Montado en un relámpago

De 1923 a 1930 Mariátegui desarrolla un trabajo de creación político e intelectual realmente trascendental. Asombra la obra que realiza este hombre, tan frágil físicamente, en una silla de ruedas desde 1924. Vive, como Martí, montado en un relámpago. Ha dejado atrás al intelectual puro, devoto del esteticismo, de la era de Colónida. Es el político con mayúscula. Suscribe con su admirado Barbusse que hacer política es pasar del sueño a las cosas, de lo abstracto a lo concreto. La política es el trabajo efectivo del pensamiento social; la política es la vida. Admitir una solución de continuidad entre la teoría y la práctica, abandonar a sus propios esfuerzos a los realizadores, aunque sea concediéndoles una amable neutralidad, es desertar de la causa humana. Mariátegui confiesa que la política para los que la sentimos elevada a la categoría de una religión, como dice Unamuno, es la trama misma de la historia.

La Universidad Popular González Prada es su primera tribuna política. En un ciclo de conferencias que abarca cerca de un año, bajo el título de Historia de la crisis mundial, vuelca Mariátegui sus observaciones y experiencias de la Europa posbélica, en la que le ha tocado vivir en el curso de tres años y medio:

Yo dedico, sobre todo, mis disertaciones a esta vanguardia del proletariado peruano, habla con su peculiar sencillez. Nadie más que los grupos proletarios de vanguardia necesitan estudiar la crisis mundial. Yo no tengo la pretensión de venir a esta tribuna libre de una universidad libre a enseñarles la historia de esa crisis mundial, sino a estudiarla yo mismo con ellos. Yo no les enseño, compañeros, la historia de la crisis mundial, yo la estudio con ustedes.
Las disertaciones de Mariátegui trasuntan su pensamiento marxista. Lo ha transformado el viejo continente. Perú va conociendo a este gigante del periodismo, de las letras y del pensamiento revolucionario. En la rectoría de la Universidad Popular, en las revistas Variedades y Mundial, cuyas colaboraciones son el único sustento con que cuenta para su familia, y en Claridad, que dirige tras la deportación de Haya de la Torre y que convierte en órgano de la Federación Obrera Regional de Lima. En Mundial de su compañero Ezequiel Belarezo -Gastón Rogers- la columna Peruanicemos al Perú. Su primer trabajo, escrito en setiembre de 1925, se titula El Rostro y el Alma del Tahuantinsuyo.

Se produce entonces un hecho que pone de relieve el carácter de Mariátegui. Es encarcelado, junto con un grupo de profesores de las Universidades Populares González Prada, cuando se hallan reunidos para protestar por el destierro de Haya y provocar, si posible fuera, una huelga general. En el cuartel Mariátegui se encara con un militar que veja a los detenidos. ¡Usted no tiene derecho a insultarnos, coronel! ¡No tiene más que mirarnos a la cara para darse cuenta que no tienen ningún derecho! El ensoberbecido esbirro se dirige, rápido, a aquel hombre pequeño que osa increparlo. Pero se detiene y se limita a gritar: ¡Siéntése! Mariátegui le desafía con la mirada y continúa de pie. El militarote vuelve el rostro.

Después de varios días de prisión, el grupo es liberado. Mariátegui prosigue su ingente labor. Habla y organiza a los trabajadores. Informa, con dominio de los más diversos temas: políticos, económicos, sociales, culturales... Relata con pasión, porque ha de meter toda su sangre en sus ideas, según el querer de Nietzsche. Interpreta, marxista convicto y confeso, los acontecimientos. Sé muy bien que mi visión de la época no es bastante objetiva ni bastante anastigmática, dice con ocasión de presentar su primer libro. No soy un espectador indiferente del drama humano. Soy, por el contrario, un hombre con una filiación y una fe. Es el escritor de su tiempo, que suma a su penetrante sabiduría una aguda sensibilidad social.

En 1924 culminan sus charlas en la Universidad Popular González Prada con un Elogio de Lenin, cargado de emoción y de enseñanzas. A su término, estudiantes y profesores acuerdan remitir un cable de condolencia a los Soviets de Rusia por la muerte del gran dirigente comunista, que acontece el 21 de enero.

El esfuerzo que viene realizando hace mella en su enfermo organismo. Una tarde, Mariátegui cae al suelo, rendida su voluntad de trabajo. Lo abrasa la fiebre, que sube a 42 grados centígrados. La vieja dolencia en crisis. Intervienen los médicos y detectan un tumor maligno a la altura del muslo izquierdo. Está a punto de morir en la plenitud de su floración intelectual. Se trata de soslayar el recurso postrero, la amputación de la pierna; pero éste se impone sin dilación. El inevitable y radical remedio le salva. Nada sospecha de lo que le ha ocurrido. Así permanece durante cuatro días. Finalmente, habla a un amigo que le acompaña. Es curioso. Desde ayer siento la pierna izquierda adormecida. Es como un relámpago. Palpa debajo de la sábana y descubre la verdad. ¡Inválido para toda la vida! Su vida, tan fecunda, aunque tan corta. Al verse amputado, comenta María Wiesse, al comprobar que iba a ser inválido, tuvo una crisis de llanto verdaderamente patética y se halaba el cabello, en un arranque de desesperación.

Se recuperó con la presencia de su compañera Ana. Es la única vez que lo doblega el dolor. Mas su coraje triunfa sobre la angustia. Ejemplo magnífico el de este hombre que, desde su sillón de ruedas, cátedra revolucionaria permanente, enseña, alienta, consuela. Todavía en el hospital se dirige a los redactores de Claridad, que preparan el número 6, en esta conmovedora epístola:

Queridos compañeros: No quiero estar ausente de ese número de Claridad. Si nuestra revista reapareciese sin mi firma, yo sentirla más, mucho más mi quebranto físico. Mi mayor anhelo actual es que esta enfermedad que ha interrumpido mi vida no sea bastante fuerte para desviarla ni debilitarla. Que no deje en mí ninguna huella moral. Que no deposite en mi pensamiento ni en mi corazón ningún germen de amargura ni de desesperanza. Es indispensable para mí que mi palabra conserve el mismo acento optimista de antes. Quiero defenderme de toda influencia triste, de toda sugestión melancólica. Y siento más que nunca la necesidad de nuestra fe común. Estas líneas, escritas en la estancia donde paso mis largos días, de convalecencia aspiran, pues, a ser al mismo tiempo que un saludo cordial a mis compañeros de Claridad una reafirmación de mi fervor y de mis esperanzas [...] Nuestra causa es la gran causa humana. A despecho de los espíritus escépticos y negativos, aliados inconscientes e impotentes de los intereses y privilegios burgueses, un nuevo orden social está en formación. Nuestra burguesía no comprende ni advierte nada de esto. Tanto peor para ella. Obedezcamos la voz de nuestro tiempo. Y preparémonos a ocupar nuestro puesto en la historia.
La amistad hace posible la convalecencia, que la pobreza obstaculiza. Se celebran funciones teatrales, conferencias y veladas artísticas en auxilio del escritor en desgracia. Es un movimiento de simpatía que conquista a intelectuales de todo el país. Se restablece en el soleado balneario de Miraflores: En el instante más álgido de mi agonía, yo sabía que no podía morir, que no moriría aún. Estaba seguro. Yo sabía que mi destino no estaba aún terminado. Y ello me daba una fuerza inaudita. Creo que nuestras vidas son como las flechas que deben alcanzar un blanco. La mía no había llegado al suyo. Vuelve a su rincón rojo junto a sus libros: en inglés, alemán, español, italiano y francés, idiomas que logra conocer. Das Kapital, La Fin de la Philosophie Allemande, Les Questions Fondamentales du Marxisme, Jean Christophe, Clarté, las Obras de Pirandello, Unamuno, Bontempelli, Tirano Banderas, de Valle Inclán, Los de abajo, de Mariano Azuela...

A las ocho de la mañana se instala en su chaisse-longue azul. A trabajar. A leer -lector sin fatiga-, a escribir, a estudiar, ahincada y disciplinadamente. A conversar después de las cinco de la tarde, con artistas, escritores, obreros. Y a soñar. Acaso recuerda a Lenin: Ningún marxista es completo si no sabe soñar.

Su sueño es editar una revista, portadora del mensaje socialista para el Perú que Europa ha vaciado en su alma. El nombre aparece, sugerido por José Sabogal: Amauta, de entraña indígena, quechua, en cuyo idioma significa el sabio, el maestro del Tahuantinsuyo.

El periodista, para quien el oficio no esconde secretos, se entrega a la confección de la revista. Redacta el presupuesto, prepara el formato, que en su primera etapa será de 25 x 35 centímetros, escoge los tipos de letra, indica el número de columnas para cada sección, pide y selecciona las colaboraciones, que se amontonan en su mesa de trabajo. Afluyen de todas partes del mundo ensayos, poemas, artículos, cuentos, dibujos... Él corrige las pruebas con la ayuda de un grupo de amigos. Un mensajero, como él mismo a los catorce años en La Prensa, trae el material de la imprenta Minerva, de su hermano Julio César, donde los obreros empiezan a pararlo.

Sale la edición inicial de Amauta -doctrina, arte, literatura, polémica- en setiembre de 1926. En su portada, la cabeza de un indio, el sumo sacerdote-profeta del Incario. Es obra del vigoroso Sabogal, director artístico de la nueva publicación. El heroico esfuerzo realizado desde un sillón de ruedas en su cénit. En la presentación, Mariátegui define y precisa la proyección de la revista:

Esta revista, en el campo intelectual, no representa a un grupo. Representa más bien un movimiento, un espíritu. En el Perú se siente desde hace algún tiempo una corriente cada día más vigorosa y definida de renovación. A los autores de esta renovación se les llama vanguardistas, socialistas, revolucionarios, etc. La historia no los ha bautizado definitivamente todavía. Existe entre ellos algunas discrepancias formales, algunas diferencias sicológicas. Pero por encima de lo que los diferencia, todos estos espíritus ponen lo que los aproxima y mancomuna: su voluntad de crear un Perú nuevo dentro de un mundo nuevo. La inteligencia, la coordinación de los más volitivos de estos elementos progresan gradualmente. El movimiento -intelectual y espiritual- adquiere poco a poco organicidad. Con la aparición de Amauta entra en una fase de definición.

No hace falta declarar expresamente que Amauta no es una tribuna libre abierta a todos los vientos del espíritu. Los que fundamos esta revista no concebimos una cultura y un arte agnóstico. No le hacemos ninguna concesión al criterio generalmente falaz de la tolerancia de las ideas buenas. Para nosotros hay ideas buenas e ideas malas. En el prólogo de mi libro La escena contemporánea escribí que soy un hombre con una filiación y una fe. Lo mismo puedo decir de esta revista, que rechaza todo lo que sea contrario a su ideología, así como lo que no traduce ideología alguna.

El objeto de esta revista es el de planear, esclarecer y conocer los problemas peruanos desde puntos de vista doctrinarios y científicos. Pero consideraremos siempre al Perú dentro del panorama del mundo. Estudiaremos todos los grandes movimientos de renovación políticos, filosóficos, artísticos, literarios, científicos. Todo lo humano es nuestro. Esta revista vinculará a los hombres nuevos del Perú, primero con los otros pueblos de América, en seguida con los de otros pueblos del mundo.

Nada más agregaré. Habrá que ser muy poco perspicaz para no darse cuenta de que al Perú le nace en este momento una revista histórica.

Desde el principio, Amauta registra nombres de todas las latitudes. Y no ciertamente socialistas, pues Mariátegui se propone agrupar hombres de izquierda o simpatizantes de la izquierda, aún cuando no coincidan en su matiz exacto. De cualquier modo, Amauta es el andamio para levantar el edificio que necesitamos, o, para decirla con Juan Ríos, el acta de nacimiento y la profecía del socialismo en el Perú.

Ahí están los más avanzados escritores del momento nacional e internacional: Jorge Basadre, César Vallejo, Enrique López Albújar, Xavier Abril, Luis E. Valcárcel, Armando Bazán, César Falcón, Alberto Hidalgo, José María Eguren, Martín Adán, Magda Portal, Serafín del Mar, Esteban Pavletich -desterrado en Cuba y en México, soldado de Sandino-, César Miró y otros: los cubanos José Antonio Fernández de Castro y José A. Foncueva, Unamuno, Barbusse, Silva Herzog, Alfredo Palacios, Diego Rivera, Waldo Frank, Romain Rolland, Luis Aragón, André Bretón, Sanin Cano, Lunacharski, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Máximo Gorki...

No falta el grupo capitaneado por Haya de la Torre. Son compañeros de Mariátegui de las Universidades Populares y de labores intelectuales o periodísticas. Entre ellos Luis Alberto Sánchez, Alcides Spelucín, Antenor Orrego, Carlos Manuel Cox, Óscar Herrera, Manuel Seoane, Enrique Cornejo Koster y Eudocio Rabines desde París, donde se encuentra exiliado.

Haya de la Torre también es colaborador. Está unido a Mariátegui desde los días de la reforma universitaria. Juntos han caminado un largo trecho, que se prolongará hasta 1928. El jefe del APRA, desterrado en Londres, se proclama marxista ortodoxo. Se declara enfáticamente soldado y obrero de una causa de reivindicación social, enemigo del toro yanqui y del capitalismo explotador. Luego abjuraría de este credo revolucionario.

Vencedor de su destino, Mariátegui pluraliza sus energías. Organiza la Editorial Minerva, que da a la imprenta, entre otros, su libro primigenio, La escena contemporánea. En él reúne -reflejo de su tránsito por Europa- sus crónicas de Variedades y Mundial: Biología del Fascismo, La Crisis de la Democracia, Hechos e Ideas de la Revolución Rusa, La crisis del Socialismo, La Revolución y la Inteligencia, El Mensaje de Oriente y Semitismo y Antisemitismo. Escribe para publicaciones extranjeras. Y cumple la empeñosa faena de Amauta, que logra arribar al número nueve. Su prestigio trasvasa las fronteras de Perú. Se la conoce y justiprecia en América y Europa.

Hoy Amauta está considerada como la mejor revista peruana del siglo XX. Con más de 100 páginas de texto a partir del número 17, su tirada de fluctuaba entre los 3.000 y 4.500 ejemplares, una cifra bastante alta para la época. Abordó a profundidad sobre los problemas de la sociedad peruana y fue una herramienta decisiva para la formación de una verdadera conciencia clasista y nacional. En su primer número había prometido contribuir a que los peruanos se conocieran mejor a sí mismos, y lo logró plenamente.

Pero la nación está en crisis. La dictadura de Leguía se encuentra en bancarrota. Hay que buscar una salida al desgobierno, al entreguismo económico y político. Los corifeos del régimen, enriquecidos a la sombra del poder, inventan un complot comunista para acallar la protesta popular. Los redactores de Amauta y su director son encarcelados o deportados. La isla penal de San Lorenzo se nutre de obreros e intelectuales. Los sicarios de la tiranía allanan el hogar de Mariátegui. Como Claridad y La Razón, Amauta es clausurada. Un nuevo género de accidente del trabajo, dice su director. La burda patraña es coreada por la sobornada prensa limeña. Mariátegui informa a La Correspondencia Sudamericana de Buenos Aires sobre la represión policial:

La policía extrajo violentamente de sus domicilios, la misma noche, a los más conocidos agitadores obreros, tanto para paralizar una segura protesta como para dar mayor volumen a su pesquisa... Se apresó al escritor Jorge Basadre, responsable sólo de un estudio sobre la penetración económica de los Estados Unidos en Centro y Sudamérica, y particularmente en el Perú... Reclusión en la isla de San Lorenzo de cuarenta ciudadanos, entre escritores, intelectuales y obreros; clausura de la revista Amauta, órgano de los intelectuales y artistas de vanguardia; deportación de los poetas Magda Portal y Serafín Dalmar a La Habana; acusación y vejámenes a la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum, viuda del gran poeta peruano Juan Parra del Ruego; cierre por una semana de los talleres y oficinas de la Editorial Minerva; prisión mía en el Hospital Militar donde permanecí seis días, al cabo de los cuales se me devolvió a mi domicilio con la notificación de que quedaba bajo la vigilancia policial.
En la clausura de Amauta interviene la embajada norteamericana. Como la orientación de sus artículos responde a una línea antimperialista, presiona al gobierno de Leguía, que suspenda su publicación. Y entre los trabajos que suscitan la ira del procónsul yanqui, Poindexter, están los de Basadre y Haya de la Torre. En el primero -Mientras ellos se extienden- afirma su autor:
Hay que rechazar el enfeudamiento (al capital extranjero) primeramente porque es condenable en nombre de la humanidad. Todo el progreso que aporte no será más que algo secundario y subordinado a los fines de explotación de nuestro capital territorial, de nuestro capital humano en beneficio de un número ínfimo de intereses, detentadores de privilegios antisociales... Y hay que rechazar el enfeudamiento, también, porque es lesivo a nuestra dignidad colectiva, a nuestra misión como pueblo.
Del segundo, Sobre el papel de las clases medias en la lucha por la independencia de América Latina, este párrafo:
Nuestra lucha contra la venta de nuestros países al imperialismo lleva en sus banderas una palabra salvadora: ¡Nacionalización! La nacionalización de nuestra riqueza es la única garantía de nuestra libertad. Entregar la riqueza de nuestros pueblos al entregarlos a la esclavitud. No hay libertad política, ni social, ni individual, sin libertad económica. Un pueblo, como un hombre que está en manos de sus acreedores, que tiene hipotecadas sus fuentes de recursos, son pueblo y hombre perdidos. La única palabra y la única acción salvadora es la nacionalización.

Así pensaba el joven revolucionario Haya de la Torre en 1927, en contraste posterior con el pensamiento claudicante del senecto caudillo del APRA.

Libre ya Mariátegui vuelve a la preparación de la revista. No tiene un segundo de reposo. Le acompaña la solidaridad de escritores de todos los pueblos: Unamuno, Barbusse, Ugane, Rolland, García Monge, Gabriela Mistral, Frugoni y otros.

Seis meses tarda en reaparecer Amauta: No podía morir. Habría siempre resucitado al tercer día. No ha vivido nunca tanto, dentro y fuera del Perú, como en estos meses de silencio. La hemos sentido defendida por los mejores espíritus de Hispanoamérica. Son las palabras de su timonel en el Segundo Acto, que abre el número 10.

Estamos en 1927 y Mariátegui tiene 32 años. Le quedan apenas tres de vida pero su voluntad de trabajo es la misma. Bajo la amenaza de la enfermedad, en acecho la policía, hundido en un sillón de ruedas, Mariátegui echa sobre sus hombros una nueva tarea: editar un periódico de orientación sindical: Labor, quincenario de información e ideas, se rotula y empieza a circular el 10 de noviembre de 1928. A un grupo de deportados peruanos en París les narró el 30 de diciembre de 1928 su tensa existencia: El trabajo diario me embarga con una tiranía extenuante. Debo hacer frente a obligaciones innumerables: las de mi trabajo personal, las de mis colaboraciones en las revistas, las de mis estudios y cien más. Todo esto sin olvidar la de manager de mis fuerzas, siempre propensas a fallar. Como si Amauta no me diera bastante trabajo, nos hemos metido en la empresa de Labor, periódico al que vamos dando poco a poco su fisonomía, con la idea de transformarlo en semanario apenas su economía lo consienta. El quincenario fue una especie de extensión de Amauta, proyectado hacia el terreno proletario. Mariátegui escribe directamente para el proletariado. Labor se convierte en intérprete de los reclamos y necesidades del obrero peruano, que percibe que tiene ya en las manos la brújula, que marca su ruta. La pasión comunista del piloto se traduce en sus columnas. La campaña es eficaz y el mensaje penetra en las masas populares. Ancla en las más remotas comunidades indígenas.

Clamor de batalla, grito de defensa, Labor siembra el temor en los predios del leguiísmo. La represalia no demora. La dictadura prohíbe su publicación, que sólo ha podido lograr diez números. Esbirros del régimen invaden el domicilio de Mariátegui, saquean su biblioteca, destruyen libros y documentos valiosos. El peligro de la clausura rodea a Amauta.

Su protesta por el atropello cobra inusitada tónica. En una carta al Ministro de Gobierno, escribe: Es posible que la existencia de este periódico resulte incómodo a las grandes empresas mineras que infringen las leyes del país en daño de los obreros; es posible que tampoco sea grata al gamonalismo latifundista, que se apropia de las tierras de las comunidades, celosamente amparadas por Labor, en su sección ‘El Ayllu’. Pero ni uno ni otro hecho me parece justificar la clausura de este periódico por razones de orden público.

Ante la Asociación Nacional de Periodistas, como miembro activo: No puedo pensar que la libertad de prensa en el Perú sea indiferente a la ANP, fundada para defender todos los derechos y aleros del periodista... Si las noticias e ideas que se consienten divulgar a los periodistas están subordinadas al criterio policial, la prensa se convierte en un comunicado de policía, y en estas condiciones, la dignidad de la función periodística se encuentra atacada y rebajada.

Y en la siguiente edición de Amauta, bajo el título, Labor interdicta: Del mismo modo que suprimida Amauta en junio de 1927, no renunciamos a seguirla publicando, nos negamos a aceptar que una medida de policía cause la desaparición definitiva de Labor. Reivindicamos absolutamente nuestro derecho a mantener esta tribuna en defensa de los derechos de las clases trabajadoras... Una de las voces de orden del proletariado sindical en su nueva etapa es, conforme al reciente manifiesto de la Confederación General de Trabajadores del Perú, la defensa de la libertad de prensa, de asociación y de reunión para los obreros. Otros grupos o facciones pueden abdicar estos derechos. El proletariado con conciencia clasista, no.

Trabajadores manuales e intelectuales aprenden del dirigente comunista y devienen militantes abnegados de la revolución, estimulados por su verbo orientador y su pensamiento dialéctico. También vincula la mujer peruana al proceso político. Amauta abraza con calor a escritores, artistas y a su propia casa entran cotidianamente las mujeres que anhelan intervenir en la lucha revolucionaria.

El arte como expresión de la conciencia

En los escritos de Mariátegui sobresale, de manera muy destacada, la preocupación por la cultura y todo lo que tiene relación con la superestructura. Mariátegui analiza exhaustivamente, como muy pocos marxistas lo han hecho, los problemas del arte, de la religiosidad y de las diversas expresiones de la conciencia, tanto de la culta como de la popular, porque tienen una relación directa con la construcción de la nacionalidad peruana y porque sin conocerlas a fondo es importante desarrollar un trabajo de propaganda que abra el camino a la organización política de los explotados. En sus textos aparece un esfuerzo por comprender todos los rincones en los que se manifiesta la conciencia peruana para incidir sobre ella. En esa tarea que se impone no deja cabo suelto porque, como bien apunta, la superestructura no sólo una cuestión intelectual o racional sino que atañe a todo el conjunto de las concepciones humanas. En Mariátegui no se encuentra ninguna distinción artificiosa entre teoría y práctica sino que aquella es una parte de ésta. Como bien definió Gramsci, el marxismo es una filosofía de la praxis, de la totalidad del hombre y de la sociedad, dentro de la cual está la razón tanto como la voluntad, lo objetivo como lo subjetivo, lo racional como lo irracional, la ciencia como la religión o el mito. Pero la burguesía no entiende así el marxismo, como lo entendió Mariátegui y como lo entendemos los comunistas. De ahí que no pueda extrañar que no considere marxista a Mariátegui o lo considere un caso marginal o heterodoxo: ni entiende a Mariátegui ni entiende el marxismo.

Sin subestimar el aspecto teórico, en Amauta el acento es literario y artístico. Mariátegui no pierde su conexión con el mundo del arte. Pintores como Sabogal, Julia Codesido, Carmen Saco y Camilo Blas colaboran en su autorizado mensuario. Concurre a conciertos y exposiciones. Rinde tributo de admiración a Charles Chaplin en un artículo memorable. Populariza la obra pictórica de Diego Rivera. Comenta los libros recientes. Una de sus crónicas postreras se refiere a Chopin o el Poeta, de Guy de Portalés.

En El artista y su época, El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, La novela y la vida y Signos y obras, sus hijos, que cumplen el deber patriótico y filial de publicar sus obras completas, recopilan una gran parte de la vasta producción intelectual del eminente pensador. Sus ideas sobre el arte brotan de sus páginas, por las cuales cruzan actitudes y escuelas, figuras y paisajes, principios teóricos y procedimientos técnicos y en las que proclama:

El artista que no siente las agitaciones, las inquietudes, las ansias de su pueblo y de su época, es un artista de sensibilidad mediocre, de comprensión anémica [...] Su ideología no puede salir de las asambleas de estetas; tiene que ser una ideología plena de vida, de emoción, de humanidad y de verdad; no una concepción artificial, literaria y falsa.
En el proceso de la literatura, declara Mariátegui en el pórtico: Nada me es más antitético que el bohemio puramente iconoclasta y disolvente; pero mi misión ante el pasado, parece ser la de votar en contra. No me eximo de cumplirla, ni me excuso por su parcialidad... Mi crítica renuncia a ser imparcial o agnóstica... Declaro sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones e ideas políticas. No cree que el artista pueda vivir marginado del tiempo y de su pueblo. Refleja, invariablemente, los dolores, las esperazas de sus gentes. Los grandes creadores en materia artística no son apolíticos. Lo que comunica perennidad a una obra maestra es su valor social y político. Aunque no en el sentido estrecho, parroquial o partidista del vocablo. Es un factor presente en la literatura griega -La Ilíada y La Odisea están basadas en hechos políticos-, en el teatro de Esquilo, Sófocles, Eurípides, en las comedias de Aristófanes. Esa inspiración política mueve la magna obra de Dante, extrañado de sus propios lares, según el epitafio que hace grabar en su tumba; en la literatura clásica española: Cervantes, Quevedo, Calderón, la novela picaresca; en la novelística rusa: Pushkin, Tolstoi, Gogol, Dostoievski, Gorki; en la literatura inglesa, desde Shakespeare a Bernard Shaw o Wells, sin olvidar a Byron y Shelley; en la francesa, con Molière, Voltaire y Victor Hugo, Balzac, Anatole France, Rolland y Barbusse.

Sólo el soplo político puede engendrar un arte universal, de largo aliento. Dos escritores de su patria menciona Mariátegul como símbolos de ese concepto de la literatura: Ricardo Palma, el inefable cronista y formidable crítico de la era colonial, con sus Tradiciones peruanas, y González Prada, el primer instante lúcido de la conciencia del Perú integral, en cuya panfletaria prosa se encuentra el germen del nuevo espíritu nacional.

Para Mariátegui la literatura no es independiente de las demás categorías de la historia. Elogia la conducta de Unamuno frente al directorio militar que desgobierna a España:

En los periodos tempestuosos de la historia, ningún espíritu sensible puede colocarse al margen de la política. La política en esos periodos no es una menuda actividad burocrática, sino la gestión y el parto de un nuevo orden social... La Inteligencia y el Sentimiento no pueden ser apolíticos. No pueden serlo sobre todo en una época principalmente política. La gran emoción contemporánea es la emoción revolucionaria. ¿Cómo puede, entonces, un artista, un pensador, ser insensible a ella?
Con reiteración subraya esta supeditación del arte a la política. Mas no con un sentido dogmático. A este respecto conviene repetir con Alberto Tauro en el prólogo a El artista y la época: El propio José Carlos Mariátegui es un heterodoxo en materia artística, pues no considera operante la exclusiva adopción a las pautas de una escuela, ni acepta la validez permanente de ningún dogma estético.

Por lo demás, enuncia originales tesis estéticas relacionadas con las acciones históricas. Fija el papel que debe jugar la inteligencia en la lucha social. Apunta a veces contradicciones y formula críticas severas que se resienten por su imprecisión. Al abordar el caso Papini -cuya compleja versatilidad enfoca certeramente- incurre en la generalización de expresar que el intelectual y el artista están siempre en conflicto con la vida, con la historia, lo que no se compadece con su apología del autor de La agonía del cristianismo, una de las grandes inteligencias de Occidente.

La literatura de la colonia no es peruana: es española. No por estar escrita en idioma español, sino por haber sido concebida con espíritu y sentimiento españoles. Literatura colonial y colonialista, sin raíces, escribe Mariátegui: El arte tiene necesidad de alimentarse de la savia de una tradición, de una historia, de un pueblo. Y en el Perú la literatura no ha brotado de la tradición, de la historia, del pueblo indígena. Nació de una importación de literatura española: se nutrió luego de la imitación de la misma literatura [...] El literato peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al pueblo. Entre el Incario y la Colonia, ha optado por la Colonia. Dos excepciones presenta Mariátegui, Garcilaso y Caviedes. Sobre todo el primero resulta incontestable: En Garcilaso se dan la mano dos edades, dos culturas. Pero Garcilaso es más inca que conquistador, más quechua que español [...] Es el primer peruano, sin dejar de ser español. Su obra pertenece a la épica española. Es inseparable de la máxima epopeya de España: el descubrimiento y conquista de América.

En cuanto a Caviedes, señala que fue personalísimo en sus agudezas y que en ciertos aspectos de la vida nacional, en la malicia criolla, puede y debe ser considerado como el lejano antepasado de Segura, de Pardo, de Palma y de Paz Roldán [...] Anuncia el gusto limeño por el tono festivo y burlón.

El ensayista peruano establece las diferencias entre el realismo decimonónico y el nuevo realismo. La defunción del primero -cita como sus representantes sólo a Stendhal y Zola- le parece irrebatible. He aquí una obra literaria cuya influencia ha periclitado. En su indagación por el universo del arte desemboca Mariátegui en la conclusión de que esta época de compleja crisis política es también una época de compleja crisis artística. Aparecen en el arte conceptos y formas totalmente adversas a los conceptos y formas clásicos... No envejecen únicamente las formas políticas de una sociedad y una cultura; envejecen también sus formas artísticas. La decadencia y el desgaste de una época son integrales, unánimes (Postimpresionismo y cubismo).

Proliferan nuevas escuelas y tendencias artísticas: futurismo, dadaísmo, expresionismo, cubismo, superrealismo, o de búsquedas, tanteos y pesquisas a través de los cuales Mariátegui advierte el nacimiento de un arte. La idílica imagen del mundo, implícita en el realismo burgués, resulta extraña al pensamiento de la joven promoción de escritores y artistas. Las llamadas literaturas de vanguardia, especialmente el superrealismo, asumen una actitud revolucionaria o antiburguesa desde el minuto en que inaugura una era de preparación para el realismo verdadero.

Mariátegui la emprende con la llamada generación futurista, tendencia señala un momento de restauración colonialista y civilista en el pensamiento y la literatura del Perú. Al referirse al autor de Tradiciones peruanas, Riva Agüero y sus secuaces, afirma que gastan la mejor parte de su elocuencia en acaparar la gloria de Ricardo Palma. Situar su obra dentro de la literatura colonialista es no sólo empequeñecerla sino también deformarla [...] las ‘tradiciones’ tienen, política y socialmente, una filiación democrática [...] Su burla roe risueñamente el prestigio del virreinato y el de la aristocracia. Desde sus inicios en la política, Riva Agüero arremete contra el radicalismo, cuyos componentes se hallan dispersos. El capitán de la milicia intelectual de la reacción civilista puede hablar libremente porque las circunstancias históricas propician la restauración. Idealiza y glorifica la Colonia, buscando en ella las raíces de la nacionalidad. Superestima la literatura colonialista señalando enfáticamente a sus mediocres cultores. Trata desdeñosamente el romanticismo de Mariano Melgar. Reprueba a González Prada de lo más válido y fecundo de su obra: su protesta. Para confirmar aún más su tradición plutocrática y civilista, la insólita declaración: ‘Los partidos de principios no sólo no producirán bienes sino que crearán males irreparables’.

Estudia la figura de González Prada, el precursor de la transición del periodo colonial al periodo cosmopolita. Por ser la menos española, por no ser colonial, su literatura anuncia precisamente la posibilidad de una literatura peruana. Es la liberación de la metrópoli. Es, finalmente, la ruptura con el virreinato. Con González Prada se inicia en el Perú el contacto con otras literaturas. Penetra la influencia francesa y aún la italiana. Se percibe en su verso que busca nuevos troqueles y exóticos ritmos. Y en su prosa, que truena contra las academias y los puristas. Su clara inteligencia descubre el nexo oculto entre el conservatismo ideológico y el academicismo literario. Contra ambos combina su ataque. No pierde de vista la íntima relación entre toda actitud intelectual y su base económico-política. Pero es el hombre de la idea, no de la acción. Mariátegui escribe que lo duradero en González Prada es su espíritu, su austero ejemplo moral, su noble y fuerte rebeldía.

Aparece luego Melgar, el primer expresador del sentimiento indígena en este período de nuestra literatura. Para la crítica pasadista -su vocero, el colonialista Riva Agüero- el poeta de los yaravíes no es sino un momento curioso de la literatura peruana. Mariátegui rectifica: el primer momento peruano de esta literatura.

Abelardo Gamarra es el escritor, que con más pureza traduce y expresa las provincias [...] la raíz india está viva en su arte jaranero [...] Por su sentimiento, por su entonación, su obra es la más genuinamente peruana de medio siglo de imitaciones y balbuceos.

Chocano, el poeta de Alma América es otra cosa. Mariátegui lo ubica en la etapa colonial de la literatura peruana: Su poesía grandílocua tiene todos sus orígenes en España. Su verbosidad, su exuberancia nada tienen que ver con lo autóctono con lo esencial americano que una crítica gaseosa le atribuye. En Perú, donde cabe localizar el caso Chocano, lo autóctono es lo indígena, vale decir, lo incaico. Y lo indígena, lo incaico es fundamentalmente sobrio. El arte indio es la antítesis, la contradicción del de Chocano.

Los independientes: Domingo Martínez Luján, bizarro especimen de la vieja bohemia romántica; Manuel Beingolea cuentista de fino humorista y de exquisita fantasía, que cultiva en el cuento el decadentismo de lo raro y lo extraordinario; José María Eguren, que representa en nuestra historia literaria la poesía pura, antes que la poesía simbolista. Mariátegui considera que este fino poeta no tiene ascendientes en la literatura peruana. No los tiene tampoco en la propia poesía española [...] Es la reacción contra lo gárrulo y retórico [...] Eguren, en el Perú, no comprende ni conoce al pueblo. Ignora al indio, lejano de su historia y extraño a su enigma.

Alberto Hidalgo está incluido en ese mismo grupo, en la izquierda de la izquierda. Sobre este poeta, he aquí las palabras de Mariátegui: Si con Valdelomar incorporamos en nuestra sensibilidad, antes estragada por el espeso chocolate escolástico, a D'Anunnzio, con Hidalgo asimilamos a Marinetti, explosivo, trepidante, camorrista. Hidalgo, panfletista y lapidario, continuaba, desde otro punto de vista, la línea de González Prada y More. Era un personaje excesivo para un público sedentario y reumático.

Presente César Vallejo: Es el poeta de una estirpe, de una raza. En Vallejo se encuentra, por primera vez en nuestra literatura, sentimiento indígena virginalmente expresado [...] Pero el sentimiento indígena tiene en sus versos una modulación propia. Su canto es íntegramente suyo. Al poeta no le basta traer un mensaje nuevo. Necesita traer una técnica y un lenguaje nuevos también. Su arte no tolera el equivoco y artificial dualismo de la esencia y la forma... Mas lo fundamental, lo característico en su arte es la nota india. Hay en Vallejo un americanismo genuino, no un americanismo descriptivo o localista. Vallejo no recurre al folklore. La palabra quechua, el giro vernáculo no se injertan artificiosamente en su lenguaje; son producto espontáneo, célula propia, elemento orgánico. Se podría decir que Vallejo no elige sus vocablos. Su autoctonismo no es deliberado. Vallejo no se hunde en la tradición, no se interna en la historia, para extraer de su oscuro substractum perdidas emociones. Su poesía y su lenguaje emanan de su carne y de su ánima. Su mensaje está en él.

Otros poetas: Alberto Guillén, Magda Portal, Alcides Spelucín... La corriente indigenista en la literatura del Perú. La Colónida termina.

El sagaz periodista limeño se adhiere a la política que defiende la Revolución de Octubre en su primera etapa de la nueva sociedad. Mariátegui cree hallar ese realismo en el proceso artístico de la revolución bolchevique. Lo escruta en la novela, en la poesía y en el teatro de su primer período:

Aparecen desde hace tiempo signos precursores de un arte que, como las catedrales góticas, reposará sobre una fe multitudinaria. En algunos poemas de Alejandro Blok -enfant du siécle, como Barbusse- en ‘Los Escitas’, verbigracia, se siente ya el rumor caudaloso de un pueblo en marcha. Vladimir Maiakovski, el poeta de la Revolución Rusa, preludia, más tarde, en su poema ‘150 millones’ una canción de gesta. Los animadores del nuevo teatro ruso ensayan en Moscú representaciones en que intervienen millares de personas y que Bertrand Russell compara con los misterios de la Edad Media por su carácter imponente y religioso. El siglo del Cuarto Estado, el siglo de la revolución social, prepara los materiales de su épica y de sus epopeyas.
Al escudriñador crítico que es Mariátegui no se le escapa la significación de la nueva literatura rusa. Ahí la fantasía vuelve por sus fueros; el arte se reencuentra con la realidad, de la cual el viejo realismo está distante. En la novela El cemento de Fedor Gladkov, está inmerso lo que él define como el realismo proletario o verdadero. Deja bien sentado que no es una obra de propaganda. El autor no se ha propuesto absolutamente la seducción de los que esperan, cerca o lejos de Rusia, que la revolución muestre su faz risueña para decidirse a seguirla... La verdad y fuerza de esta novela -verdad y faena artística, estética y humanas- residen precisamente en su severo esfuerzo por crear una expresión del heroísmo revolucionario, sin omitir ninguno de los fracasos, de las desilusiones, de los desgarramientos espirituales sobre los que ese heroísmo prevalece.

Aunque complejo, el mensaje estético de Mariátegui es siempre diáfano. En ningún momento se obnubilan sus ideas, cuya matriz es la propia vida. El arte se nutre de la vida y la vida se nutre del arte, expresa al referirse al teatro de Pirandello y a la novela de Unamuno. Es absurdo incomunicarlos y aislarlos. El arte no es acaso sino un síntoma de plenitud de la vida. Y con esa su interpretación dialéctica de las cosas: La vida es circulación, es movimiento, es marea... La vida no es monólogo. Es un diálogo, es un coloquio.

En un artículo de fines de 1926 -Arte, revolución y decadencia-, que ha merecido amplia difusión, Mariátegui precisa las directrices de su credo estético, las relaciones de la creación artística o literaria con su contorno y su paisaje político. El debate en torno al arte nuevo se expande por el mundo de habla hispana, José Ortega y Gasset participa en él con su equívoco La deshumanización del arte. En España y en el continente americano la polémica adquiere calor. Se escinden los escritores. El director de Amauta toma partido junto a las vanguardias, y plantea:

No todo el arte nuevo es revolucionario, ni es tampoco verdaderamente nuevo. En el mundo contemporáneo coexisten dos almas, las de la revolución y la decadencia. Sólo la presencia de la primera confiere a un poema o un cuadro valor de arte nuevo.

No podemos aceptar como nuevo un arte que no nos trae sino una nueva técnica. La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo también. Si no, lo único que cambia es el paramento, el decorado. Y una revolución artística no se contenta de conquistas formales.

La decadencia y la revolución, así como coexisten en el mismo mundo, coexisten también en los mismos individuos. La conciencia del artista es el circo agonal de una lucha entre los dos espíritus. Finalmente, uno de los dos prevalece. El otro queda estrangulado en la arena.

La decadencia de la civilización capitalista se refleja en la atomización, en la disolución de su arte.

Esta anarquía, en la cual muere, irreparablemente escindido y disgregado, el espíritu del arte burgués, preludia y prepara un orden nuevo. En esta crisis se elaboran dispersamente los elementos del arte por venir.

El sentido revolucionario de las escuelas o tendencias contemporáneas no está en la creación de una técnica nueva. Está en el repudio, en el desahucio, en la befa del absoluto burgués. La literatura de la decadencia es una literatura sin absoluto. El hombre no puede marchar sin una fe, porque no tener una fe es no tener una meta. El artista que más exasperadamente escéptico y nihilista se confiesa es, generalmente, el que tiene más desesperada necesidad de un mito.

Los futuristas rusos se han adherido al comunismo; los futuristas italianos se han adherido al fascismo. ¿Se quiere mejor demostración de que los artistas no pueden sustraerse a la gravitación política?

Los criterios de Mariátegui -novedosos, vitales, orientadores- mantienen su vigencia.

El primer marxista americano

En 1927 aparece la obra fundamental de Mariátegui: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, la primera aplicación del marxismo al estudio de la historia de Perú. Ahí se demuestra que Mariátegui no sólo conocía (y muy bien) su país, sino que también conocía (y muy bien) el marxismo. La tarea no era nada fácil y el lo logró de una manera verdaderamente magistral, enriqueciendo la historiografía de Perú y enriqueciendo al marxismo. Pocos marxistas han descrito tan bien las circunstancias históricas de su propio país, sin cuyo conocimiento cabal la revolución es imposible. Sólo desde que aparecieron estos Siete ensayos se comenzó a conocer en toda su profundidad, tanto en el extranjero como en el propio país, la situación económica, jurídica, social de las masas indígenas y campesinas, de sus necesidades más torturantes, del estado económico y del desarrollo cultural de Perú. Para los estudiosos de la problemática americana los Siete ensayos son la primera aportación historiográfica al redescubrimiento del Perú. Numerosas traducciones ha merecido y abundantes comentarios. El amor a su tierra lo conduce a enjuiciar los problemas cardinales de la nación con voz original y beligerante palabra. Y lo hace sobria y mesuradamente, sin lirismo ni retórica.

La contribución del ensayista al conocimiento de su pueblo resulta capital. Ante su ojo avizor se acaban las tierras incógnitas, incorpora a la historia, a la economía, a la sociología del Perú regiones insospechadas. Lega a la posteridad un clásico del pensamiento político: escrito para su época y para siempre. Hasta su adversario histórico, Haya de la Torre, reconoció que Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, sin duda, es el libro más orientador e importante entre los publicados en este siglo por un hombre de nuestra generación sobre problemas concretos del Perú.

Controversias de todo tipo se desatan en relación a Siete ensayos. El civilismo intelectual, aunque declinante, arremete contra el libro. Principalmente, su ideología marxista es el blanco contra el que la reacción dispara sus flechas. Considera una herejía enfocar la historia de Perú desde un ángulo revolucionario. En la Advertencia Mariátegui indica: Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones. Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano. Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario.

Queda ahí, visión meridiana y realista, el escenario nacional, desde la conquista, con los procedimientos más feroces de esclavitud y exterminio, hasta la república, que se desenvuelve bajo el signo de la tiranía caudillesca, el latrocinio y la supeditación al imperialismo.

Para Perú, evidentemente, la independencia es un movimiento ilusorio. Los verdaderos próceres de la libertad son los Tupac Amaru, las pumacahua, los Atusparia, porque son los precursores de la libertad del indio que, antes y después de la sedicente emancipación, se debate en la sima de la expoliación y el hambre. A la feudalidad colonial sucede el régimen aniquilador del gamonalismo (*). Como explica Mariátegui, el gamonalismo no designa sólo una categoría social y económica: la de los latifundistas o grandes propietarios agrarios; sino que entraña todo un fenómeno representado por los gamonales propiamente dichos y que comprende una larga jerarquía de funcionarios, intermediarios, agentes, parásitos, etc. Hasta el indio alfabeto se transforma en un explotador de su propia raza porque se pone al servicio del gamonalismo.

Siete ensayos no es un libro orgánico, sino que reúne los escritos publicados en Mundial y Amauta sobre la realidad peruana desde un punto de vista clasista: Toda esta labor no es sino una contribución a la crítica socialista de los problemas y la historia del Perú. Los títulos de los trabajos que encierra son harto elocuentes: Esquema de la evolución económica; El problema indio; El problema de la tierra; El proceso de la acción pública; El factor religioso; Regionalismo y centralismo y El proceso de la literatura.

En el primero de dichos ensayos Mariátegui distingue tres etapas dentro del proceso económico de Perú. Primera, la conquista, que destruye la formidable máquina de producción del imperio de los Incas, colectivista, socialista, para echar sobre sus ruinas las bases de una economía feudal. Los conquistadores no se ocuparon casi sino de distribuirse y disputarse el pingüe botín de guerra. Despojaron los templos y los palacios de los tesoros que guardaban; se repartieron las tierras y los hombres, sin preguntarse siquiera por su porvenir como fuerzas y medios de producción.

La segunda etapa llega con la independencia, sobre la cual Mariátegui sostiene la siguiente tesis: Las ideas de la revolución francesa y de la constitución norteamericana encontraron un clima favorable a su difusión en Sudamérica, a causa de que en Sudamérica existía ya, aunque fuese embrionariamente, una burguesía que, a causa de sus necesidades e intereses económicos, podía y debía contagiarse del humor revolucionario de la burguesía europea. La independencia de Hispanoamérica no se habría realizado, ciertarnente1 si no hubiese contado con una generación heroica, sensible a la emoción de su época, con capacidad y voluntad para actuar en estos pueblos una verdadera revolución. La independencia, bajo este aspecto, se presenta como una empresa romántica. Pero esto no contradice la tesis de la trama económica de la revolución emancipadora.

Bajo el estímulo financiero de los banqueros de Londres se forman las nuevas repúblicas. Mientras España mantiene a Perú como fuente de metales preciosos, Inglaterra lo prefiere como productor de guano y el salitre. Se inicia así el predominio del capitalismo británico en la economía del país.

La tercera llega tras la I Guerra Mundial, cuando se entregan los ferrocarriles del Estado a la banca inglesa, surgen nuevas inversiones de capital británico y la política de Piérola se ajusta al criterio económico de la plutocracia civilista. Aparece entonces la industria moderna, la función del capital financiero, el acortamiento de las distancias a consecuencia de la apertura del Canal de Panamá, que se traduce en el incremento del tráfico entre el Perú y los Estados Unidos y Europa, la gradual superación del poder británico por el poder norteamericano y la participación de éste en la explotación del cobre y del petróleo, convertidos en dos de los mayores productos nacionales; el fortalecimiento de la burguesía; la ilusión del caucho, que adquiere temporalmente valor extraordinario en la economía y en la imaginación del país; se refuerza la hegemonía económica de la costa; la política entreguista de los empréstitos a la banca yanqui con destino a la ejecución de un programa de obras públicas.

Finalmente, Mariátegui apunta que en el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes. Bajo el régimen de economía feudal nacido de la conquista subsisten en la sierra algunos residuos vivos todavía de la economía comunista indígena. En la costa, sobre un suelo feudal crece una economía burguesa que, por lo menos en su desarrollo mental, da la impresión de una economía retardada.

El problema agrario, afirma Mariátegui, se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación del feudalismo supérstite, del que son expresiones el latifundio y la servidumbre del indio. Mariátegui notó que los indígenas y los campesinos formaban 80 por ciento de la población peruana, pero que 90 por ciento de la población rural no era propietaria sino sierva. La independencia anula en principio los privilegios de la aristocracia terrateniente, pero deja intacta, de hecho, sus posiciones: A despecho del liberalismo teórico de la Constitución y de las necesidades prácticas del desarrollo de la economía capitalista, el gamonalismo latifundista se mantuvo como clase dominante. Tratar, pues, de resolver esta cuestión por las vías de la democracia burguesa resulta una gestión baldía. La fórmula individualista -creación del minifundio o fraccionamiento del latifundio-, ensayada en otros países, ha sido superada.

Aparte de fundamentos doctrinales, el sagaz ensayista aprecia un factor incontestable en el problema agrario del Perú: La supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígena. Los indios mantenían su cultura a pesar de la dominación colonial española y la persistencia de la feudalidad en la República. Pero si la cultura indígena había logrado permanecer con su lengua y sus costumbres, eso se debía a que las bases materiales de esa cultura seguían siendo consistentes. Ni la conquista ni la colonia ni menos la República criolla habían podido destruir a la comunidad. En la comunidad indígena sobrevivían rasgos y formas colectivistas heredadas del pasado prehispánico. Antes de que se estableciera la civilización incaica, en el territorio andino se había estructurado un conjunto de grupos étnicos bajo un régimen de comunismo agrario, que no fue destruido por el Estado que fundaron los incas y que por encima de todo mostraría una gran impermeabilidad a los cambios posteriores y una resistencia a los embates procedentes de Europa e incluso, ya en los años más recientes, al capitalismo. Mariátegui, en El informe sobre las razas volverá a sostener: Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizá en formarse pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, la servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlos.

Por otra parte, el virreinato, el colonialismo pervive en el feudalismo, cimiento económico de una clase cuya hegemonía no carecía la revolución de independencia. Y como el régimen de propiedad de la tierra determina el régimen político y administrativo de toda nación: El problema agrario domina todos los problemas de la nuestra. Asevera concluyentemente Mariátegui que sobre una economía semifeudal no pueden prosperar ni funcionar instituciones democráticas y liberales.

Se refiere luego al régimen de trabajo en la agricultura, determinado, centralmente, por el régimen de propiedad. Y afirma que en la misma medida en que sobrevive en el Perú el latifundio feudal, sobrevive también, bajo diversas formas y con distintos nombres, la servidumbre. Señala las diferencias entre la agricultura de la costa y la de la sierra. En la primera, cuando no es el indio, es el negro o el culí chino el trabajador de la tierra. En el latifundista, parejamente actúan el sentimiento del aristócrata medieval y del colonizador blanco, saturado de prejuicios raciales. El yanaconazgo y el enganche son métodos feudales que prevalecen en la agricultura costeña. Todas las actividades de funcionarios políticos o administrativos están sujetas a la autoridad del terrateniente, cuya propiedad sé halla fuera de la potestad del Estado. El ámbito de la hacienda es íntegramente señorial. Los grandes propietarios se valen del yanaconazgo y el enganche para rechazar el salario libre, inherente a una economía liberal y capitalista.

El enganche priva al bracero del derecho de disponer de su persona y su trabajo, mientras no satisfaga las obligaciones contraídas con el propietario, desciende inequívocamente del tráfico semiesclavista de culíes; el yanaconazgo es una variedad del régimen de servidumbre a través del cual se ha prolongado la feudalidad hasta nuestra edad capitalista en los pueblos política y económicamente retardados.

La costa padece la falta o insuficiencia de brazos. El yanacona o arrendatario o aparcero vincula al suelo a la escasa población regnícola, que sin esta mínima garantía de disfrute de la tierra tiende a emigrar; el enganche asegura a la agricultura costeña el aporte de los trabajadores serranos que, aunque extraños a su medio, se encuentran mejor remunerados. Así, pues, las condiciones del bracero en las haciendas de la costa es superior a las de los feudos de la sierra, donde el terrateniente es omnipotente y sólo le preocupa su rentabilidad y no la productividad de las tierras. Aquí, dentro de las sombrías fases de la propiedad y el trabajo precapitalistas, la forma de arrendamiento, según el autor de Siete ensayos, es la el propietario se limita a ceder el uso de sus terrenos, mientras el arrendatario pone de su parte capital y trabajo necesarios para que el cultivo se realice. Concluido éste se reparten por igual todos los productos. Eso no es todo: el aparcero está obligado a intervenir personalmente en las faenas del propietario con el jornal acostumbrado de 25 centavos diarios.

Como culminación de su importante ensayo Mariátegui apunta hechos de singular interés:

La industrialización, bajo un régimen y una técnica capitalistas, en 165 valles de la costa se debe al impulso financiero del capital británico y norteamericano en la producción del azúcar y el algodón.

Los latifundistas dedican sus tierras al cultivó de esos dos productos porque están financiados por poderosas firmas exportadoras.

Los grandes terratenientes actúan en realidad como intermediarios o agentes del capitalismo extranjero.

Al analizar la trayectoria de la instrucción pública, Mariátegui observa tres influencias: la española -herencia, más bien-, la francesa y la norteamericana. Y la continuidad del virreinato en la república: Un sentido aristocrático y un concepto eclesiástico y literario de la enseñanza que nos legó España. Dentro de este concepto que cerraba las puertas de la Universidad a los mestizos, la cultura era un privilegio de casta. El pueblo no tenía derecho a la instrucción. La enseñanza tenía por objeto formar clérigos y doctores.

Un igualitarismo verbal surge con la revolución, pero con vista al criollo, con desdén por el indio.

La reforma de 1920 conlleva el predominio de la influencia norteamericana. Técnicos yanquis asesoran al propugnador de la orientación, el profesor Villarán. Pero la reforma fracasa. Mariátegui explica: La ejecución de un programa demoliberal resultaba en la práctica entrabada y saboteada por la subsistencia de un régimen de feudalidad en la mayor parte del país. No es posible democratizar la enseñanza de un país, sin democratizar su economía y sin democratizar, por ende, su superestructura política.

En cuanto a la Reforma Universitaria, todos los portavoces de la nueva generación estudiantil latinoamericana convienen en que por su estrecha y creciente relación con el avance de las clases trabajadoras y con el abatimiento de viejos privilegios económicos, no puede ser entendido sino como uno de los aspectos de una profunda renovación latinoamericana... No coinciden rigurosamente todas las diversas interpretaciones, pero con excepción de las que proceden del sector reaccionario, interesado en limitar el alcance de la Reforma, localizándola en la Universidad y la enseñanza, todas las demás la definen como la afirmación del espíritu nuevo, entendido como espíritu revolucionario.

En cuanto al Perú, Mariátegui declara que por varias razones, el espíritu de la Colonia ha tenido su hogar en la Universidad. La vieja aristocracia colonial prolonga su dominio en la República, retardando su evolución histórica y enervando su impulso biológico. Por ello, la Universidad no cumple una función progresista y creadora en la vida peruana, a cuyas necesidades profundas y a cuyas corrientes vitales resulta no sólo extraña sino contraria.

La insurgencia estudiantil registra escasos logros. Se siente estimulada al principio por la victoriosa insurrección de Córdoba y por las palabras admonitorias del profesor Palacios. Pero esas mismas conquistas son escamoteadas un año después del congreso nacional de estudiantes celebrado en el Cuzco en 1920. Mariátegui constata que lo único trascendental de ese evento es la creación de las universidades populares González Prada, destinadas a vincular a los estudiantes revolucionarios con el proletariado y a dar un vasto alcance a la agitación estudiantil. Y por otro lado, cabe anotar que, al calor de la Reforma, los países latinoamericanos se forman núcleos de estudiantes dedicados al estudio de las teorías marxistas y de economía y sociología, cuyos conocimientos ponen al servicio de la clase obrera dotando a ésta, en muchos lugares, de verdaderos rectores intelectuales. Asimismo, los propagandistas y actores más entusiastas dc la unidad de América Latina se reclutan entre los líderes de la Reforma Universitaria.

En pocos años, aquí o allá, a lo largo del continente la Reforma resulta frustrada. Mariátegui cita una verdad de Palacios: Mientras subsista el actual régimen social, la Reforma no podrá tocar las raíces recónditas del problema educacional.

En el factor religioso lo primero que contempla el ensayista peruano es la religión incaica. Sostiene que el culto Tahuantinsuyo carecía de poder espiritual para resistir al Evangelio y que sus rasgos fundamentales son su divismo teocrático y su materialismo. Era un código tal antes que una concepción metafísica. El Estado y la Iglesia se identificaban absolutamente; la religión y la política reconocían los mismos principios y la misma autoridad. Lo religioso se resolvía en lo social... Tenía fines temporales más que fines espirituales. Se preocupaba del reino de la tierra antes que del reino del cielo. Constituía una disciplina social más que una disciplina individual. El mismo golpe hirió de muerte a la teocracia y a la teogonía.

Lo que subsiste en el alma indígena son los ritos agrarios, las prácticas mágicas y el sentimiento panteísta.

Mariátegui califica la conquista como la última cruzada. Su carácter de tal la define como una empresa militar y religiosa: La realizaron en comandita soldados y misioneros. Después el coloniaje; una empresa política y eclesiástica. El culto y la liturgia suntuosa del catolicismo cautivan al indio. La facilidad de la Iglesia para aclimatarse a cualquier tiempo histórico, su poder mimético ya demostrado siglos atrás con la absorción de antiguos mitos y la apropiación de fechas paganas, continuó en el Perú: El culto de la virgen encontró en el lago Titicaca -de donde parecía nacer la teocracia incaica- su más famoso santuario.

Pero la pasividad con que los indios se dejan catequizar y lo fácilmente que se produce la superposición del culto católico al sentimiento indígena enflaquece moralmente al catolicismo. Bajo la obra evangelizadora dé misioneros y eclesiásticos subsiste el paganismo aborigen. Como no tienen que velar por la pureza del dogma, los enviados de la Iglesia se limitan a servir de guía a una grey rústica y sencilla, sin inquietud espiritual alguna. Lo mejor de sus energías lo gastan en sus propias querellas internas, o en la casa del hereje, si no en tina constante y activa rivalidad con los representantes del poder temporal.

Fija bien Mariátegui lo que distingue la conquista y colonización anglosajona de la española. La primera es una aventura absolutamente individualista, que se desarrolla en una tierra casi virgen, que obliga a los hombres que la realizan a una vida de alta tensión. Al colonizador no le preocupa la evangelización de los aborígenes. Ni misioneros, ni predicadores, ni teólogos de convento. El individualismo puritano hace de cada pionero un pastor; el pastor de sí mismo. No tiene que conquistar una cultura y un pueblo sino un territorio. Para la posesión simple y ruda del suelo sobran las milicias aguerridas de catequistas y sacerdotes que movilizan los españoles para su cruzada.

Llama la atención Mariátegui sobre el papel del protestantismo como levadura espiritual del proceso capitalista... La reforma protestante contenta la esencia, el germen del Estado liberal... El capitalismo y el industrialismo no han fructificado en ninguna parte como en los pueblos protestantes... Han llegado a su plenitud sólo en Inglaterra, Estados Unidos y Alemania. Y dentro de estos Estados, los pueblos de confesión católica han conservado instintivamente gustos y hábitos rurales y medievales... Y en cuanto a los Estados católicos, ninguno ha alcanzado un grado superior de industrialización... España, el país más clausurado en su tradición católica, presenta la más retrasada y anémica estructura capitalista.

Apunta indiscutibles opiniones: La revolución de la independencia, del mismo modo que no tocó los privilegios feudales, tampoco tocó los privilegios eclesiásticos... Amamantado por la catolicidad española, el Estado peruano tenía que constituirse como Estado semifeudal y católico. La república continuó la política española, en éste o en otros terrenos... El liberalismo peruano, débil y formal en el plano económico y político, no podía dejar de serlo en el plano religioso.

Reconoce que el movimiento radical gonzález-pradista denuncia y condena el civilismo y el militarismo que dominan la política peruana y significa la primera agitación anticlerical efectiva, pero no amenaza en lo más mínimo la estructura económico-social del país. Atribuye su debilidad al hecho de que está dirigido por hombres de temperamento más literario o filosófico que político, aparte de que carece de un programa económico-social: Sus dos lemas centrales -anticentralismo y anticlericalismo- eran por sí solos insuficiente amenazar los privilegios feudales.

Insiste con Sorel en que la experiencia histórica de los últimos lustros ha comprobado que los actuales mitos revolucionarios o sociales pueden ocupar la conciencia profunda de los hombres con la misma plenitud que los antiguos mitos religiosos.

El regionalismo no es en el Perú un movimiento, una corriente, un programa, escribe Mariátegui: No es sino la expresión vaga de un malestar y de un descontento. A seguidas afirma que las formas de descentralización ensayadas en el curso de la república adolecen del vicio criminal de representar una concepción y un diseño centralistas. Liberales o conservadores, el civilista Manuel Pardo o el caudillo demócrata Nicolás de Piérola, todos proclaman la descentralización administrativa. Los ataques al centralismo se multiplican y parten de todos los sectores. Se habla del federalismo como una solución, mas resulta fórmula de raíz e inspiración feudales. Fines propagandísticos, en realidad, guían la campaña. Fundamentalmente, los clanes políticos no difieren. La polémica entre federalistas y centralistas al fin es superada por anacrónica, como la controversia entre liberales y conservadores. Teórica y prácticamente la lucha se desplaza del plano exclusivamente político a un plano social y económico.

A la nueva generación no le preocupa en nuestro régimen lo formal -el mecanismo administrativo-, sino lo sustancial, la estructura económica. Mariátegui plantea que toda descentralización que no se dirija a resolver el problema agrario, la cuestión indígena, no merece ya ni siquiera ser discutida. Lo primero a clarificar es el concepto de regionalismo, para evitar el gamonalismo regional. Luego, optar por el gamonal o el indio. No existe una tercera posición. Y dejar sentado de una vez que el nuevo regionalismo no es una mera protesta contra el régimen centralista. Es una expresión de la conciencia serena y del sentimiento andino. Los nuevos regionalistas son, ante todo, indigenistas.

Mariátegui recuerda la división geográfica del Perú en tres regiones: la costa, la sierra y la montaña. Aclara que esta división no es sólo física. Trasciende a la realidad social y económica. La montaña, dice, sociológica y económicamente carece aún de significación. Puede decirse que la montaña, la floresta, es un dominio colonial del Estado peruano. Quedan las dos regiones efectivas, la costa y la sierra, en que se distingue y separa, como el territorio, la población. En la costa arraiga lo español y mestizo, en la sierra se refugia lo indígena. Aquí se conciertan todos los factores de una regionalidad, si no de una nacionalidad.

La realidad que observó Mariátegui era un Perú mestizo que mezclaba elementos de las civilizaciones europeas e indígenas. Así, el socialismo también tenía que reflejar este tipo de mezcla. De hecho, un indígena fue un participante activo en 1926 en la fundación del Partido Socialista en Ecuador.

inicio programa documentos continúa