No hay que temer la discusión, la crítica y el debate interno. Al contrario, debemos fomentarlo, huyendo del formalismo. Como organismo vivo, abierto a la sociedad, el Partido tiene que reflejar de alguna manera las contradicciones que se dan en ella. Las unanimidades no son buenas ni para ir a comer, pues rara vez son expresión del estado de espíritu de un colectivo tan complejo, formado por tan diversos caracteres, capacidades y voluntades que forman el Partido. Por eso son absolutamente necesarias las normas de organización y funcionamiento... porque no existe, ni puede existir jamás, unanimidad en todo o casi todo. Necesitamos esas normas, ya que sin ellas no podríamos hacer nada serio y los esfuerzos se perderían en un mar de discusiones inútiles. Las normas de funcionamiento son como una convención aprobada y admitida por todos los camaradas. Nadie puede contravenirlas sin situarse fuera del Partido, lo que le privaría de todo derecho. Esta convención tiene como fundamento el sometimiento de la minoría a la mayoría y de la parte al todo, representado por el Comité Central elegido en el último Congreso del Partido. Este principio básico presupone la libertad de discusión y de crítica; es decir, el derecho de la minoría a expresar libremente sus opiniones, pues no es posible que todos podamos tener siempre, y no importa en qué situación o de qué problema se trate, una misma e idéntica opinión. Además, ¿quién puede asegurar que la mayoría tiene siempre la razón? La libre discusión de las ideas y el debate nos ayudan muchas veces a comprender mejor las cosas y en todos los casos enriquecen y mejoran el trabajo de todos. Cierto, no se trata de discutir por discutir. No formamos una secta filosófica o un ateneo libertario. Tampoco podemos permitir la formación de tendencias o fracciones. Para eso existe la vida política interna y la lucha ideológica: para dirimir las diferencias inevitables e impedir la formación de grupos o fracciones enfrentadas dentro del propio Partido. El Partido Comunista no es la suma de sus partes, sino un todo unido por la misma concepción del mundo, una misma línea política, unas mismas normas de organización y una sola disciplina.
La discusión hay que llevarla a cabo con un método, ya que de esta manera se facilita que pueda triunfar siempre lo correcto sobre lo erróneo. Por ejemplo, se debe seguir un orden del día y tener presente el tiempo disponible, de modo que al final se puedan tomar acuerdos de tipo práctico. Yo mismo he cortado alguna vez a algún desmadrado o desmadrada por no atenerse a una norma en las discusiones. Pero la discusión o el debate son necesarios y muy convenientes. Hay que alegrarse de que, de vez en cuando, estalle en el Partido una tempestad, porque eso demuestra que no estamos fosilizados, que seguimos vivos y que no nos hemos apartado de la realidad, mil veces compleja y siempre cambiante. Así es como se forjan y se fortalecen la unidad y la disciplina interna del Partido, no en base a las órdenes o apelando a las supremas autoridades. Necesitamos esa unidad y esa disciplina más que ningún otro partido, dada la naturaleza del trabajo que estamos realizando, y porque, además, nos hallamos bajo un continuo bombardeo cruzado del enemigo. Nadie que no sea un verdadero comunista sería capaz de soportar toda esa presión que tenemos encima. Y esto lo soportamos nosotros por la fuerza de nuestras convicciones, por la firmeza con que defendemos los principios. Nuestra unidad y disciplina se basan en esos principios que nos han dado vida como organización, no en las unanimidades que matan.
En el Partido tiene que haber plena libertad de discusión para que pueda darse la unidad de acción, tan necesaria en la lucha revolucionaria. Lo que no permitimos ni permitiremos nunca es el liberalismo. El liberalismo ya sabemos lo que significa en resumidas cuentas: cada uno tira por su lado cuando no le conviene una cosa o no puede llenar su bolsa. La situación de la clase obrera no le permite ser liberal en ninguna circunstancia. Precisamente, su misión histórica consiste en enterrar para siempre el individualismo y el egoísmo liberal burgués. Con más razón, debemos rechazar todo individualismo, todo señoritismo y todo egoísmo personal en el Partido.
Tampoco pueden permitirse en el Partido las relaciones de compadreo y ordeno y mando. Todos conocemos las consecuencias que trajeron ese tipo de relaciones. Pero lo que, desde luego, no puede volver a ocurrir es que una parte de la dirección contravenga los acuerdos y decisiones tomadas en el Pleno del Comité Central, se arrogue el derecho de decidir por los demás camaradas de la dirección en asuntos que afectan al conjunto del Partido, ponga obstáculos a la labor de los demás y aún se obstine en no querer discutir. Un hecho como éste sólo ha podido ocurrir, para vergüenza nuestra, en una situación de debilitamiento orgánico e ideológico del Partido, cuando apenas sí se hacía vida política interna ni se tenía planteado realizar ningún trabajo entre las masas. Esto dió lugar al relajamiento, a que se fueran incubando las relaciones de amiguismo y a que se arrinconaran finalmente los principios de organización y funcionamiento.
Por eso no podemos cargar las tintas, como se ha hecho algunas veces, en la responsabilidad de un solo camarada o de varios. No se puede acusar a la inconsciencia por el daño que se ha podido cometer. Eso es algo que nos compromete a todos.
La crítica debe estar orientada a poner al descubierto las causas o la raíz de los problemas y no a andar buscando por las ramas para luego formar juicios disciplinarios, decretar expulsiones y esas cosas. De esa manera hemos podido recuperar muchas veces a muy buenos camaradas que se habían perdido en medio de la hojarasca. Esta posición, en apariencia tolerante, responde a nuestro método de resolver las contradicciones dentro del Partido y siempre ha dado muy buenos resultados, nos ha fortalecido. Por eso hoy podemos dar por zanjados los graves problemas que se nos habían planteado sin que haya tenido lugar ninguna escisión ni rompimiento en el Partido, independientemente de que aún pueda quedar alguna cabeza dura, cerrada a todas las evidencias. Pero esto tampoco nos debilita; ocurre más bien lo contrario: nos sirve de modelo para mostrar lo que no se debe imitar.
En fin, quiero subrayar que ningún asunto relacionado con la actividad del Partido, su organización o estado de cuentas, podrá ser ocultado a la consideración de los camaradas aquí presentes, salvo, naturalmente, aquellos aspectos que afectan a la seguridad. Este principio tiene particular importancia a la hora de abordar el trabajo de las comisiones, donde el tratamiento pormenorizado de todos los problemas y situaciones, en especial de aquéllos que les afectan más directamente, reviste una importancia capital.
Nosotros consideramos que el fortalecimiento de la organización clandestina del Partido no sólo no supone un debilitamiento del trabajo de masas, sino que lo fortalece, lo amplía a otros campos y capas de la población, lo enriquece. Esta es la concepción que nos ha guiado siempre. Ocurre, no obstante, que los militantes dedicados al trabajo práctico no suelen apreciar el problema en su conjunto, sino desde una óptica localista, limitada, estrecha, cuando no meramente sindical. De ahí surge esa aparente contradicción, a la que antes aludíamos, entre el trabajo político clandestino y ese trabajo de masas de tipo más abierto. En todo caso, la diferencia estriba en que el Comité Central del Partido, desde una visión más general de las condiciones y de las necesidades del movimiento en su conjunto, procura imprimirle una dirección verdaderamente revolucionaria, no localista ni sindical o reformista.
Para eso necesitamos crear, antes que nada, una dirección fuerte y esclarecida que proceda a organizar el trabajo revolucionario a escala de todo el Estado y que se esfuerce por abarcarlo, dotándose de todas las fuerzas y medios necesarios para ello. Es fácil comprender que los militantes que han de formar parte de esta dirección sólo pueden provenir, en su mayor parte, de las organizaciones locales del Partido. Tenemos que sacarles de allí, pues no disponemos de ninguna otra cantera. Esto provoca, qué duda cabe, un debilitamiento relativo de las organizaciones locales y esa lentitud que se observa en el desarrollo del trabajo de masas. Pero, a cambio, ganamos en términos absolutos al dotar al movimiento en su conjunto de unos objetivos y una dirección verdaderamente revolucionarios, no localistas ni limitados. También garantizamos algo tan importante como es la continuidad del trabajo en todas y cada una de las localidades para el caso de que se produzcan detenciones o caídas. Nada de esto sería posible si careciéramos de un aparato político fuerte y estable. La misma reacción, las fuerzas represivas del Estado ¿no apuntan siempre a la dirección del Partido, buscando descabezarlo, para debilitar al movimiento? Algunas veces lo han conseguido, al menos parcialmente. Pero esto ha sucedido no porque nosotros descuidáramos el trabajo de masas, sino por no haber contado con una organización clandestina bien estructurada, en la que todos y cada uno de sus miembros supieran defenderse en la lucha contra la policía política e hicieran de la actividad revolucionaria su única profesión; eso ha ocurrido por no haber sabido abordar correctamente el trabajo de masas, por la falta de preparación de que adolecen la mayor parte de los camaradas dedicados al trabajo práctico, etc.
Siguiendo aquella concepción, conseguimos, primero, reconstruir el Partido y, más recientemente, recomponer sus filas y dotarlo de una nueva dirección. Esta nueva dirección es aún débil y habrá de ser estructurada. En ello estamos. A partir de ahora, es de suponer que las organizaciones locales del Partido podrán crecer más rápidamente y extenderán su actividad política entre las masas. Esta ha de ser una de nuestras más importantes preocupaciones y deberá traducirse en la elaboración de planes concretos de trabajo, así como en la labor sistemática que realicemos para llevarlos a cabo.
Ante todo, se trata de combinar la mayor centralización posible (en lo que afecta a la dirección política y demás asuntos clandestinos del movimiento) con el máximo de descentralización respecto a la realización práctica de los planes y tareas acordadas, asegurando la dirección colectiva y la estanqueidad en la organización. Hay que tener presente que en este terreno, como en todos los demás, no partimos de cero. Contamos con una larga experiencia de trabajo conspirativo clandestino y de funcionamiento centralizado democrático que debemos transmitir a los nuevos camaradas responsables no sólo en teoría, sino, principalmente, de forma práctica. Esta es la mejor escuela que pueden tener.
Este sistema de funcionamiento va a resultar más complejo que el que hemos tenido últimamente, exigirá de parte de cada uno una dedicación más atenta a su trabajo y un control mucho más riguroso sobre la tarea de los demás.
En el Partido, y menos aún en su dirección, no hay lugar para el liberalismo. Esto ya lo hemos apuntado y no creo que sea preciso insistir mucho más en ello. Nuestra disciplina es férrea porque es consciente, no porque nos la imponga nadie; es una disciplina asumida por todos los militantes como una necesidad derivada de la lucha de clases, de la naturaleza del Estado que estamos combatiendo. Lenin justificaba la ruptura de la disciplina del Partido sólo en los casos de graves atentados contra los principios. De ahí la importancia de los principios para el mantenimiento de la unidad del Partido. No es con apelaciones a la disciplina como ésta se refuerza, sino combatiendo al enemigo de clase, atreviéndose a llevar a cabo la revolución, combinando el espíritu revolucionario con un buen estilo de trabajo.
Tampoco debemos hacer distinciones, dentro del Partido, entre camaradas obreros y los procedentes de otras clases o capas sociales. Hacer esas distinciones equivaldría a reconocer que el Partido no es un destacamento de la clase obrera, sino un tingladillo interclasista. No obstante, los diferentes niveles de preparación y la desigualdad de condiciones en que se encuentran la mayor parte de los obreros respecto a otros camaradas (lo que les impide, por ejemplo, dedicar más tiempo al estudio) han de llevarnos a darles preferencia para que se preparen y ocupen puestos de responsabilidad. Es claro que esto no supone ningún privilegio. Sabemos que los camaradas obreros poseen un sentido práctico innato y otras buenas cualidades, como el hábito a la disciplina en el trabajo. Pero, también, hay que decir que arrastran algunos prejuicios que tanto la posición social como la ideología burguesa dominante les ha ido inculcando. Esto se manifiesta, principalmente, en la tendencia a dejar en manos de otros algunas tareas de tipo intelectual que ellos también podrían realizar con un poco de esfuerzo. Por descontado que no estamos propugnando que todo el mundo sepa hacer de todo, como predican los que rinden culto a los métodos artesanos de trabajo. Se trata de evitar en el Partido una división del trabajo que reproduzca la que ya existe en la sociedad, la cual condena a los obreros a realizar los trabajos manuales o de orden práctico, manteniéndoles alejados de las áreas donde se planifica y se toman decisiones, etc. De implantarse esto en el Partido, nos llevaría a constituir una élite dirigente separada de las masas y muy proclive, por lo demás, a aceptar las tentaciones del poder. En pocas palabras, llevaría al Partido a la degeneración revisionista. En este sentido, los camaradas intelectuales tienen que facilitar las cosas, aportando sus conocimientos teóricos, al tiempo que aprenden ellos también de los obreros, adoptan sus hábitos disciplinados y se empapan de su sicología e instinto de clase, procurando no caer en la fácil tentación del tutelaje. Tenemos que hacer continuos esfuerzos por superarnos y exigir a cada uno plena asunción de sus responsabilidades.
Algo parecido cabe decir respecto a las mujeres. No se puede continuar sobando el infortunado concepto de machismo para escurrir el bulto de las propias responsabilidades, que en el Partido no son femeninas ni masculinas, no llevan el sello sexual, sino de clase, lo que nos obliga a todos por igual. El Partido ofrece a las mujeres una posibilidad real de igualarse, en todos los planos de la vida, a los hombres. Esto es así porque no tratamos de preservar ningún privilegio, ningún derecho de explotación, sino que nos organizamos, discutimos y luchamos para acabar con toda forma de explotación y todo privilegio o desigualdad. La verdad es que, en el reparto de las tareas y sacrificios que comporta esta lucha, los varones no nos mostramos nada egoístas... Las camaradas están en disposición de tomar en sus manos todas las responsabilidades que deseen o que su capacidad les permita tomar. En el Partido no hay ni puede haber discriminación de ningún tipo ni diferencias entre el hombre y la mujer. La lucha contra la burguesía nos hermana y nos hace iguales a todos.
Hemos de adoptar un estilo de trabajo que excluya el atolondramiento y la inercia, por no hablar de esa actitud de indiferencia que se observa ante lo que se califica como problemas ajenos. Esto es aplicable a todos los militantes y organizaciones del Partido. Si he hecho especial hincapié en la dirección no es solamente por su importancia relativa, sino también por la función educadora que ejerce su trabajo sobre el conjunto de la militancia, así como, más en general, sobre las masas obreras y populares. La dirección y todo el Partido tienen que prepararse y educar al mismo tiempo a los trabajadores para que puedan ejercer el poder. No se trata de predicar una nueva moral ni de practicar el autoperfeccionamiento separado de la lucha de clases y del trabajo partidista cotidiano. Al contrario, hablo de organizarnos y de mantenernos siempre en posición de combate; hablo de prepararnos en el plano teórico, de profundizar en el estudio y de hacer las cosas cada día mejor, hablo de convertirnos en verdaderos profesionales de la revolución.
Ya en el Informe presentado al Pleno del Comité Central de diciembre último anticipábamos algunas ideas al respecto. Nos preocupaba sobre todo la falta de iniciativa que habíamos observado en algunos camaradas. Esto es consecuencia, en parte, de su escasa preparación, pero en no menor medida habría que atribuirlo a la falta de discusión y, más en general, a la errónea concepción acerca del principio del centralismo democrático que se ha ido incubando en el Partido. Recordemos lo que decíamos en el mencionado Informe: No hay que temer la discusión, la crítica y el debate interno. Al contrario, debemos fomentarlo, huyendo del formalismo [...] Las normas de funcionamiento son como una convención aprobada y admitida por todos los camaradas. Nadie puede contravenirlas sin situarse fuera del Partido, lo que le privaría de todo derecho. Esta convención tiene como fundamento el sometimiento de la minoría a la mayoría y de la parte al todo, representado por el Comité Central elegido en el último Congreso del Partido. Este principio básico presupone la libertad de discusión y de crítica; es decir, el derecho de la minoría a expresar libremente sus opiniones, pues no es posible que todos podamos tener siempre, y no importa en qué situación o de qué problema se trate, una misma e idéntica opinión. Además, ¿quién puede asegurar que la mayoría tiene siempre la razón? La libre discusión de las ideas y el debate nos ayudan muchas veces a comprender mejor las cosas y en todos los casos enriquecen y mejoran el trabajo de todos.
Pues bien, cuando escribíamos esto no teníamos conocimiento de que este mismo problema se estaba planteando con crudeza y una enorme carga de dramatismo en una importante organización del Partido. Para dar idea de la gravedad de la situación a que se había llegado, basta con decir que ha sido precisa la reiterada intervención de la dirección para poder zanjar el problema. Sin embargo, no por ello podemos dar por concluida la discusión. Y eso porque, si bien es verdad que la polémica ha estado girando en torno al problema principal, referido a los métodos de trabajo, no era solamente una cuestión de métodos lo que desde un principio se ha estado planteando. De ahí que deba proseguir la discusión hasta dejar completamente aclarado este asunto, superando el ambiente enrarecido que la ha presidido hasta ahora. A tal fin, alertamos a los camaradas para que no desvíen su atención de lo que, en nuestra opinión, constituye la cuestión fundamental, es decir, la necesidad de profundizar la crítica al falso concepto del centralismo democrático que está en el origen de todos los problemas que estamos comentando.
Como decimos, sólo la intervención de la Dirección ha podido poner término a una disputa que ya había rebasado los límites del Partido y amenazaba con convertirse en un linchamiento moral de un grupo de militantes por parte de la mayoría de la organización. Se ha estado a punto de lanzar a estos camaradas por un despeñadero. Y, ¿saben ustedes por qué, cuál ha sido su falta o su delito? Pues muy sencillo: porque se habían atrevido (siente uno vergüenza al tener que decirlo) a cuestionar las apreciaciones políticas y los erróneos métodos de funcionamiento empleados por sus responsables.
Entre nosotros todo el mundo está de acuerdo y reconoce la libertad de discusión y de crítica, mas en la práctica hay quienes hacen de dicho reconocimiento una cosa meramente formal. Algunos camaradas dirigentes suelen ser muy críticos (incluso se pasan el día entero parloteando sobre los demás), pero no consienten y rechazan de mala manera las críticas que otros puedan hacerles, considerándolas en todos los casos un peligro para la unidad del Partido o, simplemente, como un ataque personal. No comprenden que el trabajo de dirección consiste en integrar en una verdadera labor partidista, colectiva, las ideas e iniciativas de todos a través, precisamente, de la discusión franca y abierta. Por este motivo, sólo conciben las relaciones entre camaradas en términos de subordinación y de sometimiento. Una norma que no precisa ser impuesta (ya que es plenamente asumida por todos), la convierten en un acto cotidiano, casi rutinario. De la excepción hacen una regla. De ahí que organicen el espionaje de los presuntos infractores de la regla, que anden siempre con el hacha levantada y que asesten el golpe mortal al menor atisbo de discrepancias... aunque, eso sí, luego, si los delincuentes se arrepienten y hacen pública confesión de sus errores, se les deja la puerta abierta para que reciban los cuidados médicos prescritos para curar ese tipo de enfermedades, pues se da por sentado que cualquier opinión que contradiga la de los responsables sólo puede provenir de una mente enferma.
Lo más curioso del caso es que todo esto se hace para preservar la línea y la unidad del Partido de los numerosos peligros que la acechan. No estamos insinuando que sea otra la intención (ya se sabe, como solía decir Lenin en casos semejantes, el camino del infierno está empedrado de muy buenas intenciones); sólo acusamos los funestos resultados a que puede llevarnos una concepción tan descabellada del centralismo democrático: de entrada, se coarta toda discusión y el tratamiento de los problemas, haciendo aparecer, además, a los camaradas más inquietos y de espíritu más crítico como potenciales enemigos. Pero lo más grave es que, de esta manera -inconscientemente, no lo dudamos- se prepara el terreno para un deslizamiento de todos por la rampa de la autocomplacencia y el conformismo.
Nosotros pensamos, y así lo hemos hecho constar, que nunca ni bajo ninguna circunstancia puede haber motivo que justifique la restricción de la libertad de crítica y de discusión; y menos aún puede haberlo para implantar un estado de guerra en la Organización, ya que eso, lejos de garantizar el mantenimiento de la unidad, supone, en cualquier caso, una incitación a la escisión realizada desde dentro del propio Partido.
Somos comunistas, y como tales todos estamos animados por un mismo espíritu de entrega a la causa. Para eso necesitamos tener iguales derechos e idénticas obligaciones. Pero, para que el ejercicio de estos deberes y derechos no se convierta en una lamentable comedia, hemos de procurar hacer de la discusión nuestra principal herramienta de trabajo. No estamos abogando por la charlatanería ni proponemos que se pronuncien bellos discursos. Hay que discutir amplia y pacientemente todos los problemas que surgen relacionados con el trabajo político, de organización, etc., a fin de buscar las mejores soluciones. Esto debemos hacerlo siempre con método, de una manera adecuada. Pero nadie, ningún miembro del Partido, puede arrogarse el derecho, situándose por encima de los demás, de sentenciar sobre lo que es justo o erróneo, de interpretar la línea, y menos aún para tapar la boca a los demás. Del mismo modo, hay que decir, todo militante tiene el derecho (y el deber) de exponer y de defender sus ideas y opiniones y a mantenerlas, aún en el caso de que sean consideradas erróneas, si está convencido de que es justo lo que dice; y eso sin que por ello se vea señalado con el dedo, acusado de oportunismo, por los demás camaradas. El oportunismo existe, qué duda cabe, y tenemos que combatirlo enérgicamente. Pero nunca a costa de infligir las normas de funcionamiento partidista, ya que de este modo el Partido se debilita y se incapacita para proseguir la lucha contra él. No se puede, con ningún pretexto ni en ninguna circunstancia, tapar la boca a nadie ni obligarle a retirar lo que ha dicho por el mero hecho de no coincidir con la idea de los demás. Tampoco se debe obligar a nadie a hacerse la autocrítica. Esto sólo puede causar un daño inmenso al Partido y a la causa popular. La autocrítica es una arma muy afilada de la que debemos servirnos, mas sólo a condición de que sea auténtica, sincera, no forzada. De lo contrario, si no es voluntaria o no es asumida plenamente, no sirve para nada, aparte de constituir un medio de presión sicológico inadmisible, un arma de doble filo que, llegado un momento, podría volverse contra el propio Partido.
Todo esto que decimos no excluye, como puede comprenderse fácilmente, el ejercicio de la crítica ni el deber de hacer acatar las decisiones de la mayoría (la cual, dicho sea de paso, también tiene, y con mucha más razón, derecho a equivocarse). No obstante, hablando en términos generales, tampoco en estos casos hay motivos para mostrarse inflexibles con los que han cometido errores en su trabajo. Por el contrario, tenemos que dejarles siempre una salida, ayudarles para que puedan rectificarlos, encomendándoles algún trabajo, permitiéndoles recapacitar, etc.; nunca presionándoles ni forzándoles a reconocer sus faltas reales o supuestas. Esta es la única manera de tratar la enfermedad para salvar al paciente, no haciendo rodajitas con él. Pero aún suponiendo que exista algún elemento recalcitrante con la mollera completamente cerrada a todas las evidencias, ¿puede causar algún daño si le permitimos decir alguna tontería de vez en cuando? Eso incluso puede ayudarnos a aclarar las ideas a otras personas, por lo que habría que considerar (en el caso de que no los hubiera...) la conveniencia de promocionar a uno o dos tontos útiles como ésos.
En primer lugar, deciros que hace ya tiempo recibimos vuestros informes con todo lo que les acompañaba. Suponemos que el último de vuestros envíos se cruzó con nuestra carta, por lo que estamos a la espera. No obstante, pensamos que, sea cual fuere el grado de aceptación de la misma y los acuerdos concretos que hayáis tomado, es hora de actuar de manera consecuente con nuestros principios, a fin de que el trabajo de la Comuna no se vea interrumpido y esto sirva al mismo tiempo para aclarar mejor las ideas y las posiciones de cada uno. Es inadmisible que después de haber sido discutidos ampliamente todos los problemas, de que nosotros nos hayamos pronunciado de una manera clara y concluyente y de que allí se hayan tomado toda una serie de acuerdos por mayoría, todavía pueda haber algunos que se nieguen a acatar las decisiones del Partido. En el caso de que esto ocurriera, no debemos dudar en apartarlos de la organización del Partido y ponerlos en cuarentena en la Comuna para que recapaciten. Lo que no podemos hacer en ningún caso es dejarnos arrastrar por el liberalismo o por cualquier otra consideración de índole personal, ya que esto sólo puede sembrar la confusión entre nosotros y favorecer a las hienas de siempre.
Ya vemos, por los abundantes materiales que nos habéis hecho llegar, que andáis liadillos; esto es normal, si consideramos la polvareda que se había levantado; no hay que apurarse. Desde aquí seguimos con sumo interés vuestro debate y también estamos aprendiendo. De esta importante experiencia el Partido en su conjunto va a salir más fortalecido. Ahora hay que seguir profundizando en la crítica y en la rectificación de los pasados errores. En estos dos terrenos se han hecho importantes progresos. En lo fundamental, la falsa concepción acerca del funcionamiento del centralismo democrático ya ha sido criticada y corregida: la democracia interna se ha restablecido; la asamblea ha comenzado de nuevo a desempeñar su papel; todos los camaradas están haciendo uso de sus derechos, se expresan con entera libertad, etc.; y, aunque sus efectos negativos (la resaca, el mal sabor de boca y otras gaitas) habrán de perdurar algún tiempo, se puede asegurar que hemos aprendido la lección y que ahora estamos mejor preparados para enfrentar los fallos de este mismo tipo que se puedan cometer en el futuro.
En este proceso de rectificación, hay que destacar el papel que están desempeñando los miembros del Comité, ya que éstos no sólo no han tratado en ningún momento de rehuir la parte de responsabilidad que les compete ni las críticas que se les han dirigido desde distintos ángulos, sino que, por su parte, han aportado numerosos datos y los elementos de juicio necesarios para aclarar los problemas y buscar las mejores soluciones para los mismos. En verdad, no esperábamos otra cosa de ellos.
Lamentablemente, esa actitud contrasta con la que siguen manteniendo algunos de los camaradas críticos. Es cierto que aún quedan restos de los antiguos hábitos y que éstos pueden influir en el curso del trabajo y de las discusiones que habéis de seguir manteniendo, lo que puede llevar a algún impaciente a considerar que nada o muy poco ha cambiado. Ahora bien, de lo que no cabe ninguna duda es de que, para llegar a conocer toda la verdad y lograr un funcionamiento correcto y un buen estilo de trabajo, hace falta la práctica (una práctica desarrollada desde las nuevas posiciones) y voluntad para hacerlo.
Aquí tampoco disponemos de soluciones mágicas para resolver este tipo de problemas. Aún así, hay un aspecto en el que no se ha insistido bastante y que merece ser destacado: se trata de esa actitud ante los propios errores que hemos observado en los miembros del Comité, la cual sería bueno que fuera imitada por los demás. Sólo de esta manera se podrá comprobar la seriedad, el grado de madurez política e ideológica alcanzado y la verdadera preocupación por los asuntos del Partido. El arrojo e independencia de criterio no debe impedirnos ser modestos y prudentes en cualquier circunstancia; con más motivo en una situación como la presente. La actitud altanera o despectiva, ese aire de sabelotodo del que hacen gala algunos, no sólo revela desconfianza hacia los camaradas, sino también cortedad de miras y una enorme ignorancia. Y vamos... ¡que ya está bien: no hay que pasarse de rosca ni hacer la pose! Esa es una clara manifestación de subjetivismo y del espíritu individualista pequeño-burgués que ya hemos criticado, y como tal debe ser rechazada y corregida. En este sentido nos han parecido muy atinadas las opiniones que han expresado numerosos camaradas, nada sospechosos, por cierto, de estar afectados de la enfermedad del izquierdismo. ¡Que hablen ellos y callen, siquiera sea por unos momentos, los piquitos de oro!
Reconocidos los errores de funcionamiento, y una vez que se vienen haciendo esfuerzos por corregirlos, vemos que esto que acabo de apuntar pasa a ser el problema principal. Me explico.
Los camaradas críticos están enfrentados a un difícil dilema: o reconocer llana y abiertamente, sin ningún subterfugio, la deuda que también ellos han contraído con el Partido (lo que tiraría por tierra el castillo de naipes que han levantado); o bien, intentar convencernos de que sus faltas no son tales, sino, en todo caso, consecuencia de las cometidas por el Comité. Con esto, hasta la misma dirección del Partido en la que ellos pretenden apoyarse quedaría desautorizada. Pues bien todos sabemos que es eso, precisamente (su tendencia a dejarse caer por la pendiente, so pretexto de los errores reales o ficticios cometidos por otros), lo que les hemos criticado.
Es fácil comprender que no resulta lo mismo plantarse sobre terreno firme y buscar desde ahí una salida a la situación, que agravar las cosas hasta el extremo en que ellos lo habían hecho; y si bien es cierto que los errores del Comité les empujaban hacia el despeñadero, también lo es que de su parte existe una propensión a dejarse llevar hasta el borde mismo del abismo por una razón o causa misteriosa que todavía no nos han explicado. ¿Cuál es esa causa? Para nosotros no es otra sino su propio individualismo y subjetivismo. Los errores del Comité no justifican, en modo alguno, estos otros errores y, además, son de naturaleza distinta, por lo que muy malamente se pueden derivar los unos de los otros. Esto hay que dejarlo bien sentado porque, de lo contrario, de ahora en adelante cualquiera podría buscar justificación a sus propias faltas tomando como punto de referencia las que puedan cometer o hayan cometido los demás.
Es posible (desde luego, ésta es una apreciación subjetiva mía) que alguno de los críticos todavía esté esperando un espaldarazo de mi parte a sus delirantes elucubraciones; y, claro está, por esos derroteros no me voy a dejar llevar. No entraré en detalles, pues creo que tampoco hace falta; sólo aclarar que, después de haberos enviado la carta abierta y de leer los informes que no conocíamos, no se produjo aquí, entre nosotros, ninguna sorpresa, ninguna reacción de pánico, ni nada parecido. Ya desde hace tiempo teníamos formada una opinión acerca de las diferentes apreciaciones que se daban en el Partido sobre la situación y demás, de modo que, al tener conocimiento de las sensacionales revelaciones que se habían estado anunciando con tanto escándalo y aparato (esa truculenta versión que supuestamente justificaría por sí misma todo el embrollo), no ha hecho sino ratificarnos en todo lo que antes habíamos escrito... No, camaradas críticos, no tenemos nada que rectificar de lo dicho anteriormente. Seguimos sin ver ese quinto pie al gato que aseguráis haber descubierto. La prueba (para nosotros decisiva) de que esto es así la tenéis en el hecho de que los camaradas que cometieron errores en su trabajo los han reconocido con toda franqueza y los están rectificando. ¿Qué más hace falta para salir del charco en el que estáis metidos, en lugar de volver a chapotear en el mismo? Además, ahí tenéis nuestra apreciación de todo este asunto, las claves que os hemos ofrecido para poder desenredar la madeja. Naturalmente, esto no quiere decir que no se pueda matizar e incluso ahondar en algunos pormenores de nuestro pronunciamiento. Es lo que, con mayor o menor acierto, han venido haciendo la casi totalidad de los camaradas. Esto lo consideramos legítimo y necesario. Ahora bien, lo que no podemos aceptar es ese empeño que estáis poniendo en retorcer el espíritu y hasta la letra de la carta de marras para ver si de esa forma podéis extraer ideas y conclusiones completamente gratuitas y, desde luego, equivocadas. No podemos aceptar que se deforme hasta ese extremo la verdad, se quiera hacer ver lo blanco negro y se nos atribuyan ideas e intenciones que expresan lo contrario de lo que sentimos, pensamos y hemos escrito. Como comprenderéis, esto no es ya un error de subjetivismo que cualquiera puede cometer; es algo mucho peor: es una aberración que puede llevar a cualquier sitio menos a defender la verdad y la unidad del Partido.
¿A qué puede obedecer este empeño en enmendarnos la plana? Por lo que llevamos visto, los camaradas críticos tienen una idea fija en la cabeza y se están aferrando a ella como a una tabla de salvación, sin darse cuenta de que, en realidad, esa obcecación o persistencia por su parte en aquella idea absurda (que nada o muy poco tiene que ver con los verdaderos problemas a que nos venimos enfrentando) les está llevando cada vez más aprisa al abismo. Por eso quiero aprovechar esta ocasión para pedirles que reconsideren su postura.
Los errores cometidos por el Comité trascendían lo puramente funcional, qué duda cabe (de ahí su gravedad), pero no han revestido el carácter que se les quiere dar; los aspectos de tipo ideológico no han llegado a alcanzar nunca la importancia que alguno de los camaradas críticos les están atribuyendo, no han sido el problema principal. ¿Que podía haberse producido una grave desviación política e ideológica, toda una catástrofe? ¡Pues claro! Siempre estamos expuestos a eso, a veces tan solo por un descuido, por un matiz, por una cuestión de detalle. Pero para calificarlo como vosotros lo habéis hecho habría que demostrar, al menos, que ha habido intención o propósito deliberado. Y eso es algo que no váis a poder demostrar nunca. ¿Que todo error de tipo práctico, toda concepción sobre el funcionamiento y, con mucho más motivo, en toda confrontación de ideas y opiniones, siempre hay un trasfondo ideológico y una consecuencia política más o menos notable? ¿Quién lo niega? Pero de aquí no se puede deducir que haya que llevar siempre a ese terreno el tratamiento de no importa qué problema; no nos debe llevar a hacer de cualquier discusión una cuestión de principios, de línea; una cuestión (¿otra vez?) de vida o muerte, para pasar a continuación a los atrincheramientos, etc.
Por lo que sabemos -y esto creo que es admitido por todos- ni la línea política e ideológica del Partido, ni su dirección, ni siquiera el principio del centralismo democrático, han sido puestos en cuestión en ningún momento; la polémica nunca ha rebasado los límites de una discusión por cuestiones prácticas o de carácter táctico, de apreciación sobre la situación, etc. En ese campo hay lugar para las más diversas interpretaciones. Es ahí donde se tiene que dar, fundamentalmente, la lucha ideológica dentro del Partido. Es esta lucha la que el Comité tenía que haber promovido a fin de lograr una mejor cohesión ideológica y una mayor eficacia en el trabajo de organización. Esto no se hizo así por los motivos que ya conocemos, y ahí tenemos los resultados. La cosa está muy clara. Por eso no es de extrañar que ahora los camaradas críticos estén encontrando tantas dificultades para poder fundamentar sus suposiciones. En el próximo número de Resistencia vamos a publicar un artículo donde queda fijado claramente el límite de hasta dónde podrían conducir el tipo de errores cometidos por el Comité. Más lejos no hemos podido llegar en la profundización de la crítica. Es posible que otros puedan ahondar más y extraer nuevas conclusiones, pero, sean cuales sean éstas, siempre tendrán que pasar por este cedazo: para que pudiera crearse una tal situación, esa falsa concepción sobre el centralismo democrático tendría que haberse instalado firmemente en la misma dirección del Partido, y no en uno u otro Comité, célula o grupo de militantes. Además, tendría que quedar suficientemente demostrada su negativa o incapacidad para corregirla. Así es como se debe enfocar este asunto. Todo lo demás son historias inventadas, lirismos, fuegos fatuos.
Algún camarada me ha calificado de ingenuo o algo así; se ha llegado a decir que no me cosco. Bien, puede que sea cierto o que haya dado la impresión de que paso la vida chupándome el dedo. En cualquier caso prefiero pecar por ese lado, y que me tomen por jilipollas, a crear un clima de desconfianza y de miradas torvas dentro del Partido, porque, entre otras cosas, es eso, precisamente, lo que anda buscando el enemigo para destruirnos.
En fin, puestos ya a tratar este aspecto del problema, creo necesario señalar que, efectivamente, puede que exista o haya existido alguna diferencia en la apreciación de la situación y respecto a las tareas que competen a la organización en la cárcel; esto es algo que en algún momento lo hemos hecho notar. O sea, que no se trata de ningún secreto; incluso, por nuestra parte, hemos dejado muy conscientemente que las cosas fueran madurando al objeto de preparar a los camaradas para que pudieran entender mejor lo que les veníamos diciendo. No hacía falta que nadie nos alertara, porque ya estábamos advertidos desde hace mucho tiempo, sin que ello nos haya llevado en ningún momento a alarmarnos, a imaginar planes y complots trotskistas-revisionistas y todas esas traiciones de opereta que siembran la duda y la sospecha y crean un clima irrespirable. ¿Y sabéis por qué hemos procedido de ese modo? Pues es bien sencillo: porque tenemos confianza en todos y en cada uno de los miembros del Partido, porque sabemos que no buscan ningún interés particular ni de grupo y porque estábamos convencidos de que, llegado el momento, la práctica les iba a enseñar y no vacilarían a la hora de tener que rectificar.
Es la misma postura que estamos manteniendo con vosotros. Ahora se han puesto de relieve, y de manera muy patente, algunas diferencias con respecto a vuestra apreciación sobre la situación. Lo voy a explicar brevemente: no acabáis de comprender que, si bien tenemos que procurar mantener una situación de normalidad o de tregua ahí, en la cárcel (porque eso es lo que más conviene en estos momentos para el desarrollo de nuestros planes políticos), lograrlo no va a depender solamente de nuestra voluntad; porque los fachas, efectivamente, están ahí y no van a dejarnos trabajar tranquilamente, a menos, claro está, que nos dejemos dar por culo. Esto lo decíamos no hace mucho tiempo, a la vez que alertábamos contra las falsas ilusiones y para que os fuerais preparando. Pues bien: ¿a que es verdad que ninguno estáis dispuestos a dejar que nos coman el terreno hasta ese extremo? ¿Qué es, entonces, lo que está ocurriendo? Pues ocurre (al menos yo así lo pienso) que no os habéis parado a pensar que para nosotros la cárcel no es solamente Soria, y esto os impide ver que ya nos han apretado las tuercas más de la cuenta en todas partes y que, en fin... que tampoco en esto tenéis razón.
Bueno, camaradas, aún quedan muchas cosas sueltas por tratar, la mayor parte de ellas de detalle. Pero vamos a dejarlo para otra ocasión. Sabemos que en todas las cárceles se ha iniciado la huelga en solidaridad con los de Almería. Está claro que no íbamos a dejar solos a los abueletes, como ellos proponían, entre otras razones, porque eso haría más débil la presión sobre la canalla que nos gobierna y más penosa la situación de los camaradas. Además, ¿cómo vamos a pedir la solidaridad con ellos si nosotros no movemos un dedo en su apoyo? De todas formas hay que procurar controlar la situación. Mi temor es que las cosas se nos vayan completamente de las manos, y no precisamente por voluntad nuestra. Por eso no hay que descartar una agravación aún mayor de las condiciones de reclusión. Esto puede obligarnos a tener que ir a por todas, es decir, a por la reunificación con todas las mejoras que nos han sido arrebatadas. Eso tendría que ser si arremetieran contra vosotros, os chaparan y comenzaran a dispersaros. Por ahí no podemos pasar. El límite está en Soria y hay que defenderlo a toda costa. Lamentablemente, puede que esa cárcel se convierta en la trinchera luminosa que no queríamos hacer. Pero así son las cosas y no hay que darle más vueltas.
Y nada más, un fuerte abrazo para todos.
¡Amor y fuerza!
¡Venceremos!
Algunos identifican al Partido con las formas más rudimentarias de organización de los obreros, con sus objetivos limitados y sus métodos artesanales de trabajo. Otros lo conciben como un grupo de conspiradores completamente cerrado sobre sí mismo y en el que primarían los métodos propios de una organización militar. Pues bien, no vamos a insistir de nuevo en todo lo que ya llevamos dicho sobre este mismo tema. Es cierto que las autoridades no suelen establecer estas distinciones -según se trate de un militante del Partido o de la guerrilla- a la hora de aplicar las leyes especiales de represión. Pero esto no tiene por qué afectar al carácter de nuestra Organización ni a su funcionamiento, habida cuenta de que han sido concebidos no sólo para eludir en lo posible la represión, sino, principalmente, en función de nuestro trabajo político. Lo mismo cabe decir de la necesaria separación que debe existir entre el Partido y las demás formas de organización que adoptan las masas, al objeto de evitar que se confundan y se diluyan en la práctica sus distintos cometidos. Aunque, en realidad, y como aludimos antes, es la policía política la que se encarga de establecer esas barreras, sin necesidad de que seamos nosotros los que marquemos los límites. Además, es preciso tener en cuenta que no nos encontramos en vísperas de una revolución democrático-burguesa, lo que nos obligaría a prevenir la pretensión de elementos radicalizados de la pequeña burguesía, etc., de anidar entre nosotros, a la espera de su turno para hacer carrera. Por este motivo el problema que se nos presenta no es tanto el de separar como el de unir: el de ligarnos a los obreros avanzados y a otros luchadores de vanguardia.
Ha de entenderse que no estamos abogando por la supresión de la disciplina ni de las demás condiciones de la militancia comunista. Al contrario; se trata de fortalecerlas, haciéndolas, si cabe, aún más conscientes. Este es un imperativo del momento histórico que vivimos, momento de desmoralización, de dispersión y degeneración política. ¡Y que los enemigos y adversarios del Partido sigan clamando contra nuestro sectarismo! Es lo que siempre han dicho de los revolucionarios los pusilánimes y las gentes carentes de todo principio.
El Partido no es ni podrá ser nunca una organización de tipo militar, por lo mismo que tampoco es ni podrá ser un sindicato. Esto no impide a sus militantes integrarse en otras organizaciones y participar en su actividad guiados por la política general del Partido. Mas en todos los casos el Partido mantendrá siempre su independencia política y organizativa. Es decir, no se dejará desviar de sus objetivos ni se va a convertir en un conglomerado de grupos en el que predominen los hábitos y las ideas burguesas. El Partido tiene que conservar su carácter de arma siempre afilada y presta para la lucha, lo que sólo podrá lograr si desarrolla su actividad desde la clandestinidad y aplica de manera consecuente el principio del centralismo democrático en su funcionamiento, impidiendo que dicho principio se convierta en una fórmula burocrática o en un ritual.
No podemos aceptar en el Partido la existencia de fracciones o de distintas tendencias, por ser contrario al principio del centralismo democrático que rige nuestro funcionamiento. En la práctica revolucionaria es absolutamente necesaria la unidad de acción, la cual presupone la libertad de discusión y de crítica, entendiéndola en su sentido más literal. Hay que rehuir el formalismo en nuestras discusiones o debates: que nadie se sienta coartado en sus manifestaciones ni forzado por ningún motivo a retirar sus opiniones.
Muchas veces nos lamentamos de la falta de iniciativa... o sea, que está en relación con lo que acabamos de decir; porque si no lo relacionamos con esto, ¿con qué lo vamos a relacionar? Se agota la vida interna, no hay dinamismo, la gente teme hablar, todo el mundo está esperando que los pontífices dictaminen, etc. Eso provoca, efectivamente, la esclerosis. Hay que llevar la discusión a ese terreno. Bien, hemos reflexionado largamente sobre este problema y al final hemos llegado a la conclusión de que su origen se halla en el carácter colectivista de la Organización. Y matizamos: ésta es la fuente de donde extraemos nuestras fuerzas pero también constituye uno de los flancos más débiles. Ese es el origen en realidad, ahí está la cuestión, es importante descubrir el meollo. Somos un colectivo, no buscamos intereses particulares, pero, claro, eso hay que entenderlo bien, porque si no llega un momento en que el todo anula la individualidad, lo que cada uno puede aportar; y si además tenemos un concepto erróneo del centralismo democrático, lo anula mucho más todavía [...]
Hay mil maneras de hacer una cosa, no tiene por qué ser de la forma en que lo hace menganito o fulanito. Además, lo que hace menganito tiene su limitación y otro podrá recoger esa misma forma y mejorarla, ¿por qué no? En fin... procurar no caer en la rutina es una frase ya hecha, la repetimos muchas veces. La cosa es que nadie puede cubrirse las espaldas con la responsabilidad colectiva. Existe una responsabilidad colectiva, evidentemente, en lo que respecta a la dirección, a trazar planes, etc., pero, luego, a la hora del trabajo práctico cada uno tiene que apechugar con su propia responsabilidad, no dejar de hacer lo que a él le corresponde.
En particular hay que acudir a las reuniones con una información lo más detallada posible del trabajo que cada uno está realizando, no llegar a ellas con una actitud pasiva; hay que acudir a las reuniones con ideas, sugerencias, propuestas concretas y no limitarse a esperar a que se den instrucciones. Las instrucciones tienen que salir de una discusión viva sobre cuestiones particulares y también generales... Tenemos que acabar con la jodida costumbre de plantear problemas sin hacer al mismo tiempo propuestas concretas para solucionarlos. Que la gente, cuando surja un problema, no piense: voy a que fulanito me lo resuelva, sino en que éste es un problema que yo tengo que resolver... quizás por la delicadeza o trascendencia que pueda tener un asunto, antes vamos a consultarlo... pero yo ya tengo formado un plan, una idea; es más, soy quien mejor puede resolverlo, porque nadie lo conoce mejor. ¿Por qué venir aquí con la papeleta? Si quieres, yo dejo lo que estoy haciendo y me voy a solucionar lo tuyo, ¡así de sencillo!
¿Cómo estimular a los camaradas a que asuman plenamente sus responsabilidades, a que no teman cometer errores, a que tomen decisiones y se atrevan a orientarse por sí mismos, incluso en las situaciones más complejas? El informe dice que una de las claves consiste en elevar continuamente su conciencia política, haciendo que se identifiquen plenamente con los objetivos y el funcionamiento de la Organización. Además, para eso resulta también imprescindible sostener la lucha ideológica que nos permita aclarar mejor las ideas en relación con los asuntos prácticos y más generales del Partido. La lucha ideológica es igualmente necesaria para reforzar la unidad del Partido, pero no se repara suficientemente en el método para conservarla e incluso fortalecerla. De manera que, pasado un tiempo, la tal unidad acaba convirtiéndose en un recurso más bien formal, inoperante, en una traba para el desarrollo de la Organización. Hay que insistir en la aplicación de un método justo de trabajo. Evitar, sí, el formalismo y el papeleo, pero comprender que siempre será necesario aplicar un método: planificar, diferenciar lo principal de lo secundario, distribuir convenientemente las fuerzas, etc. Nuestro método consiste en vincular la teoría a la práctica, que la palabra vaya acompañada de hechos; y luego seguir avanzando o rectificar con arreglo a las experiencias. No quedarnos nunca estancados en ningún terreno de actividad, porque la vida, la sociedad, también avanzan. Se nos tiene que conocer por la claridad y firmeza con que defendemos las ideas y proyectos revolucionarios, por la seriedad y la entrega que ponemos en nuestro trabajo, y también, yo diría, por ser un poquito irónicos [...] Todos tenemos pleno derecho y el deber de defender lo que creemos justo y que va en beneficio de la causa, podemos hacer aportes y recibir por ello una satisfacción individual. ¿Por qué no? Hay una parte del trabajo que corresponde al colectivo, es un trabajo del Partido y de las masas; donde no llega el individuo está el colectivo para suplir su deficiencia. Pero también existe una parte individual y hay que considerarlo así. No vamos a fomentar el individualismo, eso de ninguna manera, pero, bueno, hay que considerar que la individualidad, la persona, también juega un papel e influye en el conjunto; o sea, cuanto más rico sea el trabajo y más aportes haya y más alegría, ¡mejor para todos! [...]
Respecto al espontaneísmo. Quizás te haya dado a tí la impresión de que asociamos espontaneísmo y represión, y evidentemente en el escrito se habla de la represión como de un caldo propicio para que germine y se extienda, pero el espontaneísmo no lo crea la represión. La represión lo favorece, simplemente; no lo crea. Creo que éste es un matiz importante. Existe un espíritu revolucionario en mucha gente que, sin embargo, siente temor a organizarse. Este temor está determinado, fundamentalmente, por la represión, ¡fundamentalmente!, pero no sólo. Esto les lleva muchas veces incluso a darse de hostias con la pasma, pero a la hora de organizarse, ¡amigo!, eso ya es otra cosa... Ese rechazo se produce porque no están de acuerdo o no tienen las ideas claras, no comprenden la necesidad de la organización, en algunos casos, y, más en general, porque no exige el mismo grado de compromiso darse de hostias con la pasma durante dos, tres horas en la calle, que organizarse. Una cosa le puede traer como consecuencia un par de garrotazos y otra la tortura y la cárcel. De ahí, en buena medida, el espontaneísmo; en buena parte se genera a partir de ahí. Llega un momento en que la gente se lanza a por todas, pero no se organiza, ¿por qué? Hay, efectivamente, una concepción espontaneísta en el sentido reformista o bien en el anarquista. De todas formas, yo creo que lo que predomina es el miedo a organizarse, por las consecuencias que trae aparejadas. Es lo que debemos remarcar. Además, en el mismo documento se plantea que el revisionismo apenas influye... Hoy día, el espontaneísmo no se puede considerar tanto desde el punto de vista de la influencia revisionista, que es mínima, ya que realmente no existe esa influencia como podría existir hace diez, quince, veinte años. Hoy el espontaneísmo tiene un carácter más de izquierda que de derecha; de derecha, en el sentido que le damos a esta expresión dentro del movimiento, o sea, a la concepción y la práctica revisionista. Hoy se dan más los autónomos, los anarcos... La gente que va por libre y que no es revisionista; son más bien izquierdistas. Ahí se encuentran los que tienen un espíritu combativo. Lo que no quieren es organizarse; pero, ¿por qué? ¿porque no tienen las ideas claras? En parte, sí. Esto debe llevarnos a no poner tanto el acento en atacarlo como en tratar de orientarlo.
Yo he pensado sobre este tema. ¿Cómo superar el problema de nuestro escaso desarrollo cuando, por otro lado, hay un movimiento espontáneo bastante extenso?, ¿nos enfrentamos a los espontaneístas?, ¿les hacemos la crítica desde el punto de vista clásico, o sea, considerándolos como oportunistas?, etc. Eso sería un error. ¿Y por qué sería un error? Porque este espontaneísmo no tiene las características que podría tener, repito, el espontaneísmo de tipo derechista, revisionista, electorero o sindical reformista. Por eso insisto en que debemos explicar la coincidencia tanto en el rechazo al reformismo, como en la oposición radical frente al Estado. ¡Hay una coincidencia! En el Informe se explica, se dice que debemos procurar orientarlos y tal. Es el enfoque que he dado a este asunto. Yo lo enfoco desde el punto de vista del desarrollo de la organización. Nos estamos encontrando con un problema: hay un movimiento radicalizado... hay un movimiento espontáneo bastante extenso. ¿Tiene un carácter reformista ese movimiento? No señor, no lo tiene; luego, ¿por qué no se organiza? En parte porque rechaza al revisionismo y a toda la mierda, ¡lo cual es muy positivo!... y también porque temen enfrentarse a las consecuencias que conlleva la organización... Quizás habría que decirlo más claro, explicarlo así, quizás... Estoy tratando de buscar una explicación de ese fenómeno social, de modo que eso nos permita trabajar en tales condiciones. Y la solución que he encontrado es la de no centrar el foco de la crítica en el espontaneísmo como desviación oportunista... sino en procurar comprenderlo; y lo pongo entre comillas. ¿No hay quien dice no saber para qué sirven las comillas? Bueno, pues éste es un caso claro en que nos podemos servir de ellas: comprender (entre comillas) no quiere decir que nos mostremos complacientes. Implica una u otra forma de crítica; a esto lo llamo esclarecer, no atacar ni etiquetar. Debemos procurar comprenderlo, no dedicarnos tanto a criticarlo como a orientarlo. Parto de que estamos muy próximos, porque, en definitiva, este fenómeno abarca también al movimiento obrero. Quizás habría que leer esta parte para aclararnos mejor [...]
¿Cómo abordar la solución de este problema? Ante todo, manteniendo una posición clara y una actitud firme. No vamos a dejar de ser lo que somos ni... repito que se trata más bien de una cuestión de actitud y de posición de clase. No digo con esto que nadie esté proponiendo renunciar a la lucha, pero se puede llegar a esa conclusión. El revisionismo siempre ha puesto como pretexto la oposición de los obreros a organizarse, su negativa a hacer la revolución, la falta de espíritu revolucionario... De ahí que no pierdan ocasión para rebajar los presupuestos políticos: ¿para qué seguir?, ¡vamos a buscar otra salida!, ¡claro!, la que están buscando: la casa común, comer del presupuesto... ¿eh?... Vamos a buscar soluciones. Estamos convencidos de que la revolución se va a hacer, si no hoy, mañana... ¿Que nosotros no llegamos a ella? Los que vengan detrás tendrán una parte del trabajo hecho, por lo menos les facilitaremos la obra. Hemos explicado que para que se desarrolle el movimiento revolucionario son imprescindibles, además de la organización y una justa línea política, otros factores que influyen favorablemente en la situación. Aquí se mencionan los factores que facilitan la elevación de la conciencia política de las masas. La crisis económica capitalista es uno de esos factores favorables, pero debemos tener en cuenta que existen factores desfavorables, como la labor de zapa del revisionismo, la situación internacional... se producen situaciones coyunturales que influyen negativamente en la situación general y desmoralizan a las masas. La crisis de los países socialistas y la forma en que está siendo atajada por sus dirigentes son aspectos muy desfavorables. Esto no quiere decir que la revolución dependa de esos factores pero, evidentemente, influyen, ¡y mucho!, en todos estos problemas.
Entonces... volvamos a retomar el tema: apoyar al movimiento de masas, centrando nuestra atención en el movimiento obrero, sindical; el otro aspecto importante es aclarar las ideas... Los obreros seguirán luchando de forma espontánea. Este espontaneísmo está en relación directa con la crisis del sistema capitalista; sin embargo, lo más destacado de él consiste en que conduce al enfrentamiento contra el Estado. Este movimiento transcurre fuera de los cauces que marca la burguesía y se enfrenta a su Estado. Pero, curiosamente, rechaza la política, así, entre comillas. Y rechaza a los partidos comunistas. ¿Qué debemos descubrir nosotros en ese rechazo? Que se trata de un movimiento de carácter revolucionario al que hay que ligarse para que asuma los objetivos políticos de la revolución de manera consciente. A tal fin, debemos comenzar por explicarles que todas sus acciones forman parte del movimiento de resistencia popular... incluido el rechazo a los partidos comunistas y su política colaboracionista. Nadie antes que nosotros, ni con mayor energía, ha expresado ese mismo rechazo; nosotros somos conscientes de ese mismo fenómeno, lo comprendemos y al comprenderlo podemos obrar para que lo asuman y al mismo tiempo beneficiar, por así decirlo, al propio Partido. No hay contradicción alguna y en la perspectiva histórica estamos de acuerdo prácticamente en todo... de modo que resultará fácil hacer comprender la coincidencia de puntos de vista y de intereses que de hecho existen entre nuestro Partido y el movimiento de masas. Es claro que este movimiento no se plantea hacer la revolución, pero de hecho está trabajando por ella. Por este motivo nosotros no podemos criticar a ese movimiento espontáneo, tachándolo de oportunista... sino tratar de entender que tiende hacia el comunismo, al socialismo, como lo prueba el hecho de que ya, actualmente, se halla enfrentado al Estado capitalista, a los partidos burgueses, etc. Debemos hacer una labor de esclarecimiento entre las masas y sus elementos más avanzados... ganarlos. Esto puede resultar fácil porque podemos demostrar que nosotros siempre hemos rechazado lo que ellos están rechazando ahora... y, además, que lo hemos hecho desde el punto de vista marxista-leninista, o sea, que el marxismo-leninismo no es ajeno a las masas [...]
Tampoco hay que ver el proceso de una manera mecánica. Tendemos a acortar los plazos por nuestras propias necesidades y por nuestra impaciencia. No es malo que haya impaciencia, cierto grado de impaciencia ¿eh? Lo que normalmente lleva, en función de una serie de condiciones, veinte años, pongamos por caso, nosotros lo acortamos y lo queremos resolver en dos o en cinco. Sabemos que se va a producir y nuestro propio deseo... ¡deseo sano!, nos hace acortar las distancias, hacerlo más fácil de lo que realmente es. Pero el fenómeno está presente y se va a desarrollar en el sentido que estamos procurando, es inevitable. El Estado no podrá impedirlo. Se puede asegurar que últimamente ha madurado bastante. El apoyo que empezamos a recibir es muy real; tenemos una influencia... una influencia política, una influencia ideológica, una influencia moral; yo diría que ya somos una fuerza. Lo que ocurre es que no acabamos de creer que vamos a triunfar. ¡Somos cuatro gatos!, pero es que ningún partido revolucionario ha reunido a más de cuatro gatos hasta la víspera... ¡Eso siempre ha sido así! Existe una concepción muy extendida de la que ni siquiera nosotros somos capaces de desprendernos. Una concepción socialdemócrata, verdaderamente espontaneísta, oportunista, que consiste en concebir el Partido como una fuerza de cientos de miles de militantes y tal... ésa es la concepción socialdemócrata de las agrupaciones. Cualquier partido revolucionario ¡son cuatro!, cuatro locos desperdigados por ahí. Son la voz del pueblo cuando pueden alzarla ¿eh?, y una acción por aquí y un acto por allá y eso, eso es lo que realmente marca la pauta, porque son los únicos que realmente hacen lo que es necesario hacer. La organización revolucionaria no puede ser muy numerosa en una situación como la que nosotros atravesamos. De todas formas, si fuésemos más de los que ahora somos nos habrían partido cincuenta veces en mil cachitos. Incluso nuestra propia debilidad es una fuerza en estas condiciones... La concepción socialdemócrata es la del partido concebido para la campaña electoral, con sus gorritas, sus fiestecitas, sus matasuegras... El partido revolucionario no es ni puede ser así. Es continuamente perseguido y sus militantes tienen que escurrir el bulto. Y ya sabemos cómo estamos... Para mí es mucho, supone un gran avance, el que tengamos todo un movimiento alrededor que nos apoya, que nos alienta y que nos ayuda en la medida de lo que puede, porque hay un límite. Un currante no va a dejar la fábrica y se va a ir al monte así como así [...]
Incluso nosotros mismos, incluso nosotros hay ocasiones en que, cuando un hombre o una mujer se plantean dejar el trabajo, su casa y tal, lo pensamos dos veces, porque podemos cometer una tontería, ya que, en lo inmediato, esa persona no va a resolver nada, va a suponer una carga para nosotros y se va a originar un problema ¡y tenemos que pensar muy bien las cosas! A la hora de hacer pasar a la gente pensamos en todo, no es pasar por pasar. Hemos de comprobar si realmente puede hacer algo útil y no originar más problemas de los que va a resolver. Este mismo criterio habrá que extenderlo a la generalidad de la gente: ¡tranquilos!, que las cosas irán madurando. Cuando llegue el momento, todo el mundo podrá aportar y lo va a hacer no de una manera espontánea, porque no va a ser un movimiento espontáneo: ya se habrán trazado unas líneas, se habrán creado organizaciones y todo el mundo sabrá dónde ir y lo que tiene que hacer. Pero hasta que llegue ese momento... vamos a meternos esta idea en la cabeza: seguiremos siendo muy poquitos y nos van a pegar ¡pum! y vamos a tardar en reponernos, pero ahí estaremos y pim, pam; y ese proceso será, está siendo ya, un avance en oleadas. Poco a poco iremos ganándoles terreno, se irá entrando en una situación cada vez más favorable, hasta que no haya otra salida. Bueno, son cosas más que repetidas. La cuestión fundamental, lo que se está planteando aquí, es cómo resolver el problema de la ligazón del Partido con las masas, cómo vamos a poder resolver este problema en la situación presente... Yo he tratado de romper un poco los esquemas a la hora de tratar del espontaneísmo, me he salido de la concepción un tanto clásica, lo que puede justificar la crítica que se ha esbozado al principio...
También en el terreno del funcionamiento, cuando hablamos de la distancia que nos separa de ese sector, jugamos con el mismo planteamiento. Aseguramos que en el Partido necesitamos una disciplina, que en el Partido no puede haber distintas corrientes y grupos, etc., añadiendo que, en las actuales condiciones, no se trata tanto de establecer una separación como de unirnos. Yo recuerdo los textos de Lenin que llaman a separar... ¿estamos revisando esa tesis? No, estamos analizando nuestro problema, estamos adaptando esa tesis a nuestra situación. Es decir, ahora, ¡qué leches vamos a separar! ¿nosotros? ¿por qué? Todo el que quiera unirse al Partido, estamos abiertos, dispuestos a acogerlo. Quien separa es la policía. Además, en España ni siquiera podemos prever la posibilidad de que, llegado un momento, se produzca una avalancha de intelectuales y estudiantes hacia el Partido ante la que habría que decir: ápara el carro! No hay pendiente ninguna revolución burguesa y el que se acerca a nosotros es porque está dispuesto a luchar por el comunismo; luego, la cuestión fundamental no es tanto separar, impedir que el Partido se diluya entre las masas o evitar que los intelectuales lo echen a perder... ése no es nuestro problema, sino el de vincularnos a la gente avanzada. Yo creo que en ese sentido también procuramos captar lo nuevo y no caer en los tópicos de siempre. El Partido no puede ser una organización militar. Lo mismo cabe decir respecto a la necesaria separación que debe existir entre el Partido y las demás formas de organización que adoptan las masas, al objeto de evitar que se confundan y se diluyan en la práctica sus distintos cometidos. ¡Eso está muy claro! Es una cuestión de principios y no hay hostias... pero... ¡el pero famoso! ¿eh?... En realidad ya lo hemos dicho antes, es la policía la que se encarga de establecer esas barreras, sin necesidad de que seamos nosotros los que marquemos los límites... A un tío que viene a nosotros no le vamos a decir: ¡no, porque tú eres un oportunista! El que se acerca a nosotros ya ha pasado esa barrera, la barrera del miedo, la barrera de la pasma; está decidido a trabajar, a luchar y a aprender. ¿Le vamos a decir: no, espera que te hagamos un examen político y de principios? Cuando una persona se acerca a nosotros, ¡a no ser que sea un pasma, claro!, no vamos a empezar por hacerle el examen de marxismo-leninismo. ¡Eso es una chorrada!, entre otras cosas, porque podemos tener la certeza de que no es un arribista. En nuestras condiciones, pocos arribistas se acercan...
El problema que se nos presenta no es tanto el de separar como el de unir, el de ligarnos a los obreros avanzados y otros luchadores de vanguardia. Con esto no estamos abogando por la supresión de las normas de la militancia partidista... Bueno, aquí entramos en otro terreno... Me parece que todo lo dicho está en relación con el momento que estamos atravesando. Se intenta calar en la naturaleza de los problemas de tipo organizativo y político que venimos encontrando, a fin de que sepamos desenvolvernos, rompiendo los esquemas, las ideas preconcebidas, las tesis de hace un siglo, sin olvidar, naturalmente, las cuestiones básicas o de principios. Se trata tan sólo de aplicarlas a las nuevas condiciones. La crítica del espontaneísmo no puede tener hoy el mismo carácter que podía tener en la Rusia de finales del siglo XIX o principios del presente; no podemos hacerle la misma crítica, entre otras razones porque las masas, entonces, tenían esperanzas en la socialdemocracia y el reformismo y hoy ya están de vuelta de todo eso; hay una experiencia histórica acumulada en la conciencia de las masas que les permite identificar casi inmediatamente a un lacayo del imperialismo... Bueno, nos estamos extendiendo demasiado en este punto. En cuanto a lo que tú proponías sobre lo de las comisiones, francamente, me parece que volver sobre este tema no tiene sentido ahora mismo.
Los trabajadores se han cansado de esperar, desprecian los discursos lacrimógenos, ya no confían en que a través de procedimientos legalistas y pacíficos se pueda resolver ninguno de sus cada vez más graves problemas y, menos aún, poner freno a la ofensiva ultrarreaccionaria del capital, y por todos esos motivos se han decidido a pasar a la acción resuelta en todas partes. Por el momento, los partidos y sindicatos reformistas y socialfascistas (verdaderos instrumentos de engaño, control y manipulación en manos de la burguesía monopolista) ya han sido arrinconados y, las más de las veces, sus representantes o portavoces tienen que ser protegidos por la policía de la ira popular. En lugar de ellos, en todas partes, se han impuesto las asambleas y plataformas como órganos democráticos de decisión. Esto supone, de hecho, la ruptura más radical con la legalidad del régimen creado por la reforma por parte de amplios sectores de la población en numerosos lugares, por lo que el peligro de desbordamiento es más que preocupante para la oligarquía. Así se explica la promulgación de la famosa Ley Corcuera y del nuevo Código Penal y el que se hayan visto obligados a sacar el ejército a la calle bajo la cobertura del V Centenario y demás eventos deportivos y culturales. La realidad es que ya ha pasado el tiempo en que la clase dominante española podía concentrar sus fuerzas en la represión del movimiento de resistencia organizado, en el intento de exterminar a esa exigua minoría de violentos e iluminados que la hemos combatido, valerosamente y sin tregua, durante más de una quincena de años. Por ese motivo ahora tiene que hacer extensiva la represión terrorista del Estado a toda la población y a no pocos de sus antiguos aliados. Por todo ello no resulta exagerado afirmar que hemos entrado en una nueva fase del desarrollo de la lucha de clases en España, cuyos rasgos más generales aparecen expuestos en el Proyecto de Programa, Línea Política y Estatutos del Partido, presentado recientemente a la consideración de todos. Por eso no nos vamos a detener aquí a exponerlos de nuevo. Tan sólo nos vamos a referir a lo que esta situación implica en cuanto al trabajo de masas y a su relación con la tarea de fortalecimiento del Partido, tema éste que ha sido suscitado recientemente entre nosotros con particular insistencia. Veamos.
Que la nueva situación que se está creando en España muestra una rápida elevación de la conciencia política de las masas populares; que el clima de luchas y enfrentamiento que se ha creado resulta muy benéfico, incluso para las personas más proclives al desánimo, al fatalismo y al abandono, ésas son cosas que, ciertamente, nadie discute. A ese respecto es muy revelador el hecho de que un importante sector de la clase obrera, considerado por algunos como parte de la aristocracia, se haya lanzado últimamente a las barricadas, con lo que ha quedado demostrado, entre otras cosas, que esos obreros no sólo no se habían aburguesado o integrado en el sistema, sino que, muy al contrario, están dispuestos a combatirlo y a enterrarlo. Esto nos alerta, al mismo tiempo, sobre el camino que va a seguir (que está siguiendo ya) el conjunto del movimiento obrero y popular. Sobre este particular no creemos que pueda haber ninguna duda entre nosotros, los comunistas.
Sin embargo, a menudo constatamos que el nivel de conciencia y de organización de los obreros no se corresponde con el grado de radicalización y la extensión que está alcanzando el movimiento de masas, lo cual desconcierta a algunos militantes y les hace exclamar, algo perplejos: ¡la gente se parte la cara con la policía en la calle, pero teme organizarse! Eso es cierto, refleja una realidad; pero ¿a qué se debe ese fenómeno? ¿cómo resolver esa aparente contradicción? Este es un problema que preocupa y atrae la atención de la práctica totalidad de los militantes del Partido, hasta el punto que en la última reunión del Pleno del Comité Central se convirtió en el principal tema de reflexión. Entre las causas que entonces se apuntaron (véanse las Actas) destacan las siguientes: primero, la represión. Los obreros no dudan en enfrentarse al patrón y al Gobierno, siempre que se sientan arropados por los compañeros. En cambio, sí temen, incluso los más avanzados, las consecuencias que lleva siempre aparejadas pertenecer a una organización revolucionaria; y eso no tanto por ellos mismos (la tortura, la cárcel, etc.), sino por la situación de desamparo en que, generalmente, queda su familia. Mientras no cambie la situación, o por decirlo de otra manera, mientras los obreros tengan algo a que aferrarse y no se vean obligados, como está sucediendo cada vez más a menudo, a salir a la calle para luchar por el puesto de trabajo, el pan y la seguridad de los suyos, ese temor seguirá desempeñando un papel inhibidor o de contención favorable a la burguesía.
El segundo factor de importancia, según nuestro punto de vista, es la crisis por la que atraviesa actualmente el socialismo. El descrédito y la bancarrota a que ha sido llevado por los revisionistas y demás ralea crean confusión en la mente de los trabajadores y una gran inseguridad respecto al futuro, lo que hace que muchos de ellos se interroguen si verdaderamente merece la pena arrimar el hombro en la obra común y sacrificarse por algo que, a lo más, habrá de venir en un futuro remoto. No se comprende que la organización política revolucionaria es necesaria para acercar ese futuro, para hacerlo menos costoso e incluso para conseguir algunas mejoras inmediatas.
El tercer factor de inhibición política de las masas lo constituye el propio proceso de lucha y de maduración del movimiento revolucionario. Este es el más importante, verdaderamente decisivo. Como ya hemos visto, el temor a la represión es, quizás, el más claro o evidente de todos los motivos de apoliticismo de las masas; pero no lo explica todo, dado que, como queda dicho, la gente se la juega muchas veces incluso por los motivos más nimios, por una simple tontería. Más importante que el temor a la represión nos parece la falta de claridad política y de una perspectiva de futuro. Por aquí entra en juego la lucha ideológica, particularmente la denuncia y desenmascaramiento del revisionismo. Pero, con ser todo eso importante, lo es más, mucho más -lo que no se tiene en cuenta la mayor parte de las veces- el propio proceso de maduración de las condiciones en que suele desarrollarse todo movimiento revolucionario. Este no es un problema exclusivo nuestro ni de nuestra época, sino que se ha dado siempre, y eso tanto en España como en los demás países. De no ser así, es indudable que la revolución socialista ya habría triunfado en todo el mundo. El movimiento revolucionario atraviesa por etapas de flujo y de reflujo. La cuestión consiste en saber determinar la táctica y las tareas que se deben cumplir en cada circunstancia, de modo que ello permita influir en la situación de manera favorable para la causa. En este asunto, el subjetivismo o la impaciencia no harán sino aumentar las dificultades.
La experiencia demuestra que en los inicios de todo período de ascenso revolucionario, como el que, según todas las evidencias, nos encontramos ahora en nuestro país, el movimiento ascensional de las masas coincide, por lo general, con una gran difusión de las ideas sindicalistas y espontaneístas, muy extendidas entre los obreros por influencia de la ideología pequeño-burguesa y, en no menor medida, por el propio carácter masivo y heterogéneo del movimiento. Pues bien, esta realidad ha de obligarnos a separar la cizaña del buen grano, distinguiendo las iniciativas creadoras de las masas y sus elementos más avanzados (aquellas que son realmente democráticas y revolucionarias) de todo lo que no lo es y lleva el sello inconfundible del enemigo de clase, el cual sólo busca con ello paralizar a las masas, confundir a los obreros, separarlos del Partido y retrasar así el triunfo del socialismo. Así pues, apoyamos el espontaneísmo revolucionario de las masas que se enfrentan resueltamente al capitalismo y a su Estado, que se niegan a entrar en el juego de los partidos burgueses reformistas y boicotean todas y cada una de sus mascaradas, pero con la misma fuerza y resolución debemos denunciar a quienes tratan de utilizar ese rechazo democrático y legítimo para hacerlo extensivo a todos los partidos y a toda idea de lucha política, ya que de ello sólo puede salir fortalecida la reacción.
En cuanto a la incorporación de los obreros avanzados y otros revolucionarios a las filas del Partido, que nosotros sepamos, no existe ninguna fórmula capaz de resolver en unos cuantos meses e incluso años este importantísimo problema. Eso sí, la experiencia nos ha enseñado que se trata de un proceso lento cuyo desarrollo depende, en gran medida, de la experiencia que hayan adquirido los mismos obreros a través de la lucha, así como de la labor paciente, mil veces compleja, que llevemos a cabo entre ellos. La crisis económica, el crecimiento de los antagonismos sociales y la extensión de la lucha de clases, destacan cada día a un número creciente de trabajadores (auténticos líderes de las masas) que son impulsados a la lucha activa y a buscar, por las propias necesidades de esa lucha, la solución a muchos problemas que sólo pueden hallar en la organización del Partido y su línea política. La mayor parte de los militantes del Partido hemos vivido esa experiencia y la conocemos bien. Por eso no se comprende el lloriqueo, el desaliento y las tonterías que dicen en ocasiones algunos. Nosotros sabemos que, por lo general, las masas no actúan de otra manera ni se dejan llevar por ideas preconcebidas, sino que es la necesidad la que les empuja a la acción y es, a través de ésta, como se van haciendo conscientes. Esta es una ley fundamental del desarrollo histórico, y por lo mismo debemos ser pacientes y no desaprovechar ninguna ocasión que nos permita ayudar a acelerar dicho proceso con nuestra propaganda y otro tipo de actividades políticas y orgánicas. O sea, que no se trata de esperar con los brazos cruzados a que los obreros avanzados vengan al Partido o a que recurran a él. Es más, ese acercamiento nunca se producirá -podemos estar seguros- si no lo estimulamos, si no luchamos y nos esforzamos todos los días por ganar a las masas para la causa; si no buscamos todas las vías posibles y las que podamos imaginar para acercarnos a sus elementos más avanzados y tender puentes por los que puedan transitar hacia el Partido o nos permitan mantener una relación y contactos regulares con ellos.
Uno de esos puentes es la propaganda, en especial el órgano central, Resistencia. Debemos hacer de su elaboración y distribución una obra común. Pero no podemos limitarnos a eso. Hay que tomar otros acuerdos y, por nuestra parte, encomendar otras tareas y responsabilidades, por pequeñas o insignificantes que éstas puedan parecer, hacer colectas, ayudar a los presos, facilitar los contactos, viajar a determinadas localidades para llevar la propa, ceder un domicilio, etc. Impedir que, como ocurre frecuentemente, casi todo el trabajo recaiga sobre un reducido número de militantes; aparte de que existen numerosas actividades que cualquier persona puede realizar sin gran peligro y que a nosotros nos están vedadas por los riesgos que comportan para la seguridad del Partido. Y luego, sí, ser pacientes, no atosigar al personal. Explicar una y mil veces las cosas, y si a pesar de todos los razonamientos y explicaciones no nos comprenden o la gente no se decide a seguir una orientación ni a poner en práctica una consigna, no debemos forzar el carro. En este terreno llevamos una gran ventaja a todos los demás partidos: sabemos positivamente que el desarrollo de los acontecimientos obra a nuestro favor (a favor de una mayor agravación de la crisis capitalista, de la elevación de la conciencia política de las masas y del consiguiente enfrentamiento de clases), con el añadido de que, por nuestra parte, no tenemos que presentar resultados electoreros para recibir el crédito de los bancos ni el sueldo del Estado; no buscamos tampoco ocupar ningún puestecito burocrático, por lo que podemos permitirnos el lujo de esperar. En esto, como en todo lo demás, hemos de distinguirnos de los políticos burgueses o revisionistas.
Pero es a la organización del Partido a quien corresponde desempeñar el papel principal en toda esa labor. Son las células y comités los encargados de planificar, ateniéndose a las directrices y consignas de la dirección, el trabajo de propaganda y de denuncia política, de organizar reuniones con los obreros, concertar los contactos, distribuir convenientemente las fuerzas disponibles de cada localidad o centro de trabajo, de asignar a cada militante las tareas que mejor pueda realizar, fijar los plazos para su cumplimiento, etc., de modo que ello permita atender a todos los requerimientos de la lucha de clases y del propio desarrollo de la organización y ninguno de sus miembros se sienta marginado o, en otros casos, sobrecargado de trabajo, abrumado por su responsabilidad e impedido para llevarla a cabo.
Ni qué decir tiene que este tipo de funcionamiento exige, antes que nada, poner término cuanto antes al ultrademocratismo y a los métodos artesanales de trabajo que siempre le acompañan (propios de economicistas, sindicalistas estrechos y otros reformistas) para adoptar los de toda organización verdaderamente comunista, bolchevique, revolucionaria. El hecho de que, por las circunstancias que sean, no se haya decidido que un militante o una organización pasen a la clandestinidad y permanezcan semiclandestinos, no ha de llevarnos a descuidar ese rasgo tan importante del carácter de nuestra organización. Porque, aparte del mal funcionamiento, la confusión que se crea respecto a los objetivos de la lucha y el relajamiento, ¿quién puede asegurar que cualquier día, mañana mismo, no sea necesario casi para todo el mundo tener que dar el salto a la clandestinidad? Desde luego, mientras vivamos bajo el régimen capitalista, eso es algo que nunca se puede descartar. La cuestión es que un acto de tal naturaleza no se puede improvisar. Por esa razón debemos estar siempre preparados y mantener los nervios y el espíritu bien tensados, y eso, no sólo, como queda dicho, por los peligros de involución y demás que nos acechan a cada paso, sino, particularmente, por el propio carácter de la organización y del trabajo que ha de realizar continuamente entre las masas. Hemos de tener presente que cuanto más extenso sea dicho trabajo, cuanto más se incremente la influencia del Partido entre los obreros y mayor sea el número de los que se acerquen e ingresen en sus filas, más fuerte habrá de ser la presión que, desde distintos ángulos, se ejerza sobre nosotros, más atención deberemos prestar al funcionamiento y, por tanto, mayores serán las exigencias que se nos planteen a todos.
¿En qué situación se encuentra la organización del Partido? ¿Qué orientación debemos seguir en el trabajo político, de propaganda y de organización? ¿Qué tareas se destacan como las más importantes en estos momentos? Para hallar respuesta a estas y otras preguntas y a fin de aunar criterios de actuación ante la nueva etapa que ahora se abre (tema éste que ya fue esbozado en el número anterior de Resistencia) se ha celebrado recientemente una reunión de militantes responsables de las distintas organizaciones del Partido. Hacía tiempo que no tenía lugar un encuentro de este tipo. Numerosos problemas de orden técnico nos habían impedido andar más deprisa en este terreno, por lo que ahora podemos considerar que esta reunión ha supuesto un importante avance que se hará notar en el desarrollo de todas nuestras actividades.
La reunión se detuvo particularmente en pasar revista al cumplimiento de los acuerdos que se tomaron en la reunión plenaria del Comité Central de hace dos años, en torno a los cuales se expresaron diversas opiniones. Los camaradas recordarán que en aquel Pleno nos vimos obligados a revisar algunos de los ambiciosos proyectos que se habían hecho con anterioridad, particularmente en lo que respecta al desarrollo de la Organización, cifrados fundamentalmente en crear, desde la clandestinidad, Comités Locales y Nacionales en aquellos lugares donde el Partido viene desarrollando tradicionalmente su labor. Sin embargo, las dificultades con que se encontraban los camaradas dedicados a ese trabajo, los escasos resultados obtenidos al transcurrir algún tiempo y la inexperiencia de algunos de ellos para afrontar con profesionalidad y seguridad estas tareas, nos hicieron reconsiderar dichos acuerdos y dar un paso atrás. Preservar la Organización y crear las condiciones que garanticen la permanencia de algunos cuadros en la clandestinidad ha sido desde entonces nuestra principal preocupación.
Pues bien, ahora, en esta reunión, se ha considerado que las condiciones ya han sido creadas para volver de nuevo sobre aquellos mismos proyectos que hubieron de ser postergados. Es evidente que para llegar hasta aquí nos hemos visto obligados a tener que dar un largo rodeo y que marchamos muy retrasados respecto a los planes previstos en un principio. Pero no había otra forma de hacerlo sin exponernos a nuevos retrocesos. Ahora nos encontramos en mejores condiciones para dar no uno, sino dos pasos adelante, para recuperar el terreno perdido. Y es lo que se ha planteado en esta misma reunión: pasar, sin más dilación, a fortalecer la dirección clandestina del Partido, consolidar las organizaciones locales y extender el trabajo político a otras localidades, son los principales objetivos que nos hemos señalado. Este trabajo de organización habrá de ser completado con la labor de propaganda que ya se está realizando en base a la discusión del Proyecto de Programa, Línea Política y Estatutos del Partido y habrá de culminar con la celebración del III Congreso.
Aunque en la reunión se han discutido ampliamente los diferentes aspectos de nuestro trabajo entre las masas, se hizo especial hincapié en la necesidad de que todos los militantes comprendan que no somos uno más en el tinglado reformista, que nuestra actividad no puede quedar diluida en la sopa de siglas. El activismo en el que a menudo caen algunos militantes, además de ir en perjuicio de las tareas de propaganda y organización, es el mejor caldo de cultivo para que la policía política controle nuestra actividad. Este último punto, el de la seguridad, fue una de las cuestiones sobre las que más se ha insistido en la reunión.
Excepto en determinados casos, nuestro trabajo no puede ser abierto, sino clandestino; las tareas de propaganda y de organización han de llevarse a cabo de forma limpia, es decir, fuera del control de la policía. Tenemos que preservar todo lo nuevo, incluso aquellas relaciones con grupos o personas que por sus condiciones sabemos de antemano que no van a militar a nuestro lado. Ampliar nuestro círculo de influencia y hacerlo de forma segura es la mejor garantía para la continuidad de nuestro trabajo.