En el largo proceso de lucha en que estamos empeñados no se pueden descartar estos periodos. Además, siempre se deberá tener en cuenta la situación internacional, que en estos momentos no se puede decir que sea favorable para nosotros. Estos aspectos de la cuestión que tratamos conviene subrayarlos, a fin de evitar las confusiones y los errores. ¿Significa esto que el Partido habrá de desarmarse en el terreno ideológico, político y organizativo? ¿habríamos de preconizar la vía pacífica y parlamentaria al socialismo y rechazar, como erróneo o perjudicial para la causa popular todo método violento de resistencia y de lucha?
Algunos camaradas han interpretado nuestras concepciones de esa manera, otros han llegado a decir que si los GRAPO se disuelven como resultado de unos acuerdos con el Estado, estaríamos perdidos, pues piensan que la lucha armada ya no se podría reanudar cuando fuera de nuevo necesario. Estos camaradas no han comprendido la exigencia fundamental que nuestro movimiento le ha planteado al Estado, lo que justificaría en cualquier momento, si ésta deja de cumplirse, el recurso a la resistencia armada. De ese modo resurgirían, no ya los GRAPO, sino una verdadera milicia armada capaz de hacer frente a la represión y de modificar en poco tiempo la correlación de fuerzas. Lo fundamental es que el Partido no se desarme en ningún plano, ya que al igual que el mantenimiento de la lucha armada durante los últimos veinticuatro años ha dependido, fundamentalmente de él, del apoyo y la orientación que le hemos prestado, de la misma manera seguirá dependiendo en el futuro. Claro que si no se comprende bien esta relación, si se piensa que el Partido es un mero apéndice o un auxiliar de la organización armada, es muy fácil caer en ese tipo de interpretaciones.
Nosotros, los comunistas, no ocultamos nuestros fines u objetivos, ni la forma en que habremos de conseguirlos. ¿Cómo habríamos de ocultarlos, si nuestro principal propósito consiste en hacer conscientes a las masas para que se organicen y se unan a nosotros en la lucha por el derrocamiento de la burguesía?
El Partido debe, pues, proseguir con firmeza la línea de resistencia que ha seguido, sin perder el rumbo; debe, además, completar y perfeccionar esa línea en base a las experiencias de la lucha de las masas y de los conocimientos que ya tenemos y hacer todos los esfuerzos que se requieran para alcanzar las metas más inmediatas. Para eso es preciso no confundirlas con los objetivos últimos o de más largo plazo.
Todo esto nos exige una gran flexibilidad política, evitando toda tentación numantina o militarista, toda pretensión de saltar por encima del nivel real de conciencia política de las masas o de suplirla con acciones ejemplares, con lo que se conseguiría únicamente quedar atrapados en una lucha desigual, sin perspectivas, contra la policía política. Por esa vía no se va a ninguna parte, por más esfuerzos y sacrificios que estuviéramos dispuestos a hacer, y acabaríamos derrochando las energías revolucionarias.
¿Qué nos ha demostrado la experiencia de otros países, como la de las Brigadas Rojas (BR) en Italia, las Células Comunistas Combatientes (CCC) en Bélgica o la de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) en Alemania? Esas organizaciones o movimientos han fracasado no porque practicaran la lucha armada, sino porque no estuvieron guiadas por un partido comunista, que se mantuviera ligado a la clase obrera y les prestara apoyo; es decir, no fueron derrotados, como quiere hacer creer la propaganda burguesa, porque la lucha armada que practicaban careciera de perspectiva, sino porque concibieron esa forma de lucha como la principal y casi exclusiva en la actual fase de desarrollo del movimiento revolucionario. Este fue su principal error, la causa o el motivo principal de su derrota, lo que les condujo al aislamiento y a que fueran, finalmente, aniquilados. Por lo demás, es bien sabido que voluntad y arrojo no les faltó, sobre todo en los primeros momentos, pero carecieron de una fuerza rectora y de un apoyo que sólo les podía brindar la vanguardia proletaria.
Esa posición política flexible a la que he hecho referencia, como toda la táctica que estamos aplicando, es lo que nos ha permitido a nosotros superar hasta las situaciones más difíciles o comprometidas enfrentando al enemigo con la mayor firmeza en todo lo relacionado con las cuestiones fundamentales o de principios.
Con los principios no se trafica, con los principios no se puede realizar nunca ningún tipo de negociación, ningún tipo de transacción. Hay personas que no pueden entender esto, que son incapaces de entenderlo y que piensan, como buenos burgueses, que todo tiene su precio. ¿Qué son, qué vienen a significar para nosotros los principios revolucionarios?, podría preguntar algún ingenuo o cualquier otra persona que no supiera muy bien de qué va esta historia. ¿Por qué nos aferramos a ellos y no aceptamos, por ejemplo, los generosos ofrecimientos que nos hace el Estado a cada momento para que nos integremos, nos reinsertemos en la sociedad y rehagamos nuestras vidas? Esas personas tan bien intencionadas ignoran seguramente que nosotros, los comunistas, hace tiempo que tenemos la vida bien rehecha y no necesitamos, por consiguiente, rehacerla de nuevo y que, precisamente, se trata de eso: de que no necesitamos ni queremos integrarnos -y menos aún que nos reinserten a la pura fuerza- en una sociedad y en un modo de vida que nos repugna, y para lo cual tendríamos que aceptar como dóciles corderos la condición de esclavos que la burguesía nos ha impuesto. Es por esta razón por lo que nos sentimos, en el plano personal, muy satisfechos y muy contentos luchando contra la sociedad burguesa, contra el Estado capitalista y contra todo lo que éste representa. Y, a decir verdad, no tenemos ningún motivo para arrepentirnos de ello, a pesar de los zarpazos, de las persecuciones, las cárceles, las torturas y los asesinatos de que somos objeto.
Para eso, para continuar siendo como somos y como queremos ser, necesitamos de los principios e ideas comunistas, marxista-leninistas (no reclamamos ni defendemos otros) ya que son esos principios e ideas los que nos sostienen y nos guían en la lucha y condicionan todo nuestro comportamiento. ¿Cómo podríamos renunciar a ellos sin dejar de ser personas decentes y sin convertirnos en unos peleles, en unos instrumentos al servicio del capital y en contra de los obreros, de nuestra propia clase? Son los principios marxista-leninistas los que nos informan de la sociedad que necesitamos combatir y cambiar y los que nos hacen verdaderamente libres.
Entre esos principios, ideas y teorías nosotros destacamos la que nos permite comprender de una manera clara e irrefutable el carácter transitorio y la caducidad histórica del sistema de explotación capitalista, ya que este sistema no ha existido siempre y no podrá existir eternamente. ¿Cómo podríamos nosotros aspirar a integrarnos en una sociedad parasitaria y moribunda que, para sostenerse en pie, para prolongar su agonía, recurre a los métodos más bárbaros de explotación y opresión, al pillaje, a las guerras de rapiña, al exterminio en masa y la devastación de países y continentes enteros?
Otra cuestión de principios para nosotros es la que se refiere a la necesidad de la organización política independiente de la clase obrera; es decir, no sometida ni controlada por la burguesía ni por su Estado, dado que sólo de esa manera es como se está en condiciones de luchar consecuentemente hasta el final contra él.
No menos importante para nosotros es la teoría que nos demuestra, también de forma que no da lugar a ninguna duda, que la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía, las dos clases fundamentales de esta sociedad, sólo puede tener como resultado el derrocamiento del poder de la burguesía y la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado sobre esa misma burguesía como paso previo necesario para la total supresión de la explotación y de toda opresión de unos hombres sobre los otros. Esto, naturalmente, no se podrá conseguir de una manera pacífica o parlamentaria, pues la burguesía jamás consentirá retirarse pacíficamente del poder.
El cuarto principio fundamental para nosotros es el que se refiere a la expropiación de los expropiadores, a la supresión de la propiedad privada capitalista y el establecimiento de la propiedad colectiva y de todo el pueblo sobre los medios de producción, a fin de poder organizar la economía socialista planificada que satisfaga las necesidades materiales y culturales de todos y cada uno de los trabajadores.
El quinto principio que nosotros defendemos y practicamos es el que llama a la unidad de todos los proletarios, explotados y oprimidos del mundo, para hacer más eficaz e invencible la lucha contra el capitalismo, el imperialismo, el fascismo, el revisionismo, etc. Este es el principio del internacionalismo proletario que hará posible, no sólo el derrocamiento de la burguesía en todos los países, sino también el que se puedan establecer unas relaciones más justas, de verdadera hermandad, entre los pueblos y entre los Estados que excluyan la explotación, los intercambios desiguales, la política de intervención y de fuerza, la intromisión de unos en los asuntos internos de los otros, y creen un verdadero clima de paz y de entendimiento, de colaboración y de ayuda mutua.
Y para todo eso, para aplicar esas ideas y principios y materializarlos en la práctica, para que dejen de ser un buen deseo o un proyecto utópico, necesitamos mantener también otros principios e ideas revolucionarias igualmente importantes relativas a la táctica, a la lucha por las libertades y los derechos democráticos de los trabajadores, a la organización y su funcionamiento, etc. ¿Cómo podemos renunciar a ninguno de esos principios, aceptar la legalidad burguesa impuesta mediante la violencia más extrema, desarmarnos en todos los planos frente a los explotadores y opresores y continuar considerándonos comunistas, marxista-leninistas? Y aunque no fueran todos, si abandonamos tan sólo uno de esos principios a cambio de unas migajas, desde ese mismo momento, podemos asegurar, estaríamos liquidados como organización, ya que entre todos ellos existe una trabazón interna de la que no es posible amputar ni una sola de sus partes sin desnaturalizar todas las demás. Por estos motivos debemos defender siempre, y con firmeza, todos los principios revolucionarios marxista-leninistas, sin ceder ni un milímetro, sin hacer la más mínima concesión al enemigo. En este terreno no podemos hacer nunca ninguna concesión, ya que se trata de los intereses fundamentales de nuestra clase; los principios no expresan, en realidad, otra cosa.
Otra cuestión es la que se refiere a la táctica y a los métodos de lucha que corresponde aplicar en cada momento o situación concreta. En este campo cabe aplicar las formas más variadas, siempre, claro está, que se destaquen las principales (en nuestras condiciones las formas de lucha de resistencia) y no se pierdan de vista las que, en última instancia, habrán de permitir resolver los grandes problemas sociales. La firmeza en la defensa de los principios, de los contenidos, las metas u objetivos, nos permite ser flexibles y facilita la búsqueda de las formas más adecuadas a cada situación o al estado real de nuestras fuerzas organizadas.
Se sabe que los espíritus inflexibles, rígidos, esquemáticos, son más proclives a quebrarse o a desmoronarse ante los golpes o las adversidades y se adaptan muy mal, o no se adaptan en absoluto, a las condiciones siempre cambiantes. Pues bien, los comunistas (me refiero a los que tienen una visión materialista y dialéctica del mundo y actúan conforme a esa concepción), nunca podrán quedar petrificados en sus ideas y no podrán tampoco quebrarse por muy grandes que sean los problemas o las dificultades que puedan encontrar. Semejantes a esas plantas cuya estructura interna les permite cimbrearse ante el empuje del viento, y aun soportar los mayores ciclones, los comunistas nos fortalecemos en la lucha, venciendo las dificultades y afianzándonos en nuestras raíces, sin que nada ni nadie nos pueda romper.
Esto es, precisamente, lo que está sucediendo con nuestro Partido. Nuestra firmeza en la defensa de los principios democráticos y revolucionarios no nos ha impedido ser flexibles en cuanto a la forma de aplicarlos, de manera que podamos aprovechar, para nuestra causa y para el propio fortalecimiento del Partido, la crisis política del régimen y todos los demás vientos que soplan, incluso los más huracanados. No tememos a los ciclones, ya que éstos no sólo no nos debilitan, sino que, por el contrario, nos fortalecen.
Nuestro Partido ha sido y es el único que en este punto ha venido manteniendo, a contracorriente, una postura clara y rotunda: en España no se ha producido ningún cambio político sustancial que permita hablar de la existencia actual de un régimen democrático. España, como en tiempos de Franco, sigue siendo un país fascista.Esta postura nuestra no viene de ahora sino que ya lo decíamos antes de la llamada transición, advirtiendo a los obreros y a todo el pueblo que no había que hacerse ilusiones, que del fascismo sólo se pasará al socialismo y a la dictadura del proletariado. Esta clara posición ya en su momento chocó con la del PCE y demás grupos seudoizquierdistas, que llamaban a las masas a participar en el festín de las libertades, mientras en los cuartelillos y comisarías los detenidos eran desollados vivos por centenares.
Todavía hoy hay quien no comprende esta sencilla tesis. Hemos expuesto muchas veces que del fascismo no hay vuelta atrás, hacia la democracia burguesa, del mismo modo que del monopolismo no se puede retroceder al capitalismo de libre competencia. El fascismo es un régimen político que corresponde a las transformaciones económicas y sociales que han conducido al monopolismo y al imperialismo, una fase que, como dijo Lenin, es esencialmente decadente y parasitaria. En esta etapa el monopolismo arrasa con toda clase de libertades democráticas y pone las bayonetas en primer plano.
¿Qué significado tuvo la famosa transición? Para comprobarlo habrá que hacer un breve repaso a la situación de hace 20 años. En aquella época el régimen se enfrentaba a su mayor crisis después de la guerra civil. Un poderoso movimiento de masas se había desatado por todas partes. El aislamiento del fascismo era cada vez mayor, poniendo en peligro todo el sistema de dominación. Las huelgas eran cada vez más numerosas; de las huelgas meramente sindicales se había pasado a las políticas y de solidaridad. Las manifestaciones en la calle eran ya un paisaje cotidiano, produciéndose numerosos enfrentamientos con la policía, de enorme violencia. Las masas habían perdido el miedo que les había atenazado durante 40 años de terrorismo institucionalizado. Todo el andamiaje pacientemente construido se venía abajo. Los cauces legales estaban desbordados y tampoco las draconianas leyes represivas surtían ningún efecto intimidatorio. Las movilizaciones no sólo no se correspondían a la legalidad, sino que se promovían contra esa misma legalidad. La respuesta del fascismo a la crisis es la apertura a las organizaciones reformistas para ampliar su base social y hacer frente a las movilizaciones populares: El fascismo sigue en el poder y las masas han tomado la ofensiva y lo tienen acorralado, decía el Informe a nuestro I Congreso. La transición no era un intento de modificar el régimen fascista para sustituirlo por uno democrático, sino el intento del fascismo de salir de su aislamiento político y ampliar su base social, especialmente con la cobertura que pudieron proporcionarle todo el conglomerado de grupos reformistas y de izquierda. Con la reforma el régimen pretendía ocultar los retrocesos que se había visto obligado a realizar ante las oleadas de luchas.
Ese, y no otro, es el significado de la Constitución que la oligarquía fascista aprobó en 1978 para perpetuarse en el poder. No es una Constitución distinta de las Leyes Fundamentales que Franco impuso, sino su continuación. Cuando las Cortes fascistas convocaron las también famosas elecciones del 15 de junio de 1977, no lo hicieron a una Asamblea constituyente sino a unas Cortes legislativas ordinarias, que no tenían por tanto competencia para elaborar una nueva Constitución sino sólo modificar las leyes franquistas ya existentes. Los diputados electos engañaron a todo el mundo e incumplieron la propia norma que los había elegido. La Constitución de 1978 es un gigantesco fraude legal.
Para redactar una Constitución verdaderamente nueva tendrían que haber empezado decretando una amnistía general que sacara a todos los presos políticos de las cárceles, que en España no existió porque nuestros camaradas, entre otros, se quedaron dentro. Habría que haber legalizado a todos los partidos políticos y reconocerles plena libertad de actuación mientras que aquí no se legalizaron más que los partidos que Suárez quiso. Se tendría que haber reconocido también plenas libertades de reunión, expresión y manifestación, mientras que en aquellos tiempos España estaba bajo el imperio de la ley antiterrorista y del estado de excepción permanente. Habría que haber depurado responsabilidades de militares, policías y carceleros fascistas, pero lo que hicieron fue ascenderlos y condecorarlos por sus crímenes. Habría que haber convocado un referéndum previo para decidir acerca de la monarquía o la república. Y así sucesivamente.
El Comité Central de nuestro Partido había sido detenido un año antes, los funcionarios de prisiones mataban a palos a Agustín Rueda Sierra en la cárcel de Carabanchel, los GRAPO proponían un Programa de Cinco Puntos para ofrecer una salida política negociada al régimen y éste respondía sacando un millón de carteles con fotografías de nuestros camaradas, que fueron arrancados espontáneamente por las masas a las 48 horas de pegarlos en las paredes. Ese era justamente el clima en el que se fraguó la Constitución fascista: un gobierno tratando de tomar la iniciativa a base de crear una psicosis colectiva de pánico entre los obreros que paralizase sus luchas, y éstos oponiendo todo tipo de resistencia.
La Constitución legaliza esa situación de persecución sin tregua contra los verdaderos demócratas y revolucionarios, defiende la propiedad privada y la explotación capitalista, el sojuzgamiento de las nacionalidades oprimidas, etc. Las libertades no aparecen ni en la Constitución ni en ningún papel impreso: sólo existen cuando las masas luchan por ellas y las defienden contra sus opresores. Precisamente la firma de la Constitución supuso el inicio del declive de las conquistas que los obreros habían impuesto al fascismo con su lucha independiente, por el reflujo que iniciaron todas las movilizaciones por aquellas fechas, que permitió al régimen tomar aire y recuperar la iniciativa lentamente. Al mismo tiempo muchas de las conquistas ganadas con tanto sacrificio fueron desapareciendo precisamente por la labor de zapa de los reformistas, los revisionistas, los sindicatos domesticados, etc., a golpe de consenso parlamentario y pactos sindicales.
No obstante este proceso que acabamos de describir, hoy se puede asegurar que la lucha contra este Estado fascista, terrorista, se ha convertido en una consigna ampliamente compartida. Esto es, en buena medida, resultado de nuestra resistencia y también de la labor de denuncia y esclarecimiento que hemos realizado, aunque a algunas personas no les guste o les cueste reconocerlo. De ello no nos vanagloriamos. Si lo señalamos es para advertir de los peligros que pueden surgir de la extensión de un cierto antifascismo, que en realidad no expresa otra cosa que el miedo y la vacilación que siempre se apoderan de algunos sectores de la pequeña burguesía cuando ven avanzar a la clase obrera y buscan contenerla cerrándole toda perspectiva.
No nos referimos, claro está, a los espontaneístas de buena fe, a esos que se enfrentan todos los días a los fascistas a su manera y que hacen una importante contribución a la causa. Estos tienen nuestra comprensión y nuestro apoyo. Lo que queremos es llamar la atención sobre la falsedad de una concepción con la que se intenta hacer creer que el fascismo está en todas partes, es omnipresente, y tiene muchísima fuerza, es decir, también es todopoderoso, por lo que lo único que se puede hacer es quedarse tranquilamente en casa para no provocar a la fiera. Es preciso denunciar esta concepción y situarla en el lugar que le corresponde.
Como ya se ha señalado, nuestro movimiento de resistencia ha desmentido muchas veces y desde un comienzo, la supuesta fortaleza o invulnerabilidad del régimen. Siempre hemos sostenido, y la experiencia ha venido a corroborarlo, que el fascismo es débil por naturaleza y que una de las causas que explican su permanencia durante tanto tiempo en el poder es, precisamente, ese pánico que trata de inculcar y que, como vemos, consigue hacer mella en mucha gente. Este es uno de los motivos por el que no puede renunciar a sembrar el terror, por eso lo alimenta continuamente, lo que, por otra parte, ya hemos visto también que le permite mantenerse en una crisis permanente.
Con Franco, Suárez, Felipe y ahora con Aznar, ¿qué ha cambiado realmente en este aspecto tan importante de la política represiva del régimen? No ha cambiado nada esencial. Hoy las masas populares son objeto de la misma agresión informativa, de la misma presión sicológica, de los mismos partes de guerra, de la misma embrutecedora manipulación futbolera de otros tiempos. Antes se trataba de mantener a raya a los enemigos de la patria nacionalsindicalista y de la democracia orgánica, y esos enemigos eran, fundamentalmente, los rojos y separatistas; ahora los enemigos son los terroristas, los violentos, los intolerantes que atacan y ponen en peligro todos los días las instituciones democráticas que Dios y Franco nos dieron. El guión y las técnicas son los mismos; han cambiado algunos títulos, el formato y la potencia de los medios. También ha cambiado la distribución de los papeles y las proporciones del reparto entre los distintos grupos monopolistas y sus respectivos representantes políticos y mediáticos. Esto explica las rivalidades que se manifiestan abiertamente entre ellos. Aunque sólo fuera por este motivo habría que reconocer que el régimen no se mantiene inmune e inalterable, que tanto las contradicciones y las luchas de intereses que confluyen dentro de él como, sobre todo, la presión y la lucha resuelta del movimiento de resistencia popular, que crece sin cesar, han hecho mella en él ya muchas veces y le han obligado a retroceder, a tener que replegarse y a hacer algunas concesiones. Estas nunca han sido concesiones gratuitas ni pacíficas, como no lo serán tampoco las que tendrán que hacer en el futuro. Porque está muy claro que ellos, el Estado, el Gobierno, los partidos institucionales, la clase capitalista, en suma, no se van a rendir ni se van a cansar nunca de explotar ni de reprimir a los trabajadores. Otra cosa es que puedan impedir que nos unamos, organicemos mejor la lucha, y les hagamos recular como otras veces.
El Estado burgués, esa banda de hombres armados, como lo denominaba Engels, no se va a cansar de perseguir, de torturar, encarcelar y asesinar a los que se le oponen de verdad. Esa es su función y a ella, como se podrá comprender, no va a renunciar por más que se encone la lucha. Al contrario, cuanto más nos ven avanzar, más se envalentonan, más ganas les entran a los matones y sicarios del capitalismo de retorcernos el pescuezo, de terminar de una vez por todas con nosotros para poner fin a la dolorosa presión que ellos, pobrecitos, también padecen por el comportamiento de los malos españoles, que no se contentan ni saben estar como está mandado. Y si alguno de los fascistas se llega a cansar o se le empieza a rendir la mano, ya sabemos qué sucede: no faltan otros que esperan, ansiosos, para tomar el relevo. No, el Estado, como órgano especial de represión, no se puede cansar de reprimir porque, como hemos dicho, ésa es su función. Quede tranquilo el Sr. Ministro Oreja, responsable del departamento, que por ahí no le puede venir ningún peligro.
Otra cosa nos sucede, al parecer, a nosotros, que ya nacimos cansados, con un cansancio de siglos, lo que en buena lógica debería llevarnos, si nos atenemos a lo que dice por su parte el Felipito Grillo, el capo de los galosos, ese fatuo personaje, a perder toda esperanza de conseguir nada con nuestra lucha de resistencia y a cansarnos total y absolutamente de intentarlo una y otra vez. Si ese tipejo y todos los que son como él supieran de verdad la apabullante sensación de cansancio e impotencia que se apodera de todos nosotros cada vez que conseguimos asestarles un golpe (al menos esto sí lo conseguimos de vez en cuando ) y los ponemos al descubierto en su verdadera catadura fascista y su vileza, seguro que se mostrarían más prudentes.
No entraremos a analizar aquí la utilización que vienen haciendo los distintos partidos del régimen de este tema ni de los intereses bastardos que les mueven a ello. El Sr. Arzallus tiene razón en lo que afirma sobre este particular. Tenemos que reconocer también que los intereses que les mueven a él y a su partido en el País Vasco son algo más legítimos, un poquito menos o la mitad de bastardos que los que defienden los partidos españoles. La cuestión es que, independientemente de esa utilización o de ese bastardeo, más tarde o más temprano tendrán que ceder y que cuanto más esperen, cuanto más tiempo tarden en decidirse, más caro les va a costar, ya que nuestro movimiento se sentirá más fuerte y, por consiguiente, mayores podrán ser también nuestras demandas y exigencias.
Por lo demás, el que podamos arrancar alguna concesión política al régimen no nos ha de llevar a ningún tipo de confusión ni de ilusiones. La lucha, de todas formas, va a proseguir e incluso se va a intensificar. Hemos de tener muy claro que mientras se mantenga en pie el sistema capitalista, a los fascistas siempre les quedará el recurso de volver a sus orígenes. Ese es un claro síntoma de que no se sienten muy seguros y de que quieren asustarnos. ¿Qué más pueden hacer que no hayan hecho ya para obligarnos a claudicar, a renunciar a nuestras libertades y derechos? La violencia terrorista del Estado, la guerra sucia, las detenciones, la tortura, los asesinatos y las decenas de años de cárcel en condiciones de aislamiento se han mostrado ineficaces y han obrado, a fin de cuentas, en contra suya. Claro que pueden extender esa misma represión y terror a toda la población para tratar de aislarnos y restarnos apoyos. Por ahí se están encaminando últimamente, legalizando las mismas prácticas terroristas de los GALes.
El régimen está adaptado, con sus leyes, tribunales, cuerpos represivos, etc., para ese regreso triunfal a su unidad de destino en lo universal sin necesidad de que se produzca ningún golpe de fuerza y ninguna ruptura de continuidad; para ello cuenta con el apoyo más o menos decidido de, al menos, una parte considerable de los socialfascistas que en la última etapa se han integrado en él y comparten su suerte. De esta forma, esos canallas buscan justificación a sus hazañas bélicas y financieras y podrían tratar de repetirlas e incrementarlas con un degüello y una rapiña mucho más general. ¿No asegura Felipe González que en España no ha habido guerra sucia durante su mandato porque los escuadrones que él comandaba no han llegado a asesinar a mansalva, como hicieron los escuadrones de la muerte en Argentina? El problema es que eso no se puede hacer todos los días en España, como en los años treinta y cuarenta. Tampoco podrían disponer de toda la cal viva que sería necesaria para hacer desaparecer, sin dejar rastro, a tantísimos torturados y asesinados. Esto sólo se puede hacer como desde entonces se ha hecho: poquito a poco, para mantener la tradición y que no se note demasiado.
En realidad éste es el reproche que les están haciendo sus compinches de los otros partidos y es por esa chapuza, que ha supuesto la guerra sucia de los GAL, por lo que están siendo juzgados. De lo que no cabe ninguna duda es de que con esos juicios farsa, la oligarquía española no pretende, como quiere dar a entender, reformar el aparato del Estado que ha cometido esas fechorías, sino mantenerlo y encubrirlo para que pueda seguir cometiéndolas. Por eso, los socialfascistas y sus compadres del PP todavía tienen la posibilidad de poner en práctica, a gran escala, sus habilidades de matarifes y de trincar todavía más de lo que ya han trincado. Ganas, desde luego, ya vemos que no les faltan. Pero una cosa es lo que los fascistas quisieran y están dispuestos a hacer una y mil veces, y otra muy distinta lo que pueden o intentan hacer sin arriesgar más de la cuenta. En esta contradicción existente entre sus deseos y necesidades, por una parte, y las posibilidades reales, de otra, es donde reside el meollo del asunto que estamos tratando.
El que quieran y no puedan no significa que no tiendan a ello, por las propias necesidades de sobreexplotación y de control policiaco sobre las masas que les exigen los monopolios y el capital financiero y porque los fascistas jamás dejarán de serlo por conveniencia y por su disposición. El mero hecho de que adopten una posición centrista unas veces y otras se muestren descaradamente ultraderechistas, así lo demuestra. Para ellos ésta es una cuestión táctica, que no modifica sus objetivos totalitarios absolutamente implacables con las necesidades, los derechos y la voluntad popular. Y para eso, para imponerse, tienen que modificar esa voluntad por medio del terrorismo físico, moral y psicológico. Sólo de esta manera pueden pretender mantener sometidas a las masas para exprimirlas hasta el tuétano y no permitirles ni respirar. Por estos motivos nosotros tenemos que desenmascararles y combatirles sin cesar teniendo en cuenta esa particularidad de su política a fin de impedir o dificultar sus maniobras de enmascaramiento, pero también para que no puedan escapar de la ratonera por la puerta trasera dando alaridos de gloria. De modo que, de la misma manera que les hemos ayudado a democratizarse, hemos de seguir ayudándoles para que se democraticen todavía más.
Hay que hacer notar también que el régimen ha tratado en todo momento de circunscribir al marco de su propia legalidad cualquier reforma o concesión política que se ha visto obligado a hacer al movimiento obrero y popular, esa legalidad hecha a la medida de los monopolios y de las actuaciones sin traba de las fuerzas represivas. ¿Qué fue la reforma, sino el resultado de un pasteleo, de un compromiso entre el viejo aparato burocrático-militar y la llamada oposición extramuros, que permitió meter a esta última dentro del sistema y legitimar con ello la continuidad del mismo con apenas unos cuantos retoques? De aquí arranca, como hemos explicado, la tragedia de todos ellos, pues es evidente que se han quedado sin alternativa dentro de su propio sistema y ya no la pueden recomponer.
¿Puede ser una alternativa el Anguita y su pandilla de lacayos y cretinos, que defienden a capa y espada la Constitución monárquico-fascista que le ha sido impuesta al pueblo de la manera que ya hemos visto? Tampoco nuestro Partido representa, aunque por motivos muy diferentes, una alternativa al régimen; no somos, nunca hemos sido ni podremos ser una alternativa, ni siquiera extrema, de este sistema. Somos una organización independiente que lucha contra el sistema capitalista, que se opone a él, pero no forma parte de él, que está fuera de él, siempre lo estará y combatirá hasta destruirlo.
Desde siempre nos hemos negado de manera clara y tajante, a entrar en ese juego indecente, anti-popular y antidemocrático que hurta al pueblo sus derechos y que supone una entera supeditación a los intereses y privilegios de la oligarquía y a su política de reformas. Y claro está, que siempre nos vamos a oponer y vamos a luchar para que cambie cuanto antes esta situación.
Conseguir en tales condiciones crear la organización política de la clase obrera y asegurar esa independencia en lucha abierta, frontal, contra el terrorismo de Estado y contra la confusión, la desmoralización y el miedo generalizado, contra las repetidas campañas de represión e intoxicación, no ha resultado una tarea fácil, y menos aún, como se podrá comprender, desde la orfandad en que nos hemos encontrado desde el principio, faltos de apoyos, de los medios necesarios y de experiencias. Pero nos pusimos manos a la obra sin vacilar, conscientes no sólo de las extraordinarias dificultades que habríamos de vencer, sino también de la necesidad e importancia de este trabajo, ya que sin crear antes la organización y sin prepararla en la lucha más decidida, resultaba ilusorio plantear cualquier proyecto emancipatorio y de transformación social.
Y esa organización la hemos creado siguiendo el proceso de todos conocido, lo cual supone un logro de enorme trascendencia ya que, entre otras cosas, ha venido a romper la tendencia entreguista, capituladora y de verdadera traición a la causa obrera y popular que han seguido los llamados partidos obreros, socialistas y comunistas durante muchas décadas en España. Esto permite también situar el desarrollo de la lucha de clases en su verdadera perspectiva histórica y en terreno firme, democrático.
Profundizar significa poner empeño en fortalecer y echar hondas raíces entre la clase obrera y afianzar aún más la organización del Partido dentro de ella, pues sólo de esta manera podemos estar en condiciones de levantar todo el edificio de nuestro movimiento. Esto no ha de suponer un activismo desmedido, que descuide lo más importante, como es el trabajo de organización y estudio, la planificación de toda la labor en los comités, células y núcleos del Partido, la elaboración de informes periódicos, la creación de círculos de lectura de nuestros materiales de propaganda, la elaboración de consignas para elevar el contenido político de la lucha y, claro está, todo ello sin perder de vista ni por un momento las necesidades y las luchas inmediatas de los trabajadores. A la vez que avanzamos en esta labor fundamental, tenemos que procurar llevar nuestra voz y nuestras proposiciones a otros sectores populares, a fin de lograr la unidad más estrecha posible y el combate común. Es así como debemos entender la extensión del trabajo.
La confianza y el apoyo que hemos ganado y un mayor entendimiento de nuestra línea política por parte de las masas supone una base importante y una garantía para el desarrollo futuro. Esa confianza y apoyo aparece particularmente clara entre la juventud rebelde y combativa que se aproxima al Partido en todos los lugares con un interés y un ansia enorme de aprender y de dar por la causa todo lo que tiene que, a decir verdad, no es poco; esto supone más, muchísimo más de lo que los capitalistas y sus esbirros pueden siquiera sospechar.
Habituados a medir a todo el mundo por su mismo rasero individualista, egoísta y cobarde, y a tratar a los jóvenes como una mercancía o como carne de cañón, la burguesía no sabe, y por este motivo le tiene que espantar, la enorme energía, la entrega e iniciativa de que son capaces de desplegar los jóvenes cuando encuentran un proyecto claro y a la organización capaz de dirigirlos. Esta es, realmente, la bomba de relojería, como algún avispado publicista la ha calificado, que tiene adosada el sistema a su costado, en su línea de flotación, y que habrá de estallar cuando menos lo esperen.
Ya hemos tratado en otras ocasiones del movimiento juvenil radical, de sus intereses vitales, de sus inquietudes, motivaciones y tendencias. También hemos anticipado algunas ideas y criterios para el trabajo del Partido dentro de dicho movimiento. El acierto de esos criterios lo estamos verificando en la práctica, con unos resultados que rebasan las mejores previsiones. Sin embargo, no debemos sobreestimar, como se ha hecho algunas veces, las potencialidades reales del movimiento juvenil; es decir, no debemos perder de vista en ningún momento sus limitaciones y carencias, el hecho de que, en su mayor parte, los jóvenes conforman un sector o capa social de la población muy heterogéneo que se halla, además, desligado en su mayor parte de la producción. Como tal sector, el movimiento juvenil, si bien puede crear grandes problemas al sistema y, llegado un momento, actuar como detonante o como elemento dinamizador de todo el movimiento popular, no puede, sin embargo, constituir en ningún caso la fuerza principal o motriz de la revolución. Este papel, y la correspondiente función dirigente corresponde a la clase obrera, la única clase de la sociedad burguesa que por su posición, por el lugar que ocupa en el proceso de la producción, por su número, conciencia política y su organización, está interesada y podrá ejercerlo en cuanto se creen todas las condiciones necesarias para ello. Nuestra misión consiste en coadyuvar a ese proceso, incorporando a los jóvenes más conscientes y combativos a esa labor, al tiempo que alentamos y orientamos al movimiento juvenil radical, ateniéndonos a sus necesidades y características, como parte destacada del movimiento de resistencia popular.
Los jóvenes, ya se sabe, suelen ser más desprendidos o generosos que los adultos, tienen la sangre más caliente, también tienen menos compromisos que cumplir y por ello pueden -y deben- arriesgar más, aparte de que es su futuro lo que está en juego. Pero va a ser la clase obrera, cuando los cientos de miles y millones de obreros paralicen la producción y se pongan en marcha arrastrando tras de sí a toda la población, a todos los explotados, desposeídos y oprimidos, los que, con su inmensa fuerza abrirán de par en par las puertas de ese futuro que el capitalismo nos niega a todos.
Sobre este particular no puede haber ni la menor sombra de duda entre nosotros. Es por este motivo por lo que tenemos que basar, ahora y siempre, toda nuestra labor en la clase obrera y hacer los máximos esfuerzos para atraerla, organizarla y dirigirla en la lucha. A esta labor, ya digo, los jóvenes pueden contribuir de muchas maneras, si son conscientes, y nosotros hemos de facilitárselo, pero eso no lo vamos a lograr haciéndoles concesiones ideológicas facilonas, halagándoles y engatusándoles. Los jóvenes no son tontos y se darían cuenta inmediatamente del engaño y nos volverían la espalda, como lo están haciendo con los partidos y organizaciones oportunistas que tratan de utilizarlos. A los jóvenes hay que hablarles claro y decirles siempre la verdad por más desagradable que ésta nos pueda parecer; seguro que nos comprenden.
Los jóvenes tienen la gran misión de aprender y prepararse bien para sucedernos a los que estamos ya un poquito cascados. Por nuestra parte también tenemos la obligación de aprender de ellos e incorporar al trabajo presente las ideas nuevas y los nuevos modos de que son portadores. Y todo esto hemos de hacerlo sin ponernos demasiado pesados, sin apabullar y sin tratar de comerles el coco. Su propia experiencia y nuestro comportamiento les irán enseñando a distinguir lo verdadero de lo falso, conduciéndoles, casi sin que se den cuenta, por el camino de la organización y la resistencia, puesto que, además, no podrán encontrar otro para solucionar sus cada vez mayores y más graves problemas.
Es indudable que resulta mucho mas fácil y agradable trabajar entre los jóvenes que entre los obreros ya maduros y con callos en el alma. También los resultados de esa labor suelen ser más inmediatos, pero no nos engañemos: por más que esos jóvenes puedan llegar a ser los obreros del futuro, jamás podrán sustituir a la clase obrera, a los obreros maduros y, en cualquier caso, ellos en el futuro habrán de actuar como tales obreros y no como jóvenes con intereses diferenciados, algo distintos de los de la clase obrera.
Por lo demás siempre habrá jóvenes y viejos ¿o no?. Aunque no siempre habrá obreros, como clase explotada. Quizás en el futuro ya no existirán esas diferencias debidas al sistema de explotación y todos podamos volver a ser adolescentes, como en la época del comunismo primitivo. Pero mientras exista el sistema de explotación y la división social del trabajo que ha generado las clases y sus luchas, eso no podrá suceder. De ahí que no debamos dejarnos llevar por esa corriente o inclinación que confía casi todo a lo que pueda hacer o dejar de hacer la juventud, a menos que declaremos clara y francamente que nuestro Partido, el PCE(r), es el partido de la juventud y no el partido de vanguardia de la clase obrera.
Repárese en que estoy hablando en términos de clase, o sea, que no me estoy refiriendo a un individuo ni a ningún grupo de personas. Y las clases no se traicionan a sí mismas, se ven obligadas a actuar como tales clases en la defensa de sus intereses cuando llega el momento, por más divididas, confundidas o desarticuladas que puedan estar en determinadas circunstancias o por más individuos que las hayan abandonado. Lo que no se puede esperar es que desaparezca la clase obrera sin que ello afecte en la misma medida a la burguesía, a la clase contraria, así como al sistema de explotación que las ha engendrado y procura su mantenimiento. A ese tipo de absurdo llegan los ideólogos burgueses en sus elucubraciones, destinadas a confundirnos y desarmarnos.
El proletariado de todos los países está obligado a combatir y combatirá de forma revolucionaria, consciente, como ya lo ha hecho otras veces, para resistir a la explotación, para derrocar a la burguesía y adueñarse del poder, y ya sabemos con qué rapidez maduran últimamente las condiciones en todas partes para los estallidos y la extensión de un movimiento que, aunque al comienzo se presente de forma espontánea, más tarde o más temprano habrá de ser organizado y conducido por la vanguardia comunista. Nuestro país no es una excepción a esta regla.
La clase obrera, no obstante los importantes progresos que hemos realizado, se puede considerar que en su inmensa mayoría se halla desorganizada, dividida y con escasa conciencia política. Este es el resultado de la labor de zapa que ha realizado durante muchos años el revisionismo y no en menor medida, de los desastres que éste ha provocado, pero esa misma experiencia y las condiciones de verdadera esclavitud que han conseguido imponerle de nuevo los capitalistas, obran a favor de una rápida toma de conciencia que habrá de redundar en el fortalecimiento de sus organizaciones combativas. Además, el instinto de clase, ese instinto que nunca falla, les dice a los obreros que más tarde o más temprano, en cuanto consigan reagrupar de nuevo sus fuerzas y disponerlas para el combate, habrán de lanzarse otra vez a la lucha decidida. Lo que no se puede esperar es que hagan esto en cualquier momento o circunstancia. La misma competencia y la división que crea el sistema entre ellos, particularmente en períodos de crisis económica, es uno de los factores que se lo impiden. De ahí que, en condiciones como éstas, sólo la labor de esclarecimiento y de organización del Partido puede ayudarles a resistir la ofensiva ultrarreaccionaria del capital y acelerar el proceso de toma de conciencia.
Esto es lo que estamos procurando nosotros en España, y debemos continuar haciéndolo, armándonos de coraje y poniendo en el empeño un poquito de paciencia. Para eso hemos llevado a cabo la campaña de rectificación de algunas concepciones y métodos de trabajo erróneos que nos impedían ver con suficiente claridad este importantísimo problema y nos separaban de las masas. Y es verdad que los obreros no nos están esperando en ninguna parte con los brazos abiertos, que somos nosotros los que tenemos que ir a ellos y ganar a pulso su confianza, pero malamente lo vamos a poder hacer si no tenemos las ideas claras a este respecto y por querer ir más deprisa comenzamos a desbarrar.
Sobre este particular se podrían añadir numerosas ideas y experiencias históricas. Mención expresa merece el texto Los cambios en la composición de la fuerza de trabajo, elaborado por el camarada R. Andreu, que hemos publicado por capítulos en Antorcha y que tan buena acogida ha tenido entre todos nosotros. Este texto ha de servirnos para el estudio de este importantísimo problema que se le plantea hoy día al movimiento obrero revolucionario. Sólo hay que hacerle una objeción, y es que no deja suficientemente clara la diferencia que existe y siempre ha existido, entre la aristocracia obrera, compuesta por una exigua minoría de obreros sobornados, y la gran masa del proletariado que no se beneficia en absoluto del imperialismo. Dentro de esta masa hay que incluir a los millones de obreros que forman el ejército industrial de reserva, los cuales no pueden ser confundidos con el lumpen, la capa más baja o ya desclasada. Este error de apreciación no quita mérito al trabajo que estoy comentando, y si lo señalo aquí es para evitar que se pueda incurrir en el error contrario que conduce a calificar a los obreros parados de larga duración y a los sectores marginados como la fuerza principal, perdiendo de vista a la gran masa del proletariado en activo y a las nuevas categorías de obreros y trabajadores asalariados, a los cuales deberemos apelar continuamente, convirtiendo esta apelación, como indicaba Lenin, en lo más esencial de la táctica del Partido.
Por lo demás, es comprensible que exista entre nosotros cierto grado de impaciencia por ver los resultados de ese trabajo tan duro y tan prolongado que estamos realizando. Lo malo es cuando la impaciencia se convierte en desesperación, ya que eso no nos deja ver con claridad y nos hace perder el camino.
Es preciso, pues, que en este campo tan importante de nuestra actividad mantengamos también firmemente el rumbo y perseveremos en un trabajo duro, ordenado y sistemático, profundizándolo y extendiéndolo hasta donde nos sea posible.
Otro campo importante en el que el Partido viene trabajando desde hace mucho tiempo es el que se refiere al movimiento nacional democrático. La política de nuestro Partido en relación a esta cuestión es bien conocida: defendemos y luchamos por el derecho de autodeterminación e independencia de Catalunya, Galicia y Euskal Herria y las apoyaremos si, finalmente, optan por romper los vínculos que les atan al Estado español para crear un Estado nacional aparte.
No es asunto que podamos decidir nosotros la forma de Estado y de régimen social que esos pueblos se quieran dar, pero abogamos y abogaremos siempre por la unidad de los obreros de todas las naciones y les prestaremos toda la ayuda que podamos en la lucha que mantienen contra su propia burguesía.
Algunos interpretan esta posición consecuentemente democrática e internacionalista, como una táctica destinada a crear una sucursal españolista del Partido en las nacionalidades; o sea, que nos consideran como unos competidores que buscan arrebatarles la clientela en su coto vedado. Su estrecha visión nacionalista no les permite ver otra cosa. Esto les lleva también a no comprender que apoyando a los movimientos independentistas democráticos, no les estamos haciendo ningún favor particular, sino que estamos favoreciendo al movimiento en su conjunto y, por tanto, también a nuestra clase, contribuyendo de esa forma al debilitamiento del enemigo común.
La causa de las naciones oprimidas por el Estado fascista e imperialista español es parte de nuestra propia causa y debemos continuar defendiéndola con todas nuestras fuerzas. Esto favorecerá la labor de los comunistas en aquellas nacionalidades, que podrán también unir sus fuerzas, organizarse como partido diferenciado e independiente de la burguesía y hacer causa común con todos nosotros. Para ello son necesarios una línea política general y un solo centro dirigente que abarque a todo el Estado. Este centro dirigente no sería castellano, gallego, catalán ni vasco; sino que estaría formado por los dirigentes comunistas reconocidos de todas y cada una de las nacionalidades. De suyo se desprende que, en el momento de seleccionar o elegir a los dirigentes de un partido u organización revolucionaria, lo que cuenta es su preparación y fidelidad a la causa, así como las verdaderas necesidades políticas y organizativas del movimiento, de manera que bien puede ocurrir que, llegado un momento, no sean los castellanos, sino los gallegos o los vascos los que lleven el mayor peso de la lucha y, por consiguiente, las riendas de la organización.
El problema, pues, no es de formas ni de siglas, sino que afecta al contenido, a la estrategia que debe orientar la lucha. No hace falta decir que las organizaciones comunistas en cada una de las nacionalidades, incluyendo a la castellana, en pie de absoluta igualdad con las otras, dispondrán de la más completa autonomía para aplicar la línea general en sus naciones, se dotarán de sus propios organismos de dirección, sus órganos de expresión, etc. Nosotros siempre hemos abogado por esta política y lo seguiremos haciendo. Lo que sucede es que no está resultando nada fácil crear la conciencia y la organización comunista en todas partes. Muchos pretendidos comunistas, en realidad no son sino nacionalistas. Otros muestran vacilaciones a la hora de plantearse el problema real de crear la organización clandestina y desarrollar una práctica revolucionaria consecuente, lo que inevitablemente les conduciría a tener que criticar y deslindar los campos con el nacionalismo. Mas esto resulta ya indispensable hacerlo si de verdad se quiere dejar de ir a la zaga del nacionalismo burgués y crear la organización política independiente de la clase obrera para la lucha por el socialismo y los derechos nacionales.
La burguesía ya tiene su derecho de explotación, más o menos nacionalizado. Los que no tienen ningún derecho son los obreros. Por eso sólo la clase obrera, el pueblo trabajador, representa y está realmente interesado en defender la libertad, los derechos y la identidad de su nación, y entre ellos, en primer lugar los comunistas, aunque no en la forma en que concibe la nación la burguesía, pues saben que la nación es una categoría histórica que algún día tendrá que desaparecer; de hecho, el desarrollo capitalista, y más aún la revolución, acelera este proceso que afecta, por demás, a todas y no sólo a unas cuantas naciones. Otra cosa es que se quiera hacer desaparecer a las más débiles por medio de la imposición y la explotación imperialista, en la que participa, sin lugar a dudas, su propia burguesía.
Sólo desde la voluntad libremente expresada o la independencia, el respeto, la colaboración sincera, la solidaridad y la ayuda mutua se puede avanzar y, ¿por qué no?, crear un nuevo proyecto de vida compartida que excluya la explotación y cualquier tipo de opresión. La clase obrera no tiene ningún interés egoísta, de explotación, que defender y, por lo mismo, tampoco puede estar interesada en la opresión de ningún pueblo o país, pues sabe que un pueblo que oprime a otro pueblo, no puede ser libre. Esta es la política y el espíritu que nos guía, muy lejos de cualquier pretensión de imponer nada a nadie. Claro que todo esto que estoy diciendo no pasaría de ser una frase si no se tradujera en acciones y hechos concretos. Y los hechos, la práctica, ha demostrado ya muchas veces que nosotros no somos personas sólo de palabras. Es lo que se ha podido comprobar siempre a lo largo de nuestra historia, en particular con el apoyo que hemos prestado a H.B.
Pues bien, ahora estamos dispuestos a llevar ese apoyo a la coalición independentista y a todo el Movimiento de Liberación Nacional Vasco mucho más lejos, recabando el voto de los trabajadores y la juventud cañera para sus candidaturas en las próximas elecciones. Todo el mundo conoce nuestra posición boicoteísta, contraria a participar en las mascaradas electorales que organiza el régimen. No obstante, hay que aclarar que nosotros no hacemos del boicot una cuestión de principios, y muchas veces hemos explicado que esa política, esa táctica, podría cambiar en determinadas condiciones, y ésta es una de ellas.
Considerando que HB ha convertido su participación en las instituciones en un frente importante de lucha y, toda vez que el Estado, el Gobierno y los partidos de la burguesía española se han puesto de acuerdo para excluirlos y aislarlos, con el objeto de tener las manos aún más libres para intensificar la represión, nuestro Partido y el conjunto del movimiento obrero y popular tienen el deber de apoyar a la coalición independentista vasca y de hacer todo lo que esté en su mano para detener estos nuevos planes terroristas del Estado español.
El que Herri Batasuna esté promoviendo una alianza o algo semejante con el PNV y otras fuerzas políticas de la gran burguesía vasca, no ha de llevarnos a regatearle ningún apoyo. Eso sí, hemos de dejar claro ante las masas que esa política de unidad no podrá conducir a ningún resultado satisfactorio, dado que lo único que busca el PNV es incrementar su clientela electoral y reforzar con ello sus lazos y componendas con el Gobierno de Madrid. Es claro a todas luces que el PNV sólo accedería a concertar un acuerdo con el MLNV bajo la condición de que éste abandone la lucha de resistencia, lo que, de llevarse a cabo, le conduciría inevitablemente a tener que supeditarse a los cambalacheos políticos y económicos de la gran burguesía vasca. Por ahí apuntan, tanto el PNV, como los demás partidos, especialmente el PP y el PSOE, para mantener la indisoluble unidad de la patria. En última instancia, cabe la certeza de que lo que buscan, como parte de su estrategia esencialmente represiva, no es otra cosa que dividir y debilitar al MLNV.
La salida, pues, del atolladero al que parece estar abocado el movimiento revolucionario de Euskal Herria, no creemos que puedan encontrarlo por esa vía, sino en el firme terreno de la unidad de todas las fuerzas que luchan contra el Estado capitalista, fascista e imperialista español. Esto implica, lógicamente, una revisión a fondo de la política que han seguido. No obstante, y aún teniendo en cuenta que dicha rectificación no habrá de producirse sino, en todo caso, después de nuevas y amargas experiencias, nosotros apoyamos y apoyaremos a las masas populares de Euskal Herria en sus justas demandas y en su enfrentamiento contra el Estado.
No hace falta comentar las consecuencias que se derivarían para todos si el Estado español llegase a conseguir en Euskal Herria lo que se propone con sus métodos bandidescos. Esto va a resultar un verdadero banco de pruebas para la política netamente fascista de los nuevos gerifaltes del régimen que, de tener éxito, tratarán de imponer en toda España y especialmente en las otras nacionalidades. Para este fin necesitan ampliar su base social en el País Vasco, pues no son suficientes los policías y picoletos que mantienen en pie su tinglado político, y restar fuerzas a las demás formaciones, aunque para ello tengan que meter en la cárcel, como están haciendo, a todos los que se oponen a sus propósitos avasalladores. Más tarde o al mismo tiempo, aprovechando el tirón, podrían intentar hacer otro tanto en Cataluña y Galicia. Pero lo más curioso del caso, lo más escandaloso, es que todo esto y mucho más lo están haciendo los peperos gracias a los apoyos parlamentarios que están recibiendo y a la colaboración activa del PNV, CIU y demás partidos nacionalistas de la gran burguesía financiera.
Esta es una contradicción que viene operando en la sociedad española desde hace mucho tiempo, y de la que las burguesías nacionales no podrán escapar, pues mientras que, por una parte necesitan utilizar al Estado para que defienda sus intereses frente a la clase obrera y otros sectores populares, y para eso contribuyen a reforzar todas sus leyes y aparatos represivos, por otra parte se ven también necesitadas de defenderse de la tendencia cada vez más centralista e integradora de ese mismo Estado, precio que esas burguesías no están dispuestas a pagar De ahí el conflicto casi permanente que las enfrenta, conflicto que, como ya vemos, tiene su origen y su fin en el reparto del botín.
Para ello, cada una de las burguesías nacionales, pero muy especialmente la castellana, apela a la clase obrera y a los sentimientos patrióticos, a la lengua y a la cultura, como coartada para encubrir sus intereses oligárquicos y llevar al enfrentamiento a unos pueblos contra otros. Esto es lo que están buscando de nuevo. Por eso no hay otra forma de frustrar los designios de la burguesía que la de trabajar pacientemente por el reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias y por su unidad combativa en base a los principios democráticos e internacionalistas.
El tiempo y la experiencia dirán hasta qué punto estamos equivocados en nuestras apreciaciones, pero, desde luego, de lo que no podemos dudar es de que los fachas van otra vez a por todas y a por todos, y que lo conseguirán si no se lo impedimos uniéndonos y enfrentándoles de la manera más resuelta y decidida. ¡Hay que parar a los fascistas del PP!, hay que impedirles que vuelvan a las andadas, apoyados esta vez por los socialfascistas del PSOE, que de esa manera tratarán de recuperar el terreno perdido.
Pues bien, la respuesta que hemos dado a esas proposiciones no ha podido ser más clara ni más rotunda: los militantes del PCE(r) no sólo no buscamos reinsertarnos, sino que hacemos todo lo posible por fortalecer la organización clandestina y el trabajo político ilegal. Esta es una posición invariable, de principio, de nuestro Partido, y debemos perseverar en ella, por cuanto de ello depende y dependerá siempre, mientras subsista el Estado capitalista, la realización de nuestros objetivos revolucionarios. Esto supone, como es lógico, en tanto no podamos imponer nuestra propia legalidad revolucionaria, el aprovechamiento de toda posibilidad o resquicio de trabajo en la legalidad del sistema. Bien es verdad que sobre estas posibilidades no podemos hacernos ningún tipo de ilusiones, debiendo, además, permanecer vigilantes frente a la represión y las infiltraciones que la mayor parte de las veces se producen por ese conducto.
El riesgo de ser infiltrada por la policía política es una constante que se le plantea a toda organización verdaderamente revolucionaria, pues sólo estas organizaciones son infiltradas, las demás, los partidos y sindicatos reformistas y revisionistas no lo son, puesto que, o bien están bajo la dirección de la burguesía y colaboran en todo con los represores, o no suponen ningún peligro para el sistema. Las organizaciones revolucionarias lo son, precisamente, porque, entre otras cosas, no se dejan controlar y mucho menos domesticar. De ahí nace para el Estado la necesidad de infiltrarlas para reprimirlas e impedir que se desarrollen y puedan desestabilizar el sistema. Otra cuestión es que lo consigan con la facilidad y la frecuencia que demanda la burguesía, ya que uno de los cometidos más importantes de los revolucionarios (su tarea más específica, se podría decir) consiste en saber defenderse de tales infiltraciones, del acoso y demás actuaciones de los cuerpos represivos, al objeto de poder llevar a cabo y preservar su trabajo político entre los trabajadores. Nosotros podríamos ofrecer numerosísimos testimonios de esa lucha que hemos mantenido, casi en solitario, a lo largo de todos estos años contra la policía política y la guardia civil.
El que de un tiempo a esta parte la plaga de la represión se haya extendido, hasta el punto de que, se puede asegurar, abarca ya amplísimos sectores de la población, especialmente a los colectivos de jóvenes que no tragan con el sistema y han decidido organizarse para luchar unidos contra él, demuestra, entre otras cosas, que ya no estamos tan solos en la lucha; que ha pasado el tiempo en el que el régimen podía llevar a cabo impunemente una represión selectiva, centrada principalmente en los independentistas vascos y los militantes de nuestro Partido y de los GRAPO. Obviamente, ha sido la extensión de la lucha contra el Estado fascista la que ha obligado a éste a extender también la represión contra el movimiento popular. El hecho de que hayan subsumido la legislación especial en los códigos ordinarios es una demostración más de esa escalada represiva, lo que supone legalizar los métodos de la guerra sucia y el terrorismo de Estado para que sean aplicados sin ninguna traba a toda la población.
Los militantes del Partido y otros activistas que realizan una labor de denuncia y propaganda contra el sistema y se esfuerzan al mismo tiempo por organizar la lucha de los trabajadores en los estrechísimos marcos que nos impone la legalidad burguesa, han de ser plenamente conscientes de que están expuestos al control y al acoso permanente y que si la policía política o la guardia civil no los detiene y encarcela, no es por su escrupuloso respeto de la ley, sino para tratar de utilizarlos en sus intentos de llegar al aparato clandestino del Partido. Conociendo este dato, lo demás ya se puede suponer: en la medida en que la policía fracasa en esos intentos procederán contra los militantes o activistas legales, acosándolos y haciéndoles la vida imposible para impedir que hagan su labor. El Estado siempre preferirán el mal menor que supone para él empujar a unos cuantos hombres y mujeres a la clandestinidad, a que éstos puedan organizar a las masas y contribuir desde la legalidad a crear un verdadero ejército político que acabe creándole muy serios problemas. Esta es la lógica del sistema y no puede tener otra.
La nuestra tiene que ser la contraria, es decir, hemos de procurar permanecer todo el tiempo que sea posible realizando un trabajo abierto entre las masas, hasta obligar al Estado, en todo caso, a quitarse la máscara democrática. De manera que si la policía o la guardia civil aún no te han detenido ni te han conducido al cuartelillo, es porque no consideran agotadas todas sus posibilidades represivas y puedes, querido (o querida) coleguilla, estar tranquilo, porque aunque los lleves encima a todas partes y te estén echando su hediondo aliento sobre la nuca, al menos en las próximas horas no irán a por tí. ¿Quiere eso decir que nunca te van a detener? Ni mucho menos. Eso lo harán con cualquier pretexto, o sin ninguno, en cuanto a ellos les convenga, bien para aterrorizarte, a tí y a los que te rodean o, en todos los casos, para impedirte llevar a cabo una labor política amplia y organizada o inducirte a que te desentiendas de todo, a que te dejes pisotear y aceptes ser tratado como un esclavo.
Así que, si quieres hacer algo serio, más tarde o más temprano tendrás que plantearte el paso a la clandestinidad. Pero esa decisión no se puede tomar únicamente por la presión de los sabuesos; debe ser un paso preparado con la suficiente antelación, de modo que te permita dejar bien establecidos todos los contactos, crear una base de apoyo que te sirva en el futuro, etc.
Las fuerzas represivas, al igual que la clase capitalista a la que prestan sus servicios, no son tan poderosas como aparentan, podemos estar seguros. Tampoco se encuentran en todas partes, y cuando están, se les ve, pues no son como el espíritu santo. Son ellos, los fascistas y polizontes, quienes se tienen que sentir acosados, acorralados y vigilados. Y para conseguirlo lo único que tenemos que hacer es relacionarnos con todo el mundo y confiar, por principio, en la gente: unirnos a todos los que se muestran dispuestos a hacer algo, por poco que sea, para la causa; abrirles nuestros corazones, fomentar la solidaridad, la ayuda y el apoyo mutuo; impedir, en una palabra, que el enemigo nos confunda y consiga elevar un muro de incomprensión y de recelo entre nosotros. Esta es la condición para que se sientan aislados y se descubran, puesto que los fascistas y sus esbirros jamás podrán respirar en ese ambiente combativo, de unidad y verdadera camaradería, y al final tendrán que mostrarse como lo que son: unos indeseables.
Aún así tenemos que admitir que no resulta nada sencillo para nosotros realizar un trabajo político amplio, de propaganda y organización, entre los trabajadores, aunque sólo sea por los impedimentos, el acoso, las detenciones, las amenazas, los chantajes, etc., que tenemos que enfrentar todos los días. También hay que reconocer que el activismo desenfrenado a que son tan propensos algunos militantes y la ausencia de planteamientos políticos se destaca como otra de las principales trabas que impiden avanzar. Y vamos... que esto suceda con personas jóvenes que acaban de incorporarse al movimiento y que carecen de experiencia se puede considerar como algo normal, que el tiempo y la práctica irán corrigiendo, pero que sean comunistas ya maduros y bregados, con muchos años de militancia, los que se deslicen una y otra vez por la rampa del activismo ciego y actúen de manera más propia de artesanos con mentalidad estrecha, eso es algo que no podemos admitir, entre otras razones, por el relajamiento y los malos hábitos que crea a su alrededor.
Ese relajamiento y la consiguiente desorganización son, a no dudarlo, lo que permite a los sabuesos meter sus puercas narices en todas partes sin que nada ni nadie pueda evitarlo y sin que muchas veces nos apercibamos siquiera de ello. Si esto es así, ¿puede resultar extraño que se genere ese clima de desconfianza y esa psicosis que tanto favorece la actuación de los provocadores? Ese clima y esa psicosis tenemos que combatirlos hasta lograr que desaparezcan de nuestras filas, de lo contrario acabarán por inundarlo todo hasta paralizarnos.
Esto lo vamos a conseguir con la organización y el trabajo político serio y ordenado, persistente y planificado, un trabajo que tenga en cuenta, no sólo las necesidades e intereses inmediatos, sino también, y sobre todo, los intereses fundamentales y los objetivos últimos del movimiento. Si obramos de esa manera, seguramente no vamos a poder impedir el trabajo sucio de la policía, pues para eso está y para eso les pagan, pero sí lograremos limitar el daño que puedan causar e incluso que se vuelva en contra de ellos sin que transcurra mucho tiempo.
La policía, lo volvemos a repetir, no es todopoderosa, y la experiencia de más de 25 años de lucha de nuestro movimiento así lo ha demostrado. Claro que eso no hubiera sido posible sin la existencia de la organización clandestina del Partido. Sobre este particular habrá que decir también algunas cosas.
De más está decir que el movimiento de las grandes masas no puede ser clandestino. Por otra parte nos encontramos con que no todas las personas que militan o llevan a cabo un trabajo político, de propaganda y organización, pueden ni están preparadas para pasar a la clande. Esto lo hemos explicado ya muchas veces. No obstante, el incremento de la represión y su extensión a amplios sectores, como hemos visto, lleva a un número cada vez mayor de activistas, principalmente entre la juventud, a plantearse este problema y de hecho, muy frecuentemente vemos aparecer algunos escritos que recogen ideas, normas y propuestas que apuntan en ese sentido. Esto supone un síntoma de lo más prometedor, y somos los primeros y los más interesados en celebrarlo.
Hay que dar por sentado que los autores de esos escritos, así como las personas a las que van destinados, están igualmente dispuestos a poner en práctica sus ideas y recomendaciones, y nuestro deber consiste en estimularlos para que lo hagan. Sin embargo, existen motivos fundados para albergar algunas dudas respecto a si esas mismas personas son realmente conscientes del verdadero alcance y de la eficacia de las medidas y métodos que proponen, ya que éstos, al carecer de una base de orientación política e ideológica, de planteamientos políticos revolucionarios y de una verdadera organización clandestina que los impulse y respalde, en la práctica se acaban convirtiendo en un juego, cuando no provocan una clandestinitis aguda, estéril y paralizante, con lo que se consigue únicamente alimentar esa psicosis colectiva de la que ya hemos hablado.
Esas medidas de seguridad que se proponen para que sean aplicadas en la legalidad no lograrán nunca los resultados deseados, y si bien es cierto que suelen crear un ambientillo impiden en todos los casos la realización de un trabajo amplio, más o menos abierto, y el que se puedan dar pasos efectivos en el terreno de la organización. De aquí, claro está, no se puede deducir que no se deban aplicar algunos métodos y normas que preserven el trabajo de las miradas indiscretas y demás. Lo que queremos es hacer comprender que todo lo relacionado con este asunto se debe tomar mucho más en serio y no jugar con ello a los conspiradores. Lenin decía que el único principio de organización serio al que deben atenerse los dirigentes de nuestro movimiento debe ser el siguiente: la más severa discreción conspirativa, la más rigurosa selección de los afiliados y la preparación de revolucionarios profesionales.
Ante todo hay que resaltar que para burlar las pesquisas policiales se precisa de una verdadera organización revolucionaria formada por auténticos profesionales, bien preparados en los aspectos teóricos y prácticos y que sepan realizar su trabajo; es decir, una organización que actúe guiada por una teoría revolucionaria y en la persecución de unos objetivos políticos de clase. Esta organización, naturalmente, sólo podrá fortalecerse y desarrollar su actividad desde la clandestinidad y en estrecha relación con las masas, lo que exige, entre otras cosas, aplicar determinados métodos de funcionamiento y normas de seguridad que le permitan defenderse de los golpes de la reacción y preservar al mismo tiempo su trabajo. De esto se trata, precisamente, de proseguir este trabajo, incorporando a él a todos los que de verdad están dispuestos a hacerlo.
Al comienzo, algunos interpretaron erróneamente el planteamiento de esta campaña creyendo que iba dirigida a corregir sustancialmente nuestra línea de resistencia; otros la entendieron en el sentido de una mayor bolchevización del Partido, es decir, de una mayor disciplina, centralización, etc., de la Organización. No entendieron que la crítica al subjetivismo que hemos padecido no apuntaba en ninguna de esas direcciones, ni afectaba al contenido esencial de nuestra línea política, sino al ritmo de su aplicación, al objeto de conseguir que esa misma línea sea asumida y aplicada de manera consciente, organizada, por sectores cada vez más amplios de trabajadores y de obreros avanzados.
Para ello tenemos que ser pacientes y perseverar en nuestra labor, evitando al mismo tiempo las precipitaciones a la hora de conceder el título de militante del Partido. Estas dos cuestiones, el trabajo para elevar la conciencia política de las masas y lograr un mayor desarrollo orgánico del Partido, están estrechamente relacionadas, de modo que no podremos avanzar en un terreno sin dar importantes pasos en el otro. Esta relación se va comprendiendo cada día mejor, y la prueba de que es así la tenemos en el incremento de la influencia del Partido, la extensión de nuestra labor de propaganda y la consolidación de la Organización. También se ha podido comprobar este avance en la participación de los militantes y simpatizantes en la campaña de crítica y en la lucha ideológica.
Por cierto, que no todos los problemas han sido aclarados y resueltos. Todavía quedan algunas ideas confusas respecto a los métodos de trabajo y de pensamiento, sobre el vínculo que debe establecerse entre la teoría, las ideas y planes revolucionarios y la práctica. No se acaba de comprender entre nosotros lo que hemos denominado como el método de aproximación que exige no sólo fijar las metas u objetivos, sino también buscar las vías y las formas que nos van a permitir llegar a ellas. Todavía hay camaradas que confunden la firmeza revolucionaria con la cerrazón, camaradas que no comprenden que para llevar a cabo una tarea no basta con impartir una orden o una directriz, que para eso hace falta, además, estudiar en la práctica los problemas, establecer un plan concreto de trabajo en base a ese estudio y procurar los medios que nos van a permitir resolverlos.
Algunos camaradas todavía no comprenden la función de la crítica y la autocrítica como método para resolver los problemas y las contradicciones que surgen en el Partido y como principio de dirección. Hemos criticado el subjetivismo, pero no hemos insistido bastante en señalar que la causa de éste reside, en la mayor parte de los casos, en el voluntarismo que prescinde de la organización, en la falta de preparación de los militantes y la inmadurez política. Esta es la razón de que no sólo no se comprendan las críticas, sino de que se tomen frecuentemente en sentido personal, impropio de verdaderos comunistas. Esta actitud respecto a las críticas habrá que corregirla, puesto que lo más dañino no consiste en el error en sí, sino en la incapacidad de reconocerlo y corregirlo. Lenin decía que inteligente no es aquél que no comete errores, dado que hombres que no cometen errores no existen ni pueden existir. Inteligente es aquél que comete errores que no son muy graves y que sabe corregirlos con rapidez y de forma acertada.
Los problemas y las contradicciones nunca se acabarán para nosotros. Esto debe ser tenido muy en cuenta. Precisamente, el Partido Comunista no es más que el instrumento de la revolución proletaria del que se sirve la clase obrera para resolver los problemas que se le presentan en su lucha contra la burguesía. Esta lucha se refleja de distinta manera y con distintos grados de intensidad, según los momentos, dentro del propio Partido. De ahí que aún no hayamos acabado de resolver unos problemas, cuando ya aparecen otros. Es de esta forma como se opera el avance o el desarrollo. El día en que no tengamos problemas y contradicciones sociales ni políticas que resolver, ese día, el Partido dejará de ser necesario y se extinguirá, pero ésa es una perspectiva muy lejana. Mientras tanto debemos continuar fortaleciendo el Partido, ligándolo a las masas y fomentando en su seno la lucha ideológica activa. También habremos de llevar a cabo, siempre que la situación lo requiera, nuevas campañas de rectificación. Todo esto hay que hacerlo evitando en todos los casos quedar empantanados.
La lucha ideológica ha de redundar de manera inmediata en el mejoramiento de toda nuestra labor, tomando para ello todas las medidas que sean necesarias. Esto no quiere decir que debamos forzar a ningún camarada a reconocer ningún error real o supuesto, nada que no hayan comprendido o no estén dispuestos a reconocer y a rectificar voluntariamente. No hay que acosar a esos camaradas, tenemos que dejarles una salida y darles tiempo para que recapaciten y reconsideren su posición o para que la práctica pueda enseñarles. Esto les exige también a ellos aplicar los acuerdos y las resoluciones de la mayoría. Lo que no podemos permitir, en ninguna circunstancia, es que continúen haciendo las cosas a su manera, por más que se sientan heridos en su fuero interno y por mucha buena voluntad que estemos dispuestos a reconocerles. Y no lo podemos permitir, apenas hace falta decirlo, porque eso atenta contra el funcionamiento y la misma existencia del Partido.
Durante la campaña, hemos insistido en que no existía entre nosotros ninguna pugna en base a distintas concepciones o tendencias políticas y esto continúa siendo cierto: la unidad política e ideológica del Partido, su cohesión en base a la línea de resistencia antifascista y antiimperialista, son absolutas; esa unidad y cohesión internas han sido probadas ya muchas veces. Ahora bien, de aquí no podemos deducir que no exista el riesgo de una polarización si no reconocemos la verdadera naturaleza de algunos problemas individuales y de funcionamiento o no acertamos a darles un justo tratamiento, ya que muchas de esas cuestiones suelen encubrir otras mucho más importantes. Esto es particularmente cierto en las manifestaciones reiteradas de personalismo que hemos criticado.
Los personalistas, ya se sabe, se muestran a veces muy activos y toman decisiones a la ligera, ignorando las normas de funcionamiento colectivo y las experiencias que ya hemos acumulado. También se muestran a veces muy críticos, sobre todo cuando se trata de poner en solfa los errores o las deficiencias del trabajo de los demás. Claro que no les vamos a reprochar por ese motivo. Lo que tenemos que pedir a esos camaradas es que tengan en cuenta también, de vez en cuando, las ideas, las iniciativas y las críticas de los demás, especialmente aquellas sugerencias que les llaman a integrar, en una labor única, colectiva, las opiniones, la labor y los esfuerzos de todos los militantes. Si obraran de esa manera, es seguro que no estarían tan preocupados por poner siempre por delante, en el primer plano, su trabajo; no se tomarían cualquier objeción que se les pueda hacer a ese trabajo como un cuestionamiento a su capacidad personal y seguramente acabarían por comprender que en el Partido, tanto los errores como los aciertos son, ante todo, errores y aciertos del conjunto de la organización, del colectivo.
Esto no ha de entenderse como una llamada a la dejación de la responsabilidad que, en la realización del trabajo, nos corresponde a cada uno. Se trata, precisamente, de estimular, como siempre lo hemos hecho, esa responsabilidad individual y articularla de manera que se combine adecuadamente con la labor colectiva, de forma que ambas se vean reforzadas en la realización de unas mismas tareas generales. No se producirá contradicción entre una y otra labor si sabemos situar cada una en el ámbito que les es propio, considerando en todos los casos el trabajo colectivo como la labor más importante, verdaderamente decisiva.
Esas actitudes personalistas, muy proclives al izquierdismo, están mucho más arraigadas entre nosotros de lo que podíamos suponer al principio y nos han creado algunos problemas. También es verdad que algunas veces se amparan en los errores o desviaciones de tipo derechista que se puedan cometer e incluso los utilizan para afianzarse. El izquierdismo y el derechismo, ya lo hizo notar Lenin, tienen una raíz común, la raíz del espontaneísmo, de la desorganización y, como se complementan y apoyan mutuamente, resulta difícil combatirlos. No obstante hemos de tener en cuenta en cada momento o encrucijada de la lucha de clases, cual de esas dos corrientes representa el peligro principal para el Partido, distinguiéndolas claramente una de la otra a fin de que no puedan confundirnos a pesar de su vínculo o identidad común.
Por lo demás, el que se manifiesten estos problemas no es malo; al contrario, demuestra la vitalidad del Partido, y de hecho nos fortalece. La lucha ideológica y la confrontación de ideas, la práctica de la crítica y de la autocrítica políticas, son el principal método para resolver las contradicciones que surgen, de manera inevitable, dentro del Partido, y constituyen uno de los principales motores para promover su desarrollo, ya que nos permiten aclarar mejor las ideas y reforzar la disciplina partidista. También nos permiten vincularnos más a las masas, al tiempo que mejoramos nuestro trabajo y aprendemos de ellas. Este es el balance provisional que podemos ofrecer de esta auténtica batalla que hemos librado dentro de nuestra propia Organización.
A mí me parece que lo que he señalado anteriormente tiene mucho que ver con la cuestión del estilo de trabajo que ha de distinguir a todo verdadero militante comunista. Quizás no exista entre nosotros una idea muy clara a este respecto, y por este motivo lo confundimos frecuentemente con los métodos de trabajo. Y qué duda cabe que el problema de los métodos y el estilo están estrechamente relacionados, pero no son la misma cosa. Entre ellos existe una diferencia conceptual y también práctica.
Sabemos, porque se ha explicado muchas veces, que un buen método de trabajo, el método marxista-leninista, es el que relaciona la teoría con la práctica, las palabras con los hechos, combinando el espíritu revolucionario vivo, intrépido, de entrega desinteresada a la causa, con el sentido práctico: ser rojo y experto, por ese orden. Pero del estilo, poco o nada se habla. ¿Qué será, en qué consiste ese estilo? ¿acaso estamos obligados a hacer la pose o a pavonear a cada rato, como esos actores norteamericanos, héroes de pacotilla, que ganan ellos solitos, sin el menor esfuerzo, todas las batallas y que, además, resultan ser también los más guapos? ¿o debemos dárnoslas de listos y utilizar una jerga burocrática y expresiones alambicadas, ininteligibles para las masas, para poner de manifiesto nuestra superioridad intelectual respecto a ellas?
No hace falta decir que nada de esto sucede en el Partido, pero nadie podrá negar que lo que acabo de referir constituye todo un estilo, el estilo de los fascistas, de los prepotentes, de los individualistas. Y nosotros, comunistas, tenemos que distinguirnos siempre de forma muy clara, y no importa las circunstancias ni el lugar donde nos encontremos, de toda esa gentuza, conscientes de que son las masas populares, los cientos de miles y millones de trabajadores y trabajadoras anónimos, los verdaderos héroes y los que, al fin y al cabo, hacen la historia.
Esta consciencia ha de llevarnos a ser prudentes y modestos, a no precipitarnos en los juicios y a trabajar duro y ordenadamente; ha de llevarnos también a no menospreciar la opinión de las masas ni las críticas que nos puedan hacer; a responderlas adecuadamente, con razonamientos, y a reconocer si tienen razón en lo que dicen, rectificando nuestra propia opinión, ya que en ningún lugar está escrito que el Partido y sus militantes están vacunados contra los errores o que nunca pueden equivocarse. Ser francos y sinceros con los trabajadores y no aparentar ante ellos que lo sabemos todo, sino, al contrario, interesarnos por lo que no conocemos y por todo aquello que nos pueden enseñar, lo que, aparte de aumentar nuestros conocimientos, nos permitirá establecer unas relaciones justas, que facilitarán en todos los casos el entendimiento. Esto no puede significar el abandono de nuestras responsabilidades o del papel que nos corresponde, debiendo estar en todo momento dispuestos a ser los primeros en el esfuerzo, los riesgos o los sacrificios y los últimos a la hora del reparto de los aplausos o los reconocimientos.
Muchas veces se ha insistido entre nosotros sobre la necesidad de mantenernos ligados a los trabajadores por los lazos más estrechos; de que debemos procurar trabajar entre ellos y vivir de forma sencilla, predicando, ante todo, con el ejemplo. Esta es la norma de conducta que mejor define nuestro estilo de trabajo y hemos de esforzarnos para llevarla a la práctica. Sabemos que eso no resulta fácil, debido, principalmente, a la represión. Pero también están las diversas tentaciones que nos pone delante el sistema para que nos relajemos y adoptemos formas de vida y de comportamiento, pretendidamente de izquierda y hasta revolucionarias, que en realidad sólo imitan a las de la burguesía. Es cierto, como acabo de decir, que no resulta fácil sustraerse a esas tentaciones que están en el ambiente, pero tenemos que procurarlo siempre que podamos. Lo que desde luego no puede suceder es que nosotros contribuyamos a ello, olvidando nuestra condición de militantes comunistas.
No se trata de ir de aguafiestas a todas partes, ni de nada que se le parezca, pues también nosotros necesitamos, como el que más, compartir alegrías. Las penas, ya se sabe, vienen solas. La cuestión consiste en que no podemos, en ningún momento, perder la cabeza, hasta el punto de dejarnos arrastrar por la corriente festiva, lúdica, y la francachela casi permanente que fomenta el sistema para atontar a la gente y hacerles olvidar sus graves problemas. En este campo tenemos una importante batalla que librar: no perder de vista que la mejor fiesta de la clase obrera es la lucha contra el capital, y que todo lo que desvíe nuestra atención y nuestras energías de ese tipo de festejos debe ser rechazado como contrario a nuestros intereses de clase y a nuestra cultura combativa. ¿Qué mayor alegría o compensación podemos recibir por nuestros esfuerzos y desvelos que sentirnos unidos y hermanados en la lucha para acabar con el sistema que nos esclaviza?
En conclusión, camaradas, y para resumir al máximo mi informe, cabe decir que nos hallamos en un momento histórico caracterizado por la entrada del capitalismo en una nueva fase de su crisis general, agónica. Esta crisis ha generado una situación realmente explosiva, que está agravando todas las contradicciones del propio sistema, en particular la que enfrenta a los grupos monopolistas y a los Estados, los cuales se están preparando para llevar a cabo una nueva guerra imperialista de rapiña. Esta guerra, así como la bancarrota y todas las demás consecuencias que se derivan de la crisis, hacen que resurja de nuevo con fuerza el movimiento revolucionario en todos los países y crean condiciones favorables para el triunfo de la revolución.
Esa situación general se manifiesta en España imponiendo límites a los planes económicos imperialistas de la oligarquía financiera y agravando todas las contradicciones que se dan en su seno, pero particularmente la que les enfrenta a la clase obrera, a los pueblos de las nacionalidades oprimidas por el Estado y a otros sectores explotados y oprimidos de la población. Este es el principal motivo que les impide superar la crisis política en la que está sumido el régimen, y de la que sólo podrían intentar salir, en todo caso, haciendo concesiones políticas reales, verdaderamente democráticas, al movimiento obrero y popular que está tomando fuerzas de nuevo y se radicaliza, y eso a pesar de la represión que sufre y de que se sigan notando todavía en su seno los efectos de la resaca de las ilusiones reformistas y de la crisis que afecta al movimiento comunista internacional. Sin embargo, esta situación es transitoria, y de hecho está cambiando con notable celeridad.
Lo que importa destacar ahora es que en tales condiciones, la lucha por los derechos y libertades democráticas fundamentales, como la libertad de expresión, reunión y manifestación, el derecho de huelga, el derecho a la autodeterminación, la amnistía general para los presos y exiliados políticos, y la labor destinada a reagrupar, unir y organizar cada día mejor a todas las fuerzas que tienen intereses comunes y que se oponen de alguna manera al sistema, se destacan como los objetivos y tareas prioritarias de nuestro Partido.
De acuerdo con esto, es preciso dejar bien claro también, para evitar todo posible equívoco o utilización oportunista de esa lucha, que el Estado fascista e imperialista español no podrá asumir jamás, o en todo caso lo hará por un corto período, ni una sola de esas reivindicaciones, demandas y conquistas obreras y democráticas, ya que resultan incompatibles y atentan contra la propia naturaleza esencialmente monopolista, imperialista, militarista, profundamente reaccionaria, del Estado español. De todas formas, nuestro movimiento de resistencia no va a hacer a los capitalistas y a sus cabos de vara ninguna concesión ideológica, política u organizativa que pueda suponer un debilitamiento del propio movimiento o una renuncia a ninguno de sus objetivos, y va a continuar luchando por ellos hasta conseguirlos, empleando todos los procedimientos y todas las formas de lucha a su alcance, sin atarse las manos con ninguna de ellas.
De lo que no podemos dudar es de que en la etapa que culmina con este Congreso, el Partido se ha consolidado y que ahora nos encontramos en mejores condiciones para proseguir por el camino emprendido cumpliendo con nuestro cometido. Nuestra influencia crece, se estrechan nuestros vínculos con las masas, y todo esto habrá de plantearnos también nuevas exigencias y responsabilidades. Lo principal consiste ahora en no ceder ni un palmo del terreno que hemos conquistado al enemigo al precio de enormes sacrificios, lejos de eso, tenemos que profundizarlo y extenderlo en la medida que podamos, aprovechando todas las posibilidades y manteniendo el rumbo que ya hemos trazado.
No vamos a negar los peligros que se pueden derivar de esa situación y de la línea de actuación que hemos planteado, peligros ante los que habrá que mantenerse alerta. Ya me he referido a ellos, cuando comenté la doble táctica que emplea la burguesía y su Estado para doblegarnos y liquidar al Partido. Pues bien, no podemos dudar de que esa doble táctica la van a seguir utilizando, es decir, van a continuar combinando el garrote y la zanahoria, haciendo pasar uno o la otra al primer plano según les convenga. Del garrote ya sabemos defendernos; también hemos aprendido bastante en el arte de esquivar las balas almibaradas que dispara contra nosotros el enemigo, pero no se puede asegurar que estemos vacunados contra la tendencia reformista o derechista que en determinados momentos puede tratar de sentar plaza en el Partido. Este riesgo existe, y no debemos subestimarlo, por lo que hemos de estar prevenidos contra él y combatirlo en cuanto surja, con tanta o mayor energía que la que estamos empleando frente a la tendencia izquierdista.
Lo que no vamos a consentir nunca es que sean los capitalistas y sus polizontes quienes nos enmienden la plana y nos impongan sus candidatos para que puedan guiarnos por el buen camino. Esto no lo han conseguido ni lo van a poder conseguir si nos mantenemos firmes en nuestras posiciones de principios y sabemos defenderlas. Para eso estamos también aquí, de manera que sólo me falta desear a todos y todas un buen trabajo.