El trabajo femenino es hoy un factor importante en la economía y la mayor parte de las mujeres en edad de trabajar realizan una tarea útil socialmente. A pesar de ello hasta ahora era imposible dentro del sistema capitalista burgués llevar a efecto la liberación de la mujer.
Por eso abandonamos ahora el mundo del capitalismo con sus problemas sociales complicados y examinaremos una forma de Estado que la humanidad no ha conocido hasta ahora: la dictadura del proletariado. En nuestro país se sublevó la clase trabajadora y tomó el poder en sus propias manos. Por lo tanto nos ocuparemos ahora de la primera república de trabajadores. En la Rusia revolucionaria el mando se halla en manos de la gente activa. Por primera vez, la clase obrera y campesina ha logrado vencer a la burguesía, aniquilándola, y ésta ha perdido el poder y la autoridad. En los soviets (consejos) la burguesía no tiene derecho a voto porque ya no hay sitio en nuestra república de trabajadores para vagos y ladrones. Se ha abolido la propiedad privada de los medios de producción y ya no existen entre nosotros el comercio privado y la acumulación de capital en manos privadas. Hemos vencido a la explotación del hombre por el hombre.
El partido comunista de Rusia (K.P.R.), como vanguardia de la clase trabajadora, ha proclamado la república de los soviets. La vida ha cambiado radicalmente, el fundamento de la clase burguesa se ha estremecido y en su lugar construimos algo totalmente nuevo.
En los tres primeros años de nuestra revolución hemos creado las premisas para una nueva forma de producción. En lugar del capitalismo, la propiedad privada y la explotación del trabajo asalariado entra en escena el sistema socialista de economía. La gran industria, las minas, los transportes, todo en absoluto es ahora propiedad del pueblo y es administrado por el aparato estatal central. Ciertamente todavía existe el trabajo asalariado, pero la plusvalía creada por los trabajadores ya no va a parar a los bolsillos de cualquier empresario privado, sino que se emplea en satisfacer las necesidades sociales: para el desarrollo de la producción, para la creación de una nueva conciencia social y para la asistencia al ejército rojo que es absolutamente necesario durante el período de la dictadura revolucionaria del proletariado.
En sus propios organismos de administración el mismo proletariado elabora las líneas directrices para la economía, planifica la producción y el comercio y organiza el reparto de los bienes de consumo para satisfacer las necesidades del proletariado. Sin embargo todas esas iniciativas grandiosas se encuentran todavía en la fase de su iniciación; nada ha recibido todavía su forma definitiva. En todos los terrenos vivimos en un rápido desarrollo. En la práctica revolucionaria se recogen en todos los lados nuevas experiencias y surgen vertiginosamente nuevas ideas. La clase trabajadora pone el fundamento básico para una nueva forma de producción y vence y destruye todos los impedimentos y reliquias de la era de la sociedad burguesa que perjudicaba el desenvolvimiento de las fuerzas productivas. La principal tarea de esta nueva sociedad es abrir el camino para esa nueva forma de producción.
Naturalmente es un trabajo difícil y lleno de responsabilidad. Ante los ojos de toda la humanidad una colectividad gigantesca emprende un esfuerzo, hasta ahora único en su género, de fuerza y voluntad comunes. Tiemblan los cimientos del capitalismo que se encuentra próximo a su destrucción. El principio sagrado de la propiedad privada ha quedado reducido a polvo. La burguesía pierde la cabeza y huye precipitadamente al extranjero para organizar desde allí el ataque armado contra los esclavos desobedientes y rebeldes. La atmósfera está cargada de belicosidad. Todos los días se producen choques en los frentes. Oímos el grito amargo de los que antes detentaban el poder y el canto valiente de lucha de nuestra joven generación que defiende su futuro.
El mundo está inquieto. El espectro rojo anda por ahí y el futuro aparece con luz roja: para unos, como amenaza; para otros, como amanecer largamente esperado.
Es característico del nuevo sistema de producción en Rusia la planificación estatal central de la producción y del consumo. Todas las riquezas de la nación se abarcan estadísticamente y, al mismo tiempo, se inscribe a todo ciudadano ruso en su función como productor y consumidor. Nuestra forma de producción no admite la anarquía económica, no conoce ninguna forma de competencia, ninguna crisis económica y ninguna falta de trabajo. Desaparece la anterior falta de trabajo y ya en el tercer año de la revolución no quedan fuerzas de trabajo libres y más bien podemos hablar de escasez de mano de obra.
Por medio de la abolición de la propiedad privada y de los medios de producción nos hemos liberado de aquella clase parasitaria que no prestaba ningún trabajo útil a la sociedad y únicamente consumía. Por eso actuamos en la república soviética conforme al pensamiento: el que no quiere trabajar, que no coma. Accionistas que perciben ingresos sin trabajar y desertores que abandonan su puesto laboral son perseguidos de acuerdo con las leyes de nuestra república por la checa (comisión extraordinaria para la lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución). El Estado soviético espera de todo el pueblo un esfuerzo extraordinario para poder satisfacer las necesidades actuales más importantes de nuestra sociedad. La industria, destrozada totalmente por la guerra y la mala organización zarista, tiene que volver a reponerse. Y además tenemos que apoyar al ejército rojo que defiende nuestra revolución.
Como es natural tampoco existe en nuestra nueva sociedad sitio para los parásitos femeninos -por ejemplo, para las queridas bien alimentadas que viven a cuenta de sus maridos o amantes o para las prostitutas profesionales-, pues entre nosotros campea el lema: la que no trabaja, que no coma. Por eso la distribución de los bienes de consumo está regulada estrictamente y en especial, como es lógico, en las ciudades. Sólo quien trabaja recibe una ración. Por medio de esa política económica (NEP o nueva economía política) cambia totalmente la relación entre los sexos. La mujer ya no seduce como antes a su esposo-sustentador ni tampoco se rinde ya a sus deseos. Se alza sobre sus propios pies, va al trabajo, tiene su propio carnet laboral y su propia cartilla de racionamiento (para los comestibles racionados y otros objetos de consumo). El hombre no puede jugar ya a amo de casa, a jefe de familia. Ya todo es distinto para él desde que cada mujer posee su propia cartilla de racionamiento, en la que también están incluidos sus hijos. Estos boletines de compra valen para todas las tiendas estatales y cooperativas. El Comisariado del Pueblo para la Alimentación estableció en noviembre de 1918 precios fijos para numerosos productos. A causa del lamentable estado de los medios de transporte -destrozos por motivo del avance de las tropas alemanas invasoras y de la guerra civil- y del caos que entonces reinaba en la agricultura, en especial en el terreno de abastecimientos de cereales, llegaban pocos comestibles a la ciudad. El mercado libre -mercado negro- preponderaba durante los años 1919 y 1920, y por medio del misma se cubrían los dos tercios de las necesidades de alimentos. Para los trabajadores en el campo la situación todavía era peor que para los de la ciudad [...] El 2 de agosto de 1921 dirigió Lenin un llamamiento al movimiento internacional de trabajadores, ya que entonces 40 millones de personas se hallaban en peligro de morir de hambre. Willi Munzenber -del partido comunista alemán- organizó la Ayuda Internacional de los Trabajadores -I.A.H.- y una colecta de solidaridad con la Unión Soviética.
La mujer ya no dependía de un empresario privado y de un esposo-sustentador. En la Rusia soviética no hay más que un jefe para todos los trabajadores y trabajadoras: la Unión Soviética. La participación de las mujeres en los trabajos de estructuración tiene para todo nuestro pueblo una significación tan importante que nunca sería posible en una sociedad burguesa. El sistema económico capitalista presupone precisamente la existencia de economías unifamiliares privadas fragmentarias y se basa entre otras cosas en la opresión y falta de derechos de la mujer.
El hecho más importante de la revolución es la implantación del trabajo general obligatorio para todos los adultos varones y mujeres [...] La Declaración del pueblo laborioso y explotado. El primer código del trabajo de la república rusa soviética federativa socialista -R.S.F.S.R.- determinaba el ámbito del trabajo obligatorio: estaban totalmente liberadas las personas de menos de dieciséis años y las mayores de cincuenta, así como los inválidos [...] Esta ley ha producido un cambio sin ejemplo hasta la fecha en la historia de la vida de la mujer. Ha transformado más fuertemente el papel de la mujer en la sociedad, en el Estado y en la familia que todos los demás decretos desde la revolución de octubre que habían proclamado la equiparación política y ciudadana de la mujer. Como, por ejemplo, el derecho de las mujeres a ser elegidas en los consejos de trabajadores y en las demás representaciones del pueblo o también el nuevo derecho matrimonial de 18 y 19 de diciembre de 1917, que establecía que el matrimonio es una sociedad entre individuas con los mismos derechos. Esta norma legal significa propiamente una igualdad formal ante la ley; sin embargo, en la realidad, la mujer seguía siendo discriminada y oprimida a causa de las tradiciones burguesas que aún subsistían. Nos referimos a formas de conciencia, tradiciones, costumbre y moral. Sólo por la ley del trabajo general obligatorio cambió el papel de la mujer en la economía del pueblo; y ahora se la acepta generalmente como una fuerza de trabajo que participa en el trabajo útil para la colectividad.
De esta evolución podemos deducir la conclusión definitiva de que la equiparación de la mujer en todos los demás terrenos será realidad con el tiempo, ya que sabemos muy bien que el papel de la mujer en la sociedad y la relación entre los sexos depende de su función en la producción. Por eso debemos explicar con toda claridad la importancia revolucionaria que tiene la implantación general del trabajo obligatorio para la liberación de la mujer.
La nueva forma de producción en Rusia supone tres premisas: 1 Un cálculo exacto y un empleo razonable de todas las fuerzas de trabajo disponibles, incluidas las mujeres. 2 El paso de la economía unifamiliar y del consumo familiar privado al planeamiento social de la economía y consumo colectivo. 3 La realización de un plan económico unitario. La guerra larga -primero la imperialista y luego la de liberación revolucionaria- ha minado la economía del campo, ha destrozado los medios de transporte y ha frenado el desarrollo técnico. Ciertamente ha cesado la apropiación privada de las riquezas sociales, pero la república de trabajadores se encuentra ahora ante la formidable tarea de impulsar la reconstrucción de la economía y el desenvolvimiento de las fuerzas productivas. También los países capitalistas viven en estos momentos un período de inseguridad económica y de desmoronamiento interior. Toda la economía burguesa vacila en una crisis inevitable y global. El proletariado ruso ha asegurado de una vez para siempre que las fuerzas productivas puedan desarrollarse también en el futuro. En los Estados burgueses, los capitalistas y los especuladores financieros intentan con más o menos entusiasmo hacer que otra vez se ponga en marcha la producción. Y después de un corto período de auge la economía capitalista se encuentra de nuevo en crisis, se cierran muchas empresas y la economía se encuentra próxima a la ruina. (Esta tendencia sólo existió transitoriamente en los Estados Unidos y Japón, para los que la guerra había sido un impulso para la acumulación de capitales.) La clase trabajadora ha comprendido hoy que no hay más que una medicina contra el desmoronamiento y la destrucción de la economía: la implantación de una nueva forma de producción, que es la única alternativa que puede evitar el retorno a la barbarie. Y hoy la Unión Soviética está empeñada en desarrollar esa forma de producción. Sin embargo, mientras la clase trabajadora de la Unión Soviética esté empleando todavía una técnica desenvuelta en el capitalismo, no es realmente posible el desarrollo sin fricciones de las fuerzas productivas, ya que por la situación caótica política en los Estados capitalistas no se puede contar con la ayuda económica de gobiernos de trabajadores que surjan en Europa. Por eso nos tenemos que orientar de momento a llevar a cabo nosotros mismos, por medio de una organización de la fuerza de trabajo humana planificada, el necesario desarrollo posterior de las fuerzas productivas. (Durante la fase del comunismo de guerra, del 7 de noviembre de 1917 al 21 de marzo de 1921, los trabajadores tuvieron que poner otra vez en marcha la industria que se había venido abajo a consecuencia de la guerra mundial, aunque gran parte de Rusia se encontraba ocupada por tropas alemanas y austriacas, y más tarde por inglesas, americanas y francesas. Además rugía la guerra civil en el propio país y no se podía pensar en la importación de maquinaria, combustibles y materias primas [...] La falta de combustible y de materias primas obligó en las zonas libres al cierre en masa de las empresas industriales. Por ejemplo en Petrogrado, en abril de 1918, de 799 fábricas registradas, únicamente trabajaban 534; de los 208.000 trabajadores que antes estaban empleados allí sólo quedaban 121.000. Por esa en todos los puntos de Rusia soviética se celebró como fiesta el comienzo de la revolución de noviembre de 1918 en Alemania, interpretándola como la señal anhelada de la guerra civil en los Estados industriales capitalistas. Los ciudadanos soviéticos esperaban de los gobiernos de trabajadores que se iban a formar en Europa que hicieran saltar el anillo del cerco militar y ayudaran enérgicamente en la reconstrucción de la economía socialista en Rusia. Cuando estos sueños resultaron totalmente ilusorios, estableció el Gobierno soviético la Nueva Economía Política, por la que al menos temporalmente se legalizó el mercado proscrito durante años y reprimido violentamente [...]
Por eso la población de la Unión Soviética se encuentra en este momento ante la tarea de elevar la productividad de cada trabajador y cada trabajadora en particular. Hasta ahora no se puede hablar de una reforma radical de las condiciones generales de vida, ya que la mayor parte de la clase trabajadora vive hoy todavía bajo condiciones que son herencia del pasado burgués. Las energías de las trabajadoras se malgastan en parte por la improductiva prestación de servicios para la propia familia y se pierden para la producción de bienes y valores de consumo sociales; y por lo tanto las trabajadoras contribuyen sólo con parte de sus energías al proceso de la producción. Esto trae naturalmente como consecuencia que frecuentemente realicen trabajos sin especializar y además que la calidad de su trabajo deje mucho que desear; sencillamente las mujeres no tienen tiempo para instruirse en su profesión. Es evidente que la calidad de su trabajo en la producción empeora más cuanto más se emplea la fuerza de trabajo de la mujer fuera del proceso de la producción social. La trabajadora y madre, que durante toda la noche vela ante la cuna de su hijo y está obligada a dedicarse a la familia y al hogar durante su tiempo libre, estará naturalmente menos atenta a su puesto laboral que el hombre, que ha podido dormir durante toda la noche sin molestias y que además no tiene que preocuparse de ninguna clase de obligaciones familiares.
Si queremos mejorar la productividad de la clase trabajadora y especialmente de las trabajadoras, debemos cambiar antes las condiciones de vida. Debemos poner, paso a paso, pero conscientes del objetivo, el fundamento para una forma de vida colectiva, y esto quiere decir que tenemos que construir primero una red muy ramificada de salas-cuna y jardines de la infancia y algún día organizaremos lugares de producción totalmente originales. Sólo después de esto, las autoridades planificadoras de la economía estatal podrán esperar de las mujeres una productividad laboral que corresponda a las normas de rendimiento general. Sólo en ese momento será justo criticar a las trabajadoras por negligencia o trabajo realizado con desgana. Y ese momento no lo alcanzaremos hasta que todas las trabajadoras -y su número asciende a millones- encuentren condiciones de vida también fuera de sus puestos laborales que les aseguren que sus fuerza de trabajo no se malgasten ya en necesidades económicamente privadas o familiares. Se debe poner fin a ese despilfarro de la fuerza de trabajo femenina y parece evidente sin más que eso es necesario. Realmente es de importancia que por fin se limite la inmensa pérdida que experimenta nuestra economía socialista a consecuencia de las actuales consecuencias de vida. Nosotros no podemos aumentar la productividad del trabajo incrementando exclusivamente el número de mano de obra. Tan importante es el cambio de las condiciones de vida bajo las cuales se desenvuelve nuestra clase trabajadora. Por eso debemos sustituir, poco a poco, el hogar familiar por un hogar común más eficaz económicamente.
Sólo así podemos cuidar la fuerza de trabajo femenina. (Al principio de la década 20 hubo, por ejemplo, en Moscú las llamadas casas-comuna, con unidades de vivienda individuales y un centro común para comedor, descanso y juegos de los niños. Las últimas casas desaparecieron hacia la mitad de la década 30.)
Hoy depende todavía la productividad del trabajo en la Unión Soviética del número de personas ocupadas y por eso el Consejo de Trabajo y Defensa intenta reducir el número de parásitos, ya que estas personas viven a costa de la clase trabajadora, sin contribuir con la prestación de su propio trabajo al bienestar de la sociedad. Desde que en nuestra república de trabajadores quedó abolida la propiedad privada de los medios de producción han mejorado las premisas para el desenvolvimiento de las fuerzas productivas. La plusvalía social creada se emplea hoy para la ampliación de esas fuerzas productivas o para la satisfacción de necesidades imprevistas. La plusvalía social creada repercute por tanto en beneficio de todo el pueblo y ya no se despilfarra en el consumo privado de la clase dominante. En la era burguesa únicamente una parte de la sociedad, la clase trabajadora, producía la plusvalía social. Pero la clase que no producía nada había creado una capa social que se ocupaba de tareas extraordinariamente improductivas para satisfacer sus necesidades privadas de consumo y sus caprichos: la servidumbre doméstica, los fabricantes de artículos de lujo, los artistas para diversiones de musa ligera, los pseudo-artistas y pseudo-científicos y el número en constante aumento de compañeras de lecho y prostitutas. Los capitalistas malgastaban cada vez más parte de la riqueza social en sus placeres sin escrúpulos. (Bajo el zarismo la mayor parte de la población rusa vivía en condiciones miserables. Cerca del 86 por 100 de los seres humanos que vivían en Rusia el año 1912 trabajaban en una agricultura muy poco desarrollada. Los propietarios de grandes extensiones de tierra y las autoridades zaristas exigían de los campesinos -que pasaban de los 90 millones- impuestos, rentas y primas de seguras. Pero gran parte de estos impuestos y rentas no los empleaban ciertamente en el fomento de la técnica agraria o en la industrialización, sino en el consumo privado de las clases dominantes feudales o semifeudales) [...]
Pero el contingente improductivo en los países capitalistas-burgueses era extraordinariamente grande, porque muchas mujeres vivían a cuenta de sus maridos. Hasta el comienzo de la primera guerra mundial más de la mitad de las mujeres eran mantenidas por sus esposos o sus padres. Esta falsa situación es una consecuencia de la estructura social del capitalismo e impide el desenvolvimiento de las fuerzas productivas y al mismo tiempo también la lucha necesaria contra la situación caótica en esos países.
Por el contrario, el sistema económico comunista funciona de manera muy diferente. Por el contrario el fundamento de la economía socialista es una dirección planificada de todo el proceso económico, pero que no se orienta a las necesidades de una pequeña pandilla, sino a las de todo el pueblo. La producción capitalista de bienes, que sobrevivía históricamente, desaparece y las fuerzas productivas viven en el socialismo una prosperidad prodigiosa. Primero necesitamos una estadística centralizada sobre el número existente de todas las fuerzas de trabajo; sólo después de esto es posible una organización planificada de estas fuerzas de trabajo. Por razón de la libre concurrencia reina la anarquía en el mercado capitalista del trabajo. Por eso puede existir en una empresa falta de trabajo, mientras al mismo tiempo en otra se registra una notoria escasez de mano de obra. A causa del duro trabajo físico enferman los trabajadores en algunas ramas de la industria, mientras en otras el proceso de producción está irracionalmente organizado porque la maquinaria y el bajo nivel del salario garantizan a pesar de ello a los capitalistas un beneficio lo suficientemente alto. Únicamente por medio de una visión de conjunto planificada y de una distribución de las fuerzas de trabajo pueden defenderse los trabajadores y trabajadoras del espectro de la falta de trabajo. Esta desgracia ha desaparecido hoy totalmente en la Unión Soviética, lo que constituye como es natural una gran mejora para toda clase de trabajadores. (El año 1920 hubo en la Unión Soviética el siguiente fenómeno paradójico: a consecuencia del fuerte descenso de la productividad del trabajo se produjo repentinamente en todas las ramas una falta de mano de obra, particularmente de la especializada. Las razones fueron, por un lado, una consecuencia del gran número de técnicos llamados a las filas del ejército rojo, y, por la otra, la huida de muchos trabajadores al campo por temor al hambre) [...]
Otro paso importante para el aumento de la productividad del trabajo en la Unión Soviética es el paso inmediato a la distribución comunista. El enorme despilfarro de la mano de obra femenina hasta ahora (en definitiva la población femenina en Rusia es mayor que la masculina) es una consecuencia del hogar unifamiliar antieconómico. Este derroche sólo puede frenarse si pasamos al hogar-comuna colectivo. Los jardines de la infancia, casas-cuna, cantinas públicas y centros de tiempo libre organizados por los soviets ahorran a la mujer el trabajo improductivo. Sólo cuando la mujer quede descargada del monótono trabajo doméstico y de los demás deberes familiares puede utilizar toda su fuerza para un trabajo útil socialmente. Únicamente tras una transformación de las condiciones de vida y una reforma fundamental da las costumbres según los principios socialistas puede llevarse a efecto con eficacia el trabajo general obligatorio. Pero si la implantación de ese trabajo general obligatorio, no va emparejada al mismo tiempo con un cambio de las condiciones y costumbres de vida, entonces significará para nuestras mujeres una carga adicional de trabajo que a la larga tiene que conducir a un esfuerzo exagerado de tal clase que sea preciso hablar de un verdadero peligro para su salud y su vida. Por eso incluso en los países capitalistas la implantación del trabajo general obligatorio y la carga doble de la mujer unida a él sería un fenómeno reaccionario en extremo. En la república socialista, por el contrario, la implantación del trabajo general obligatorio y paralelamente a ella la creación de nuevas condiciones de vida, por ejemplo, de hogares-comunas, significa establecer un fundamento sólido para la futura liberación de la mujer.
Pero los residuos de las tradiciones burguesas todavía continúan siendo parte integrante tenaz de nuestros usos y costumbres y reciben un apoyo adicional por medio de los hábitos pequeño-burgueses de los campesinos, y esas tradiciones dificultan mucho la vida de las mujeres. Los hombres tienen mucho menos que sufrir bajo esas tradiciones burguesas, porque también dentro de las familias de trabajadores la propia esposa, la madre o la hermana tienen que soportar los efectos de esas tradiciones. Esta doble carga de trabajo tiene naturalmente consecuencias para la mujer. ¿Por qué son precisamente las mujeres quienes tienen que poner en juego su salud? Por eso hay que organizar de otra manera la vida (los días corrientes) de las trabajadoras. Como las mujeres son siempre amas de casa hábiles y experimentadas, han desarrollado hasta ahora más iniciativas y afán emprendedor que lo que se necesita para dirigir por caminos apropiados su vida diaria. Por lo tanto no necesitamos más que apoyar sus propias ideas y asegurarles el campo de acción de sus iniciativas. La proletaria está acostumbrada a construir un hogar de la nada y a dirigir la casa familiar con medios materiales mínimos. Por eso es también importante despertar el interés de la mujer por la organización colectiva de la vida diaria, porque sólo así es posible un cambio en la organización del día corriente rutinario. Y esa evolución sería extraordinariamente ventajosa para las mujeres y asimismo para toda la población.
Pero no debemos fijarnos exclusivamente en los cambios de las condiciones de vida. Tan importante es para las mujeres el llegar a formarse una conciencia propia. No podemos cejar en nuestra lucha por la participación de las mujeres en todas las organizaciones de la administración local si en realidad queremos alcanzar un cambio en las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Pero sin ese cambio radical de las condiciones generales de vida, todo intento de aumentar la productividad del trabajo tendrá el mismo efecto que un golpe sobre el agua. Por eso interesa también a las autoridades superiores de planificación y economía que se emplee en las grandes empresas una parte de la jornada laboral en el cambio de las condiciones generales de vida. Por lo tanto, por ejemplo, en la instalación de una cantina en la empresa o de un jardín de la infancia. Las horas de trabajo que empleen los trabajadores y las trabajadoras en la organización de esas instalaciones comunistas deben computarse como parte de la jornada laboral obligatoria. Sólo entonces podemos conseguir un cambio de las condiciones generales de vida. (La facultad decisoria en política económica radica el año 1921 en el Comité Ejecutivo Central. El órgano ejecutivo era el Consejo de Trabajo y Defensa. Con el comienzo del período N.E.P. en verano de 1921 muchas empresas se unieron en los llamados trusts. Sólo un año más tarde existían ya 450 trusts, y en un decreto de 10 de abril de 1923 se definieron a posteriori de la siguiente forma: Los trusts son empresas industriales estatales... a las que el Estado ha concedido independencia para la dirección de sus asuntos según los reglamentos aprobados para cada uno de ellos y que desarrollarán su actividad de acuerdo con los rasgos fundamentales de la contabilidad comercial con la finalidad de obtener beneficios) [...]
Las secciones femeninas, junto con la dirección de la empresa y del sindicato, deben desarrollar modelos que, por un lado, garanticen el empleo lo más productivo posible de la fuerza de trabajo femenina, y, por el otro, protejan a las trabajadoras de una sobrecarga de trabajo. Hacen juego la jornada laboral y el tiempo libre. El planteamiento del día laborable comunista es tan importante como el de la producción, y si aspiramos a un desenvolvimiento completo de las fuerzas productivas hay que realizar ese trabajo preliminar necesario. En el planteamiento y organización de la producción hay que tener en cuenta, por lo tanto, todos los factores que hagan más agradable el día rutinario y pongan fin al desgaste irracional y antieconómico de la fuerza de trabajo femenina.
Vuelvo a repetir otra vez: los cambios en las condiciones generales de vida deben acompañar de la mano a la implantación del trabajo general obligatorio y esto significa una intensificación de las iniciativas que aspiren principalmente a la creación de hogares-comuna colectivos. Si esto da resultado, entonces el sistema económico socialista, que en estos momentos se construye bajo la dictadura del proletariado y que está dirigido a la colaboración de todos los ciudadanos en la producción, conducirá a una transformación que no se ha dado hasta ahora en la historia de la humanidad: la situación de la mujer en la sociedad con equiparación de derechos.
En la Unión Soviética todas las mujeres entre los dieciséis y los cuarenta años (que no se hallen empleadas en la producción o en la administración pública) deben incorporarse al trabajo. Después de tantas turbulencias hay que poner otra vez en marcha la producción. El trabajo obligatorio está vigente no solamente en las ciudades, sino también en el campo. También las campesinas -e igualmente los campesinos- se incorporan al trabajo en períodos que se repiten. Se aprovecha a los campesinos y campesinas como cocheros, ayudantes para el transporte de leña, en la construcción de carreteras, en la instalación de viveros; algunas campesinas cosen uniformes para los soldados del ejército rojo. (El trabajo general obligatorio que existe legalmente desde el invierno de 1920 se aplicó en los tres primeros años de la revolución de octubre sólo a los pertenecientes a las capas sociales que habían dominado antes. Los sindicatos protestaron de que el trabajo obligatorio se extendiera también a trabajadores y trabajadoras parados. Por medio de un decreto de 29 de enero de 1920 se dispuso entonces que todos los sin trabajo, pero hábiles, se aprovecharan para la realización de los trabajos más urgentes. Y a esta incorporación al trabajo, de una vez o en períodos repetidos, fue llamada también la población del campo.)
Este trabajo obligatorio significa evidentemente para las campesinos una carga adicional porque no han cambiado aún sus condiciones de vida y allí no hay comedores infantiles ni cantinas de taller, lo que quiere decir que las campesinas deben realizar, como antes, sus tareas domésticas. Sin embargo el hecho de que la sociedad haya reconocido a las campesinas como fuerza productiva cambiará a la larga su vida y producirá una mejora de su status social. El mismo campesino piensa para sí: Cuando el mismo Estado acepta a mi mujer como fuerza de trabajo independiente quizá tenga algún valor. La infravaloración profundamente tradicional e ilimitada de la mujer en el campo cede ante un nuevo concepto. Verdad es que parece que ha tenido lugar cierto cambio en la relación entre marido y mujer, pero todavía no podemos hablar de una alta estima de la esposa.
En las ciudades está vigente el trabajo general obligatorio para todas las mujeres que no tienen libreta de trabajo, es decir, que no están empleadas en una fábrica o taller ni en el partido. Estas mujeres trabajan en la higiene pública, hospitales a quitando nieve. Otras mujeres reparten la leña racionada o limpian las calles y escalinatas de la ciudad. Ese trabajo general obligatorio se ha mostrado ya como una importante fuerza estimuladora para la liberación social de la mujer. Toda su vida ha cambiado desde la base, por lo que naturalmente ha influido sobre las relaciones entre el hombre y la mujer. Sin embargo sería ingenuo que aceptáramos que por medio del trabajo general obligatorio se ha creado ya un fundamento suficiente para una auténtica liberación de la mujer. No podemos olvidar las distintas funciones de la mujer en la sociedad, por un lado, como fuerza productiva de trabajo; por el otro, como madre de las generaciones del mañana. Ningún estado de trabajadores puede pasar por alto esta tarea de la mujer de tan especial importancia. Nuestro partido, a causa de una iniciativa de la sección femenina y en estrecha colaboración con nosotras, ha redactado un reglamento por el que se protege la salud y la fuerza de trabajo de la mujer. En esta reglamentación legal se toman especialmente en consideración las condiciones de vida del actual período de transición (que fue incorporado el año 1918 al primer código del trabajo de la R.S.F.S.R.). Como todos los ciudadanos de la Unión Soviética deben prestar un trabajo productivo para la sociedad, nuestro interés se dirigió hacia las madres y amas de casa, para las que se encontró una regulación legal especial. Todos los hombres entre los dieciséis y los cincuenta años de edad están sometidos al trabajo general obligatorio, pero para las mujeres el límite superior de edad se rebajó a los cuarenta años. (Todos los varones entre los diecisiete y los cincuenta y cinco años de edad, sin enfermedad física o mental, que no están clasificados como trabajadores, carecen en absoluto de derechos políticos y sociales.) Todos los trabajadores y trabajadoras que pueden demostrar que su salud está en peligro están libres del trabajo general obligatorio, y esta disposición se aplica también a las mujeres que han perdido el 45 por 100 de su capacidad de trabajo. (Los pacientes inscritos como enfermos son visitados mensualmente y reciben el 100 por 100 del salario medio que tuvieron mientras fueron capaces de trabajar. Esta disposición se aplica también a los inválidos del trabajo y a los que sufren enfermedades profesionales.) Y, como es natural, no se aplica a las embarazadas el trabajo obligatorio. El reglamento dispone que toda mujer que llega a ser madre estará exenta de todo trabajo ocho semanas antes del parto y otras ocho semanas después. (Durante ese tiempo las madres reciben el salario completo y si ellas mismas amamantan a su hijo se les concede un subsidio especial para procurarse alimentos durante los nueve meses siguientes al parto.) Además dispone también el reglamento que una madre que tiene que cuidar a un hijo de menos de ocho años no puede trabajar si ningún otro miembro de la familia atiende en casa a su hijo. (Con el tiempo esta disposición se va dejando de emplear porque cada vez se van instalando mayor número de comedores infantiles y jardines de la infancia.)
También aquellas mujeres que tienen que atender a una familia de más de cinco personas están liberadas del trabajo general obligatorio. En las aclaraciones del Consejo para el Trabajo y la Defensa se recalca además que las mujeres por regla general sólo deben intervenir en trabajos ligeros. Todas las mujeres de la ciudad con hijos de menos de catorce años y del campo con menores de doce están libres de la incorporación al trabajo obligatorio fuera de los lugares de su residencia.
Todas las cuestiones de que hemos hablado hoy no tienen en absoluto nada que ver con los principios abstractos sobre la equiparación de los sexos que plantearon las feministas burguesas. En nuestra república soviética defendemos hoy la concepción siguiente del problema del trabajo de la mujer: equiparación, protección a la madre, derechos especiales.
El trabajo general obligatorio es una parte integrante de importancia de nuestra nueva ordenación social y es además un instrumento para una solución fundamental del problema de la mujer. Sin embargo debe apoyarse a esa tendencia por medio de una protección más amplia a la madre, y sólo así podemos garantizar la fuerza de trabajo y la salud de las futuras generaciones. Únicamente cuando la clase trabajadora tome en sus manos el poder de los Estados y las mujeres realicen un trabajo útil socialmente, puede ponerse fin definitivo a la incapacidad de la mujer que persiste durante tantos siglos. El camino para la liberación de la mujer pasa por la dictadura del proletariado.
— Alejandra Kolontai fue la primera mujer en la historia que llegó a ministro de un gobierno
— ninguna de las conquistas sociales que aquí se narran, que ahora parecen normales, existían en ningún país del mundo en 1917.
La Revolución de Octubre inició una nueva época en la historia de la humanidad: la época del paso del capitalismo al socialismo, que produjo profundos cambios en todo el sistema de relaciones diplomáticas y del Derecho Internacional conocidos hasta entonces.
Antes de 1917 un puñado de potencias imperialistas, o incluso una sola de ellas, dominaban la diplomacia internacional y los pequeños países carecían de cualquier clase de derechos: eran simples territorios o poblaciones que los colonialistas podían conquistar, vender y manipular a su antojo. Los principios jurídicos internacionales enarbolados por la Revolución de Octubre dieron comienzo a una transformación radical de esa oprobiosa situación. Hay un antes y un después de 1917 en la configuración de las relaciones internacionales entre los países porque la Revolución de Octubre impuso en ellas nuevos principios democráticos, basados en la igualdad, en la soberanía, en la descolonización y la autodeterminación. Resumir siquiera el vuelco que la diplomacia mundial experimentó a partir de 1917 exigiría un análisis extraordinariamente largo, por lo que aquí sólo podemos enunciar algunos capítulos genéricos de esta gigantesca mutación histórica.
El problema no concierne sólo a las relaciones de la Unión Soviética con los pueblos coloniales sino que esas nuevas relaciones forzaron, a su vez, nuevas relaciones de las potencias imperialistas con sus colonias respectivas, que dieron lugar a fenómenos revolucionarios, como la descolonización, así como a otros, como la neutralidad y el no alineamiento. Todo eso hubiera sido inimaginable sin la Revolución de Octubre y la nueva política exterior que el primer país socialista impulsó en todo el mundo, generando una ola de entusiasmo y esperanza como jamás se había conocido.
Al mismo tiempo, no se comprende absolutamente nada de la política exterior soviética si, a la vez, no se comprende que Octubre es posible, que aparece y se mantiene como consecuencia de las contradicciones interimperialistas. En 1917 había una guerra mundial que enfrentaba a las grandes potencias entre sí y que el nuevo gobierno soviético llega al poder con la promesa de paz y de sacar a las masas proletarias de aquella carnicería, es decir, de imponer la paz, tanto al país como al mundo entero. Después de la victoria de la Revolución de Octubre, por vez primera en la historia surgió en la palestra internacional un Estado que empezó hablando de paz: Rechazamos todas las cláusulas de bandidaje y de violencia, pero aceptamos con satisfacción y no podemos rechazar las cláusulas que establezcan relaciones de buena vecindad y acuerdos económicos, dijo Lenin. El decreto de la paz declaró que las guerras agresivas, de conquista, son el mayor crimen contra la humanidad. El IV Congreso Extraordinario de los Soviets de toda Rusia, en su resolución de marzo de 1918 sobre la ratificación del Tratado de Brest-Litovsk, condenó todas las guerras de rapiña.
Por tanto, la política soviética fue siempre una política de paz; la política imperialista, por el contrario, es una política de guerra, de masacre y de muerte. Antes de 1917 el Derecho Internacional era el derecho de la guerra; después de esa fecha, en el Derecho Internacional la paz es uno de sus principios nucleares. Ese giro decisivo se lo debemos, única y exclusivamente, al Estado soviético, que no cejó en su lucha por abolir los principios y normas reaccionarios de Derecho Internacional e insertar en él ideas y reglas progresistas orientadas a garantizar la cooperación internacional y defender la independencia de los pueblos sojuzgados por el imperialismo.
Por primera vez y de forma unilateral, la Unión Soviética prohibió las guerras de agresión, reconociendo su carácter delictivo, es decir, contrario al Derecho Internacional.
Los principios internacionales de la política exterior soviética arrancan de los principios comunistas sobre los vínculos entre la clase obrera de los diversos países, entre las naciones y entre los pueblos. Los fundamentos de la política exterior del Estado socialista habían sido trazados en las obras de los fundadores del marxismo. Marx y Engels sometieron a una crítica exhaustiva las relaciones internacionales de la época de la sociedad capitalista, que rompieron incluso con las normas del antiguo Derecho Internacional reconocidas por ellas en el pasado. A la vez, en esas obras se hace un planteamiento nuevo, de principio, de los problemas cardinales de la política exterior y del Derecho Internacional. Marx escribió que cuando la clase obrera creara su sociedad, la sociedad socialista, su principio internacional... será la paz, ya que cada pueblo tendrá el mismo soberano: ¡el trabajo!
El mérito histórico del primer Estado socialista estribó precisamente en su repudio de las normas e instituciones jurídicas internacionales reaccionarias (como, por ejemplo, las colonias y los protectorados, los tratados desiguales, la intervención, etc.) y en que emprendió la lucha por abolirlas, por erigir las relaciones internacionales sobre los cimientos de normas jurídicas democráticas orientadas a robustecer la paz y la cooperación entre los Estados y por instaurar en el Derecho Internacional nuevos principios y reglas de contenido progresista. Las ideas y los principios jurídicos internacionales de la Revolución de Octubre repercutieron en el Derecho Internacional y en las relaciones entre los países, especialmente el principio de la igualdad y la autodeterminación de las naciones y los pueblos, enfilado contra el sistema colonialista y contra toda opresión y desigualdad nacional.
A los que no entienden nada -y no les interesa entender nada- hay que recordarles también que para implementar esa política de paz, la Unión Soviética tuvo que explotar a fondo las contradicciones interimperialistas. La debilidad del socialismo se compensaba con la debilidad del imperialismo, incapaz de presentar un frente unido de Estados capaz de derribarle. Esto viene a cuento del famoso pacto firmado entre 1939 entre Molotov y Von Ribbentrop, que quieren presentar como una novedad perversa en la política exterior soviética, pasando por alto que no era más que una continuación de la política que desde el principio había seguido la Unión Soviética con todos los países imperialistas, y más específicamente con Alemania. El pacto de 1939 era el tercero de los que firmaron ambos países, después del de Brest-Litovsk en 1918 y del de Rapallo en 1922, que supuso el primer reconocimiento diplomático de la Unión Soviética por una potencia imperialista. Esa misma política de paz la ofertó la Unión Soviética a todas las demás potencias imperialistas, resultando sistemáticamente rechazadas.
La Unión Soviética no sólo reconoció sino que aplicó nuevos principios en las relaciones entre los pueblos y entre los países: los de igualdad y autodeterminación de las naciones. Aunque proclamado por la burguesía en el período revoluciones del siglo XVIII, este principio no llegó a adquirir carta de naturaleza en el Derecho Internacional burgués. Además, el marxismo-leninismo llenó este principio de un contenido nuevo, revolucionario. En su planteamiento marxista, el principio de la autodeterminación de las naciones aparece como una expresión consecuente de la lucha contra toda opresión nacional.
En su política exterior, el Estado soviético se rigió invariabiemente por el principio de la igualdad y la autodeterminación de los pueblos, al tiempo que procuraba que fuese reconocido como principio universal del Derecho Internacional. Ya en el decreto de la paz, redactado por Lenin, el principio de la igualdad y la autodeterminación de las naciones, en su nueva interpretación, fue formulado con la máxima claridad. En él se propuso a todas los pueblos beligerantes y a sus gobiernos entablar negociaciones inmediatas para una paz justa y democrática y se subrayó que el Gobierno considera la paz inmediata, sin anexiones (es decir, sin conquistas de territorios ajenos, sin incorporación de pueblos extranjeros por la fuerza), ni contribuciones, como una paz justa y democrática.
En el decreto se daba la definición de la anexión, con la que se deteminaba al mismo tiempo el significado del principio de la autodeterminación de las naciones. Se consideraba anexión toda incorporación a un Estado grande o poderoso de una nacionalidad pequeña o débil, sin el deseo ni el consentimiento explícita, clara y libremente expresado por esta última, independientemente de la época en que se haya realizado esa incorporación forzosa, independientemente asimismo del grado de desarrollo o de atraso de la nación anexionada o mantenida por la fuerza, en los límites de un Estado, independientemente, en fin, de si dicha nación se encuentra en Europa o en los lejanos países de ultramar.
Decía Lenin que si una nación cualquiera es mantenida por la fuerza en los límites de un Estado, si a pesar del deseo expresado por ella no se le concede el derecho de decidir en una votación libre, sin la menor coacción, después de la completa retirada de las tropas de la nación conquistadora o, en general, más poderosa, la cuestión de las formas estatales de su existencia, la incorporación de esa nación al Estado constituye una anexión, es decir, una conquista y un acto de violencia.
Tanto en el decreto de la paz como en los documentos posteriores se indicaba que el principio de la igualdad de derechos y de la autodeterminación de las naciones debe aplicarse a todos los pueblos. El comisario del pueblo de Asuntos Exteriores, G. Chicherin, escribió a Lenin el 10 de marzo de 1922: La novedad de nuestro esquema internacional debe consistir en que los pueblos negros, como los demás pueblos de las colonias, participen en pie de igualdad con los pueblos europeos en las conferencías y comisiones y tengan el derecho a no permitir la ingerencia en su vida interna.
La igualdad y la autodeterminación de las naciones se convirtieron en normas constitucionales del Estado soviético. Ya en la Declaración de los derechos de los pueblos de Rusia se proclamaron la igualdad y la soberanía de los pueblos de Rusia, el derecho a la autodeterminación llegando a la separación y a la formación de Estados independientes, la abolición de todos los privilegios y limitaciones nacionales y la libertad de desarrollo de las minorías nacionales. Este principio fue inscrito en la primera Constitución soviética de 1918.
El Partido Comunista luchó por unir a todos los pueblos de Rusia, como exigían los intereses de la revolución proletaria. La formación en el territorio del antiguo Imperio ruso de algunas federaciones, y más tarde de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, significó encarnar en la vida el principio de la igualdad y la autodeterminación de las naciones en base al internacionalismo proletario. Este acontecimiento histórico fue una victoria del internacionalismo proletario, consecuencia de la realización de la política nacional del Partido bolchevique.
El Estado socialista rompió total e inmediatamente con la política colonialista del zarismo, renunciando a todos los tratados de la Rusia zarista de índole colonialista, usurpadora y leonina. El Estado soviético procedió como consecuente luchador contra el colonialismo y la discriminación racial.
Como norma jurídica internacional, el principio de la igualdad y la autodeterminación de las naciones apareció inscrito por primera vez en los tratados del Estado soviético con los países orientales, que instauraron nuevas relaciones con los países dependientes, considerados por las potencias imperialistas como objeto de expansión colonial. Son, ante todo, los tratados concluidos con Persia (26 de febrero de 1921), Afganistán (28 de febrero de 1921) y Turquía (16 de marzo de 1921).
Así, en el tratado entre la Federación Rusa y Persia, el Gobierno soviético condenó la política del Gobierno de la Rusia zarista, que además de infringir la soberanía de los Estados de Asia, conducía a la brutal violencia organizada por los rapaces, europeos sobre el cuerpo vivo de los pueblos de Oriente. Las partes firmantes reconocieron el derecho de cada pueblo a decidir libremente y sin obstáculos sobre su destino político. Del mismo modo, los principios de la fraternidad de las naciones y del derecho de los pueblos a la autodeterminación fueron expresados también en el tratado con Turquía, en el que se indicaba que a los dos países les unía la solidaridad en la lucha contra el imperialismo y la vinculación entre el movimiento nacional y liberador de los pueblos de Oriente y la lucha de los trabajadores de Rusia por un nuevo régimen social. En julio de 1921, al serle entregadas las cartas credenciales por el embajador soviético, el jefe del nuevo Estado turco, Kemal Ataturk, dijo: Tenemos en alta estima que Rusia soviética haya repudiado los tratados anteriores y abogue por el principio de la autodeterminación.
El Estado soviético había propuesto la anulación de los tratados desiguales, idea que resultó muy fructífera. En el decreto de la paz se decía que el Gobierno soviético procedería sin demora a la publicación de los tratados secretos de Rusia: Declara absoluta e inmediatamente anuladas todas las cláusulas de esos tratados secretos, puesto que en la mayoría de los casos tienden a proporcionar ventajas y privilegios a los terratenientes y a los capitalistas rusos y a mantener o aumentar las anexiones de los rusos.
Por el Gobierno soviético se publicaron y anularon, entre otros tratados, el acuerdo secreto de 1916 entre Rusia y Japón sobre acciones colonialistas conjuntas en China, el acuerdo de 1916 entre Rusia, Gran Bretaña y Francia sobre el reparto de Turquía, el tratado secreto ruso-ingles y la convención de 1907 en que se fijaban las esferas de influencia en Persia, Afganistán, el Tibet, etc.
En el convenio entre la URSS y la República de China de 31 de mayo de 1924, las partes convinieron anular los inicuos tratados concertados entre el Gobierno de China, y el Gobierno zarista, y remplazarlos por nuevos tratados, convenios y otros acuerdos fundados en la igualdad, la reciprociclad y la justicia. El Gobierno de la URSS reafirmó, una vez más, sus declaraciones anteriores acerca de la anulación de todos los tratrados y acuerdos concluidos por la Rusia zarista con terceros países que afectaran a los derechos soberanos e intereses de China. Renunció a los derechos y privilegios especiales referentes a las concesiones en China adquiridas por el Gobierno zarista, así como a los derechos de extraterritorialidad y de jurisdicción consular.
Por primera vez en la historia, una gran potencia renunciaba voluntariamente a tratados que le concedían derechos y privilegios sobre otros países.
El principio de autodeterminación de las naciones resonó con fuerza en el mundo entero. Wilson, Presidente de Estados Unidos, se vio obligado a incluir en sus Catorce Puntos (las condiciones de paz), presentados por él al Congreso norteamericano en enero de 1918, algunos principios referentes a la autodeterminación de las naciones, aunque formulados con premeditada imprecisión.
Sin embargo, habían de transcurrir largos años de lucha hasta que el principio de la igualdad y la autodeterminación de las naciones obtuviera reconocimiento general como principio del Derecho Internacional. Fue necesaria una nueva guerra mundial, una nueva derrota del imperialismo, para que los renovadores principios en las relaciones internacionales que había impuesto la Unión Soviética en todo el mundo se plasmaran en la Carta de las Naciones Unidas.
Pero la política internacional soviética no se limitó a los enunciados, a las grandes declaraciones y a los tratados jurídicos sino que todo eso se complementó con el internacionalismo, esto es, con un apoyo concreto y práctico a los pueblos que luchaban por su liberación, que no eran considerados como tales pueblos y que luchaban por serlo. La ayuda política, diplomática, militar y económica de la URSS a los pueblos que luchaban por su independencia, también creó una situación nueva, hasta entonces desconocida, en el área del movimiento de liberación nacional. El joven Estado soviético se convirtió en el baluarte de la lucha de los pueblos oprimidos por la liberación nacional. A pesar de las enormes dificultades y de encontrarse en un cerco de fuego levantado por los intervencionistas y la contrarrevolución interna, prestó un fraternal apoyo a la lucha antimperialista de los pueblos de China, Mongolia, Afganistán, Turquía y otros. No es casual que justamente en esas condiciones se rompieran las cadenas del colonialismo en varios de sus eslabones (Afganistán, Mongolia y Turquía).
En aquel período no pudo haber un avance general contra el imperialismo, pues la correlación de las fuerzas políticas en el plano mundial estaba a favor del imperialismo. Siendo la Unión Soviética el único país socialista en un mar de países imperialistas enemigos, sus posibilidades de apoyo al movimiento de liberación nacional estuvieron muy limitadas, pero hizo todo lo posible por brindar su apoyo: envió asesores políticos y militares a China, prestó ayuda material y militar a Turquía, el Ejército Rojo se batió junto con los destacamentos revolucionarios mongoles y apoyó políticamente a Afganistán.
Poco después del II Congreso de la Internacional Comunista, en setiembre de 1920, se celebró en Bakú el I Congreso de los pueblos de Oriente, en el que participaron 2.050 representantes de la mayoría de los países de Asia, comprendidos India, Afganistán, Irán, Japón, Corea, Egipto, Palestina, Siria, Turquía y algunas repúblicas soviéticas. En el Manifiesto del Congreso A los pueblos de Oriente se decía: Os llamamos a una lucha sagrada por vuestro propio bien, por vuestra libertad, por vuestra vida. El manifiesto animaba a luchar por la liberación de los pueblos de Oriente, por suprimir la división de la humanidad en pueblos opresores y pueblos oprimidos, por hacer iguales a todos los pueblos y razas, cualquiera que sea la lengua en que hablen, el color de su piel y la religión que profesen. Llamamos a una guerra sagrada por suprimir la división de los países en adelantados y atrasados, en dependientes e independientes, en metrópolis y colonias.
Tras los Congresos de la Internacional Comunista y de Bakú, en un discurso pronunciado en la reunión de militantes de la organización del partido de Moscú, Lenin dijo: Nosotros, realmente actuamos ahora no sólo como representantes de los proletarios de todos los países, sino también de los pueblos oprimidos.
En el período que precedió a la Revolución de Octubre el imperialismo avasallaba a sangre y fuego a los pueblos de Asia y África. Las acciones anticoloniales de los pueblos oprimidos, a veces incluso de gran envergadura, eran brutalmente reprimidas por las hordas punitivas extranjeras.
Pero la Revolución de Octubre no sólo impuso nuevas relaciones entre los países imperialistas y los países dependientes, sino que permitió que éstos pudieran relacionarse entre sí, algo hasta entonces impensable. La neutralidad y el no alineamiento rompió con 500 años de política de sumisión y aislamiento de los países coloniales. Las grandes potencias habían enfrentado a unos pueblos de otros para dominarlos. Durante 500 años la política impuesta por los colonialistas en todo el mundo fue de aislamiento, la conocida política de divide et impera. Durante el período precolonial, entre los países de Asia y África existían estrechas relaciones económicas, culturales y políticas que aceleraban su progreso económico, conducían al enriquecimiento mutuo y al florecimiento de las culturas antiguas. Lo primero que hicieron los colonizadores europeos al llegar al Océano Índico fue romper violentamente esos contactos formados durante siglos. Ello condujo al estancamiento del desarrollo económico y cultural de muchos países y pueblos, en primer lugar, de los pueblos de África oriental. El historiador y diplomático hindú Panikkar llamó metafóricamente la época de Vasco de Gama al período de dominio colonial de Occidente en los países de Asia y África.
A principios del siglo XX los colonizadores holandeses, franceses, ingleses, españoles, alemanes, norteamericanos y japoneses, sometieron gigantescos territorios de Asia y África, convirtiéndolos en colonias y actuando en el espíritu de Vasco de Gama. No se detenían ante nada para obstaculizar las relaciones económicas y culturales entre sus colonias y adoptaron medidas draconianas para impedir los contactos políticos y diplomáticos entre distintos principados y reinados feudales que se habían visto obligados a reconocer el protectorado de las potencias europeas. La política de aislamiento de los países de oriente, unos de otros, se consolidó con el diseño de las rutas de transporte marítimo y ferroviario y, más tarde, aéreo, así como en las comunicaciones telefónicas y telegráficas. Por ejemplo, en los días claros, desde Beirut se observa el litoral de Chipre pero, hasta hace muy poco tiempo, la comunicación telefónica entre Beirut, que formaba parte de la esfera de influencia francesa, y Chipre, perteneciente antes a Inglaterra, se realizaba a través de París y Londres. Todo ello, además de obstaculizar el progreso económico de los países de oriente, impedía que en ellos creciera la protesta social y que se fortaleciera el frente antimperialista de los pueblos.
Todo eso cambió a partir de 1917, y mucho más cuando la Unión Soviética derrotó a las hordas hitlerianas en la II Guerra Mundial abriendo paso a la descolonización y a que los países coloniales desempeñaran un papel protagonista en la diplomacia internacional. La política soviética también está en la raíz del surgimiento de todas las organizaciones regionales del Tercer Mundo, en la liga de paíes árabes, en la Organización de Estados Americanos, la Organización para la Unidad Africana y otras. Pero sobre todo estuvo en la Conferencia de Bandung de 1955 donde los países dependientes asumieron los nuevos principios del Derecho Internacional tal y como ahora los conocemos. La lucha de los pueblos de Asia, África y América Latina contra el imperialismo, la envergadura y la profundización de las revoluciones liberación nacional, el desarrollo del proceso revolucionario de los países liberados y sus perspectivas, están históricamente ligados al extraordinario papel político e ideológico de la Unión Soviética desde los primeros días de su fundación en 1917.
Para terminar: no entenderemos nunca nada sobre la Revolución de Octubre si no tenemos en cuenta que la Unión Soviética no fue, en realidad, un país, ni siquiera un Estado: la Unión Soviética, mientras fue soviética, fue la patria de todo el proletariado mundial, el baluarte de los pueblos oprimidos que luchaban por su liberación. Para todos ellos, la Unión Soviética no era un Estado extranjero sino el suyo propio.
Por primera vez en la historia, la revolución proletaria en Rusia desafió, también en el terreno cultural, la hegemonía burguesa y, por eso, no es de extrañar que los imperialistas reaccionaran: según ellos, la revolución era consecuencia del estado de barbarie del pueblo ruso, compuesto por ignorantes y salvajes; de ahí no podía surgir ninguna expresión cultural positiva.
Sin embargo, aquella primera revolución socialista llevó a cabo una labor cultural como jamás se ha visto en ningún país capitalista. Creó las condiciones para dar un vuelco también al conocimiento y el arte: fundir a las masas con la cultura e impedir que ésta siguiera siendo un negocio privado, un objeto de compraventa y de lucro.
Hasta 1917 el arte y la cultura eran en todo el mundo patrimonio de una élite muy reducida. Según palabras de Lenin, las masas populares habían sido expoliadas en el sentido de la enseñanza, la ilustración y el saber. En la época zarista, el 73 por ciento de la población adulta era analfabeta. En lo que a la mayoría de las nacionalidades de población no rusa se refiere, el analfabetismo era total. Una de las formas de opresión nacional era el expolio cultural autóctono y la imposición de la lengua y la cultura rusas.
En aquel primer período la atención fundamental estuvo centrada en liquidar el analfabetismo. No se podía avanzar sin sacudirse esta pesada herencia del pasado. Para que las masas analfabetas pudiesen estar al corriente de los acontecimientos de la vida internacional y de la República Soviética, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó en diciembre de 1918 el decreto sobre la movilización de personas con instrucción y la organización de la enseñanza del régimen soviético. Por este decreto se atraía a toda la población culta a la lectura de los decretos, octavillas, periódicos y libros a los analfabetos.
El movimiento alfabetizador adquirió gran amplitud en la ciudad, en el campo y en el Ejército Rojo. Por iniciativa de los trabajadores, en fábricas, empresas y en clubs surgieron escuelas de alfabetización y círculos de autoenseñanza. Como consecuencia de ello, en 1928 había 559 periódicos con una fantástica difusión que alcanzaba la cifra de 8.250.000 ejemplares, cifras sin comparación posible con ningún país del mundo. Los periódicos no pertenecían a ningún grupo capitalista, sino a las diversas organizaciones de masas, sindicatos, cooperativas, Partido bolchevique, Ejército Rojo y a otras instituciones públicas.
Había un entusiasmo desbordante. Era la espontaneidad, la alegría y la esperanza que traía la primera revolución proletaria. Unos necesitaban aprender y otros expresarse libremente. Las masas leían, iban a los conciertos, y participaban en las representaciones teatrales que recorrían el país en trenes y camiones habilitados expresamente para transportar el escenario, el vestuario, las luces, el equipo y los actores. Millones campesinos de aldeas remotas conocieron así por vez primera el teatro, la ópera o el ballet.
Se creó una nueva intelectualidad que no sólo no estaba separada de las masas obreras y campesinas, sino que había nacido de su propio seno, de las entrañas mismas de la revolución. Los obreros y campesinos que empiezan a leer, empiezan también a escribir: brotan espontáneos que cambian la azada por el lapicero, por los escenarios, por el cincel, por la paleta y por el violín. Surgió una nueva intelectualidad de las propias masas que comenzaba a escribir en la nueva prensa revolucionaria. Un rasgo les caracteriza: no eran profesionales, no vivían de la cultura, no solamente escriben sino que combaten, integran el Ejército Rojo. Esos que luego serían grandes literatos (Fedaiev, Babel, Beck, Fedin, Sholojov, Leonov, Furmanov, Tijonov) empuñan las armas. Precisamente algunas de sus grandes obras son biografías y relatos del frente de batalla: las suyas personales y las de tantos millones de combatientes heroicos. Y es que cuando los escritores están inmersos en la realidad, necesitan imaginar muy poco. La vida revolucionaria es muy superior a la ficción más fantástica.
La revolución socialista terminó con los vestigios culturales del pasado, emancipando a los pueblos antes oprimidos, quienes a partir de entonces obtuvieron posibilidades ilimitadas para desarrollarse en todas las esferas. En especial, las supervivencias del régimen de la servidumbre eran un freno muy fuerte para el fomento de la eseñanza, la cultura y la ciencia: el régimen estamental, la imposición de la Iglesia, la desigualdad de derechos para las mujeres, la opresión de las nacionalidades, y ni que decir tiene, la monarquía y la propiedad terrateniente en el campo. El 11 de noviembre de 1917 el poder soviético aprobó el decreto sobre la supresión de los estamentos y jerarquías civiles. Quedaron abolidas las divisiones existentes de los ciudadanos en estamentos (nobleza, clero, comerciantes, pequeños burgueses, etc.), los privilegios y las limitaciones estamentales, las jerarquías civiles, los tratamientos y títulos y los privilegios para la élite de los funcionarios.
El 20 de enero de 1918, el Gobierno soviético separó mediante un decreto especial la Iglesia del Estado y la escuela de la Iglesia, rompiendo así las trabas religiosas que durante siglos frenaron el desarrollo de la cultura. Todos los actos de registro civil pasaban de la jurisdicción de la Iglesia a la de los organismos soviéticos.
Se estableció por primera vez en la historia la plena libertad de conciencia. Los ciudadanos no sólo adquirieron el derecho a profesar cualquier religión, sino también el ateísmo, el derecho a no aceptar ninguna religión. Liquidando los vestigios de la barbarie medieval, escribió Lenin, el poder soviético limpió a Rusia de ese enorme freno para toda la cultura y todo el progreso en nuestro país. La Revolución de Octubre demolió hasta los cimientos el viejo aparato estatal de enseñanza pública, el cual, según expresión de Lenin, perseguía el objetivo de oscurecer el entendimiento popular.
El poder soviético garantizó por la ley a las mujeres su igualdad plena de derechos con los hombres. La emancipación de las mujeres tuvo una enorme significación cultural. La mitad de la población del país recibió desde aquel momento todas las posibilidades para incorporarse en la labor creadora del socialismo en condiciones iguales a los hombres. Se dice que la situación jurídica de la mujer es lo que mejor caracteriza el nivel cultural -escribió Lenin-. En este aserto se contiene un grano de profunda verdad. Y desde este punto de vista, sólo la dictadura del proletariado, sólo el Estado socialista ha podido lograr y ha logrado el más alto nivel cultural.
Se creó el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, todo un aparato estatal soviético completamente nuevo que dirigió la edificación cultural del país. El Partido bolchevique designó para trabajar en este organismo a militantes suyos tan destacados como Anatoli Lunacharski, hombre de colosal erudición y profundo conocedor de la literatura y el arte, que fue nombrado Comisario del Pueblo de Instrucción Pública, cargo que ocupó hasta 1933; a N. Krupskaia, la compañera de Lenin, pedagoga y educadora; al conocido historiador marxista M. Pokrovski, a Bonch-Bruevich y otros.
El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública emprendió su actividad en condiciones extraordinariamente precarias. Recuerdo -recordó más tarde Krupskaia- cómo tomamos el poder en el Ministerio de Instrucción Pública. Anatoli Vasilievich Lunacharski y nosotros, un puñado de miembros del Partido, nos encaminamos al edificio del Ministerio [...] En sus proximidades había un piquete de saboteadores [...] Excepto ordenanzas y mujeres de la limpieza, en el Ministerio no encontramos a nadie más. Recorrimos habitaciones vacías cuyas mesas estaban cubiertas de papeles revueltos; después, entramos a uno de los despachos y celebramos la primera reunión del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública.
Se carecía de especialistas, no alcanzaban los medios, faltaba experiencia. La mayoría de los funcionarios del antiguo Ministerio de Instrucción Pública, como los de otros ministerios, saboteaban las medidas del poder soviético. La burguesía y los conciliadores organizaron huelgas de maestros de escuela en distintos puntos del país.
A los pocos días de haberse creado, el Comisariado de Instrucción Pública publicó un llamamiento en el que se exponían los principios fundamentales de la política del poder soviético en la esfera de la enseñanza. En primer plano se planteaba la tarea de liquidar el analfabetismo. Señalaba la necesidad de organizar una escuela soviética única y fomentar las escuelas para adultos. El llamamiento exhortaba a todos los pedagogos progresistas a colaborar con el poder soviético. El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública declaró su tarea primordial la de mejorar la situación económica de los maestros de escuela.
El poder soviético democratizó la enseñanza: se suprimió la división de las escuelas en primarias, liceos, escuelas reales, etc. A todas las escuelas de la República se las denominó: Escuela laboral única. La enseñanza en la escuela se declaró gratuita. Quedó prohibido enseñar en las escuelas cualesquiera que fueran las doctrinas religiosas y oficiar cultos religiosos. Se introdujo la enseñanza conjunta de chicos y chicas. Se establecieron los principios generales de la instrucción politécnica. Como tareas para el futuro, se planteaba la enseñanza de todos los niños de edad escolar.
A pesar de las dificilísimas condiciones que imponían el hambre, la ruina económica y la batalla encarnizada contra la contrarrevolución, el Gobierno soviético sacó de donde pudo medios para construir escuelas, editar manuales de estudio, elevó el sueldo a los maestros y se preocupó de que en las instituciones de enseñanza superior estudiaran los hijos de los obreros y campesinos y no los de los explotadores. A los pocos días de haberse constituido el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, en una conversación con Lunacharski, Lenin propuso procurar por todos los medios ampliar el acceso a los establecimientos docentes superiores de las amplias masas y, en primer término, de la juventud proletaria. El Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó el 2 de agosto de 1918 el decreto sobre el ingreso en las instituciones de enseñanza superior que facilitaba al máximo que los trabajadores pudiesen matricularse en las escuelas superiores. Quedaron suprimidos los exámenes de ingreso. En los establecimientos de enseñanza superior se admitía y se instruía gratis a los hombres y mujeres de familias obreras y campesinas.
A pesar de las extraordinarias dificultades, el Gobierno soviético asignó medios para fomentar la enseñanza superior en el país. En 1918 se abrieron nuevas universidades en Nijni-Novgorod, Ekaterinoslav, Irkutsk, Voronezh y Smolensk, la Academia de Minería de Moscú, el Instituto Agropecuario de Odesa, el Instituto de Agricultura Siberiano, el Industrial en Omsk y otros. Se organizaron nuevas instituciones de investigación científica: el Instituto de Ciencias Agropecuarias de Rusia, el Instituto Central de Aerohidrodinámica (ICA) dirigido por el fundador de la aviación rusa N. Zhukovski, el Consejo Radiotécnico y otros establecimientos científicos.
Adquirieron gran difusión las escuelas para adultos, los cursillos y las universidades populares nacidas de la iniciativa creadora de los trabajadores. En las universidades populares, los obreros, campesinos y soldados rojos ampliaban su formación; además de ruso y aritmética, los alumnos adquirían en ellas conocimientos de ciencias naturales y sociales. En la Universidad Popular de Nijni-Novgorod, inaugurada en marzo de 1918, se organizaron cursillos para maestros de escuela, estadísticos, maquinistas de barcos fluviales y electricistas, cursillos de bellas artes, se daban conferencias de carácter preparatorio para los obreros. En las fábricas y en los sindicatos, en cooperativas, clubs y regimientos se creaban células de carácter cultural y educativo y se abrían bibliotecas. Los clubs se convirtieron en los centros de la vida política y cultural del país.
Los problemas de la enseñanza pública, del funcionamiento de clubs y bibliotecas fueron objeto de particular desvelo por parte de las organizaciones del Partido y de los soviets locales. En la ciudad y en el campo se difundió ampliamente la labor cultural y educativa. Los mejores locales de las fincas terratenientes incautadas pasaron a ser bibliotecas, clubs y casas del pueblo.
En todas partes se inauguraban bibliotecas, y aunque se nacionalizaron los fondos de libros particulares más importantes, entregándoselos a bibliotecas y salas de lectura, faltaban libros. Yo concedo gran importancia a las bibliotecas –le dijo Lenin a Lunacharski- [...] El libro tiene una fuerza colosal. La afición por él después de la revolución aumentará mucho. Hay que asegurar al lector con grandes salas de lectura y dar más movilidad al libro, el cual debe llegar por sí mismo hasta el lector. El 29 de diciembre los soviets aprobaron el decreto de creación de la editorial del Estado por el que se encomendaba al Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública comenzar una amplia actividad editora, y en primer lugar, emprender la publicación masiva de clásicos rusos y de manuales de estudio para los obreros y campesinos. A pesar del hambre, de la ruina industrial y de la encarnizada lucha contra los enemigos de dentro y fuera del país, el Gobierno soviético asignó fondos y papel, editándose durante el año 1918 con tiradas masivas las obras de Tolstoi, Chejov, Gogol, Turgueniev y otros escritores clásicos.
La prensa fue un medio importantísimo de educación política de las masas e instrumento de la construcción socialista. A finales de 1918 fueron cerrados los periódicos contrarrevolucionarios burgueses que incitaban a la sedición contra el poder soviético. Se fundaron nuevos rotativos impulsados por las organizaciones populares, sindicales, cooperativas, militares y estatales que publicaban los artículos y cartas de los trabajadores en las que éstos compartían su experiencia en la estructuración de la nueva sociedad. Se hicieron muy populares los diarios centrales Pravda e Izvestia. Sólo en el primer semestre de existencia de la República Soviética, estos periódicos publicaron más de 300 informes, muchos artículos de destacados dirigentes bolcheviques como Sverdlov, Stalin, Dzerzhinski, Krupskaia o Lunacharski, entre otros.
La revolución abrió una nueva página en la historia del teatro ruso. Ahora todos comprendemos perfectamente que de no haber sido por la Gran Revolución Socialista de Octubre, nuestro arte se habría estancado y desaparecido, dijo Nemirovich-Danchenko, destacada figura del teatro. La revolución liquidó la dependencia económica del teatro respecto a la burguesía y le abrió el camino hacia el pueblo trabajador. Era otro el público que acudía al teatro: obreros, campesinos y soldados rojos para los que representaban dramaturgos como Stanislavski, Kachalov, I. Moskvin, A. Iuzhin, M. Ermolova, A. Nejdanova, L. Sobinov y otros muchos.
La revolución restituyó a los trabajadores los tesoros artísticos apropiados por las clases explotadoras, creados durante siglos por el pueblo, por sus mejores representantes. El Gobierno soviético nacionalizó los palacios de Petrogrado y de sus afueras con todas las joyas de arte que guardaban. El 3 de junio de 1918, una disposición especial del Consejo de Comisarios del Pueblo nacionalizó la Galería Tretiakov, no sólo de importancia para toda Rusia, sino también mundial.
Hasta la revolución, las galerías de pinturas y los museos sólo eran visitados por pintores, por los aficionados a la pintura y por la intelectualidad. Cuando fueron nacionalizados, llenaron sus salones obreros, soldados, estudiantes y campesinos. En los años veinte del pasado siglo, en Leningrado o en Moscú había más exposiciones de pintura que en París, Berlín, Londres, Nueva York, Roma y todas las demás ciudades del mundo juntas. Además no había mercaderes del arte, no había negocio con la cultura ni vividores del arte. Si hasta octubre de 1917 en Rusia no había más de 30 museos, en 1918 ya existían 87. En Petrogrado, Moscú y en otras grandes ciudades se ampliaban los viejos museos y se creaban otros nuevos. Muchos de ellos se convirtieron en el orgullo del pueblo soviético.
Por una disposición del Consejo de Comisarios del Pueblo fueron declarados patrimonio del Estado los de Moscú y de Petrogrado. Pasaron a disposición del pueblo todas las instituciones musicales. Con el vasto apoyo del pueblo, el Gobierno soviético realizó una gran labor de registro y conservación de los monumentos de arte e históricos transformados en patrimonio de todo el pueblo. Se proclamaron varios decretos dedicados especialmente a la conservación de los valores culturales y que prohibían su exportación al extranjero.
A pesar de la difícil situación financiera, el Consejo de Comisarios del Pueblo asignó medios para la conservación de museos y trabajos de restauración. Comenzaron a restaurarse las catedrales y las torres del Kremlin. Empezaron grandes obras de restauración de los monumentos de la antigua pintura rusa en las catedrales de Dmitrov y Zvenigorod, en el Monasterio de Kirilo-Bielozersk y en el Monasterio de Truitsa-Serguievsk. Una vez dueños de su país, obreros y campesinos mostraron un desvelo particular por conservar los tesoros monumentales de la historia y del arte.
En este aspecto es ejemplar la historia de Yasnaia Poliana, la finca de Tolstoi. En otoño de 1917, los periódicos burgueses difundieron el bulo de que había sido destruida por los campesinos. El 20 de septiembre, la asamblea de campesinos de Yasnaia Poliana acordó colaborar por todos los medios a conservar, tanto la casa, como todos los bienes de la finca donde vivió y trabajó el gran amigo del pueblo L.Tolstoi, del que conserva sagrado recuerdo toda la opinión pública de Yasnaia Poliana.
Los campesinos cumplieron su acuerdo. La finca del gran escritor fue conservada para la humanidad. El 30 de marzo de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó una disposición por la que se concedía una pensión a la viuda de Tolstoi y ratificaba la resolución de los campesinos para el usufructo perpetuo de la finca por la viuda. Los campesinos asumieron la protección de los valores culturales de la finca y pidieron que se desmintiesen los infundados rumores acerca de los inexistentes desórdenes acontecidos en Yasnaia Poliana.
No es menos característico otro ejemplo. En 1918, los combatientes de la Brigada Bashkira del Ejército Rojo, repararon con los campesinos la casa natal de Pushkin en la aldea de Mijailovskoe, deteriorada por un incendio, y establecieron una guardia permanente. A pesar del hambre y la ruina, gracias a los desvelos de los órganos centrales y locales del poder soviético y, por iniciativa de los propios trabajadores, se conservaron valiosas joyas artísticas que habían pasado a ser patrimonio del pueblo.
La Revolución Socialista creó posibilidades ilimitadas para el fomento de la ciencia y la técnica. Antes, todo el talento del hombre, todo su ingenio -dijo Lenin en el III Congreso de los Soviets-, trabajaba creadoramente con la sola finalidad de proporcionar a unos todos los beneficios de la técnica y la cultura y para privar a otros de lo más necesario, de la instrucción y del desarrollo. Ahora, todas las maravillas de la técnica, todas las conquistas de la cultura serán patrimonio de todo el pueblo y, a partir de hoy, el talento y el ingenio humanos jamás serán transformados en medios de violencia, en medios de explotación.
Por primera vez en la historia fue liquidada la dependencia del pensamiento científico del poder omnímodo del capital. Se plasmaron en realidad los sueños de los científicos más progresistas de todas las épocas acerca del servicio al pueblo, de trabajar en provecho y prosperidad de él. Ninguna clase estuvo tan interesada en desarrollar la ciencia y la técnica como el proletariado triunfante. Sólo utilizando los adelantos más nuevos de la ciencia y la técnica se podían desarrollar las fuerzas productivas del país. La ciencia ocupó un puesto de honor en la edificación socialista.
En los primeros tiempos, sin embargo, la vieja intelectualidad científica se encontraba influenciada por la ideología burguesa y pequeño-burguesa y no quería reconocer al poder soviético ni trabajar para los bolcheviques. Sólo a finales de 1917 y comienzos de 1918 se advirtió un viraje en los científicos para acercarse al poder soviético. A principios de 1918 tuvieron lugar conversaciones con la Academia de Ciencias de Rusia acerca de su incorporación para el cumplimiento de las tareas del Gobierno soviético. El Comisario del Pueblo de Instrucción Pública, Lunacharski, dirigió una carta a la Academia de Ciencias exhortándole a unificar todas las fuerzas científicas del país para colaborar con el poder soviético. En su respuesta. A. Karpinski, presidente de la Academia de Ciencias, comunicaba que los científicos estaban dispuestos a cumplir las misiones que les encargase el Gobierno soviético. Cada día era mayor el número de científicos que reconocía al poder soviético y que expresaba su deseo de trabajar bajo los auspicios del nuevo Gobierno.
En abril de 1918 Lenin escribió su borrador del plan de trabajos científico-técnicos, en el que en nombre del VSJN proponía encomendar a la Academia de Ciencias formar varias comisiones de especialistas para confeccionar con la mayor rapidez posible un plan de reorganización de la industria y del ascenso económico de Rusia. En este plan -recomendaba Lenin-, se debe prever la distribución geográfica racional de la industria y su máximo desarrollo, así como asegurar al país con todos los tipos fundamentales de materia prima y producción industrial. Se prestaba atención singular a la electrificación de la industria y del transporte y al empleo de la electricidad en la agricultura. Fue el programa de actividad para la ciencia soviética durante muchos años.
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La obra de Alexander Blok, cuya poesía inigualable, saturada de romántico ímpetu, tuvo en la revolución un nuevo estímulo, desempeñó un gran papel en la formación de la literatura soviética.
Blok acogió el Poder soviético sin reservas, y su poema Los doce es el primero sobre la revolución en la poesía rusa soviética.
Blok siempre simpatizó con el pueblo trabajador oprimido del Imperio Ruso, y por eso no fue casual que se hiciera bolchevique. Se sumó a la revolución porque ella, esta revolución bolchevique con todos sus horrores y su anarquía, le recordaba al poeta precisamente el alma rebelde de Rusia. En el poema Los doce esta concepción de la revolución encontró la expresión más completa.
Sobre el poema se han escrito miles de artículos y estudios, que señalan su papel específico e importante en la formación y desarrollo de la literatura soviética, y definen el poema como la primera plasmación de la realidad revolucionaria de Rusia en imágenes artísticas, como prueba del apoyo absoluto del poeta a las ideas de la Revolución de Octubre.
Para que todos los burgueses puedan penar
el fuego del mundo vamos a soplar
En esta consigna jubilosa del pueblo sublevado se escucha también la voz triunfal del propio Blok, quien supo distinguir, tras el aparente caos de los acontecimientos revolucionarios, la voluntad organizada de las masas que demolían el viejo mundo injusto de los terratenientes y burgueses y edificaban una nueva sociedad, en la que millones de esclavos atemorizados se convertían en dueños de su destino.
El poema fue la respuesta a los enmigos de la Revolución, que no querían ver en él más que una bufonada de la revolución, y que censuraban a la revolución porque ésta no se realizaba conforme a la leyes de la piedad y la resignación.
Es en realidad una confirmación poética de las fuerzas creadoras y de los fines constructivos de la Revolución, realizada no por gente escogida, despojada de toda la inmundicia de pasado y que haya logrado la absoluta perfección moral, sino precisamente por aquellos que aún están enterrados hasta las rodillas en el fango del mundo viejo, y que aún conservan mucho de la sicología tradicional de la sociedad capitalista. La grandeza del poeta se puso de manifiesto también en el hecho de que él vio detrás de lo pasajero y temporal, lo importante y fundamental: que la revolución bolchevique llevaba consigo la construcción de Rusia sobre principios nuevos, justos y verdaderamente humanos.
La revolución socialista fue dialéctica. Llevó consigo la negación y la afirmación, la destrucción y la creación, los sufrimientos y la alegría. En la cruenta lucha se enfrentaron lo viejo y lo nuevo. Lo viejo se resistía obstinada y desesperadamente, pero aún más obstinada y desesperadamente rompía esta resistencia el pueblo sublevado.
Tras la revolución, la intelectualidad se dividió. Una parte adoptó posiciones reaccionarias huyendo del país. La reacción se llevaba a sus bufones consigo... Al otro lado de la barricada no sólo estaban los zaristas sino muchos (casi todos, dijo Gorki) de los que antes se llenaban la boca de revolución, los críticos exquisitos del capitalismo, a los que Blok calificó de traidores, cobardes y lameplatos de la canalla burguesa: Toda su revolución era una oposición de salón al gobierno zarista, dijo Blok.
Al respecto hay una frase del escritor Serafimovich que no estaba de acuerdo con eso de que la mayor parte de los intelectuales habían huido de Rusia: ¿No era Lenin un intelectual?, preguntaba, ¿Es que muchos militantes del Partido no eran intelectuales?, insistía. Por decirlo en palabras de Blok: Los decretos de los bolcheviques son los símbolos de la intelectualidad.
Quienes huyeron jamás crearon fuera de Rusia una obra de calidad mediana. Una parte de los que huyeron no tardaron en hacer el camino de vuelta, sobre todo el músico Prokofiev. En la cultura sucedió como en la economía y en todos los demás ámbitos sociales: la revolución puso a la atrasada Rusia a la cabeza del mundo. En ningún país del mundo coinciden músicos como Shostakovitch, Muradeli, Prokofiev o Jachaturian, cineastas como Vertov, Pudovkin o Eisenstein, y escritores como Maiakovski, V.Ivanov o Sholojov.
Sin embargo, los mejores representantes progresistas de la literatura anterior a la revolución se pasaron a las filas del proletariado triunfante. Gorki, Esenin, Maiakovski, Blok y Biedni pusieron toda la fuerza de su talento al servicio de los explotados y oprimidos. En enero de 1918 los artistas más destacados como el creador de la corriente pictórica del suprematismo Casimir Malevich, Kandinski, Vladimir Tatin, el principal fotógrafo de la vanguardia y gran pintor Alexander Rodchenko, A. Drevin y otros asumieron la presidencia del recién formado departamento de artes plásticas del Comisariado de Instrucción Pública.
Octubre. ¿Aceptarlo o no? Esta pregunta no existió para mí... Esta era mi revolución. Fui al Smolny y trabajé en todo lo que fue necesario, escribió Maiakovski en su autobiografía. Llegué a la Revolución de Octubre cuando tenía medio siglo de vida, pero la cuenta de mis años la llevo desde que comenzó la revolución, decía Serafimovich, que ingresó en 1918 en el Partido bolchevique. La revolución de 1917 fue también para mí un profundo viraje, recordaba el poeta Briusov. El novelista Leonid Leonov dijo en el Congreso de Escritores de 1934, que presidió junto a Gorki: Estoy viviendo en el periodo más fantástico de la historia mundial.
El primer año de poder soviético se caracterizó por la creación de importantes obras literarias que reflejaban el heroísmo revolucionario que estaban protagonizando unas masas hasta entonces explotadas y oprimidas. Las masas se convierten en el elemento primordial de la historia y, en consecuencia, las masas iban a ser los protagonista de las novelas. La literatura entra en aquel momento en un proceso épico. Como corresponde a la nueva época revolucionaria que están inaugurando, en aquellos relatos todo -los personajes, los paisajes, los sucesos- es grandioso. Las masas adquieren una clara conciencia de la grandiosidad de su hazaña, a su vez espejo de su propia grandiosidad. Ya no hay personajes, no hay perfiles individuales ni sicológicos porque los nuevos escritores han dejado de mirarse el ombligo. El pasado había muerto y el futuro estaba por construir. El tono confesional de los poetas es sustituido por narraciones de hechos sufridos o vividos. Frente a una narrativa urbana propia de la época prerrevolucionaria, la literatura soviética inicia en aquellos momentos otra de carácter predominantemente rural.
Uno de los intelectuales que huyó de Rusia tras la revolución fue el novelista Alex Tolstoi (1882-1945), quien reconoció que en 1917 odiaba a los bolcheviques y que se posicionó abiertamente con el zarismo. Pero en 1921 volvió, convirtiéndose en uno de los grandes literatos soviéticos. Luego escribió lo siguiente: A mi la Revolución de Octubre me lo dio todo como artista.
Las primeras novelas de Tolstoi fueron de ciencia-ficción, aunque luego se fue decantado progresivamente hacia el realismo y la novela histórica. Escrita en 1922, Aelita es su novela más conocida. También conocida como El Soviet en Marte, esta novela sirvió como punto de partida para una célebre película homónima de 1924, dirigida por Protozanov. La ciencia-ficción es el gran género desconocido de la producción cultural soviética, en las antípodas de lo que habitualmente se pretende hacer pasar como tal.
El argumento de Aelita se inicia cuando el ingeniero Loss decide reclutar voluntarios para un vuelo tripulado a Marte en una nave acompañado por el soldado Gusev. No tardan en trabar contacto con los azules y menudos marcianos y son conducidos a su espléndida capital, Soázera, donde gobierna el soberano Tuscub. Su hija, la bella Aelita, no tarda en cautivar el corazón del ingeniero Loss quien, gracias a ella, conoce el increíble origen y el trágico destino de esta civilización: se trata de un pueblo descendiente de la Atlántida terrestre y la esterilidad está abocando a la raza a una inevitable desaparición. Marte es un planeta crepuscular y sus habitantes aguardan resignados su fin, consolados únicamente por un narcótico, la javra. Además, algo huele mal en Soázera, como descubre Gusev. En un discurso digno de gobernante zarista, el implacable Tuscub, no se muestra especialmente comprensivo con el proletariado urbano de la capital:
La fuerza que arruina el orden mundial, es decir, la anarquía, viene de la ciudad, que es un laboratorio en que se fabrican asesinos, borrachos, ladrones, almas vacías [...] Y el deber del Gobierno es luchar contra los aniquiladores ilusos, oponiéndoles la voluntad del orden. Tenemos que hacer un llamamiento a las fuerzas sanas del país y arrojarlas contra la anarquía [...] Es, pues, necesario aniquilar la ciudad, no dejar nada de ella.
Exacerbados los ánimos, Gusev acaudilla una revolución socialista en Marte, que es reprimida sin concesiones. Tras vagar por el inframundo subterráneo de Soázera, Loss y Gusev logran huir a la Tierra, el primero desolado por la pérdida del amor verdadero, el segundo dispuesto a regresar pero esta vez acaudillando una revolución triunfante. Entre ambas posturas, Tolstoi se decanta inequívocamente por Loss, dejando de lado las heroicidades de la Revolución en favor de los sentimientos. Para Loss, la novela concluye con un tenue rayo de esperanza en forma de mensaje de su amada Aelita.
Es una novela romántica tanto como política, optimista y esperanzada, un canto al paraíso recobrado, Rusia, que tanto Tolstoi como los protagonistas de su libro daban por perdido. En resumen, una de las mejores novelas de ciencia-ficción de la década de los veinte que aún se lee con enorme gusto, aún por aquellos que no les gusta la ciencia-ficción.
Otra novela interesante de ciencia-ficción es El hiperboloide del ingeniero Garin, publicada en 1927, en la que el referido ingeniero, el típico científico loco, está dispuesto a dominar el mundo con su hiperboloide, un rayo lumínico de efectos devastadores, precursor del láser. Sus colaboradores, forzosos unos, voluntarios otros, son la guapa Zoia Monroz, mujer fatal y de pocos escrúpulos, el magnate de la industria química americana Rolling, tiburón de los negocios dispuesto a colonizar Europa, y el inspector soviético Shelgá que se dedica a organizar una revolución socialista mundial.
Garin codicia las reservas mundiales de oro, ocultas en la capa olivínica de la corteza terrestre, con la intención de depreciarlo y revalorizarlo a voluntad para así controlar la marcha de la economía mundial. La Europa de la novela está deshecha por la primera guerra mundial, el revanchismo y el presentimiento de otra futura conflagración mundial. Tampoco es muy difícil ver que Garin es el símbolo del emergente fascismo, del mismo modo que Rolling lo es del capitalismo internacional aliado con el fascismo, Shelgá es un trasunto del prometedor futuro socialista y Zoia representa la vieja y desorientada Europa, dispuesta a venderse al mejor postor. En un momento dado, Garin expone sus delirantes intenciones a Shelgá:
Lo interesante del caso es que no se trata de una utopía [...] Simplemente soy lógico [...] Está claro que a Rolling no le he dicho nada, porque no es más que un bestia [...] Verdad es que Rolling y todos los Rolling del mundo hacen a ciegas lo que he desarrollado creando un amplio y preciso programa. Pero lo hacen como bárbaros, pesada y lentamente [...] Mi primera amenaza al mundo será dar al traste con el valor del oro. Obtendré cuanto oro quiera. Después pasaré a la ofensiva. Estallará una guerra más terrible que la del 14. Mi victoria está asegurada. Luego procederé a la selección de la gente que quede viva después de la contienda y de mi victoria, aniquilaré a los indeseables, y la raza por mí elegida empezará a vivir como corresponde a dioses, mientras los ‘operarios’ trabajarán con todo empeño, tan satisfechos de su vida como los primeros habitantes del paraíso.
Es otra novela que sorprenderá a todos los que tienen un estereotipo de la producción cultural soviética.
El novelista Alexandr Beliaev (1884-1942) fue el Julio Verne de la ciencia-ficción soviética. Autor de ingente producción, unas 60 novelas, fue más famoso aún que Alex Tolstoi. Pasó gran parte de su vida postrado en la cama, a consecuencia de una caida producida a los 14 años, intentando volar en un aparato de su invención. Esto explica que los protagonistas de sus obras sean casi siempre seres dotados de superpoderes y habilidades especiales, excepto en El ojo mágico.
Consagrado a la ciencia-ficción desde 1925, Beliaev destaca por su agilidad narrativa y por ambientar sus novelas en países capitalistas, lo cual le permite una crítica feroz, no exenta de ingenio, de su modo de vida, como en el relato Mister Risus, que narra las andanzas de un estadounidense dedicado al mundo del espectáculo, cuyo mayor afán es lograr una explicación científica del fenómeno de la risa y vengarse de un empresario que se niega a darle una parte de los beneficios que le corresponden por sus chistes.
Beliaev es meticuloso en el manejo los datos científicos, tal y como demuestra en La gravedad ha desaparecido, perteneciente a una serie de relatos protagonizados por el profesor Wagner, quien en esta ocasión utiliza la hipnosis para impartir al lector, en un tono marcadamente científico, una lección sobre las leyes de la gravedad y la fuerza centrífuga.
De la obra novelística de Beliaev destacan La estrella Ketz, Ictiandro (también conocida como El hombre anfibio), El ojo mágico y Ariel. De El ojo mágico, una novela de 1938, sorprende su optimismo con respecto a las posibilidades de la ciencia y la tecnología. El autor desarrolla la idea de la televisión -el ojo mágico- y sus múltiples aplicaciones prácticas, en particular la investigación subacuática. No menos optimista se muestra con respecto a la energía nuclear:
Sí, la piedra filosofal. El sueño de los alquimistas sobre la transformación de los elementos... No es solamente una revolución. ¡Es una nueva época de la química, de la historia de la Humanidad! [...] Los motores atómicos realizarán una completa revolución en la técnica y en la vida. Seremos inmensamente más fuertes y ricos.
En el argumento D. Blasco Jurgés naufraga a bordo del transatlántico Leviatán, llevándose a las profundidades abisales la fórmula de la energía atómica. El periodista español Blasco Azores indaga en Argentina, patria del finado Jurgés, y convence a las autoridades soviéticas para organizar una expedición, capitaneada por el ingeniero Borin y seguida desde su hogar -a través de la televisión- por el joven Mishka Borin, convaleciente de un accidente. Una vez en el Atlántico, y después de descubrir nada menos que la Atlántida, coinciden con otra expedición, dirigida por un tal Scott, siempre dispuesto a entorpecerles la tarea. En cuanto a los logros de la ciencia soviética, la novela dice en uno de sus pasajes:
El encuentro de la flotilla soviética en el océano Atlántico en el lugar de la catástrofe del Leviatán fue un golpe inesperado para Scott. No dudaba de que los bolcheviques en algún modo habían olido el oro [...] Ellos disponían de tres barcos, excelentes instalaciones de televisión y, sobre todo, casi inagotables recursos materiales y técnicos [...] ¡Una potencia que no ahorraba recursos con tal de lograr su objetivo!
Publicada en 1941, Ariel narra la historia del joven heredero inglés del mismo nombre a quien sus tutores, para desposeerle de su patrimonio, ingresan en una extrañísima escuela teosófica de la India. Un tal Dr. Hyde, el científico loco de rigor, le enseña a volar. Ariel huye de su internado y sobrevuela toda la India, donde conoce la injusticia del sistema de castas. Es tomado por un dios, sirve de bufón al rajá y acaba trabajando en un circo, antes de viajar a Nueva York, ciudad en la que trabaja de Supermán. Harto de Estados Unidos, donde una buena intención puede devenir un crimen horrible, regresa a la India, junto a sus verdaderos amigos.
Beliaev murió al año siguiente, en plena guerra mundial de una manera brutal, vencido por el hambre de aquellos trágicos días.
La ciencia-ficción soviética cuenta con otras grandes obras como Dentro de mil años (1927), de V. Nikolski, donde predice una explosión nuclear para 1945 (bingo), La tierra feliz (1931), de Yan Larri y El secreto de los dos océanos (1938), de Georgi Adamov. Es un género literario que engendró una ingente producción novelística tanto en la Unión Soviética como luego en los demás países socialistas y, desde luego, de una calidad muy superior a la estadounidense. La ciencia-ficción soviética expresaba la confianza de los pueblos soviéticos por la ciencia y el progreso de la humanidad, tiene un claro signo positivo, y no tenebroso, como en los países capitalistas. También era una manera de interesar a las masas por el saber, haciéndoles partícipes de los avances del conocimiento.
Notas:
(1) Por investigación directa, Raymond Robins y Bruce Lockhart comprobaron conjuntamente que muchos de aquellos jefes de bandidos antisoviéticos, algunos de los cuales se llamaban anarquistas, eran realmente financiados por el Servicio de Inteligencia alemán para provocar desórdenes y motines, como pretexto para la intervención alemana en Rusia.
(2) En 1922 fue abolida la Cheka y sustituida por la OGPU (iniciales del titulo ruso Administración Política Unida del Estado). En 1934, la OGPU fue reemplazada por el NKVD, Departamento de Seguridad Pública dirigida por el Comisariado Soviético de Asuntos Interiores.
(3) En este capítulo y en el resto de La Gran Conspiración, los autores emplean la pintoresca historia del capitán Sidney Reilly como símbolo de las actividades de la coalición occidental antisoviética, encabezada durante aquel periodo por el torysmo inglés y la reacción francesa. Si bien las opiniones y los actos que aquí se atribuyen a Reílly, son en efecto, personalmente suyos, es evidente que el propio Reilly no se hallaba en posición de tomar la iniciativa de una politica, sino que fue entonces y después, simplemente, el instrumento más resuelto y audaz de la conspiración antisoviética dirigida desde fuera de Rusia.
(4) El asesino de Mirbach era un terrorista social-revolucionario llamado Blumkin. Logró entrar en la embajada alemana haciéndose pasar por un funcionario de la Cheka que venía a prevenir a Mirbach de un proyectado ataque contra su vida. El embajador alemán preguntó a Blumkin cómo se proponian actuar los asesinos. ¡Así!, exclamó Blumkin, sacando rápidamente una pistola con la cual disparó contra el embajador. El asesino escapó saltando por una ventana e introduciéndose en un automóvil que lo esperaba. Algún tiempo después, el asesino Blumkin llegó a ocupar el puesto de guardia de corps de León Trotsky.
(5) Después de su regreso a Inglaterra el capitán George Hill fue designado, en 1919, para trabajar como oficial de enlace con los ejércitos de los rusos blancos del general Antón Denikin, durante la guerra de intervención contra la Rusia soviética. Más tarde, el capitán Hill pasó a trabajar, como agente especial, para sir Henry Deterding, el famoso magnate petrolero cuya obsesión era destruir a la Rusia soviética, y que ayudó a financiar la subida al poder de Hitler en Alemania. Más adelante, el gobierno inglés empleó a George Hill en importantes misiones diplomáticas en la Europa oriental. En 1932 se publicó en Londres un libro de Hill, en el que éste relataba algunas de sus aventuras como espía en la Rusia soviética; el titulo de la obra era Id a espiar la tierra. Aventuras de I.K.8, del Servicio secreto británico. En la primavera de 1945, el Gobierno de Churchill eligió a George Hill, que ya había ascendido a brigadier del ejército inglés, para ir de enviado especial a Polonia. El brigadier Hill, según se explicó, iba a servir de observador británico en Polonia, para luego informar a Londres sobre la entonces agitada sltuación polaca. Pero el gobierno provisional polaco no permitió al brigadier Hill entrar en Polonia.
(6) Miliukov decía en un estudio jurídico sobre la Unión Soviética que la facultad concedida a cada Estado participante de retirarse de ella le arrebataba la personalidad jurídica, le impedía como consecuencia contraer ningún compromiso internacional. Esto no se ha producido. Lo que sí se ha visto, por el contrario, ha sido la enorme influencia moral que esta ausencia de coerción ha dado al Partido Comunista sobre los pueblos pertenecientes a la U.R.S.S.
(7) Estos países se diferenciaban más entre sí que los que han formado los Estados Unidos de América y entre estas razas existían muchísimos más contrastes que entre el ruso y el francés o el alemán.