Sumario:
Situación de los mineros asturianos
La huelga comienza
El Nalón entra en liza
La huelga se extiende a las minas de León
Los huelguistas frente al cierre patronal
Métodos fascistas de represión
Los sucesos de la Calle Dorado
Los torturadores
La lucha continúa
Los de León siguen tambien en la brecha
La solidaridad popular sostiene a los huelguistas
Fondos económicos para los huelguistas
El auge del movimiento obrero comienza a gestarse en 1962 con las movilizaciones en Euskadi y Asturias, si bien en aquel momento el revisionismo consiguió desviar durante un cierto tiempo las luchas. La ley de convenios colectivos de 1958 se había suspendido para poner en marcha el plan de estabilización y los primeros convenios se empiezan a negociar en 1961, con la consiguiente movilización proletaria, porque los salarios estaban estancados desde 1957 y la situación material de los obreros era extremadamente precaria. La lucha contra la congelación, los topes salariales y la política de apretarse el cinturón fue muy característica de aquellos años.
En febrero 1962 una serie de huelgas estallan en la siderúrgica Basconia de Bilbao, en la Bazán de Cádiz, en Materiales y Construcciones de Valencia y en Carbones de Berga en Barcelona. En abril las huelgas se extienden a la minería asturiana y se extienden hasta junio, incorporándose empresas eléctricas, metalúrgicas y químicas de Euskadi, León, Cataluña y Madrid, e incluso las minas de Rio Tinto en Huelva, Linares en Jaén y Puertollano en Ciudad Real, hasta algunos jornaleros anadaluces y extremeños. Es el mayor movimiento huelguístico desde el final de la guerra, que obliga a declarar el estado de excepción en Asturias, Guipúzcoa y Vizcaya, deteniendo la policía a unos 100 obreros sólo en la primera semana de su vigencia.
Desde entonces aparecen las características que marcan la naturaleza de aquel movimiento: las huelgas económicas se convierten en verdaderas batallas políticas, las movilizaciones en la calle desembocan en duros enfrentamientos con la policía y los obreros se ganan la solidaridad de todo el pueblo, que secunda sus llamamientos, convirtiendo sus luchas en verdaderas oleadas de protestas populares que apuntan contra la misma estructura del Estado fascista; una buena parte de las huelgas eran por solidaridad o bien de naturaleza abiertamente política.
En aquellas primeras movilizaciones de 1962 surgen las primeras Comisiones Obreras como instrumentos de lucha y organización independiente de los trabajadores. Aquellas Comisiones se elegían democráticamente en las asambleas de fábrica y negociaban con la patronal al margen de los sindicatos verticales y de todos los cauces legales; finalizada su labor, se disolvían. Este método impedía el trabajo policial de control. En las huelgas de 1962 los revisionistas nada tuvieron que ver en el surgimiento de Comisiones Obreras, por cuanto todo su trabajo sindical se desarrollaba a través de un modelo organizativo bien distinto: la Oposición Sindical Obrera.
Pero tampoco cabe descuidar el carácter espontáneo de aquellas movilizaciones y la ausencia de dirección política. Que ante la ausencia de una vanguardia revolucionaria pudieran desatarse protestas de aquellas dimensiones sólo es concebible por la dura situación de explotación y carestía, así como por la brutal represión desatada desde el régimen y, finalmente, el odio y la arraigada conciencia antifascista que preservaba el proletariado. Así luchas que se inician por elementales exigencias laborales se desbordan y se transforman en grandes batallas políticas contra el fascismo.
Esta era la situación real del movimiento obrero a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, mientras que la política revisionista se encaminaba por otros cauces bien diferentes. En los mismos comienzos de las huelgas de 1962, la policía detuvo a los dirigentes de la Oposición Sindical Obrera, por lo que los revisionistas cambiaron de planes y pusieron sus ojos sobre las Comisiones Obreras. Todos los planes revisionistas, apoyados por falangistas, pasaron por institucionalizar a las comisiones de delegados y llevarlas al sindicato vertical.
En abril de 1962, de Asturias brotó también la chispa de un grandioso movimiento huelguístico que sacudió al fascismo y a su carcomido tinglado vertical. El despido arbitrario de siete picadores de la mina Nicolasa, de Fábrica de Mieres, provocó el primer chispazo del incendio que se propagó a 25 provincias de España y que puso en pie de lucha a medio millón de obreros. Esta vez, la huelga se inició con la protesta de los mineros de la mina Llamas, de Nueva Montaña, cerca de Mieres.
Al comenzar la acción en esta mina hubo gentes, de las que meses atrás, dándose cuenta del ambiente que se respiraba en la cuenca minera temían a cada momento el estallido de la huelga, que al saltar aquí la chispa, confiaban en que las vacaciones en perspectiva disminuirían el ardor combativo de los mineros y les aplacarían los ánimos. Pero el verano no ahuyentó -como creían- temporalmente el peligro. El letargo estival no se dejó sentir en la zona minera de Asturias. En julio y agosto, millares de mineros se declararon en huelga desde el Caudal y el Aller al Nalón, el Valle de Langreo y la Camocha.
Hacía ya mucho tiempo que en la zona minera, en las conversaciones, en el momento de reclamaciones y conflictos, no se oía otra cosa: La vida está cada vez más cara, el salario no alcanza; las promesas se las llevó el viento, cuando hacemos huelga nos echan encima a la policía y nos destierran, los verticales son una farsa, Hay que acabar con esta gentuza. Esta es la atmósfera que se respiraba en la Asturias minera en vísperas de la huelga. ¿Las causas que la hicieron brotar? No hay que ir a buscarlas muy lejos, ni son confusas, ni inconcretas ni nada que se le parezca. Los puntos esenciales eran:
Regreso de los desterrados y detenidos por hechos de huelga, y su incorporación al trabajo sin que se les despoje de sus derechos adquiridos.
Jornal mínimo de 160 a 200 pesetas con escala movil más dos pagas extraordinarias de un mes al año.
Abono al cien por cien de los riesgos de trabajo, enfermedad o accidente.
Pensiones decentes para los jubilados.
Mejora de la asistencia del seguro de enfermedad.
En diversas minas, los obreros se inspiraron en esta plataforma para elaborar su programa de reivindicaciones. Después de iniciada la huelga, la encabezaban con otra reivindicación unánimemente adoptada por todos los mineros: solidaridad con los huelguistas de Nueva Montaña. Así ocurrió en Minas de Figaredo, en Hullera Española, en Industrial Asturiana, etc.
No cabe mejor respuesta a los falsarios, como Fraga Iribarne, entonces Ministro de Información y otros, que pretendieron unas veces que la huelga era un simple conflicto profesional sin trascendencia, y otras esgrimían la consabida argucia de la conjura internacional, de la acción subversiva teleguiada desde no se sabe cuál punto del extranjero por el comunismo internacional.
Los mineros sabían lo que querían, y, lo que es aún más importante: sabían bien lo que tenían que hacer para conseguirlo. Por este camino marcharon en 1962, y con paso firme avanzaron en 1963, conscientes de que ése es el que conduce a la victoria. Los mineros fueron a la huelga y, desafiando al Estado franquista, la sostuvieron heroicamente durante más de 60 días por objetivos económicos y políticos.
La comenzaron en solidaridad con los mineros de Nueva Montaña.
Hablando de la huelga, de sus experiencias, un minero comunista subrayaba: Es necesario haber vivido en Asturias en el período de la preparación de la huelga, para darse cuenta de la fuerza enorme que encierra la palabra solidaridad para los mineros. En los días de la huelga no existía otra preocupación que la de la solidaridad activa con los que ya se estaban batiendo [...] El grito de solidaridad con Nueva Montaña que recorría toda la cuenca minera, expresaba el deseo de cada uno de participar en una nueva e importante fase de la batalla que se había venido librando desde que terminaron las huelgas del año pasado.
Fueron también a la huelga por el retorno de todos los desterrados, para que cesen las deportaciones. Esta ha sido una de las exigencias más apremiantes en el curso de la huelga y de su preparación. Con la pretensión desmedida de frenar la lucha obrera, de hacer concebir ilusiones con engañosas promesas de reformas en la organización sindical vertical que la hicieran auténticamente representativa, el fascismo decidió convocar elecciones sindicales para la primavera de este año. Pero los mineros no se dejaron engañar. En Asturias los mineros utilizaron esas elecciones para intensificar su lucha por reivindicaciones económicas y políticas, para descargar otro golpe demoledor sobre los sindicatos del Gobierno.
Las elecciones sindicales fueron en la cuenca minera asturiana una gran lucha política reivindicativa. Los mineros asturianos reclamaron para participar en las elecciones un mínimo de garantías, que se reintegrara a sus hogares a todos los deportados por participar en las huelgas de 1962, y que se les reincorporara a sus puestos de trabajo con sus derechos a ser electores y elegidos y con los que profesionalmente tenían adquiridos.
Esta exigencia figuraba en primer término. La lucha política de los obreros en las minas se elevó a tal punto en este período, que los jerarcas sindicales fueron impotentes para impedir las asambleas que se celebraron; asambleas como rara vez se vieron en aquellos años. Entre otras cosas, los obreros proclamaban que de no regresar los deportados boicotearían las elecciones. Un minero relató así lo sucedido en una de esas asambleas celebrada en Mieres:
Nos juntamos en la casa sindical más de mil trabajadores. Fuimos a decir a los jerarcas, sin contemplaciones, que si no volvían los compañeros y no se les permitía votar y ser candidatos, no votaríamos ninguno. El delegado sindical dijo que eso no dependía de él. Tomó la palabra un minero y dijo que la obligación del sindicato era no haber consentido la deportación de mineros. Pide que las elecciones se aplacen hasta que todos vuelvan. El jerarca dice que las elecciones no se pueden aplazar. Se arma un gran alboroto. Uno se sube a una mesa y pregunta: Bueno ¿se vota o no se vota? ¡Nooo!, responden todos. ¡O deportados o boicot! ¡Que vengan y después votaremos!Cuando los jerarcas sindicales iban por las minas mendigando candidatos, en el Fondón y en otras minas, les respondieron: Nuestros candidatos están en Burgos y en León. ¡Que los traigan!, en referencia a las cárceles en las que se encontraban encerrados los mineros.
Gracias a la lucha, los mineros impusieron el retorno de la mayoría de los desterrados. Pero a los que volvieron las empresas se resistieron a admitirlos y a reconocer sus derechos. En vista de ello, los mineros se abstuvieron masivamente. En Carbones Asturianos votaron 6 personas, en el Fondón, 3; en la Nueva el 0'4 por ciento de la plantilla; en Fábrica de Mieres hubo 15 votos, de ellos cuatro nulos, y por este orden en otras minas.
Ya durante los preparativos electorales, en las asambleas, se escucharon voces: Si no traen a los desterrados, iremos a la huelga. Y fueron. Un antiguo periodista fascista, Ruiz García, escribió lo siguiente en El Día de Buenos Aires: La dura y dramática odisea de los deportados no ha dejado de ser elemento actuante en las huelgas mineras de 1963. Las elecciones sindicales representaron también una batalla en regla contra los sindicatos verticales, una gran batalla política que impregnó aquella magnífica acción minera. El citado Ruiz García reconoció lo siguiente: La huelga se caracteriza ahora por haber traspuesto -con respecto a la de 1962- el carácter salarial para pasar al terreno de las reivindicaciones de mayor dimensión: sobre todo de cara a la organización sindical estatal. No se trata solamente de salarios. En esta huelga surge una fase distinta: la resistencia al aparato sindical oficial y, por tanto, la fase de apertura política.
Sin ir más lejos, apenas Labadíe Otermín puso los pies en Asturias en los días de la huelga, se percató de que la acción de los mineros presentaba un cariz eminentemente político y así lo expone en el Informe que sobre el cumplimiento de su poco afortunada misión, presentó al ministro Solís y que publicó la prensa de Asturias.
El trabajo del interior de la mina es duro. Sus perspectivas son casi siempre fatales, terminando con el agotamiento prematuro y la silicosis [...] Los mineros han permanecido como masa hostil frente al régimen. La Organización Sindical ha perdido fuerza y prestigio, atada a la servidumbre política del Gobierno y utilizada por éste más como instrumento que como vía de acceso de las inquietudes de los trabajadores [...] El sindicato es débil y su vinculación gubernamental le priva de recursos dialécticos para enfrentarse a las fuerzas de oposición que operan en él [...] Estas huelgas silenciosas, hoscas, son el testimonio del malestar, consecuencia de un complejo estado de conciencia de las masas [...] Independientemente de las causas o peticiones alegadas, en cada uno de estos casos existe una postura política clara.Los sindicatos verticales eran eso, meros instrumentos del Gobierno y la oligarquía; con jefes, la mayoría, no sólo servidores de la gran patronal sino colaboradores y auxiliares de la policía en la lucha contra los trabajadores. Los jerarcas tenían que escuchar a infinidad de obreros que iban a decirles sin rodeos lo que pensaban de ellos y de su sindicalismo fascista: ¿Qué clase de sindicalismo es éste? -preguntaba un minero a un jerarca.- ¿Qué clase de sindicalismo, que es incapaz de resolvernos nada y lleva veinticinco años diciéndonos que tengamos paciencia? ¡Se acabó la paciencia! Esos sindicatos no nos sirven a los obreros para nada bueno. Otro minero comentaba en un pueblo del Nalón, la actitud de los obreros frente a los jerarcas sindicales en el período preelectoral: Lo que han tenido cine escuchar no es para describirlo. Lo que pasa es que como tienen cara dura y se percatan de la gran fuerza obrera, han tragado [...] Todo el mundo va a protestar a la Sindical contra las marrullerías de esta gente. Están saliendo a relucir los trapos sucios: que si no sirven nada más que para chupar; que si las reclamaciones obreras van a parar todas al cesto de los papeles [...] En fin, que esto se descompone por momentos.
Los sindicatos verticales, que ya con las huelgas de 1962 habían quedado malparados, recibieron un golpe demoledor.
Los mineros fueron también a la huelga, lógicamente, en defensa de su pan cotidiano, por sus reivindicaciones económicas. Las conquistas arrancadas en 1962 en cuestión de salarios, ¿a qué habían quedado reducidas? El salario de 60 pesetas sólo cubría una parte de las necesidades mínimas de las familias mineras. Los patronos recurrían a todo para reducir primas, pago por destajos, por horas extraordinarias, escamoteando todo lo que podían al salario de los mineros. Mientras tanto, los precios subían. El poder adquisitivo de los mineros descendía sin cesar. En el apogeo de las huelgas, había prometido Solís la revalorización de todas las pensiones. Pero el retiro obrero se reducía a unas miserables 800 pesetas mensuales, y en muchos casos, aún menos, después de toda una vida de trabajo en la mina.
Lo que contaba una mujer de Asturias era de por sí trágicamente elocuente: Cuando iba a la plaza me encontré con un anciano que recogía una uva que había en el suelo. Le dije que no la cogiera, que yo le compraría algunas. Me respondió que le gustaban mucho pero que hacía mucho que no las probaba. Tenía de jubilación 800 pesetas y él y su mujer andaban muertos de hambre. He trabajado cincuenta años en la mina -dijo- y ahora, que no me valgo, tengo que andar pidiendo. Y además me obligan a votar porque si no voy no me pagarán la pensión del mes. ¡Lo que le obligan a uno a hacer a los setenta y tres años! Por eso, los mineros exigían con razón: ¡Pensiones decentes para los jubilados!
Las condiciones de trabajo no habían mejorado. El 80 por ciento de los mineros con más de 30 años eran silicosos, en uno u otro grado; la ausencia de protección era tal que a los cinco años de trabajo en la mina gran parte de los obreros se encontraban ya con esta enfermedad. La atención médica y la protección de estos enfermos era irrisoria.
Los mineros habían sostenido incesantemente la lucha por sus salarios, por sus derechos, por pensiones decentes. Cuando el ambiente se caldeaba demasiado, por temor al estallido huelguístico en algunas empresas habian aceptado algunas peticiones, aunque lo que daban con una mano lo quitaban, si podían, con las dos. Por regla general, los mineros tropezaban con la voracidad de las empresas mineras y del Gobierno. Para que se les tuviera en cuenta, tuvieron que recurrir a plantes, protestas, huelgas parciales, al trabajo lento.
La huelga se distinguió particularmente por la unanimidad y firmeza de los mineros. La unanimidad y la firmeza fueron hermanadas. La unidad dotó de una fuerza poderosa al combate de los huelguistas, les infundió valor, tenacidad, confianza en sus fuerzas. De ahí su heroica resistencia, su disciplina ejemplar.
Esta unidad cimentada en la comunidad de intereses, en la conciencia que los trabajadores tienen de la necesidad de oponer un bloque compacto a la dictadura, ferozmente antiobrera y tiránica, se ha forjado y consolidado en el crisol de las luchas parciales que han constituido el armazón de la huelga. Ello explica que la unión haya sido aún más férrea, más amplia, si cabe, que durante las huelgas de 1962. El espíritu de unidad era tal, que flotaba en todo el ambiente: La experiencia acumulada en el curso de luchas anteriores -relata el ya citado minero comunista- ha permitido no sólo mejorar las condiciones de unidad y de relación entre las fuerzas de oposición, sino que cada minero adquiriese la preparación moral necesaria para hacer frente a la represión y a las dificultades materiales que lógicamente habían de surgir [...] Un elevado grado de conciencia política presidió la preparación de la huelga. De ahí que cuando se fue a ella, nadie pensó en abandonar hasta conseguir los objetivos fijados.
Los mineros de Asturias dieron ejemplo a todos los trabajadores, de cómo hay que empuñar el arma eficaz de la huelga en la lucha contra el fascismo. Hicieron entonces capitular al Gobierno imponiendo con su valiente lucha, secundada por cientos de miles de trabajadores, un aumento de salarios. Sólo después de esto, los mineros se reintegraron al trabajo. Pero la vuelta a los pozos no significó el cese de la lucha. En las cárceles quedaban decenas de detenidos. También quedaba por ver el cumplimiento de las promesas que el ministro de Trabajo, José Solís Ruiz, y otros jerarcas sindicales, hicieran en medio del fragor del movimiento huelguístico. En la dura experiencia, los obreros aprendieron a calibrar el valor de las promesas fascistas.
Nadie se desmovilizó. En estrecha unión -los mineros no olvidaron una de las más valiosas lecciones de la huelga: la fuerza de la unidad- agrupados en torno a las asambleas de fábrica y las comisiones de delegados, sostuvieron una lucha sin cuartel contra los sindicatos verticales y sus vendidos jerarcas. En la cuenca minera no hubo un momento de respiro. Apenas terminada la dura y prolongada lucha de la primavera de 1962, en el mes de agosto del mismo año, más de 20.000 mineros asturianos volvieron a declararse en huelga para reclamar el cumplimiento de lo prometido y exigir la libertad de los compañeros encarcelados por la huelga. El Gobierno respondió confinando a más de 300 mineros a otras provincias, a veces a zonas inhóspitas donde les era casi imposible ganarse la vida. Esta medida cruel se volvió inmediatamente contra el régimen. La lucha por el retorno de los desterrados se hizo continua, cada vez más apremiante. En torno a esta lucha surgieron multitud de comisiones de mineros, de mujeres, expresión de la firme unanimidad de los obreros de todas las tendencias contra esta arbitrariedad fascista. En torno a esta lucha se fue fraguando la huelga y la unidad magnífica que la presidió.
En el mes de diciembre, en muchas minas los obreros se negaron a aceptar la prima de Navidad con que las empresas se disponían a premiarles, reivindicando una paga extraordinaria decente, equivalente a la paga de un mes, y no una limosna.
Después la lucha no cesó. En el curso de esas luchas se fueron templando los mineros, han ido robusteciendo su unidad, preparándose para la prueba. Así fueron acumulándose los elementos del estallido del verano de 1963.
La noticia cundió por Mieres, se extendió por las cuencas del Caudal y del Aller. El sentimiento de solidaridad hondamente arraigado en los mineros y su decisión de defender sus derechos, les impulsaron a incorporarse al movimiento. Una tras otra, fueron sumándose las minas de esta zona. En unas, los mineros abandonaron el trabajo. En otras, redujeron el rendimiento hasta el punto de que la producción fue casi nula.
Hacia el comienzo de la segunda quincena de julio, el paro era casi general en el Caudal. No se trabajaba en Nueva Montaña, ni en Minas de Figaredo, Hullera Española, Industrial Asturiana, Ortiz Sobrino, etc. En la Nicolasa, la Baltasara, Barredos, y otras minas de Fábrica de Mieres, se trabajaba a ritmo lento.
El 19 de julio se lanzaron al paro los de Minas de Figaredo. Unos 200 obreros del pozo San Inocencio se negaron a entrar en la mina. Eran los del primer relevo. Después llegaron los del segundo, y tampoco entraron. En seguida se sumaron los del pozo San Vicente. A las nueve de la mañana todos los trabajadores de esta mina, unos 1.500, estaban en huelga.
Al día siguiente pararon los de Hullera Española, minas Llori y Dominica. Tres días después, los de Industrial Asturiana de Moreda.
En los días sucesivos, los huelguistas de algunas minas llevaron a cabo importantes manifestaciones para demostrar su decisión de proseguir la huelga si sus demandas no eran atendidas. Un minero de Figaredo hizo el siguiente relato de lo sucedido:
Desde el día 23, los obreros nos reuníamos, y en realidad hacíamos una manifestación cada día, lo que nos daba a todos muchos ánimos para continuar. El día 24 los que tenían bicicleta o moto las dejaron a un lado, y todos nos concentramos en la carretera, ocupándola por completo. La policía secreta se mezcló entre nosotros, pero allí seguimos 20 minutos paralizando o haciendo ir muy despacio el tránsito. Después, poco a poco fuimos desfilando carretera abajo. El 25 fue fiesta, pero el 26 volvimos con el propósito de hacer lo mismo. La policía nos dispersaba y venía tras de nosotros. Entonces fuimos desfilando muy lentamente, con mucha parsimonia, burlones, para hacer que tuvieran que acompañarnos en un trayecto de dos kilómetros. Al día siguiente convocaron en Moreda a los representantes de las empresas en huelga, menos a los de la nuestra. Querían convencer a la gente para la vuelta al trabajo. Pero cuando los mineros se enteraron que no estaban allí los de Figaredo, armaron gran alboroto y la reunión no pudo celebrarse.
El 1 de agosto comenzaron la Mosquitera, el Fondón, María Luisa y otros pozos de la Duro Felguera. Cesaban de trabajar los mineros del Pradón. Cuando el ingeniero iba a preguntarles por qué no trabajan, respondían: Por solidaridad con los de Nueva Montaña.
Los picadores de Carbones Asturianos, minas situadas a la altura de Ciaño de Santa Ana, cerca de Sama, comenzaron a abandonar el trabajo. El 3 de agosto, en catorce rampas se inició una huelga de brazos caídos. El lunes día 5, ya nadie trabajaba en estas minas, todos permanecían sin trabajar en las galerías hasta el final de la jornada. Al día siguiente, los obreros del primer relevo decidieron no entrar. Se quedaron en la bocamina esperando la llegada del segundo relevo. La misma escena se repitió al día siguiente:
Mandaron nada menos que siete coches de Policía Armada -relató un huelguista de esta mina-. Total cincuenta y tres policías al mando de un teniente coronel.Y así la huelga fue propagándose por el Valle de Langreo, por todo el Nalón. De nada sirvieron las maniobras y los chantajes de las empresas, de las autoridades y los sindicatos fantoches para mantener al Nalón al margen de la lucha. Querían evitar la extensión de la huelga a esta zona, la de mayor concentración minera, rica en tradiciones combativas. Todo fue inútil. En la tercera semana de agosto todo estaba parado: La Mosquitera, María Luisa, El Fondón, El Sotón, Modesta, Santa Bárbara, Barredos, Venturo, Villar, Valdelospozos, Conchita, La Encarnada, Pumarabule, Lláscaras, Coto Musel y Carrandi, Minas de Respinedo, Minas de Revenga, El Viso, Escobio, Carrio, Rimoria, El Entrego, Sarriego, Oscura, Lavaderos generales de Sotrondio, etc.El pozo queda cerrado por orden gubernativa -dijo-. Tienen cinco minutos para desalojar.
Los mineros no se movieron. Reclamaban la presencia de los jefes de la empresa para presentarles las reclamaciones.
Los mineros de La Camocha (Gijón) se incorporaron también al movimiento. La huelga de Asturias se transformó casi en una verdadera huelga general minera.
Entre mineros y obreros de algunas empresas, como Cementos Pradera y Hullasa de Laviana, clausurada por orden gubernativa; Astilleros del Cantábrico de Gijón, donde hubo un paro de un día y medio; Gijón-Fabril, Avello y Moreda de Gijón, donde hubo algunos paros parciales y el personal de la limpieza de varias minas -mujeres en su mayoría- que secundaron la acción de los huelguistas, se estima en unos 40.000 el número de trabajadores que participaron en aquella gran huelga, en unas durísimas condiciones de represión fascista. Fue una de las batallas más importantes contra el régimen explotador que en toda España marcó una etapa decisiva en la lucha contra el podrido sistema político fascista.
Por temor a la huelga -pues los obreros hablaban insistentemente de ir a ella si sus reclamaciones no eran atendidas- el Gobierno cedió y, a primeros de julio, aceptó un nuevo convenio colectivo que comportaba ciertas ventajas para una parte de los mineros. Fue una victoria arrancada gracias a su incansable lucha. Sin embargo, además de que las ventajas no abarcaban al conjunto de los trabajadores de las minas, quedaban en pie otras reivindicaciones no aceptadas. La huelga de los mineros de Asturias y su indomable voluntad de lucha, estimuló a los de León. Tenemos los mismos intereses que defender, los mismos derechos a conquistar -decían los mineros leoneses-; su lucha es nuestra propia lucha.
A mediados de agosto comenzó la huelga en diversos pozos de la Minero Siderúrgica de Ponferrada en el sector de Villablino. Pararon los mineros de Toreno en Fabero del Bierzo. La huelga se extendió a las minas de antracita de San Miguel de Dueñas y a los yacimientos de hierro enclavados en este mismo lugar, conocidos por Coto Wagner.
En solidaridad con los mineros, se declararon en huelga los obreros de la fábrica de briquetas y aglomerados de la Minero Siderúrgica de Ponferrada, los de los lavaderos del Coto Cortés. En la sección de Construcción de la Minero Siderúrgica de Ponferrada el 26 y 27 de agosto se produjeron dos plantes de varias horas.
Se estimó en 6.000 el número de huelguistas de las minas y fábricas de León.
Como siempre, tergiversaron, falsearon, calumniaron... Pero finalmente las agencias oficiales de prensa tuvieron que romper el silencio, aunque reduciendo la importancia y magnitud de la lucha obrera.
En Asturias, cuando la huelga se extiendió por el Caudal, los fascistas iniciaron sus prácticas, harto conocidas por los trabajadores españoles, particularmente por los mineros. Alternaron las maniobras con las amenazas; amagaron con el uso de la fuerza, trataron de intimidar; apremiaron a los obreros a reintegrarse al trabajo: Si en el curso de tres días no se reanuda el trabajo en las minas y se normaliza la producción, se rescindirán los contratos. Ello equivalía al despido, a la pérdida de todos los derechos adquiridos.
Sin dejarse amedrentar, los mineros continuaron la huelga.
Confiando en que los resortes demagógicos del ex gobernador falangista de Oviedo, Labadie Otermín, pudiesen aún surtir efecto y engañar a los mineros, el Gobierno le envió de emisario a Asturias para tratar de solucionar el conflicto. Sin gran entusiasmo, llegó a Oviedo el 26 de julio e inmediatamente desplegó su maniobra. Prometió un nuevo convenio colectivo más ventajoso para los mineros; trató de confundir, de dividir, de desalentar a los huelguistas, de disuadirlos de su firme empeño de proseguir hasta obtener lo que reclamaban. Todo en vano. Su misión no dió mejor resultado que las amenazas y los chantajes. El fascista Labadíe se fue de Asturias conociendo una vez más lo que es la voluntad de lucha de los mineros.
No pasó mucho tiempo y las fuerzas represivas comenzaron a hacer de las suyas. En Mieres, el comisario de policía Arce, torturador de negra fama, con la ayuda de sus esbirros, empezó a convocar mineros a comisaría, y cuando se presentaban les maltrataban brutalmente para que sirva de escarmiento. Menudearon las detenciones, las palizas y las torturas.
Actuando como beligerante contra los mineros en huelga, el Gobierno trazó y aplicó su plan de operaciones. Las minas en las que no se trabajaba o aquellas otras donde los obreros practicaban el trabajo lento, fueron clausuradas por orden gubernativa por tiempo indefinido. En la cuenca del Caudal se cerraron las minas de Figaredo, Nueva Montaña, Hullera Española, Industrial Asturiana y una serie de empresas más pequeñas. El 7 de agosto se llevó a cabo la clausura de una serie de minas del Nalón: La Mosquitera, El Fondón, Modesta, María Luisa, San Mamés. Sucesivamente fueron cerrándose Carbones La Nueva, Pumarabule, Coto Musel, Santa Eulalia, Minas Lláscaras, El Viso, Minas de Respinedo, El Entrego, Sariego, Oscura, Minas de Escobio, etc.
Días más tarde fue clausurada la mina de La Camocha.
En este momento muchos mineros llevaban ya un mes en huelga. En los hogares obreros sin jornal, sin ningún ahorro, las privaciones se dejaban sentir, a pesar del magnífico esfuerzo solidario del pueblo asturiano. Cada día de huelga representaba una prueba muy dura, un inmenso sacrificio para las familias mineras. Pero esta dureza no les pillaba de sorpresa. Al lanzarse a la huelga sabían a lo que se exponían, pero ello no les arredró. Lo que nos jugamos bien merece sacrificios. Del cielo no nos caerá, hay que sudarlo, respondió a un periodista italiano la mujer de un huelguista.
El Gobierno se estrelló contra la firme unión y la combatividad de los mineros que prosiguieron la lucha sin ningun signo de desaliento.
Pocos días después se anunció que el Gobierno había decidido levantar la clausura de las minas. Con hipocresía y cinismo increíbles, la prensa proclamó que a la autoridad gubernativa le interesa que no falte el pan en los hogares de los trabajadores, por lo que les brindaba la oportunidad de reanudar normalmente el trabajo.
Simultáneamente, la policía desataba todo tipo de presiones, coacciones y amenazas. El día 19, fecha prevista para la apertura de las minas, al rayar el día, coches de la policía equipados con altavoces se esparcieron por barrios y poblados mineros del Nalón, acuciando a los obreros a levantarse para ir al trabajo.
Las minas fueron abiertas, pero -con raras excepciones- los mineros no acudieron al trabajo.
Dos días después, a través de una nota de prensa, el Gobernador de Asturias dejaba constancia de su fracaso en el intento de doblegar a los mineros agitando el espectro del hambre. En la nota de la agencia Logos se decía: Como consecuencia de haber continuado la inactividad por falta de presentación al trabajo de los productores desde su apertura el lunes último, la autoridad gubernativa ha dispuesto de nuevo la clausura, con carácter indefinido, de las siguientes explotaciones del Nalón... Y aquí se citaban los pozos más importantes de la Duro Felguera, Nespral, Carbones de Langreo y Siero, etc.
También La Camocha, abierta, fue de nuevo cerrada porque los mineros no se presentaron al trabajo.
El hambre apretaba, la represión era cada vez más dura, la huelga no se propagaba a otras regiones. Los fascistas consideraban ese día como decisivo, esperaban la vuelta masiva al trabajo.
Sus cuentas galanas de nuevo les fallaron. Un huelguista de Laviana describía así el ambiente que en la zona minera del Nalón se respiraba el 2 de septiembre:
Para hoy las autoridades habían ordenado la reapertura. En una demostración de fuerza y unidad, casi nadie ha acudido a pesar de las amenazas para que volviéramos. En las primeras horas de la mañana, en algunos sitios se formaron grupos de mineros por si algún esquirol se disponía a ir a trabajar darle la vuelta. En seguida los coches de la policía fueron recorriendo las calles y barriadas para disolver los grupos de trabajadores. Pero todos estamos firmes y unidos dispuestos a seguir adelante.La tenacidad de los mineros era asombrosa. Lo reconocían incluso periódicos extranjeros burgueses como Le Monde de París. La impresión causada por el temple de los mineros se expresaba en el párrafo de un artículo publicado por dicho periódico el 5 de septiembre: Cada día que pasa, aumenta el respeto hacia unos hombres, que llevan ya cuarenta y ocho días luchando por lo que ellos estiman sus derechos, en condiciones verdaderamente difíciles.
Días más tarde, grupos de huelguistas comenzaron a volver a la mina. Unos, empujados por la tremenda presión policiaca que, como si fueran alimañas, les perseguía por doquier: en la calle, en el bar, en sus propios domicilios. Otros, lo que se dice arrastrados a la fuerza por la policía y la Guardia Civil. El 6 de septiembre, un minero del Molinuco decía: Ayer trabajaron ya bastantes en nuestra mina, pero a la fuerza. El malestar es grande y apenas sale producción. Aquí cerca está la mina del Pradón y allí no trabaja ni la mitad de la plantilla. En la Mosquitera tampoco trabajan todos, ni mucho menos, y los que están trabajando, con muy poco rendimiento.
Dos días más tarde, un minero del Fondón exponía así la situación: El sábado llegaron a trabajar a la mina unos 200. Pero no eran del Fondón. Con los que se presentaban en la Modesta hicieron un equipo y aquí los mandaron. El Fondón es un pozo con mucho prestigio entre los mineros y quieren golpear psicológicamente manteniéndolo abierto y dar la impresión de que se trabaja. No sé qué producción saldrá, pero puedo decir que las vagonetas aéreas que transportan el carbón del Fondón a la Modesta para ser lavado, aún no se han movido.
Esto ocurría el 8 de septiembre. El día 15, la prensa del régimen tenía que reconocer que por no haberse presentado un número suficiente de mineros al trabajo, estaban otra vez cerradas las minas María Luisa, Modesta, Valdelospozos, Coto Espinos, Carbones La Nueva y otras. Para estas fechas, en el Fondón a duras penas pudieron poner en marcha dos relevos. En el Sotón, Barredos, Santa Bárbara y otras se trabajaba con escasísimo rendimiento.
A primeros de septiembre en el Caudal se produce un recrudecimiento de la huelga. En la Nicolasa y la Baltasara, de Fábrica de Mieres, donde se venía trabajando con muy bajo rendimiento, un sector de los mineros amenazó con abandonar el trabajo. Fueron a la huelga los de El Peñón, de la empresa Tres Amigos. En la Polio, el día 3, los obreros se negaron a reanudar el trabajo y se marcharon a su casa. A las pocas horas la policía fue a buscarlos y después de unas cuantas palizas les obligaron a volver a la mina.
Un huelguista de Gijón describía así las condiciones en que los mineros se reincorporaban al trabajo: Ayer 10 de septienibre en la Cantocha entraron 20. Hoy miércoles se han presentado 40 picadores. La presión se acentúa... La Guardia Civil esta enviando citaciones individuales para que nos presentemos. Amenazan con detenernos.
Los siguientes relatos de los mineros, o de personas que fueron testigos de los acontecimientos, dan idea de la brutalidad de la represión desencadenada en Asturias contra los huelguistas.
Contaba un minero de Sama:
Las fuerzas represivas andan desatadas. Verifican detenciones en todos los pueblos de la zona. Primero comenzaron por los mineros jóvenes pensando, quizá, que eran ellos el alma de la huelga. Se los llevaban individualmente a altas horas de la noche, los apaleaban brutalmente para que dijeran quiénes eran los que dirigían la huelga.De otro huelguista del Fondón: El día 29 de agosto se llevaron a diez compañeros de la mina. Después de darles una fenomenal paliza, les dijeron: El lunes a trabajar; si no, aquí volveréis de nuevo. Esto lo han hecho ya con muchos. En Lláscaras han hecho otro tanto. Todos los huelguistas tememos y esperamos que nos llegue el turno. A algunos les han desfigurado; hay quien se resentirá mucho tiempo de los golpes, y puede ser que toda la vida.Dos o tres días más tarde los ponían en libertad. Últimamente han comenzado a detener también a mineros viejos, igualmente de noche, que, en numerosos casos, son apaleados lo mismo que los jóvenes. A algunos aún no los han soltado.
De un minero de La Camocha: El 10 de septiembre se han llevado a unos cuantos. Los condujeron a comisaría y les golpearon bárbaramente, hasta el punto de dejar a tres de ellos malheridos.
De otro minero de Lada: La policía se lleva en coche a los mineros que están en huelga. Los golpea en medio de la carretera y allí los deja abandonados. A seis jóvenes de La Revenga de los que han ido a buscar, les han pegado tanto que algunos están en cama sin poder moverse.
De un huelguista de Carbayín: En los cuarteles y comisarías se maltrata salvajemente. En todas las minas se usan métodos de crueldad para intimidarnos. Dan palizas brutales y después dejan a los apaleados en la calle para que los demás huelguistas comprobemos en ellos lo que nos espera si no nos reincorporamos al trabajo. Este espectáculo inhumano puede verse todos los días al amanecer en la zona de la huelga.
De este modo el régimen había restablecido la normalidad.
La noticia de que en Asturias se apaleaba y torturaba, corrió por todas partes causando indignación profunda. Todo el mundo lo comentó y lo condenó. Corrían de boca en boca los nombres de los torturadores y se hablaba de sus vituperables hazañas. Se conocían también los nombres de las víctimas y los escarnios a que habían sido sometidas. De la zona minera las noticias trascendieron a Madrid, a toda España, al mundo...
Ya a finales de julio se produjo la detención de un grupo de huelguistas de la cuenca del Caudal. Fueron acusados de incitación a la huelga y de ser comunistas. Los apalearon para que dijeran quiénes eran los que dirigían la huelga. Uno de los detenidos, Antonio Paredes, minero de Nueva Montaña, intentó suicidarse en los locales de la policía llevado a la desesperación por las torturas que sufrió en el curso de los interrogatorios. Otro de los detenidos de este grupo, un minero silicoso de tercer grado llamado César Fernández, quedó en tal estado después de las torturas que era difícil reconocerlo.
En este período, en Mieres, los sicarios del comisario de policía, el siniestro Ramos, penetraron pistola en mano en un bar sito frente al antiguo cuartel de la Guardia Civil sacando a los huelguistas que allí estaban y sometiéndolos a malos tratos y vejaciones.
Posteriormente, estos actos se repitieron en muchísimos casos, particularmente en la cuenca del Nalón donde la resistencia de los mineros fue particularmente tenaz.
En el valle de Langreo, todo el mundo hablaba de lo sucedido al minero José García Valles, corrientemente conocido por El Gallego, picador de Llóscaras, domiciliado en el Pontién de Sama. A él y a José Lada, vecino de la Nueva, porteador de Minas Escobio, se los llevaron una noche e hicieron con ellos odiosas salvajadas. Antes de torturarlos les llevaron descalzos por lo alto de la Juécara haciendo un simulacro de fusilamiento. Cuando pararon delante de la iglesia les hicieron arrodillarse y les preguntaron si querían confesar, y luego dispararon a ras del suelo.
Después se los llevaron. Cuando salieron de manos de los torturadores estaban en tan grave estado que tardaron mucho en restablecerse. A José García Valles le rompieron el puente de la nariz y los tímpanos. Le apalearon de tal modo que orinaba sangre. Esta hazaña fue obra del capitán Caro, del cabo Pérez y de su compinche El Sevilla.
Pérez y El Sevilla, acompañados por otros esbirros, llegaron el 24 de agosto hacia las dos de la mañana a casa de López, un minero de Ladá. López y un familiar suyo que se encontraba en la casa fueron conducidos al cuartel de la Guardia Civil de las Tejeras, cerca de Sama. Allí los apalearon hasta que se cansaron, para que declararan dónde estaba el dinero que se recolectaba para ayudar a los huelguistas.
Un familiar de un minero refierió lo siguiente: Le despojaron de todas sus prendas y empezaron a golpearle con un tolete envuelto en un trapo (para que no dejase señales en el cuerpo). Cuando se cansaron de pegarle, la emprendieron con otros dos detenidos. Cuando de nuevo volvieron con él, la cosa fue aún más terrible. No dejaron parte de su cuerpo sin golpear y le dieron de patadas en sus partes. Así estuvieron tres días hasta que le echaron a la calle, inútil para toda su vida. Un mes después, aún tiene el rostro deformado, está medio sordo y ve muy poco. No ha vuelto a ser el hombre que era.
Hubo quien al pasar por delante de este edificio de la Inspección Municipal de Policía, oyó gritos de las personas a las que se torturaba. La gente hablaba con tanto horror como indignación de lo que allí, en el primer piso, se hacía con los detenidos en el curso de los interrogatorios.
Cuando Alfonso Braña y su esposa, Antonio Zapico, a quien llamaban Tonín, y Constantina Pérez llegaron a la Inspección, lo primero que hizo el capitán de la Guardia Civil, Caro Leiva, fue arrojar un casco de bomba sobre la cabeza de Alfonso Braña. Aunque a consecuencia del golpe, Alfonso quedó casi inconsciente, fue fuertemente amarrado por el cabo Pérez. Y entonces, los dos verdugos la emprendieron a golpes, hasta que el cansancio les rindió, contra un hombre maniatado y desmayado. Cuando Alfonso Braña salió de las garras de sus torturadores su cara era algo deforme, y su cuerpo estaba totalmente magullado. Antes de salir, el capitán Caro le cortó el pelo con una cuchilla en varias direcciones; en unos lados le dejó enormes calvas y en otros mechones de pelo, lo que daba a la cabeza y al rostro de este minero un aspecto horrible.
Cuando le tocó el turno a Tonín, lo que hicieron con él es sólo concebible en hombres que de seres humanos lo han perdido todo. Antonio Zapico, que había pasado anteriormente por otros interrogatorios y por las cárceles franquistas, contrajo entonces una afección tuberculosa. Al ser violentado, le sobrevino un vómito de sangre. Para contenerlo, el capitán Caro le daba rodillazos en el rostro hasta que Antonio Zapico perdió el conocimiento.
Mientras se torturaba a estos dos hombres, las mujeres quedaron fuera, en otra habitación para ser interrogadas. Al oir cómo maltrataban a su marido y al otro minero, Anita empezó a gritar, a protestar, lo mismo que Constantina Pérez. Ciegas de indignación golpeaban la puerta del cuarto donde torturaban a los detenidos. Y ellas fueron también odiosamente maltratadas. Además, a estas dos mujeres, esposas de mineros y madres de familia, les cortaron el pelo al rape... Después quedaron detenidas. Anita salió en libertad días más tarde. Tina pasó a disposición del juez que entendía de los delitos de propaganda clandestina. Como resultado de la protesta, dentro y fuera de España, a los dos meses, al mismo tiempo que un grupo de mineros, también Tina recobró la libertad.
Lo sucedido con Everardo Castro causó viva impresión. En los primeros días de septiembre, este minero, padre de tres criaturas, fue sorprendido una mañana pintando letreros en las tuberías de la Duro Felguera.
- ¡Baja de ahí!- gritaron los guardias.
- Esperen. Cuando termine lo que estoy haciendo bajaré- dijo desde arriba con sorprendente sangre fría.
Con calma terminó de pintar los letreros que decían: Franco, asesino, el pueblo se vengará.
A causa de las torturas, Everardo Castro perdió el juicio, teniendo que ser recluido en el manicomio provincial de la Cadellada.
A otro minero llamado José Alonso, que trabajaba en el Coto Musel, de Laviana, padre de cuatro hijos de corta edad, las brutalidades a que fue sometido le ocasionaron trastornos mentales, por lo que tuvo también que ser conducido al Hospital Psiquiátrico.
A un vecino de Sama, Vicente Baragaña, las graves quemaduras que le produjeron, le provocaron una impotencia sexual.
Alfonso Vicente Seisdedos, minero del pozo Lláscaras, con domicilio en Cimalavilla-Lada, quedó, a consecuencia de las palizas, impotente y gravemente enfermo. Su cuñado Eduardo López Morente, que trabajaba en las minas Lláscaras, detenido y maltratado al mismo tiempo que él, a primeros de noviembre, aún no estaba en condiciones físicas de reanudar el trabajo.
A Juan Alberdi, de Carbones Asturianos, que vive en la Carreterilla de Lada, después de golpearle durante una noche entera, le quemaron el vello de los testículos. Tuvo que estar en cama durante varias semanas.
Los mineros destacaban la catadura moral de aquellos verdugos. El capitán Caro era un verdadero monstruo: con contextura de atleta, ebrio una parte del tiempo... los mineros contaban y no acababan. Durante la huelga golpeó, pateó y torturó a decenas de huelguistas.
En la Inspección General de Sama, donde instaló su cuartel de operaciones, cuando, a causa de los golpes, el minero Antonio Zapico comenzó a sangrar en abundancia, las salpicaduras alcanzaron el flamante pantalón del capitán.
- ¡Sangre roja! ¡Me pagaréis esta sangre de rojo!- comenzó a gritar como un poseído.
Ese mismo día, furioso y, al mismo tiempo movido por el miedo, descolgó un papel que tenía en su oficina clavado en la pared -era su nombramiento de capitán-, y comenzó a gritar queriéndoselo meter por los ojos a las personas detenidas:
- Miradlo bien, éste soy yo, éste es mi nombre. Aprendedlo bien.
Aquel valiente que, para apalear más cómodamente a los mineros, se ponía un traje de faena, trocando su uniforme por el atuendo de un deportista, después que hubieron cortado el pelo a Anita y a Tina, quería que ellas dijeran que no eran ellos los autores de la ignominia.
De nuevo salió a relucir en Asturias el nombre del comisario de policía Arce, de Mieres, al que ya hace tiempo conocían los mineros. En los primeros tiempos de la dictadura, cuando era oficial del Ejército, iba a caballo, hacía formar a los mineros; cuando se le antojaba, les echaba el caballo encima, atropellándoles y les obligaba a marchar a paso ligero hasta que se cansaba. A sus viejas glorias, durante la huelga sumó otras en la represión del Caudal.
También se distinguió Ramos, inspector de policía de Oviedo, jefe de la Brigada Político-Social de la Región. Entre otras prendas personales, Ramos poseía una petulancia nada común, falta de escrúpulos e instintos criminales. Era tan engreído como obtuso: pequeño de cuerpo y mucho más de alma, difícilmente podía ocultar su cobardía. ¿Qué queréis que haga? -decía a veces a los detenidos-, si no hago esto con vosotros, me lo haríais vosotros a mí.
El sargento Pérez, al que sin tener en cuenta su bien ganado ascenso, el pueblo seguía llamando cabo Pérez, era unánimemente repudiado por los mineros. Además de guardia civil era un perro de la empresa Duro Felguera, a cuyo servicio estaba. Golpeaba y torturaba sin piedad, pero cuando salía a la calle y se encontraba con personas a las que había maltratado, no se atrevía ni a mirarlas.
Y así los Sevilla, los Blanco y compañía.
Y siguieron luchando. Apenas entraron en los pozos -obligados en muchos casos por la fuerza-, manifestaron su decisión de proseguir la acción con todos los medios a su alcance.
Una de las formas de lucha ampliamente practicada fue la reducción del ritmo de trabajo. A principios de noviembre, la producción de muchas minas no llegaba ni a la mitad de lo normal. Se producían protestas, paros parciales, se luchaba por impedir los despidos, por que se liberara a los detenidos. Se perfilaban reclamaciones y conflictos... Seguían en pie de lucha. No faltaron testimonios de ello.
- ¿Se acaba o no se acaba?- preguntaba, ya en la última semana de octubre, un paisano a un minero de La Felguera.
- Si usted hace caso de lo que dicen los periódicos, todo está normal. Le voy a decir lo que ellos llaman normalidad. Lo que pasa es que ocultan la verdad. No dicen que en El Fondón se trabaja al mínimo rendimiento, saliendo menos de la mitad del carbón que sale cuando hay verdadera normalidad. No dicen lo que pasa en el pozo Santa Eulalia. Hace unos días, en lugar de trabajar la hora extraordinaria que se hace por las fiestas recuperables, se sentaron todos los obreros en la galería y allí se pasaron la hora sin hacer nada, como diciendo: ¡Que trabajen el cabo Pérez y el capitán Caro!
En la mina de San Vicente, intentaron despedir a los mineros que, no respondiendo a la citación para presentarse al trabajo, estuvieron en huelga hasta el último día. Cuando estos obreros llegaron al pozo, les negaron la lámpara, lo que equivalía al despido.
Dos de los enlaces fueron a preguntar al ingeniero:
- ¿Por qué razón no se da lámpara a estos hombres?
- Porque son unos rebeldes.
- En ese caso, si el lunes no se les entrega la lámpara, no la necesitamos ninguno.
En vista de que así estaban los ánimos, la empresa desistió y no fueron despedidos los rebeldes.
El 19 de septiembre ocurrió algo parecido en la mina María Luisa. Quisieron despedir a un minero. Los demás hicieron saber que si al día siguiente no era reintegrado al trabajo, nadie trabajaría en la mina.
El rasgo de los mineros de La Camocha es la mejor prueba de que la moral y la combatividad de los mineros se mantenía inquebrantable.
Los mineros describieron así la magnífica acción que llevaron a cabo los días 14 y 15 de septiembre: Los días 12 y 13, los mineros de Camocha son llevados violenta, coercitivamente, a la mina. Muchos fueron previamente maltratados. Todos recibieron amenazas de cárcel o destierro. La mayoría había recibido en su casa un aviso de la policía que rezaba así: Mañana preséntese en el trabajo; de lo contrario, pase por la comisaría de policía.
Así y todo el regreso fue parcial... Ya en la mina, en tajos y galerías crecía la indignación de los mineros ante esos procedimientos. Resultado: no había producción.
Llegada la hora de salida, los del primer turno, además de no producir, permanecieron en la mina, impidiendo así la entrada del segundo turno. Las mujeres del poblado minero se fueron en masa con sus hijos a la bocamina para respaldar la acción de sus maridos. Los del segundo turno se encuentraban también allí. Fueron momentos de gran tensión. Funcionó el teléfono. Desde arriba preguntaron los capataces:
- ¿Por qué no salís?
- Los que nos han metido aquí a la fuerza, que vengan a sacarnos.
Arriba, un capataz expresó a la policía su desaprobación por los métodos coactivos que empleaban. A las veinticuatro horas de permanencia en la mina, los mineros salieron al exterior. La acción de protesta estaba consumada.
La digna y valiente conducta de estos mineros tuvo gran eco en todas las minas: ¡Obreros, sí; galeotes, no! decían, aprobando con entusiasmo la protesta de los de la Camocha.
Amañándolo, el Gobernador se vio obligado a reconocer el hecho a través de una nota de prensa en la que decía: En la mina de la Camocha, tras la incorporación el sábado de toda la plantilla de trabajadores, se ha producido hoy, por un grupo bien definido, una acción en favor del paro, influyendo sobre sus compañeros, lo que determinó una situación contradictoria en la jornada.
A primeros de octubre los mineros aseguraban que de las 2.400 chapas -vagonetas- que debían salir cuando el rendimiento era normal, sólo salían diariamente de La Camocha 1.200, o sea, la mitad. En apoyo de esta afirmación es de señalar que en aquella fecha, la carga de carbón en el Musel suponía la mitad, en relación con el período anterior a la huelga.
El 24 de octubre, los mineros de Figaredo entraron en la mina tres horas más tarde de lo normal. La Guardia Civil y la policía acordonaron el pozo y les obligaron a bajar. Éstos decidieron entonces trabajar a mínimo rendimiento, actitud que mantuvieron durante varios días. La acción surgió en protesta contra el incumplimiento de las promesas hechas por la empresa durante la huelga.
En Carbones La Nueva, el 4 de noviembre, los mineros decidieron trabajar a ritmo lento en protesta contra la anulación de una contrata que anteriormente tenían. Según testimonio de un vagonero de esta mina, ese día salieron 40 trenes de carbón contra ciento y pico que salían ordinariamente. El día 5, los obreros de Carbones La Nueva no trabajaron. Estuvieron sentados en las galerías porque los treneros se negaron a sacar el carbón y estaban todas las tolvas cegadas.
En Villablino, en las minas del grupo Lamajo, Paulina, Peñas, Calderón, María y otras, era raro el día que los obreros no hacían un plante de media hora o más, para reclamar sus reivindicaciones. En otras minas se utilizaba el sistema del trabajo lento, no llegando a dar ni la mitad del rendimiento normal. A últimos de octubre, en Fabero y Villablino esta forma de lucha estaba bastante generalizada. Se trabajaba a ritmo lento en las minas y talleres de la Minero Siderúrgica de Ponferrada, hasta el extremo de que esta empresa tuvo que echar mano al carbón de baja calidad, que en otras ocasiones no tenía salida, para abastecer a sus clientes en briquetas y ovoides.
En Antracitas Fabero los mineros trabajaban también con bajo rendimiento. El hijo del patrón, Manolito Pérez, pidió a la Guardia Civil que interviniera para meter en cintura a los mineros. Llegó un cabo y preguntó a los obreros:
- ¿Por qué no trabajan ustedes?
- Para lo que nos pagan, trabajamos de sobra. No trabajamos más porque no nos pagan bastante.
Los mineros de León continuaban la lucha por la readmisión de los 17 despedidos con motivo de la huelga, por sus reivindicaciones económicas y políticas, en pro de las cuales habían sostenido una huelga tan prolongada y unánime.
En Asturias, como en León, los mineros no arriaban sus banderas. En uno y otro sitio se hablaba ya de la próxima huelga.
El empeño en predisponer a la población contra los mineros fue, no obstante, un empeño inútil. El pueblo asturiano estaba al cabo de la calle. El régimen y su falaz propaganda estaban demasiado desacreditados.
Olvidaban los intoxicadores que en Asturias, de cada cuatro ciudadanos había uno que vivía, o malvivía, de la mina. Olvidaban, o lo fingían, que los demás trabajadores arrastraban una vida semejante a la de los mineros y ardían en deseos de aplastar al fascismo.
El pueblo asturiano dió la razón a los huelguistas. Los obreros y la gran mayoría de la población. Y, por diversos medios, les prestó apoyo moral y material.
Así tuvo que admitirlo el director del diario La Nueva España, quien implícitamente reconocía que los mineros se habían visto asistidos del apoyo de los más amplios sectores de la población.
El Gobernador y las empresas decidieron, a los pocos días de iniciarse el conflicto, cerrar los economatos o suprimir el suministro a los huelguistas, tratando así de cercarlos por el hambre. Esta medida, inicua, tampoco dio los resultados apetecidos.
Ya en el curso de la preparación de la huelga, previendo los acontecimientos, entre ellos el cierre de los economatos, las mujeres de los mineros se aprovisionaron de artículos en otros establecimientos. Al estallar la huelga, muchos comerciantes, particularmente los tenderos modestos, prestaron a las familias mineras una apreciable ayuda, facilitándoles comestibles a crédito, diciéndoles que cuando acabase la huelga y pudieran, ya pagarían.
Por parte de los comerciantes se hace mucho crédito -contaba un obrero-. Hay una verdadera comunidad entre los mineros y otros trabajadores. Hay gentes que recogen su cosecha de fabes o patatas y dicen -y lo hacen- que las repartirán con los huelguistas mientras esto no acabe. La gente hace milagros para ayudarse y aguantar.
Hay pequeños patronos que ofrecen algún trabajo a los huelguistas con la intención de ayudarles un poco a aguantar -escribe otro minero-. Las autoridades fascistas han reaccionado brutalmente contra el empleo de huelguistas en cualquier trabajo, amenazando a los patronos que los admitan, con multas de mil y seis mil pesetas y, en ciertos casos, con el cierre de sus establecimientos.
Familias de obreros que no estaban en huelga acogían a los hijos de los mineros y les daban de comer. Mujeres de familias obreras acudían con paquetes o capachos de víveres a las casas de los huelguistas para ayudarles a paliar sus necesidades. Hay gente que ayuda a pagar las deudas contraídas en las tiendas por las mujeres de los huelguistas para poder alimentar a sus hijos, contaba la esposa de un minero.
Todo el pueblo asturiano se solidarizó con los detenidos y víctimas de la tortura. En aquellos días, las gentes acudían a las comisarías y cuartelillos con alimentos y ropas. El cabo Pérez se indignó una vez ante la cantidad de paquetes que llegaban para los detenidos a la Inspección y al Cuartel de las Tejeras.
Después del encarcelamiento de Anita Braña y de Constantina Pérez, por el Valle de Langreo circuló una hoja en la que se decía: Mujeres de Langreo: No podemos permitir que Anita y Tina y demás mujeres detenidas continúen en la cárcel. Dirigirse a las autoridades civiles y religiosas exigiendo su inmediata libertad y el procesamiento de los chacales que las torturaron. Que a sus hijos no les falte el calor que les han robado encarcelando a sus madres.
Aunque con ello se exponían a la cárcel, los trabajadores hicieron suscripciones en fábricas y talleres para reunir fondos en favor de los huelguistas y sus familias.
El pueblo protegió a los mineros de las persecuciones de los sabuesos policiacos. Cuando éstos iban por los poblados a la caza de huelguistas para molerles a palos, si alguna vez se dirigían a un vecino para preguntar por algún minero, la respuesta era siempre la misma: No sé nada, no le conozco.
En Sama, La Felguera, en Laviana, por toda la cuenca minera, los actos vandálicos de la policía y la Guardia Civil provocaron una indignación generalizada contra el fascismo. Lo sucedido en la Inspección Municipal de Sama, y las bestialidades del cuartel de las Tejeras, causaron una impresión profunda.
Por diversos medios el pueblo manifestó su protesta. Fueron numerosas las personas que desfilaron por la casa de José el Gallego y de otras víctimas de las torturas, en manifestación silenciosa de solidaridad con los mineros y de protesta contra las fechorías del capitán Caro y sus secuaces.
Personas de diversos medios sociales condenan indignadas estos procedimientos terroristas con expresiones como éstas: ¿Dónde vamos a parar? ¡Es una vergüenza que se cometan tales iniquidades por hacer una huelga! ¡No se puede consentir, a estas alturas, que estos cafres sigan torturando.
La población condenaba la conducta de los esquiroles, que sólo eran un puñado. Los huelguistas -sobre todo sus mujeres-, cuando se enfrentaban con ellos, sentían inmediatamente el respaldo de la gente, que les daba la razón. El pueblo condenó vivamente los malos tratos y el procedimiento canallesco empleado para obligar a los mineros a volver al trabajo.
La reacción del pueblo, al producirse la valiente acción de los mineros de la Camocha del día 14 de septiembre, fue descrita así por un trabajador de esta mina: También esta vez la opinión está con nosotros. Son muchos los que dicen que no hay derecho a obligarnos a ir de esta forma al trabajo, cuando no han atendido nuestras demandas.
Frente al régimen franquista y su represión, el pueblo asturiano hizo causa común con sus mineros.
Ya terminada la huelga, un periodista italiano visitó los pueblos mineros de Asturias: Sama de Langreo, La Felguera, Blimea, Sotrondio, Ciafio, y después Mieres: Lo que sorprende -comentaba- es el optimismo que se respira. Sería un grave error creer que los mineros de Asturias se dan por vencidos. Las necesidades son muchas, eso salta a la vista apenas se traspone el umbral de un hogar de mineros. Pero lo que predomina es el odio profundo hacia el régimen existente y el deseo de arrostrarlo todo para que desaparezca. Viendo a estos hombres y oyendo a estas mujeres -particularmente a las mujeres- se saca la impresión de que el conflicto está lejos de haber terminado...
Y no solo el pueblo asturiano. Las noticias de la huelga hicieron vibrar a los trabajadores de toda España. En todas partes se manifestó la admiración por los mineros. ¡Ya están otra vez los asturianos!, se comentaba entre los obreros. Habría que hacer como ellos. Son valientes los mineros. Con estas palabras se rendía tributo al valor y a la conciencia de esta parte de la clase obrera que luchaba en las primeras filas contra el régimen explotador.
Por múltiples lugares de España circularon millares de hojas, unas impresas, otras a multicopista, muchas confeccionadas por los obreros con simples imprentillas, con tinta y hasta con lápiz. El texto de casi todas estas hojas era coincidente, casi idéntico. Copiamos algunas:
¡Obreros de Tarrasa! La causa de los mineros es tu causa. Ayudar. ¡Viva la huelga!Letreros pintados en los alrededores de las fábricas, en las barriadas obreras llamaban a la solidaridad con los mineros:¡Malagueños! Como en Asturias, ¡vayamos a la huelga como un solo hombre!
¡Trabajadores de Hytasa, Eleano y de toda Sevilla! ¡Que nos sirvan de ejemplo las huelgas de los mineros de Asturias y León! ¡Solidaridad con ellos!
¡Trabajadores madrileños! Hagamos cuanto esté a nuestro alcance para ayudar a los mineros. Adelante con nuestra solidaridad! ¡Viva la huelga minera!
¡Trabajadores barceloneses! Por un salario justo, por la libertad sindical y el derecho de huelga, ¡todos a la huelga en solidaridad con los mineros de Asturias!
¡Viva Asturias! ¡Democracia, vivan los mineros! ¡Solidaridad con Asturias, derecho de huelga! ¡Todos con Asturias!Los trabajadores gallegos pintaron muchos letreros como éste en sitios visibles, para que se enteraran Franco y su comitiva durante su viaje a Galicia.Asturias sí, Franco no.
La huelga de Asturias y el ejemplo de abnegación y firmeza que en la defensa de sus derechos dieron los mineros, conmovieron en lo más hondo a los trabajadores de las minas de toda España. Y fueron un gran estímulo para su lucha.
Los de León han seguido el ejemplo de Asturias -decía un minero de Puertollano. Los demás lo seguiremos, de eso no hay quien libre a Franco.
En Puertollano, la noticia de las huelgas de Asturias y León avivó la agitación que ya reinaba entre los mineros. También en este sector los conflictos eran continuos, la combatividad de los mineros creció. El 13 de septiembre, los obreros del Pozo Norte dejaron el trabajo durante varias horas. En el pozo Argüelles el paro se prolongó más de la mitad de la jornada. ¿Motivos del paro? Reclamación de un salario mínimo de 160 a 180 pesetas, del derecho de huelga y la libertad sindical y en solidaridad con los mineros de Asturias.
En defensa de sus derechos y para apoyar a los de Asturias, los mineros de Río Tinto redujeron un día la producción en las minas. Así lo dijeron en un mensaje dirigido a Asturias en los días de la huelga: Estamos con vosotros, compañeros, en todo momento. En toda la cuenca se lleva a cabo el trabajo lento. En lugares como Corta Atalaya y Contraminas la producción ha descendido las tres cuartas partes. En Cochera, lo mismo.
En dicho mensaje se hacía un llamamiento a todos los mineros de Río Tinto: ¡Nuestros hermanos nos necesitan, llevan cinco semanas en lucha! ¡Nuestro deber es solidarizamos moral y materialmente! ¡Vivan los mineros asturianos y leoneses! ¡Vivan los de Río Tinto, que sabrán hacerse eco de su lucha!.
En las minas de potasa de Suria, desde la huelga de Asturías los mineros estuvieron haciendo trabajo lento hasta que en octubre se negaron a salir de los pozos, declarándose en huelga de brazos caídos. Así permanecieron varios días, en vista de que no obtenían satisfacción sus demandas, que en esencia eran las mismas que en Asturias.
Entre los mineros de Peñarroya circularon numerosas hojas manifestando la solidaridad con Asturias. En una de ellas, escrita a mano, podía leerse: Exijamos todos, mineros y metalúrgicos, mejores retribuciones como hacen nuestros hermanos asturianos. Para que en nuestros hogares no haya miseria merece la pena luchar contra este régimen que nos niega nuestras reivindicaciones.
Mineros de Peñarroya -se decía en otra de las hojas-. Tenemos un deber que cumplir con nuestros valientes mineros asturianos y leoneses, que con tanto arrojo se han lanzado a la huelga para arrancar el pan y la justicia que nos niegan. ¡Todos a la huelga!
En la zona de Mequinenza (Zaragoza) circuló la siguiente octavilla:
Nos sentimos orgullosos por la bravura de nuestros hermanos de Asturias y León. Hemos vivido cada día la emocionante huelga de Asturias que nos ha enseñado cómo se puede y se debe luchar para conseguir la libertad y salir de estas angustiosas condiciones de vida y de trabajo a que nos tiene sometidos esta banda de asesinos y explotadores capitaneados por Franco...En solidaridad con Asturias, el 6 de septiembre tuvo lugar una emocionante manifestación de los trabajadores de Zumárraga y Urretxua (Guipúzcoa), a pesar de la lluvia torrencial. Centenares de personas se concentraron en el Prado de Zelai-Aristi para expresar su solidaridad con los mineros asturianos y leoneses.El malestar y la inquietud entre los mineros de Mequinenza es grande. Con la lección que hemos recibido de Asturias se ha templado nuestra moral y se ha elevado sólidamente nuestro espíritu de lucha, de unidad y combatividad. En ocasión de la huelga de Asturias, entre otras demandas, hemos presentado la de un aumento de los salarios de un 25 por ciento. La demanda está respaldada con la decidida amenaza de ir a la huelga. Una comisión de mineros estuvo en Zaragoza para tratar el asunto. Si pronto no tenemos respuesta favorable vamos a la huelga.
En Bilbao, varios centenares de obreros se manifestaron en la primera quincena de agosto, exigiendo la incorporación al trabajo de sus compañeros despedidos, marcando al mismo tiempo su solidaridad con los mineros
Días más tarde, los trabajadores de la importante empresa madrileña Pegaso realizaron un plante para defender sus intereses y expresar su adhesión con los huelguistas asturianos.
En los primeros días de agosto, los obreros de la Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares de El Ferrol llevaron a cabo una importante manifestación. Más de 2.000 obreros exigieron públicamente satisfacción a sus derechos y saludaron la acción de los mineros de Asturias y León.
En una hoja de los obreros de la empresa de Barcelona Hispano-Olivetti se daba cuenta de una importante acción efectuada por ellos en el mes de octubre:
Los obreros de la Hispano-Olivetti inician la acción en el camino de Asturias. Desde el lunes día 7, los obreros de la Hispano-Olivetti están en lucha en defensa de las reivindicaciones que la empresa se negó a concederles en el último Convenio que con la complicidad de los jerarcas sindicales se fabricó para su uso y beneficio. Con extraordinaria unidad y decisión, después de varias horas de paro que afectó a toda la planta, los trabajadores iniciaron la semana pasada unánimemente un movimiento de reducción de la producción.La consigna es aguantar hasta conseguir lo que la justicia reclama, llegando hasta la huelga si es preciso...
Los presos políticos se sumaron al gran movimiento de solidaridad que despertó en España la huelga de los mineros y su magnífica resistencia. Desde una prisión, en plena batalla, llegó hasta Asturias su mensaje de solidaridad de honda emoción:
A los heroicos mineros de AsturiasLos sentimientos del pueblo hacia los mineros y hacia su acción valerosa se expresaron en estas sencillas palabras que algunos dirigían a los huelguistas acompañando su contribución económica:Desde las mismas entrañas de una prisión franquista os enviamos nuestro emocionado saludo de felicitación. Los ecos de vuestra lucha, que tan duramente están golpeando a la dictadura, nos llegan como canto heroico de libertad... Paso a paso vais gestando nuevas páginas de gloria para esa indómita región que nos es tan querida, pues muchos de nosotros también somos asturianos y mineros, acostumbrados a las duras bregas en el Fondón, en María Luisa, en San Luis y otros pozos de las cuencas del Nalón y del Caudal [...]
Pensad que vuestra lucha está en esa unidad fuertemente enraizada en las masas, en esa estrecha ligazón por abajo que está mellando los dientes de la dictadura. Pensad que vuestra lucha y vuestro sacrificio de hoy no han de ser estériles. España y el mundo entero os contemplan con emoción.
¡Adelante, la victoria es nuestra!
Nos solidarizamos con una pequeña ayuda de 1.500 pesetas. Ganamos poco y nuestras fuerzas no alcanzan a más. Estamos con vosotros mineros asturianos y seguiremos estándolo hasta que nos alcancen las fuerzas y algo más, hasta que llegue esa hora que tanto ansiamos de derrocar al franquismo [Un grupo de obreros de Granada]Y así, como éstas, podríamos seguir enumerando cartas a través de las cuales se comprueba lo hondo que caló en la conciencia de los trabajadores la gran huelga de los mineros asturianos.Un grupo de trabajadores de Murcia desea colaborar con los huelguistas para que puedan sobrellevar la huelga con el mínimo de calamidades. Enviamos 2.055 pesetas. Supone ya un sacrificio juntar este dinero entre unos cuantos trabajadores, pero estamos dispuestos a hacer más, puesto que vosotros, mineros, estáis haciendo mucho más.
Acompañando mi contribución envío la de dos muchachos campesinos de Valencia. Nos pusimos a hablar de la huelga minera, del porqué la habían hecho y en seguida echaron mano al bolsillo y me entregaron cada uno 100 pesetas. Era sábado. Mañana -dijo uno- no haremos ningún gasto ni al otro domingo tampoco, y se acabó, que sea para los mineros.
Para poder aportar 600 pesetas recogidas entre unos amigos para los mineros he ido a Francia a hacer las vendimias. Estoy a favor de la huelga general política. Al terminar las vendimias daré 200 pesetas más para los mineros asturianos que nos han dado el ejemplo al empezar la huelga general política. Demos el ejemplo al resto de España [Un valenciano]