Sumario:
Carta abierta a un separatista
En 1917 inició su actividad política participando en la agitación a favor de la Asamblea de Parlamentarios. A raíz de la represión que se produjo, tuvo que salir de Barcelona y se trasladó a Tortosa, donde entró en contacto y mantuvo relaciones con los republicanos del Partido Republicano Catalán, colaborando en la revista republicana La Lucha. El 13 de noviembre de 1917 fue detenido y procesado por un artículo que había publicado y que fue considerado injurioso por la Guardia Civil. Puesto en libertad provisional unos meses más tarde, se fue a París para exiliarse.
Acogiéndose a la ley de amnistía que fue decretada, regresó a Barcelona y se afilió a la Federación Catalana del Partido Socialista Obrero Español, la cual había aceptado en su programa el derecho de Cataluña a autogobernarse.
Después que las Cortes españolas denegasen el Estatuto solicitado por el movimiento nacional de los últimos años, a pesar de la intensa actividad de agitación que habían llevado a cabo los grupos de izquierda, Comorera, a causa de su participación en esta agitación y, para evitar ser detenido de nuevo, volvió a salir del país. Esta vez rumbo a Argentina. Una vez llegado a Buenos Aires ingresó en el Partido Socialista de Argentina y se incorporó a su comisión de prensa. Por esta razón colaboró regularmente en La Vanguardia, portavoz oficial de aquel partido. En la República argentina, Joan Comorera puso las bases de su formación política, y sobre todo, adquirió una gran experiencia como organizador.
Entre tanto en Cataluña, el PSOE volvió a hacer suyas las posiciones chovinistas de Prieto. Por esta razón muchos socialistas catalanes se desorganizaron. Buena parte de ellos constituyó más tarde, la Unión Socialista de Cataluña. Joan Comorera, puesto al corriente de la situación del socialismo catalán y de la creación de la USC, envió algunas colaboraciones a Justicia Social, órgano de la Unión, donde trataba principalmente de la actividad socialista en Argentina.
En 1926 publicó en La Vanguardia del Partido Socialista de Argentina un artículo de crítica a la política que Primo de Rivera llevaba a cabo en España desde que en septiembre de 1923 había implantado su dictadura. El artículo tuvo muy buena acogida entre los núcleos de españoles residentes en América Latina. Después que se produjo un golpe militar en Argentina, Joan Comorera, una vez más, hubo de huir para evitar ser apresado. Cruzó la frontera uruguaya para refugiarse en Montevideo. Durante su estancia en Uruguay, en España, la crisis de la monarquía había tocado fondo. Cuando, proclamada la República en 1931, Comorera volvió a Barcelona, Cataluña vivía el entusiasmo de haber recuperado la Generalitat. En este ambiente Comorera tomó contacto con sus antiguos compañeros y se incorporó inmediatamente a la Unión Socialista de Cataluña. Formó parte del primer Comité Ejecutivo que se reunió tras ser proclamada la República y poco después le fueron asignadas las responsabilidades de organización y propaganda. Al año siguiente, la Unión Socialista de Cataluña celebró su I Congreso, en el que Comorera fue elegido Secretario General. Aprobado el Estatuto de Autonomía por las Cortes de la República, Joan Comorera se presentó a las elecciones a diputados para el Parlamento de Cataluña. Ganó el acta de diputado por la provincia de Barcelona y, un año más tarde, en el primer Gobierno formado por Companys, ocupó la Consejería de Agricultura y Economía del Gobierno de la Generalitat.
Joan Comorera supo jugar a fondo, desde su Consejería de Agricultura, la carta del campesino. Precisamente en aquellos momentos se discutía la Ley de Contratos de Cultivo (de la cual la USC, y Comorera en particular, fueron ardientes defensores) y el movimiento campesino tomaba nuevas fuerzas.
El hecho de formar parte del Gobierno dio a Comorera una visión más aproximada de las contradicciones de la Generalitat con el Gobierno de la República. Por eso se mostró partidario de la insurrección del 6 de Octubre. La participación de la USC en los tres frentes en que se planteó la acción revolucionaria -el movimiento obrero, el movimiento campesino, la Generalitat- hizo que las posiciones moderadas dentro de la USC quedaran en minoría cuando condenaron la acción insurreccional y puso así al Partido dentro de la corriente de progresiva radicalización que se estaba operando dentro del socialismo europeo y español.
Comorera, con otros consejeros, fue detenido y juzgado en Consejo de Guerra por los acontecimientos del 6 de Octubre. Condenado a cadena perpetua fue trasladado al penal del Puerto de Santa María (Cádiz), junto a Companys y otros consejeros. En el penal, Joan Comorera entró en estrechas relaciones con los militantes comunistas que también estaban allí detenidos. La influencia que éstos ejercieron sobre él fue muy grande, como decisiva lo fue la declaración del VII Congreso de la Internacional Comunista. La nueva estrategia comunista de Frente Popular y de Partido Único de la clase obrera coincidían con las posiciones defendidas en aquellos momentos por la USC. A partir de entonces, Joan Comorera personalmente, desde la cárcel, se encargó de dirigir el proceso de unificación de las organizaciones políticas obreras catalanas.
En las elecciones del 16 de Febrero de 1936, Joan Comorera es elegido diputado, y el mes siguiente, junto con los otros detenidos, es puesto en libertad por la amnistía concedida por el Gobierno Popular. Volvió a ocupar la Consejería de Economía de la Generalitat, pero pronto dimitió, cumpliendo el acuerdo del Congreso de la USC, para dedicarse de lleno a la preparación del Congreso unificador. Se formó un Comité de Enlace con representantes de la Unión Socialista de Cataluña del Partido Catalán Proletario, del Partido Socialista Obrero Español y del Partido Comunista de Cataluña. Comorera redactó la declaración de principios que habría de configurar el nuevo Partido y que fue aprobada sin ninguna enmienda por el Comité de Enlace. La declaración de principios redactada por Comorera proponía la unificación de los cuatro Partidos sobre la base del marxismo-leninismo, la adhesión a la Internacional Comunista, la organización según el principio del centralismo democrático, y la exclusión de los trotskistas. Se formó una comisión que, presidida por Comorera, se encargó de preparar la edición de Treball, el periódico que habría de ser el órgano del Nuevo partido unificado. El comienzo de la guerra el 18 de julio precipitó el proceso do unificación. El 23 de julio de 1936 el Comité de Enlace acordó la constitución formal del Partido. Se eligió un Comité Ejecutivo provisional y Comorera fue elegido Secretario General del Partido Socialista Unificado de Cataluña. Una vez fundado el PSUC, el Comité Ejecutivo se dirigió al PCE y al PSOE proponiéndoles que aceptaran la invitación de incluir cada uno de ellos un miembro en el Comité Central del PSUC y animándoles a formar el Partido único de la clase obrera española.
Durante la guerra el ascenso del PSUC en la vida política catalana fue muy grande porque las propuestas que el Partido realizaba ante los problemas que planteaba la compleja situación de la guerra, se adecuaban a las necesidades de las masas populares de Cataluña. Los tres aspectos en que se manifestaba más claramente la vida política, y a los que se dirigían principalmente las iniciativas del PSUC, eran la situación económica, la política militar y las relaciones del Gobierno de Madrid con la Generalitat. Ante las colectivizaciones de empresas que se generalizaron al comienzo de la guerra, Comorera, desde la Consejería de Economía propuso la formación de una Caja de Crédito Industrial que distribuyese los beneficios y las inversiones; él mismo fomentó la creación de cooperativas industriales, al lado de las de consumo que ya existían. En relación a la política militar, desde el primer momento el PSUC defendió la idea de constituir un Ejército Popular Regular de Cataluña, proyecto para el que creó la Escuela Popular de la Guerra y la Escuela de Comisarios, así como también organizó la División Carlos Marx que, capitaneada por Del Barrio, se convirtió en el embrión de este Ejército Popular. Igualmente fue constante la propuesta de crear una industria de guerra propia. Por último, su posición de principios ante el problema nacional se resumía en esta afirmación: Cataluña no puede ser libre si en España vence el fascismo, España no puede ser libre sin la ayuda de Cataluña.
En julio de 1937, el PSUC celebró su I Conferencia Nacional. La Conferencia corroboró los acuerdos tomados provisionalmente por el Comité de Enlace cuando constituyó el Partido, y Comorera fue confirmado en su cargo de Secretario General. Como Consejero de Economía, Comorera fue dos veces a Francia para gestionar posibles tratados comerciales, así como a la Unión Soviética con el fin de buscar ayuda económica para la República y para la Generalitat, y especialmente la maquinaria que era necesaria para dotar a Cataluña de una sólida industria de guerra. Conseguir construir una industria de guerra propia era uno de los objetivos principales de la política militar del PSUC, y la cuestión de su dirección fue precisamente uno de los aspectos en que se expresaron con más virulencia las contradicciones con el Gobierno republicano. Una vez trasladado el Gobierno de la República a Barcelona, y durante todo el año 1938, las controversias fueron todavía más grandes, y se manifestaron, entre otras cuestiones, en tomo al problema de la defensa de Barcelona. Joan Comorera repetía a menudo la necesidad de llevar a cabo una movilización general para construir fortificaciones en los alrededores de la ciudad. Al fin el Gobierno se decidió a decretarla, pero la primera quinta se había de incorporar a filas el 26 de enero de 1939, el día que las tropas fascistas entraron en Barcelona.
Una vez pasada la frontera, Joan Comorera llegó hasta París. Allí se reunió inmediatamente el Comité Central del PSUC para analizar las causas de la derrota de las fuerzas populares y las perspectivas de actuación política. Básicamente éstas consistían en reconstruir los organismos del Frente Popular en el exilio y, fundamentalmente, en trasladar al interior el grueso de las fuerzas del Partido, para continuar la lucha en la clandestinidad. Comorera con otros responsables del Comité Central del PSUC, se trasladó a Moscú donde asistió, con los dirigentes de la Internacional Comunista y con una delegación del PCE, encabezada por José Díaz, a las discusiones sobre las causas de la derrota de la guerra. La declaración que se publicó señalaba el mérito del PSUC durante los años del enfrentamiento bélico y lo reconocía como Sección Catalana de la Internacional Comunista. Jorge Dimitrov alabó el papel del PSUC, no sólo por su actuación durante la guerra, sino por lo que suponía de ejemplo y experiencia en la aplicación de la línea adoptada por el VII Congreso de la Internacional Comunista en relación a la directriz de constituir partidos únicos de la clase obrera en el marco de la política de Frente Popular Antifascista y de Frente Único del proletariado.
Al comenzar la II Guerra Mundial Comorera se trasladó a México, donde se encontraban muchos antifascistas que se habían exiliado al acabar la guerra española. En Francia, el PSUC había sido puesto fuera de la ley y se vio perseguido. Por eso tuvo que establecer su centro en América Latina y principalmente en México, mientras que los militantes del Partido en Europa se incorporaban a la lucha de resistencia contra el fascismo.
En 1942 el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista llegó a la conclusión de que habían desaparecido las condiciones que habían hecho nacer la Internacional. Fue publicada una declaración con las causas de su auto disolución. Entonces se planteó el problema de las relaciones con el PCE, sobre el cual la opinión de Comorera fue, insistentemente, la de mantener la unidad política del momento en la perspectiva de una unificación posterior, en un gran partido único de la clase obrera de España. Hoy -decía Comorera- somos dos partidos, orgánicamente independientes, que dirigen la lucha cada uno en su territorio y bajo su plena responsabilidad. Somos, sin embargo, dos partidos que en la acción se suman y somos uno pues tenemos la misma teoría, la misma línea política que forjamos en común, el mismo enemigo que hemos de aniquilar juntos y una clase obrera unida por los mismos intereses y por la misma línea histórica. Esta unidad inquebrantable entre los dos partidos hermanos es el mejor instrumento que hemos tenido a lo largo de nuestra durísima historia de partido en proceso de bolchevización. Hemos de velar por ella, impedir que nada le estorbe, que nada la debilite, que nada pueda retardar indebidamente la futura unidad orgánica. Hemos de comprender que el día en que, de acuerdo con las exigencias de la lucha, el Congreso de nuestro Partido acuerde la fusión orgánica, la formación del Partido Único marxista-leninista-stalinista de toda España, será el día más glorioso de nuestra vida y de nuestra historia: habremos creado las condiciones que nos permitirán marchar hacia la solución de nuestros problemas básicos, de clase y nacionales.
A primeros de 1945 la dirección del PSUC se trasladó nuevamente a Europa y Joan Comorera organizó el Secretariado del Partido en Toulouse; también desde esta ciudad se organizó la entrada de los núcleos de guerrilleros al interior del país. Comorera dirigió la reorganización del Partido en Francia, donde jugó un papel muy importante la organización de París que comenzó a preparar la edición de Lluita.
Por aquel tiempo, muerto ya José Díaz, el PCE iniciaba un proceso de autocrítica que culminó en octubre de 1948 en una reunión del Buró Político del PCE y a la que fueron invitados los dirigentes del PSUC y del PC de Euskadi. En esta reunión Vicente Uribe presentó un informe en el que se proponía una serie de cambios en la línea política: la disolución de las guerrillas, la orientación de no construir sindicatos clandestinos, sino de aprovechar el marco legal de la CNS como instrumento de la lucha reivindicativa, y se proponía la formación de una amplia alianza antifranquista que aglutinase a todos los sectores del país interesados en el cambio del régimen, fueran las que fueran las razones de este interés, para conseguir restablecer la democracia burguesa y realizar la revolución burguesa. Así planteada la cuestión, todo quedaba reducido a hacer del proletariado un apéndice de la burguesía y del imperialismo para restablecer la llamada democracia. Las elaboraciones teóricas que Comorera había hecho en los últimos años discrepaban totalmente de la propuesta del PCE en dos aspectos principales: el problema de las alianzas en la revolución democrática y el papel del problema nacional en la lucha por la democracia y el socialismo.
Joan Comorera partía de la tesis según la cual se había puesto claramente de manifiesto la imposibilidad de que se produjera una liberación nacional bajo el capitalismo, una vez que éste había alcanzado el estadio del monopolismo imperialista. La liberación nacional, decía, va directamente ligada a la liberación social, y ésta, en la etapa del capitalismo monopolista interesa a amplios sectores sociales, entre los cuales es necesario formar la alianza popular que ha de dar lugar a un régimen de democracia popular que resuelva el problema nacional y social. Las naciones en la defensa de su soberanía y del derecho inalienable a la autodeterminación, no tienen más que una salida: aniquilar en el ámbito nacional el capitalismo monopolista. Y añadía la soberanía nacional y el capitalismo monopolista son incompatibles y su consecuencia lógica: la recuperación de la soberanía por la nación presupone la previa liquidación del capitalismo monopolista, es decir, como primera medida, la nacionalización de los monopolios.
Al mes siguiente de aquella reunión, Comorera proponía un programa de democracia popular antimonopolista como alternativa inmediata al fascismo:
Nosotros, los obreros revolucionarios, los campesinos, los pequeño-burgueses, intelectuales progresistas, todos los patriotas, somos una parte integrante del campo imperialista y democrático, y nuestro deber es el de luchar por liberar al Estado español de las castas y clases que lo monopolizan; hemos de llevar a buen término la revolución democrática española... Y entendámonos, porque, hoy, hasta Franco se califica de demócrata. No podemos dejarnos deslumbrar por la democracia formal... Hemos de querer la forma y el contenido de la democracia. Hemos de arrancar las raíces de las castas parasitarias, hemos de echar del territorio al capital monopolista extranjero, hemos de liquidar los monopolios interiores, que son sus cómplices e instrumentos. Hemos de nacionalizar el suelo y el subsuelo, hemos de nacionalizar bancos y seguros, transportes y otros servicios públicos, la gran industria y el gran comercio. Hemos de liquidar el parasitismo terrateniente y entregar la tierra a los campesinos que la trabajan, hemos de asegurar una vida digna y libre de la opresión económica monopolizadora a la pequeña burguesía y al campesinado medio. Hemos de crear un verdadero ejército popular, un auténtico orden público popular, un régimen de igualdad absoluta entre los sexos y que asegure a la juventud a la infancia una perspectiva ilimitada de progreso y bienestar. Hemos de limpiar el Estado de los agentes y de los instrumentos de las castas y de los capitalistas. Hemos de reestructurar el Estado español para que, en línea federativa, obtengan realización plena los derechos nacionales de Cataluña, Euskadi y Galicia. Y para consolidar la revolución democrática, desarrollarla y marchar hacia el socialismo, hemos de exigir que el nuevo Estado español, surgido de la revolución española, sea dirigido por la clase obrera y las masas populares.
Comorera se quedó solo defendiendo sus tesis, no sólo en el seno del Buró Político del PCE, al que se había incorporado tras la reunión de octubre, sino también en la Secretaría del PSUC. La defensa consecuente de sus posiciones le valió pronto los epítetos de titoísta y de nacionalista pequeño-burgués. A partir de entonces Comorera dirigió todos sus esfuerzos a alejar al PSUC de la influencia revisionista del PCE, para después, él mismo, influenciar en la base del PCE. Pero, como hemos dicho, el Secretariado del PSUC estaba también de acuerdo con las posiciones conciliadoras del PCE. La discusión planteada se convirtió pronto en dura y agresiva, llegándose a barajar cuestiones personales. En aquel momento, Comorera dio por finalizadas las posibilidades de llegar a un entendimiento y decidió hacer uso de las atribuciones que le otorgaba el cargo de Secretario General, teniendo en cuenta, además, que era el único miembro de la dirección que había sido elegido por la Conferencia Nacional de 1937, y ratificado por los comités centrales posteriores. De manera que decidió excluir de la dirección del PSUC a todos aquellos que se habían mostrado partidarios de las tesis revisionistas defendidas por el PCE. En agosto de 1949 hacía público un comunicado en el que consideraba que la actual dirección no garantiza la independencia política y orgánica del Partido y por tanto era necesario proceder a la reorganización de un comité ejecutivo, órgano estatutario de nuestro Partido, tarea para la que contaba con la colaboración de un equipo de miembros del Comité Central. También publicó una nota en la que suspendía en sus derechos de militantes a tres de los miembros de la dirección. Pero éstos, inmediatamente, se constituyeron en la dirección del Partido, expulsando a su vez a Joan Comorera del PSUC. En noviembre, Comorera hizo pública una Declaración dirigiéndose a todos los militantes del PSUC, donde les exponía las nuevas posiciones del PCE y de los miembros del ex-Secretariado del PSUC y de las defendidas por él y otros miembros del Comité Central.
Por fin, Comorera resolvió trasladarse personalmente a Cataluña, para dirigir directamente la reconstrucción del Partido en el interior. Una vez en Barcelona se dedicó preferentemente a la confección de Treball, que él mismo redactaba y editaba en una ciclostil. Llegó a hacer 32 números, dedicados preferentemente a combatir las ideas conciliadoras y revisionistas del PCE y de los miembros expulsados del PSUC. Su detención por la policía en Barcelona en junio de 1954, gracias a la labor policiaca de los revisionistas, interrumpió sus actividades. Líster, muchos años después, en su libro Basta, dio un claro testimonio de la infame campaña difamatoria desplegada por Carrillo contra este dirigente proletario y de su delación a la policía. Dice así Líster comentando una conversación que sostuvo con Vicente Uribe:
Carrillo y Antón propusieron al Secretariado la liquidación física de Comorera. La propuesta fue aceptada y Carrillo encargado de organizar la liquidación. Carrillo designó dos camaradas para llevarla a cabo. Pero Comorera decidió marcharse al país. A través del informador que tenía entre la gente de Comorera, Carrillo conoció la decisión de aquél y luego el lugar de su paso por la frontera y la fecha. Carrillo envió a sus hombres a ese lugar para liquidar a Comorera al ir a cruzar la frontera. Pero Comorera, que se sentía en peligro y vivía con gran desconfianza, a última hora cambió de lugar y conocimos que había cruzado la frontera (la noche del 31 de diciembre de 1950) cuando ya llevaba 15 días en Barcelona.En agosto de 1957, después de más de tres años de espera, tuvo lugar el juicio militar, en el que se le pedía la pena de muerte. Cuando le preguntaron si tenía algo que añadir dijo que: Como la soberanía viene del pueblo, los que se mantuvieron fieles a la República, fueron los únicos fieles a la nación. No vine a España huyendo del PCE, como se ha dicho injustamente, sino porque creí llegado el momento y la obligación moral de hacerlo.Ante la imposibilidad de la liquidación física -prosigue Líster- Carrillo, como buen especialista de las acusaciones y denuncias del más puro estilo policiaco y provocador, se dedicó a la destrucción moral por medio de calumnias infames. Dirigida por él se abrió en nuestras publicaciones y en nuestra radio una ofensiva de chivatería denunciando la presencia de Comorera en Barcelona.
La sentencia definitiva condenó a Comorera a 30 años de prisión. Trasladado al penal de Burgos, murió el 7 de mayo de 1958, rodeado de los comunistas de todas partes de España que llevaban allí muchos años detenidos, y que describieron sus últimos momentos como llenos de confianza en el futuro democrático de nuestro país y de confianza en la victoria del socialismo. Moría el fundador del PSUC, un dirigente probado y destacado de la clase obrera y del pueblo catalán durante la Guerra Nacional Revolucionaria, enemigo de los revisionistas españoles que comenzaban a descomponer el comunismo.
Para nuestra Organización, al igual que para toda persona que vaya comprendiendo el verdadero significado de la traición revisionista en España, que vea la urgente necesidad de reconstruir el Partido con su línea revolucionaria acorde con las nuevas condiciones y esté dispuesta a participar en esta gran tarea de alguna manera, no resulta fácil hacer algo tan importante para ello como es el recoger las experiencias y esclarecer la verdad de nuestro más reciente pasado histórico. La oligarquía financiera impuso y mantiene su dictadura terrorista, entre otras cosas, a fuerza de mantener sumidas a las masas populares en la mayor ignorancia y oscurantismo. Por otro lado, ha sido la banda que encabeza Carrillo la que, al tiempo que ha venido cometiendo sus fechorías, se ha cuidado muy bien de no dejar rastros haciendo todo lo posible para enterrar para siempre, a la vez de las gloriosas tradiciones revolucionarias de los pueblos de España, el tesoro que constituye la obra escrita que resume las experiencias de sus luchas. Esa ha sido una labor complementaria y esencial en su trabajo de liquidación, a fin de desarmar a las masas, impedir que resurjan de nuevo las luchas y su organización revolucionarias y tratar de que quedaran impunes sus crímenes.
Pero todo será inútil. La verdad siempre se abre camino y no hay ninguna fuerza capaz de impedir que al mismo tiempo salgan a la luz las experiencias que han de servir de guía para los combates futuros.
El documento que publicamos a continuación, como se podrá comprobar, no obstante el tiempo transcurrido desde su aparición, tiene para nuestro movimiento un valor incalculable. Algunos aspectos de ese documento son dignos de destacar, sobre todo si se tiene en cuenta la relación que guardan con nuestros problemas y tareas actuales. Es una viva denuncia, denuncia clara e irrefutable de la actividad sistemática, llevada a cabo por Carrillo y su grupo como provocadores al servicio de la oligarquía, destinada a liquidar el Partido y a la eliminación de sus mejores hombres.
Naturalmente, esa labor de liquidación ha estado estrechamente vinculada con las cuestiones políticas. En la época en que Comorera escribe, su Declaración, no podía sospechar (al menos de una manera clara), que la ponzoñosa y criminal campaña lanzada contra él y otros revolucionarios por Carrillo y compañía, ligada a la liquidación del PSU de C, no era más que el primer paso que daban esos traidores en el camino de la total destrucción de la organización política revolucionaria del resto del proletariado de España y que ese primer paso estaba condicionado por el hecho de que eran Comorera y sus camaradas en Cataluña los que mantenían las posiciones políticas más justas en relación a la nueva etapa de la lucha de clases que se abría en España.
Un PSU de C revolucionario, firmemente afianzado en las posiciones marxista-leninista-stalinistas, tiraría por tierra los siniestros planes que venía preparando la camarilla carrillista.
Quien haya estudiado los documentos de nuestra Organización comprobará que con pequeñas diferencias de formulación y debidas a las nuevas condiciones, en ellos se marcan las mismas posiciones políticas y de organización que aparecen expuestas en la Declaración de Comorera. Ello supone para nosotros una demostración palpable de la razón que asistía a Comorera y del entronque de nuestra línea con la que debería haber seguido el Partido en aquel momento tan crucial. De ahí la extraordinaria importancia de este documento (que todos los militantes de nuestra Organización deben estudiar y sacar las debidas enseñanzas), y el que, pese a toda la inmundicia arrojada contra Comorera por los bandidos carrillistas, debamos elevar a este comunista a la altura que se merece como gran dirigente de la clase obrera y del pueblo de Cataluña así como de toda la clase obrera de España.
¿Cuántos casos parecidos a éste han sido sepultados? ¿Cuántos cientos de verdaderos cuadros revolucionarios, de verdaderos comunistas, han sido mancillados, llenados de barro, entregados a la policía o vilmente asesinados por defender la causa del pueblo y de su Partido por los mismos que ahora estrechan las manos ensangrentadas de las bestias fascistas? Algún día se sabrá toda la verdad y los canallas recibirán el castigo que se merecen.
En la época en que Comorera escribió su Declaración (cuyo relato, dicho sea de paso, nos trae a la mente el crimen cometido por los revisionistas en la Unión Soviética contra la obra y la personalidad de Stalin después de su muerte), en aquel entonces, decimos, para mucha gente podía quedar alguna duda. Pero ahora eso ya no puede suceder ni entre los más inocentes.
Para los que nos esforzábamos en aquellas fechas en poner en pie el Partido Comunista sacar a la luz un documento como la Declaración de Joan Comorera tenía una gran importancia. Porque era una muestra palpable de que el revisionismo no había realizado su labor liquidadora impunemente, sin la resistencia por parte de los verdaderos comunistas. Esto al mismo tiempo venía a reafirmarnos en lo que tanto, insistíamos, que los revisionistas eran gente de la peor especie; pues había quien dentro de las mismas filas antifascistas se negaba a reconocer el carácter traidor al movimiento obrero y popular que tiene el revisionismo; que quería ver en él una especie de fuerza democrática. La OMLE, primero, y el Partido, después, siempre mantuvieron una posición sin concesiones al respecto. Lo cual nos trajo no pocas críticas acusándonos de izquierdistas y sectarios; sin embargo, los hechos han venido a darnos la razón.
Pero, además, los planteamientos que Comorera hace en su Declaración nos ratificaban en el camino emprendido desde hacía años, porque había una correspondencia entre éstos y las posiciones políticas que nosotros manteníamos, por lo que cuando decíamos que éramos los herederos de la mejor tradición revolucionaria y comunista, estábamos en lo cierto.
Después de su publicación nadie le dio importancia a la Declaración de Comorera. Sólo los camaradas y el reducido número de obreros que entonces estaban ligados a la Organización parecían dársela; analizando y discutiendo cada uno de sus puntos y las cuestiones que en ella se planteaban. Los comunistas de salón, ésos que siempre se consideran tan marxistas-leninistas, ellos no tenían nada que aprender; hasta su línea política la tenían elaborada al nacer. Su soberbia no les permitía reparar en este pequeño documento publicado por una pequeña organización. Tampoco nosotros la publicamos para este tipo de gente.
Pero la Declaración del camarada Comorera fue difundiéndose poco a poco entre determinados sectores de la clase obrera y algunos medios de la intelectualidad revolucionaria. El mismo folleto era leído por muchas personas, tal era el interés que despertaba el documento. La memoria de Comorera fue reavivándose, sobre todo, naturalmente, en Cataluña; los viejos comunistas y antifascistas lo recordarán como el forjador de la unidad de la clase obrera catalana y como el fundador del PSUC. Finalmente, el caso Comorera -como habría de denominarlo la prensa- saltará a la opinión pública en el verano de 1976 a través de las páginas de los periódicos y revistas. Los propios capitostes revisionistas catalanes contra los que Comorera dirige su Declaración y que habían participado directamente en su delación, como Pere Ardiaca, se vieron obligados a dar explicaciones a la misma base de su partido y a todo el pueblo; explicaciones que, desde luego, no convencieron a nadie, puesto que lo que intentaron fue echar tierra sobre el asunto, pero, desde luego, no lo han conseguido.
Para una mejor comprensión de la Declaración conviene que tengamos presentes una serie de aspectos en torno suyo. Antes que nada, hay que aclarar, que la Declaración fue encontrada por nuestros camaradas en la emigración. El original, un antiguo documento en catalán, estaba en manos de viejos comunistas que permanecieron fieles a Comorera y al marxismo-leninismo y que por eso habían sido totalmente aislados por la dirección del PCE y del PSUC en Francia.
La Declaración tiene un carácter de documento interno, que después, Comorera a fin de que las cosas quedaran bien claras, publicó para conocimiento de todos los militantes. Es una respuesta punto por punto a otra declaración que los revisionistas, que ya se habían encaramado a la dirección del PSUC, habían hecho contra él, atacándolo por su labor como Secretario General y denigrando su vida personal y familiar.
Sin embargo, a pesar de ser, en principio, un documento interno tiene un valor incalculable porque al tirar por tierra todas y cada una de las tergiversaciones y calumnias de los revisionistas, Comorera se remite a los principios del marxismo-leninismo, a la línea revolucionaria que hasta aquel momento había guiado la acción del Partido. El oportunismo a ultranza de sus detractores queda bien desenmascarado Para el joven movimiento comunista el documento de Comorera, aparte del testimonio de lucha antirevisionista que representa, ha sido muy esclarecedor porque ha arrojado mucha luz sobre cuestiones importantes: acerca del carácter de la revolución pendiente, sobre muchas cuestiones de nuestra Guerra Nacional Revolucionaria, indirectamente sobre la cuestión nacional, acerca de la fundación del PSUC, sobre, las relaciones PSUC-PCE, sobre la alianza obrero-campesina, etc.
Cuando Comorera hace su Declaración son momentos de una gran confusión dentro del PCE y del PSUC y del movimiento de lucha antifascista que se desarrollaba en todo el país. El gran dirigente comunista catalán era consciente de la situación tan grave en que el revisionismo estaba poniendo al movimiento comunista, por eso grita al final de la Declaración: Queridos camaradas: ¡Salvemos al Partido Único marxista-leninista-stalinista de la clase obrera, de los trabajadores de Cataluña! Sin embargo, lo que no podía quizás apreciar era la envergadura de la conspiración que se estaba tramando contra los dos Partidos. Por ejemplo, vemos cómo escribe varias cartas, según señala al final de la Declaración, a la dirección del PCE, solicitando que fuera el árbitro en las controversias del PSUC, cuando realmente donde estaba el verdadero cáncer revisionista era en la dirección del PCE, donde ya se habían instalado Carrillo y su banda. ¿Qué clase de arbitraje podía realizar esta gente? Naturalmente, el que hicieron, hundir a Comorera y apoyar a los elementos revisionistas del PSUC. Pero el Secretario General, como sabemos, no se arredró por esto, ni tampoco lo dudó mucho; algún tiempo después de escribir su Declaración ya estaba dentro de Cataluña para reorganizar el PSUC.
Es necesario, por tanto, situar la Declaración del camarada Comorera en el momento concreto en que se da, cuando las posiciones revisionistas aún no están suficientemente claras, sino que actúan en secreto, con todo tipo de subterfugios y con ataques aparentemente personales hacia los verdaderos comunistas. Ciertamente ya llevaban muy avanzada su labor de zapa, pero aún su acción no era demasiado abierta. De ahí la forma defensiva que Comorera da a su Declaración y no de ataque frontal contra los revisionistas y sus pretensiones. Joan Comorera precisamente comenzaría a ver las cosas más claras respecto al revisionismo poco después de hacer su Declaración; prueba de ello es la decisión que por su cuenta toma de regresar a Cataluña desde el exilio en Francia.
A partir de estos momentos, a comienzos de los años 5O, los hechos van a sucederse con más rapidez: los revisionistas inician su actuación abierta realizando la ofensiva final. En estas fechas, están liquidando la guerrilla antifascista, que hace ya más de un año ha sido oficialmente disuelta; pero una gran parte de los guerrilleros se niegan a soltar las armas ante la perspectiva que les ofrece Carrillo con su política de reconciliación que ya la tiene más que esbozada en las publicaciones del Partido y, sobre todo, en los hechos. Los carrillistas no sólo retiran todo apoyo a los guerrilleros, abandonándolos a la buena de dios en el monte, sino que además informan a la policía de sus enclaves; y en las ciudades chivatean de los lugares donde se mueven y esconden los dirigentes comunistas que se negaban a seguir su camino; no durarán en recurrir al crimen, como lo intentaron con Comorera; no escatimaron recursos ni repararon en medios para allanarse el camino hasta llegar a su V Congreso en 1956, en que los revisionistas consiguen hacerse con las cosas en sus manos y lanzar abiertamente su política de reconciliación nacional. No es casual que también en este año tuviera lugar el I Congreso del PSUC, aprobándose idéntica política, así como, no hay que olvidarlo, el XX Congreso del PCUS, donde los revisionistas en la Unión Soviética renegaron del marxismo-leninismo, condenaron al camarada Stalin y sacaron sus tesis oportunistas.
La Declaración del camarada Comorera es, además, una fiel muestra de cuales son los métodos revisionistas; de qué modo tan burdo tergiversan las palabras y planteamientos del Secretario General, cómo levantan calumnias, acusándolo de ladrón, imperialista, podrido nacionalista burgués... de todo lo peor, cuando no mucho antes sus propios detractores lo consideraban el clarividente dirigente comunista catalán. Pero Comorera sabe situarse en su sitio en todo momento y recurrir, cuando es necesario, a la autoridad que le confiere ser el Secretario General del Partido; la Declaración, también, es una muestra de cómo un honrado comunista, aún estando en inferioridad de condiciones, en franca minoría, es capaz de poner al descubierto todas las maniobras urdidas contra él y el Partido. Lo han hecho todo -dice Comorera- desde la coacción política a la intimidación familiar, pasando por las calumnias más monstruosas, con tal de provocar una reacción negativa, una exaltación personal en defensa de su honor de dirigente revolucionario, comunista, de la clase obrera y del pueblo de Cataluña. No lo han conseguido ni lo conseguirán, porque el Secretario General del Partido tiene los nervios sólidos, por voluntad propia, por el endurecimiento de más de 30 años de lucha revolucionaria, porque posee el derecho y la razón.
Por todo lo que se ha señalado la Declaración de Joan Comorera tiene un inapreciable valor histórico y político. Ahora, cuando muchos obreros avanzados están acudiendo al Partido, es un buen momento para hacer una amplia difusión de este documento, principalmente en Cataluña. Los camaradas, los simpatizantes y los amigos del Partido deben estudiarlo a fondo y discutirlo para sacar de él todas las enseñanzas que contiene.
Finalmente diremos que esta segunda edición ha sido mejorada añadiendo algunas partes complementarias que ayudarán a la comprensión de la Declaración: una amplia biografía de Joan Comorera y dos artículos publicados en Bandera Roja sobre el tema en 1976, así como una serie de documentos gráficos y de notas aclaratorias.
Sr. J. Carbonell Puig
Santiago de Cuba
Distinguido compatriota:
El 28 de junio he recibido vuestra carta fechada el 8 del mismo mes. Quizás la causa de esto ha sido un censor español a sueldo del Gobierno cubano, que se dio el gusto de rellenar vuestra carta de ruines comentarios marginales. Por las tonterías que dice este individuo seguramente va a hacer nuestra gloriosa guerra a miles de kilómetros de distancia. ¡Bien servido está el Gobierno Cubano!
Me place que la lectura de la conferencia que di el pasado mes de febrero en la Agrupación de Amigos de Catalunya de México, os haya espoleado a escribirme. Nunca nos hemos visto y sería muy satisfactorio que, de este primer contacto postal, saliera algo útil a la causa de nuestro martirizado pueblo.
No pienso sin embargo recoger una a una vuestras objeciones, invitaciones y propuestas. En los documentos que os envío encontraréis la contestación adecuada. El primero es el texto de la conferencia que di el mes de marzo pasado a la Agrupación de Amigos de Catalunya, sobre el problema de las nacionalidades. El segundo es el texto del pacto de unidad PSUC, UGT, CNT, Unión de Rabassaires, firmado muy recientemente. Los dos textos se complementan. Son la teoría y la práctica que tenemos y empleamos por resolver nuestro problema nacional.
Sin embargo, quiero aprovechar la oportunidad que me habéis ofrecido para aclarar algunas cuestiones.
Primera cuestión: No es verdaderamente una obligación que un hijo de Catalunya que domine el idioma con tanta facilidad deba sentirse separatista. Aunque la premisa es agradable para mí, la conclusión no puede ser más absurda. Hay un parentesco entre la afirmación vuestra y el ajetreo de ciertos pseudointelectuales cuando leen el imperfecto catalán de un obrero que se esfuerza por hacerlo bien. ¡Vale más que lo dejemos correr!
Segunda cuestión: La hoja que publica vuestro Grupo, y en el cual usted colabora, nos trata neciamente, al PSU de C y a mí. Retuerce como le place nuestros argumentos. No sois en absoluto leales hacia el partido de la clase obrera catalana. Supongo que vosotros y vuestros amigos habéis sido sorprendidos por un señor Miquel Ferrer, un separatista recalentado de última hora. ¿Ya sabéis quién es este sujeto, al cual habéis ofrecido las columnas de vuestra publicación y por la palabra del cual nos tratáis a menudo con grosería tarambana? En pocas palabras lo diré. Ferrer fue secretario general de la UGT catalana y miembro dirigente del PSU de C. Hoy es un traidor, un trotskista, uno de tantos agentes nazi-fascistas, camuflado de separatista y ultra-revolucionario.
El enemigo que teníamos en nuestras filas fue descubierto en el momento supremo de nuestra lucha. La madrugada del 26 de enero del 1939 nos reunimos en el Casal Carles Marx, de Barcelona, las direcciones del PSU de C, UGT y JSU de C a fin de analizar la situación y tomar acuerdos. La situación era, verdaderamente, espantosa. Los Gobiernos de la República y de la Generalitat hacía días que habían salido de Barcelona y las direcciones de los partidos y organizaciones de España y Catalunya, menos la dirección del Partido Comunista de España que estuvo con nosotros hasta el último momento, también; el ejército teórico que debía defender Barcelona estaba constituido por divisiones esqueléticas, agotadas por 34 días de combates incesantes, sin descanso ni posibilidad de relevo, contra un enemigo inmensamente superior en número y en armamento, era insuficiente por cubrir el vasto perímetro de la ciudad, los aviones y los cañones antiaéreos fueran retirados el 24 y los aviones alemanes e italianos volaban tocando casi las azoteas de Barcelona, impunemente; las fuerzas de asalto y carabineros, que podían ser un buen refuerzo para un ejército impotente, se fueron la misma madrugada del 26; los moros habían ocupado la montaña de Sant Pere Mártir el atardecer del 25 y otros cuerpos del ejército fascista avanzaban sobre Mataró amenazando con cortar la única carretera de salida. A nuestra disposición no teníamos más que unos cuadros sindicales, grupos de militantes viejos, un núcleo fuerte de mujeres y de jóvenes socialistas unificados de abnegación sublime y de heroísmo sin igual.
Todo el resto, aun la población obrera útil, estaba en el ejército. Reunidas las tres direcciones discutieron que era preciso hacer. Todo el mundo opinó lo que quiso, y, por unanimidad, se aprobó esta proposición: quedarse en Barcelona mientras hubiera un soldado por defenderla.
Ferrer asistió a la reunión y votó como los otros. Acabada la reunión cada uno se fue al sitio de combate que le correspondía. Ferrer, traicionando el acuerdo y sus deberes de secretario general de la UGT, huyó vergonzosamente a Girona. Hizo más todavía. Reunió unos cuántos secretarios de federaciones que lo esperaban, les dijo que se había tomado el acuerdo de marchar todos inmediatamente y se los llevó con él, privando así a la dirección del PSUC de los hombres que más debían servir en el desarrollo del plan de trabajo aprobado por tal de ayudar al ejército en la defensa de Barcelona. A pesar de todo, nosotros, cumplimos con nuestro deber. salimos de Barcelona a las 4 de la tarde del día 26 con los últimos soldados de la República, cuando los fascistas estaban ya en las Ramblas. La bandera catalana, la de consejero de Catalunya que yo traía en el coche va ser la última en pasar por las calles de Barcelona invadida. En la angustia inmensa de aquella hora tuvimos al menos, este consuelo. A los 22 días de pasar la frontera, se reunió cerca de París el CC del PSU de C. El CC juzgó la conducta de Ferrer y, unánimemente, acordó su expulsión por cobarde y desertor y por traidor a la clase obrera y a Catalunya. He aquí un adelanto de la biografía de vuestro indeseable corresponsal.
Tercera cuestión: Yo no soy separatista. Soy internacionalista. Por lo tanto, no puedo en absoluto hacer lo que me pedís. Si fuera separatista, tampoco lo haría. Entiendo que para todos los catalanes, separatistas o no, hay hoy una cuestión previa a resolver: el aniquilamiento de Franco y Serrano Suñer, de los pistoleros falangistas y de los invasores alemanes.
Si esta cuestión previa no es resuelta, vosotros que sois separatistas ¿veis la manera de lograr la independencia de Catalunya? Esta cuestión previa, específicamente propia, nos plantea otra: la derrota de Hitler y Mussolini, del nazi-fascismo. Las cuestiones previas nos señalan nuestra conducta, el camino a seguir, la máxima concentración de nuestro esfuerzo, mientras nuestra ideología no sea fascista, o injerta de fascismo: hacerlo todo por contribuir al aplastamiento inmisericorde del nazi-fascismo, justo es decir, combatir sin treguas ni reservas el franquismo, el régimen títere, cómplice, que se amparó de un Estado del cual formamos parte, os guste o no. Honradamente no puede ser otra nuestra aportación a la lucha universal contra el nazi-fascismo. Honradamente quiero creer que este será vuestro criterio, porque no sois uno de tantos cuentistas que nos hablan de las trincheras universales y cósmicas para huir de la única trinchera nuestra y bien nuestra; la catalana, la trinchera de todos los pueblos hispánicos.
Usted que es separatista ¿cree que Catalunya sola, aislada, escabrosa, se basta para derrotar el franquismo, para convertirse, mediante el propio y único esfuerzo, en un paraíso rodeado de pueblos uncidos por el terrorismo franquista?
¿No comprende que cuanto más nos aisláramos, cuanto más nos peleáramos con los otros pueblos hispánicos que sufren lo mismo que nosotros el régimen criminal de Franco, más fortaleceríamos a Franco y sus cómplices, el amo de todos ellos, Hitler? Usted que es separatista, ha de aceptar la necesidad histórica: para vencer, para liberarnos del régimen franquista, hemos de unirnos todos los catalanes, hemos de unir Catalunya a todos los pueblos hispánicos, sumar TODAS LAS VOLUNTADES ENEMIGAS DE FRANCO Y SERRANO SUÑER, DEL NAZI-FASCISMO.
ÚNICAMENTE así podremos en un órdago de fuerza inquebrantable expulsar esa gentuza de pistoleros y asesinos que codicia la destrucción física de nuestra patria, cumplir con nuestro deber en la lucha a muerte contra el nazi-fascismo que llevan la Unión Soviética, Inglaterra, EEUU y otras potencias aliadas. Por eso es por lo que nos esforzamos ya hace casi un año. En esta unidad de combate nadie debe renunciar a la propia ideología.
Debemos buscar que con la victoria de la democracia TODAS nuestras ideologías tengan las mismas oportunidades de extenderse y, si queréis, de triunfar. Debemos buscar que las condiciones políticas de Catalunya, de España, restablecida la legalidad republicana, la legalidad estatutaria, nos permitan a TODOS, no en el EXILIO sino en nuestro hogar, luchar por el logro de nuestro supremo ideal. Los sidrals desbravados, la cobardía moral de quienes usted y yo conocemos bien, pueden sentir el triste placer de hacer los gigantes, los tartarines sin sustancia ni gracia en sus torres americanas, en las horas libres que los dejan sus afanes de agachupinamiento. ¿Qué puede esperar Catalunya, de estos individuos que ya están separados de ellos por la distancia y por la mezquindad espiritual y de corazón? Si usted es un separatista consciente, combatiente, y el hecho de vuestra reacción al leer mi conferencia lo demuestra, dejaréis la palabrería a los parlanchines para uniros a nosotros en el combate que llevamos contra el peor verdugo que nunca haya podido tener Catalunya.
Y una cuarta cuestión: Los diplomáticos de secano han estado muy alborotados en estos últimos tiempos. Al oído y a gritos han engañado a catalanes ingenuos. Se habían colgado de las pequeñas ramas de los grandes árboles de Londres y Washington. Todo lo tenían arreglado, aunado. Los catalanes no hacía falta que nos preocupáramos, no tenían nada más que hacer que esperar bien sentados el milagro, el secreto del cual tenían en el bolsillo nuestros ilustres maquiavelos de cartón. Día vendrá, nos decían, que las potencias democráticas victoriosas se sentarán en torno a la mesa para dictar las nuevas tablas de la ley universal, y Catalunya podrá estar satisfecha de si misma, y el mundo entero exigirá, impondrá nuestra independencia nacional. Todo se ha ido ahora a pique. La realidad única en la cual nos apoyábamos y nos apoyamos es hoy clara para todo el mundo. El pacto anglo-soviético ha limpiado el horizonte de nieblas y de infundios. Inglaterra y la Unión Soviética han firmado un pacto de unidad, económico y político, de una duración mínima de 20 años.
Se comprometen a librar la humanidad de la peste nazi-fascista, a liberar los pueblos uncidos por el nazi-fascismo y cómplices de él, a no anexionar territorios ajenos y a no INTERVENIR en la política interior de los pueblos liberados.
Cada pueblo, pues, deberá resolver por sí mismo y con plena soberanía sus problemas, su régimen futuro. Los catalanes tendremos que resolver nuestro problema nacional en el cuadro del Estado español del cual somos parte. Y no puede ser de otra manera. Así ha sido siempre. Así es hoy. Y es bueno que sea así y que se haya aclarado para todos. Siendo esta la viva realidad, usted que es separatista, ¿por dónde piensa que hemos de ir, qué medios hemos de emplear por resolver el problema nacional? No tenemos otra alternativa que ésta: la fuerza o el acuerdo. ¿Contra el Estado español, tendría Catalunya la fuerza en hombres, en armas, en riqueza, en decisión, para separarse y proclamarse un Estado independiente? La pregunta se responde sola. Vos lo habéis respondido antes de ser formulada. Catalunya tendría el derecho pero nunca la fuerza para hacerlo prevalecer, ¿entonces? No nos queda, por suerte, otro camino que el del acuerdo con todos los pueblos hispánicos. No es cierto que el entendimiento sea un absurdo imposible. Mucho menos cuando el problema no está en la separación a priori intransigente. El separatismo es un ideal vuestro pero nadie puede decir que sea el ideal de Catalunya. El problema consiste en que Catalunya, con la victoria sobre Franco, pueda ejercer libremente su derecho inalienable de autodeterminación.
Con el ejercicio de este derecho Catalunya podrá manifestar o no su voluntad de separarse. Nosotros estamos convencidos de que Catalunya, de poder manifestarse libremente, resolvería continuar en la comunidad de pueblos hispánicos con una personalidad nacional reconocida y aceptada, y con facultades propias. Si usted que es separatista acepta, al final de un proceso, la solución voluntaria confederal, por qué no debe creer que los otros pueblos hispánicos tendrán la misma capacidad de comprensión y de realización de un ideal que las realidades históricas que hemos vivido y vivimos exaltan constantemente? Hace falta, pues, no que nos separemos, sino que nos acercamos a los partidos y organizaciones españoles. Hace falta que nos acercamos fraternalmente, cordialmente, para buscar un clima de convivencia y de comprensión que nos dará el fruto codiciado. Cuanto más viva y nacional sea la unidad de los catalanes, más apretados los lazos con las nacionalidades oprimidas por el Estado español, más combativa la fraternidad de armas con el pueblo español en la lucha a muerte contra el enemigo común, mejor y más fácilmente resolveremos nuestro problema nacional. Por esto nosotros, con plena responsabilidad y conciencia de nuestro deber hacia Catalunya, queremos la Alianza Nacional de los Catalanes, la unidad de Catalunya con TODOS los pueblos hispánicos, somos miembros fundadores activos de la Unión Democrática Española.
Tenía interés en aclarar estas cuestiones, aprovechando la ocasión que habéis querido darme, porque pertenezco a un Partido Catalán que quiere resolver DE VERDAD, y no para el año 3000, sino en el tiempo que estamos, el problema nacional de Catalunya, Euzkadi y Galicia.
Podéis hacer de esta carta el uso que os plazca.
Os saluda cordialmente.
Joan Comorera
[Ese mismo julio de 1942 Comorera envió la carta a ese miembro de ERC junto a otra dirigida al PCE en la clandestinidad titulada Josep Díaz i el problema nacional]
Por otra parte han sido necesarios 25 años y que la prensa legal publicara el informe de Comorera dirigido a los comunistas y a toda la clase obrera, para que este llamado dirigente del PSUC haya tenido que referirse a lo que él llama los errores de Comorera y de paso ocultar la forma criminal en que los revisionistas trataron a este hombre honorable, comunista honrado e indoblegable dirigente de la clase obrera.
Parece como que Ardiaca, en nombre de la dirección del PSUC, ha hecho una autocrítica de los errores pasados. Sin duda deben encontrarse ahora con grandes dificultades para justificarse ante la masa de los militantes de su Partido. En realidad Ardiaca no ha pretendido hacer otra cosa que echar tierra sobre este asunto y renovar sus viejos ataques contra Comorera y contra la justa línea marxista-leninista que él preconizaba. Si la actual dirección del PSUC está tan segura de su honradez y democratismo, como afirman; si fueran sinceros ¿por qué no publican la Declaración de Comorera y no abren un debate en su propio partido?, ¿por qué no dicen que fueron ellos, los López Raimundo, los Ardiaca, los Carrillo, etc., los que entregaron a Joan Comorera a la policía después de fracasar en su intento de asesinarle? Nada de eso han hecho ni harán, como es lógico, porque sobre la traición y la calumnia desatada contra Joan Comorera ellos han liquidado al Partido de la clase obrera de Cataluña; porque ha sido ocultando a los militantes de base del PSUC la Declaración de Comorera como ellos han llevado a la degeneración ideológica al PSUC, para llevarlo finalmente a la colaboración abierta y activa con el fascismo. ¿Y cómo, si hacen lo que proponemos podrían esos señores seguir engordando a costa de la clase obrera?
Ardiaca atribuye a Comorera en su declaración a la revista Mundo el error de querer imitar lo que sucedía en las democracias populares, le acusan de preconizar una política de unidad en la que no podían estar de acuerdo y consideraban que no era correcta. Pero ¿cuál es, en qué consiste esa política de unidad con la que los revisionistas no podían -ni podrán estar jamás de acuerdo? Ardiaca no dice nada, no explica esa política ni tampoco se atreve a contraponerle la que los revisionistas practican a fin de dejar bien claras las cosas. A los revisionistas nunca les ha interesado aclarar las cosas porque su papel consiste en confundir y engañar a los obreros. El mismo Comorera dice en su Declaración que este problema acerca de la política de unidad a seguir era la cuestión más esencial que se planteaba entonces en el Partido y que ello explica el alboroto levantado contra él por los carrillistas a fin de evitar la discusión y clarificación de aquel problema en el seno del Partido. Pero, como vemos, este problema continúa sin estar claro para la mayor parte de la gente aunque Comorera lo deja meridianamente claro en su Declaración.
Después de acabar la guerra, y en vista de la ausencia de una verdadera burguesía nacional, Comorera comprendió que la única política justa de alianza a seguir por el Partido de la clase obrera consistía en apoyar y fomentar la lucha de los campesinos y las capas bajas de la burguesía urbana y no, como propugnaban los carrillistas, y han llevado últimamente a cabo, la unidad con los monopolistas y el pacto con el gobierno fascista. Queda claro pues, la diferencia esencial que, ya por entonces, separaba a los verdaderos comunistas de la cuadrilla de estafadores y criminales que usurparon la dirección del Partido sirviéndose de la calumnia y otros métodos tan viles como el asesinato.
En esto estriba toda la diferencia entre Comorera y los recién llegados por entonces al Secretariado del Comité Central, miembros cooptados recientemente en base a las intrigas que ya por entonces comenzaba a desarrollar Santiago Carrillo. Por este mismo motivo es completamente falsa la acusación que hace Ardiaca en la misma revista, según la cual Comorera había formado un Comité Ejecutivo por su cuenta para expulsarlos a ellos de la dirección. El mismo Ardiaca reconoce en su declaración que Comorera, y con Comorera otros fieles comunistas, fueron expulsados de la dirección del Partido, y fueron expulsados por esos mismos elementos que nunca tuvieron nada que ver con el Partido ni con la obra realizada. ¿Cómo se puede expulsar a quienes nunca han estado? Comorera defendió una línea justa y una dirección legítima que había puesto en sus manos la clase obrera de Cataluña. Por este motivo, éstos que se quieren hacer pasar ahora por pacifistas y demócratas, intentaron asesinarle; y como no lo lograron optaron por denunciarlo y entregarlo a la policía fascista. Esta es la pura verdad.