Contra la estafa del Estatut y
demás fraudes de los reformistas

Comité General en el interior
febrero de 2006

Está a punto de consumarse una nueva estafa a los legítimos derechos nacionales del pueblo catalán. Con la reforma del Estatut, el Gobierno y los nacionalistas institucionales anunciaron que iban a parir un gigante autonomista, el modelo a seguir para avanzar hacia la España federal que tanto pregonaron en su momento Zapatero y sus neo-GALosos. Pues bien, una vez metidos en harina, y con unos pases mágicos de patriotismo social por aquí y unas dádivas pesebreras por allá, ¡hale hop!, se han sacado de la chistera el mismo conejo de antes con algún retoque descentralizador.

Como ocurriera en su momento con el Plan lbarretxe, la tramitación extraparlamentaria del Estatut ha tensado todas las cuerdas sensibles de la vida política española. Aquí ha habido de todo, desde las profecías apocalípticas de los peperos y sus congéneres del socialpatriotismo hasta los amagos de tomar la Moncloa por parte de algunos mandos del Ejército. Todo este jaleo no ha podido por menos que despertar la perplejidad de la mayor parte de la población, ya que en ningún momento, ni siquiera con el descafeinado proyecto aprobado en el Parlament de Catalunya, se abordaba el reconocimiento del derecho a la autodeterminación y ni mucho menos se apostaba por algún tipo de secesión que pusiera en peligro la sacrosanta unidad de la patria. ¿Cuál ha sido, entonces, la razón de tanto revuelo?

El problema no es el Estatut, el problema es que ninguna reivindicación realmente democrática, o ninguna mejora que pueda servir para aproximarse a ella, cabe en la Constitución fascista de 1978; una Constitución que no fue hecha para traermos la democracia, sino para perpetuar el fascismo tras la muerte de Franco, una Constitución que no fue aprobada para dar libertad, sino para restringir las escasas libertades reales que se impusieron durante la transición. Los únicos derechos que allí se reconocen son los de los reformistas y vendepatrias que se integraron en el fascismo renovado; a estos bandidos se les dio cancha para que, a cambio de una parte del pastel de la explotación de los trabajadores, defendieran ante las masas los privilegios económicos y sociales de un puñado de oligarcas. Además, el edificio constitucional se levantó tan a la defensiva del peligro de revolución y en estas décadas ha soportado tales ataques por parte de la resistencia obrera y popular, que el régimen se ha visto obligado a echar mano una y otra vez de la represión para imponerse, reduciendo cada vez más su margen para las reformas. En estas condiciones internas y en medio de las convulsiones que provoca la guerra imperialista en curso, ha bastado que el proyecto de reforma del Estatut se alejara un tantico de lo que se aprobó en 1978 y que las burguesías periféricas pidieran más parte del botín, para que se hayan alborotado los cuartos de banderas y se hayan vuelto a oír ruidos de sables clamando contra la destrucción de España.

El régimen fascista español está en un callejón sin salida. El mismo hecho de su existencia conlleva también su permanente aislamiento de las masas populares, la imposibilidad de dotarse de una mínima base social, el descrédito de sus instituciones, leyes y partidos, y sus fracasos por acabar con el Movimiento de Resistencia organizado, a pesar de haber probado todas las barbaridades imaginables contra él. Es por ello que el régimen no puede escapar a un estado de profunda crisis política e institucional crónica; una crisis que le lleva a intentar periódicamente negarse a sí mismo, planteándose su reforma para, así, dotar de una cierta legitimidad a sus instituciones y conseguir una tregua en los diferentes frentes en que se ve obligado a combatir, incluyendo el que supone la existencia durante décadas de la lucha guerrillera. Una crisis que no pudo superar con la transición de los setenta y que se ha visto agravada, precisamente, por no abordar los sucesivos intentos reformistas con medidas de cierto calado democrático, haciendo verdaderas concesiones, aunque fueran temporales, al movimiento obrero y popular democrático. Antes al contrario, cada uno de estos fracasos reformistas lo que ha hecho es, como se vio con el PSOE de Felipe González o con sus bufones de Izquierda Unida, quemar a sus autores como instrumentos para controlar a las masas, acabando por hacer la crisis aún más profunda.

Pues bien, esta es la misma suerte que le espera a Zapatero y sus compinches como no enmienden el rumbo de aznaristas con talante que han tomado. Y esta bancarrota política se producirá en mucho menos tiempo que sus predecesores, ya que la gente no ha olvidado que el PSOE fue el partido de las reconversiones, de los GAL y de la corrupción. Con esta experiencia vivida por nuestro pueblo, desde luego que no va a ser con palabrería y demagogia barata como van a adquirir alguna credibilidad; los trabajadores, los verdaderos demócratas y patriotas queremos hechos.

Y los hechos nos dicen que en estos dos años, el Gobierno no ha abordado ningún problema de fondo que afecte a la vida de los trabajadores y a sus aspiraciones de una mayor libertad y democracia, y que, además, ni siquiera ha sido capaz de desprenderse de una mínima parte del lastre represivo que le dejó en herencia Aznar. Al decir del propio Zapatero, las reformas de los Estatutos de Autonomía eran el buque insignia de su segunda reforma. Pues bien, si al Plan lbarretxe le dan un portazo y al Estatut de Catalunya lo despachan con un monumental fraude, ¿en qué va a quedar el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas? Y visto lo visto, ¿qué podemos esperar que haga el Gobierno con ese no menos insigne propósito de negociar con las organizaciones del Movimiento de Resistencia Antifascista?, ¿buscar nuestra rendición incondicional ante su Constitución fascista? ¿Y qué sentido van a tener las demás reformas anunciadas, en especial la del Mercado Laboral que están cocinando patronal y sindicatos a espaldas de todos los trabajadores?

En este viaje que va de la demagogia al fraude, pasando por la omnipresente represión, al Gobierno no le faltan cómplices. Y a este respecto debemos denunciar la venalidad de que siguen haciendo gala los partidos que forman el nacionalismo institucional. Como hicieran en la transición, una vez más están llegando a componendas descentralizadoras con la oligarquía a cambio de una mayor integración en la gobernación del Estado y otras prebendas; el caso de CiU es clamoroso, pero los neo-GALosos ya le están echando las redes al PNV para que se preste a la misma maniobra. También hay que hacer mención al papel de vendepatrias de Esquerra Republicana de Catalunya que, primero, no dudaron en poner a disposición de Zapatero los votos que les dieron y, luego, estaban dispuestos a firmar una rebaja considerable en el Estatut aprobado en el Parlament; como buenos mercachifles, sólo se han echado atrás cuando han visto que el PSOE y CiU están preparando una nueva alianza de gobierno en la que le dan la patada.

La razón de esta permanente traición a sus pueblos y al ideario nacionalista que les dio origen está en la naturaleza burguesa de todos estos partidos, en su defensa del sistema capitalista de explotación, que les lleva, en la época del monopolismo, a ponerse bajo la tutela del gran capital y su régimen fascista. Estos canallas ocultan cuidadosamente que es dicho régimen quien ha defendido su pela de los embates de la lucha de clases y que han hecho buenos negocios bajo el paraguas de una Constitución de la que ahora, en plena crisis económica y política y con la nueva correlación internacional de bloques, dicen renegar. Sin embargo, lo que no pueden evitar, por más que lo intenten, es que, con su apoyo al régimen y cuantas medidas de represión y explotación ha tomado, sus destinos han quedado ligados a ese mismo régimen. Para ellos también es plenamente aplicable lo que decía nuestro Secretario General en su Informe al IV Congreso de nuestro Partido (1998), refiriéndose en especial al PSOE: De esta manera se ha cumplido lo que veníamos anunciando: con la integración en el régimen de esas pandillas de estafadores políticos, éstos no sólo unían su suerte a la del régimen fascista, sino que además, el propio sistema se debilita al privarse de una ‘alternativa’ de ‘izquierda’ para los tiempos difíciles. Este es el profundo significado de la crisis política en la que están todos sumidos y de la que no saben cómo salir.

Todo ello demuestra que la bandera de la autodeterminación y la lucha por los derechos nacionales no puede dejarse en manos de estos bucaneros de la política, sino que debe ser sostenida por la clase obrera, única que no tiene intereses de explotación ni de reparto del botín que defender. De igual manera, el conjunto de reivindicaciones políticas de carácter democrático que nos viene siendo negado por el fascismo tampoco puede quedar a merced de la buena voluntad para hacer concesiones de este o aquel politicastro, por muy pillados que se vean en su crisis. Los fascistas entienden mucho de explotar, de armarse hasta los dientes, de robar a otros pueblos, de usar la tortura, las cárceles y el control policial; pero en cuanto a libertades y derechos, de estos expertos en carnicerías sólo podemos esperar que encuentren la mejor forma de acabar con ellos a sangre y fuego. Son las clases oprimidas y trabajadoras, los verdaderos demócratas, antifascistas y patriotas quienes tenemos que mostrarles el camino de la democratización, empezando por denunciar su falso reformismo y exigiéndoles, como venimos haciendo, la libertad para los presos políticos, el derecho a la autodeterminación, el cese de toda represión y la derogación de toda ley represiva, el mejoramiento de las condiciones de vida y trabajo, el cese del saqueo y la agresión a otros pueblos, etc.

Y este conjunto de reivindicaciones, desde luego, no es algo que vayamos a conseguir sometiéndonos a las leyes que dicta su Constitución fascista, siguiendo los inoperantes métodos de lucha y organización que nos dictan los agentes reformistas del gran capital o limitándonos a las reglas de juego que dicta el pacifismo bobalicón. Hay que imponérselas por medio de la lucha consciente, radical y organizada.

Tal como dice nuestro periódico Resistencia en su número de diciembre: Está claro que el Estado fascista, a pesar de la gravedad de la crisis en la que está atrapado, sigue sin reconocer más lenguaje que le haga razonable que el de la fuerza; ante esta situación hay que relanzar la lucha por nuestros derechos y reivindicaciones fundamentales hasta que la oligarquía y su gobierno se decidan a emprender los cambios o reformas de verdadero calado y en diversos terrenos que tienen pendientes después de décadas de crímenes, saqueos y canalladas.

Partido Comunista de España (reconstituido)