PARTIDO Y MOVIMIENTO

Recopilación de textos de M.P.M. (Arenas)
Segunda edición, mayo de 1997

Sumario:

— ¿A dónde ir, qué camino debemos tomar?

— Una nueva desarticulación
— Partido y movimiento
— La voluntad sólo no basta

— Reorganizar el Partido
— El problema más urgente
— Sobre el funcionamiento y la seguridad

— Sobre la organización del Partido

— La seguridad

— El funcionamiento y la organización clandestina

— Sobre la disciplina de Partido

— ¡Imaginación, audacia, iniciativa!

— La base y el funcionamiento del Partido
— La planificación del trabajo práctico

— Delimitar las responsabilidades y tareas dentro de la dirección
— Sobre el método de discusión dentro del Partido
— Sobre la organización clandestina y su relación con el trabajo de masas
— Sobre el funcionamiento de las comisiones del Comité Central
— Sobre los dirigentes del Partido y el estilo de trabajo

— Algo más que una cuestión de métodos

— A todos los camaradas de la Comuna Carlos Marx
(Nota de la dirección del Partido)

— A los camaradas de la Comuna Carlos Marx
Carta de M.P.M. (Arenas)

— Fortalecer y extender el Partido

— Actas del Pleno del Comité Central
(setiembre de 1990)

— Ante una nueva etapa

— Un paso atrás, dos pasos adelante

¿A dónde ir, qué camino debemos tomar?

No me propongo hacer aquí una historia de la lucha de estos últimos años en la que el Partido ha tomado parte -cosa, por demás, ya realizada en otro trabajo de reciente publicación- pero sí conviene que nos detengamos en algunas circunstancias y hechos especialmente reveladores que han supuesto, sin ningún género de dudas, un banco de pruebas para el Partido, para su línea política, para su dirección y para todos y cada uno de sus militantes.

Comencemos por describir a grandes rasgos la situación creada en España a las pocas semanas del Congreso Reconstitutivo del Partido. Se recordará que el país había entrado de lleno en una fase de máxima agudización de las tensiones sociales y de la lucha de clases, cosa que ya veníamos anunciando con bastante antelación desde la OMLE, haciendo al mismo tiempo llamamientos a prepararse para la lucha. Pues bien, se puede decir que, tras la histórica jornada del 1º de octubre del 75, se vinieron abajo los últimos intentos de la oligarquía española destinados a mantener intacto para después de la muerte de Franco el régimen creado por él. Este régimen no sólo no era ya capaz de contener con los viejos métodos fascistas las grandes oleadas de la lucha obrera y popular, sino que, además, se mostraba muy vulnerable a los ataques de la guerrilla, tal como vinieron a poner de manifiesto las acciones del 1º de octubre en Madrid. Acosado por todas partes, corroído por sus propias contradicciones internas, con la perspectiva de una mayor agravación de la crisis económica y con un fuerte movimiento huelguístico de tipo revolucionario respaldado por la lucha armada guerrillera, la política aperturista preconizada por Arias Navarro se vino abajo como un castillo de naipes.

El régimen estaba herido de muerte, pero no había sido liquidado: aún contaba con fuerzas y recursos suficientes para mantenerse y poder maniobrar. Por otro lado, no podemos perder de vista el hecho evidente de la debilidad de las fuerzas revolucionarias organizadas, lo que nos impidió sacar mayor partido a aquella coyuntura política favorable. Esta limitación del movimiento revolucionario se debía, en parte, a la ausencia del Partido y, en no menor medida, a la labor de zapa y confusión realizada por el revisionismo carrillista en las filas obreras durante los años anteriores, pero particularmente en aquellos precisos momentos, cuando viendo la crisis y la bancarrota declarada del sistema no dudó ni un instante en acudir en su auxilio, pisoteando incluso hasta su propio programa rupturista. Bien merecido que se tenía el señor Carrillo y su banda de mafiosos y estafadores políticos la entrada en la legalidad que poco más tarde les sería concedida.

Lo que interesa destacar aquí es que ninguno de estos acontecimientos nos pilló desprevenidos, y que gracias a nuestra visión, gracias a nuestra justa apreciación de los acontecimientos políticos que venían sucediéndose con una velocidad vertiginosa, pudimos trazar una línea de actuación que nos fue situando poco a poco al frente de las luchas obreras y populares.

Lo primero que planteamos es la celebración del Congreso Reconstitutivo del Partido. La creación de un partido obrero y revolucionario, marxista-leninista, con una línea clara de actuación y un aparato político probados, fue el objetivo que nos habíamos fijado y por el que veníamos trabajando desde hacía más de 7 años. Las condiciones creadas en España y los progresos realizados en nuestro trabajo encaminado a aquel fin nos llevaron a plantear en el orden del día, como una tarea inmediata, la celebración del Congreso. Dadas las circunstancias políticas, y considerando el estado de nuestras fuerzas, el grado de organización y la cohesión ideológica alcanzada, la realización de esta importantísima tarea no podía ser postergada por más tiempo. Y el Congreso tuvo lugar en medio de la más enconada lucha de clases habida en España desde que terminó la guerra civil.

En las tesis y resoluciones del Congreso no nos vamos a detener por ser de sobra conocidas y porque nos apartaría demasiado de nuestro propósito. Bástenos recordar que en las tesis aprobadas se define el capitalismo español como un sistema monopolista de estado, y al Estado mismo, a la forma de dominación política de la oligarquía financiera española, como un régimen fascista e imperialista. Estos rasgos esenciales determinan el carácter socialista de nuestra revolución. La falta de libertades auténticamente democráticas y el control policíaco que ejerce la oligarquía sobre la clase obrera y los pueblos de España imposibilitan una acumulación de fuerzas revolucionarias a través de los procedimientos pacíficos y legales de lucha. Estas condiciones van a determinar, están determinando ya, un proceso lento y prolongado de la lucha, cuyos máximos exponentes van a ser la resistencia política activa de las grandes masas a las medidas de sobreexplotación y a la opresión de los monopolios y a la lucha armada guerrillera popular. En este proceso de lucha prolongada, el campo de las fuerzas progresistas y revolucionarias, por una parte, y el de las fuerzas fascistas y reaccionarias, por otra, se irán delimitando cada vez más claramente. Los obreros y otros amplios sectores de la población podrán ir aprendiendo a distinguir a sus amigos de los que no lo son, irán acumulando fuerzas y experiencias y preparándose cada día mejor para librar los combates decisivos, encaminados a demoler la vieja máquina política y económica del capitalismo y edificar el nuevo poder. Sólo entonces se podrá afirmar que comienza en España la nueva era del socialismo. Pero, hasta que llegue ese momento, la lucha de clases va a ser larga y muy enconada y deberá atravesar por distintas fases.

El Programa político del Partido para todo ese período fue definido en el I Congreso del Partido y recoge, en resumen, los siguientes puntos: Gobierno Provisional Democrático Revolucionario, formación de Consejos Obreros y Populares y armamento del pueblo; total demolición de la máquina burocrático-militar fascistaómonopolista; nacionalización de los medios fundamentales de producción; libertades políticas y sindicales para las masas obreras y populares; mejoramiento de sus condiciones de trabajo y de vida; derecho a la autodeterminación de las nacionalidades catalana, vasca y gallega; anulación de los tratados militares imperialistas, desmantelamiento de las bases extranjeras de nuestro territorio, política exterior de paz y no alineamiento.

En cuanto a las fases que deberá atravesar necesariamente nuestra revolución, debe quedar claro que no vienen determinadas por la necesidad de superar una formación económico-social (la etapa de la revolución democrática-burguesa), sino que son impuestas por la misma dinámica interna de la lucha, por la correlación de fuerzas existentes en cada momento entre los dos campos contendientes, por la extensión y profundidad de sus alianzas, etc.

Ya desde su primer Congreso, el Partido rechazó, como caducas e inservibles, la vieja táctica de la socialdemocracia, la política de alianzas con los llamados sectores democráticos de la burguesía, el cretinismo parlamentario y otros métodos legalistas que han sido asimilados por el capital y que se ha convertido en la charca a donde han ido a parar los viejos y ya degenerados partidos comunistas de muchos países. El PCE(r) no se ha atado las manos con respecto a una forma exclusiva de lucha, sino que en su Programa las admite todas: las legales y las clandestinas, las pacíficas y las armadas, o una combinación de ambas, con tal de hacer avanzar en todo momento la educación y organización política de las masas en persecución de sus objetivos históricos.

Posteriormente, la dirección del Partido ha venido elaborando y perfilando cada día mejor, conforme a las experiencias acumuladas, la Política de Resistencia, concebida ésta como una original combinación de la lucha de masas y el combate guerrillero. Como tendremos ocasión de comprobar más adelante, en la estrategia de la revolución socialista y la lucha prolongada que hemos descrito, la táctica de la resistencia obrera y popular a las diversas medidas represivas, explotadoras y expoliadoras del capitalismo financiero, ha demostrado ya su eficacia.

A esta concepción amplia y flexible llegó el Partido tras numerosas experiencias obtenidas en la primera línea de fuego de la lucha de clases y después de analizar toda una serie de circunstancias y hechos nuevos, que van más allá del momento en que se han presentado o de una coyuntura política dada: la crisis general del sistema capitalista, la fascistización creciente de la forma de poder de la gran burguesía; la traición y bancarrota del revisionismo moderno; la práctica de nuevas formas de lucha en todos los países, etc. Todos estos fenómenos han sido generados por el Estado capitalista en avanzado proceso de decadencia y putrefacción, y, como es lógico, sólo podrán desaparecer con el mismo sistema que los ha engendrado.

sxtractos del Informe presentado al Comité Central
septiembre de 1984

Una nueva desarticulación

Las actuaciones policiales contra el PCE(r) y los GRAPO se han llegado a convertir en algo casi cotidiano en los últimos años. Las desarticulaciones del señor Martín Villa y, luego, las de Rosón se hicieron famosas. Últimamente el señor Barrionuevo parece que ha aprendido algo de los fracasos de sus predecesores en el cargo y se muestra más comedido. Ya sólo se desarticulan a los miembros conocidos. Menos mal, algo hemos avanzado en todo este tiempo.

Lo cierto es que no suman más de algunas decenas los militantes del Partido y de los GRAPO (conocidos) que se hallan actualmente en las cárceles. Porque, en cuanto a detener y torturar, se ha detenido y torturado a mansalva; éstos son los métodos que gasta la nueva democracia española. ¿Cómo explicar tan desproporcionado montaje de cuerpos represivos, leyes y cárceles especiales, y la histeria de los medios desinformativos, parlamentarios y demás que les acompaña? ¿Cómo es posible que durante toda una década un puñado de hombres y mujeres traigan en jaque a miles de policías armados con un arsenal de leyes terroristas de lo más eficazmente democráticas y los medios técnicos más sofisticados? Evidentemente, la cuestión no radica en que ese puñado de revolucionarios sean todos muy inteligentes y ellos (los policías, el gobierno y demás expertos en la mentira, la tortura y el soborno) unos idiotas profundos. No. La razón principal estriba en que nosotros defendemos una causa justa (que es la causa del pueblo, de la libertad y el comunismo) y los reaccionarios no tienen otra causa que defender que no sea la del dinero y los privilegios de unos pocos. De ahí su impotencia y el hecho de que nosotros, a pesar de las enormes dificultades, encontremos siempre apoyos y un camino abierto. Esto hace que sea ineficaz ese monstruoso aparato represivo y que, al final, tal como empieza a suceder, dicho aparato se vuelva contra quienes lo han montado.

Se podrían dar otras explicaciones menos simplistas de este fenómeno que empieza a apasionar a mucha gente. Por ejemplo, también se podría decir que esto sucede porque el Estado fascista es, por naturaleza, muy débil y esa debilidad permite que nosotros aparezcamos con una vitalidad que muchas veces nos falta. De todas formas, tras más de diez años de lucha frontal contra este mismo Estado sin claudicaciones ni concesiones, hasta los más escépticos tendrán que admitir que es un balance prometedor, una conquista histórica grandiosa que no augura, al menos por estas latitudes, larga y tranquila vida a la gran burguesía financiera-monopolista.

Partido y movimiento

Después de resaltar este hecho indudable, de enorme trascendencia, tenemos el deber de analizar las fallas y deficiencias de nuestro propio trabajo, al objeto de corregirlas y evitar que se repitan en el futuro.

Son numerosos y de distinta naturaleza los problemas a que nos hemos venido enfrentando a lo largo de los últimos años en el seno mismo de nuestro movimiento. Pero, antes de seguir adelante, conviene que nos detengamos a definir ese concepto, que parece tan vago, que encuadra en un mismo movimiento político a organizaciones tan diferentes como sin duda lo son el PCE(r) y los GRAPO.

Algunos estudiosos del tema han llegado a hablar del complejo PCE(r)-GRAPO, quizás por la complejidad con que se les presenta este intrincado problema. Por su parte, la policía política y los portavoces del gobierno tampoco aciertan a la hora de establecer los límites entre una y otra organización, de manera que unas veces se refieren al PCE(r) y a los GRAPO como a una misma cosa, y otras no dudan en establecer una clara diferenciación. Naturalmente, esto último no suelen hacerlo por escrúpulos jurídicos, como tampoco lo hacen los jueces que instruyen los sumarios y las causas que se nos imputan.

Exponen una u otra versión (vinculación o desvinculación) según convenga al momento político o a cada caso concreto y, sobre todo últimamente, por el interés de sacar adelante su política llamada de reinserción.

La verdad es que una cosa son los GRAPO y otra muy distinta el PCE(r), y que, si bien es cierto que en los GRAPO están encuadrados militantes del PCE(r), no existe ningún documento del Partido (ni consta en ningún expediente, sumario judicial, o archivo policial) que indique que para pasar a formar parte de los GRAPO sea necesario pertenecer al PCE(r) o profesar la ideología comunista. De la misma forma, para pertenecer al PCE(r) no se exige a ningún candidato compromiso alguno de practicar la lucha armada ni acatar ningún mandato en ese sentido. Decenas de militantes del Partido y otras muchas personas han sido detenidas en estos últimos años por la policía y sometidas a torturas, sin que hubieran participado en ningún acto violento ni tuvieran la más remota relación con las organizaciones armadas. La casi totalidad de esas personas fueron puestas luego en libertad sin cargo alguno, mientras que los militantes del Partido, sin ninguna excepción, eran conducidos a la cárcel. Ya se sabe, la figura del apologista y otras muchas prerrogativas que concede la ley antiterrorista permiten a la policía política cometer sin ninguna traba todo tipo de abusos y a los jueces aprobarlos como actos de buena ley.

No existe base alguna, ni política ni judicial, que permita confundir y, mucho menos, meter en el mismo saco al PCE(r) y a los GRAPO. Otra cosa es que ambas organizaciones se consideren parte de un mismo movimiento político (el Movimiento Político de Resistencia), el cual abarca a amplísimos sectores de la población, sean o no conscientes de ello. El hecho de que nosotros seamos conscientes de esa realidad y lo proclamemos no cambia lo más mínimo la esencia del asunto. Ese mismo hecho hace que estrechemos la colaboración y el apoyo mutuo, pero nada más que eso.

La colaboración y el apoyo mutuo se plantean desde el momento que existen dos organizaciones distintas cuyos cometidos y formas de organización difieren, aunque no necesariamente sus fines u objetivos. Por esta razón, cuando hablamos de movimiento nos referimos al conjunto de organizaciones y personas que lo forman, pero sin que se nos ocurra, en ninguna circunstancia, borrar la línea de demarcación que debe existir siempre entre el Partido (como forma superior de organización de la clase obrera) y las demás organizaciones populares con las que mantenemos relaciones. Con respecto a los GRAPO, las relaciones han sido muy estrechas ya desde un principio, y esperamos que lo sigan siendo en el futuro. Nuestra posición de apoyo a la lucha armada guerrillera -hasta tanto no se den las condiciones políticas que permitan a las masas populares defender sus intereses pacíficamente, de una forma consecuente- es invariable y nadie ni ninguna fuerza será capaz, por muy bestial que se muestre, de hacernos renunciar a esta posición justa y de principios.

Ahora bien, las relaciones de colaboración nosotros las concebimos de manera que no excluyan la crítica mutua, pues sólo así se puede corregir todo lo que resulte erróneo o perjudicial para el Partido y para el conjunto del movimiento obrero y popular.

La voluntad sólo no basta

No debemos limitar la misión del Partido a prestar apoyo a la lucha armada (a cualquier línea de actuación armada), ya que, si procedemos de una forma tan irreflexiva, eso nos puede colocar a remolque de cualquier grupo de aventureros que nos saliera al paso. Y es necesario reconocer que en la última etapa algunos camaradas se han dejado arrastrar a ese terreno, abandonando la labor del Partido y dejando deslizar en la propaganda ideas y concepciones que no son nuestras.

En el Informe de septiembre fue criticada esta tendencia y todo pareció quedar claro y bien orientado, pero la experiencia ha demostrado que en la práctica no ha sido así. Aquello no supuso más que un primer paso, una toma de posición ante los graves errores y desviaciones que se venían observando desde algún tiempo atrás. El filo de la crítica estuvo entonces dirigido, principalmente, contra la pandilla de claudicadores derechistas (los arrepentidos) que al final optaron por abandonar el Partido y traicionar a la causa. Era justo que en aquellos momentos centráramos la atención en estos elementos y los pusiéramos al descubierto. Pero, además de esa corriente liquidadora, en el Partido existía otra corriente que, a diferencia de la anterior, ocupaba posiciones muy sólidas en la dirección; de ahí que representara un serio problema que, más tarde o más temprano, tendríamos que afrontar con todas las consecuencias. De hecho, esta otra corriente nos ha estado impidiendo corregir los errores hasta donde ello fuera posible, conduciéndonos finalmente a una situación caótica.

Estos camaradas izquierdistas sólo de palabra aceptaron las críticas que se les hicieron y las propuestas que entonces se avanzaron para orientar por un camino correcto toda la labor del Partido. En la práctica, ellos continuaron haciendo las cosas a su modo. No entendían nada ni aplicaban las recomendaciones que se les venían haciendo, cuando no lo interpretaban todo en un sentido personal, subjetivo, impropio de verdaderos comunistas. Se sentían muy seguros de sí mismos, a pesar de las críticas que se venían haciendo a su labor desde distintos ángulos, y esta autosuficiencia resultaba ser lo más peligroso.

Ahora ya está demostrado que estos camaradas tendían a abandonar la labor del Partido entre los obreros y a convertirlo en un apéndice de la organización militar. Los buenos propósitos que les guiaban (eso no lo dudamos) son bien conocidos: buscaban fortalecer la guerrilla; mas, en realidad, lo único que han conseguido ha sido estancar su desarrollo y ofrecer justificaciones a los traidores y cobardes.

Dependiendo de esta línea estaban los métodos de organización y funcionamiento que utilizaban. Se habían atrincherado tras una cadena de pisos francos, y desde esa trinchera impartían órdenes por teléfono; o sea, no hacían vida orgánica por no poner en peligro la seguridad. Lo más grave de todo este asunto es que semejante mecanismo de seguridad, y su funcionamiento correspondiente, lo hacían compatible con la más absoluta falta de división en el trabajo y, claro está, con el liberalismo más complaciente. De este modo, si bien no se avanzaba gran cosa en el terreno de la organización, ni en la propaganda, ni en el fortalecimiento de las organizaciones populares con las que el Partido mantiene relaciones, en cambio se obstaculizaba la labor seria y reposada que podrían haber realizado algunos camaradas, se agriaban las relaciones y se impedía a no pocos luchadores incorporarse a nuestras filas.

Dado este estado de cosas, ha resultado relativamente fácil a la policía política montar la operación del 19 de enero último sin que nadie se apercibiera. Ese operativo es el resultado de una labor de muchos meses, sin duda, que no podía ser dificultada, sino, en todo caso, facilitada, por el propio absurdo mecanismo que los camaradas habían montado y mantenían a todo trance, haciendo caso omiso de la experiencia que hemos ido acumulando durante muchos años.

Cómo ha podido suceder que este grupo de camaradas alcanzara las responsabilidades que ha tenido, es otro asunto totalmente ajeno a ellos del que no vamos a tratar aquí. Está claro que no les vamos a criticar por haber asumido esas responsabilidades cuando era necesario. Al contrario. Eso es algo que se les debe reconocer. En todo caso, la enseñanza más importante que debemos extraer de toda esta experiencia consiste en saber que con la voluntad sólo no basta. Además hay que aprender con modestia, forjándose así como auténticos dirigentes comunistas.

Publicado en Resistencia, núm. 1
mayo de 1985

Reorganizar el Partido

En todas partes y en los distintos sectores sociales nos encontramos a menudo con hombres y mujeres (jóvenes y menos jóvenes) dispuestos a hacer su contribución a la causa [...] Ahora bien, si no sabemos qué hacer con estas personas -muchas de ellas comunistas convencidos-, poniéndoles un límite infranqueable a su ingreso en el Partido, podemos seguir insistiendo todo lo que queramos en las consignas de resistencia y lucha armada, pero con esto sólo habremos demostrado, una y otra vez, nuestra incompetencia.

Hay que lograr que cada colaborador o simpatizante del Partido dé de sí todo lo que esté dispuesto a dar. Y no sólo eso. Además debemos tirar de ellos para adelante, hasta que puedan asumir las responsabilidades que exige la militancia partidista. Hay que estudiar en concreto la situación de cada organismo y militante y consultarles continuamente a fin de llevar a cabo un trabajo conjunto. Especial atención merece en estos momentos la recomposición de los comités nacionales, regionales y locales del Partido, situando a su frente a los camaradas más capaces, que sepan realizar eficazmente su trabajo y que mantengan un estrecho vínculo con la dirección. Hemos de lograr en el menor tiempo posible un funcionamiento estable, regular y clandestino del Partido, de manera que podamos enfrentar la represión y asegurar la organización y dirección de los grandes combates de la lucha de clases que se avecinan en España.

Este largo pasaje, que hemos extraído del Informe de septiembre, nos emplaza ante uno de los problemas de más palpitante actualidad para nosotros.

Hubo un tiempo en que la atención del Partido estuvo centrada en romper el cerco que el gobierno de la UCD nos había tendido para hacernos claudicar. Nuestra situación en aquellos momentos era realmente crítica, pero no lo era menos la del propio gobierno, como vino a demostrarlo la dimisión de Suárez y la asonada del 23-F. En tales condiciones, proseguir en el esfuerzo político-militar, en la forma como lo venía haciendo nuestro movimiento, resultaba ser la única táctica acertada. Después llegaron los señoritos del PSOE, y sostuvimos que, si el gobierno proseguía la represión y el asesinato de nuestros militantes, nosotros lucharíamos hasta el último hombre y militarizaríamos el Partido, pero que nada ni nadie nos haría renunciar a nuestros principios comunistas. Era el momento en que los socialfascistas del PSOE no se habían desenmascarado como tales y aún abogábamos por una salida política.

Pues bien, de esta compleja situación algunos camaradas dedujeron la tesis según la cual el Partido ya no era necesario para hacer la revolución y, consiguientemente, decidieron sacrificarlo todo en aras del fortalecimiento de la guerrilla: ¡Todo para la guerrilla! fue su consigna. La guerrilla lo es todo, el Partido no es nada. Esta idea ultraizquierdista se asemeja mucho a la idea revisionista que proclama: ¡El movimiento lo es todo, los objetivos no son nada!, que hizo célebre Bernstein. Se comprenderá que un movimiento desprovisto de objetivos, de un programa claro y de una fuerza política organizada, ligada a las masas y férreamente disciplinada -capaz por ello de llevarlo a cabo-, será siempre como un globo de oxígeno de esos que revientan al sólo roce con el aire. No digamos del futuro que puede tener (si llega a tenerlo alguna vez) un movimiento que se pretende sea guerrillero, sin el respaldo y la dirección que sólo puede brindarle un partido comunista militante y aguerrido como el nuestro.

Pero no; los partidarios del todo para la guerrilla (incluido, claro está, el propio Partido, que de esta manera tan revolucionaria debía ser sacrificado) argumentaban que el Partido estaba siendo duramente reprimido y que no resistiría, de modo que, en lugar de las células y comités clandestinos, integrados por hombres y mujeres enteramente entregados a la causa y bien pertrechados política e ideológicamente, debíamos dedicarnos a crear comandos armados, cuyos integrantes, como es lógico suponer, carecerían de la formación política, de los hábitos y los rudimentos mínimos del trabajo clandestino y conspirativo. Se sobreentiende que las armas por sí solas, cual talismán maravilloso, pondrían a los comandos a cubierto de la represión.

Esta tesis absurda, que ya había sido criticada por nosotros en varias ocasiones, ha tenido oportunidad de probar su consistencia en la práctica con los resultados de todos conocidos. La conclusión que hemos extraído de esta experiencia es bien sencilla: la organización guerrillera y la lucha armada de resistencia se hacen cada día más necesarias en las condiciones económicas, sociales y políticas de España, pero éstas sólo pueden subsistir y desarrollarse en estrecha relación con el movimiento de masas y dirigidas por el Partido. Dicha dirección se efectúa en dos planos diferentes: a un nivel general (político e ideológico) y a nivel de los militantes comunistas que combaten codo a codo con los demás luchadores antifascistas, predican con el ejemplo, hacen su labor ideológica e impiden que más de uno (y la organización armada en su conjunto) se desmadre. Este mismo planteamiento es válido para otro tipo de organizaciones no partidistas (como pueden ser las organizaciones sindicales, las asociaciones, los clubs, etc.) con las que el Partido mantiene relaciones y trata de dirigir por el camino justo.

Ni qué decir tiene que para eso es absolutamente necesario crear el Partido en todas partes y fortalecerlo. El Partido es la clave que permite ir resolviendo paso a paso todos los problemas a que nos venimos enfrentando. Sin un partido con un programa claro de actuación y compuesto por los hombres y las mujeres más abnegados y esclarecidos salidos del seno de la clase obrera -lo hemos dicho centenares de veces y jamás nos cansaremos de repetirlo- el movimiento, cualquiera que sea, no será nunca nada: una masa amorfa, fácilmente manipulable por la gran burguesía o, en todo caso, un conglomerado de grupos y personas de lo más heterogéneo, incapaz de resistir por sí mismo la represión y mucho menos de avanzar en ninguna dirección. Sólo en la medida en que se implante el Partido en todos los sectores populares (particularmente dentro de la clase obrera) y ejerza su función, sólo entonces las distintas organizaciones democrático-populares estarán en condiciones de poder desarrollarse, desplegarán su fuerza, desafiarán la represión y podrán avanzar con paso seguro. De otra forma no.

El problema más urgente

La reorganización del Partido en las actuales circunstancias no va a resultar tarea fácil. Partimos de una situación de debilitamiento orgánico que de nada serviría tratar de ocultar. Este es un factor adverso, no cabe duda, pero que muy bien puede ser transformado en su contrario si sabemos aprovechar los factores favorables que también existen. Creemos que no hace falta detenernos en esto último. Basta señalar la profundización de la crisis general del régimen y de los partidos que lo sostienen, su creciente aislamiento y el nuevo auge del movimiento revolucionario de masas que se observa en todas partes. Junto a esto está el ejemplo de nuestra lucha de todos estos años y el permanente testimonio de denuncia y honestidad revolucionaria de nuestros camaradas (hombres y mujeres) prisioneros.

De modo que ahora sólo hace falta abordar los problemas más urgentes que ya fueron planteados en septiembre y posteriormente fueron dejados de lado, o sobre los que se hizo muy poco (y desde luego de muy mala manera) para resolverlos. Es decir, el Partido ha de ser reorganizado en todas partes, y esta labor tiene que realizarse sobre la base de su programa político y sus estatutos, encuadrando preferentemente a los camaradas obreros más capaces. Si esta labor había sufrido un considerable retraso y ya entonces no podía esperar más tiempo, en este momento la urgencia se hace mucho más perentoria. De manera que toda nuestra atención y los esfuerzos que despleguemos en los próximos meses en cualquier campo de actividad han de estar encaminados a lograr ese objetivo en el menor tiempo posible.

Para ello debemos proceder con método, sin precipitaciones, midiendo bien cada paso que demos a fin de poder seleccionar bien a los camaradas responsables y preservar en todo momento su seguridad y la labor que realicen. Medir cada paso, significa, ante todo, conocer bien el terreno que pisamos. Es imprescindible disponer de la información más completa y detallada posible y ponerla a buen recaudo. A este respecto, el centro del Partido en el extranjero ha de jugar un papel esencial, debiendo dedicar para ello todos los militantes y medios necesarios. Hay que decir que éste es un viejo proyecto que intentamos realizar más de una vez en el pasado y que, por una u otra circunstancia, nunca logramos llevar a cabo. El origen de muchos de los problemas a que nos hemos venido enfrentando se encuentra ahí, precisamente, al estar expuesta la dirección a repetidas detenciones e imposibilitada, por tanto, de dar continuidad al trabajo. Pero esta vez tiene que ser resuelto este serio problema, si es que de verdad queremos seguir adelante cumpliendo nuestro cometido.

La policía ha acumulado en estos años una ingente cantidad de informes sobre los miembros de nuestro Partido y tiene fichadas a numerosas personas relacionadas con nosotros. Este hecho nos obliga a tener que prescindir de la ayuda directa que puedan prestarnos la mayor parte de esas personas (por no decir todas) en el caso de que no estén decididas a pasar a la clandestinidad. Nuestras propuestas deben ir orientadas en ese sentido, pero, aun así, la selección deberemos hacerla entre los que no estén fichados por la policía. Esto nos va a llevar algún tiempo, pues no existe ninguna otra forma de alcanzar nuestro propósito. Guiándonos por este criterio, en cuanto hayamos creado todas las condiciones necesarias, habrá que proceder a la formación en el interior de un centro dirigente del trabajo práctico. Esta será la tarea más importante que deberemos acometer en un futuro próximo. No hace falta comentar el riguroso secreto que debe rodear esta labor, debiéndose evitar el liberalismo que había acompañado lo poco que se había hecho en este sentido últimamente.

En el aspecto práctico inmediato, todos los camaradas y simpatizantes del Partido han de poner manos a la obra para facilitar el trabajo de reorganización poniendo en conocimiento de la dirección, sin intermediarios, todos aquellos datos personales, direcciones, etc., que nos permitirán entrar en relación con aquellas personas no fichadas por la policía y que estén dispuestas a militar en el Partido o a realizar cualquier tipo de labor. En cuanto a las relaciones entre camaradas que se hallan en la legalidad, éstas pueden establecerse de manera que no afecten a este trabajo esencial sino que, por el contrario, coadyuven a él en las más diversas formas. Ahora más que nunca hay que ponerse a trabajar de forma que la legalidad fortalezca la clandestinidad.

Sobre el funcionamiento y la seguridad

La división y la especialización del trabajo es otra de las garantías fundamentales para el buen funcionamiento de la labor partidista. Forjarnos como auténticos profesionales de la revolución es una necesidad que viene impuesta no sólo por la envergadura y gran complejidad de la labor que habremos de realizar, sino, particularmente, por la lucha que venimos sosteniendo contra la policía política. Hay que acabar con los métodos artesanos de trabajo en la Organización, en la que todos venían haciendo de todo y ninguno dominaba bien una labor concreta. De igual manera se debe poner fin al compadreo y a su complemento, el ordeno y mando, que han caracterizado las relaciones entre los camaradas en este último período.

La especialización presupone la centralización; es decir, la discusión y la elaboración de forma colectiva de los planes y la adopción de acuerdos y resoluciones; es lo que denominamos vida orgánica del Partido. Este tipo de funcionamiento no es caprichoso, sino que obedece al carácter centralizado y democrático del Partido, así como a la naturaleza misma del trabajo que venimos realizando.

Tal como acabamos de ver, esta labor tiene que ser rigurosamente clandestina. La clandestinidad, más la centralización, más la especialización, más la crítica y la autocrítica, son los métodos fundamentales de organización y funcionamiento partidista, y no pueden ser sustituidos por otros, como por ejemplo, las decisiones individuales que afectan al conjunto de la labor del Partido y su imposición a los demás camaradas sin discusión alguna. Semejante método de funcionamiento y dirección es inadmisible entre nosotros, y a la larga sólo puede conducir a la desorganización, a la confusión, al caos y al enfrentamiento. Ahora bien, sobre la base de la discusión franca y abierta y la adopción colectiva de los acuerdos, cada organismo y cada militante deben asumir plenamente sus responsabilidades y tomar todo tipo de iniciativas, de manera que puedan hacer más eficaz y segura su labor. Esto es absolutamente necesario hacerlo si no queremos condenarnos a la parálisis, a quedar atrapados en un ultrademocratismo inoperante y estéril. Mas con esto no se agota la responsabilidad que compete a cada uno. Además, todo militante tiene el deber de informar (y hacerlo bien) regularmente de su trabajo al organismo correspondiente y preocuparse porque los demás también lo hagan.

Otro importante problema a que nos venimos enfrentando todos los días es el de la seguridad. Se insiste frecuentemente en la conveniencia de establecer unas normas que resuman nuestra ya larga experiencia de trabajo clandestino. Desde luego no nos vamos a pronunciar contra esta propuesta, pero hay que considerar que la lucha contra la policía política ha evolucionado de tal manera en los últimos tiempos, se desarrollan con tanta celeridad los procedimientos de investigación y control policiales, que cualquier norma que intentásemos establecer con carácter permanente se volvería muy pronto contra nosotros mismos.

El secuestro de Balmón y su interrogatorio en un furgón especialmente diseñado para ello, la detención de numerosos jóvenes previa a la de Ros, la interrupción del servicio público telefónico en Barcelona en los días precedentes al 19 de enero, etc., todo esto configura una verdadera escalada en los métodos de represión fascista. Contra ellos muy poco pueden hacer los viejos postulados del trabajo clandestino si éstos no se renuevan desechando las ideas fijas, normales, o de sentido común, a las que estamos tan habituados. De ahí que debamos insistir una y otra vez en los aspectos políticos e ideológicos de este importante problema; en la necesidad de combatir el practicismo estrecho, absolutamente desprovisto de perspectivas políticas, que conduce a empantanarse en los asuntos concretos, en las minucias del día y a perder de vista las cuestiones generales y más esenciales. También debemos insistir en la necesaria vigilancia que hace falta ejercer para que se cumplan los planes y resoluciones del Partido; en la ineludible y permanente tarea de promover la discusión política entre los camaradas, en la constante preocupación por el establecimiento de justas y combativas relaciones entre ellos, en el perfeccionamiento de los métodos y el estilo de trabajo, etc.

Últimamente se tendía a depender casi enteramente de los pisos francos y a permanecer totalmente aislados de la población, pensando que eso proporcionaba una mayor seguridad y estabilidad en el trabajo. Según esta lógica, cuantos más pisos pueda tener a su disposición un militante y más aislado se encuentre de su entorno, tanto mejor, más seguro se encuentra. Lo malo de este planteamiento (aparte del derroche de medios que supone y los hábitos que va creando) es que no tiene en cuenta uno de los principios fundamentales que ha de guiar a todo comunista: su ligazón con las masas, su deber de compartir con ellas sus mismos problemas y preocupaciones. Esta ha sido siempre, y continúa siéndolo, la mejor medida de seguridad, el mejor cortafuegos que podemos poner entre la policía y nosotros. Pero los camaradas que han llevado la responsabilidad del trabajo en la última etapa no lo entendían así, y el resultado no era otro, en la práctica, que el fomento de las relaciones compadreriles entre ellos y un estilo de vida muy próximo al de los sectores más desclasados de nuestra sociedad. Al mismo tiempo, apenas si hace falta decirlo, de esa manera se han facilitado, como no podía hacerse de ninguna otra forma, las pesquisas de la policía. ¿Cuál es la solución a este problema? Ya lo hemos dicho: ligarse a las masas. Que cada camarada clandestino se rodee de un círculo de amistades que le permita relacionarse y hacer vida normal; esto le facilitará mucho las cosas y llegado un momento puede proporcionarle puntos de apoyo, información, etc., sin tener que comprometer más de lo necesario su seguridad y la de los demás camaradas. Sabemos que en ocasiones esto no resulta fácil y que más de una vez el sólo intentar hacerlo nos ha creado los mismos problemas que tratábamos de evitar. Pero hay que intentarlo una y otra vez, procurando corregir los errores que se hayan podido cometer.

No olvidemos que, por lo general, la policía trabaja sobre la base de nuestros propios errores e inexperiencias. A menudo sigue un rastro durante mucho tiempo, si es que no tiene nada al alcance de su mano, y utiliza la rutina y el relajamiento que se producen entre nosotros cuando transcurre una temporada sin que haya habido detenciones. ¿Cómo evitar en lo sucesivo detenciones en cadena como las que hemos tenido últimamente? Habrá que echarle mucha imaginación al asunto; pero, teniendo en cuenta que una de las causas principales ha consistido en la pereza que se ha observado en los camaradas responsables a la hora de tomar medidas enérgicas, que pusieran a resguardo a algunos camaradas y organizaciones de la persecución policial, habrá que concluir que dichas medidas deberán ser adoptadas en lo sucesivo como norma regular, y casi rutinaria; precisamente para impedir que la rutina y la incuria, que periódicamente se gestan en nuestras propias filas, sean utilizadas por la policía. De este modo, al menos, les obligaremos a tirar de lo que tengan siempre más a mano, si es que quieren evitar que un vuelco imprevisto les eche por tierra su trabajo.

Otro problema al que nos hemos venido enfrentrando es el uso abusivo del teléfono. Lo hemos repetido insistentemente: por teléfono no es posible discutir ningún asunto serio, y además no deben darse recados, ni citas, ni direcciones; las conversaciones telefónicas no hay que prolongarlas más de unos segundos, y aún así, está más que demostrado que siempre proporcionan datos a la policía. El teléfono es uno de los mejores auxiliares de la represión. Últimamente, les ha bastado conocer el mecanismo que se venía empleando para las comunicaciones telefónicas (lo que ha venido siendo un medio de comunicación casi exclusivo) para volcarse sobre él y montar sobre esa misma base su último operativo. Recordemos que algo parecido ocurrió con los automóviles que venían utilizando los miembros de los GRAPO antes de que el desenlace de la Operación Cromo les obligara a abandonarlos. Si se observa con un poco de detenimiento, en casi todos los casos, es la rutina, la pereza o la comodidad del medio utilizado, la causa principal de todos los fracasos. Y es que la revolución no es una cosa cómoda ni fácil, se aprende a hacerla todos los días a costa de incontables sacrificios.

Publicado en Resistencia, núm. 1
mayo de 1985

Sobre la organización del Partido

Desde distintos sectores y zonas geográficas de España nos llegan noticias del cambio de actitud que se observa en la gente con respecto al Partido, de la receptividad que encuentra nuestra propaganda, de la buena predisposición a colaborar con nosotros. Una prueba palpable de todo eso la tenemos en la actividad desplegada por numerosas personas y colectivos con motivo del proceso a Pepe Balmón y a los demás camaradas. Esa actividad ha supuesto un resurgimiento de la labor del Partido en varias localidades, pero especialmente en Madrid; resurgimiento que ni el gobierno ni la policía esperaban que tuviera lugar tan pronto, apenas transcurridos unos meses de las últimas detenciones.

No obstante hay que hacer notar la falta de iniciativa que se ha observado a la hora de aprovechar ese ambiente tan favorable para llegar directamente a muchas personas, para hablarles de viva voz, para hacerles partícipes de los problemas a que se viene enfrentando nuestro movimiento y llevarles a actuar de una manera más activa, más consciente y organizada.

Los camaradas y amigos del Partido se pierden a veces en generalidades, no aciertan a concretar una tarea en sus relaciones. Este es un defecto bastante extendido, para nuestra desgracia. Se tiende a hacer depender todo (o casi todo) de la dirección del Partido; existe la creencia de que la solución a los problemas vendrá dada de alguna parte (de arriba, como llovida del cielo); todavía no se ha comprendido muy bien que el Partido somos todos, que nada se nos dará hecho, por lo que nadie debe esperar a hacer lo que sólo depende de él mismo. En otras palabras: hace falta más energía, más imaginación, desplegar todas las iniciativas de que seamos capaces.

El problema de organización -lo hemos señalado repetidas veces- es el más importante de cuantos tenemos que abordar en estos momentos. Esta es la clave, el eslabón principal de la cadena que debemos asir firmemente si es que de verdad queremos dar solución a todos los demás problemas pendientes. Pero sucede que no todos los camaradas tienen las ideas claras a este respecto. Por ejemplo, se discute muy frecuentemente sobre las condiciones de la militancia. Este asunto está relacionado con la noción misma de organización, dado que la organización, o las organizaciones del Partido, no son un ente abstracto, algo difuso e impersonal. La organización está compuesta por personas comprometidas con la causa, por militantes del Partido. De lo que se trata, precisamente, es de eso: de reorganizar el Partido en todos los lugares con aquellas personas que estén dispuestas a ello, decididas a organizarse, a pagar la cuota, a aplicar la Línea Política, a trabajar activa y disciplinadamente, con iniciativa. De esto se deduce que una organización de Partido no puede improvisarse, no se puede crear de la noche a la mañana ni puede formar parte de ella el primer charlatán que nos encontremos en la calle. Las condiciones de la militancia están fijadas con claridad y precisión en los Estatutos del Partido de modo que no haya lugar a la confusión.

Si se estudian con detenimiento los Estatutos y el Programa del Partido se reparará en que en ningún lugar se exige como condición de la militancia el trabajo clandestino de todos sus miembros. La clandestinidad es una exigencia que viene impuesta por el régimen policíaco imperante en España. De modo que, para poder realizar su labor entre las masas, el Partido, su aparato político y su dirección han de permanecer en la clandestinidad y velar por la aplicación y el perfeccionamiento de las normas de seguridad. Pero la clandestinidad no puede abarcar a la totalidad de los militantes del Partido por la muy sencilla razón de que semejante posición, de llevarse a la práctica, nos aislaría completamente de las masas, nos llevaría a abandonar el terreno de la lucha de clases a la reacción y a sus lacayos socialfascistas, y todo ello nos incapacitaría para lo que no fuera una agitación estéril. Es por eso por lo que ya Lenin definió los dos tipos de organizaciones partidistas:

—la organización estrictamente clandestina de los profesionales, que centraliza y dirige toda la labor, el conjunto de las actividades del movimiento
—las organizaciones más abiertas y dedicadas al trabajo de masas.

Necesitamos crear esos dos tipos de organizaciones partidistas, teniendo siempre presente que cuanto más cerrada y segura se encuentre la organización clandestina, tanto más fácil y más posibilidades tendrán de desarrollar su trabajo las organizaciones dedicadas al trabajo abierto, más respaldadas se sentirán, más difícil le resultará a la policía llegar a la organización clandestina y tanto mayor será la afluencia de militantes a ésta última. De nosotros depende el que estos dos tipos de organizaciones puedan funcionar de una manera correcta y armónica, cumpliendo cada una de ellas su cometido y preservando en todo momento la seguridad del Partido.

La seguridad del Partido no es, como la interpretan algunos, la clandestinidad para todos, sino, fundamentalmente, el trabajo desplegado entre las masas, la vinculación del Partido, a todos los niveles, con los obreros y los elementos más avanzados. Sin esta condición, no ya la seguridad, lo que no existirá nunca es el mismo Partido.

No proponemos el trabajo legal tal como lo conciben los oportunistas, o sea, el trabajo realizado en la legalidad del régimen, desprovisto de todo principio organizativo y de toda perspectiva revolucionaria, el trabajo legal concebido como un fin en sí mismo y para liquidar la organización clandestina. Por el contrario, de lo que se trata es de fortalecer la organización clandestina y de ampliar la envergadura y extensión de su trabajo. ¿Cuántas veces hemos afirmado que la legalidad debe fortalecer la clandestinidad? Bueno, pues ésa es la forma concreta de hacerlo. A nadie en su sano juicio se le ocurriría pensar que esa labor pueda ser realizada por organizaciones o personas que no pertenezcan al Partido, que no se hallen vinculadas a su dirección ni cumplan sus tareas.

Así pues, desde la legalidad, o por mejor decir, en base a un trabajo semiclandestino, en unos casos, y más abierto en otros, es como vamos a fortalecer la organización clandestina del Partido y dotarla de los cuadros y medios necesarios para desarrollar su trabajo. Es cierto: resultaría erróneo y muy perjudicial exagerar las posibilidades reales de una labor más abierta, de que esta labor pueda influir ahora de manera decisiva en los acontecimientos políticos; mas tampoco debemos subestimarla desde el punto de vista de su importancia para la obra de fortalecimiento en que estamos empeñados. Esta obra, repetimos, no se puede confiar sino a camaradas, a militantes, a comunistas convencidos, convenientemente organizados, y con una forma especial de relación con la dirección del Partido. Debemos insistir, tal como se viene haciendo, en la organización y en el trabajo clandestino y, más que eso, poner especial atención en la selección y preparación de los camaradas dispuestos a pasar a la clandestinidad. Esta labor reviste una extraordinaria importancia, particularmente en estos momentos. Por lo demás, debe quedar igualmente claro que no se trata de conceder el título de militante del Partido a cualquier persona que se nos acerque. Antes que nada hay que observar el cumplimiento de las condiciones de la militancia.

Por su parte, apenas si hace falta decirlo, es indudable que el Estado no va a permitir esa actuación abierta del Partido, va a proseguir la represión y a tratar de impedir nuestro trabajo por todos los medios. Pero eso no es una condición impuesta por el propio Partido. El Partido deberá llevar a cabo su trabajo entre las masas afrontando decididamente la represión y todos los obstáculos que nos impongan para impedirlo. Esta es una responsabilidad que tendrán que afrontar los camaradas dedicados a esa parte tan importante de nuestra labor.

Sobre esta línea de demarcación, los camaradas, las células, los comités, deberán planificar su trabajo de manera que puedan llevar a cabo una labor amplia con los obreros y con todos aquellos simpatizantes y demócratas que estén dispuestos a desarrollar una actividad conjunta. En las fábricas, en las obras, en las minas, en los barrios, en los pueblos, debemos promover la formación de comités y círculos a fin de hacer frente a la explotación y a la represión y promover todo tipo de acciones y actividades. No rechazamos ningún contacto ni relación que resulte beneficiosa para el Partido y la causa obrera y popular. Y en cuanto a las actividades y campañas conjuntas siempre seremos los primeros en proponerlas y en llevarlas a cabo, predicando con el ejemplo.

publicado en Resistencia, núm. 3
octubre de 1985

La seguridad

La burguesía monopolista basa su poder en la violencia organizada del Estado. El Estado capitalista, como indicara Engels, es una banda de hombres armados, en la que el Ejército, la policía, los tribunales, los carceleros, los plumíferos, etc., se reparten el trabajo. Tras la pantalla de la democracia la gran burguesía trata de aniquilar a la organización revolucionaria de la clase obrera, no reparando en ningún medio para lograrlo: desde la compra de algunos líderes corrompidos hasta el asesinato, pasando por la tortura y las condenas a largos años de cárcel. El empleo de la provocación, del engaño y la calumnia, son armas auxiliares de las que se sirve la policía y el Ejército para restar influencia a la organización revolucionaria e intentar aislarla de las masas. Pero, particularmente, la burguesía trata de destruir al Partido desde dentro, infiltrando a sus agentes para que siembren la desconfianza, hagan cundir el desconcierto y la desorganización y puedan llevarlo así, finalmente, por el camino de la conciliación, el legalismo y el conformismo. Para este fin se sirven de los revisionistas traidores y de los elementos débiles y oportunistas del Partido. Todo esto es lo que nos muestra la experiencia del movimiento obrero y comunista internacional y también la nuestra propia.

Sabemos con certeza que la contradicción que enfrenta al proletariado y a la burguesía no puede ser resuelta más que por la guerra civil, pues la historia nos enseña que las clases decadentes tiran desesperadamente hasta el último cartucho antes de desaparecer. La lucha, por consiguiente, será larga y encarnizada. La burguesía monopolista redoblará su salvajismo para conservar el poder y todos sus privilegios y procurará destruir la fuerza política que se le opone directa y radicalmente. Esto nadie lo podrá evitar. Por la misma razón, el Partido debe aceptar conscientemente los pesados sacrificios y no desviarse jamás de sus objetivos.

Una de las tareas más importantes del Partido consiste en reducir al mínimo dichos sacrificios. Por ello abogamos resueltamente por el trabajo clandestino y por la adopción de diversas medidas que aseguren la continuidad de ese trabajo. Las medidas de seguridad y las pérdidas que nos ocasiona el enemigo no deben impedir la continuidad de la actividad revolucionaria del Partido. Preservamos nuestras fuerzas, precisamente, con el fin de salvaguardar la eficacia del trabajo. En cuanto a las caídas y detenciones, nosotros no podemos evitar, en todos los casos, que se produzcan. No hay lucha sin víctimas -ha escrito Lenin- y a la ferocidad de la policía zarista nosotros responderemos con calma: algunos revolucionarios han caído, ¡viva la revolución! Esta debe ser nuestra posición inquebrantable. Debemos rechazar todo lo que suponga una posición de debilidad ideológica frente a la represión del Estado. Todo punto de vista que sobrestime su fuerza y subestime la fuerza del pueblo es falso y debe ser siempre rechazado. Subestimar los riesgos que corre la organización y cada uno de sus miembros en la actividad revolucionaria conduce al aventurerismo, esto es cierto; mas sobreestimar esos peligros puede conducir al pantano del revisionismo, a la capitulación y al entreguismo. La reacción puede obstaculizar la labor del Partido, puede frenar la revolución, retardarla, pero es incapaz de impedirla. La misión del Partido consiste en dirigirla y organizarla eludiendo las pesquisas policíacas, a fin de apresurar y asegurar la victoria. La justa Línea del Partido, su ligazón con las masas y su vigilancia revolucionaria, nos permitirán desbaratar y vencer la represión capitalista. Esto presupone la clandestinidad del Partido y su continuo reforzamiento.

La clandestinidad está fundada en el secreto y la estricta división del trabajo. Debe estar, además, combinada con la actividad legal o más abierta, pero orgánicamente separada de aquélla. Un partido clandestino no es un partido desligado de las masas; al contrario, la labor clandestina del Partido reposa sobre su estrecha relación con la clase obrera y otros sectores explotados y oprimidos de la población. Nunca debemos perder de vista que es el pueblo quien habrá de hacer la revolución y no un puñado de revolucionarios que quiera sustituir con sus acciones heroicas a los trabajadores. Por esta razón la seguridad del Partido no se puede reducir a una serie de medidas prácticas y orgánicas que aseguren el secreto y el funcionamiento. Estas medidas son absolutamente necesarias, pero no son realmente eficaces más que si reposan sobre el fundamento de la justa línea política de resistencia del Partido y su ligazón con el movimiento de masas. Sobre esta base se debe promover el paso a la clandestinidad de todos aquellos camaradas preparados o que se hallan en condiciones de hacerlo.

El Partido debe proseguir fomentando el espíritu de entrega y de abnegación revolucionaria entre sus militantes. El fin supremo de todo revolucionario, de los militantes comunistas, nunca es no correr riesgos.

La seguridad del Partido, la elevación de la conciencia política de las grandes masas, la lucha contra el fascismo, el reformismo y el liberalismo, exigen también que mantengamos al mismo tiempo una crítica incesante del espontaneísmo en nuestras propias filas. El espontaneísmo no toma en cuenta la seguridad más que en razón de las experiencias prácticas inmediatas de la represión. Esta tendencia no ha sido suficientemente criticada en el Partido y eso ha facilitado que su débil e ineficaz bagaje permanezca largo tiempo entre nosotros.

publicado en Resistencia, núm. 3
octubre de 1985

El funcionamiento y la organización clandestina

Se insiste muy a menudo en la idea de que la mejor medida de seguridad que podemos tomar es la que se refiere al estricto cumplimiento del centralismo democrático que rige la vida interna y el funcionamiento del Partido. Esta idea contiene buena parte de la verdad, pero no toda. Debido a las condiciones de rigurosa clandestinidad en que se tiene que desenvolver nuestra organización, el principio electivo tiene que ser necesariamente restringido en ella o circunscrito a un reducido número de camaradas. Esta es una realidad con la que conviene contar si no queremos deslizarnos al terreno de la democracia formal, en donde nos las pegarán todas.

Esta restricción no impide la libertad de crítica ni el control sobre la dirección y, en cambio, garantiza la unidad de acción, tan necesaria en la lucha contra la policía política como, por lo general, en toda la actividad revolucionaria. Hay que tener presente que esa medida va dirigida contra los enemigos de clase, es decir, preserva las filas del Partido de las infiltraciones (o al menos las dificulta), permite mantener la estanqueidad de las organizaciones y, aunque en menor medida (pues la policía suele conocer la identidad de casi todos los jefes revolucionarios y de otros militantes), hace posible el mantenimiento del anonimato de todos aquellos camaradas que aún no hayan sido fichados.

De modo que, como acabamos de ver, no es tan sólo el funcionamiento correcto del centralismo democrático lo que se impone como una necesidad absoluta en la lucha contra la policía política, o para decirlo de otra manera: se trata más bien de un funcionamiento clandestino que comprende la centralización y la división del trabajo, la democracia interna (con las limitaciones ya apuntadas), la estanqueidad, el anonimato y el secreto más riguroso en lo que respecta a los nombres, domicilios, desplazamientos, citas, lugares de reunión; tales son las reglas maestras sobre las que descansan las medidas de seguridad que merezcan ese nombre.

extracto del artículo Sobre la seguridad
publicado en Resistencia, núm. 4, noviembre de 1986

Sobre la disciplina de Partido

En los números anteriores de Resistencia se ha hablado con la suficiente extensión de la organización y el funcionamiento partidistas. No obstante, hay un aspecto de esa misma cuestión al que pocas veces se le presta la atención que merece o pasa desapercibido. Naturalmente (ya habrá levantado las orejas más de uno), nos estamos refiriendo a la disciplina de Partido. No se trata, pueden estar seguros, de una apelación al orden; el látigo quedó averiado tras la última zurra, aparte de que aún no hemos contemplado la posibilidad de crear ninguna comisión ni tribunal especial al efecto, de ésos que están tan en boga entre los partidos burgueses y reformistas. Es necesario dejar bien sentada la noción de la disciplina, al objeto de que no haya ninguna ambigüedad a este respecto.

Sabido es que uno de los prejuicios más extendidos actualmente entre los trabajadores y la juventud es el que se refiere al apoliticismo anárquico. Se trata de un anarquismo sin perfiles ideológicos definidos, pero no por eso menos dañino, ya que apunta preferentemente contra la clase obrera, contra su capacidad de organización y de transformación social. Apenas si hace falta decir que han sido los carrillistas, con su labor de zapa realizada en el seno del movimiento obrero y sus cambalacheos políticos con la gran burguesía, quienes más han contribuido a sembrar la confusión y a que cundiera la falsa creencia de que, a fin de cuentas, todos los partidos son iguales. Si a estos prejuicios unimos los ataques rabiosos que lanzan a diario los órganos de prensa y los demás medios de propaganda de la burguesía contra el principio del centralismo democrático, en el que se basa, como es sabido, la organización y el funcionamiento comunista (ataques con los que intenta encubrir de paso la dictadura sangrienta, verdaderamente terrorista, del gran capital), tendremos un cuadro bastante aproximado de la realidad. La gran burguesía, al mismo tiempo que exige acatamiento a su Constitución y al orden social vigente, pretende que el proletariado revolucionario se desprenda del principio del centralismo democrático o que deje de aplicarlo en su organización, para adoptar el principio del liberalismo burgués o alguna de las tendencias anarquizantes de moda, lo que equivaldría a quedar completamente desarmado frente a su Estado. Exigen democracia en la organización obrera, mientras que por su parte no cesan de afilar el cuchillo de matarife.

¿Para qué sirve la democracia en la Guardia Civil?, se preguntaba no hace mucho el general Casinello, jefe hasta entonces del Estado Mayor del benemérito instituto y de la banda de asesinos del GAL. Casinello no argumentaba de una forma ciega ni tonta: sabía muy bien lo que decía. Esa misma pregunta se la puede formular, sin temor a hacer el ridículo, cualquier jefe del Ejército, de la policía o de los cuerpos de funcionarios que tienen bajo su mando desde el botones hasta el último carcelero.

Hay quienes no quieren reconocer esta realidad y se quedan pasmados ante el escaparate de la democracia sucia -los partidos domesticados, el circo parlamentario, la prensa venal y todo ese carnaval del postmodernismo que llaman cultura- prefiriendo ver a los obreros enfrentados al aparato estatal de la burguesía de manera desorganizada -ya que el enfrentamiento no pueden evitarlo- y con las manos vacías. Estos son los que siempre claman contra toda violencia, venga de donde venga, excluyendo en todos los casos la violencia terrorista del Estado, a la que consideran como legítima. A estas personas ya las conocemos y no nos resulta difícil rebatir sus argumentos. No ocurre lo mismo con aquellas otras que, aun considerándose demócratas y hasta comunistas, les cuesta entender que de la naturaleza del Estado capitalista en su fase actual de desarrollo, de su carácter monopolista fuertemente centralizado, militarista y policíaco (así como de la gran envergadura de la obra que nos proponemos realizar), se deriva la necesidad de una organización como la nuestra, igualmente centralizada y férreamente disciplinada; no acaban de comprender que al estado mayor de la burguesía y a la disciplina militar de tipo fascista de sus ejércitos y cuerpos represivos el proletariado revolucionario necesita oponer su propio ejército político (el Partido), con sus normas de organización y funcionamiento científicamente determinadas y su disciplina consciente. Una disciplina, por lo demás, muy superior a la de la burguesía, ya que no se funda en el cálculo egoísta, en el afán de lucro ni en el temor que infunden los oficiales; sino en el conocimiento, en la profunda convicción de estar defendiendo una causa justa y en la certidumbre del camino elegido.

El Proyecto de Estatutos que se está debatiendo define la disciplina del Partido como única e igual para todos; es decir, entre Congreso y Congreso, el militante se debe a su organismo, el organismo inferior al organismo superior, y todo el Partido al Comité Central. Todo el Partido quiere decir que todas las organizaciones y militantes, sin excepción ni interferencia o condicionamiento de ningún tipo, se deben o están bajo la dirección única e indiscutible del Comité Central del Partido. No se trata, pues, de una relación de cada militante con su organismo y de unos organismos respecto a otros, como cabría suponer de una interpretación horizontal o liberal de la organización, donde cada cual hace o deja de hacer lo que le venga en gana. Precisamente, la concepción leninista de la organización trata de impedir que nada de eso ocurra a fin de que todos, militantes y organizaciones, se atengan a las tareas y apliquen la directrices trazadas por la dirección conforme a un plan general. De hecho, tanto los organismos de base como los intermedios actúan por delegación del Comité Central, como se deduce claramente del derecho a veto que confieren los Estatutos a la dirección del Partido sobre cualquier decisión de aquéllos, así como en la elección de sus miembros.

Para nosotros, comunistas, están más que justificados este tipo de estructura y su funcionamiento. Si, como decimos, el Partido ha de actuar, en la lucha a muerte contra el Estado de la burguesía, como un verdadero destacamento de combate, como un ejército político, a su dirección corresponden las funciones de Estado Mayor, debiendo, por tanto, estar en posesión de todos los hilos de la organización, de todas las fuerzas, de todos los medios disponibles, etc., al objeto de poder dirigir la lucha de una manera efectiva. Otra cuestión es la que se refiere a las exigencias que se deben plantear a esa dirección y el modo de seleccionarla (un modo bastante natural, dadas nuestras condiciones). Pero esto no presenta ninguna duda. Sabido es que las responsabilidades en el Partido no suponen ningún privilegio; nadie, al menos hasta el momento presente, ha podido hacer carrera ni podrá hacerla mientras nos mantengamos firmes en las posiciones revolucionarias.

De modo que, cuando se habla de disciplina consciente, aludimos a la necesidad de ser plenamente conscientes de esa relación y no de otra; no se habla por hablar ni se dicen las cosas en abstracto.

En fin, es ya casi un lugar común afirmar que en nuestra concepción, contrariamente a lo que sucede en el campo de la burguesía, la disciplina no sólo no impide ni entorpece el ejercicio de la discusión y de la crítica política abierta, sino que las presupone. La libertad de discusión y la unidad de acción -en que se expresa la disciplina partidista-, forman una unidad, de tal manera que una sin la otra no podrían existir. Por eso, cuando surgen diferencias y discusiones en el Partido, el mejor método para resolverlas no es, como generalmente se dice, la crítica y la autocrítica (esto ya se está dando), sino la unidad de acción, ya que sólo la acción podrá determinar quién o quiénes tienen la verdad de su parte. Es la práctica, en última instancia, el único criterio de la verdad, por lo que el deber de todos los militantes consiste en coadyuvar a ella, aplicando disciplinadamente las ideas y acuerdos de la mayoría y reservándose sus propias opiniones hasta cuando lo crean necesario. Así se fortalece el Partido y el conjunto del movimiento.

publicado en Resistencia, núm. 6
mayo 1987

¡Imaginación, audacia, iniciativa!

Los artículos y comentarios que venimos insertando regularmente en estas páginas, referidos a problemas de organización, no siempre son bien acogidos por simpatizantes y amigos del Partido. ¿A qué puede obedecer esta incomprensión o rechazo? En nuestra opinión, existen varias causas: unas veces es el miedo a la represión que aún atenaza a muchos trabajadores en España; otras es producto del espíritu de claudicación; pero, sobre todo, lo que más destaca y debe atraer nuestra atención es la concepción del economismo y el espontaneísmo que ha arraigado en los últimos años a raíz de la traición revisionista.

Se sabe que el economismo no rebasa el planteamiento de la lucha por la obtención de mejoras económicas. Esta forma de lucha, generalmente va ligada a un tipo de organización de clase muy rudimentaria, a un activismo ciego, gremialista la mayoría de las veces, localista y muy limitado en sus perspectivas políticas. Por todo ello es incapaz de enfrentar eficazmente la represión del Estado y de conducir a los trabajadores a la lucha por el poder. Los economicistas se desarman a sí mismos y desarman a los obreros frente al capital. De ahí nace, de la propia impotencia, su culto a la espontaneidad del movimiento de masas. Eso cuando no son lacayos declarados del capitalismo, porque los objetivos de estos últimos son muy claros y no creemos que haga falta comentarlos.

Cuando un amigo o simpatizante del Partido adopta una actitud desdeñosa ante nuestros requerimientos, para luego lamentarse de que no dirijamos o no estemos presentes en cada huelga de las muchas que sacuden todos los días en todas partes a nuestro país, ¿qué está manifestando sino una posición economicista y espontaneísta, seguidista del movimiento espontáneo de las masas? Esta cuestión la hemos explicado ya muchas veces y no vamos a abundar más en ella. A los que les cuesta entenderla tenemos la obligación de explicárselo cuantas veces sea preciso, pero a los otros, a los que se hacen los sordos o los desentendidos, a los que se encogen de hombros ante un problema de tanta trascendencia como éste, no tenemos nada que decirles. No hay que perder el tiempo con ellos, únicamente hacerles entender que estén tranquilos, que no va con ellos este enfadoso y, sobre todo, comprometedor asunto. Por lo demás, no tenemos inconveniente en reconocer esa acusación de pesados o rutinarios que lanzan contra nosotros a cada paso.

A los demás, a los que desean oírnos, a los que comprenden o intuyen la necesidad de llevar a cabo una lucha organizada y por claros objetivos de clase, a éstos les decimos: camaradas, nunca insistiremos bastante en el tratamiento pormenorizado de los numerosos problemas que nos plantea la organización de la actividad revolucionaria. Tal es así que, podemos añadir, en la solución de esos problemas venimos ocupando más de las tres cuartas partes del tiempo y de los medios de que disponemos en el Partido. No creemos que este hecho constituya un defecto o sea atribuible en forma exclusiva a nuestra organización. Cualquier partido revolucionario se ha enfrentado y se enfrentará siempre, en igualdad de condiciones, a idénticos o muy parecidos problemas. No en vano Lenin, por poner uno de los ejemplos más conocidos, dedicó una considerable atención a tratar de ellos y darles solución. Nosotros, lógicamente, gracias a esa labor de Lenin y de otros grandes maestros nos encontramos con la mayor parte de los problemas teóricos resueltos. No ocurre lo mismo con los de tipo práctico que, como suele ocurrir siempre, son los de más difícil solución.

¿Qué hacer para que las ideas de organización, las normas de funcionamiento partidista y los hábitos clandestinos de trabajo sean comprendidos y adoptados cuanto antes por el proletariado revolucionario? Ya hemos comprobado la indiferencia, cuando no es el rechazo casi frontal con que nos encontramos algunas veces. Sin embargo, no por eso vamos a renunciar a nuestro cometido, por muy grandes que sean las dificultades, las incomprensiones y las presiones de todo tipo que tratan de llevarnos por otro camino.

Este ha sido, precisamente, el tema central de la discusión en una reunión de cuadros dirigentes del Partido habida recientemente. La apreciación respecto a la inmadurez, a la falta de preparación de la mayor parte de los camaradas y a la debilidad que aqueja a las organizaciones del Partido, es un sentimiento por todos compartido, y eso pese a la insistencia con que venimos tratando estos asuntos. ¿Qué más prueba hace falta de la necesidad de proseguir machacando el hierro caliente?

Pero no solamente hay que hablar una y otra vez, en periódicos, reuniones y documentos internos, sobre organización y demás problemas relacionados con la actividad práctica. Hace falta, además, hacer algo mucho más importante: se trata, tal como se ha acordado en la mencionada reunión, de trazar planes de trabajo y procurar que luego se cumplan.

No es el número de militantes ni la extensión o envergadura del trabajo político lo que ha de preocuparnos especialmente en estos momentos, sino el funcionamiento regular partidista, la labor centralizada perseguida conscientemente y conforme a unos planes. Sólo de esta manera conseguiremos superar esta difícil etapa, afianzar lo ya alcanzado e ir creando un hábito de trabajo que nos permita abordar tareas cada vez más complejas. Además, como la actividad que despleguemos no puede reposar en el aire, o por decirlo de otra manera, tiene que estar cimentada en la realidad cotidiana de la vida de las masas en nuestro país, la reunión ha fijado, como principales líneas de actuación, la lucha contra la represión, el apoyo a los prisioneros políticos y la lucha resuelta de los obreros contra la reconversión y el nuevo pacto de hambre y esclavitud que están tratando de imponerles los capitalistas y sus criados.

Hay que advertir que no se trata de restringir artificialmente el campo de actuación del Partido ni de otras organizaciones. Se debe realizar todo aquello que esté a nuestro alcance, apretando fuerte en los puntos claves tanto de la organización del Partido como de la sociedad. Para todo ello se exige al mismo tiempo una vigilancia y un control permanente, sin dejar nada al azar o a la improvisación, pero dando, al mismo tiempo, libre curso a las iniciativas individuales. ¡Imaginación, audacia, iniciativa!, ésta ha de ser la consigna del momento.

Que los camaradas asistan a las reuniones con informes y propuestas concretas para atajar o tratar de resolver los asuntos pendientes; que nadie cargue sobre los hombros de los demás sus propias responsabilidades, que no abrume a otros con sus problemas personales, etc.; que el número de las reuniones, convertidas así en encuentros de trabajo (salvo en los casos en que sean convocadas con fines de discusión o de estudio colectivo), se reduzca todo lo que sea posible al objeto de poder dedicar la mayor parte del tiempo a vivir, a trabajar y a luchar junto a los obreros.

publicado en Resistencia, núm. 7
octubre 1987

La base y el funcionamiento del Partido

La publicación, en el núm. 7 de Resistencia, del artículo que lleva por título ¡Imaginación, audacia, iniciativa! ha suscitado diversos comentarios entre los camaradas y otras personas allegadas al Partido. Hay quien lo ha aprobado al ciento por ciento, subrayando que le ha sabido a poco. Otros, sin embargo, expresan esta misma insatisfacción de manera más crítica, apuntando que el referido artículo llama al trabajo organizado y planificado, pero no dice cómo se planifica. También hemos recibido un comentario algo más matizado referido al mismo tema. Este sitúa el problema de la reorganización del Partido en un contexto más general, especificando la etapa de desarrollo en que nos encontramos. Pues bien, aquí queremos destacar este planteamiento último, dado que es el único que puede permitirnos acceder a un conocimiento más completo de los principales problemas a los que venimos enfrentándonos en materia de organización.

No hace falta mucho para darse cuenta de que el Partido se jugó el todo por el todo en los años de la llamada transición española. Esto provocó un desgaste muy grande, siendo encarcelados casi todos los cuadros y quedando prácticamente desarticulado. El trabajo de reconstrucción del Partido tuvo que hacerse (y se está haciendo) muy lentamente, tomando como base a las personas que pertenecen a la AFAPP y a organismos relacionados de alguna manera con los presos.

Como vemos, el problema que plantea el escrito no es nuevo, sino muy viejo, y ha sido debatido tantas veces por nosotros que ya lo teníamos casi olvidado. Evidentemente, apunta a los problemas de organización, afectando de manera muy directa a uno de los nervios más sensibles de la actividad del Partido, pero particularmente atañe a la concepción que hemos venido forjando sobre la naturaleza de clase o el mismo carácter del Partido. De ahí que nos haya llamado tanto la atención.

En los últimos años, el Partido ha sufrido un gran desgaste; esto es absolutamente cierto. Debido a esta circunstancia, al hecho de que la mayor parte de sus militantes se encuentren actualmente en la cárcel (otros fueron asesinados), la recomposición de sus fuerzas está resultando ser un proceso lento y difícil, lo cual es cierto sólo en parte (ya que el desarrollo más o menos acelerado del Partido revolucionario no depende solamente del número, de la voluntad o de la capacidad de sus propios militantes). Pero ¿es verdad, como se afirma al final del pasaje que acabamos de transcribir, que la reposición de las fuerzas del Partido se está efectuando tomando como base a las personas que pertenecen a la AFAPP y a organismos relacionados de alguna manera con los presos?

Sólo el alejamiento de la actividad que viene desarrollando el Partido y un desconocimiento completo de sus ideas y concepciones pueden explicar que se hagan tan a la ligera tales afirmaciones. Sin embargo, como venimos viendo, el autor o autores del escrito que comentamos no reparan en barras y pretenden haber hallado la causa de la lentitud que se observa en el trabajo de reorganización en el hecho de tener que basarse éste -según ellos- en personas cuyo nivel político o grado de compromiso con la causa no es totalmente voluntario, personal y espontáneo, no corresponde a una inquietud personal, sino que, en todo caso, se trataría de un convencimiento forzado en parte por su relación personal con los presos.

Bien, dejemos a un lado los ribetes espontaneístas de esa exposición (al parecer, el Partido no tiene nada que hacer a fin de elevar la conciencia política de los obreros y otras muchas personas); dejemos también que quienes lo han escrito se liberen como puedan de ese ridículo galimatías del convencimiento no personal o externo y demás niñerías por el estilo, y detengámonos en lo que constituye el meollo del asunto, lo que parece ser su verdadera preocupación: esa peregrina tendencia que se nos atribuye a basar el trabajo de organización en personas políticamente inmaduras o poco dispuestas a asumir responsabilidades, y a pretender hacer de ellas nada menos que activistas políticos o militantes del Partido. Es necesario dejar aclarado este problema, y eso no tanto por las falsas acusaciones que en este sentido se vierten a diario, sino también porque esa falsa concepción que acabamos de exponer está muy extendida entre gentes que no conocen muy bien al Partido y su Línea Política, lo cual hace que muchas veces sus ideas y actuaciones choquen (como ocurre en el caso que comentamos) con las concepciones y la práctica que desarrollamos. Damos por entendido que por nuestra parte no tenemos la intención de suprimir las divergencias o contradicciones que surjan de manera inevitable en nuestro trabajo, o al menos no tenemos intención de suprimirlas de otra forma que no sea solucionando de manera práctica y teórica los problemas. En esta ocasión sólo queremos hacer valer nuestro derecho a que no se tergiversen, aunque sea con muy buenas intenciones, nuestras propias ideas y actuaciones.

¿Cuándo, dónde hemos dicho que la reconstrucción del Partido tenga que hacerse tomando como base la AFAPP o alguna otra organización relacionada con los presos políticos? Siempre hemos sostenido como una cuestión de principios, que la base de la organización del Partido se halla en los centros de trabajo, entre los obreros, y que son las grandes fábricas, que concentran la parte más numerosa, mejor organizada y más consciente del proletariado, las que tendrán que convertirse en verdaderas fortalezas del Partido. Esta es y ha sido siempre nuestra verdadera posición en relación con este importantísimo problema. Ahora bien, eso no quiere decir que no se hayan cometido errores e incluso graves desviaciones de los principios, favorecidas, algunas veces, por la propia debilidad orgánica o el apresamiento de los camaradas con mayor experiencia. Es lo que ocurrió durante el corto período en el que se impuso en la dirección la tendencia izquierdosa que, como se sabe, contribuyó con su sectarismo y cortedad de miras a la gran difusión del título de militante fuera del propio Partido, mientras que, por su parte, la dirección no hacía nada que pudiera ser considerado como una labor partidista. Precisamente, para corregir estos graves errores, en la reunión extraordinaria del Partido celebrada en agosto de 1986, se tomaron las siguientes resoluciones:

— En aquellos lugares donde ya se dan condiciones, proceder en el más breve plazo de tiempo posible a constituir comités clandestinos del Partido que refuercen la labor de las células y círculos ya constituidos.

— Intensificar de manera prioritaria la actividad de las células y militantes en fábricas y demás centros de trabajo, haciendo especial hincapié en promover los círculos obreros.

— Deslindar de manera tajante, y en todos los lugares, la organización partidista de las organizaciones de masas, procurando en todos los casos establecer justas y combativas relaciones con estas últimas.

Tal como se puede apreciar, tanto el conjunto de las resoluciones adoptadas como, particularmente, la última no dejan lugar a ninguna duda respecto a lo que venimos diciendo. Pero es que, además, la primera acentúa un aspecto que pocas veces se tiene en cuenta a la hora de valorar la labor del Partido, y es esencial. Se refiere al carácter clandestino de la organización, por no hablar de su funcionamiento centralizado, etc. Este es uno de los aspectos que más destacan y el que menos se presta a confusión; de modo que, si alguien lo confunde o trata de hacerlo pasar desapercibido, es porque una de dos: o no lo comprende (en cuyo caso tendría que hacer un pequeño esfuerzo por entenderlo) o bien no le interesa, y entonces no tenemos nada que decirle. Es a esto a lo que se refiere el artículo mencionado que aparece en el número 7 de Resistencia, del que tan malamente se hace eco el escrito que venimos comentando. Por lo demás, es cierto que el Partido se está desarrollando muy lentamente, pero esto sucede, fundamentalmente, porque estamos tratando de edificarlo sobre una base sólida, la única posible (el proletariado revolucionario) y desde la clandestinidad; es decir, no sobre cualquier tipo de organización de masas ni en la legalidad del sistema capitalista. De ahí la lentitud y las enormes dificultades que tenemos que vencer todos los días, a cada paso que damos. Es fácil comprender lo que hubiera ocurrido de no haber procedido siempre así: el desarrollo del Partido hubiera podido ser mucho más acelerado, qué duda cabe, pero a cambio de eso hace tiempo que hubiera dejado de ser un partido revolucionario, hubiera sido liquidado como tal partido para ir a diluirse en el movimiento de masas. ¿Qué demuestra la experiencia de la práctica revisionista?

Es deber de todos los militantes, simpatizantes, colaboradores y demás revolucionarios coadyuvar, desde el lugar donde se encuentren o lleven a cabo su trabajo político, de propaganda, etc., al mayor fortalecimiento y extensión del Partido. Esto se refiere, fundamentalmente, al fortalecimiento de la organización clandestina, a la que han de facilitar su labor en todos los aspectos. En cuanto a las organizaciones de masas, también es conocida nuestra posición. Estas jamás podrán constituir la base o el cimiento de la organización del Partido. Nos referimos, naturalmente, a las organizaciones que no se hallan vinculadas de manera más o menos directa a los centros de producción. Además, tal como hemos hecho notar otras veces y la experiencia ha venido a corroborar, mientras no seamos capaces de echar profundas raíces entre el proletariado o no organicemos el Partido en las fábricas, toda la labor que realicemos en dichas organizaciones estará siempre expuesta a los continuos vaivenes de la lucha de clases.

La planificación del trabajo práctico

La mayor parte de las deficiencias que se vienen observando en el trabajo de Partido está relacionada con el funcionamiento, lo que se traduce, con mucha frecuencia, en un considerable retraso en el cumplimiento de las tareas y consignas que señala la dirección. De ahí que insistamos tanto en la necesidad de un funcionamiento partidista correcto. Sin embargo, sucede que algunos camaradas conciben el funcionamiento (al igual que el Partido) como si fuera un fin en sí mismo, y no como un medio o instrumento al servicio de las masas y su revolución. Esta es la razón principal que les impide salir de su concha. De modo que si se celebra una reunión y en ella se toma el acuerdo de fortalecer la organización del Partido en una localidad, participando en las luchas de los obreros, distribuyendo la propaganda entre ellos y ligándonos cada día más estrechamente a los más avanzados o conscientes, estos camaradas entenderán que, ante todo, hay que preservar la seguridad (su propia seguridad, se entiende) y que deberán ser los obreros quienes tengan que procurar vincularse a ellos y participar en los numerosos problemas que estos mismos camaradas crean al Partido. Así se explica también el que ocupen la mayor parte del tiempo en reuniones estériles, citas regulares, citas de paso, citas para recibir la propa y otras tantas más montadas para recuperar el contacto perdido, aclarar los motivos por los cuales fallaron a las otras citas anteriores, etc., etc. Y todo esto sin que se les ocurra, sino muy raramente, rebasar las lindes del Partido. Es así como, lamentablemente, entienden algunos camaradas la militancia. El resultado no es otro sino el embrollo y un estancamiento permanente que impiden incluso el trabajo que puedan estar haciendo otros militantes.

Pues bien, cuando hablamos de la necesidad de planificar el trabajo político, de organización y de propaganda y de adoptar un funcionamiento partidista correcto, es para impedir que ocurran todas estas cosas y poder desarrollar una amplia y polifacética labor entre las masas. Esto quiere decir que, ante todo, se debe estar junto a los obreros y participar activamente en sus luchas en las fábricas y barrios; se debe hacer agitación económica y política en torno a sus problemas inmediatos; se debe distribuir la propaganda del Partido entre los más avanzados; se debe hacer proselitismo entre ellos. Y todo eso hay que hacerlo orientándonos por la Línea general del Partido y las directrices y consignas de la dirección. Es para impedir la pasividad en que se incurre muchas veces ante hechos especialmente relevantes de la vida del país, para que se implante un control colectivo sobre las tareas encomendadas a cada uno y para que nadie pueda zafarse de su responsabilidad o pueda escurrir el bulto, so pretexto de velar por la seguridad o por la socorrida falta de experiencia, por lo que necesitamos la organización, la planificación y un funcionamiento ordenado y disciplinado del Partido. Por supuesto, tenemos que velar continuamente por la seguridad y tener presentes las aptitudes y experiencias de cada uno a la hora de dividir el trabajo y encomendar responsabilidades; mas nada de eso puede constituir nunca un pretexto que justifique la inactividad o el atolondramiento. La seguridad la necesitamos para poder llevar a cabo el trabajo político entre las masas, mientras que la experiencia y maestría necesarias se obtienen, fundamentalmente, trabajando, asumiendo responsabilidades y las tareas que nos han encomendado. Para todo esto, repetimos, necesitamos la organización clandestina del Partido y un funcionamiento centralizado y democrático. En cuanto a la planificación en sí hemos de decir que, aunque no es atribución de los Comités Locales y demás organismos de base del Partido determinar las líneas generales de actuación, ni las consignas u orientaciones políticas a seguir, sí pueden y deben desplegar todas las iniciativas de que sean capaces para llevarlas a cabo, trazando planes concretos para realizarlas en cada localidad, barrio o centro de trabajo. En esto consiste, fundamentalmente, su cometido, por lo que no tienen que esperar a que llegue nadie para hacer lo que sólo a ellos corresponde.

En relación con los problemas de organización hay que tratar también la cuestión de los informes. Creemos que no hace falta insistir mucho para que se comprenda que sin informes claros y precisos la dirección del Partido no podrá realizar su función. La confección de informes periódicos es, pues, una de las principales responsabilidades de los militantes prácticos de nuestro movimiento, de aquéllos que tienen a su cargo la dirección del trabajo local.

Los informes remitidos recientemente por algunos Comités Locales son un claro reflejo de que éstos no desarrollan un trabajo amplio entre los simpatizantes y amigos, entre los trabajadores en general. Y no por lo reducido que pueda ser en estos momentos el número de sus integrantes o de las células que tienen a su cargo; sino porque se han constituido en una especie de capitanes sin soldados y, claro, se pasan la vida planeando batallitas sobre el papel, olvidando lo más esencial en estos momentos, como es formar al menos una pequeña tropa para poder librarlas. Si una organización local es todavía débil, el Comité Local que la dirige no puede dedicarse exclusivamente a potenciar el trabajo de los militantes ya encuadrados en células, sino que sus componentes deben trabajar también entre los obreros fabriles, en los barrios, en asociaciones, etc.; deben acudir a las asambleas y manifestaciones de los obreros en lucha y aportarles su apoyo; deben estar al tanto de los conflictos laborales y sociales; deben elaborar crónicas e informes para el órgano central. Sólo de esta manera se podrá orientar correctamente a la organización local y se potenciará la creación de nuevas células, de comités de fábrica o de barrio, de círculos de lectura y demás. En ningún caso preservar la seguridad puede ser un pretexto que impida llevar a cabo esta labor múltiple; al contrario, hay que abandonar de una vez por todas ese concepto absurdo de la seguridad, concebida como algo desligado del trabajo partidista entre las masas. Tampoco es cierto, como se apunta en algunos informes, que el trabajo no avance más deprisa a causa de la falta de preparación política de los militantes recién incorporados. A menudo (lo hemos dicho muchas veces) se trata simplemente de aplicar en nuestro trabajo político el mero sentido común ante cualquier situación, por compleja que se nos presente. El empuje que necesitamos no lo vamos a conseguir aprendiendo de memoria los textos del Partido o las obras de los clásicos (que siempre es bueno estudiar), sino aplicando con iniciativa y audacia las directrices del partido, poniendo en juego todo nuestro coraje y espíritu revolucionario, echándole un poquito de imaginación al asunto, rompiendo con la rutina y la apatía que se adueña muchas veces de algunos por falta de directrices precisas que, por lo demás, no son necesarias.

Otra cuestión planteada frecuentemente en los informes de las localidades es la referente a las relaciones y al funcionamiento de los camaradas o simpatizantes que, a pesar de estar fichados por la policía, no han pasado a la clandestinidad por las razones que sean. La mayoría de esos informes reflejan la errónea concepción según la cual la responsabilidad del trabajo político en una localidad debe estar dividida entre la organización clandestina y la de los militantes que siguen en la legalidad. De esa falsa consideración nacen casi todos los enredos y follones a que hacen mención los informes. Es claro que la actividad de una organización local del Partido debe estar centrada en el proletariado fabril, los trabajadores de la construcción y del transporte, el movimiento juvenil, las mujeres trabajadoras, los estudiantes, las asociaciones de vecinos, las organizaciones de solidaridad con los presos, etc.; y eso independientemente de que sean legales o clandestinos los militantes que la llevan a cabo. En todos los casos es el Comité Local del Partido quien debe dirigir y controlar ese trabajo. Sin embargo, todavía hay camaradas que no lo entienden. Por ejemplo, cuando redactan un informe sobre la distribución de la propaganda, suelen especificar el número de ejemplares que han sido distribuidos desde la clandestinidad en fábricas, barrios, entre estudiantes, etc., para añadir a continuación un apartado especial referido a los legales; como si estos camaradas no realizaran un trabajo partidista en un determinado sector, no formaran  parte de la organización local o no estuvieran bajo la dirección del Comité Local.

La actividad que se despliega desde la legalidad (lo hemos repetido hasta la saciedad) debe estar supeditada y tiene que encaminarse a fortalecer la organización y la actividad clandestina del Partido. Para ello, los camaradas que trabajan en la legalidad deben actuar como propagandistas y activistas del Partido, participar en primera fila en las huelgas y manifestaciones, en las movilizaciones que tengan lugar en su localidad, formar círculos de lectura con aquellas personas a las que distribuyen nuestra prensa, folletos, etc.; apoyarse en esas personas y en otros elementos avanzados para desarrollar un trabajo intenso de agitación y de propaganda y procurar poner en contacto a los más conscientes y decididos con la organización clandestina del Partido. No se trata de crear una organización de quemados paralela a la organización clandestina, sino de desarrollar la organización local, formar comités y células en todas partes; y a eso han de contribuir los camaradas fichados o quemados. Con esos camaradas y simpatizantes el Comité Local debe establecer conductos seguros por los que hacerles llegar la propaganda, las octavillas, las circulares, las directrices generales del Partido, para que ellos, a su vez, puedan hacernos llegar sus informes, cuotas y los demás resultados de su trabajo. Ni qué decir tiene que nada de esto será posible si, previamente, el Comité Local no se pone en condiciones de poder coger firmemente en sus manos todo ese trabajo, y si no lleva a cabo, al mismo tiempo, una política de fortalecimiento que le permita ir abarcando poco a poco cada vez más amplios campos de actividad.

publicado en Resistencia, núm. 8
mayo de 1988

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