que han sido suprimidas en los países capitalistas, y en su lugar se han implantado regímenes policíacos y militaristas de control y represión de las masas. Los países capitalistas se habían convertido en verdaderos presidios para los pueblos, presidios en los que se hace cada día más difícil la acumulación de fuerzas revolucionarias a través de los métodos legales de lucha, lo que, inevitablemente, estaba conduciendo a la clase obrera y a otros amplios sectores populares a emplear un tipo de lucha y de organización muy semejante a la que se viene practicando en los países coloniales.

Luego el artículo pasaba a recordar las tesis leninistas sobre el internacionalismo proletario, el principio que orienta la actuación de los partidos comunistas en sus mutuas relaciones y en su lucha común contra el imperialismo: el deber de todos los partidos comunistas revolucionarios consistía en encabezar la lucha contra el imperialismo y la reacción allí donde despliegan su labor. De la interrelación de los frentes de lucha contra el imperialismo se desprendía el carácter esencialmente internacionalista del nuevo movimiento revolucionario. El internacionalismo surgía de las mismas condiciones en que se estaba desarrollando la lucha en todo el mundo y del carácter de clase de las fuerzas en pugna. El imperialismo había conectado entre sí a todos los países a través de múltiples lazos económicos y de alianzas militares, dependiendo su sostenimiento de todas y cada una de sus partes. Ya no había eslabones débiles, sino que todo el sistema capitalista formaba un solo y débil eslabón. Lo que sucedía en alguna de sus partes afectaba de manera inmediata al conjunto y lo conmovía profundamente. Si se sigue suponiendo que existen eslabones débiles, se puede pensar también que el resto de la cadena es fuerte. Nosotros, por el contrario, consideramos que el imperialismo, por su propia naturaleza, es un sistema débil históricamente, ya caduco, en acelerado proceso de putrefacción, de lo que resulta que no sólo algunos eslabones, sino toda la cadena es realmente débil. Si toda la cadena imperialista es débil, cada uno de los eslabones también lo serán, lo que no impide que dentro de su debilidad general, existan unos eslabones más débiles que otros (Sobre la línea general del movimiento comunista internacional). Stalin expresa esta misma idea del modo siguiente: Antes solía hablarse de la existencia o de la ausencia de condiciones objetivas para la revolución proletaria en los distintos países o, más exactamente, en tal o cual país desarrollado. Ahora, este punto de vista ya no basta. Ahora hay que hablar de la existencia de condiciones objetivas para la revolución en todo el sistema de la economía imperialista mundial, considerando como una sola entidad [...] puesto que el sistema en su conjunto está ya maduro para la revolución (Fundamentos del leninismo).

Por otro lado, la fuerza alcanzada por el frente revolucionario desde 1945, su gran extensión y la diversidad de formas de lucha que aplica, hizo que perdiera vigencia la práctica del internacionalismo proletario que se había impuesto con anterioridad a la guerra mundial, cuando la defensa de la URSS era el eje central de los partidos comunistas de todo el mundo. Pero después de 1945 ya no se trató de preservar una conquista, sino que el campo de las conquistas se amplió extraordinariamente y los que antes habían sido ayudados, eran los que tenían obligación de ayudar.

Por otro lado, la mayor contribución que podía hacer la clase obrera de un país a la causa del proletariado internacional, a la consecución de los grandes ideales por los que desde mucho tiempo atrás viene luchando y han entregado la vida numerosas generaciones de revolucionarios, era hacer la revolución en cada país y prestar ayuda y apoyo para que los otros la hagan.

De ahí se desprende que eran falsas aquellas tesis sobre la lucha en abstracto contra el imperialismo, desligando esta lucha de la lucha contra la propia burguesía. A escala mundial el imperialismo es el enemigo principal del proletariado y de todos los pueblos del mundo. Además es evidente que el socialismo sólo vencerá definitivamente al imperialismo a escala internacional, pero las revoluciones proletarias, mientras trabajan por la preparación de la revolución mundial, no deben postergar la acción revolucionaria inmediata del proletariado en su propio país. El enemigo principal cambia según los países o zonas del mundo. Tanto la clase obrera como los pueblos y naciones oprimidas tienen ante sí, en el plano internacional, a un único enemigo principal, el imperialismo, contra el que deben unir sus fuerzas para derrotarlo, pero al mismo tiempo cuentan con otro enemigo en el interior de cada país, que es su enemigo principal. Y la forma de derrotar al primero consiste en desarrollar la lucha contra el segundo, no existe otra.

En consecuencia, hacer la revolución en cada país, es la mayor aportación que puede hacer a la causa del proletariado internacional el proletariado de cada país. Es muy común entender que el internacionalismo consiste únicamente en solidarizarse con terceros países, cuyos pueblos luchan y se enfrentan a la reacción. Habitualmente esa solidaridad se limita, además, a los países tercermundistas porque piensan que sólo los países atrasados en el aspecto económico reúnen condiciones para llevar a cabo la revolución, en tanto que los demás no podemos hacer otra cosa más que contribuir al esfuerzo de aquellos pueblos y esperar a que terminen antes de iniciar por nuestra parte la lucha revolucionaria. El internacionalismo proletario no consiste sólo, ni mucho menos principalmente, en el apoyo a terceros países, ni tampoco en apoyar sólo a los países dependientes; no es un apoyo a distancia: Sólo hay un internacionalismo efectivo -explica Lenin- que consiste en entregarse al desarrollo del movimiento revolucionario y de la lucha revolucionaria dentro del propio país y en apoyar (por medio de la propaganda, con la ayuda moral y material) esta lucha, esta línea de conducta y sólo ésta en todos los países sin excepción (Las tareas del proletariado en nuestra revolución). Las tesis tercermundistas otorgan el papel de vanguardia a los pueblos y países oprimidos, es decir, al movimiento nacional, de tal manera que, según las tesis tercermundistas y maoístas, de reserva de la revolución proletaria, esos pueblos y países habían pasado a convertirse en la verdadera vanguardia revolucionaria. En contra del marxismo, acababan afirmando que el proletariado debía marchar en el furgón de cola del tren de la historia.

Al derrocar a la burguesía el proletariado asesta una grave derrota al imperialismo, contribuyendo a su debilitamiento y hundimiento. Poner el acento en la lucha contra el imperialismo en abstracto y, sobre todo, identificar el imperialismo con Estados Unidos exclusivamente (y mucho más con la URSS), desvía la atención de las masas de la lucha contra la burguesía imperialista del país que las oprime y explota, aparte de no tener en cuenta el aprovechamiento de las contradicciones interimperialistas.

En todas sus variantes, las tesis del ultraimperialismo olvidaban las contradicciones interimperialistas que, con el transcurso del tiempo, adquirirían una relieve cada vez mayor, especialmente tras el hundimiento del bloque socialista en 1989. Bien es cierto que ésta es una contradicción que opera dentro del campo contrarrevolucionario y sólo puede actuar como auxiliar en la revolución si los partidos comunistas la saben utilizar correctamente. Pero no se puede descuidar su importancia y, de hecho, en numerosas circunstancias históricas había desempeñado un papel de primer orden: condujeron a dos guerras imperialistas mundiales y conducirán a una tercera.

En suma, dentro del debate que seguía en el movimiento comunista internacional, no estábamos de acuerdo con ninguna de las posiciones expuestas; teníamos nuestro propio criterio y no copiábamos de ninguna otra organización, no por un afán de originalidad, sino porque no nos convencían ninguna de las tesis que se venían defendiendo. Comenzamos a pensar con nuestra propia cabeza, ayudados por los principios que siempre han guiado a los comunistas, especialmente el internacionalismo proletario. Más tarde o más temprano, la verdad se abriría paso y se superarían todos los problemas y dificultades a los que se enfrentaba nuestro movimiento en su avance.

Así sucedió, pero no porque el movimiento comunista lograra avanzar, sino porque entró en un bache que, si bien frustró nuestras esperanzas, demostró que teníamos razón al no alinearnos con ninguna de las tesis en disputa. Todas ellas eran el síntoma de lo que luego sucedió: la bancarrota del bloque socialista.

Notas:

(1) Nuestra Bandera, núm. 90, 1977, pg.30

(2) Nicolás Redondo: «No al pacto social», en Cambio 16, 21 de agosto de 1977.

(3) Federico Ysart: Quién hizo el cambio, Argos Vergara, Barcelona, 1984, pg. 166.

(4) Joan Trullen i Thomas: Fundamentos económicos de la transición política española. La política económica de los acuerdos de la Moncloa, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1993, pg.180.

inicio Historia del PCE José Díaz Comorera