La Conferencia Comunista latinoamericana

Codovilla estableció en 1926 una Oficina Sudamericana de la Internacional Comunista en Buenos Aires, convirtiéndose en el enlace entre Moscú y las organizaciones locales. Inicialmente la atención de la Oficina Sudamericana estuvo centrada casi exclusivamente en los países en los que ya se había desatado la lucha de clases, aquellos más europeos y urbanos como Argentina, Chile, Colombia y México. La única excepción era Nicaragua, donde la Internacional Comunista apoyó al general Augusto César Sandino, que estaba involucrado en la guerra antimperialista contra Estados Unidos.

Un año después del VI Congreso, la Oficina Sudamericana convocó la I Conferencia latinoamericana de partidos comunistas, que se reunió en Buenos Aires en junio de 1929. Fue un evento excepcional, la primera reunión continental de comunistas representados por 38 delegados procedentes de 15 países latinoamericanos diferentes, la inmensa mayoría de los cuales eran muy jóvenes, marxistas en proceso de formación. La Internacional Comunista decidió la organización de la Conferencia dentro de los planes aprobados por el VI Congreso el año anterior, con el fin de acelerar la formación de partidos comunistas en todos los países del continente en previsión de la gigantesca crisis capitalista que se iba a desatar al año siguiente.

En la Conferencia la mayoría de los ponentes eran mexicanos, argentinos, uruguayos o chilenos, y en el temario inicial aparecían sólo ocho puntos. Aunque a causa de su enfermedad no pudo estar presente, Mariátegui participó en la redacción de las ponencias que presentó la delegación peruana, integrada por Portocarrero y Hugo Pesce, que utilizaba el apodo de Sacco en memoria del anarquista Nicola Sacco, ejecutado dos años antes en Estados Unidos. Previamente ambos, junto con Mariátegui y Martínez de la Torre prepararon una vez más las ponencias que serían presentadas en Buenos Aires, de las cuales Mariátegui redactó tres: Antecedentes y desarrollo de acción clasista, El problema de las razas en América Latina y Punto de vista antimperialista. Antes de que partiera la delegación, se reunieron todos ellos para discutir la situación del país y los aspectos organizativos del Partido Socialista.

Para comprender correctamente el verdadero significado de aquella Conferencia es necesario tener en cuenta que si la Internacional Comunista hubiera pretendido impartir órdenes, no la hubiera convocado. Se trataba, pues, de una reunión convocada para debatir (pero no solamente para ello, obviamente), y a lo largo de ese debate se produjeron acuerdos y desacuerdos entre los participantes. Sin embargo, con los años esos debates -que eran internos- han sido inflados ficticiamente, especialmente por la intelectualidad burguesa peruana para tratar de separar a Mariátegui del comunismo, ocultando las actas de lo que allí se dijo. Quieren dar la impresión falsa de que las divergencias se plantearon exclusivamente entre la delegación peruana y los demás miembros de la Conferencia y, por tanto, que Mariátegui no estaba de acuerdo con la Internacional Comunista y, a la inversa, que la Internacional Comunista no estaba de acuerdo con Mariátegui. Portocarrero, representante de los comunistas peruanos, advirtió lo siguiente sobre el motivo de su presencia en la reunión: Hemos venido los compañeros del Perú a solucionar un asunto que a todos nos interesa como revolucionarios, y apreciamos en su justo valor las intervenciones de los compañeros, encaminadas a evitar que incurramos en algún error que más tarde se pueda reflejar en nuestro Partido. Quiero pues que se produzca la crítica severa sobre nuestras proposiciones, la que será recibida y contestada con la máxima sinceridad.

Aunque en la conferencia de Buenos Aires estaban presentes el suizo Humbert-Droz, con el nombre de Luis, y Peters, miembro de la Internacional Juvenil, el responsable era el italo-argentino Victorio Codovilla, que presentó el informe inicial, base de los debates posteriores. El largo texto a que dio lectura caracterizaba la coyuntura por la que pasaba el continente y ofrecía un balance provisional de la situación internacional y continental. El otro delegado peruano, Hugo Pesce, mostró su acuerdo con este informe de Codovilla: Refiriéndome al informe del compañero Codovilla, diré que nuestra delegación está de acuerdo con los conceptos vertidos. Creo que ese informe sintetiza en forma certera la realidad actual y señala la posición que el proletariado debe adoptar en los presentes momentos.

En consecuencia, las insinuaciones deslizadas en sentido contrario carecen de fundamento. Ni los países ni las clases son abstracciones vacías. El proletariado tiene su propia historia, sus condiciones de vida, su cultura, su conciencia de clase, en la que tiene una importancia decisiva la experiencia previa, la historia anterior de los hombres que la conforman, la praxis y la tradición. Las clases sufren también la mediación nacional. Otra intervención de Portocarrero en la Conferencia, partiendo de los hechos concretos observaba correctamente: En el sector del Perú, esta economía [el capitalismo] está poco desarrollada y, si la fábrica es la formadora de conciencia de clase del proletariado, es lógico que éste tenga una conciencia política poco desarrollada. De aquí deducimos que las directivas que para nuestros países importa el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista, tienen que ser diferentes, porque diferentes son las condiciones de cada región. Con toda correccción Portocarrero reiteraba las peculiaridades nacionales de Perú. La clase obrera peruana era joven y numéricamente reducida. Esto último obligaba a buscar aliados en otros sectores sociales igualmente explotados. El escaso número del proletariado industrial podría compensarse si se le unían los campesinos, los obreros agrícolas que trabajaban en las plantaciones azucareras y algodoneras y los artesanos. La intervención de Portocarrero es casi la única, a lo largo de toda la conferencia, en la que se hizo mención de los artesanos, personajes precisamente no secundarios en la América Latina de entonces. En Perú, en el interior de los grupos heterogéneos que formaban el artesanado, tenían cierto renombre los zapateros, carpinteros, sastres. Ellos fueron los protagonistas de las primeras luchas que convulsionaron a Lima con los inicios del siglo.

Por eso cuando en otro momento de la Conferencia Portocarrero y Pesce reivindican el papel de los campesinos, lo hacen pensando en su condición de explotados pero también por la tradición de movimientos y sublevaciones acumulada en el país andino. Pero, como ocurría con los obreros, desde el punto de vista comunista lo importante seguía siendo lo concreto: buscar las peculiaridades de esos campesinos, que en el área andina nacían de una especial unión entre la condición de clase y la situación étnica, es decir, eran campesinos pero también indios. Si a algunos Mariátegui siempre tuvo que recordarles la condición social de los indígenas, a otros tuvo que recordarles la condición indígena de los campesinos. Naturalmente que esto es suficiente para comprender que no existía, por un lado, la clase obrera (o los campesinos) y luego los indígenas, por el otro, que Mariátegui está muy por encima de tamañas simplificaciones.

De todas las críticas que recibieron los dos delegados peruanos en la Conferencia hay una que llama especialmente la atención porque se refería a una cuestión muy específica: se trata de la cuestión de Tacna y Arica, que se remontaba a la guerra del Pacífico de 1879 entre Chile y Perú. En el Tratado de Ancón se prescribió la realización de un plebiscito para definir la situación de esas dos provincias, que hasta 1883 habían pertenecido a Perú. Chile se oponía a la realización de ese acuerdo, llegando incluso a hostigar a los peruanos residentes en esos lugares y fomentando de la migración chilena al norte. La herida estaba abierta y era una ocasión para remitir al exterior los problemas internos y sobre todo de recubrir con un supuesto patriotismo una política internacional caracterizada por la subordinación a los intereses norteamericanos.

La cuestión de Tacna y Arica está ausente en la obra de Mariátegui: apenas hay una breve mención sin firma en Amauta y una alusión indirecta a propósito del conflicto entre Bolivia y Paraguay, donde Mariátegui sostiene, frente a la guerra, la tesis de la unidad latinoamericana. En este punto coincidía con el integracionista Haya de la Torre, pero difería de otros intelectuales como Raúl Porras, Jorge Basadre o José Jiménez Borla, para quienes la cuestión nacional en Perú empezaba por ese problema fronterizo. Es un silencio significativo en la obra de Mariátegui.

Codovilla criticó a la delegación peruana específicamente por no haber lanzado como alternativa en el problema fronterizo la consigna de un plebiscito obrero, con la finalidad de fomentar una resistencia popular a una solución que, según Codovilla, venía impuesta por los imperialistas, con descontento de ciertas capas de la población, y destinada a constituir posteriormente en la zona una base de operaciones militares para sofocar cualquier insurrección. Esta apreciación se enmarcaba en un razonamiento que consideraba inminentes los conflictos interimperialistas en Latinoamérica, la agudización de la situación económica y la emergencia de movimientos sociales con un perfil insurreccional. La cuestión de Tacna y Arica era un aspecto importante de la estrategia imperialista en el Pacífico, aunque no había sido percibida así por los peruanos, dado su desconocimiento de la cuestión nacional y de la coyuntura por la que pasaba América Latina.

Terminada la intervención de Codovilla, Hugo Pesce dijo: Nosotros, comunistas, debemos estudiar un punto importantísimo: cuál ha sido la posición de las distintas capas sociales frente a un conflicto determinado, lo que significaba argumentar que ante un mismo problema las masas no realizan necesariamente un tipo condicionado y único de respuesta. Según Pesce las masas se sintieron desde el primer momento, ajenas a tales manifestaciones patrióticas y se mantuvieron espontáneamente neutrales. En la manera de argumentar mostrada por Pesce y Portocarrero abundaban las referencias a la realidad concreta. La discrepancia con Codovilla no era sólo un problema de información; Pesce esgrimía un razonamiento que subordinaba la acción política a la situación de las clases, que no omitía las condiciones objetivas y la conciencia social y desde el cual resultaba imposible elaborar una táctica al margen de esas consideraciones.

A continuación Codovilla réplicó repitiendo sus argumentos iniciales y la reafirmación de su conclusión: Sea como fuere, el partido no podía estar ausente, no podía dejar de difundir sus consignas, que debieron ser: contra el gobierno dictatorial de Leguía, vendido al imperialismo, único beneficiario de dicho arreglo, por el derecho de autodeterminación de Tacna y Arica, por un plebiscito bajo control obrero y campesino.

En el debate sobre la construcción del partido comunista estuvo uno de los temas más confusos, oscuros y hasta enrevesados de la Conferencia. Este proceso fue interrumpido y a la vez acelerado por la polémica con el APRA. Pero sobre esa cuestión no sólo se manifestaron divergencias entre los delegados peruanos y los demás, sino que tampoco existía una posición definida entre estos últimos. En Buenos Aires Pesce y Portocarrero plantearon la cuestión del partido con cautela y con contradicciones. Múltiples fisuras comenzaban ya entonces a escindir a los comunistas peruanos. El partido era materia de intensos debates en los grupos de Lima, provincias y también en los círculos de exiliados peruanos establecidos en París, México o La Paz.

La Internacional Comunista exigía partidos obreros, integrados por cuadros de revolucionarios profesionales; los peruanos pensaban en un partido de masas. Este asunto ya fue discutido en el VI Congreso, donde Humbert-Droz reconoció que, a pesar de la admisión en la Internacional Comunista de los partidos socialistas de Ecuador y Colombia, no se trataba de verdaderas organizaciones de tipo bolchevique sino de grandes movimientos de masas. Pero había que tener paciencia y obrar con prudencia hacia ellos. La Internacional Comunista prometía paciencia y los peruanos la necesitaban. Necesitaban tiempo para aclarar sus ideas sobre este punto. Querían construir pacientemente el partido dentro del movimiento de masas, fruto de un trabajo lento de formación de la conciencia de clase: Tomando en consideración nuestra situación económica y nuestro nivel político -dijo Portocarrero- hemos creído conveniente constituir un partido socialista que abarque la gran masa de artesanado, campesinado pobre, obreros agrícolas, proletariado y algunos intelectuales honestos. Para constituir este partido, hemos considerado: primero, que es necesario que éste se desarrolle sobre la base del proletariado. Sin embargo, las tesis de los peruanos chocaban con las prisas de la Internacional Comunista y la paciencia prometida no se materializó luego porque las condiciones empujaban de una forma acelerada.

Además, Portocarrero expuso un proyecto antileninista de partido, con un núcleo comunista en el interior del partido socialista. Dadas las condiciones de la sociedad peruana, la posible represión y la escasa madurez del proletariado, en lo inmediato había que crear un partido socialista, si bien con una perspectiva comunista a largo plazo. El aparente reformismo inicial permitiría proteger y auspiciar el asentamiento del germen revolucionario conservado en su interior. La célula secreta, el núcleo central, los fundadores se definirían como comunistas, completamente acordes con la Internacional Comunista, pero esto no sería exigible al conjunto de los miembros. Tiempo después, sin ningún fundamento, Patricio Ricketts presentó este proyecto de Portocarrero como si fuera el de Mariátegui. Pero esa tesis es falsa y, desde luego, constituye una burda manipulación. Es muy posible que se tratara de un recurso de Portocarrero improvisado sobre la marcha para atenuar las discrepancias.

El delegado de la internacional juvenil, Peters, tenía razón cuando dijo sobre este punto: Nuestros camaradas del Perú proponen la creación de un ‘partido socialista’ y argumentan diciendo que este partido no será más que la máscara legal del partido comunista, pero los mismos camaradas del Perú se refutan, cuando nos dicen que ese partido socialista tendrá una composición social amplia, que será formado por obreros, campesinos, pequeñoburgueses, etc. En suma, no se trata de ‘una máscara legal’, sino de otro partido político más ‘accesible’, como dicen los camaradas.

Los delegados de la Internacional Comunista también se cebaron innecesariamente en una cuestión sin importancia, como era el nombre del Partido para reforzar sus propias posiciones en la Conferencia. Según Codovilla el nombre socialista significaba la traición a los intereses proletarios y la capitulación ante la burguesía.

Dos líneas sobre la cuestión étnica

Aunque el orden del día original que publicó La Correspondencia Sudamericana incluyó la cuestión campesina como tema de discusión en la Conferencia de Buenos Aires, no mencionaba el problema de las poblaciones indígenas andinas. Hasta abril, sólo dos meses antes de la reunión, no se agregó a la agenda una ponencia sobre El problema de las razas en América Latina presentada por un peruano, un brasileño y un cubano. Al parecer, Humbert-Droz sugirió a Codovilla que incluyera una discusión sobre la etnicidad. Lo cierto es que en una carta escrita el 29 de marzo de 1929, Codovilla pidió que asistiera Mariátegui a estas reuniones y preparara un documento para una discusión de la lucha de los indígenas por la emancipación de su estado de esclavitud. Codovilla le pidió a Mariátegui, a quien ya se conocía por su defensa de la marginada gente indígena del Perú, cumplir con esto por sus conocimientos profundos del problema, sus estudios serios y porque era la única persona que podría proveer una base concreta en que se podría fundamentar la estrategia de la Internacional Comunista.

La ponencia de Mariátegui sobre El problema de las razas en la América Latina se convirtió en el quinto punto del orden del día de la Conferencia, que se discutió en la mañana del 8 de junio, inmediatamente después del debate del día anterior sobre la cuestión campesina. En ese debate previo, Suárez, el delegado mexicano, ya reclamó la necesidad de estudiar más a fondo el papel de los indígenas en la lucha revolucionaria.

En Buenos Aires la cuestión indígena se introduce en el debate por la vía de lo que hasta la fecha había avanzado la Internacional Comunista y dentro de los parámetros que lo había hecho, es decir, la cuestión negra. En su VI Congreso, la Internacional Comunista había advertido la presencia de una masa negra en Sudamérica donde países como Brasil, Cuba y otros tenían una población africana significativa, incluso mayor porcentualmente que en Estados Unidos. También en Buenos Aires la discusión se centró inicialmente en la labor del negro y el chino en las plantaciones y los respectivos problemas de la inmigración, llegando a la conclusión de que los partidos comunistas debían de organizar un programa para los trabajadores emigrantes. Pero en Buenos Aires los comunistas discutieron mucho más ampliamente que en Moscú. Era un asunto que había atraído muy poco estudio serio, y los gobiernos capitalistas y sus académicos burgueses habían influenciado negativamente la investigación del problema para promocionar el racismo. Pesce declaró la necesidad de un estudio objetivo del problema de las etnias basado en el marxismo, con una comprensión clara de la lucha de clases y una línea revolucionaria consistente con la de la Internacional Comunista. Aparte de Mariátegui, en la reunión Juárez de Cuba expuso la cuestión negra en su país y Leoncio de Brasil el de los indígenas y africanos en el suyo. Pero la ponencia de Mariátegui es el análisis más profundo de acerca del papel de los indígenas en la revolución latinoamericana, una aportación verdaderamente magistral al acervo ideológico del movimiento comunista internacional, incluso uno de sus mejores textos, en el que había puesto lo mejor de sí mismo para entregarlo a los comunistas de todo el mundo.

En el debate se pusieron de manifiesto dos líneas divergentes: la que la Internacional Comunista tenía ya de antes y la nueva que aportaba Mariátegui, lo que ha desatado toda suerte de tergiversaciones tanto acerca de las verdaderas posiciones de la Internacional Comunista como de las del propio Mariátegui, así como de las relaciones entre ambos, para concluir -absurdamente- que Mariátegui no era comunista o que no es un comunista universal. Desenmascarar esta farsa exige un rodeo, aunque sea breve.

Del problema nacional al problema étnico

La realidad es enormemente más compleja y diversa que cualquier ciencia y, por tanto, es también mucho más rica que el propio marxismo-leninismo. En los años veinte del pasado siglo, los comunistas habíamos llegado a comprender y buscar soluciones primero a la cuestión nacional y luego extenderlas a algo distinto pero parecido: la cuestión colonial. De Marx a Stalin, los clásicos nos lo dieron todo casi masticado y no teníamos más que repetir en todos los programas un principio básico y fundamental: autodeterminación.

Fue entonces cuando nos topamos con otro problema, la cuestión étnica, y entonces se suscitó un debate sobre si las poblaciones étnicas marginadas y empobrecidas formaban unidades de tipo nacional, lo cual, a su vez, cuestionó su relación con la lucha de clases.

Espontáneamente, la práctica de los partidos comunistas no reconoció ninguna identidad nacional en las colectividades étnicas, lo cual suponía no reconocer ninguna diferencia en absoluto y, en consecuencia, a tratar la cuestión étnica como un aspecto más de la lucha de clases. No había que plantear ningún programa específico para los grupos étnicos, que eran trabajadores oprimidos como cualesquiera otros.

Habitualmente los imperialistas y la intelectualidad burguesa critican a la Internacional Comunista por una supuesta imposición desde Moscú de una determinada línea política en términos imperativos que no daban lugar a ninguna controversia. Los extensos debates sobre la cuestión indígena demuestran que ese no era el método de trabajo y que todas las propuestas eran discutidas por los comunistas durante largas sesiones, en Moscú y todas localidades del mundo.

Fue la Internacional Comunista quien, al poco de su fundación, lanzó el debate a los partidos comunistas locales implicados en la cuestión: era necesario implementar un política diferenciada para esas poblaciones marginadas. Hasta ese punto la posición de la Internacional Comunista era justa, pero añadió algo más al fundamentar esa nueva línea en la tesis de las nacionalidades: las poblaciones étnicas constituían naciones y, por tanto, la fórmula de autodeterminación también era válida para solucionar ese problema.

Este error parcial no puede esconder que las discusiones ayudaron a los comunistas de entonces a comprender cómo la adscripción étnica influenciaba la experiencia (y por tanto la conciencia) de clase. Sólo entonces los comunistas comprendieron de una manera más precisa la situación social y política de las grandes masas étnicas diferenciadas y pudieron incorporarlas a la revolución socialista, que es de lo que se trataba, en definitiva. Pero este éxito no podía ocultar que había un mal planteamiento de fondo que Mariátegui fue el único comunista capaz de descubrirlo y plantearlo en sus justos términos: las poblaciones étnicas no eran naciones; su problema no era nacional sino social. Por eso la aportación de Mariátegui al acervo del marxismo-leninismo es universal, trasciende las fronteras de Perú y del Cono Sur.

La cuestión negra

Las tergiversaciones contra la línea de la Internacional Comunista pretenden sugerir una aplicación mecánica y sistemática de soluciones europeas o soviéticas a otras problemáticas del mundo, y más en concreto, a la situación latinoamericana. Ese supuesto eurocentrismo es una verdadera estupidez porque inicialmente la cuestión étnica se planteó fuera de Europa, con referencia a los negros en Sudáfrica y el sur de Estados Unidos, donde los comunistas locales (blancos) se resistían inicialmente a organizar a la población nativa y afro-americana. Los comunistas de esos dos países aducían las actitudes racistas dominantes en la sociedad hacia los negros, en general, que se acrecentaban cuando los trabajadores negros reemplazaban a los blancos como esquiroles durante las huelgas. En 1922 una manifestación en Sudáfrica lanzó la consigna Trabajadores del mundo, luchemos por una Sudáfrica blanca, lo cual revelaba el racismo que prevalecía también entre los trabajadores blancos.

En el V Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1924, las discusiones sobre la cuestión negra empezaron a distanciarse de un análisis de clase para introducir otro de tipo nacional. La Internacional Comunista propuso defender la igualdad social para las minorías étnicas, las cuales formaban naciones y, por tanto, también tenían derecho a su autodeterminación, creando una Comisión Negra para estudiar más fondo este asunto. La integraban delegados de los partidos comunistas de Inglaterra, Francia y Bélgica, los principales países con posesiones coloniales en África.

Cuatro años después uno de los asuntos más discutidos por el VI Congreso fue el papel de las poblaciones étnicas en la lucha revolucionaria, resolviendo que una de las labores más importantes del Partido Comunista es la lucha por una completa y real igualdad para los negros, por la abolición de todo tipo de desigualdades raciales, sociales y políticas. El programa que se aprobó en aquel Congreso extendió estas discusiones previas, reconociendo el derecho de todas las naciones y todas sus respectivas razas a la autodeterminación, hasta la secesión política si fuera necesaria. La Internacional Comunista resolvió que los negros en Sudáfrica y Estados Unidos constituían naciones sometidas y propuso que los comunistas locales organizaran los correspondientes movimientos de liberación nacional de los negros para luchar por la autodeterminación.

De Sudáfrica a Estados Unidos

Gracias a la Internacional Comunista, el Partido Comunista Sudafricano superó rápidamente su estrechez y resolvió sus posiciones étnicas antes que el de Estados Unidos. Cuatro años antes del VI Congreso de la Internacional Comunista, los comunistas sudafricanos empezaron a afiliar a los negros, hasta el punto que en 1928 la gran mayoría de sus militantes eran nativos y el Partido difundía su propaganda en las lenguas africanas. Para extender su influencia, el Partido Comunista Sudafricano se puso a la cabeza del Congreso Nacional Africano. En las tesis adoptadas por el Movimiento Revolucionario en los Países Coloniales y Semi-Coloniales del VI Congreso, la Internacional Comunista reseñó los éxitos con el proletariado negro del Partido Comunista Sudafricano, y le animó a continuar la lucha por la igualdad racial y por una república independiente y nativa.

El éxito de las posiciones de los comunistas sudafricanos se convirtieron en un modelo de aplicación general.

Antes del VI Congreso, los comunistas en Estados Unidos prestaron poca atención a la población afro-americana. Como en Sudáfrica, sólo se plantearon este asunto de una manera rigurosa por la intervención de la Internacional Comunista, que les estimuló a luchar contra el chovinismo blanco y por el derecho de autodeterminación de los negros en el sur. La Internacional Comunista consideraba el racismo antinegro en Estados Unidos como el talón de Aquiles del capitalismo norteamericano y determinó que los negros formaban una nación subyugada que, para liberarse, debía crear un movimiento nacional propio.

Los éxitos también sonrieron a los comunistas en aquel país como en Sudáfrica. En 1931 el Partido Comunista defendió a nueve jóvenes negros acusados de la violación de unas blancas en Alabama en el famoso Caso Scottsboro. La campaña comunista dio a conocer en todo el mundo la discriminación racial que padecían los negros en Estados Unidos. El Caso Scottsboro marcó un punto decisivo en el compromiso de los comunistas en asuntos raciales y la defensa de los negros se expandió más allá de la Internacional Comunista. Todos los sectores sociales progresistas y las masas en general aprendieron de los comunistas la lucha contra la discriminación social y el racismo.

Sin embargo, en los años treinta del pasado siglo la emigración a las zonas urbanas de los afro-americanos procedentes del sur de Estados Unidos les había integrado en la cultura anglosajona dominante, por más que exhibieran importrantes rasgos diferenciadores; en cualquier caso, no tenían las características de una nacionalidad, como su propio idioma o su territorio. En el sur de Estados Unidos los afro-americanos tampoco tenían ninguna forma de conciencia nacional para luchar por una república propia. No la tenían ni la podían tener porque no eran una nación y toda tentativa de introducirla desde fuera era artificial y estaba condenada al fracaso. Por eso en la década de los cuarenta los comunistas abandonaron la idea de crear una república negra independiente, sin abandonar por ello la lucha contra la discriminación racial. Para implementar un trabajo político específico entre los negros no era necesario considerar que formaban una nación diferenciada.

Los países andinos

En el VI Congreso la discusión sobre la cuestión negra se extendió de Sudáfrica y Estados Unidos a América Latina suscitando la problemática indígena. Las divisiones de clase y étnicas en Sudamérica eran semejantes a las que los comunistas encontraban en Sudáfrica y Estados Unidos. Una historia larga de racismo y explotación en América Latina también había engendrado mucha desconfianza recíproca.

La propuesta de la Internacional Comunista fue la misma: crear una república indígena entre los pueblos quechua y aymara en la región andina. Se resume también en el programa aprobado en 1931 por el Partido Comunista Brasileño, que defendía los derechos de los indígenas y los negros de gozar de autonomía, hasta la formación de naciones separadas.

El error fundamental de la Internacional Comunista radicaba en que sobrestimaba el desarrollo del capitalismo en América Latina y era muy difícil apreciar la formación de naciones en regiones en las que no existía una previa penetración del capitalismo y la subsiguiente formación del mercado interior que da unidad al grupo nacional y lo diferencia de los demás. La propia situación semifeudal delataba que hablar del surgimiento de verdaderas naciones en las regiones atrasadas era pisar un terreno muy resbaladizo. En consecuencia, la insistencia de Mariátegui acerca de naciones en proceso de formación era correcta y, sobre todo, era mucho más correcta la tesis de que esas naciones no eran las indígenas sino que se trataba de naciones que debían construirse en base al elemento indígena (pero no solamente en torno a él).

El replanteamiento de la cuestión en Buenos Aires

Por iniciativa del comunista argentino Victorio Codovilla, la Conferencia de partidos comunistas latinoamericanos celebrada en Buenos Aires en junio del 1929 replanteó de nuevo el problema étnico desde su misma raíz. Como dijo el peruano Hugo Pesce en la reunión, es la primera vez que un Congreso Internacional de los Partidos Comunistas dedica su atención en forma tan amplia y específica al problema racial en la América Latina. Un delegado venezolano recordó también que los compañeros del Brasil, en el VI Congreso de la Internacional Comunista, negaban categóricamente la existencia del problema de razas en el país que representaban. Ahora vemos que tal problema existe y que es serio. Lo mismo dijo el suizo Humbert-Droz, que estaba allí presente. El debate, pues, no había hecho más que empezar, sin esquemas previos ni imposiciones de ningún tipo. Hay que recordarles a los intelectuales burgueses que lo que abre el debate no es una tesis de la Internacional Comunista sino una tesis de Mariátegui.

A pesar de los acuerdos en firme del VI Congreso, en Buenos Aires los comunistas latinoamericanos volvieron a discutir un año después si la opresión nativa era ante todo un asunto de clase, de etnia o de nacionalidad. Mariátegui contribuyó a reabrir la discusión con una larga ponencia, sosteniendo que la cuestión indígena era un asunto de lucha de clases sociales que sólo se podía solucionar con modificaciones fundamentales en el régimen de propiedad de la tierra, acabando con su distribución desigual y superando el feudalismo en el campo peruano, una reivindicación democrático-burguesa que forma parte integrante del programa mínimo de la revolución socialista.

Mariátegui volvió a la posición marxista de que la pobreza y la marginación indígena eran fundamentalmente un asunto de clase y que la solución para sus problemas era la terminación de las tendencias feudales y abusivas del sistema de ocupación de la tierra bajo las cuales sufrían los indígenas.

Para el comunista peruano el planteamiento étnico disfraza el problema fundamental de la explotación de clases, la cual se origina en la distribución desigual de la tierra. El marxismo tiene la obligación de exponer la cuestión en sus verdaderos términos, eliminando toda tergiversación, y la conclusión de Mariátegui es contundente: económica, social o políticamente, el problema de las etnias es, en su raíz, el de la liquidación del feudalismo.

La interpretación de la cuestión étnica en términos de clase llevaría, según Mariátegui, a que los indígenas y los negros jugaran a un papel central en el movimiento revolucionario que daría paso a la emancipación del proletariado de la opresión de la burguesía mundial. En su ponencia Mariátegui manifiesta su confianza total en el potencial revolucionario del pueblo campesino indígena: Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizás en formarse pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, la servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlo. Esta idea también la reflejaba en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, donde argumentó que la esperanza indígena es absolutamente revolucionaria. El factor indígena se convertiría en un factor revolucionario y por eso enfatizó que la lucha indígena tenía que poseer un carácter neto de lucha de clases.

La ponencia terminaba con la declaración de que únicamente la lucha de los indios, proletarios y campesinos, en estrecha alianza con el proletariado mestizo y blanco contra el régimen feudal y capitalista, puede permitir el libre desenvolvimiento de las características raciales indias. La agudización de la lucha de clases, basada en el espíritu colectivo de los indígenas y no en un planteamiento nacional, disolvería las fronteras nacionales y llevaría a la autonomía política de su raza.

Por tanto, los comunistas tienen que convencer a los indígenas y a los negros de que sólo un gobierno de los trabajadores y los campesinos, representativo de todas las etnias, podría emanciparlos de su opresión.

Lo que asegura su emancipación es el dinamismo de una economía y una cultura que portan en su entraña el germen del socialismo. Su liberación seguiría estas mismas líneas, y estaría sujeta a los mismos principios de la historia que la clase obrera.

Negros, indígenas y mestizos

La larga ponencia de Mariátegui era extraordinariamente sutil. Se centraba fundamentalmente (pero no exclusivamente) en Perú y, aunque trataba de los indígenas, también tenía secciones sobre los negros, los mestizos y los mulatos. Mariátegui mantenía que los negros en América Latina no se enfrentaban al mismo nivel de discriminación racial que en Estados Unidos. En América Latina el racismo no se presentaba en la forma que en Estados Unidos o Sudáfrica, pero también existía. La situación de los negros en el Cono Sur era algo más complicada que en el norte porque su interacción con la cultura dominante estaba mediatizada por la presencia mulata en todas las clases sociales, particularmente en países como Haití y la República Dominicana. En cualquier caso negó que las luchas de los negros en América Latina tuvieran un carácter nacional, sino que respondían a unas preocupaciones limitadas y locales.

Además, según él, tampoco todos los países latinoamericanos presentaban el mismo problema étnico. Mariátegui era un internacionalista que quería contribuir a la lucha de los trabajadores en todo el mundo, y específicaente en América Latina, pero también opinaba que estas luchas tenían que responder a las características específicas de cada situación local. Al mismo tiempo, no ignoraba las afinidades étnicas y las identidades de los pueblos indígenas, que iban más allá de las fronteras nacionales. La extraordinaria fuerza del pensamiento de Mariátegui es que jamás se queda atrapado en ningún punto de vista unilateral.

Por eso divide el tema étnico en tres grupos principales: los descendientes de los imperios inca y azteca de las tierras altas, los indígenas de la selva baja y los negros. Los de las tierras altas habían estado atrapados tradicionalmente en relaciones feudales en las haciendas, pero cada día más se experimentaba el proceso de la proletarización de los trabajadores de las minas y las zonas urbanas. Citando un informe de un delegado brasileño, la ponencia apunta que el aislamiento de los indígenas de la selva limitaba su contacto con la vanguardia proletaria y su consecuente incorporación al movimiento revolucionario de las masas proletarias.

Se oponía al establecimiento de repúblicas nativas en el Cono Sur: La construcción de la raza indígena en un estado autónomo, mantenía Mariátegui, no conduciría en el momento actual a la dictadura del proletariado indio ni mucho menos a la formación de un estado indio sin clases. En vez de esto, el resultado sería un Estado indígena burgués con todas las contradicciones internas y externas de los estados burgueses. Mariátegui continuaba: Sólo el movimiento revolucionario clasista de las masas indígenas explotadas podrá permitirles dar un sentido real a la liberación de su raza de la explotación, favoreciendo las posibilidades de su autodeterminación política.

Al mismo tiempo, afirma que sin los indígenas Perú no existiría. La tesis de Mariátegui acerca de una nacionalidad peruana en formación significa que el indígena es una figura fundamental para la construcción de la identidad nacional, que sólo se podía lograr a través de la incorporación del pueblo indígena a una nueva sociedad socialista: Cuando se habla de la peruanidad, habría que empezar por investigar si esta peruanidad comprende al indio. Sin el indio no hay peruanidad posible. Si las repúblicas andinas se habían basado en el principio de que los descendientes de los conquistadores y los colonizadores constituyeron el cimiento del Perú actual, Mariátegui demostró, por el contrario, que el indígena es el cimiento de nuestra nacionalidad en formación.

Reacciones a la ponencia de Mariátegui

Lo importante de la Conferencia de Buenos Aires fue que, aunque no lograra resolver de modo correcto todas las claves fundamentales de la compleja problemática andina, las dejó correctamente indicadas, especialmente las siguientes:

— la penetración capitalista en el altiplano andino
— los mecanismos de explotación feudal de los indígenas en las haciendas
— la estrategia de la revolución democrático burguesa
— las formas de organizar a las masas campesinas rurales

No obstante, cabe decir que, como poco, las intervenciones de los delegados comunistas resultan bastante confusas. Difícilmente las cosas podrían haber sido de otra forma, dado que era la primera vez que se abordaba el problema y que era la primera reunión de esas características en el Cono Sur. Las soluciones no podían llegar desde Moscú como llovidas del cielo. Fue un primer contacto que dio lugar a una mezcla de expresiones acertadas con otras francamente equivocadas. Así Peters, el representante de la Juventud Comunista Internacional, aplaudió a los peruanos por su visión de la cuestión indígena, diferente de los indigenistas burgueses, que la planteaban como un problema puramente cultural o racial. Pero criticó lo que consideraba como un desconocimiento del carácter nacional de la lucha indígena: Me parece que en los informes se confunde la cuestión de razas con la cuestión nacional. La formación de una nación se basaba en la penetración de las relaciones capitalistas y, según Peters, este proceso no se había terminado en el Perú. A Perú le faltaba el nivel de desarrollo capitalista necesario para formar una nación unitaria. Hasta aquí, su argumentación resulta correcta. Sin embargo, las conclusiones que de ello extrajo Peters eran extraviadas. Predijo que entre Perú y Bolivia desaparecerían las fronteras nacionales y se formarían repúblicas indígenas sobre una nueva base social.

Por su parte, Leoncio, un delegado de Brasil, dijo que la consigna del APRA ‘América para los indios’ era contrarrevolucionaria, y preguntó: ¿Existe un problema del indio en América Latina?. Sí, respondió, si el problema se definía como un asunto étnico. Substitúyase la expresión ‘problema indígena’ por la de ‘problema agrario’ y tendremos la cuestión colocada en sus términos exactos. Según el delegado brasileño los indígenas debían organizarse como el proletariado agrícola, de forma semejante al proletariado industrial. Por tanto, los comunistas debían atenerse a la lucha de clases y no a la lucha de razas.

Algunos delegados creyeron entender -equivocadamente- que el comunismo requería tratar el problema indígena como un problema nacional que se debía resolver por medio de un movimiento de liberación, mientras Mariátegui pretendía impulsar un movimiento estrictamente clasista.

En su segundo turno de réplica, Pesce respondió manteniendo que la interpretación de la cuestión indígena como un asunto nacional con el objetivo de lograr la autodeterminación indígena era equivocada porque excluía de la lucha a los obreros urbanos y a los campesinos mestizos. Por su parte, Portocarrero observó que muchas de las luchas ya existentes de los indígenas por la tierra en Perú eran contra los caciques indígenas, lo que demostraba que la lucha no era de tipo nacional. Hábilmente los dos delegados peruanos encontraron su mejor aliado en la propia Internacional Comunista, una de cuyas resoluciones decía lo siguiente: El partido comunista debe ser el partido de una sola clase, el partido del proletariado.

Una discusión abierta

La propia forma del debate, la amplitud con que todos los delegados pudieron exponer sus puntos de vista y el tono del mismo, demuestran bien contundemente la falacia de todas las tergiversaciones que ha desatado la intelectualidad burguesa, que ha manipulado las actas de aquella Conferencia para manipular, a su vez, las tesis de la Internacional Comunista y las del propio Mariátegui. Demuestra también, frente a las supuestas acusaciones de monolitismo, las profundas discusiones que se abrían a partir de este planteamiento inicial. Las controversias no provocaron ninguna ruptura entre la Internacional Comunista y el Partido Socialista de Perú (y Mariátegui con él). En una carta enviada desde Buenos Aires el 25 de junio de 1929 dando cuenta de la conclusión de la reunión, Hugo Pesce dijo: La discusión durante el Congreso así como en sesiones de Comité, se ha desarrollado, inútil es decirlo, dentro de un ambiente de la más franca camaradería, no sólo, sino que, contrariamente a suposiciones hechas por compañeros peruanos desterrados, ha habido la mayor comprensión de nuestros problemas, y un verdadero espíritu de cooperación por parte de los dirigentes. Tampoco hubo ninguna imposición porque no se adoptó ninguna postura definitiva sobre el indigenismo y Humbert-Droz dijo expresamente que había que estimular la discusión dentro del movimiento comunista internacional antes de llegar a un acuerdo. El suizo destacó la extrema complejidad de la cuestión étnica en América Latina, que contenía muchos aspectos y la autodeterminación no era suficiente para resolver todos ellos de una manera uniforme. Entre esos aspectos destacó la reforma de la tierra, la historia de la conquista, la colonización y la esclavitud en América Latina, las diferencias lingüísticas, la variedad de grupos étnicos y el imperialismo que promovía las tensiones étnicas.

En agosto de 1929 La Correspondencia Sudamericana, órgano local de la Internacional Comunista, publicó las resoluciones aprobadas por la Conferencia, entre las cuales no aparecía ninguna sobre la discusión del problema étnico, a pesar del largo debate. En cambio, a petición de Humbert-Droz, la revista publicó dos de las tesis divergentes acerca del tema (un largo fragmento de la ponencia de Mariátegui y otro mucho más corto del delegado brasileño Leoncio), junto con unos comentarios del propio Humbert-Droz. El objetivo era ampliar el debate y disponer de materiales suficientes para preparar una próxima Conferencia Continental porque los análisis de Buenos Aires no habían sido completos.

Indudablemente de aquellos debates surgió para el movimiento comunista internacionial una nueva y profunda perspectiva de los complejos asuntos económicos y sociales que conducían al racismo en América Latina. Por primera vez los comunistas que llegaban de áreas urbanas empezaron a apreciar también la rica diversidad cultural de los indígenas de la montaña. Se había abierto un camino que había que recorrer hasta el final. Los editores de La Correspondencia Sudamericana animaban a los partidos comunistas latinoamericanos a profundizar en el estudio de los asuntos étnicos en sus propios países y a remitir las actas de sus discusiones para publicarlas. Ése era el estilo de trabajo de la Internacional Comunista en tiempos de Stalin, el mismo que seguimos manteniendo hoy todos los comunistas del mundo.

En sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana Mariátegui repitió el comentario de Luis Valcárcel de que el proletariado indígena espera su Lenin. Ese Lenin le llegó al proletariado indígena con la voz del propio Mariátegui. Por eso no puede extrañar que Mariátegui fuera primero despreciado y, ante el fracaso de ese empeño, fuera luego venerado por la propia intelectualidad burguesa de Perú y de todo Latinoamérica. Si no se le podía silenciar, había que desfigurar sus escritos y sobre todo enfrentar a Mariátegui con los suyos, con la Internacional Comunista. Esperamos haber demostrado esta falsedad y que las cosas pocas veces suceden como las pinta la burguesía y los imperialistas.

Contra el revisionismo

Mariátegui sale al paso del libro Más allá del marxismo del socialista belga Henri de Man con su Defensa del marxismo, un libro de polémica revolucionaria, tan rico en contenido doctrinario, de estilo preciso, como de ingeniero y aséptico como de médico. Es su obra póstuma. Su legítima primera edición corresponde a 1959.

En esta obra Marátegui critica la praxis reformista de De Man a la par que el obsoleto socialismo europeo, que se empeña en revisar la concepción materialista de la historia con las armas de las teorías sicológicas de moda. Sobresalen en los escritos de los nuevos impugnadores de Marx los nombres de Freud, Adler, Jung y otros.

Todas las tesis del reformista belga son desmenuzadas en Defensa del marxismo. Mariátegui pone al desnudo el derrotismo y la negatividad de las opiniones, ya políticas, económicas, filosóficas o culturales de De Man contra el gran teórico de El capital.

A todas las tentativas revisionistas del marxismo se refiere Mariátegui, desde la celebérrima de Bernstein, hasta la de De Man, pasando por las de Adler y Masaryk. Dichas ofensivas, operadas con idénticos o análogos argumentos, desembocan en el fracaso. La herejía es indispensable para comprobar la salud del dogma [...] Marx está vivo en la lucha que por la realización del socialismo libran en el mundo, innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina.

Al explorar el proceso de la literatura francesa, dice: La posición marxista para el intelectual contemporáneo, no utopista, es la única posición que le ofrece una vía de libertad y de avance. Y ratifica un criterio que mantiene desde su retorno de Europa: La revolución no se hace, desgraciadamente, con ayunos. Los revolucionarios de todas las latitudes tienen que elegir entre sufrir la violencia o usarla. Si no se quiere que el espíritu y la inteligencia estén a órdenes de la fuerza hay que resolverse a poner la fuerza a órdenes de la inteligencia y del espíritu.

Nada explica mejor su defensa del marxismo y define su posición que ésta frase del libro: Lenin nos prueba, en la política práctica, con el testimonio irrecusable de una revolución, que el marxismo es el único medio de proseguir y superar a Marx.

Mariátegui quiere dejar aclarado que cuando se habla de la ética del socialismo no se trata del humanitarismo seudocristiano que pregona la pequeña burguesía: El socialismo ético, seudocristiano, humanitario, que se trata anacrónicamente de oponer al socialismo marxista, puede ser un ejercicio más o menos lírico e inocuo de una burguesía fatigada y decadente, mas no la teoría de una clase que ha alcanzado su mayoría de edad, superando los más altos objetivos de la clase capitalista... El marxismo es totalmente extraño y contrario a estas mediocres especulaciones altruistas y filantrópicas. Los marxistas no creemos que la empresa de crear un nuevo orden social, superior al orden capitalista, incumba a una masa amorfa de parias y de oprimidos, guiada por evangélicos predicadores del bien. La energía revolucionaria del socialismo no se alimenta de compasión ni de envidia. En la lucha de clases, donde residen todos los elementos de lo sublime y heroico de su ascensión, el proletariado debe elevarse a una ‘moral de productor’, muy distante y distinta de la ‘moral de esclavos’, de que oficialmente se empeñan en proveerlo sus gratuitos profesores de moral, horrorizados de su materialismo. Una nueva civilización no puede surgir de un triste y humillado mundo de ilotas y de miserables sin más título ni más aptitud que los de su ilotismo y su miseria. El proletariado no ingresa en la historia políticamente sino como clase social; en el instante en que descubre su misión de edificar con los elementos allegados por el esfuerzo humano, moral o amoral, justo o injusto, un orden social superior.

La obra también critica el falso cientificismo del trotskista norteamericano Max Eastman, que ataca el materialismo dialéctico en La ciencia de la Revolución, en nombre del psicoanálisis de Freud, a quien encuentra afinidad con Marx. Coinciden ambos en su tendencia a estudiar el marxismo con los datos de la nueva sicología. Ahora bien, Henri de Man es un hereje del reformismo o la socialdemocracia y Max Eastman es un hereje de la revolución. Su criticismo de intelectual supertrotsquista lo divorció de los soviets a cuyos jefes, en especial Stalin, atacó violentamente en su libro ‘Después de la muerte de Lenin’

Según Mariátegui, la única contribución creadora al desenvolvimiento del marxismo, es la del teórico sindicalista francés, Jorge Sorel. El rastro de Sorel en Mariátegui es uno de los más manipulados por los intelectuales burgueses para enfrentar al peruano con el comunismo. Muchas ideas de Sorel están presentes en Mariátegui y en su obra Defensa del marxismo:

Jorge Sorel, en estudios que separan y distinguen lo que en Marx es esencial y sustantivo, de lo que es formal y contingente, representó en los dos primeros decenios del siglo actual, más acaso que la reacción del sentimiento clasista de los sindicatos, contra la degeneración evolucionista y parlamentaria del socialismo, el retorno a la concepción dinámica y revolucionaria de Marx y su inserción a en la nueva realidad, intelectual y orgánica.

Sorel, esclareciendo el rol histórico de la violencia, es el continuador más vigoroso de Marx en ese periodo de parlamentarismo socialdemocrático, cuyo efecto más evidente, fue, en la crisis revolucionaria posbélica, la resistencia. sicológica e intelectual de los líderes obreros a la toma del poder a que los empujaban las masas.

De Man tiene razón en su crítica del socialismo mediocre y burocrático de la anteguerra de 1914, pero su criterio no puede extenderse al marxismo militante y revolucionario que proyecta la Revolución Rusa, el acontecimiento dominante del socialismo contemporáneo.

Los escritos de Sorel le sirven a Mariátegui para romper con ciertas concepciones catastrofistas de la socialdemocracia: El socialismo no puede ser consecuencia automática de una bancarrota; tiene que ser el resultado de un tenaz y esforzado trabajo de ascensión, sustenta en una de sus páginas. En otra: El marxismo, donde se ha mostrado revolucionario -vale decir donde ha sido marxismo- no ha obedecido nunca un determinismo pasivo y rígido. Por el contrario, Mariátegui destaca el papel activo y creador de las masas, la fuerza de su ideología y de su conciencia política, otra idea que aparece en muchas obras suyas: La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. No basta saber, hay que estar convencido. Encarnada en las masas, esa fe hace que la esperanza se convierta en realidad. Sabe explotar toda la mística subyacente en la cultura indígena; no se puede comprender al indio con los fríos ojos de la razón y la lógica; además de eso hay que poner en juego la cultura, las costumbres, la religión y el mito. Mariátegui va al encuentro de las emociones colectivas y apela a los sentimientos como forma de las creencias.

Por ello, en algunas ocasiones, emplea la fórmula siente y sabe, habla de la verdad indígena y de la gélida crítica del observador ecuánime. Huye de la frialdad científica europea, emitiendo pasión y subjetividad en cada uno de sus escritos. No sólo se conoce el mundo -y menos a sus habitantes- a través del intelecto sino con todos y cada uno de los sentidos. Por eso, al más puro estilo indígena, habla de los mitos y de la fantasía. Mariátegui no cree que la ciencia sea el camino exclusivo para aproximarse al pasado de un pueblo. Decía que en el libro de Luis E. Valcárcel se siente, ante todo, un hondo lirismo indígena: Este lirismo de Valcárcel, en concepto de otros comentaristas, perjudicará tal vez el valor interpretativo de su libro. En concepto mío no. No sólo porque me parece deleznable, artificial y ridícula la tesis de la objetividad de los historiadores, sino, porque considero evidente el lirismo de todas las más geniales reconstrucciones históricas. La historia, en gran proporción, es puro subjetivismo, y en algunos casos, es casi pura poesía. Los sedicentes historiadores objetivos no sirven sino para acopiar pacientemente, expurgando sus amarillos folios e infolios, los datos y los elementos que, más tarde, el genio reconstructor empleará, o desdeñará, en la elaboración de su síntesis, de su épica. Ve positivamente este lirismo porque permite captar el espíritu del pueblo incaico, cosa que, en opinión de Mariátegui, no logra la ciencia con sus teorías y conceptos cuando -como en el caso de la teoría del animismo- se sitúan por encima de los seres humanos. Al valorar este lirismo se muestra discrepante con la tesis del carácter objetivo de la verdad: Esta lírica exaltación logra acercarnos a la íntima verdad indígena mucho más que la gélida crítica del observador ecuánime.

En El hombre y el mito Mariátegui escribe: Lo que más neta y claramente diferencia en esta época a la burguesía y al proletariado es el mito. La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista. El mito liberal renacentista ha envejecido demasiado. El proletariado tiene un mito: la revolución social. Hacia ese mito se mueve con tina fe vehemente y activa. La burguesía niega; el proletariado afirma. La inteligencia burguesa se entretiene en una crítica racionalista del método, de la teoría, de la técnica, de los revolucionarios. ¡Qué incomprensión! La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito.

Todo esto no convierte a Mariátegui en un vitalista o en un irracionalista. Que Mariátegui viera formas diferentes de comprender el pasado, no quiere decir que él echara al canasto la ciencia y el conocimiento racional. Por ello añade: Hay que desconfiar de la pura poesía. Tampoco está Mariátegui en contra de occidente sino que considera que Perú está y debe seguir en la órbita de la cultura occidental. Plantea el aprendizaje del indio en su propia lengua de las lecciones de occidente y disiente de Valcárcel, cuando quiere que repudiemos la corrompida, la decadente civilización occidental porque fuera de la civilización occidental es imposible concebir a Perú como nación. Sin la cultura occidental no habría posibilidad de progreso pues en las ideas de libertad y de igualdad se encuentran, además del antídoto para los males que occidente mismo ha generado, las herramientas filosóficas para fundamentar prácticas sociales en las que unos seres humanos no traten como cosas a otros seres humanos.

Sin embargo, al mito de la huelga general, de la acción directa, preconizado por Sorel, opone Mariátegui el mito de la revolución social, objetivo del movimiento comunista.

La Internacional suena en Lima

Mariátegui prepara sus maletas para viajar primero a Chile y luego a Argentina. Henchido de esperanza en el restablecimiento de la salud y en su faena futura, Mariátegui se dirige a escritores chilenos amigos Joaquín Edwards Bello y Eduardo Barrios. Este último comenta: Hay tan desesperado optimismo en esta carta que tiene un sabor a testamento. Se dispone a desarrollar su potencia creadora con entera libertad, pero la vieja enfermedad reaparece. Vuelve a cortar el bisturí la carne dolorida. Inútilmente ahora. El pequeño gran Amauta del Perú agoniza: el nombre amado -Anita, adiós- premiosamente repetido. Un grupo de artistas, discípulos fervorosos, dibujan su rostro, en el umbral de la muerte y el escultor Artemio Ocaña prepara el yeso para la mascarilla. Es el 15 de abril de 1930. No ha cumplido aún los 35 años. A las 8 de la mañana de ese día, -el generoso corazón José Carlos Mariátegui deja de latir. Al timón de Ricardo Martínez de la Torre, Amauta anuncia: El más grande cerebro de América Latina ha dejado para siempre de pensar.

El dolor de un pueblo. Se inclinan todas las banderas. Estudiantes, obreros, intelectuales, hasta sus adversarios rinden tributo al apóstol caído: a su espíritu y sus obra por encima de todas las diferencias y suspicacias, malévolas y sectarias, expone el conservador Mercurio Peruano.

Y el sepelio -que un núcleo de amigos sufraga-, multitudinario, estremecedor por lo espontáneo. En hombros de los trabajadores va el féretro hasta el cementerio. Por primera vez se escuchan en las calles de Lima los sones de la Internacional.

Mariátegui murió cuando resplandecía en toda plenitud su talento. Su obra es, pues, una sinfonía inconclusa, no incompleta. En ella podría encontrarse un signo de su vida y de su obra. Sólo alcanzó a escribir dos movimientos, pero con ellos levantó la arquitectura de una conciencia. El número 30 de Amauta, en su tercera época, inserta un boletín extraordinario sobre la muerte del militante ejemplar. Es el 17 de abril, ante el cadáver de José Carlos Mariátegui:

Tenemos aún entre cuerpo de nuestro líder inmovilizado por la muerte. Su desaparición conmociona los más nobles sectores de América y engendra en las masas una sensación de estupor.

Nadie antes que Mariátegui, en el Perú, supo condensar más nítida, más concretamente, la esencia y los contornos del pensamiento nuevo que estremece la sociedad contemporánea. Marxista convicto y confeso; no fue tan sólo un prosélito y un militante, sino un acérrimo propugnador, un calificado defensor de la ciencia, del pensamiento marxista.

Mariátegui se sobrevive, no sólo en el recuerdo sentimental de las gentes, sino en la obra múltiple que nos lega. En toda ella sopla la racha de energía, de afirmación que animaba al forjador. En toda ella, su visión es internacional, su concepción, materialista, su desenvolvimiento dialéctico y determinista.

En ‘La escena contemporánea’ pasan las ‘figuras y aspectos de la vida mundial’, clarividentemente enfocadas, severamente analizadas. Allí se examinan las situaciones y los hombres -determinados por esas situaciones, de todos los sectores del mundo. En sus ‘Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana’ surge el primer sociólogo nacional, derrumbando prejuicios, abatiendo las categorías ficticias del charlatanismo ambiente, forjando los moldes de la nueva interpretación. En su ‘Defensa del marxismo’ reaparece el combatiente íntegro de siempre, desmenuzando la tendencia revisionista de pequeños burgueses descontentos y sentimentales. Más tarde, el público conocerá su obra póstuma. La clase proletaria y la vanguardia intelectual encontrarán en ella el esclarecimiento del camino, la visión ampliada de panoramas nuevos.

Mariátegui ha vitalizado y ha dado su vida a una corriente que yacía adormecida en la conciencia nacional. Arquetipo del autodidacto, del hombre que consigue hacerse a sí mismo, se distingue fundamentalmente por su cualidad de realizador. La corriente histórica, las realizaciones a las que dio todo su elan, toda su sangre, continuarán acrecentándose y engrandeciéndose, gracias al impulso que les dio en el terreno de las ideas y en el campo de la acción.

Pragmático, científico realista, encarnó estrechamente con la realidad y tuvo la inteligencia y el valor de encarnarla: he aquí la razón de la perdurabilidad de su obra, el secreto de la continuidad de su acción, más allá, de su propia vida.

La enseñanza indestructible que deja, la orientación activa que ha trazado, sobrevivirá a todas contingencias, se desenvolverá en la trayectoria de los hombres que pongan su voluntad y su pasión en seguir el heroico derrotero que él y su obra dejan señalado.

¡Aquí tenemos todavía el organismo aniquilado que guardó hasta el fin su posición de combatiente!

Inclinados ante él, sacudidos por la realidad dolorosa de su muerte, afirmamos el propósito de hacer perdurable su obra en el pensamiento y en la acción: como nunca, hoy se plantea ante todos, obreros, estudiantes, intelectuales libres, el imperativo de continuar el camino que deja trazado.

Acompañamos sus restos, bajo la pesadumbre implacable de no contarlo ya entre nosotros, pero poseídos también de la voluntad afirmativa de sostener colectivamente en nuestras manos la bandera de la que Mariátegui fue insigne portador.

¡ADIÓS, CAMARADA!
¡ADIÓS, MAESTRO!
¡ADIÓS, JEFE!

Mariátegui cumplió su papel de sembrador de ideas. No tuvo el puño acerado de González Prada, pero sí la amplia mano que arroja, en pausa de música, el grano de la idea. Para que cumpliera su jornada, fue necesario que González Prada realizara antes, la suya. Desde su inmovilidad, que algo tuvo en la fecunda inmovilidad del árbol, Mariátegui llevó a cabo su copiosa labor de expositor, suscitador, confrontador y discriminador de ideas, principios y sistemas. Su palabra y su pensamiento -¡simbólica revancha!- se movilizaron por todo lo que su creador, físicamente, estaba impedido de hacerlo. A su meridiana inteligencia nada le fue extraño: desde el sesudo estudio del problema peruano hasta el comentario ágil del instante europeo; desde la acción organizadora en los sindicatos proletarios hasta la esforzada empresa editorial. Y en todo, al par que una generosa vibración humana, supo verter grandes dosis de optimismo y de fe. Mariátegui construyó pacientemente su tribuna: Amauta; nos dejó su visión del viejo mundo: La escena contemporánea; su interpretación de nuestra realidad: Siete ensayos; una Invitación a la vida heroica y una Defensa del marxismo. Por si esto no fuera bastante, Mariátegui nos dejó, también, el ejemplo de sí mismo, el de un hombre que abandona la fácil ruta de Sibaris y se hunde, íntegra, total, absolutamente, en la selva de los grandes dolores y de las grandes anunciaciones humanas.

Notas:

(1) VI Congreso de la Internacional Comunista. Informes y discusiones. Segunda parte, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1978, pg.321.
(2) La agonía de Mariátegui, Revolución, Madrid, 1991, pgs.50-51; existe una edición previa publicada en 1989 en Lima por el Instituto de Apoyo Agrario.

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