El mismo día de su brutal asesinato, el miércoles 6 de setiembre de 1980, ABC publicaba un editorial con el título Penas adecuadas al terrorismo donde proponía la implantación de la pena de muerte para acabar con la peste terrorista.
Dicho y hecho. Unas pocas horas después de este llamamiento a la guerra sucia, nuestro camarada era reventado a golpes.
Tenía 25 años y era presidente de la Asociación de Vecinos de Alcalá de Henares. Su cuerpo fue entregado en un ataúd sellado, para que no se conocieran las brutales torturas. Nadie fue juzgado.
En los días posteriores al asesinato de José España, la policía había torturado de tal manera a Isabel Llaquet, dirigente de nuestro Partido, que tuvieron que parar pues casi se les va de las manos. Mientras estaba casi insconciente de los golpes, un miembro de la Brigada de Información le dijo: Cuando un burro mea, a otro le da ganas, refiriéndose a la muerte de José España.
En 1981, en el aniversario de su asesinato, la Asociación de Vecinos de Alcalá de Henares editó una octavilla en su recuerdo. Varios miembros de dicha agrupación vecinal fueron procesados por dicho homenaje.
Desde la prisión de Herrera de la Mancha al pensar en el cuerpo mutilado de José España Vivas, un camarada recordó lo siguiente:
José, madrileño, militante del PCE(r), detenido por difundir las ideas del socialismo, por organizar a los oprimidos, por ir a las fábricas a repartir octavillas que propagaban: Aquí o nos salvamos todos luchando codo con codo o no se salva ni dios, que de uno en uno podemos arder como fugaces brasas que enseguida se apagan y nada alcanzan, pero todos juntos, unidos, como puño monolítico dirigido por el Partido Comunista, seremos el definitivo fuego proletario al que ninguna bayoneta podrá cortarle el paso.Sepultado fue José en los lúgubres calabozos de la DGS de Madrid. Lo golpearon con tan fiera saña que los torturadores locos se volvieron de impotencia y rabia cuando nada pudieron para arrasar de su mirada la alta torre de la Dignidad humana.
José, sentía en todo su cuerpo las fieras arremetidas de un loco enjambre de avispas. Sobre el ruido sordo de los golpes, había un comunista que sellaba sus labios con la lealtad a su clase y a sus hermanos. Suspendido sobre el eléctrico escalofrío de la picana, su grito rasgaba la apacible complicidad de los neutrales. En su voz había un grito desgarrado que interrogaba: ¿Qué hicieron los izquierdistas de salón y los intelectuales varados en el teatro de las vanidades y los pacifistas de venda y parche y los sindicalistas a la diestra del patrón que administran las treinta monedas de la traición, dónde su voz, su grito, dónde para denunciar los crímenes de Estado, la tortura y el terror con que quisieran extirpar el cáncer de la Revolución.
José, libró su más terrorífica y definitiva batalla contra unos torturadores que descienden por vía directa de la milenaria España de la cruz y de la espada, de esa negra España que a golpe de Inquisición siempre ha querido abortar el nacimiento de la nueva madrugada. Contra esa España, contra sus ciegos golpes, contra su tortura y su dolor, José y su grito, José y su fe ciega en los pueblos y en los hombres, José venciendo a la muerte y ardiendo y quemándose en las esencias de su clase donde su martirio se vuelve polvo enamorado que organiza la sonrisa y la esperanza.