Tras el Congreso, el órgano central también editó un número especial conteniendo los documentos aprobados y en el que se insertaban comentarios sobre el desarrollo y los resultados finales. El entusiasmo de la militancia, de los simpatizantes y amigos del Partido, por el triunfo alcanzado en esta importante reunión muy pronto se tradujo en un considerable incremento de la actividad del Partido.
Pues bien, al parecer nadie más que los simpatizantes próximos al Partido se habían enterado de esta larga, extensa y múltiple labor realizada por la OMLE durante cerca de siete años; nadie, ni la prensa ni otros medios de propaganda burgueses, ni los partidos y grupos políticos reformistas hicieron el menor comentario en sus publicaciones acerca de los preparativos del Congreso (ni siquiera una crítica a sus resultados). Eran los tiempos en que prevalecía la conspiración del silencio dirigida contra nuestro joven movimiento. Nadie se ocupaba de nosotros, ni siquiera para criticarnos. Mientras los oportunistas comenzaban a proliferar en los medios de comunicación, publicando noticias y concediendo entrevistas, la actividad revolucionaria de la OMLE fue absolutamente acallada.
En su Informe al I Congreso, Manuel Pérez ya dedicaba todo un apartado a analizar esta situación:
¿Será posible que nadie se haya enterado de nuestro trabajo? Al parecer sólo las masas y, naturalmente, la policía política están enteradas de la existencia de nuestra Organización y de los preparativos de nuestro Congreso. No hablar en público ni una palabra, no escribir ni una sola línea acerca de nuestra actividad, ni siquiera para criticamos, se ha convertido en una consigna entre la burguesía. No parece sino que toda ella ha enmudecido ante la sola presencia nuestra, que se ha conjurado contra nosotros y que obedece a una misma batuta. A decir verdad, no es que el enemigo de clase no nos ataque. Por el contrario: siempre que tiene oportunidad la aprovecha para golpeamos y ensuciamos de barro. Lo que demuestra palpablemente que está muy pendiente de lo que hacemos y sigue de cerca nuestros pasos buscando destruirnos. Pero eso quiere hacerlo silenciosamente, sin hacernos 'propaganda'. En esto se puede ver el miedo que tienen y que no están muy seguros de conseguir sus propósitos. ¿Cuántos camaradas nuestros han caído? ¿Cuántas de nuestras organizaciones han sido diezmadas? ¿Qué decir de los tratos a que han sido sometidos en las comisarías algunos de nuestros militantes? Nadie se digna hablar de ellos. Se ha impuesto el silencio más absoluto. Esto, que en el caso del régimen es un claro síntoma de su temor y debilidad, se convierte en un crimen en quienes se llamas 'demócratas' y dicen defender la causa del pueblo. A nosotros no nos causa la menor amargura esa conspiración de silencio. Sabemos que es el temor de la burguesía a que aparezca de nuevo el Partido, que son sus siniestros planes para asfixiarlo cuando todavía esté en mantillas, que es el miedo cerval que tienen todos los oportunistas a la lucha franca y abierta con el marxismo-leninismo, que son ésos, y no otros, los motivos de tanto silencio.La respuesta a las preguntas que se hacía nuestro Secretario General tardó un año en llegar, y no fue precisamente que caíamos de una nube. La respuesta llegó con las bombas que colocaron los GRAPO el 18 julio de 1976, que rompieron aquella conspiración de silencio. Del mutismo más absoluto, los medios de comunicación pasaron, sin solución de continuidad a la sobredosis informativa, a la tergiversación descarada, al montaje más burdo. En aquella fecha comenzó la guerra sicológica contra nuestro Partido que, con el paso del tiempo adquiriría una enorme virulencia, con tonos realmente delirantes en los que cabían toda clase insultos: oscuros, manipulados, siniestros, montaje, etc. Por supuesto, se propalaron conexiones con los servicios secretos, con la policía y con la ultraderecha.Pero ya no les va a ser posible mantenerlo por más tiempo.
¿Qué dirán ahora? ¿Que hemos caído de las nubes? Allá la burguesía y sus lacayos con sus cuentos. Nosotros proseguiremos nuestro trabajo.
Pero de todas las calumnias, había una que estaba en el meollo de las demás: nosotros no éramos un Partido Comunista sino una organización armada, éramos terroristas o, al menos, el brazo político de los terroristas y, más concretamente, de los GRAPO. La razón era bien sencilla: cuando el fascismo y sus colaboradores domesticados rabiaban por el operativo, nosotros manifestamos nuestro total acuerdo con un golpe guerrillero sin precedentes.
Aunque todos los medios de intoxicación especularon y calumniaron cuanto quisieron, nadie publicó este comunicado que, por sí mismo, era toda una declaración de intenciones con la que nosotros no podíamos sino expresar nuestra total conformidad.
Merece la pena examinar con un poco de atención aquella campaña de guerra sicológica porque el cambio en el sistema de medios de comunicación del fascismo también formó parte integrante de la transición, y siguió las mismas pautas fraudulentas que la reforma política. Si todo el Estado cambiaba, la prensa debía cambiar también, y quien estaba detrás de unos y otros cambios eran los mismos, esto es, eran los mismos fascistas.
Hasta mediados de los años ochenta, en España existió la denominada prensa del Movimiento, una poderosa red multimedia de propaganda creada por los fascistas tras la guerra e integrada tanto por prensa, como por radio y televisión. Aquella red dependía directamente del Estado y, por tanto, el gobierno mantenía un estrecho control sobre ella y la financiaba con 3.000 millones de pesetas anuales. Para hacernos una idea de su poder, hay que decir que una tercera parte de los diarios que había en España en 1978, eran de titularidad pública, que también comprendía a 30 emisoras de radio, por no hablar de la agencia de noticias EFE y de la única televisión, entonces existente. Todo un gigantesco aparato publicitario, del que se benefició el régimen para llevar adelante sus planes de intoxicación, confundir y manipular.
Además de la cadena del Movimiento había otro tipo de prensa privada, la mayor parte de la cual estaba vinculada a la Iglesia católica, otro de los pilares del fascismo. Una tercera parte, como el diario ABC, estaba en manos de los sectores ultrarreaccionarios vinculados al rey y al ejército, o bien a la oligarquía financiera, como La Vanguardia, e industrial, como El Correro Español-El Pueblo Vasco, a su vez vinculado a la reacción carlista. Otros, como Informaciones, habían sido creados por la Gestapo durante la guerra mundial para sus necesidades de propaganda.
Con esos mimbres ideológicos no se podía cambiar el régimen porque ese cambio no era más que un cambio de imagen; correspondía a la prensa maquillar ese cambio y, por tanto, quien debía cambiar, antes de nada, era la propia prensa. Ese cambio provino por dos vías fundamentales: la revista Cambio 16 y el diario El País. Quien dirigió la fundación de ambos medios fue Fraga Iribarne desde su puesto de ministro de Información en los años sesenta. Fraga y su equipo de expertos en propaganda fueron quienes sacaron adelante todas las campañas de imagen del fascismo en aquella época triunfal, como los 25 años de paz o el referéndum a mediados de los sesenta. Ellos serían también quienes llevarían a cabo el cambio de imagen del régimen diez años después.
Cambio 16 y El País constituyen el más claro ejemplo del intento de la oligarquía monopolista de relevar a la prensa fascista y ganar influencia entre la masas para engañar con la transición política. Los objetivos de ambos periódicos eran, pues, muy claros: lavar la cara al fascismo, reforzar su nueva imagen y desplegar la guerra sicológica contra la resistencia. Para ello tenían que modificar el mensaje de los viejos periódicos fascistas, totalmente desacreditados, y relevar a sus plumíferos con nuevos redactores.
Cambio 16 aparece ya a finales de los años sesenta, antes de la muerte de Franco, pero El País y Diario 16 coinciden en su aparición en 1976, con una diferencia de sólo seis meses. El País es un periódico de la oligarquía financiera, a diferencia de Diario 16, un periódico mercenario que se vendía al mejor postor que, ciertamente, no podía ser otro que la oligarquía, pero que no hacías ascos a prostituirse con cualquiera, como hacía habitualmente.
Fue Juan Tomás quien impulsó Cambio 16, en su origen un semanario de información económica. Estuvo mendigando por todas partes hasta que conoció a González Seara, el delfín de Fraga, que entonces acababa de dejar la dirección del Instituto de Opinión Pública, desde el cual había manejado los hilos del referéndum de 1966. González Seara era también un hombre de confianza de la CIA en España, para la que comenzó a trabajar durante su estancia en Estados Unidos; luego fue uno de los fundadores de la UCD, a la sombra de Fernández Ordóñez. Catedrático de Sociología, Seara hacía tiempo que tenía la misma idea de fundar un semanario económico, aconsejado por su padrino Fraga, para renovar la prensa española. Seara incorpora al grupo de fundadores del Grupo 16 al financiero Celso Barreiros, detenido por Garzón en la Operación Nécora acusado de blanquear dinero del narcotráfico. Por otro lado, entra también en la sociedad un destacado miembro de la Banca March, Laffite, muy vinculado al imperialismo americano. Otro de los promotores del Grupo 16 fue Joaquín Garrigues Walker, político muy ligado a los Estados Unidos y a las transnacionales. Entre los socios fundadores de Cambio 16 estaban también dos fontaneros del PSOE que luego serían conocidos por sus chanchullos, Carlos Zayas y Enrique Sarasola que en el verano de 1976 abandonaron su participación en la empresa editorial.
Por su parte, la historia de El País comenzó en 1970 con las editoriales Alianza y Santillana, propiedad la primera de Ortega y Gasset, fundador de un imperio editorial de libros de texto en castellano para España y Latinoamérica. Como cabecilla de la segunda empresa figura Jesús de Polanco, que engordó con sus enchufes en el Ministerio de Educación: propició la inmediata puesta en marcha de la Ley de Educación en 1970 con información privilegiada que le permitió vender sus libros de texto, los únicos adecuados a los nuevos planes de enseñanza. En pago a sus servicios, el viceministro fascista de Educación de aquella época, es hoy uno de los jefes de El País.
Los primeros contactos de esta camarilla fundacional fueron también con Fraga Iribarne, que acababa de cesar en su cargo de ministro de Información y mantenía entonces cierta aureola de enemigo del Opus Dei, que le había costado el puesto de ministro. Fraga, al igual que ocurre con Cambio 16, está en el comienzo mismo de la idea de El País. Él mismo propone el nombre del que iba a ser el primer director del periódico: Carlos Mendo.
Cuando Fraga se reconcilia con Arias Navarro y le nombra embajador en Londres, actúa ya como dirigente de los reformistas del régimen. A la embajada española de Londres acuden a menudo Darío Valcárcel y otros miembros de la nueva editorial, PRISA, que se forma para decidir los últimos detalles del periódico. Incluso la decisión de cambiar de director a Carlos Mendo por el entonces subdirector de Informaciones, Juan Luis Cebrián, se toma en una reunión en la embajada española en Londres un mes antes de la muerte de Franco.
En julio de 1976 el Grupo de prensa 16 comenzó su campaña de intoxicación en estrecha colaboración con los servicios de inteligencia militar y el gobierno de Suárez. El régimen no utilizó a la vieja prensa del Movimiento fascista (Arriba, Pueblo) sino a los nuevos medios de comunicación, los que mantenían un cierto prestigio progresista. En aquellos días la revista Cambio 16, hoy desaparecida, tenía una tirada de medio millón de ejemplares semanales.
Al crearse Diario 16 en setiembre de 1976, se suma a la campaña de intoxicación de la revista, en la que intervinieron Alejandro Muñoz Alonso y Ricardo Utrilla, entre otros. Muñoz Alonso fue uno de los hombres de confianza del Ministro del Movimiento José Solís; sería luego senador por el PP y portavoz de la comisión de asuntos militares. Juan Tomás de Salas reclutó también a una serie de plumíferos arribistas, como José Oneto, Miguel Ángel Aguilar, Velasco, Roldán, etc., que estaban dispuestos a todo con tal de trepar.
La información militar era una de las especialidades del grupo mediático, en el que insertaban reportajes sobre temas sólo al alcance de los servicios secretos. La información llegaba directamente del Alto Estado Mayor del Ejército, que es el organismo que controla todas las demás secciones policiales de información y represión política. Uno de los redactores, Miguel Ángel Aguilar, pasó de Diario 16 a El País y estaba reputado como uno de los que mejor conocían los complicados entresijos militares españoles, dado que su familia es de procedencia militar.
La otra especialidad era la contrainsurgencia, la guerra sicológica contra la guerrilla.
Nada más estallar las bombas el 18 de julio de 1976, la policía ya manifestó que aquello olía a OMLE, lo que se vio confirmado posteriormente con las 30 detenciones de diversos militantes del PCE(r) que se produjeron por aquellas fechas. Pero Cambio 16 no podía conformarse con ello y, a partir de entonces, de forma sistemática, comenzó a sembrar sospechas en los editoriales de todos y cada uno de los números siguientes de la revista. Estos editoriales transmiten la sensación de pánico que invadió a la oligarquía por las acciones de los GRAPO. El 2 de agosto afirmaban que el gobierno y la policía tienen delante a un peligrosísimo enemigo. A la semana siguiente, proseguían: Si no se desmantela pronto [a los GRAPO] el futuro que nos espera es estremecedor; en este mismo número, añadían que los explosivos colocados constituían una de las cadenas de actos terroristas más perfectamente preparadas desde que el terrorismo apareció en el país en la década de los sesenta. A la semana siguiente, informaban: A muy altos niveles del gobierno y de las fuerzas armadas existe grave inquietud sobre los masivos atentados de las últimas semanas y una firme decisión de llegar hasta el final y de desmantelar de una vez por todas a este inquietante ejército de las sombras.
Pero fue sobre todo a partir del editorial del número 246 de 23 de agosto cuando empezaron con la cantinela de la intervención de ciertos servicios secretos descontrolados de algún país, que no citaba, aunque la afirmación la ponían en boca de altos miembros de la administración. Comenzaban entonces las reuniones de los plumíferos con el gobierno y la inteligencia militar para desatar el bulo. Las dos campañas de explosivos en julio forzaron una reunión de la Junta de Defensa Nacional presidida por el rey a primeros de agosto en la que, después de analizar la difícil situación en la que los GRAPO habían colocado al recién estrenado gobierno de Suárez, se aprobó la campaña de intoxicación. La cosa estaba difícil: no podían decir que la CIA estaba detrás de los GRAPO porque ellos eran la CIA; tampoco podían hablar de la KGB porque sería reconocer que los GRAPO eran de izquierdas, y eso es lo que querían evitar. Todavía no estaba muy perfilada la cosa.
La revista rebuscó por todas partes para dar algo de verosimilitud a sus tesis, y no encontró nada, salvo unas declaraciones demagógicas de Romero Marín, miembro de la dirección revisionista, no confirmadas ni ratificadas por nadie. Lo que sí comienza a aparecer son afirmaciones llamando a la persecución implacable y acusando a la policía de ineficacia.
Otro ejemplo fue la noticia publicada por Diario 16 el 23 de junio de 1977 diciendo que los fascistas del Movimiento habían dejado abiertas las puertas de sus arsenales a los GRAPO.
Dos dias después los GRAPO volaron las instalaciones de Rotopress, la empresa editora de Cambio l6 y Diario l6, propiedad del Opus Dei, en la que tiraban sus inmundos papeles, en la misma caverna donde se fabricaban las mentiras y se fraguaban las provocaciones.
La reacción inmediata del Grupo 16 fue poner en duda la paternidad de la acción, aún a pesar de la claridad de la nota que los GRAPO pasaron al diario Informaciones, que no fue publicada íntegramente. A continuación aparecía en Diario l6 un editorial muy cómico en el que sus autores no podían disimular la rabia que les producía el que la policía no hubiera destruido a los GRAPO y el sabor amargo del fracaso de toda su campaña.
Así que se inventan otra de sus noticia: el día 29 de junio una supuesta llamada telefónica les mueve a informar de que las bombas a las instalaciones de su periódico no habían sido obra de los GRAPO, sino de la ultraderecha. Esto era una contradicción con lo que habían estado manifestando hasta entonces de que los GRAPO eran la ultraderecha. Pero para que no hubiera ninguna duda, los GRAPO enviaban otro comunicado con una de las cartas escritas por Oriol durante su secuestro, poniendo al descubierto sus embustes. Esta vez, callados como ratas, no pudieron ni rechistar. Aquel comunicado calificaba al Grupo 16 como BPS 16 en honor a la Brigada Político-Social, la policía fascista, y exponía lo siguiente:
Es totalmente falso que nuestra Organización haya desmentido la autoría de los bombazos de la madrugada del día 26 contra la cueva de policías de los BPS 16, como publicó Diario 16 del 29 de Junio.La preparación de la campaña de guerra psicológica fue reconocida bastantes años después por Juan Tomás de Salas, uno de los jefes de Diario 16 y consistió en propagar falsos infundios acerca de que los GRAPO eran una organización fantasmal creada por los servicios secretos militares e integrada por ultraderechistas. En 1980 presentó una ponencia en la Conferencia Europea sobre Terrorismo de Estrasburgo, en la que se podía leer: El papel de la prensa en una sociedad libre nos había hecho creer con ingenuidad flagrante, que al informar de lo que ocurre de todo lo que ocurre, sin manipular en más o menos la importancia de las noticias, ayudábamos al fortalecimiento de la libertad. Pronto cayeron en la cuenta de su error, se desembarazaron de su absurda neutralidad y comenzaron a manipular las noticias de forma beligerante: nace el periodismo agresivo y de choque, como lo llama Tomás de Salas, donde, por un lado, se silencian las torturas y atropellos del régimen y, por el otro, se manipulan los acontecimientos, alterando la imagen del combatiente antifascista, disminuyendo la intensidad del mensaje y vaciando su contenido político e ideológico. El objetivo es sembrar la duda y provocar un rechazo irreflexivo entre las masas: En el caso del GRAPO en España -decía Tomás de Salas- sospechar que actuaba utilizado por la extrema derecha [...] hablar del 'extraño GRAPO', confundir las siglas en sustantivo casi insultante -'los grapo'- analizar sus textos y descubrir en ellos incoherencias, barbarismos, coincidencia de sus intereses con la KGB, con la CIA o con quien sea, pueden ser un mecanismo útil para destrozar la imagen de la organización terrorista y con ello hacer muy difícil su implantación.La llamada telefónica en que basaban la noticia fue un montaje hecho por la propia dirección del grupo 'BPS 16' en un desesperado y a la vez inútil intento de salvar la cara, ya que a estos señores no les interesa presentar a un periódico de 'izquierdas', como supuestamente es el suyo, atacado de esa manera por una organización revolucionaria, como sin duda son los GRAPO. Así que han intentado convencer a la opinión pública de que no han sido los GRAPO quienes les han dinamitado su fábrica de mentiras y calumnias, sino la 'extrema derecha', esa misma derecha que los financia y para los que trabajan los '16' con tanto esmero como servilismo.
Que el grupo 'BPS 16' se vea de esta manera forzado a desvincular a nuestra Organización de la extrema derecha, cuando han sido ellos los abanderados de la campaña destinada a convencer a la opinión pública que nuestra Organización y la extrema derecha eran una misma cosa, revela que esa campaña demagógica y policiaca contra nuestra Organización se les ha caído encima. Tal ha sido el resultado de nuestra operación, justamente lo que buscábamos con ella.
La prensa no hacía más que seguir al dictado el manual de guerra sicológica del Estado Mayor del Ejército, conocido por la clave secreta 0025 y titulado Orientaciones: subversión y contrasubversión, que se publicaría pocos meses después, en febrero de 1977. En este manual se ofrecen indicaciones precisas sobre la utilización de los medios de comunicación en la lucha contra las organizaciones revolucionarias. El momento era el más oportuno porque, como reconocía el manual, cuando un movimiento revolucionario está en su fase inicial, la represión debe ser selectiva y no se puede dejar en manos de los militares. En esta fase la tarea es obstaculizar la propagación y difusión del movimiento, por lo que se deben emplear medios políticos, policiales y sicológicos, para demostrar por medio de acciones sicológicas de todo orden que la ideología subversiva no tiene fundamento ni razón de ser. Esta intervención inicial sobre la conciencia de la población adquiere en el manual militar una enorme trascendencia: Actuar sicológicamente para desacreditar a la organización subversiva y sus objetivos, y fraccionar y captar a sus elementos. Los medios de comunicación se convierten así en meros altavoces de las directrices militares.
La transición no se puede entender sin toda esta intoxicación periodística, que no tenía nada de espontánea sio que estaba bien planificada. El Estado fascista fue creando toda una red de colaboradores e informadores a sueldo infiltrados en todas las redacciones, utilizando para ello una parte de los fondos reservados: el denominado fondo de reptiles, con el que sufragan a los periodistas venales que se prestan a difundir las calumnias inventadas por los expertos en guerra psicológica. Además, el gobierno fue rodeando todos sus ministerio de gabinetes de imagen en los que se integraron buena parte de esos periodistas venales, con la tarea expresa de engañar, manipular y tergiversar.
Cuando la revista Cambio 16 estaba en su apogeo, Juan Tomás de Salas intentó crear un emporio medático: además de crear un diario, trató de enlazar con las grandes agencias de noticias mundiales. En principio eligió la Associated Press, verdadera cueva de agentes de la CIA, y France Press, aunque sus proyectos fracasaron. Pero consiguió firmar con estas dos agencias mundiales un acuerdo de utilización de corresponsales e instalaciones. Así el corresponsal en Estados Unidos, Alberto Valverde, que trabajaba en la Associated Press, montó una operación de desprestigio de la guerrilla, anunciando a toda plana: Según una agencia americana, los GRAPO son la extrema derecha.
Cuando comenzaron la campaña de intoxicación, Utrilla y Juan Tomás de Salas dormían en los locales del periódico por miedo a algún atentado. No salían del edificio, siempre custodiado por la policía. Viajaban acompañados de guardaespaldas con un rifle de cazar elefantes.
Por muchas inyecciones económicas que recibieron del Banco Atlántico, entonces también en manos del Opus Dei, el desprestigio de las publicaciones del Grupo 16 llegó a tal extremo que sus deudas aumentaron espectacularmente. La idea del emporio de prensa a la americana que pretendía Juan Tomás de Salas era ya imposible. El hundimiento de Cambio 16 coincidió con su campaña de intoxicación y la revista vio caer su tirada hasta los 165.000 ejemplares en 1977, de las cuales es posible que no vendiera ni las tres cuartas partes. La agonía del grupo se alargó gracias a que el Estado pagó a precio de oro, anuncios de empresas del INI en la edición extranjera e hispanoamericana de Cambio 16. Las pérdidas de Diario 16 en su primer año de existencia, 1977, fueron cercanas a los setenta millones de pesetas de la época.
Se dedicaron a traficar con las noticias a cambio de dinero, aunque desde los primeros tiempos de la nueva revista, Juan Tomás de Salas ya dio muestras de que era un chantajista y mercenario de la pluma. Cuando la revista iba a publicar una información sobre El Corte Inglés, Juan Tomás de Salas fue a entrevistarse con el presidente de los grandes almacenes y le pidió un millón de pesetas por no sacarla. Hecho el trato, mandó que se quitara la información.
En el verano de 1978 Diario 16 estaba en quiebra y cuatro dirigentes de UCD avalaron personalmente ante los bancos una nueva línea millonaria de crédito, entraron en el Consejo de Administración de la sociedad editora. Suárez ya tenía su propio periódico, que mostraba su peor rostro convirtiéndose abiertamente en una prensa partidista.
Así operan normalmente los periodistas demócratas. De la misma manera, con ocasión de los secuestros de Oriol y Villaescusa por los GRAPO se ofreció a hacer la campaña de prensa contra estos grupos revolucionarios a cambio de una subvención estatal para salir de la crisis motivada por las bajas ventas de la revista y el periódico.
Un último ejemplo de su manera de informar es el editorial de Diario 16 de 23 de marzo de 1981 que, aludiendo a la lucha armada, decía: No hay derechos humanos en juego a la hora de cazar al tigre. Al tigre se le busca, se le acosa, se coge, y si hace falta, se le mata. La frase es tanto más significativa, si tenemos en cuenta que acababa se intentarse un golpe de Estado y que se iniciaba la primera huelga de hambre, que conduciría a a muerte a Juan José Crespo Galende. Era una llamada directa al asesinato, al GAL, que no tardaría en aparecer, por más que luego los mismos plumíferos de Diario 16 (especialmente Pedro J. Ramírez, hoy director de El Mundo) se rasgaran las vestiduras y exigieran responsabilidades.
Esta campaña la continuaría luego el diario El País, y en ella participaron siempre el PCE y toda la nube de grupos seudoizquierdistas que aún pululaban por aquella época. Por ejemplo, Carrillo hablará siempre del extraño Grapo (3) y tras él irán todos los grupos oportunistas y reformistas de la época haciendo coro.
Lo de Cebrián al frente de El País también merece una breve explicación. El maestro de todos los periodistas fascistas a lo largo de décadas de engaños mentiras e intoxicación, había sido Emilio Romero, desde las páginas de Pueblo, el diario de los sindicatos verticales. Cebrián, primer director de El País es hijo de Vicente Cebrián, dirigente de aquel sindicato único del régimen y también periodista en la cadena de prensa del Movimiento fascista. Enchufado por su padre y a la sombra de Emilio Romero, Cebrián fue nombrado redactor jefe de Pueblo, para pasar más tarde a dirigir el periódico Informaciones como redactor jefe y luego como subdirector.
Siendo ya ministro de Gobernación, en enero de 1976, Fraga promocionó la salida de El País, que comienza sus trabajos en el mes de febrero de 1976, apareciendo definitivamente el 5 de mayo del mismo año. Sus accionistas eran un ejemplo del gobierno de coalición que proponía Carrillo, típico de los tinglados de la época de la transición, un refrito de las distintas camarillas oligárquicas. Había miembros de la ultraderecha, la derecha y la oposición domesticada. Entre ellos Tamames, en la época uno de los miembros más conocidos del Comité Central del Partido carrillista y muy vinculado a los monopolios. La sección editorial la dirigió desde el primer día Javier Pradera, íntimo amigo de Fernando Claudín, ambos expulsados del partido carrillista en 1964, acusados de agentes de Fraga. Pradera proviene de una rancia familia carlista ultrarreaccionaria. Al frente de la asesoría jurídica pusieron a un juez del TOP, el tribunal fascista especializado en la represión política. Y a cargo de la sección de economía a quien luego sería director del periódico, Joaquín Estefanía, un dirigente del PCE(i)-PTE. Así la ultraderecha se compensaba con la ultraizquierda. Una perfecta conjunción de intereses entre la oligarquía y la oposición domesticada que demostraba el carácter centrista y pluralista del que alardea el periódico.
En un artículo, Cebríán cuenta la siguiente historia: en 1978, al ministro Pío Cabanillas, un delfín de Fraga, los periodistas le preguntan que cuándo iba a derogar la Ley de Prensa que Fraga había promulgado siendo ministro. Pío Cabanillas les contesta que eso se da por supuesto porque es una Ley que no existe. Y Cebrián apostilla, generalizando: Esta no aplicación de la ley vigente es uno de los fenómenos más notables de la España de la transición, no sólo en el terreno de la prensa sino en muchos otros. Efectivamente, así fue la transición: el Estado fascista estaba tan acorralado que no era capaz de aplicar sus propias leyes, salvo si no era para reprimir a las masas y sus organizaciones revolucionarias.
Pero el artículo de Cebrián prosigue narrando cómo tras las acciones de los GRAPO de enero de 1977 se produjo un fenómeno absolutamente inusual en una prensa pluralista: los directores de todos losperiódicos se reunieron para publicar un editorial conjunto condenando la violencia. Más adelante relata cómo por aquellas mismas fechas se promulgó la ley antilibelo para perseguir a los periodistas que criticaban al reyezuelo o a los militares. Un poco más adelante añade: La credibilidad de los periódicos ha bajado así enormemente en los últimos meses, y ésta es sin dida también una de las numerosas causas confluyentes que originan las crisis de ventas [...] Numerosos semanarios políticos y de opinión se han visto obligados al cierre, incapaces de mantener las fuertes pérdidas económicas que soportan, y por eso acaba reclamando subvenciones del Estado para poder seguir manteniendo la campaña de intoxicación y embustes por más tiempo (4)
Durante los primeros ocho meses de su lanzamiento, El País perdió cien millones de pesetas de la época, tuvo un crédito de 29 millones para comprar maquinaria y consiguió grandes rebajas aduaneras en la importación de papel. A pesar de estas pérdidas, la oligarquía consideró muy positiva la primera etapa de El País cuyo grado de credibilidad alcanzó las cotas más altas. Se decidió proseguir en la tarea, aunque el segundo año hubo unas pérdidas parecidas o mayores que el primer año.
Algo falló también el segundo año. El grado de credibilidad bajó y no compensó los gastos monstruosos que tenía. Su ascenso sufrió un parón tras el referéndum, coincidiendo con las primeras acciones de los GRAPO para liberar a los presos políticos. Durante unos días, coincidiendo con la publicación de noticias referentes a las acciones de los GRAPO, llegó a vender 200.000 ejemplares y más. Pero tras él fracaso del Grupo 16 en su campaña de intoxicación, El País tuvo que ser utilizado por la oligarquía para atacar a las organizaciones armadas antifascistas y, desde entonces, su tirada no sobrepasó de ninguna manera los 150.000 ejemplares, quedando la venta en el nivel de los 100.000 ejemplares. No logró sobrepasar a la de Ya, el periódico de la Iglesia, ni al ABC, el diario monárquico reaccionario. Esto provocó los primeros problemas serios, desatado una lucha interna entre ellos.
Recurrieron a una ampliación de capital a primeros de 1977 pero no fue cubierta y tuvo que intervenir directamente el Banco de Santander, dirigido por Botín (por cierto entonces en negocios con Pinochet), que compró las acciones sobrantes para sus amigos.
El proceso que siguió El País fue muy parecido al de la revista Cambio 16 cuando el mercenario Juan Tomás de Salas comenzó a vender sus páginas a los reformistas del régimen. Entonces tuvo unos meses de cierto auge, en los que llegó a los 300.000 ejemplares de venta, pero los lectores dejaron de comprar decepcionados por el cambio de chaqueta. El País tendría que aprender mucho, ir más despacio que el Grupo 16 y difuminar mejor su mensaje, abandonando la campaña de guerra sicológica. Su etapa de gloria no llegaría hasta después de 1982 con el PSOE en el gobierno, que inyectaría a PRISA hasta un billón de pesetas. A partir de entonces, con este respaldo financiero, fue El País quien continuó la guerra sicológica.
En la historia periodística española no se conocía una campaña ideológica como la lanzada por el Grupo 16, El País y otros como el Diario de Barcelona, contra nuestro Partido a raíz de las bombas de julio de 1976. Sin embargo, los responsables máximos de la misma no estaban en las redacciones sino en el Alto Estado Mayor del Ejército del que es colaborador directo Miguel Ángel Aguilar, que trabajó primero en Diario 16 como director, de donde le echaron los propios militares, para acabar luego en El País.
El régimen no se podía explicar que las masas se alzaran resueltamente y les pusieran contra las cuedas, así que debían acharcarlo a manejos externos. Un periodista que trabajó como fontanero de Suárez, Federico Ysart escribe sobre los secuestros de Oriol y Villaescusa: Sus instigadores aún constituyen un enigma cuya solución podría ser más fácil contando con la asistencia del KGB que dirigía entonces J.Andropov (5).
Pero el KGB y los revisionistas de Andropov también participaban alborozados en este festín de confusión, y así una historiadora soviética escribió: El secuestro de Villaescusa, que se lo atribuyó la oscura (en opinión de la prensa española y extranjera) organización GRAPO, la cual se basaba en un particular izquierdismo de signo maoísta, se insertaba en el plan general de la conspiración de la ultraderecha (6). Ni el fascismo, ni los revisionistas, ni tampoco los seudoizquierdistas de la época que sostuvieron tales infundios dieron la más mínima prueba de sus tesis. Pero su furiosa campaña dejaba al desnudo el miedo y el temor a la lucha armada revolucionaria de los GRAPO.
Como decía Mao Zedong, cuando el enemigo te ataca es porque has deslindado claramente los campos, has abierto la fosa en la que tratas de enterrarle, y eso le causa al régimen verdadero pánico en una situación de auge del movimiento de masas.
Pero la guerra sicológica, la intoxicación mediática era sólo una parte de la política del fascismo; la otra es el terror, verdadera cara oculta de la transición. Una de las ideas que con más ahínco ha tratado de difundir el régimen ha sido la de una transición pacífica, ausente de conflictos y de sangre. Pero sería imposible entender la transición sin tener en cuenta la brutal represión desatada desde el gobierno para contener las luchas de masas, las miles de detenciones, torturas, procesos, encarcelamientos y, finalmente asesinatos.
Podemos empezar hablando de la inexistencia de libertad de expresión que, dada la amplitud de datos, nos limitamos a enumerar brevemente en el plazo central de los diez años de transición democrática:
Se trata sólo de una enumeración parcial e improvisada. A mediados de 1980, ya con la Constitución aprobada, eran más de 400 las causas judiciales incoadas contra 60 periodistas (7). Además, la represión abarcaba numerosas facetas sociales. Por ejemplo, pintadas, mítines, carteles... Por ejemplo, en marzo de 1982, la fiscalía de Pontevedra pedía nueve años de cárcel a tres militantes de nuestro Partido por realizar una pintada. A raíz de una octavilla denunciando el primer aniversario de la muerte por torturas del militante de nuestro Partido José España Vivas, fueron procesados los miembros de la Asociación de Vecinos Barrio Venecia de Alcalá de Henares.
La represión, además, tenía un carácter extraordinariamente masivo y extendido. Por ejemplo, en Madrid, en mayo de 1982 fueron detenidas 500 personas en una redada en el Rastro y otras 246 en noviembre. Ese mismo año, como consecuencia de la visita del Papa, fueron detenidos 18 en el mes de octubre y otros 90 al mes siguiente militantes del MC por pegar carteles alusivos al hecho.
Las cifras oficiales de la policía ofrecen los siguientes datos anuales de detenciones:
| 1973 | 57.306 | |||||||
| 1982 | 129.598 | |||||||
El incremento es, pues, del orden del 226 por cien en nueve años. Una progresión de esa naturaleza sólo es explicable por una verdadera ofensiva represiva. En el Pleno del Congreso de 8 de noviembre de 1978 decía el ministro del Interior, Martín Villa, que al gobierno le preocupaban mucho más los posibles pecados de omisión que los pecados de comisión, aspecto contundentemente secundado por el demócrata Jordi Pujol (Diario de Sesiones del Congreso, 8 de noviembre de 1978, pgs.5286 y 5303).
Los datos concuerdan con el fuerte incremento de la población penitenciaria, que comienza a alcanzar cifras que sólo se conocían en la posguerra:
| 1975 | 8.840 |
| 1982 | 21.942 |
Porcentualmente el aumento es del 260 por ciento, que concuerda con el incremento de personas ingresadas en prisión, que crece un 169 por ciento en sólo siete años:
| 1974 | 37.738 |
| 1976 | 35.478 |
| 1981 | 59.817 |
Pero son las matanzas las que caracterizarán más señaladamente la transición, matanzas a la que irá indisolublemente ligada su correspondiente campaña de intoxicación para eludir la responsabilidad de los gobierno y sus aparatos en los hechos. Según datos del Comité Antirrepresivo de Madrid (Amnistía, nº 3, febrero-marzo de 1982), el número de muertes en los años de la transición fue el siguiente:
| año | 1975 | 1976 | 1977 | 1978 | 1979 | 1980 | 1981 | Total |
| asesinados | 41 | 34 | 48 | 36 | 66 | 69 | 47 | 341 |
A la cifra habría que sumar los muertos, en las prisiones, que ascienden a una cantidad no despreciable: sólo en 1977 estallaron 50 motines en las cárceles.
La comparación con la época de Franco, por otra parte, deja constancia de que las cifras de muertes son mucho más numerosas en la nueva etapa democrática que se inauguraba: Paradójicamente -afirma John Sullivan- la violencia policial se tenía por más peligrosa ahora de lo que había sido bajo Franco, pues entonces, como generalmente las manifestaciones estaban prohibidas, eran menores las probabilidades de que se produjeran choques como los que fueron habituales en 1977 y 1978 (8).
Entre las más características matanzas hay que contar las de Atocha y Almería. Otro de los episodios más significativos fue el incendio el 15 de enero de 1978 de la sala de fiestas Scala en Barcelona. El incendio fue provocado por Joaquín Gambín Hernández, un confidente de la policía que trabajaba como infiltrado en medios libertarios a las órdenes del comisario Francisco Álvarez, que luego sería famoso por sus crímenes con los GAL. La policía ordenó a Gambín que quemara el Scala justo después de terminar una manifestación multitudinaria de la CNT contra los pactos de la Moncloa. El objetivo era culpar del incendio a la CNT y organizar una gigantesca campaña de intoxicación para desmantelar un sindicato opuesto a los pactos de la Moncloa y que entonces tenía 300.000 obreros organizados. En el incendio murieron cuatro trabajadores, dos de los cuales estaban afiliados precisamente a CNT, y la policía detuvo a 150 militantes libertarios, acusándoles falsamente del incendio. Francisco Álvarez, junto con Escudero Tejada y Gómez Sandoval, eran entonces los policías encargados de la persecución del movimiento libertario: ponían al lobo a cuidar de las gallinas. La sala de fiestas era propiedad de los hermanos Rivas, que cobraron una fuerte indemnización y se fueron de Barcelona, pagaron una parte a los policías encargados del caso y al gobernador civil Jose María Belloch, padre del luego ministro con el PSOE, organizando otro tinglado igual en Madrid, el Scala-Meliá Castilla.
Todo esto pone al descubierto la falacia de una transición pacífica que tuvo tal coste sangriento. Los jerifaltes del ejército y de la policía aplaudieron abiertamente el empleo sistemático del terror, dentro o fuera de la ley.
En abril de 1975, el ministro de la Gobernación, García Hernández, proponía abiertamente combatir la guerrilla con todos los procedimientos a nuestro alcance [...] Al terrorismo hay que combatirlo con sus propias armas (Triunfo, núm. 656, 26 de abril de 1975, pg.97). Luego este tipo de afirmaciones, se generalizaron. En octubre de 1983 la prensa se hacía eco de que en medios militares se apoyaba cualquier método de acción policial frente a la resistencia popular (El Pais, 21 de octubre de 1983). Un mes más tarde el director general de la Guardia Civil, Sáenz de Santa María manifestaba a la prensa que a los terroristas hay que detenerlos o eliminarlos (El País, 17 de noviembre de 1983). En agosto este mismo militar defendía el empleo de todas las medidas que estén al alcance de la policía, y algunas que incluso no lo estén, con tal de lograr aplastar a las organizaciones armadas revolucionarias, añadiendo que existen medidas que no se pueden decir, yu que, caso de que trascendieran públicamente, habría que negarlas (El País, 25 de agosto de 1984).
Los crímenes del gobierno, por supuesto, no perseguían más que amedrentar a las masas y aterrorizar a la case obrera. Para ello no solamente utilizaban a agentes del gobierno que presentaban como utraderechistas sino también al propio Ejército, aireando públicamente a través de los medios de comunicación, de forma cotidiana y sistemática el famoso ruido de sables, la amenaza permanente del golpe de Estado si las masas no se plegaban dócilmente a los planes reformistas. Si los obreros no querían reforma, tendrían contrarreforma, volvería el fascismo puro y duro, los batallones disciplinarios de la posguerra.
El gobierno utilizó a sus múltiples agentes encubiertos. España se había convertido en el santuario de toda suerte de matones, mafiosos y pistoleros que habían recalado aquí huyendo de varios países europeos. Desde los años sesenta España era la plataforma de actuación de la OAS que operaba en Francia y todos los criminales que se opusieron a la descolonización de Argelia se instalaron en España bajo la protección de los servicios secretos militares. Lo mismo ocurrió con los fascistas italianos, involucrados en toda suerte de masacres, que también encontraron aquí un refugio seguro, así como los portugueses después del 14 de abril. El responsable del asesinato de los dirigentes de nuestro Partido Martín Eizaguirre y Fernández Cario, resultó ser Jean Pierre Cherid, agente del servicios secreto militar, que reivindicó en nombre del BVE y luego formó parte del GAL. El saldo mortal de las acciones encubiertas cometidas por la propia policía actuando en funciones de guerra sucia, es el siguiente:
| años | asesinados |
| 1976 - 1980 | 58 |
| 1981 - 1985 | 37 |
| Total | 95 |
Todos esos crímenes quedaron impunes. Los asesinos en nombre el gobierno tenían patente de corso, y cuando en algún caso los jueces llegaron a investigar los hechos, los responsables fueron puestos en libertad de forma vergonzante. Así sucedió con los asesinos de Yolanda González.
Las torturas a los numerosos detenidos alcanzaron cotas inimaginables. Fueron varios los asesinados a golpes, entre ellos nuestro camarada José España Vivas, y otros, como José Arregui Izaguirre. No ha habido ni un sólo año en que España no haya aparecido en la nómina de países donde la práctica de las brutales palizas es una constante en comisarías de policía y cuarteles de la guardia civil. Las fuerzas represivas saben que tienen carta blanca para hacer lo que les de la gana con los detenidos, y no vamos a repetir los espeluznantes relatos que los mismos detenidos han proferido en sus denuncias. Nos basta adjuntar la foto anexa y remitirnos a otro apartado en el que referimos casos graves de torturas más recientes para quien esté interesado pulsando en este enlace. Esas brutales torturas no hubieran podido producirse si los policías no tuvieran la absoluta confianza de su impunidad. Cuando algún juez ha osado procesar a algún funcionario por torturas, el gobierno no se ha limitado a indultar luego el castigo, sino que ha ascendido y condecorado a los torturadores, demostrando así que la lacra de la tortura no es responsabilidad sólo de la policía, sino del mismo Estado que la fomenta.
Notas:
(1) Joan Trullen i Thomas: Fundamentos económicos de la transición política española. La política económica de los acuerdos de la Moncloa, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1993, pg.279.
(2) Carlos Huneeus: La Unión de Centro Democrático y la transición a la democracia en España, Siglo XXI, Madrid, 1985, pg.125.
(3) Memoria de la transición, Grijalbo, Barcelona, 1983, pg.51.
(4) «La prensa en crisis», en Balance de 5 años. El postfranquismo, Tiempo de Historia, núm. 72, noviembre de 1980, pgs.172 a 179.
(5) Quién hizo el cambio, Argos Vergara, Barcelona, 1984, pgs.113 y 114.
(6) Svetlana Pozharskaia: Breve historia del franquismo, L'Eina, Barcelona, 1987, pg.160.
(7) J.L.Morales y J.Celada: La alternativa militar. El golpismo después de Franco, Revolución, Madrid, 1981, pg.19.
(8) El nacionalismo vasco radical (1959-1986), Alianza Editorial, Madrid, 1988, pg.251.