Mediado el siglo XVII, Holanda se había convertido en un país capitalista avanzado. La revolución burguesa se produjo ya en la segunda mitad del siglo XVI y, en luchas sangrientas, el pueblo insurrecto derrocó el yugo feudal español e instauró el primer régimen burgués de Europa.
El desarrollo del modo capitalista de producción y, especialmente, la expansión del comercio y la navegación incitaron a las investigaciones científicas. Circunstancias éstas que dieron pie a un considerable auge técnico, científico y cultural. En el siglo XVII descollaban los Países Bajos por su avance en la técnica (militar y civil) y la ciencia (matemáticas, astronomía, mecánica y física) y por su arte realista. A las eminencias de la ciencia mundial pertenecen mentalidades holandesas como el matemático, físico y astrónomo Huygens, el físico Snellus, Anton van Lecuwenhoek (uno de los inventores del microscopio), y otros muchos sabios. Descartes trabajó durante veinte años en Holanda; su notable seguidor Henry Le-Roy, no sólo expuso de forma magistral su doctrina cartesiana, sino que como fisiólogo fue más lejos que su maestro en la marcha hacia el materialismo.
En este marco apareció una notable doctrina materialista, la filosofía de Spinoza (1632-1677), que ejercería gran influencia sobre la Europa avanzada.
En pos de Bacon y Descartes, Spinoza considera que la misión fundamental de la filosofía consiste en conquistar el dominio de la naturaleza y perfeccionar la índole humana. Son estas ideas progresistas las que desarrolla y complementa con su doctrina de la libertad, doctrina que, de un lado, parte del determinismo establecido por las ciencias naturales y, de otro, muestra que la libertad humana es posible dentro del marco de la necesidad y en consecuencia con ésta. Apunta que no existe más que una sustancia, la naturaleza, que es causa de sí misma, no necesitando más para existir. Para Spinoza la naturaleza es eterna e infinita, es causa, efecto, esencia y existencia. Como objeto de conocimiento, el hombre no es ninguna excepción; la psicología de éste, sus pasiones y apetencias, los motivos y objetivos de su comportamiento son tan objeto de conocer como cualquier otro fenómeno de la naturaleza. Spinoza hace una notable contribución al ateísmo y al libre pensamiento de su época; para él, la teología y la filosofía no tienen nada en común, por lo que sostiene que el quehacer de la religión es sólo instruir a la gente de cómo debe vivir y comportarse moralmente. Por otro lado, entiende que la base de la sociedad es el deseo de subsistir propio del individuo y ve la fuente del Derecho en la fuerza, siendo el Estado expresión de la necesidad de paz al que debe subordinarse la Iglesia. No obstante, considera que un poder que no sabe gobernar más que mediante el temor no puede ser considerado virtuoso.
El siglo XVII es el siglo de la revolución burguesa en Inglaterra, donde se asienta el sistema capitalista. La nueva clase surgente necesitaba una filosofía que atendiese sus necesidades y defendiera sus intereses de todo tipo. La lucha contra la ideología feudal acentuó el interés por las cuestiones de la religión, la tolerancia y el derecho público. Los juristas y publicistas de la burguesía inglesa basan en las leyes y propiedades de la naturaleza humana el origen de la sociedad y del poder público. Para ellos, la naturaleza humana es un producto del mundo exterior. A las aclaraciones mecanicistas de la naturaleza siguen las aclaraciones mecanicistas dé los fenómenos de la vida social. Todas estas tendencias tienen realzada expresión en la filosofía de Thomas Hobbes (1586-1679), quien sistematizó la filosofía de Bacon, aniquilando los prejuicios deístas de su materialismo. Para Hobbes, la fuente de las ideas y de todo nuestro conocimiento está en la percepción del mundo exterior, en las sensaciones (sensualismo). Su aportación más relevante la encontramos en su Doctrina del Estado y del Derecho. A partir de las leyes de la naturaleza y de su Guerra de todos contra todos da una explicación razonada del Estado y el Derecho; observa que el Estado es una máquina de violencia, pero no apreció que ésa es la base del dominio clasista.
Su continuador más directo fue John Locke (1632-1704), quien fundamentó el materialismo de su antecesor. Locke jugó un destacado papel en la concreción del método metafísico moderno, configurado definitivamente durante el nacimiento del modo capitalista de producción: el desarrollo del experimento, el análisis, el aislamiento artificial, la separación de los fenómenos; transplantado todo a la filosofía, nació la metafísica moderna. La actividad filosófica de Locke transcurrió durante y después de la Restauración que sigue a la Segunda Revolución Burguesa en Inglaterra (1688), que terminó con una avenencia política entre la burguesía y la nueva nobleza, facilitando las premisas políticas para el desarrollo capitalista. Asentada en los éxitos ya conseguidos, la burguesía siguió luchando para ampliar sus derechos políticos y suprimir las supervivencias feudales. Locke participó en las luchas como filósofo, economista y escritor político, fundamentando la legitimidad de la avenencia entre las clases dominantes. Su obra capital, Ensayo sobre el entendimiento humano, tuvo gran importancia sobre el desarrollo de la Ilustración, dentro de Inglaterra.
La historia de la Ilustración inglesa es, en buena medida, la historia del libre pensamiento religioso, y la forma ideológica de éste fue el deísmo, o sea, la religión entendida como fe limitada al reconocimiento de dios en calidad de causa primaria y la renuncia a todos los demás postulados de la religión como opuestos a la razón. En las condiciones socioeconómicas de los siglos XVII y XVIII, el deísmo venía a ser una forma velada de renunciar, a cada paso, a la interpretación religiosa del mundo. La burguesía abandonaba con disgusto las ilusiones religiosas, que arropaban en su conciencia acciones y afanes reales. No obstante, bajo esta forma ambigua, el deísmo y el libre pensamiento inglés en materia religiosa constituían un serio peligro para la ideología feudal, cuyos defensores no querían replegarse. Precisamente estos medios apoyaron a George Berkeley (1685-1753) ya David Hume (1711-1776) contra la Ilustración. El primero dedicó toda su actividad filosófica a atacar abiertamente el materialismo y todas sus manifestaciones en la ciencia, ataque que lleva a cabo desde las posiciones de un idealismo subjetivo y como base teórica de una concepción del mundo religiosa. Si para Berkeley el mundo exterior viene dado por las sensaciones, para Hume no es cognoscible ni demostrable la existencia de éste; la fuente de nuestra seguridad no es el conocimiento teórico, sino la fe. Como ser teorizador, el hombre es ignorante e impotente, más como ser práctico posee en el sentido de la fe garantías suficientes para el buen éxito de sus acciones prácticas. Así pues, en la teoría Hume es agnóstico y en la práctica defiende el sano sentido común burgués. Su agnosticismo fundamenta la utilitaria y racional cosmovisión de la burguesía que, en palabras de Marx, ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimiento del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta (C. Marx y F. Engels: Manifiesto Comunista).
En Francia, en el siglo XVIII, y bajo la envoltura política feudal, se desarrolla y madura el capitalismo. El antagonismo interclasista se reflejó en las luchas ideológicas: a la penetración de las ideas del materialismo filosófico se oponían las fuerzas de la reacción ideológica, los intelectuales del catolicismo.
Cuarenta años antes de la revolución burguesa de 1789 surge el vasto movimiento de la Ilustración que, en Francia, se reagrupa en torno al proyecto de la Enciclopedia, cuyo fin no era otro que el criticar la ideología feudal, las supersticiones religiosas, y combatir por la libertad de pensamiento científico y filosófico, por la razón contra la fe, por la ciencia contra la mística, por la crítica contra la apología, etc. A los ilustrados les une una gran cultura y erudición, pese a que unos eran materialistas y otros idealistas, unos ateos y otros deístas. Así, tenemos a Montesquieu, quien aun condenado al absolutismo y la degradación de las costumbres, no compartía la idea de la transformación revolucionaria de la sociedad; a Voltaire, eminente escritor, filósofo y satírico, luchador infatigable contra la Iglesia, la intolerancia religiosa y el fanatismo. El más influyente de esta corriente idealista fue Juan Jacobo Rousseau (1712-1778). Rousseau destaca por su clarividencia y la profundidad en la crítica del régimen social. Mientras la filosofía del siglo XVIII no va más allá de la crítica del feudalismo y el absolutismo desde el ángulo burgués, lo que lleva implícito el desprecio a las masas democráticas, a sus inquietudes y necesidades, Rousseau fue una excepción, pues su crítica democrático-radical parte del punto de vista de las masas pequeño-burguesas oprimidas de labriegos y artesanos. El Contrato Social y el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres fueron sus escritos más importantes.
El materialismo francés es la forma superior del pensamiento materialista del siglo XVIII. Su gran significación para la elaboración de unas bases filosóficas comunes a todo materialista estriba en: 1) La solución consecuentemente materialista del problema filosófico cardinal de la relación entre el pensar y el ser; 2) la explicación materialista de la naturaleza; 3) la fundamentación materialista de la teoría de las sensaciones. En su contenido teórico, sigue en el terreno del materialismo mecanicista; en las teorías sociales, falla en sus intentos de dilucidar cuáles son las fuerzas motrices del proceso histórico.
Entre otros materialistas franceses como Helvecio, Holbach, D'Alambert... destaca Denis Diderot (1713-1748). Diderot parte de la eternidad e infinitud de la naturaleza, que no ha sido creada por nadie y fuera de la cual no hay nada. Fue Engels quien destacó algunos rasgos de la dialéctica que se encuentra en Diderot. Para él, el experimento y la observación son los métodos del conocimiento. Mantiene que la fuerza motriz de la sociedad es la razón y el progreso de la instrucción. Es determinista en cuanto a la educación, la sociedad y el Estado, así como a la naturaleza del hombre. La ética se debe basar en la experiencia. Diderot fue el principal artífice de la Enciclopedia.
El materialismo francés del siglo XVIII, pese a sus deficiencias mecanicistas, libró la batalla contra la basura ideológica medieval, demostrando ser la única filosofía consecuente, fiel a las ciencias naturales. El materialismo francés desembocó directamente en el socialismo y el comunismo.
Comparada con Holanda o Inglaterra, Alemania era un país atrasado. Tras la Guerra de los Treinta Años, ninguna clase de la sociedad alemana fue capaz de convertirse en centro de cohesión y organización de las fuerzas progresistas y revolucionarias, políticamente, el país se vio desmembrado en infinidad de pequeños Estados, con lo que subsistió el aislamiento propio del feudalismo. Así las cosas, la ideología religiosa conservó su situación preponderante. En estas condiciones difíciles desplegó su actividad científica y filosófica Leibniz (1646-1716), quien llevó a cabo una valiosa aportación en las matemáticas, la mecánica, la física y la fisiología. El rasgo característico de su actividad científica es la tendencia a unir teoría y práctica. En todas las parcelas del saber aspiró a elaborar amplios sistemas, pero a veces intentó combinar lo incombinable: la ciencia y la religión, el materialismo filosófico y el idealismo, el apriorismo y el empirismo. Leibniz enfrenta el problema cardinal de la filosofía desde la posición de un idealismo objetivo, al dar a la materia vida espiritual a partir de la mónada, una suerte de átomo espiritual del ser, de materia y espíritu unidos. No obstante el mecanicismo de su doctrina de la naturaleza física, la filosofía leibniciana ofrece claros atisbos de representaciones dialécticas de la naturaleza y el conocimiento, lo que llevó a Lenin a deducir que Leibniz: Llegó a través de la teología, al principio de la conexión inseparable (y universal, absoluta) de la materia y el movimiento14.
En la segunda mitad del siglo XVIII, los filósofos alemanes darán un formidable impulso al pensamiento de la humanidad, sentando las bases de la dialéctica; es la época del surgimiento de la filosofía clásica alemana.
Mientras la revolución burguesa y la expansión industrial han hecho de Inglaterra una gran potencia capitalista, y la revolución política en Francia ha derrotado el feudalismo y la hace avanzar por la vía capitalista, Alemania sigue siendo un país semifeudal y atrasado política y económicamente. El latifundismo, los múltiples vestigios de la servidumbre, la estructura gremial y la existencia de infinidad de pequeños Estados independientes, con un régimen absolutista y reaccionario, frenan el desarrollo capitalista del país. Engels señala que aquella época oprobiosa en el sentido político y social es, en cambio, un gran período en la historia de la literatura y de la filosofía alemana. En cada eminente obra de esta época alienta el espíritu del reto, de indignación contra toda la sociedad alemana de entonces. Estas palabras de Engels no sólo se refieren a las obras de Schiller y Goethe, sino también a las de Kant, Fichte y Hegel, insignes representantes de la filosofía clásica alemana. En Alemania, como sucediera en Francia, la revolución filosófica precedió a la revolución burguesa y fue su preparación ideológica. Pero a diferencia de los materialistas franceses, los representantes de la filosofía clásica alemana son idealistas, hecho éste que refleja el atraso económico de Alemania, la debilidad de la burguesía, su ineptitud para combatir el ordenamiento feudal y su tendencia al compromiso. No obstante, sus doctrinas idealistas fundamentan la necesidad de la transformación burguesa de Alemania.
La magna conquista de la filosofía clásica alemana fue precisamente la elaboración del método dialéctico, de la lógica dialéctica, de la doctrina de las leyes del desarrollo, bien es cierto que desde posiciones idealistas. Todo ello apunta de modo directo contra las fuerzas feudales reaccionarias, que frenan el avance burgués.
La historia de la filosofía enseña que, a veces, las doctrinas filosóficas más avanzadas tienen por cuna países relativamente atrasados en el sentido económico, político y social, siempre y cuando puedan, gracias a las condiciones objetivas de su evolución, valerse de la experiencia de países más avanzados. La Francia del s. XVIII iba económicamente detrás de Inglaterra, pero justamente en ella se formó el materialismo de Diderot, Holbach y Helvecio (la forma más desarrollada de la filosofía de aquel siglo) respaldándose en las conquistas del materialismo inglés y de Spinoza. En Alemania sucede algo semejante en la segunda mitad del s. XVIII. La filosofía clásica alemana se apoya en las adquisiciones del pensamiento filosófico de los países europeos más avanzados, donde ya se ha realizado la revolución burguesa. Los materialistas franceses son los precursores e inspiradores ideológicos de la revolución francesa. En un país semifeudal como Alemania, inmediatamente se hizo notar con especial fuerza la influencia liberadora de esta revolución; una revolución socioeconómica que hace época. La ruptura revolucionaria de unas relaciones sociales, las feudales, con existencia de siglos, constituye, entre otras proporcionadas principalmente por la ciencia, la premisa fundamental de la concepción dialéctica de la historia de la humanidad elaborada por Hegel y sus predecesores inmediatos, Kant, Fichte y Schelling.
La filosofía clásica alemana tiene su fundador en Kant (1724-1804). Las premisas de la doctrina kantiana parten de la tesis de la existencia de las cosas en sí (admitiendo la existencia del mundo de las cosas independientemente de la conciencia). Pero tan pronto pasa a indagar las formas y límites del conocimiento abandona el materialismo y despliega una doctrina idealista del saber que consiste en afirmar que ni los sentidos ni los conceptos o ideas de nuestra razón pueden darnos un conocimiento teórico de las cosas en sí. Este aspecto contradictorio que se desprende del intento de conciliar el materialismo y el idealismo (agnosticismo) es el rasgo principal de la obra kantiana. La comprensión científica, el pensamiento, es simplemente intelectivo, pero no racional, siendo la fe en dios la garantía del orden moral que no puede ser encontrado en el mundo material, empírico.
La teoría kantiana acerca del origen de todos los mundos actuales por la rotación de las masas nebulosas fue el progreso más grande que la astronomía había hecho desde Copérnico. Kant admite con ello la infinitud del proceso evolutivo del mundo pero, a la vez, parte de que tal proceso tuvo un principio divino. No obstante, su teoría del desarrollo apunta directamente contra las fuerzas reaccionarias, a lo que une una tendencia progresista que consiste en oponer el ordenamiento jurídico burgués, emanado de la propiedad privada, a la opresión y arbitrariedades feudales. Kant entiende la libertad civil como el derecho del individuo a acatar sólo aquellas leyes con las que se declara conforme, libertad que debe ser patrimonio inalienable de cada ciudadano. Marx denomina la filosofía de Kant teoría alemana de la revolución francesa.
El lugar histórico de Hegel (1770-1831) en la filosofía es definido por Engels con estas palabras: La filosofía alemana encontró su remate en el sistema de Hegel, en el que por primera vez -y ése fue su gran mérito- se concibe todo el mundo de la naturaleza, de la historia y del espíritu, como un proceso, es decir, en constante movimiento, cambio, transformación y desarrollo, intentando además poner de relieve la conexión interna de este movimiento y desarrollo... No importa que Hegel no resolviese el problema. Su mérito, que sienta época, consistió en haberlo planteado (Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana).
Hegel no pudo resolver los problemas planteados por su propia dialéctica porque su sistema filosófico parte de premisas idealistas; concibe la naturaleza y la sociedad como formas de existencia de un espíritu supranatural: la Idea Absoluta. Es por eso que en la filosofía de Hegel hay que deslindar su método dialéctico de su sistema. Si la dialéctica hegeliana enseña que el desarrollo es universal, ilimitado, su sistema filosófico niega la universalidad del desarrollo, ya que para Hegel la naturaleza no evoluciona en el tiempo, sino que se diversifica en el espacio; el pensamiento se agota en las formas por él investigadas en La ciencia de la Lógica; el conocimiento en general culmina con la creación de su sistema, y el desarrollo de la sociedad acaba con el establecimiento de la monarquía constitucional y la transformación limitada de la sociedad en un sentido burgués.
¿Qué constituye el núcleo racional de la dialéctica idealista de Hegel? Ante todo, los geniales atisbos de la interconexión, el movimiento y el desarrollo de los fenómenos, de la contradicción como fuente de movimiento, de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos y del papel de la negación en la sustitución de lo viejo por lo nuevo, de la naturaleza del pensamiento teórico y de las categorías lógicas mediante las cuales se realiza éste. Hegel adivinó genialmente -dice Lenin- la dialéctica de las cosas (de los fenómenos, del mundo, de la naturaleza) en la dialéctica de los conceptos y añade: Justamente adivinó, pero nada más (Lenin: Cuadernos filosóficos).
Por tanto, el núcleo racional de la dialéctica hegeliana lo forman muchas de sus ideas, concernientes a la comprensión de las leyes más generales del desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el conocimiento, especialmente la teoría del conocimiento y la lógica.
La profundización en Alemania, en la década de 1830, de las contradicciones entre la burguesía y los elementos feudales dominantes se manifestó en la desintegración de la escuela filosófica hegeliana. El antagonismo entre el método y el sistema de la filosofía de Hegel tenía profundas raíces socioeconómicas. Los hegelianos de derecha defendían el conservador sistema de Hegel; los jóvenes hegelianos de izquierda adoptaban principalmente el método dialéctico, pero, de ordinario, no se atrevían a combatir ostensiblemente el Estado feudal y sus instituciones. La oposición al absolutismo se expresaba de nuevo, como en el período de la Reforma, principalmente como crítica filosófica al cristianismo ortodoxo. Esta corriente alcanza con Feuerbach, eminente figura del materialismo y ateísmo premarxistas, su punto culminante.
El relevante mérito histórico de Feuerbach (1804-1872) consistió en su profunda crítica al idealismo de Kant, Hegel, etc., y en haber resucitado y continuado las tradiciones progresistas del materialismo del s. XVIII. A diferencia, pues, de sus antecesores de la filosofía clásica alemana, Feuerbach no es idealista, sino que milita en el materialismo. Pretende elaborar un sistema materialista erigido en la fisiología y la sicología científicas del hombre. Esta concepción del objeto de la filosofía es unilateral, pero cumplió un papel progresista en la lucha contra el idealismo de Hegel. Particularidad característica del materialismo de Feuerbach es la negación del dualismo (cuerpo y alma), la admisión y fundamentación de la tesis materialista sobre la unidad de lo espiritual y lo corpóreo, de lo subjetivo y lo objetivo, de lo síquico y lo físico, del pensamiento y del ser. Los clásicos del marxismo elogiaron la crítica de Feuerbach a la filosofía idealista, aunque señalaban su grave defecto de partir principalmente del materialismo metafísico, lo cual les llevó, al rechazar el idealismo hegeliano, a rechazar también su dialéctica.
Las concepciones sociopolíticas de Feuerbach son una fundamentación teórica de la democracia burguesa. El hombre natural, del que constantemente habla viendo en él al hombre del futuro, este hombre abstracto, extraclasista, es a la postre el hombre idealizado de la sociedad burguesa. Para pasar del hombre abstracto de Feuerbach -dice Engels- a los hombres reales y vivientes, no hay más que un camino: verlos actuar en la historia... El paso que Feuerbach no dio, había que darlo; había que sustituir el culto del hombre abstracto, médula de la nueva religión feuerbachiana, por la ciencia del hombre real y de su desenvolvimiento histórico (F. Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana). La solución de este problema, que como pensador burgués no pudo dar Feuerbach, fue posible gracias al marxismo.
El marxismo fue preparado por todo el desarrollo socioeconómico, político y espiritual de la humanidad, en particular por el desenvolvimiento del régimen capitalista en la primera mitad del siglo XIX en Europa, de las contradicciones que les son inherentes y de la lucha entre el proletariado y la burguesía, proceso que culminó en las revoluciones burguesas de 1848. El marxismo surgió como continuación directa e inmediata de las grandiosas conquistas del pensamiento social precedente: la dialéctica, el socialismo utópico, la economía política y su ley del valor, y los novísimos descubrimientos científicos. La genialidad de Marx radica en que dio solución a los problemas planteados por sus eminentes predecesores. La formación de la filosofía del marxismo representa el paso decidido de Marx y Engels de las posiciones del idealismo y de la democracia revolucionaria burguesa a las posiciones del materialismo y del comunismo. La principal fuerza motriz de este proceso, complejo y polifacético, fue la lucha de Marx y Engels por los intereses de los trabajadores contra los partidarios manifiestos y encubiertos de la explotación feudal y capitalista.
A veces se presenta el materialismo dialéctico como la unión del método dialéctico, pero idealista, de Hegel, con la teoría materialista mecanicista de Feuerbach. Esto es una simplificación. Es imposible por principio unir el idealismo y el materialismo, el modo de pensar dialéctico y el metafísico, pues se excluyen mutuamente. Marx y Engels reelaboraron dialécticamente la doctrina materialista de la filosofía moderna y reelaboraron con un criterio materialista el método dialéctico de Hegel; esto es precisamente lo que ellos denominaron poner la dialéctica sobre sus pies. El método marxista, por tanto, no es sólo dialéctico, sino también materialista; la teoría marxista no es sólo materialista sino también dialéctica. Un aspecto importantísimo de esta revolución filosófica fue la creación de la concepción materialista de la historia. El materialismo histórico significó la superación de las anteriores concepciones de la historia, bien fatalistas, bien subjetivistas.
La revolución efectuada por Marx y Engels en la filosofía consistió, además, en que acabaron con la contraposición del conocimiento filosófico a las ciencias especiales, particulares. Demostraron que la filosofía debe ser, no la ciencia de las ciencias, que adopta una actitud despectiva ante las investigaciones científicas concretas, sino una concepción científica del mundo que se base en esas investigaciones, sintetice sus datos y descubra las leyes más generales del desarrollo de la naturaleza, de la vida humana y del proceso del conocimiento. Precisamente en las conquistas más importantes de las ciencias naturales de su tiempo (el descubrimiento de la ley de la transformación de la energía, el descubrimiento de la estructura celular de los organismos vivos y la creación de la doctrina evolucionista: el darwinismo) vieron una confirmación de la filosofía creada por ellos y una de las bases de su desarrollo. Ahora -dice Engels- no se trata de sacar de la cabeza las concatenaciones de las cosas, sino de descubrirlas en los mismos hechos. A la filosofía... no le queda más refugio que el reino del pensamiento puro, en lo que aún queda en pie de él: la teoría de las leyes del mismo proceso de pensar, la lógica y la dialéctica (Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana).
Marx y Engels rechazaron también la pretensión, típica de la metafísica, de que el conocimiento es absoluto, inmutable y no requiere desarrollo, demostrando su carácter histórico relativo y su continuo enriquecimiento. La filosofía deja de ser la elucubración de un genio, un sistema que lo explica todo y resuelve definitivamente todas las contradicciones, pasando a ser una ciencia abierta a nuevas deducciones y que progresa sin cesar. Con ello, Marx y Engels acabaron con la contraposición de la filosofía con la lucha emancipadora de los oprimidos. Es la famosa tesis de Marx: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo (Tesis sobre Feuerbach).
Las revoluciones democráticas de 1848 demostraron que la burguesía liberal se había convertido en una clase contrarrevolucionaria. La clase obrera, que hasta entonces había combatido al feudalismo, lo hace ahora contra la propia burguesía. Las ideas del marxismo conquistan al proletariado y van desplazando gradualmente de su conciencia las doctrinas socialistas pequeño-burguesas. Por su parte, la burguesía no lleva hasta el fin las reformas democrático-burguesas y pacta con la reacción feudal. Tras la derrota de las revoluciones del 48, se abre un período de crisis en la filosofía burguesa, que renuncia a los adelantos conseguidos anteriormente, abandona la dialéctica y se dedica a buscar justificaciones cada vez más panfletarias de las relaciones sociales capitalistas. El pensamiento filosófico burgués de este período se desenvuelve en lucha contra el materialismo, el racionalismo y, en particular, el marxismo; pero lo hace en medio de un rápido progreso de las ciencias naturales y no puede por menos que tenerlo en cuenta. Con todo, los filósofos burgueses rechazan las conclusiones materialistas-dialécticas derivadas de los descubrimientos científicos y se tornan en simples desenterradores de sistemas idealistas muy anticuados, con la intención de modernizarlos. Unos empiezan a difundir el irracionalismo, que menosprecia el papel de la ciencia y la razón; otros, los positivistas, presentan el agnosticismo como el único enfoque filosófico-científico de la realidad. Los irracionalistas sostienen que la fe en la razón y en su poderío ha dado lugar a peligrosos intentos de conocer las leyes del desarrollo social y de someter a una revisión crítica las bases de la sociedad, o sea, la propiedad privada, el derecho y la moral burgueses. Para ellos, el origen de todos los males sociales radica en el racionalismo, que no respeta ni las autoridades ni los fundamentos de la vida social. Esta corriente arranca de Schopenhauer y Kierkegaard y tiene su máximo exponente en la filosofía de la vida de Nietzche (1844-1900). La filosofía de la vida niega el significado cognoscitivo de la razón y conceptúa al mundo, el hombre y su historia como irracionales por naturaleza. Su falso dilema la razón o la vida se resuelve en favor de una interpretación irracionalista de la vida, que rechaza el conocimiento científico y exalta la voluntad irracional, el instinto, los impulsos inconscientes y la intuición irracional.
El positivismo, representado en su primera forma por Comte, Mill y Spencer, se convierte en la escuela más influyente de la filosofía burguesa de la segunda mitad del siglo XIX. El positivismo estimula la realización de investigaciones científicas concretas, necesarias para la burguesía, pero sostiene la incognoscibilidad de la esencia de los fenómenos. Esta dualidad hace que su papel en la historia sea contradictorio. En países de fuerte tradición materialista, como Francia o Inglaterra, actúa de contrapeso a la misma y juega un papel reaccionario. En países donde predomina la Iglesia y la filosofía religiosa (Italia, EE.UU. e incluso España) son muchos los progresistas que miran el positivismo como una filosofía que libera de la influencia eclesiástica y contribuye al desarrollo de la investigación científica.
El principal objetivo de la filosofía de Spencer (1820-1903) es conciliar la fe y el saber, la ciencia y la religión, en el marco del agnosticismo. El positivismo de Spencer combina el agnosticismo en las cuestiones cardinales de la cosmovisión filosófica con un enfoque materialista en determinados problemas de las ciencias especiales. Por ejemplo, admite la idea de la evolución y considera la sociedad como un cuerpo vivo; pero cuando aplica a la sociedad el principio de la lucha por la existencia desbroza el camino a una de las concepciones más reaccionarias de la sociología burguesa: el darwinismo social. Spencer cultivó en sus escritos el planfletismo y la difamación de las ideas socialistas.
En conjunto, su filosofía es la culminación de la primera forma del positivismo que, pese a su hostilidad radical para con el materialismo, aún contiene ciertas ideas científicas y que, a finales del siglo XIX, empezó a ser desplazado por las doctrinas positivistas aún más reaccionarias: el empiriocriticismo de Mach y Avenarius, que ahondan el idealismo subjetivo y el agnosticismo de sus predecesores. Esta corriente fue refutada por Lenin en su obra Materialismo y Empiriocriticismo.