5. Una verdadera campaña de cerco y aniquilamiento

5.1 El II Congreso de nuestro Partido

En junio de 1977, sólo dos años después del Congreso reconstitutivo, se celebró el II Congreso. La celebración de este nuevo Congreso era una necesidad, tanto por la situación política como por el auge de la lucha de masas y por el papel desempeñado en este período por el Partido, así como por su propio desarrollo.

Las sesiones del Congreso coincidieron con el montaje electoral del 15 de junio, en el que la abstención fue la nota predominante. El boicot a la farsa resultó muy difícil de ocultar para el gobierno, prolongándose las peleas y los chanchullos por el reparto de votos hasta varias semanas después de la misma. De todas las maneras, de poco les iba a servir; basta mencionar a este respecto el extenso movimiento huelguístico y de protestas populares que tuvo lugar aquel mismo verano en todos los puntos del país por parte de los transportistas, metalúrgicos, campesinos, obreros de la construcción, etc., en los que nuevamente se practican métodos de lucha independientes y democráticos, en oposición a las leyes e instituciones fascistas vigentes.

Mientras el fascismo celebraba sus primeras elecciones libres, el Congreso se tenía que celebrar en las más duras condiciones de clandestinidad y en medio de una represión especialmente dirigida contra el Partido; cuando nuestras renacientes fuerzas comunistas habían entrado en combate ocupando su puesto en las primeras filas de la lucha de clases; cuando todo el Partido estaba pasando por la dura escuela de la persecución policial; cuando numerosos camaradas habían comprobado las esencias de la nueva democracia a la española en los cuartelillos y comisarías, y muchos de ellos poblaban las cárceles. Por ello, al comienzo de su Informe, Manuel Pérez pidió guardar unos minutos de silencio por los tres primeros camaradas caídos en la lucha: José López Ragel, Fausto Peña Moreno y José Vicente Artigues Fornés.

El Informe Político de Manuel Pérez se titulaba La clase obrera tiene su propio Partido, su línea política y sus propios métodos de lucha y de organización y comenzaba de nuevo con la campaña de guerra sicológica desatada en todos los medios con la colaboración de los partidos reformistas, e indicaba cuál era el propósito último de la campaña: La reacción se ha convencido de que no logrará destruirnos, y es por eso por lo que ha emprendido una vasta campaña de represión y calumnias contra el Partido. Creen que así van a lograr su propósito de aislarnos de las masas.

No obstante la represión -continuaba el Informe- y las medidas extraordinarias de defensa que nos hemos visto obligados a tomar, la actividad del Partido se ha incrementado en todas partes. Lejos de debilitar, la persecución política había fortalecido al Partido porque había puesto a prueba satisfactoriamente la justeza de su línea política, sin la cual no hubiera podido salir triunfante del desafío: Ahora no retrocederemos del camino por nada del mundo, afirmaba.

La muerte del criminal Franco y los sucesivos comicios organizados por su régimen, no habían cambiado nada sustancial: El fascismo no ha cambiado, solo pretende camuflarse [...] El lugar de Franco ha sido ocupado por las instituciones creadas por los fascistas en el curso de los últimos 40 años. Por eso se puede decir que nada esencial ha cambiado. La base económica monopolista del régimen se mantiene intacta, el Ejército que estranguló las conquistas populares sigue en su sitio, los burócratas y la policía son los mismos, incluso más especializados, y oprimen y torturan igual que en vida de Franco. Es cierto que han dado algunos retoques, pero en todos los casos, como el de la 'desaparición' del Movimiento, esos retoques los han hecho para reforzar al mismo Estado fascista y explotador. La novedad era la ampliación de su base social, integrando a todos aquellos grupos políticos que desde hace ya bastante tiempo han traicionado a la verdadera democracia y se han distinguido por su colaboración con las fuerzas represivas: Es de esta manera como pretenden dar la apariencia de un cambio, permitiendo que sus lacayos actúen con mayor libertad para mantener en pie al régimen y todos los privilegios de la oligarquía financiera.

Además el cambio se estaba dando sin ninguna ruptura con el pasado, de manera que la colaboración de los reformistas los estaba dejando al descubierto ante las masas y eso propiciaría su bancarrota, dejando al régimen sin alternativa: El fracaso revisionista es, ante todo, un fracaso político de la propia oligarquía a la que queda atada definitivamente. La legalización de los revisionistas en abril de aquel año es el premio que le han otorgado por todas sus traiciones pasadas, presentes y futuras, y que esa legalización tiene como único fin seguir apoyando a la oligarquía y a su régimen monárquico-fascista contra las masas; a prestar apoyo a una fracción de la gran burguesía en contra de la otra fracción.

Por contra, la tarea del Partido había sido encomiable, especialmente en el terreno ideológico: El PCE(r) ha alertado a las masas continuamente sobre las maniobras fraguadas por el capitalismo financiero, haciendo comprender a todos los trabajadores que del monopolismo y el fascismo no hay marcha atrás a la democracia burguesa, y que si los monopolistas están dando algunos retoques a su régimen es porque lo quieren conservar. Al mismo tiempo el Partido ha señalado como el principal objetivo de la reforma fascista la integración de los revisionistas y demás domesticados en el régimen con el fin de ampliar su base, dar una apariencia de cambio y proseguir, más intensificada que antes, la explotación y la represión sobre el movimiento obrero y popular.

Antes los revisionistas habían defendido la ruptura como la mejor salida para el aislamiento del régimen, e incluso habían desatado movilizaciones para presionar en esa línea. Ahora ya ni siquiera abogaban por la ruptura; les habían oboligado a tragar las migajas porque la crisis era mucho más profunda. Los revisionistas tampoco tenían alternativa: en aquel momento presionar para buscar otra salida era arriesgar todo un podrido régimen a punto de desmoronarse: La oligarquía financiera no podía correr la 'aventura' que suponía la 'ruptura' y por eso se ha decidido por la política de 'reforma'. Desde entonces los revisionistas se dedicaban a sabotear el movimiento, a desmovilizar a las masas frente a las arremetidas furiosas de la reacción y se dedican a calificar como provocación cada una de las acciones del movimiento popular.

La intimidación fue una de las armas mejor utilizadas por los revisionistas para lograr sus fines, especialmente la amenaza del golpe militar, el permanente ruido de sables: si no queréis esta democracia los generales darán un golpe de Estado, decían, practicando un victimismo ramplón. El Informe salía al paso de este chantaje: De nada les va a servir a los monopolistas y a sus lacayos levantar el espantajo de la ultraderecha ni del golpe militar para granjear un apoyo de masas a los gobiernos turnantes. Las masas saben muy bien que la ultraderecha son los mismos que las gobiernan y que el Ejército no está para otra cosa que para apoyar a esa misma ultraderecha gobernante. La clase obrera no hará diferenciación alguna entre los distintos grupos monopolistas, no se va a convertir en el apéndice de ninguno de esos grupos ni va a caer en la trampa de combatir, como a los principales enemigos, a las bandas de provocadores y asesinos que pagan y manejan los del Gobierno para situarse en el 'centro' y eludir así los golpes-revolucionarios.

El oportunismo estaba empeñado en hacer creer que si las masas no se encuadraban en las instituciones y actuaban dentro de la legalidad era imposible la democracia, y que sin democracia jamás se podría conquistar el socialismo. Pero la experiencia de la lucha de clases enseña que sin legalidad, o más bien fuera de la legalidad, y en oposición a esa legalidad y a todas las instituciones fascistas, se ha desarrollado el movimiento obrero y popular hasta un punto inigualable en ningún otro país de los llamados democráticos.

El marxismo-leninismo enseña que aún en las mejores condiciones de libertad, la vanguardia de la clase obrera tiene que mantener vivo su espíritu revolucionario y su aparato político en la clandestinidad; cuánto más había que hacer eso en las condiciones del fascismo en que nos veíamos obligados a trabajar. Naturalmente nos hubiera gustado disponer de libertad de movimientos, pues eso hubiera facilitaría nuestra labor. Pero la legalidad no es una cosa que se mendigue al capitalismo, sino que se conquista en la lucha. Los que aspiran a la legalidad y lloriquean a cada paso para que les sea concedida, es porque no se proponen hacer frente al Estado burgués ni mucho menos destruirlo. Ahora bien, el Informe alertaba una vez más contra cualquier tentación sectaria en este sentido: Nosotros debemos saber aprovechar las organizaciones legales que están creando los oportunistas y toda posibilidad de trabajo legal; nunca nos hemos opuesto ni hemos dicho nada contrario a eso, pero son tan escasas esas posibilidades en las condiciones del fascismo y han llegado a tomar un carácter tan reaccionario las organizaciones montadas por el oportunismo en colaboración con el régimen, que el trabajo que podamos realizar en ellas es mínimo en relación a la labor que tendremos que realizar entre las amplias masas, las cuales se mantienen al margen y enfrentadas a todo el orden político vigente. Además, el Informe indicaba también los objetivos que se podían perseguir utilizando la legalidad fascista: El Partido debe aprovechar todas las posibilidades de trabajo legal; esto hemos de hacerlo, no para sacar a la luz a los militantes y cuadros del Partido, no para liquidar a la organización revolucionaria de la clase obrera, para relajar su espíritu y arrinconar los métodos de organización y de lucha revolucionaria; debemos aprovechar todas las posibilidades de trabajo legal para reforzar la clandestinidad y el aparato político del Partido, para elevar en todo momento su espíritu revolucionario, para llevar a cabo acciones revolucionarias y atraer a nuestras filas a los hombres y mujeres más avanzados. Para todo eso necesitamos aprovechar las posibilidades de trabajo legal, aunque bien es verdad que esas posibilidades, como hemos visto a lo largo de este Informe, son tan escasas en nuestro país que apenas merecen que nos detengamos en ellas. El trabajo legal, como decía también Stalin, debía supeditarse al trabajo clandestino:

El revolucionario acepta las reformas para utilizarlas como una ayuda para combinar la labor legal con la clandestina, para aprovecharlas como una pantalla que permita intensificar la labor clandestina de preparación revolucionaria de las masas con vistas a derrocar a la burguesía.

En eso consiste la esencia de la utilización revolucionaria de las reformas y los acuerdos en las condiciones del imperialismo.

El reformista, por el contrario, acepta las reformas para renunciar a toda labor clandestina, para minar la preparación de las masas con vistas a la revolución y echarse a dormir a la sombra de las reformas otorgadas desde arriba. (1)

El Informe analizaba en profundidad el cúmulo de experiencias del movimiento de masas, especialmente del proletariado. Afirmaba que las características principales del movimiento eran, por un lado, su gran radicalización e independencia y, por otro, su falta de organización, pues el fascismo, que es quien lo había generado, prohibía y reprimía toda forma de organización y de lucha independiente de las masas, pero no logró paralizarla ni controlarla, sino que la extendió y radicalizó, convirtiéndola en una lucha de naturaleza política; de lo que resultaba una original combinación de la lucha económica y de la lucha política que apuntaba directamente contra el Estado de los monopolios. Pero la principal dificultad a que se enfrentaba este movimiento era su falta de organización y, en la solución de aquel problema el Partido tenía un importante papel que jugar. En ese sentido, nuestra misión no consistía en crear montajes artificiales, desligados de la realidad y del movimiento de masas, sino en analizar y sintetizar las experiencias de las luchas de las masas. Además había que dotar al movimiento de resistencia popular de unos objetivos mucho más claros y por eso, al mismo tiempo, el Informe analizaba el papel de vanguardia que estaba desempeñando el Partido, señaló sus insuficiencias y su debilidad en comparación a la gran envergadura de las tareas fijadas. El trabajo por la edificación del Partido aún no había terminado en el I Congreso; había que implantar firmemente el Partido, especialmente en las grandes fábricas. Constataba que se estaba desarrollando sin grandes saltos adelante, pero también sin retrocesos. El desarrollo podía considerarse lento, no obstante estar aplicando una línea general justa y unos métodos de trabajo acordes con ella. Además el Informe apuntaba las causas de esta lentitud, que eran externas al mismo Partido: había que buscarlas en las condiciones en que nos desenvolvemos, en la existencia del fascismo, en la labor sistemática de liquidación que vienen haciendo el revisionismo y los demás grupos oportunistas, en la compleja situación internacional, en la misma juventud del Partido, tomando esto último como un dato objetivo. La misma lucha ideológica que tiene lugar en el seno del Partido en relación a este problema es un fiel reflejo de esa realidad externa a él. Y finalizaba con una premonición que no dejaba lugar a las falsas ilusiones de los impacientes: El trabajo por la edificación del Partido no ha terminado, sino que empieza ahora realmente. Este trabajo va a resultar largo y muy difícil: va a exigirnos muchos sacrificios y una gran tenacidad; que nadie se lleve a engaño. Había por delante un trabajo duro y abnegado de para todos los camaradas: durante un largo período íbamos a tener que sembrar, como decía Lenin, en pequeños tiestos. A corto plazo, no se podía esperar un cambio en la situación que hiciera más cómoda o más fácil nuestra labor. Esperar tal cosa sólo podía crear falsas ilusiones, relajar el espíritu revolucionario en nuestras filas y conducir a la liquidación del Partido.

Al hacer balance de la labor de organización, el Congreso destacó la gran victoria que suponía el fortalecimiento de los organismos dirigentes del Partido, el alto grado de profesionalización alcanzado en ellos, etc., insistiendo en la necesidad de proseguir con el trabajo de extensión y fortalecimiento del Partido a todos los niveles, particularmente a los niveles intermedios y de base, promoviendo a nuevas responsabilidades a los camaradas obreros más conscientes y capaces.

En los informes presentados al Congreso se destaca el problema de la ligazón del Partido a las masas y su propio fortalecimiento no es una cuestión a resolver independientemente de la lucha de clases, y que sólo en la medida en que el Partido cumpla en todos los terrenos con su responsabilidad, sin rehuir los requerimientos de la lucha, es como verdaderamente irá fortaleciendo sus filas y ganándose a las masas.

A este respecto, el Congreso hizo especial hincapié en la directriz de ir a las masas y resolver los problemas orgánicos que se presentaran diariamente a partir de realizar el trabajo político y de organización entre ellas.

El II Congreso aprobó la bandera republicana con la estrella roja de cinco puntas como emblema del movimiento de resistencia. La coronación del fascismo y la clara traición del reformismo acentuaron el sentimiento republicano. Ateniéndose a este sentimiento el Partido alzó entonces la bandera de la República Popular.

Pero hay que dejar bien claro que la República por la que luchamos no tiene nada que ver con la república burguesa y federativa. La república burguesa ya no es posible en España, como decía el Informe Político: nuestro Partido no propugna la restauración de la República del 31, ni los Estatutos de Autonomía para las nacionalidades, ni la república federal, ni nada parecido, porque todo eso no hace sino escamotear los problemas principales, como son la existencia del monopolismo y la opresión nacional en España, así como el anhelo de algunos sectores burgueses de hacer marchar a nuestro país para atrás, a la República democrático-burguesa. En España ya había pasado la etapa histórica de la revolución democrático-burguesa; la misma oligarquía financiera y terrateniente la había realizado a su manera y sin soltar por un momento las riendas del poder. Por tanto, la oligarquía podría acceder a la república sin que ello supusiera ningún quebranto para su sistema de dominación, como ha sucedido en muchos países. Por eso nosotros no hablamos de república, sino de la destrucción del fascismo desde su raíz, desde su base económica, y de la creación de un nuevo tipo de Estado democrático.

¿Quiere esto decir que no vamos a luchar por la creación de un sistema político republicano? -se preguntaba el Informe Político-. La clase obrera va a luchar por la república, pero no por una república cualquiera, sino por la República de los trabajadores, por una república que surja sobre la base de la destrucción del sistema burgués y que será muy superior a la que propugnan los pequeños y los grandes burgueses. La clase obrera no puede defender, sin más, la consigna de la república, ni la de la autonomía, ni la de la federación, porque todas esas consignas suponen conservar, un poco retocado, el actual estado de cosas. No puede tampoco plegarse a las pretensiones de separación de las nacionalidades que albergan algunos sectores nacionalistas pequeño-burgueses, y esto es tanto más inadmisible para nosotros por cuanto de esa manera se introduce una división en la clase obrera, según su nacionalidad, en un momento en que es más necesaria su unidad para combatir y derrotar a los enemigos que la explotan y la oprimen.

Por este motivo nuestro Partido ha introducido la estrella roja de cinco puntas como sello inconfundible del nuevo carácter que ha de tener la futura República de los trabajadores, proclamando el 18 de julio día de lucha y símbolo de la resistencia popular a la agresión fascista: No es una casualidad el que la mayor parte de los grupos políticos pequeño-burgueses hayan coincidido en celebrar las fechas conmemorativas de la República del 14 de Abril de 1931, ocultando a las masas lo que representaba realmente aquella República. No es tampoco una casualidad el que todos los grupos pequeño-burgueses hayan olvidado a la República del 16 de Febrero de 1936, aquella República que dio la libertad al pueblo y abrió la perspectiva al derecho a la autodeterminación de las nacionalidades y contra la cual se sublevó el Ejército y la reacción fascista; aquella República por la que dieron su vida cientos de miles de obreros, de campesinos y tantos verdaderos republicanos y patriotas. ¿Cómo se puede hacer borrón y cuenta nueva de la experiencia histórica y pretender saltar por encima, hacia atrás de toda una etapa de la evolución de nuestra sociedad?. La historia no podía dar marcha atrás, como pretendía la pequeña burguesía y algunos republicanos nostálgicos y trasnochados. La clase obrera, junto a los campesinos, los sectores populares de las nacionalidades y las otras capas populares, lucharon contra la monarquía pero también se opusieron a aquella República oligárquico-burguesa nacida del chanchullo de San Sebastián, no parando en sus luchas hasta llegar a crear una verdadera República popular, contraria, tanto a la monarquía como a la República fundada sobre la base de la explotación de las masas y la opresión de las nacionalidades. ¿Acaso podemos volver ahora a aquella República?

La bandera de la República Popular no se opone a las banderas de las nacionalidades oprimidas, y debe ondear junto a ellas en todas partes, como signo de unidad y de lucha de todos los pueblos para la reconquista de todos sus derechos económicos, políticos y culturales.

Notas:

(1) José Stalin: «Fundamentos del leninismo», en Cuestiones del leninismo, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1977, pg.96

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