Resistencia núm. 36, junio de 1997
Sumario:
— Comunicado del Comité Central del PCE(r)
— Informe
— Un límite infranqueable
— El régimen no tiene más salida que volver a sus orígenes
— Mantener y desarrollar nuestras posiciones
— Reagrupar las fuerzas
— Corregir nuestros propios errores, mejorar el estilo de trabajo
— Conclusión
— Convocatoria del IV Congreso del PCE (r)
— Reglamento del Congreso
Entre los días 6 y 9 de junio se ha celebrado en la clandestinidad una reunión del Pleno del Comité Central del Partido Comunista de España (reconstituido).
Al comienzo de la reunión, el camarada M.P.M.(Arenas) ha dado lectura a su informe En el camino del IV Congreso del Partido. Otros camaradas responsables han presentado igualmente al Pleno informes de las labores que están a su cargo. Todos estos informes han sido aprobados tras mantener un animado debate e introducir algunas modificaciones.
El Pleno ha constatado la superación del cúmulo de problemas que ha tenido que afrontar el Partido en la última etapa, así como el ambiente de apoyo que se ha creado entre los trabajadores a la actividad general del Partido y el interés que se está despertando entre ellos por nuestros materiales de propaganda y consignas. También las organizaciones del Partido a todos los niveles, desde las células al Comité Central, se han fortalecido. Este ha sido el fruto de un funcionamiento partidista cada vez más centralizado, democrático y abierto por la base, lo que ha permitido relanzar la actividad en todos los campos, romper los estrechos márgenes en que la reacción trataba de encerrarnos y estrechar las relaciones con diversos sectores populares, sobre todo con los jóvenes.
El Pleno ha destacado la importancia que han tenido en este proceso los intentos de negociación y la campaña por la liberación de los presos, que de hecho se han coordinado en una sola campaña de denuncia del régimen y de amplia difusión de nuestras ideas y proyectos de la que difícilmente se podría haber sacado mayor provecho. Han sido numerosos los actos, conferencias, charlas, programas de radio, concentraciones, manifestaciones, pintadas, carteles..., que han denunciado la guerra sucia y el terrorismo de Estado y reivindicado la amnistía general para los presos políticos, difundiéndose masivamente la consigna Presos a la calle, galosos al talego. Pero más relevancia ha tenido la labor de propaganda desplegada con el dossier La verdad sobre las negociaciones Estado-PCE(r) y GRAPO con la que se ha demostrado la posición consecuentemente democrática y revolucionaria de nuestro movimiento, al mismo tiempo que se evidenciaba el intento de conducirnos con trampas y engaños al terreno de la reinserción. Este ha sido un nuevo triunfo del proletariado revolucionario de nuestro país, que pone nuevamente de manifiesto el carácter nazi-fascista del régimen.
En relación con la crisis de Estado que ha generado la guerra sucia y los fracasos de la reacción española en sus intentos de aniquilarnos o hacernos capitular, así como con las tareas que la nueva situación nos impone, el Pleno del C.C. ha acordado las siguientes resoluciones:
1) Ratificar la decisión de rechazo a cualquier oferta de negociación que implique hacer concesiones de nuestros principios y la renuncia a la defensa de los derechos de los obreros. De manera particular, el PCE(r) se opone y denuncia resueltamente los planes del Estado tendentes a utilizar a los presos políticos como rehenes o moneda de cambio en una supuesta negociación e insiste, una vez más, en su interés por resolver antes que nada los problemas políticos, económicos y sociales que afectan a la vida de las masas y que son, en definitiva, los que han originado el enfrentamiento y la lucha armada.De todo lo expuesto se puede deducir que los planes de trabajo que habremos de desarrollar en la próxima etapa no difieren esencialmente de los establecidos hasta ahora. El cambio o la diferencia que podemos apreciar reside, principalmente, en que contamos con una base más amplia y con mejores condiciones desde el punto de vista de la crisis del régimen y de una mayor influencia del Partido entre las masas.2) El Pleno llama a intensificar la lucha en pro de la amnistía general de los presos políticos, por la derogación de las leyes y tribunales especiales de represión, así como por el reconocimiento de las libertades y derechos democráticos básicos, tales como la libertad de expresión y organización, el derecho de autodeterminación de las nacionalidades oprimidas y los demás derechos sociales y laborales que les han sido arrebatados a los trabajadores.
3) El pleno del C.C. del PCE(r) ha considerado que, en tanto no sean reconocidos y establecidos esos derechos y libertades y no hayan sido reparados todos los daños causados por la guerra sucia y el terrorismo de Estado, el movimiento obrero y popular está más que legitimado, tanto política como moralmente, para proseguir la lucha de resistencia, empleando para ello todos los medios a su alcance, incluidos los medios violentos y la lucha armada.
4) Es indispensable unir todas las fuerzas que tengan verdadero interés en la ayuda mutua y la acción común, al objeto de hacer más amplia y eficaz la lucha contra el fascismo y el imperialismo en España y llevarla hasta el final. Para ello el Partido debe predicar con el ejemplo en todas partes y hacer los esfuerzos que sean necesarios para reagrupar las fuerzas que forman el movimiento de resistencia popular.
5) Dada la situación de crisis política por la que atraviesa el país, los avances logrados por el movimiento de resistencia organizado, así como las nuevas tareas y metas que nos hemos propuesto alcanzar para fecha no lejana, el Pleno del C.C. ha considerado conveniente no retrasar por más tiempo la convocatoria del IV Congreso del Partido.
6) El IV Congreso deberá constituir una sólida plataforma desde la que poder relanzar todo nuestro trabajo orientado, principalmente, a fortalecer y extender el movimiento de resistencia obrera y popular. Con este fin, todas las organizaciones y militantes del Partido tienen que llevar a cabo una amplia campaña de estudio y discusión de los proyectos del Programa y Estatutos que ya han sido publicados, procurando que participen en ella de manera activa las obreras, los obreros, los jóvenes más avanzados y todas aquellas personas próximas a nosotros.
Tenemos que aprovechar al máximo el salto que se ha producido en la receptividad hacia nuestra propaganda para extender su difusión y profundizar en su discusión con los simpatizantes y amigos del Partido. Hay que continuar el debate en torno a las propuestas democráticas, reagrupar las fuerzas y desarrollar la lucha en todos los terrenos. A su vez, debemos procurar convertir el estudio, debate y presentación de enmiendas a los proyectos de Programa y Estatutos del Partido en una campaña de difusión de la ideología marxista-leninista y de rectificación de nuestros errores.
Camaradas:
La presente reunión se está celebrando con algún retraso sobre la fecha prevista. Si se considera, además, que desde el III Congreso no hemos tenido ocasión de reunirnos en Pleno la Dirección del Partido, se nos podría criticar por dejación o por haber atentado contra una de las normas que rigen el funcionamiento del Partido. Y a decir verdad, frente a dicha acusación no tendríamos nada que objetar, salvo que no son estos tiempos que corren, precisamente, muy normales para nosotros.
Ya en Septiembre de 1995 barajamos la conveniencia de convocar un Pleno e iniciamos a tal fin algunos preparativos. Sin embargo, aunque parezca paradójico, el brusco giro que comenzaba a tomar la vida política del país con el acoso a la banda felipista y la más que probable anticipación de las elecciones generales, aconsejaba postergar nuestra reunión. Por otra parte se daba también en aquel momento otra circunstancia un tanto particular, que incidía en el mismo sentido. No hay que olvidar que en Noviembre se había producido la redada policial que afectó a algunas organizaciones del Partido. Existía, pues, la preocupación de que hubiera quedado algún cabo suelto del que la policía política pudiera tirar de nuevo aprovechando la ocasión, tal como ya ha ocurrido otras veces, con graves consecuencias para el Partido. De manera que, en lugar del Pleno decidimos celebrar una reunión más restringida e informal al objeto de intercambiar opiniones sobre la situación general. De paso, en aquella misma reunión aprobamos, como es sabido, los nuevos proyectos de Programa y Estatutos que habíamos elaborado como base de discusión para su aprobación en el IV Congreso del Partido, los cuales debían ser presentados al Pleno que finalmente acabó postergándose. Hay otra circunstancia que quiero aclarar aquí: en aquella misma reunión de Diciembre de 1995 nos detuvimos a examinar la sinceridad de los ofrecimientos que nos estaban haciendo desde las instancias superiores del Estado para iniciar una negociación política. Desde luego, ésta era una posibilidad que, por más que nos costara creerlo, nosotros no descartábamos, de manera que respondimos a su petición proponiéndoles que reunificaran a los camaradas presos y fueran a negociar con ellos. Los papeles que demuestran lo que estoy refiriendo ya han sido publicados, por lo que no veo necesario extenderme en más detalles. No obstante, antes de seguir adelante con mi informe me voy a detener en algunos aspectos destacados de este asunto.
Ensayaron con éxito esta fórmula, hace ya de esto bastantes años, con los carrillistas y creen que pueden repetirla con nosotros. Claro que esta vez han hecho muy mal los cálculos. No han tenido en cuenta, por ejemplo, que si aquella operación de integrar a los carrillistas en el régimen les resultó tan fácil y, a la postre, tan rentable, fue porque esos canallas hacía tiempo que habían destruido el Partido y renunciado a todo principio. Así se explica que les fuera concedida la legalidad del sistema, que es a todo lo que aspiraban, y que luego hayan continuado arrastrándose por el lodo. Los jerifaltes fascistas tampoco han tenido en cuenta que nuestro Partido, el PCE(r), que nació en aquellas mismas circunstancias, levantó desde el primer día la bandera de la lucha que habían pisoteado los traidores a la clase obrera y se propuso, entre otros importantes objetivos, lavar aquella afrenta. Los gobernantes españoles, ya digo, parecen haber menospreciado esos datos y otros no menos relevantes de la realidad política y pretenden que nosotros también nos hagamos los tontos y nos dejemos llevar al huerto, al terreno de la impostura y el chalaneo político. De esa manera ellos podrían hacer con nuestra ayuda el borrón que necesitan para tapar sus crímenes y legitimarse de nuevo. Esto les permitiría mantener intactas las mismas leyes y tribunales fascistas que les han servido hasta ahora para continuar explotando, torturando y asesinando. Pero no les vamos a conceder tantas facilidades. Tampoco nos vamos a ilusionar (en realidad nunca lo hemos hecho) con la posibilidad de arrancar al Estado fascista español algunas reivindicaciones democráticas mediante una negociación o un diálogo, y menos aún en la forma trapacera en que ellos pretenden llevarla a cabo, como si se tratara de una transacción comercial (paz por presos) o un favor muy generoso que ellos nos hacen, lo que equivaldría, como queda dicho, a dejar todo igual o aún peor que antes para las masas obreras y populares. Parece que no han aprendido nada de la lucha que hemos mantenido contra ellos durante más de 25 años, lo que debería haberles llevado a pensar que, aunque no pudiéramos hacer nada para enfrentar su ofensiva terrorista e intoxicadora, no inclinaríamos la cabeza. De esto todo el mundo puede estar seguro.
Por lo demás, nadie ignora que en toda negociación política, a diferencia de lo que sucede en las transacciones comerciales, no son valores equivalentes los que se enfrentan, sino fuerzas políticas, militares y financieras a veces muy desiguales; también es sabido que en toda negociación política entre dos fuerzas antagónicas, lo que se pone en la balanza no son los presos, el honor o la dignidad solamente, sino los intereses políticos y sociales; en nuestro caso, apenas si hace falta decirlo, se trata de los intereses inmediatos y a más largo plazo de la clase obrera y de otros sectores populares. En definitiva, no se refiere a ningún problema personal o de grupo, o de reinsertar a unos presos en la sociedad, que es por donde la burguesía monopolista y su Estado pretenden llevar este asunto, sino de resolver los problemas de las masas que les han llevado a la cárcel. Por eso, si una negociación política no está apoyada en la fuerza, es poco, por no decir nada, lo que con ella se puede obtener. Esto lo sabemos nosotros muy bien.
Sin embargo, en la lucha política, como en la guerra (y la guerra no es más que una de las formas que reviste la lucha política), también intervienen otros factores distintos a la fuerza bruta o al poder del capital, tales como la ideología, la moral, etc., así como las contradicciones que se dan en el seno de la clase dominante con lo que, llegado un momento, se puede equilibrar la balanza e incluso inclinarla a favor de la fuerza inicialmente más débil. La historia muestra numerosos ejemplos con los que podríamos ilustrar lo que aquí decimos. Claro que esta ley es ignorada casi completamente por las huestes reaccionarias y los escribanos mercachifles, lo que, desde luego, no nos impide a nosotros utilizarla para hacer valer nuestros derechos e intereses de clase. Es esto, precisamente, lo que desde un tiempo a esta parte estamos procurando, tratando de compensar la abrumadora superioridad de fuerzas militares, financieras y propagandísticas con que cuenta la burguesía monopolista, con nuestra superioridad ideológica y moral. De otra manera no se puede explicar el hecho de que el Estado español haya venido a negociar, aun en la forma que ya hemos descrito. Ahora es conveniente dejar bien sentadas, a modo de resumen de esta importante experiencia política, algunas cuestiones que pueden servir para el futuro:
—En primer lugar debemos destacar una vez más la firmeza que en todo momento ha mostrado nuestro Partido y movimiento en la defensa de los principios democráticos y revolucionarios, así como de los derechos de los trabajadores, de unos derechos que, como se podrá comprender fácilmente, no se reducen a la liberación de los presos (y menos aún en las condiciones en que ellos pretendían hacernos aceptar), sino que se extienden a toda una serie de medidas y exigencias políticas, como las garantías, que impidan al Estado seguir actuando con toda impunidad como lo ha venido haciendo contra el movimiento obrero y popular y permita a éste acumular y organizar mejor sus fuerzas.Esto quiere decir, digámoslo de otra manera, para que nos entiendan mejor, que no vamos a reconocer jamás la legitimidad del sistema de explotación capitalista ni su dictadura por muy democrática y constitucional que nos la quieran presentar. Esto quiere decir también que no vamos a negociar jamás nuestro derecho de resistir a este régimen ni a la lucha consecuente hasta acabar con él. Esto quiere decir igualmente, como es lógico, que jamás de los jamases vamos a renunciar a la independencia política e ideológica de nuestro Partido. Todas éstas son cuestiones de principio para nosotros, que no están expuestas, por consiguiente, a ninguna transacción, a ningún tipo de negociación; tampoco están sometidas a la aprobación de ningún gobierno o parlamento burgués, ya que son expresión de los intereses y derechos de la clase obrera, de unos derechos e intereses que no tienen cabida dentro del Estado burgués y que son, por tanto, ajurídicos. Esta es una contradicción antagónica que enfrenta a la burguesía y al proletariado desde su misma raíz y que sólo puede ser resuelta, efectivamente, mediante la fuerza, derrocando al Estado burgués y llevando a cabo la revolución comunista.—La segunda cuestión importante a tener en cuenta consiste en que, por nuestra parte, en ningún momento nos hemos propuesto acceder a nuestros derechos y libertades a través de una vía legal y pacífica, es decir, utilizando las leyes e instrumentos de la dictadura capitalista, unos instrumentos y leyes que han sido creados, precisamente, para negar esos derechos y mantenernos sometidos y explotados. No hemos esperado ni vamos a esperar a que la gran burguesía monopolista nos otorgue el derecho de resistencia a la explotación y al terror fascista, sino que hemos tenido que imponerlo con nuestra lucha más resuelta y basados en nuestra organización política independiente; es decir, lo hemos tenido que imponer (porque realmente no existe otra vía) desde fuera del sistema, desde fuera de su legalidad, haciendo uso de ese derecho, sin pedir permiso a la autoridad, en contra de esa autoridad y pasando muchas veces por encima de ella. Y así deberemos continuar. Concebir esta cuestión de otra manera nos llevaría al terreno de la sofistería y el oportunismo, a esperar concesiones políticas que la clase explotadora no nos va a dar por las buenas para ir a caer, finalmente, a sus pies.
—En tercer lugar, y como ya hemos apuntado más arriba, nosotros siempre hemos sido conscientes de las limitaciones y las debilidades que aquejan a nuestro movimiento organizado, por lo que nunca nos hemos propuesto nada que no podamos alcanzar en esta etapa. Ahora bien, lo que ya no resulta tan evidente es que la oligarquía financiera española y sus testaferros políticos puedan ser capaces de reconocer su verdadera situación, el volcán sobre el que están asentados, por lo que es de prever que de tanto mentir y de inventar realidades virtuales acaben creyendo en ellas. No obstante, en cualquier circunstancia, nosotros no vamos a dejarnos confundir ni por esos ni por otros espejismos; no vamos a renunciar a nuestros derechos y aspiraciones y continuaremos luchando por ellos, no vamos a claudicar; no vamos a renunciar tampoco a nuestros intereses futuros en aras de unas mejoras inmediatas, la mayor parte de ellas, por demás, ficticias. No, ése es un limite que jamás vamos a rebasar por más que nos presionen, por más campañas de infundios que arrojen sobre nosotros y por más que nos torturen y encarcelen, ya que ello equivaldría a renunciar a nuestra propia identidad de clase, a nuestra ideología y principios comunistas, para acabar convertidos en unos peleles, en un apéndice de la política burguesa.
Esta crisis de Estado, que ya anunciamos con mucha antelación, no hubiera sido posible sin la firmeza que a lo largo de todos estos años ha mantenido nuestro Partido, el PCE(r), en la defensa de los principios democráticos y revolucionarios; no hubiera sido posible sin la resolución y el arrojo demostrados por nuestra parte en la lucha, sin la abnegación y el sacrificio desinteresado, la alta moral comunista y la férrea disciplina de nuestros militantes; no hubiera sido posible sin una justa línea política; no hubiera sido posible sin la lucha armada tenaz y tantas veces heroica de los GRAPO frente al terrorismo de Estado; no hubiera sido posible sin el ejemplo de extraordinaria fuerza política y moral de los camaradas presos, los cuales, desde el primer momento, y durante muchos, muchos años, no han cesado en su voluntad indoblegable de resistencia frente a los represores y torturadores. De todo esto no nos vanagloriamos, pero es justo que nos sintamos orgullosos, que mostremos un legítimo orgullo de clase, revolucionario, en modo alguno individualista. Con más motivo si reparamos en el repugnante espectáculo de crueldad, de cinismo y vileza que han ofrecido al mundo los poderes capitalistas y sus servidores y lacayos. ¿Y pretendían esos infames que rindiéramos nuestra bandera? ¿Pretendía toda esa canalla hacernos claudicar, que renunciáramos a nuestras ideas y aspiraciones, al establecimiento de una nueva sociedad donde gente de su misma cala-a no puede tener cabida? ¡Qué ilusos! La ambición y el afán de lucro les ciega.
Ahora, ante la situación que se ha creado, la deslegitimación política y moral del régimen y de todos sus lacayos y bufones, y ante los negros nubarrones que se perfilan en el horizonte, se les plantea un problema de muy difícil solución: ¿Cómo mantener en pie el tinglado democrático que habían montado con tantos esfuerzos y contorsiones? ¿cómo continuar la guerra sucia contra el movimiento de resistencia popular sin que se note mucho? Esto han podido hacerlo con toda impunidad, utilizando como pantalla la coartada democrática y parlamentaria, pero han llevado la cosa tan lejos, han tensado hasta tal punto la cuerda y han sido de tal envergadura sus fracasos, las bestialidades y chapucerías que han cometido (y es esto todo lo que a sí mismos se reprochan), que ya no van a poder seguir haciendo lo mismo conservando puesta la mascara democrática. De ahí que tengan necesidad de actuar a cara de perro, de legalizar el terrorismo de Estado, la tortura, los asesinatos y el robo como antes de la reforma lo habían estado haciendo. Es esto lo que comienza a manifestarse últimamente. Por lo demás, no hay que perder de vista que el margen de maniobra política que les había proporcionado la reforma y la irresistible ascensión de los socialfascistas del PSOE ya se han reducido considerablemente. Esta es una de las causas que les está llevando al enfrentamiento.
Con la banda de asesinos y ladrones felipistas ha sucedido lo que pronosticamos cuando se instalaron en los ministerios. Era claro para nosotros ya entonces que esa pandilla no había sido promocionada por la propaganda y el dinero imperialista y aupada finalmente por los golpistas del 23-F para servir a la democracia, sino para que continuaran el trabajo sucio que en aquel momento no podían hacer directamente los fascistas y espadones que se mantenían entre los bastidores desde los que movían todos los hilos. Esta fue la misión que les encomendaron: intentar sacar al régimen de la profunda crisis intensificando la represión y el terrorismo de Estado, poniendo en marcha los planes de reestructuración económica, intensificando la explotación de los trabajadores, despojándolos de todos sus derechos y conquistas y metiendo al país en la OTAN. Y pusieron inmediatamente manos a la obra, sólo que, como era también de prever, cobrando por ello su justo precio. Lo que no sospechaban es que, de esa manera, se les iban a caer encima todos los palos del sombrajo; o sea, que en lugar de resolver la crisis que padecían mediante el terrorismo y la corrupción asociada a él, la iban a agravar todavía mucho más hasta hacerla prácticamente irreversible, pues como ya dijimos que sucedería, de esa forma los socialdemócratas y demás compañeros de viaje quedaban supeditados completamente al régimen, del que ya no podrían prescindir y al que tampoco podrían dejar de unir su propia suerte. De ahí que hayan formado en torno suyo ese lobby de intereses financieros, de ahí también la lucha cada vez más feroz que está manteniendo este nuevo grupo con los otros grupos monopolistas, la lucha por el reparto del botín, por las áreas de poder y por el control de los instrumentos mediáticos capitalistas.
Este análisis, que avanzó nuestro Partido hace ya bastante tiempo, se ha confirmado en la práctica y viene a suponer, como también explicamos entonces, el rasgo más destacado o definitorio de la crisis que ahora padecen, lo que, a fin de cuentas, les impide salir de ella, pues carecen, porque lo han quemado en un tiempo récord y de la peor manera, del equipo de repuesto que necesitan con suficiente prestigio e influencia para engatusar de nuevo a las masas con nuevas promesas de cambio y de sustituir al más que raquítico e inestable equipo de Aznar. La misma lucha que mantienen entre sí, pese a todos los intentos realizados por encauzarla o mantenerla dentro de ciertos límites, es un nuevo factor que obra en contra de todos ellos, un obstáculo casi insuperable que les impide salir como ahora quisieran de la crisis. En esta realidad está concentrada actualmente la vida política española, y es lo que se pone de relieve todos los días en los intentos de tapar como sea el pasado más reciente, de llegar a un arreglo que les ponga a todos a cubierto sin saber de qué forma pueden llegar a él, puesto que, además, también esta vez tendrán que contar con nuestro movimiento, que no se va a dejar engañar ni intimidar, que no va a permitir tampoco que cierre la crisis a costa de las masas obreras y populares, como hicieron en 1975-78, y que, por consiguiente, vamos a continuar presentando batalla en todos los frentes.
Estas contradicciones y luchas entre grupos monopolistas son hechos objetivos, que escapan a su control -particularmente en épocas de crisis como la que estamos atravesando- y tenemos que saber aprovecharlas para el triunfo de nuestra causa. Pero para eso es preciso no confundirlas con las contradicciones que enfrentan a esa misma burguesía monopolista a las masas obreras y populares. No es por casualidad que al mismo tiempo que los Felipe, Aznar, Pujol y Arzallus se están peleando y se tiran a degüello, utilizando como arma arrojadiza la guerra sucia y la corrupción, se pongan al mismo tiempo de acuerdo en cuanto a la mejor forma de sangrar a los obreros y de mantener en pie las leyes y pactos antiterroristas que fomentan esa misma guerra sucia y la tortura.
Pues bien, por nuestra parte debemos saber aprovechar, como queda dicho, las contradicciones que se dan, de forma inevitable, dentro de la oligarquía, y el modo de hacerlo no consiste en apoyar a un sector contra otro, y menos aún supeditando el movimiento a alguno de esos sectores a cambio de unas migajas, sino incrementando la lucha independiente de la clase obrera contra todos ellos. Cualquier otra concepción sobre este particular nos llevaría por un camino equivocado, a crear falsas expectativas entre las masas y a esperar milagros. Por otra parte, no hay que perder de vista tampoco la función del Estado capitalista como árbitro de las disputas y de la lucha de intereses en juego entre los distintos grupos o familias financieras que tienen repartido el país, pues si bien el Estado es un instrumento especial de represión dirigido contra las masas y puesto al servicio de los intereses monopolistas y financieros, también posee, como superestructura política y jurídica, cierta autonomía para mediar entre dichos grupos e imponer, llegado el caso, lo mejor para todos ellos. Esto es lo que se ha puesto de manifiesto recientemente con la intervención directa del monarca y del ejército a fin de poner un poco de orden en el prostíbulo.
El carácter nazi-fascista de los Aznar, los Cascos y demás perros de presa es cosa bien sabida desde hace mucho tiempo. No hay más que reparar en los apellidos que llevan la mayor parte de ellos, en sus vínculos con las familias oligárquicas y con los jerifaltes políticos de la anterior etapa del régimen. De manera que bien se puede decir que son los cachorros o descendientes políticos y financieros de la vieja guardia, de los falangistas, los nacionalcatólicos, opusdeístas, etc., aunque ellos, naturalmente, lo niegan y se presentan en público como unos perfectos demócratas, cada día más centrados, como no se cansa de repetir en sus discursos el patético Aznarín. Evidentemente, tienen necesidad de tapar su pasado para poder continuar haciendo lo mismo que antes en el presente, defendiendo idénticos intereses. Y lo hacen tan rematadamente mal, que no son capaces siquiera de disimular no ya su origen, sino hasta la posición fascista en la que están anclados: si están cada día más centrados, como afirman, eso quiere decir que todavía no lo están, que antes lo estuvieron menos, y que les está costando un esfuerzo enorme aparentar lo que no son ni podrán ser jamás. Aun así, debemos reconocer ese esfuerzo que están haciendo para situarse en el centro del espectro político. Esta innovación ideológica se la deben a su padrino y maestro, al gran Fraga Iribarne, otro carnicero centrista de toda la vida. Claro que los socialfascistas del PSOE no le van a la zaga y si están utilizando todo esto de manera demagógica es para cubrirse las espaldas, justificar todos sus crímenes y evitar que les coman el terreno. Verdaderamente, son ellos los que más responsabilidades han acumulado últimamente en el mantenimiento del sistema, por lo que el régimen no podría mantenerse en pie ni un solo día sin su apoyo y colaboración. De ahí que no sepan muy bien qué hacer para salir del atasco. Enfocado el problema desde este punto de vista, habría que preguntar: ¿quiénes son más derechistas, más fascistas, los peperos o los felipistas? Habría que preguntar también a estos mangantes por qué no han denunciado antes a sus compinches, por qué se han sacado ahora de la manga esa carta si, como todo el mundo sabe, los peperos tienen de demócratas o centristas tanto como ellos de socialistas.
La clase dominante española hará todo lo posible por salir de esta situación; seguirá empleando todos los recursos políticos, propagandísticos y financieros de que dispone: a los partidos y sindicatos institucionales, a los jueces, a la Iglesia, a los intelectuales pesebreros, al CESID, así como mil trucos y engaños, como las encuestas prefabricadas, para desviar la atención y echar tierra sobre el asunto de los GAL, etc.; acabarán encontrando a un chivo expiatorio. Por lo demás, la autoamnistía y la impunidad ya se la concedieron desde el momento en que decidieron emprender la guerra sucia. ¿Quién puede juzgar y castigar todos sus crímenes? ¿Acaso se van a hacer el harakiri? Aún así, de lo que no nos debe caber ninguna duda es de que el régimen ha quedado bastante tocado de sus dos alas (tanto de la izquierda como de la derecha), lo que abre mayores posibilidades de desarrollo a nuestro movimiento.
La misma pugna de intereses y las peleas intestinas por el reparto del botín a que ya hemos hecho referencia, principalmente la batalla que libran los felipistas contra los peperos para no perder las posiciones de poder conquistadas y asegurarse su tajada, todo eso demuestra bien a las claras lo difícil que les va a resultar ponerse de acuerdo y que lo más probable es que la crisis de Estado se prolongue indefinidamente, hasta que resurja de nuevo una fuerza política de masas, democrática y verdaderamente revolucionaria, capaz de aislarlos completamente y derrocarlos del poder.
La posición del Partido debe ser muy clara a este respecto. Algunas personas bien intencionadas, se muestran intrigadas, algo perplejas, por la limitada actividad de la guerrilla en este último período. No han llegado a comprender que en la situación que se ha creado, y a la que tanto ha contribuido la lucha armada de resistencia, es decir, una vez que hubo estallado en todo su esplendor la crisis del Estado, hubiera resultado una torpeza intentar acorralarles, y que nuestro deber revolucionario consistía a partir de aquel momento, fundamentalmente, en tenderle al enemigo un puente de plata por donde pudiera retirarse, ya que no podemos presentarles una batalla frontal de envergadura y mucho menos derrotarles por completo. No existen las condiciones generales ni disponemos de las fuerzas necesarias para ello. Había, pues, que facilitarles esa salida, evitando en lo posible los zarpazos de la fiera herida y acorralada, pero asegurando al mismo tiempo las mejores condiciones para que nuestro pequeño ejército político pueda desarrollarse y librar las futuras batallas con las máximas garantías de éxito. Por esta razón preconizamos, sin hacerlo público, un alto el fuego unilateral de la guerrilla en tanto no se clarificara la situación. Pues bien, ahora hay que considerar que dicha situación está ya suficientemente clara, al haberse decantado el Estado por la política terrorista de siempre. Desde luego, este hecho no va a conducirnos a actuar de una manera alocada, que es lo que el Estado y sus fuerzas represivas siempre han buscado, entre otras cosas, para justificar sus bestialidades. No, nuestro movimiento nunca ha actuado de esa manera y no lo va a hacer tampoco ni ahora ni en el futuro. Dejemos que los fascistas continúen cometiendo torpezas. Eso sólo puede obrar a nuestro favor.
En otras ocasiones hemos afirmado que nuestro movimiento no está interesado en la acción militar por la acción misma, que siempre hemos tenido unos objetivos políticos muy precisos y que a ellos se debe subordinar todo operativo o campaña político-militar. Esta posición no ha variado. Nuestra estrategia no está condicionada por ninguna coyuntura política, de manera que, suceda lo que suceda en un momento dado, nuestro comportamiento siempre estará dictado por los intereses del proletariado y por la revolución socialista. Para eso tenemos que ganar a las masas y fortalecer al mismo tiempo al Partido; de modo que todo lo que sirva o coadyuve a lograr estos objetivos será siempre apoyado por nosotros, de la misma manera que rechazaremos lo que se oponga o entorpezca el que podamos alcanzar cuanto antes, y con el menor costo posible, estas metas. La lucha armada, tal como ya he se-alado, ha contribuido y va a continuar contribuyendo cada día más decisivamente al desarrollo del movimiento obrero y popular; de ahí que debamos seguir prestándole la máxima atención y apoyo. Pero hay que tener en cuenta que la lucha va a ser larga, que en esa prolongación está la garantía de nuestro triunfo y que, por consiguiente, se debe evitar toda precipitación o caer en la trampa que a veces nos tiende el enemigo para aislarnos y destruirnos.
Por otra parte también es sabido que desde hace mucho tiempo andamos buscando abrir en el sistema una brecha favorable para un más amplio trabajo del Partido entre las masas sin que ello suponga hacer ninguna concesión de principio a la reacción ni al oportunismo. Este es un objetivo al que no vamos a renunciar y que lograremos de una u otra manera, podemos estar seguros. Lo que no podemos pretender, resultaría un sueño infantil, es que podamos derrocar al sistema capitalista con nuestras escasas fuerzas, mientras el movimiento de masas se mantiene al margen de esta lucha o marcha por otro lado, sólo preocupado por las condiciones inmediatas de existencia. De ahí que debamos prestar mucha atención al nivel de conciencia política alcanzado por los trabajadores a la hora de hacer nuestros planes políticos y trazar la línea de actuación del Partido, teniendo en cuenta al mismo tiempo, tanto la tendencia favorable (la crisis, los avances de nuestro movimiento, etc.) como los factores que actúan en contra y, especialmente, nuestros propios errores.
No es la primera vez que abordamos este problema; lo hemos analizado en diversas ocasiones y desde diferentes ángulos, por lo que me parece oportuno recordar algunos párrafos de un artículo titulado Ante una nueva etapa, publicado en el núm. 18 de Resistencia:
A menudo constatamos que el nivel de conciencia y de organización de los obreros no se corresponde con el grado de radicalización y la extensión que está alcanzando el movimiento de masas, lo cual desconcierta a algunos militantes y les hace exclamar, algo perplejos: la gente se parte la cara con la policía en la calle, pero teme organizarse. Esto es cierto, refleja una realidad; pero ¿a qué se debe ese fenómeno?, ¿cómo resolver esa aparente contradicción? Este es un problema que preocupa y atrae la atención de la práctica totalidad de los militantes del Partido, hasta el punto que en la última reunión del Pleno del C. C. se convirtió en el principal tema de reflexión. Entre las causas que entonces se apuntaron destacan las siguientes: primero, la represión. Los obreros no dudan en enfrentarse al patrón y al Gobierno, siempre que se sientan arropados por los compañeros. En cambio, sí temen, incluso los más avanzados, las consecuencias que lleva siempre aparejadas pertenecer a una organización revolucionaria; y eso no tanto por ellos mismos (la tortura, la cárcel, etc.), sino, por la situación de desamparo en que, generalmente, queda su familia. Mientras no cambie la situación, o por decirlo de otra manera, mientras los obreros tengan algo a que aferrarse y no se vean obligados, como está sucediendo cada vez más a menudo, a salir a la calle para luchar por el puesto de trabajo, el pan y la seguridad de los suyos, ese temor seguirá desempeñando un papel inhibidor o de contención favorable a la burguesía.Algunos encumbrados publicistas burgueses se han dado últimamente a la tarea de estrujarse el cerebro para ver si encontraban una explicación a la extraña relación que, según ellos, se ha establecido entre los que gobiernan, roban, torturan y matan en este país de jauja y ese pueblo tan bondadoso y tan inteligente, que parece dispuesto a soportarlo todo con tal de que le permitan dormir tranquilamente la siesta. No indagan esos sesudos varones en la parte de responsabilidad que a ellos les corresponde por ese amodorramiento, pero lo cierto es que no andaban muy desencaminados cuando se referían al consentimiento general (de los crímenes y demás fechorías y abusos del poder) o autoengaño colectivo. Claro que no han pasado de constatar esa realidad, como si consideraran que de esa manera quedara todo explicado.El segundo factor de importancia, según nuestro punto de vista, es la crisis por la que atraviesa actualmente el socialismo. El descrédito y la bancarrota a que ha sido llevado por los revisionistas y demás ralea crean confusión en la mente de los trabajadores y una gran inseguridad respecto al futuro, lo que hace que muchos de ellos se interroguen si verdaderamente merece la pena arrimar el hombro en la obra común y sacrificarse por algo que, a lo más, habrá de venir en un futuro remoto. No se comprende que la organización política revolucionaria es necesaria para acercar ese futuro, para hacerlo menos costoso e incluso para conseguir algunas mejoras inmediatas.
El tercer factor de inhibición política de las masas lo constituye el propio proceso de lucha y de maduración del movimiento revolucionario. Este es el más importante, verdaderamente decisivo. Como ya hemos visto, el temor a la represión es, quizás, el más claro o evidente de todos los motivos de apoliticismo de las masas; pero no lo explica todo, dado que, como queda dicho, la gente se la juega muchas veces incluso por los motivos más nimios, por una tontería. Más importante que el temor a la represión nos parece la falta de claridad política y de una perspectiva de futuro. Por aquí entra en juego la lucha ideológica, particularmente la denuncia y desenmascaramiento del revisionismo. Pero, con ser todo eso importante, lo es más, mucho más -lo que no se tiene en cuenta la mayor parte de las veces- el propio proceso de maduración de las condiciones en que suele desarrollarse todo movimiento revolucionario. Este no es un problema exclusivo nuestro ni de nuestra época, sino que se ha dado siempre, y eso tanto en España como en los demás países. De no ser así, es indudable que la revolución socialista ya habría triunfado en todo el mundo. El movimiento revolucionario atraviesa por etapas de flujo y reflujo. La cuestión consiste en saber determinar la táctica y las tareas que se deben cumplir en cada circunstancia, de modo que ello permita influir en la situación de manera favorable para la causa. En este asunto, el subjetivismo o la impaciencia no harán sino aumentar las dificultades.
La experiencia demuestra que en los inicios de todo período de ascenso revolucionario, como el que, según todas las evidencias, nos encontramos ahora en nuestro país, el movimiento ascensional de las masas coincide, por lo general, con una gran difusión de las ideas sindicalistas y espontaneístas, muy extendidas entre los obreros por influencia de la ideología pequeñoburguesa y, en no menor medida, por el propio carácter masivo y heterogéneo del movimiento. Pues bien, esta realidad ha de obligarnos a separar la cizaña del buen grano, distinguiendo las iniciativas creadoras de las masas y sus elementos más avanzados (aquéllas que son realmente democráticas y revolucionarias) de todo lo que no lo es y lleva el sello inconfundible del enemigo de clase, el cual sólo busca con ello paralizar a las masas, confundir a los obreros, separarlos del Partido y retrasar así el triunfo del socialismo. Así pues, apoyamos el espontaneísmo revolucionario de las masas que se enfrentan resueltamente al capitalismo y a su Estado, que se niegan a entrar en el juego de los partidos burgueses reformistas y boicotean todas y cada una de sus mascaradas, pero con la misma fuerza y resolución debemos denunciar a quienes tratan de utilizar ese rechazo democrático y legítimo para hacerlo extensivo a todos los partidos y a toda idea de lucha política, ya que de ello sólo puede salir fortalecida la reacción.
En cuanto a la incorporación de los obreros avanzados y otros revolucionarios a las filas del Partido, que nosotros sepamos, no existe ninguna fórmula capaz de resolver en unos cuantos meses e incluso años este importantísimo problema. Eso sí, la experiencia nos ha enseñado que se trata de un proceso lento cuyo desarrollo depende, en gran medida, de la experiencia que hayan adquirido los mismos obreros a través de la lucha, así como de la labor paciente, mil veces compleja, que llevamos a cabo entre ellos. La crisis económica, el crecimiento de los antagonismos sociales y la extensión de la lucha de clases, destacan cada día a un número creciente de trabajadores (auténticos líderes de las masas) que son impulsados a la lucha activa y a buscar, por las propias necesidades de esa lucha, la solución a muchos problemas que sólo pueden hallar en la organización del Partido y su línea política. La mayor parte de los militantes del Partido hemos vivido esa experiencia y la conocemos bien. Por eso no se comprende el lloriqueo, el desaliento y las tonterías que dicen en ocasiones algunos. Nosotros sabemos que, por lo general, las masas no actúan de otra manera ni se dejan llevar por ideas preconcebidas, sino que es la necesidad la que les empuja a la acción y es, a través de ésta, como se van haciendo conscientes. Esta es una ley fundamental del desarrollo histórico, y por lo mismo debemos ser pacientes y no desaprovechar ninguna ocasión que nos permita ayudar a acelerar dicho proceso con nuestra propaganda y otro tipo de actividades políticas y orgánicas. O sea, que no se trata de esperar con los brazos cruzados a que los obreros avanzados vengan al Partido o a que recurran a él. Es más, ese acercamiento nunca se producirá -podemos estar seguros- si no lo estimulamos, si no luchamos y nos esforzamos todos los días por ganar a las masas para la causa; si no buscamos todas las vías posibles y las que podamos imaginar para acercarnos a sus elementos mas avanzados y tender puentes por los que puedan transitar hacia el Partido o nos permitan mantener una relación y contactos regulares con ellos.
Las causas de ese desinterés político de las masas populares son diversas y algunas de ellas tienen hondas raíces. Pero para no extenderme voy a referirme tan sólo a las más importantes. La primera tiene mucho que ver con la debacle que se ha producido en lo que hasta no hace mucho tiempo se venía denominando el campo de los países socialistas. Esta debacle, incomprensible para mucha gente, ha propiciado la extensión de la confusión y el desánimo que ya existía con anterioridad, debido a la labor de zapa realizada por los carrillistas y demás agentes y lacayos del capitalismo. Tal es así que esos mismos renegados y traidores del movimiento obrero ni siquiera se ven hoy ante la necesidad de hablar de la famosísima vía pacífica y parlamentaria hacia el socialismo ni de ninguna otra. Aunque no lo declaren, para todos esos fulanos la historia también ha terminado hace mucho tiempo. Por eso, una vez que han cumplido con la parte más delicada de su trabajo, se han instalado cómodamente en el lugar que les corresponde dentro del sistema capitalista -como burocratillas o simples auxiliares del mismo-, ya no les queda otra tarea que cumplir que no sea la de meros charlatanes, al tiempo que siguen apoyando, votando o refrendando cuantas medidas explotadoras y represivas decide tomar el capitalismo financiero y su corte de los milagros contra las masas populares.
Las masas obreras y otros trabajadores no saben a ciencia cierta a qué se debe tanto chaqueteo ni pueden establecer una relación directa entre el colaboracionismo de los carrillos, anguitas, etc., y la caída del socialismo, pero algo de eso intuyen aunque sólo sea por lo envalentonada que se muestra últimamente la burguesía y la forma en que está arrasando con todas sus conquistas económicas y sociales de los últimos cincuenta años. Si ya no se plantea la lucha por el comunismo, por una sociedad sin explotadores ni opresores, sino por hacer realidad el discurso melifluo de un Anguita, cuyo contenido no es otro que hacer acatar a los capitalistas la Constitución que ellos mismos se han dado, ¿cómo se puede esperar la movilización política de los trabajadores? A lo sumo, éstos tragarán de muy mala gana ese regalo que tan generosamente les han hecho, al igual que han tragado, tras múltiples huelgas y otras batallas campales, las numerosas reconversiones y el despojo de todos sus derechos. No hace falta ser una lumbrera para darse cuenta de que esta situación no puede prolongarse indefinidamente; que existe un limite que no se puede rebasar sin que salten por los aires hechos a-icos todos los diques. Mas de este otro aspecto de la cuestión no vamos a tratar aquí.
La segunda causa importante de ese amodorramiento a que aludíamos (y ya vemos que se trata, principalmente, de un amodorramiento político) es la propia naturaleza fascista del régimen que tienen que soportar los trabajadores. Se podría objetar que esto que decimos resulta un contrasentido, una paradoja difícil de explicar, puesto que la implantación del fascismo y su permanencia en el poder durante tantísimo tiempo responden siempre a una situación de crisis revolucionaria de la sociedad y, consiguientemente, a un elevado nivel de conciencia antifascista de las masas populares. Y así es, verdaderamente, en la situación de España desde hace muchas décadas. Otra cuestión es que dicha conciencia se pueda expresar en cualquier momento o encuentre un cauce organizativo para su desarrollo, porque es por aquí, precisamente, por donde topamos con el meollo de este intrincado problema. Casi no hace falta decir que para superar esta contradicción no es suficiente con tener una conciencia antifascista, además, es necesario tener una conciencia política revolucionaria.
Todos sabemos muy bien por propia experiencia que al menos un sector importante de la clase obrera no pasa de nada de cuanto ha ocurrido y viene ocurriendo en este país y en el resto del mundo. Sucede, sin embargo, que, en España, la tradición política, la experiencia acumulada en la conciencia de las masas en decenas de años, desaconseja implicarse en asuntos políticos, que si bien pueden ser de todos o afectarnos de alguna manera, en lo inmediato no traen más que complicaciones, persecución, despido del trabajo, tortura, cárcel y a veces también la muerte. Así es como piensa la generalidad de la gente. ¿Qué nos enseña la experiencia más reciente? ¿Qué es lo que al fin ha quedado en la conciencia de las masas de los más de diez años de guerra sucia? ¿Acaso con la utilización de los GAL y la trama terrorista del Estado por los gobiernos de su majestad, los partidos institucionales y los medios de propaganda masivos no buscaban el escarmiento general? ¿Acaso no era su objetivo aterrorizar para impedir por este y otros medios que las masas se levanten, se sacudan la modorra, el miedo que les atenaza y no rompan todos los diques de la lucha económica y de esa legalidad asfixiante impuesta mediante el terror? ¿Y quién sino los partidos del arco parlamentario y todo el aparato de propaganda burgués han contribuido más a mantener a los espíritus apaciguados, confundidos y atemorizados con sus permanentes campañas de intoxicación antiterrorista?
Todo esto que decimos suena a justificación, a intento de exaltar, una vez más, a los trabajadores, pero nadie podrá negar que ha sido, de manera particular, la prensa adicta al régimen la que más ha contribuido a mantener a las masas en la confusión, el silencio y la impotencia política. Esto es algo que ha salido a la luz a raíz de la trifulca que esos mismos medios han mantenido por la defensa de sus bastardos intereses, desde el momento mismo en que el caso GAL les saltó a todos ellos en la cara. Por lo demás, todavía no se conoce el número, ni los nombres y apellidos de los periodistas adheridos a los fondos de reptiles, y deben ser una legión. Este es otro de los secretos mejor guardados por toda la profesión. Cierto que se ladran y se muerden unos a otros, pero también es verdad aquello de que perro no come carne de perro; es decir, no se denuncian, por lo que les pueda tocar a cada uno de ellos. Su complicidad y colaboración en la guerra sucia y el terrorismo de Estado y sus estrechos vínculos con los aparatos represivos, como, en general, con todo el aparato burocrático del régimen, están más que demostrados. ¿Qué libertades está defendiendo toda esta gente? Ahora resulta que los capos que manejan los hilos del entramado político-financiero de la propaganda amarilla y policiaca, en especial de esa prensa que se pone más amarilla con cada día que pasa, los Cebrián, Polanco, Asensio, etc., son, pobrecillos, las víctimas propiciatorias del fascismo y de casi todos los atropellos y abusos de poder que se cometen en España. ¡Esto sí que manda huevos!
El tercer elemento importante de la situación que estamos describiendo hay que situarlo dentro de nuestro propio movimiento. Aquí, lógicamente, entramos todos, en primer lugar el Partido, el conjunto y cada uno de sus militantes. ¿Hemos hecho todo lo que se puede hacer para ayudar a las masas a salir de esa situación paralizante, de miedo generalizado? Desde luego sería injusta cualquier valoración negativa de la labor que a lo largo de todos estos años hemos realizado para inculcar a las masas el espíritu político de resistencia y del empeño puesto por nuestra parte para organizarlas y encabezarlas en la lucha. Abnegación y heroísmo para ello tampoco nos ha faltado. Sin embargo, debemos reconocer que más de una vez también se ha hecho notar entre nosotros la dejadez por los asuntos menudos, por el trabajo ordenado y sistemático, casi rutinario, que es lo que permite establecer y mantener estrechos lazos con los trabajadores. Este complemento práctico indispensable del espíritu revolucionario, se ha descuidado frecuentemente, dándose así la impresión de que toda esa abnegación y heroísmo no pasaban de ser actos aislados.
Uno de esos trabajos menudos a que me estoy refiriendo, es la labor de propaganda, de explicación y difusión de nuestras ideas y proyectos, que, como se sabe, es esencial para elevar la conciencia política de los obreros y forma al mismo tiempo la base de todo trabajo práctico y de organización. Recordemos que no hace mucho tiempo se hizo una llamada de atención y que incluso hubo un conato de debate en RESISTENCIA sobre este mismo problema. Pues bien, el famoso intelectual colectivo que se supone o se pretende que sea el Partido, simplemente no quiere serlo y prefiere ser fustigado cada vez que tiene que dar un paso. ¿Qué hacer? Desde luego, algo serio tiene que estar ocurriendo, algún resorte fundamental de nuestra conciencia colectiva e individual debe estar fallando cuando encontramos una resistencia tan porfiada entre los militantes del Partido a la hora de dar cumplimiento a esta importantísima tarea.
Esta indolencia se puede explicar como un efecto del ambiente general al que no puede sustraerse completamente el Partido, pero de lo que no puede caber ninguna duda es que si no nos sobreponemos y no luchamos contra ella, no sólo no podremos influir en las masas y hacer que éstas levanten la cabeza, sino que al final seremos arrastrados también por la corriente general o ésta acabará por absorbernos.
— La derogación de las leyes y tribunales especiales de represión;Todas estas y otras reivindicaciones que se podrían a-adir no son exclusivas del PCE(r), sino que responden a las necesidades más inmediatas de las masas populares, y son por las que tenemos que seguir luchando todos con firmeza y mucho más unidos de lo que hemos hecho hasta ahora.— El derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas por el Estado español;
— Las libertades políticas y sindicales plenas;
— La amnistía general para los presos políticos;
— El indulto para los presos por causas sociales;
— La restitución de las conquistas económicas, sociales y laborales que les han arrebatado a los trabajadores;
— Los derechos de la mujer trabajadora a un salario igual por un trabajo igual y a no ser sometidas a labores que afectan a su salud;
— Los derechos de la juventud a recibir una formación integral gratuita, a un trabajo sano y bien retribuido, a contar con locales y otros medios para el libre desarrollo de sus actividades;
— Los derechos de asilo político y de ciudadanía para todos los refugiados e inmigrantes;
— La salida de España de la OTAN y demás organizaciones militares imperialistas, agresivas...
En esta lucha está particularmente interesada la clase obrera, pero no sólo ella. Lo están también los pueblos de las nacionalidades oprimidas, los jóvenes pertenecientes a las clases y capas populares y otros sectores de la población que sufren en carne propia y en su conciencia los efectos de las lacras capitalistas, de la explotación, del paro, la droga, la represión en todas sus formas, la discriminación y la exclusión. Por eso debemos unirnos a fin de poner freno al deterioro de nuestra situación, apoyarnos en la lucha común y formar un poderoso movimiento de resistencia organizada popular, antifascista y antiimperialista. La forma organizativa que puede adoptar es algo que, desde luego, no podemos nosotros determinar. Bastaría por el momento con formalizar las relaciones que ya existen entre diversos partidos, organizaciones, colectivos, etc., a fin de poder debatir sobre todos estos problemas, organizar campañas conjuntas de denuncia y agitación y reforzar la relación en base a las experiencias que de todo ello resulten con la vista puesta en el logro de aquellas y otras reivindicaciones.
Es preciso poner todo nuestro empeño en reagrupar las fuerzas, porque, si bien es cierto que hemos ganado una importante batalla, también el régimen maniobra en base a la relativa debilidad y dispersión de todo el movimiento de resistencia, sosteniéndose sobre el pilar de la represión y de la intoxicación de las masas. De ahí la trascendencia de aglutinar todas las fuerzas posibles en torno a las propuestas democráticas que hemos avanzado y que podemos considerar como un programa táctico para esta etapa inmediata. Claro está que esto no significa, ni mucho menos, dejar en un plano secundario el Programa del Partido y nuestros objetivos revolucionarios. Por el contrario, esta táctica obra en función de ellos, y debe servir para fortalecer a todo el movimiento e incrementar la influencia de la ideología y de la organización comunistas. Si no fuera así, esas propuestas acabarían disolviéndose en el maremagnum del oportunismo. Además, por muy conveniente y legítima que sea esta táctica, no debemos olvidar que el Estado siempre tiene la opción de la huida hacia adelante, de la represión más brutal, sanguinaria e indiscriminada sobre las masas, que es la senda por la que prosigue y la que se impondrá en última instancia, por muchos escarceos democráticos que puedan darse en el camino.
Creemos que ya existen condiciones para comenzar a dar estos primeros pasos. Y la prueba de que esto es así la tenemos en las expectativas que se han creado entre esos sectores que ya he mencionado en cuanto empezó a salir a la luz pública el asunto de las negociaciones. Esta tendencia se ha confirmado posteriormente en muchos lugares y a través de múltiples ocasiones, sobre todo a raíz de la campaña pro-amnistía llevada a cabo recientemente. De manera que de nosotros depende, en no poca medida, el que se puedan ir concretando unas formas más organizadas y con unos objetivos más claros.
Obviamente, el que podamos articular este movimiento y avanzar en la lucha conjunta por las reivindicaciones democráticas no nos coloca a las puertas de la revolución. Pero si va a suponer un importante paso hacia adelante en todos los terrenos que después habrá que seguir ampliando y que podrá posibilitar otros aún mayores. No se trata, pues, de ningún plan que estemos edificando en el aire. Las condiciones generales que ya hemos descrito lo hacen necesario y viable. Pero para eso habrá que redoblar los esfuerzos, intensificar las relaciones y extender el trabajo del Partido a todos los sectores sin permitir que el fascismo nos apabulle en ningún sentido. A ello deberá contribuir también la campaña de preparación del IV Congreso del Partido que habremos de desarrollar próximamente.
Esta labor ha sido excluida últimamente de nuestras preocupaciones, impelidos por otras tareas y necesidades más urgentes. Sin embargo, ha llegado el momento en que no podemos postergarla ni un día más. De manera que debemos hacer ya la convocatoria, a fin de que se comiencen a debatir ampliamente los documentos que fueron aprobados en la anterior reunión del C.C. y para que este debate se pueda relacionar con las experiencias más recientes que hemos tenido, tanto en el plano político e ideológico, como en lo que respecta a los problemas de organización y los planes que acabo de esbozar, cosas que, por lo demás, ya han tenido también algún eco en el Resistencia. Es igualmente necesario que los trabajos preparatorios del IV Congreso del Partido se vinculen al estudio de la historia del movimiento comunista, para lo cual propongo que sea aprobado, como documento programático del Partido, la Aproximación a la historia del PCE que comenzamos a publicar por fascículos antes del III Congreso y que entonces no pudimos acabar. Y, por último, y no por ello menos importante, esta campaña debe servir también para rectificar algunas concepciones y métodos de trabajo erróneos que se vienen manifestando en el Partido. Ni que decir tiene que todo esto nos va a permitir arribar al Congreso mucho más fortalecidos, más cohesionados y más ligados a las masas, de tal manera que podamos garantizar que el Congreso suponga un nuevo triunfo del proletariado revolucionario de nuestro país y sea a la vez una plataforma desde la que podamos dar un nuevo impulso a toda nuestra actividad encaminada a lograr la unidad del movimiento obrero y popular.
En relación con este problema de la unidad con otras fuerzas y sectores populares, al igual que en todo lo demás, nosotros debemos ser siempre los primeros en dar ejemplo, no limitándonos a las simples proclamaciones de buenos propósitos. Por ejemplo, no hace mucho, a raíz de la detención de la Mesa Nacional de Herri Batasuna, surgió entre nosotros la propuesta de apoyar en las próximas elecciones a dicha coalición a fin de mostrar la solidaridad activa de la clase obrera respecto al MLNV y poder contrarrestar al mismo tiempo, en la medida de nuestras posibilidades, la nueva ofensiva terrorista emprendida por el Estado español contra el pueblo vasco. Pues bien, de todos es conocida cuál es la posición del PCE(r) respecto a las elecciones organizadas por el régimen, nuestra táctica boicoteísta, encaminada a aislarlo todavía más; ahora bien, en unas circunstancias como las que acabo de describir, el voto favorable a H. B. contribuiría a ese aislamiento y a una mayor confluencia de las fuerzas populares. Ateniéndonos, además, al hecho de que el MLNV no suele hacer una utilización oportunista de su participación en las instituciones, nosotros deberíamos apoyarles, y hacerlo, además, de manera consecuente, sin poner por nuestra parte ninguna condición. Esto nos permitiría quedar libres también de cualquier compromiso que pudiera hipotecar la independencia política e ideológica del Partido. Este fue, ya digo, un planteamiento que se hizo entonces, cuando metieron en la cárcel a la dirección de H.B. y no se sabía muy bien cuánto tiempo los tendrían encerrados. Sin embargo, no debemos dejar de considerar de nuevo esta cuestión, si contribuye a promover la solidaridad y a la articulación del movimiento de resistencia popular.
Otro tanto debemos hacer en pro de la unidad con todas las organizaciones, colectivos, etc., que se hayan enfrentados al fascismo y al monopolismo y se muestran dispuestos a formar un frente común dejando de lado los particularismos, las rencillas de grupo y todo aquello que nos puede separar. Esto no ha de suponer, naturalmente, el abandono de la lucha ideológica y menos aún de la lucha resuelta contra el capital, ya que sólo en la medida que avancemos en esta lucha estaremos creando condiciones favorables para que pueda darse esa unidad. Nosotros no supeditamos la lucha a la unidad; tampoco hacemos concesiones de principios para que pueda realizarse. En todo caso procuramos vincular la lucha por la unidad a la defensa de la verdad. Sobre esta base de principio es posible alcanzar acuerdos con otros partidos y colectivos, sobre todo si tenemos en cuenta, como ya hemos indicado, que existen intereses y objetivos que son comunes y que sólo los haremos triunfar desde la unidad forjada en la lucha y para la lucha consecuente.
Entre todas las organizaciones, grupos o colectivos tenemos que prestar más atención a los que están formados por jóvenes. No hace falta insistir en la importancia que está adquiriendo el movimiento juvenil, integrado por los hijos de las obreras y obreros y otros muchos trabajadores, así como del papel que están llamados a desempeñar, especialmente si nos atenemos a la situación de paro crónico, marginación y represión que sufren y su absoluta falta de perspectivas para el futuro. Tampoco me voy a extender en hablar sobre la combatividad que están demostrando, su creciente interés por las consignas y propaganda del Partido, sobre el apoyo cada vez más activo que están prestando a los camaradas presos, etc. Todas éstas son actividades conocidas que nosotros valoramos en toda su dimensión. La cuestión es que tenemos que prestarles a los jóvenes y a su movimiento mucha más atención de la que les hemos prestado hasta ahora al objeto de que puedan incorporarse a la lucha de forma mejor organizada por todo aquello que merece la pena y que produce ahora mismo algunos resultados tangibles, inmediatos, como, por ejemplo, la guerrilla.
Cada vez es mayor el número de jóvenes que están pasando directamente desde las escuelas y universidades a engrosar las filas de los sin trabajo, los sin techo, los sin futuro, los sin nada. Ni siquiera han tenido la oportunidad de ser directamente explotados por el capitalismo, de poner a la venta lo único que poseen: su fuerza de trabajo. Esta es una fuerza que ya no necesita el capital para proseguir la acumulación, pues hay exceso de ella, y por eso la sociedad burguesa la tiene arrinconada como una mercancía inservible que no podrá, además, reproducirse, formar una familia, etc. Sin embargo, no por ello los jóvenes sin trabajo dejan de ser víctimas del régimen de explotación, del que tienen que soportar todas sus lacras. Por la situación en que se encuentran y la rebeldía que encierran, estos jóvenes pueden formar un poderoso ejército revolucionario, pero también son propensos a caer en las redes que les tiende la burguesía, con las que busca neutralizarlos o desviarlos de toda lucha política eficaz contra el sistema. Por todos estos motivos nosotros tenemos que alertarlos y organizarlos evitando caer en la fácil tentación de tutelarles o de llevarles por los caminos ya trillados, comunes a los de toda la autodenominada izquierda domesticada y reformista. Hemos de obrar de manera que puedan comprender que en realidad no les queda más salida que tomar el camino de la lucha organizada, que no tienen otra alternativa que emprender esta lucha de forma resuelta o hundirse cada vez más en la degradación social y moral para acabar sus días de la manera más infamante; hemos de hacerles comprender que sólo la lucha de resistencia organizada y los esfuerzos y sacrificios que nos impone necesariamente podrán abrir de par en par las puertas de ese futuro que nos niegan, y que esa lucha comienza a ser ya, de hecho, el futuro para todos nosotros.
Y en fin, otro sector al que tenemos la obligación de prestar atención es el que está constituido por esa corriente -podemos llamarla así- que forman las organizaciones y grupos que se proclaman comunistas, aunque en este caso, por paradójico que pueda parecer, las relaciones suelen ser más complicadas, ya que algunas veces nos las tenemos que ver, no con comunistas, sino con auténticos revisionistas cargados de ínfulas y de prejuicios. No es necesario decir que con esta gente nunca hemos tenido ni vamos a tener nada que hacer. Están tan deformados en sus concepciones y prácticas revisionistas, y es tal el pánico que sienten ante la sola perspectiva de tener que incorporarse a una organización marxista-leninista y a una lucha verdaderamente revolucionaria, que cualquier intento de alcanzar algún tipo de acuerdo con ellos, se pierde siempre en un mar de palabrería. No, como la experiencia ha demostrado ya muchas veces, con esa gente no tenemos nada que hacer, si bien debemos intentar, al menos, que no siembren la confusión entre los más próximos a ellos.
A los demás, es decir, a los que de verdad se muestren dispuestos a luchar y a contribuir a la reconstrucción del Partido (pues esta labor, en contra de lo que pueda parecer, no está, ni mucho menos, concluida), a éstos hemos de tenderles la mano si por su parte muestran también interés y una actitud militante, de clase, verdaderamente comunista; si están dispuestos a organizarse y a trabajar conjuntamente con nosotros en la resolución de todos los problemas teóricos y prácticos que plantea nuestra revolución, aplicando para ello el principio del funcionamiento centralizado democrático. Sólo si adoptan esta posición, debemos discutir todo el tiempo que haga falta, proponiéndoles labores y acciones conjuntas, de modo que todo ello vaya creando vínculos y hábitos de trabajo comunes. Pero tienen que comprender desde el comienzo que nosotros no tenemos ni vamos a aceptar ninguna otra norma o principio que no sean ésos, que no vamos a contribuir a la dispersión ni al guirigay que los otros han organizado con el único fin de encubrir su oportunismo.
En esta ocasión, el problema particular más importante que se nos plantea consiste en mejorar nuestro trabajo al objeto de entrar en esta nueva etapa mejor preparados para extender y organizar la influencia que ya tiene el Partido entre las masas. Para eso es necesario tener en cuenta también los errores que hayamos podido cometer en este terreno, puesto que no todo lo que hemos hecho ha sido ni mucho menos perfecto; hay, sin duda, algunos errores y deficiencias en nuestra labor que debemos corregir. Por ejemplo, ha sido un error de subjetivismo por nuestra parte sobreestimar la conciencia política de las masas, es decir, considerar que éstas, por el solo hecho de vivir sometidas durante un largo periodo bajo el régimen fascista, estaban vacunadas contra las ilusiones reformistas burguesas y que, por consiguiente, iban a comprender nuestras ideas y pondrían en práctica nuestros planteamientos en un plazo de tiempo relativamente más corto, sin necesidad de una labor mucho más profunda y perseverante por nuestra parte. Este es el origen de nuestros quebraderos de cabeza acerca del lento desarrollo de la organización, pese a la bancarrota política e ideológica del revisionismo, la crisis política del régimen y de los enormes esfuerzos que en ese sentido hemos realizado. A partir de ahora la situación va a ser diferente, de esto podemos estar seguros. Mas no debemos perder de vista esta experiencia que hemos cosechado.
Ante todo, al dirigirnos a las masas obreras y populares hay que tener en cuenta sus verdaderas necesidades y su nivel de conciencia política. Hay que reparar también en la capacidad de engaño y manipulación de la burguesía y sus lacayos, así como en los efectos disuasorios que logra siempre la represión. Todo eso no lo vamos a combatir o neutralizar solamente con la voluntad y el ejemplo. Además hace falta tiempo y que se den otras condiciones políticas más favorables. Ciertamente, no se trata de ir a la zaga del movimiento de masas, pero tampoco de precipitarnos o de menospreciar a los sectores más rezagados. Unicamente si tenemos en cuenta la situación económica y el estado de ánimo de la mayoría es como vamos a lograr vincularnos estrechamente con ellas, desarrollar su lucha política y fortalecer al Partido.
Esta misma falsa apreciación respecto al nivel de conciencia de las masas nos ha conducido a veces a cometer errores con sus hombres y mujeres avanzados, cuando han sido incluidos en el Partido sin estar suficientemente preparados. Desde luego no vamos a poner en tela de juicio la labor de proselitismo. Se trata de que debemos ser más pacientes con los obreros y obreras, con los jóvenes, etc., que se acercan a nosotros y no precipitarnos a concederles el título de militantes antes de que hayan demostrado, en la práctica, reunir todas las condiciones que se requieren para ello. No hacerlo así puede conducir, como de hecho ha sucedido en algunos casos, a que cuando aparecen las primeras dificultades o arrecia la represión (y todos sabemos que son los más débiles el principal objetivo de los represores, en los que éstos se ceban en primer lugar seguros de obtener resultados), cuando esto sucede, la mayor parte de esos militantes dejan de serlo casi automáticamente por propia voluntad, se borran del Partido y dejan a éste en muy mala posición respecto a su reputación entre las masas. ¿A quién culpar? Hay que tener en cuenta que esas deserciones no se producen por cobardía o falta de voluntad, sino ante todo por un error nuestro de precipitación. Esas deserciones, o al menos una parte considerable de ellas, no se producirían si tales comunistas no hubieran ingresado en el Partido. Y esa responsabilidad es exclusivamente nuestra. Pero lo peor de todo no es que hayamos cometido ese error, sino la actitud altanera o despectiva respecto a esos compañeros que se manifiesta a veces entre nosotros. De esta manera, al error de subjetivismo y precipitación se le viene a unir otro error mucho más grave: el que conduce al sectarismo, a aislarnos de las masas y a considerarnos superiores a ellas.
Este error debemos corregirlo radicalmente y desde su misma raíz. No hay que aplicar a todo el mundo el mismo rasero, ya que de esa manera nos vamos a equivocar casi siempre. Tampoco debemos esperar a que un compañero o compañera esté convencido de la justeza de nuestra línea política para empezar a organizarlos. Hay que tener en cuenta que entre la organización del Partido y el nivel más bajo de conciencia existen otros niveles y un abanico muy amplio de posibilidades para desarrollar un trabajo político. De lo que se trata es de coadyuvar a la elevación de su conciencia y organización; a que vayan subiendo como por una escalera en cuyo tramo final se encuentra la organización del Partido. A nadie en su sano juicio se le ocurriría subir de un solo salto a un séptimo piso. Y es que esos saltos no se dan nunca en ninguna parte. Ciertamente, los saltos o cambios cualitativos son una de las leyes fundamentales que rigen el desarrollo de todas las cosas y fenómenos, tanto de la naturaleza y la sociedad, como del pensamiento del hombre. Mas siempre son precedidos por toda una serie de cambios cuantitativos y de peque-os saltos, con los cuales se va acumulando, por así decir, el material y que vienen a suponer como sucesivas etapas de transición preparatorias del paso a la etapa siguiente de la evolución, o bien al salto cualitativo final.
No se dan saltos, decíamos, desde el suelo a un séptimo piso. Se va ascendiendo escalón tras escalón. Así se llega a un primer rellano. Se puede considerar que alcanzar ese primer rellano supone un pequeño salto, un cambio cualitativo parcial, pero el salto definitivo, todavía no se ha dado. Será necesario dar nuevos pasos, nuevos cambios cuantitativos y nuevos pequeños saltos cualitativos, antes de poder alcanzar el último rellano, lo que supone el salto cualitativo final. O por decirlo de otra manera: la revolución en la conciencia de las personas comienza desde que suben el primer peldaño, mas no se consuma verdaderamente hasta que no llegan al último rellano. Cuando llegan a éste, ya poseen los conocimientos o la experiencia suficiente, la voluntad, etc., que requiere la militancia comunista, pero antes no, por lo que resulta erróneo proponerles su ingreso en el Partido. Una persona se va haciendo comunista en la práctica y a medida que va asimilando la doctrina marxista-leninista y la línea de Partido, va realizando algunas actividades y actúa bajo la dirección inmediata de alguna de las organizaciones del Partido, etc. No verlo así es como obligarle a dar un salto en el vacío, del que luego nos lamentamos.
Siempre hemos de tener muy en cuenta el nivel de conciencia de las masas y partir de él, considerar, como ha apuntado algún camarada acertadamente, la falta que existe actualmente de una referencia clara a la que poder aferrarse en sus luchas diarias. La traición revisionista y la labor que continúan haciendo ha causado numerosos estragos en la conciencia, la moral y la confianza de la gente respecto a la viabilidad del comunismo, y ahora no va a resultar fácil reparar ese daño. Las masas saben lo que no quieren, esto es, saben del capitalismo; tienen una conciencia en negativo, pero no saben lo que quieren ni podrán saberlo por sí mismas; menos aún si tenemos en cuenta el bombardeo ideológico sistemático a que les somete la burguesía y sus agentes sociales. Sólo nosotros estamos en condiciones, apoyándonos en sus propias experiencias, de demostrarles en la práctica que sabemos lo que ellas necesitan y que podemos ayudarlas a lograrlo. Para ello debemos corregir todo aquello que en la práctica haya quedado demostrado que es erróneo, desprendiéndonos cuanto antes de los prejuicios, de los hábitos y del estilo de trabajo que no se corresponda con las circunstancias políticas.
El prolongado y continuo enfrentamiento con el aparato represivo del Estado capitalista ha ido creando entre nosotros algunos hábitos e incubando otras tantas ideas que conviene rectificar. Por ejemplo, el hábito de permanecer largo tiempo aislados, sin apenas relaciones con la gente e incluso con la propia familia. Este hábito, muy arraigado en algunos de nosotros, no lo hemos adquirido voluntariamente, pues nos ha sido impuesto por la represión, por la pura necesidad de supervivencia política y organizativa. Ese ha sido el caldo de cultivo del subjetivismo al que antes me he referido. Se impone, pues, la necesidad de ir a los obreros y demás sectores populares para aprender de ellos y explicarles nuestra línea política y nuestro proceso, preservando la organización clandestina. Este trabajo de masas, en contra de lo que pueda parecer a simple vista, no impide la existencia y el mayor fortalecimiento de la organización clandestina del Partido. Al contrario, tal como hemos explicado otras veces, la organización clandestina es la única que puede hacer marchar este trabajo amplio de masas y de hacerlo, además, imprimiéndole una orientación política determinada, verdaderamente revolucionaria. Sin esta condición, todo se perdería en un mar de confusiones. De lo que se trata es de hacer bien nuestro trabajo, de vincularlo a las necesidades y al estado real de conciencia de las masas e ir elevándolo hasta el nivel de comprensión de sus objetivos históricos.
Ni qué decir tiene que para eso vamos a seguir necesitando de la entrega y el entusiasmo de todos, y es seguro que ninguna de estas dos cualidades nos va a faltar. No obstante, hemos de advertir que con ellas solas no basta. Ese espíritu revolucionario es lo más importante, no cabe dudarlo, ya que sin él no sería posible hacer nada serio y honrado en beneficio de los trabajadores, pero no es suficiente. Hay que ser también prácticos (rojos y expertos, que dirían los comunistas chinos), procurar en todo momento combinar el espíritu intrépido revolucionario con el sentido práctico. Es preciso mejorar el funcionamiento centralizado y democrático, los procedimientos de discusión de forma colectiva y la adopción de decisiones; apelar una y otra vez al sentido de responsabilidad que compete a cada uno de nosotros; que el colectivo no coarte al individuo; que el colectivo no se convierta tampoco en un refugio para las indecisiones, la dejadez o la estrechez de miras. Ahora más que nunca debemos fomentar las iniciativas, la disciplina partidista y el espíritu de entrega comunista.
En resumen camaradas, durante más de dos décadas hemos permanecido enfrentados permanentemente, en las peores condiciones de aislamiento, a un poderoso enemigo, derrotando una tras otra todas sus campañas terroristas de cerco y aniquilamiento con el objeto de abrir una brecha más amplia a la actividad revolucionaria del Partido. Este enfrentamiento va a continuar, no hay que hacerse ilusiones, pero las condiciones en que tendrá lugar no van a ser las mismas. El régimen ha sufrido una derrota política y moral de la que le va a resultar muy difícil recuperarse, en tanto que nuestro Partido sale de esta prolongada y dura batalla mucho más fortalecido y reconocido por las masas populares. Además, recordemos lo que ya dijimos en el informe al III Congreso del Partido: ahora no nos hallamos ante el comienzo de la reforma, sino al final de ella, con todos los partidos reformistas prostituidos y el Estado desenmascarado en su naturaleza fascista. Es esto, precisamente, lo que se revela en ese retroceso a sus orígenes que ya hemos comentado. En esto se concreta la victoria que hemos obtenido sobre él.
El régimen ha sufrido una importante derrota, pero sigue en pie, con sus leyes y tribunales especiales, sus cuerpos represivos, sus cárceles, sus medios de intoxicación, etc. En esto se manifiesta también la debilidad que todavía aqueja a nuestro movimiento organizado. Sin embargo, en la situación general que hemos descrito, esta debilidad relativa y la misma cerrazón del régimen no podrán durar mucho tiempo si proseguimos la lucha de resistencia, si ganamos a las masas para la causa y si, en definitiva, hacemos bien nuestro trabajo.
Tenemos que ir a las masas y a los hombres y mujeres más avanzados de nuestra clase con la mano tendida y el espíritu abierto, prestar atención a lo que dicen y no tratar de darles lecciones. Tenemos que predicar, ante todo, con el ejemplo.
Al mismo tiempo que realizamos esta labor entre los obreros y demás sectores de la población, especialmente entre la juventud cañera, tenemos que llevar a cabo una campaña de rectificación con la vista puesta en la celebración del IV Congreso. Esta labor deberá ser complementada con la edición de textos de los clásicos del marxismo-leninismo, convenientemente seleccionados, que permitan un mayor esclarecimiento de todos. Además, ante las nuevas perspectivas que se abren, se hace indispensable publicar una revista que nos permita tratar con toda la profundidad y extensión que requieren los numerosos problemas políticos y teóricos que se le plantean actualmente al movimiento revolucionario. Desde las páginas de Resistencia, como es bien sabido, se han abordado algunos de esos problemas, pero este órgano del Partido se nos ha quedado ya pequeño y eso no sólo por su formato, sino también por su carácter más abierto a las masas y fundamentalmente agitativo, lo que, por otra parte, se necesita seguir conservando. Y, en fin, tenemos que seguir fortaleciendo las organizaciones del Partido y extenderlas a todo el país; sobre todo en estos momentos habrá que centrar todos nuestros esfuerzos en consolidar las organizaciones en aquellas localidades en las que desde hace mucho tiempo venimos trabajando. Esta es una tarea que se deberá abordar con toda firmeza en esta nueva etapa. Para ello necesitamos formar numerosos cuadros que permanezcan ligados a las masas, que posean profundos conocimientos del marxismo-leninismo y una gran conciencia de clase; que sean firmes y sepan orientarse y tomar decisiones.
Este importante cometido será facilitado por la integración de los veteranos con los más jóvenes en todos los niveles de la estructura del Partido, desde las células, hasta el C.C. Se sobreentiende que esto habremos de hacerlo sin ningún tipo de discriminaciones debidas a la nacionalidad o el sexo, si bien, como siempre, deberemos dar preferencia a los camaradas procedentes de la clase obrera, en especial (si no se ofenden) a las mujeres.
Se sabe que los viejos (ya podemos emplear este término, no sé si con la desaprobación de alguno), los viejos, digo, encarnan o son depositarios de la tradición (en nuestro caso, de la tradición revolucionaria), pues poseen una rica experiencia práctica y atesoran múltiples conocimientos de la historia del movimiento que deberán transmitir a la nueva generación. La traición revisionista ha supuesto una ruptura de esa tradición revolucionaria, casi la había sepultado bajo una monta-a de basura, y por esta razón los que asumimos la tarea de reconstruir el Partido, allá por los años 60, se puede afirmar que nos encontramos entonces huérfanos y desamparados. De manera que hemos tenido que aprenderlo todo con nuestros escasos medios, equivocándonos y corrigiendo, tropezando y levantándonos una y otra vez. Este proceso de aprendizaje es inseparable del proceso que ha seguido el movimiento obrero y comunista internacional y, de manera particular, el movimiento comunista en España. De ahí la desesperante lentitud con que se viene desarrollando y lo doloroso que a veces resulta. Pues bien, los jóvenes revolucionarios de la nueva generación podrán recoger la antorcha que nosotros les legamos. En cierto sentido, su trabajo va a resultar más fácil, pues no tendrán que partir casi de cero, como partimos nosotros hace poco más de treinta años. Ese es un bagaje y una experiencia con la que podrán contar, aparte de otras muchas cosas, como la misma organización, lo que no quiere decir que no tengan nada importante que aportar. Al contrario. Ellos son los portadores de todo lo nuevo y fresco que se incorpora al movimiento, con lo que éste se renueva y asegura su continuidad, y como alumnos, tienen la misión histórica de superar a los maestros, de hacer las cosas mucho mejor y más concienzudamente de lo que nosotros las hemos hecho. Por lo general, los jóvenes suelen ser más activos o dinámicos; son también más críticos, menos formalistas, más desprendidos de atavismos y, entre todas esas y otras cualidades aportan al Partido la alegría tan sana que tanta falta nos hace para no quedar anquilosados y para avanzar en primera fila junto a las masas.
El IV Congreso habrá de dar respuesta a los numerosos problemas que se nos plantean en la nueva etapa, perfilar mejor su estrategia, la táctica y la Línea Política y Estatutos del Partido y constituir una firme plataforma desde la que poder reagrupar las fuerzas e impulsar la acción conjunta del Movimiento de Resistencia Popular.
Los Proyectos de Programa y Estatutos que habrán de servir de base para las tareas preparatorias del IV Congreso ya han sido publicados. Estos documentos han de ser estudiados y debatidos por todas las organizaciones y militantes del Partido, debiéndose levantar actas de las propuestas, enmiendas y correcciones que se consideren necesarias. Por otra parte hemos de procurar la más amplia participación de las masas, en especial de los obreros, las obreras y de los jóvenes más avanzados, de modo que también éstas puedan participar en las labores preparatorias del Congreso y hacer su contribución. En lo que respecta a la organización del Congreso, a la elección de los delegados, etc., las organizaciones del Partido serán informadas y consultadas a su debido tiempo por conducto interno, a fin de garantizar su participación al mismo tiempo que la seguridad del propio Congreso.
SESION DE APERTURA DEL CONGRESO: Un miembro de la comisión de organización del Congreso presentará el orden de los temas a tratar en la reunión y dará lectura a las normas que habrán de regir su desarrollo.
ORDEN DEL DIA a someter en la sesión de apertura:
PRIMERA SESION PLENARIA
- Lectura del Informe del C.C.
- Propuesta y elección de la mesa del Congreso.
- Dimisión del C.C.
- Formación de las comisiones.
SEGUNDA SESION
- Estudio individual de los documentos
- Discusión y elaboración de enmiendas por comisiones, cada una de las cuales elegirá un ponente.
TERCERA SESION PLENARIA
- Discusión y aprobación de las distintas enmiendas o proposiciones.
CUARTA SESION
- Reunión por comisiones para la confección de una lista de candidatos a la Dirección.
QUINTA SESION PLENARIA
- Elección del Secretario General y del nuevo C.C.
- Clausura del Congreso.
NORMAS QUE HAN DE REGIR EL CONGRESO
A) La mesa del Congreso estará formada por un presidente y dos secretarios, encargados de hacer respetar el cumplimiento de estas normas, moderar las discusiones, tomar notas y levantar acta de las sesiones plenarias.
B) Una vez leído el Informe del C.C. y elegida la mesa del Congreso, todos los miembros de la dirección del Partido están obligados a dimitir y a cesar en sus funciones y atribuciones.
C) Es conveniente que las comisiones estén formadas por delegados de las distintas organizaciones del Partido, jóvenes y viejos. El ponente elegido por ellas deberá moderar las discusiones, recoger las opiniones de la mayoría y exponerlas ante el Pleno.
D) En las sesiones plenarias, los ponentes darán lectura de los resultados de la discusión de cada comisión después de lo cual se abrirá una ronda de intervenciones en torno a los temas que se hayan suscitado.
E) Cada uno de los delegados al Congreso tiene derecho a hacer uso de la palabra y a votar, tanto en la comisión correspondiente como en los Plenos, incluso en defensa de ideas, tesis u opiniones que no hayan sido recogidas en las ponencias.
F) En principio las intervenciones no tienen un tiempo limitado, más allá de lo que considere la mesa del Congreso.
G) Las distintas proposiciones que se hagan deberán ser sometidas a votación y se aprobarán aquéllas que obtengan mayor número de votos.
H) Cada una de las comisiones presentará una lista de cinco miembros para constituir la nueva Dirección del Partido. Estas listas deberán ser sometidas a la consideración del Pleno, el cual elaborará con ellas una sola, que será sometida a votación secreta e individual. Los cinco miembros más votados serán los responsables de formar, por cooptación secreta, el nuevo Comité Central. Finalmente, el Pleno del Congreso elegirá, igualmente por voto secreto e individual, al Secretario General del Partido.