No existe más alternativa que la lucha organizada de resistencia

Antorcha núm. 7, febrero de 2000

En enero del presente año 2000 se celebró la primera reunión del Comité Central elegido en el IV Congreso del PCE(r). En su sesión de apertura, nuestro Secretario General, el camarada Arenas, realizó una amplia intervención destinada a orientar la actividad del Partido para el próximo periodo y a concretar más las tareas señaladas por el Congreso. Dos fragmentos de esta intervención han sido ya publicados en el Resistencia núm. 47; a continuación, pasamos a reproducirlo en su integridad.
Hemos avanzado en el relanzamiento de toda la labor del Partido en diversos terrenos y estamos en mejores condiciones para centrar la mayor parte de nuestra atención y nuestros esfuerzos en la realización de las tareas aprobadas por el IV Congreso. Esto exige una mayor concreción y explicación de nuestras alternativas y consignas políticas. Para ello contamos con algunos factores favorables, como son sin duda el agravamiento de la crisis general del capitalismo y de la lucha entre las grandes potencias por un nuevo reparto del mundo, así como la bancarrota política e ideológica del revisionismo contemporáneo. También la crisis política del Estado fascista español continúa su curso inexorable en el marco de esa crisis capitalista mundial, lo que habrá de repercutir muy favorablemente en la elevación de la conciencia política de las masas y en el crecimiento de la influencia del Partido entre ellas, permitiéndonos consolidar y extender la Organización. Todos éstos son factores que obran a nuestro favor, que van a contribuir, están contribuyendo ya, a un desarrollo más rápido de nuestro trabajo, pero sobre todo contamos para ello con la sólida plataforma política, ideológica y organizativa que nos ha proporcionado el IV Congreso. Y aunque aún habremos de continuar desarrollando y perfeccionando la línea política del Partido, de lo que ahora se trata es de llevarla a la práctica sintetizando mejor las orientaciones, los criterios y las consignas que a lo largo de muchos años hemos ido elaborando como resumen de la lucha de las masas y de la propia actividad del Partido. En el IV Congreso hicimos un esfuerzo para elaborar toda esa experiencia, resumiéndola en algunas directrices y consignas que hoy hacen suyas muchos trabajadores.

Tomemos, por ejemplo, el concepto de resistencia. Esta consigna, ciertamente, no la hemos creado nosotros, pero nadie podrá negar que fuimos los primeros en asumirla, divulgarla y explicar en todos sus detalles su profundo significado político, histórico y moral. No es por casualidad que figure en forma destacada en la cabecera de nuestro órgano central desde hace ya muchos años como estandarte de lucha y no de reconciliación. Como era de esperar, a la burguesía y a sus lacayos, no les podía pasar desapercibida la importancia política estratégica de la consigna de resistencia (como no se les ha pasado otras de claro contenido clasista revolucionario, como la de la solidaridad e incluso la del internacionalismo) y por este motivo hacen uso de ella frecuentemente para desvirtuarla vaciándola de toda su fuerza y contenido antifascista. Pero nosotros tenemos que continuar enarbolándola como la bandera de lucha del movimiento popular explicando a los obreros y obreras, a la juventud combativa y demás sectores explotados y oprimidos su verdadero significado, haciéndola cada día más viva.

Hemos de explicar a todo el que quiera oírnos que el Movimiento de Resistencia Popular no lo hemos inventado nosotros, sino que está ahí y se viene desarrollando ininterrumpidamente desde hace ya muchos años de una manera semiespontánea, sin que la mayor parte de los que de una u otra forma participan en él, sean conscientes de ello. Por nuestra parte no hemos hecho otra cosa más que poner en claro esa realidad y lo que ella representa como fenómeno político histórico que brota de las nuevas condiciones impuestas a las masas obreras y populares por el régimen de los monopolios; es decir, en las condiciones de la descomposición y la bancarrota del capitalismo, en unas condiciones en que ya no es posible luchar con los métodos políticos y sindicales tradicionales para contener la ofensiva ultrarreaccionaria de la gran burguesía, crear organización, elevar la moral de combate y reagrupar las fuerzas revolucionarias dispersas, y que por este motivo han surgido y se están desarrollando y perfeccionando mejor cada día los nuevos métodos de lucha, de organización y resistencia.

También hemos explicado muchas veces, y hemos de continuar haciéndolo en nuestra propaganda y agitación, que resistir significa, antes que nada, no claudicar de nuestros derechos democráticos, no ceder ante la explotación y la represión brutal, no tragar ante los opresores, ser intransigentes con ellos y su régimen, no prestarnos a ningún tipo de componendas o de tolerancia con ellos y sus torturadores y asesinos a sueldo; pero sobre todo, resistir significa estar dispuesto a organizarse y a luchar decididamente para derrocar el poder de la clase capitalista y crear un sistema económico y social enteramente nuevo. Por esta razón también hemos explicado ya muchas veces, y hemos de continuar haciéndolo, que la lucha de resistencia no puede ser, al menos en sus tres cuartas partes, ni pacífica ni legal, pues como acabamos de ver, se trata de una lucha encaminada a demoler desde sus cimientos el sistema capitalista, que se trata de una lucha esencialmente revolucionaria, no reformista, y que la revolución, como casi todo el mundo sabe, no ha sido nunca, no es, ni podrá ser jamás un asunto pacífico ni legal. Hay que emplear todos los procedimientos de lucha contra el régimen, los legales e ilegales, los pacíficos y violentos, sin atarnos las manos con ninguno de ellos, aprendiendo a combinarlos todos; pero destacando en cada momento o situación concreta los principales de los que son secundarios, a fin de poder subordinar estos últimos a los primeros.

Estrechamente relacionada con la consigna o idea fuerza de Resistencia está la de boicot activo al régimen, a sus leyes y mascaradas electorales, a sus partidos y sindicatos, ya que sólo mediante una política activa de boicot es como se les podrá aislar completamente para poder pasar a su demolición. El boicot activo es una forma de lucha política de honda tradición democrática en España, y va mucho más allá que la mera abstención electoral, pues entre otras cosas exige un determinado grado de organización y de conciencia política para poder llevarlo a cabo frente a todo el aparato represivo y propagandístico del Estado oligárquico, sus partidos y sindicatos. Esto explica por qué el boicot creciente y cada vez más radical y mejor organizado de las masas obreras y de otros sectores populares preocupa a la clase dominante. Y es que se ha convertido en una poderosa arma de lucha política capaz de arrinconarles, de arrancarles la máscara democrática y acabar de deslegitimar su régimen fascista junto a todos sus lacayos carrillistas, galosos y demás colaboracionistas. El Partido ha de continuar preconizando la táctica de boicot a la vez que organiza la desobediencia civil y otras muchas formas de resistencia activa y de protesta, como las huelgas obreras fuera del control de las mafias sindicales, los sabotajes, la negativa a pagar los impuestos, la ocupación de viviendas y de locales vacíos, etc. Esta política debemos mantenerla con firmeza, independientemente de que en algún momento, tal como ha sucedido recientemente, consideráramos necesario llamar a votar con vistas a lograr idénticos resultados a los ya indicados.

En relación con la política de resistencia elaborada por el Partido hemos ido formulando a lo largo de los años numerosas consignas que resumen la experiencia de la lucha de las masas. De entre ellas cabe destacar también las que se refieren a la unidad del movimiento o reagrupamiento de fuerzas. Esta consigna tenemos igualmente que explicarla sin descanso, pero sobre todo debemos empeñarnos en aplicarla de una manera seria y consecuente.

El sentimiento de unidad y la conciencia de su necesidad para combatir resueltamente al capitalismo, están cada vez más extendidos entre los trabajadores, pero son pocas las personas que se ponen a trabajar perseverantemente por ellas. Esto sucede muchas veces por la precariedad y la competencia que impone el sistema capitalista a los mismos trabajadores; también el gremialismo, el sectorialismo y el estrecho espíritu de grupo que predominan en algunos sectores, son obstáculos a vencer. Claro que siempre que se plantea la cuestión de la unidad inmediatamente surge la pregunta: ¿con quién, para qué? Para nosotros, comunistas, se trata, antes que nada, de la unidad de los revolucionarios para luchar contra el oportunismo. En esta unidad incluimos a los sectores de vanguardia de la clase obrera que deberán apretar sus filas en torno a su núcleo dirigente, el PCE(r). Esta es una cuestión fundamental que ya hemos explicado muchas veces, aunque también es verdad que, como lo está demostrando la experiencia, lograr esa unidad tan fundamental no está resultando una empresa fácil. Para culminarla aún tendremos que vencer no pocas trabas y dificultades, especialmente las que suponen la ideología revisionista y la política reformista burguesas que se hallan hoy tan extendidas. De ahí que uno de los principales enemigos, por no decir el principal enemigo a combatir hasta desenmascararlo y aislarlo completamente, sean el revisionismo y el reformismo. Pero malamente podremos conseguir este objetivo si entre nosotros existe una concepción falsa sobre este importantísimo problema, que nos impide comprender que el revisionismo no es posible derrotarlo en unos días ni al margen de la lucha revolucionaria, pues se trata de un fenómeno internacional que está unido a la existencia del imperialismo, que surge y se reproduce continuamente con él y que, por tanto, sólo podrá ser definitivamente derrotado junto con el sistema capitalista que lo ha engendrado. Esto exige de nuestra parte una lucha y atención permanentes para no ser arrastrados por la corriente, en la seguridad de que, si nos mantenemos firmes y batallamos sin descanso, al final (¡y no al comienzo ni a mitad del camino!) las mismas contradicciones y bancarrota inevitables del sistema vendrán a darnos la razón y obrarán a nuestro favor. No hace falta insistir que sin cumplir esta labor de denuncia y desenmascaramiento del revisionismo -lo que no es otra cosa sino la ideología y la política burguesas dentro de nuestras propias filas-, nos será imposible construir los cimientos sobre los que habremos de levantar todo el edificio del movimiento obrero y popular.

Una vez aclarado en su aspecto más importante este asunto (lo que no se agota, ni mucho menos, con lo que acabo de decir) hay que tener en cuenta a aquellos sectores que son víctimas también en alguna forma y en distinto grado, del expolio, la opresión y los atropellos del capital y su Estado. A ellos debemos unirnos y prestarles apoyo. Sin embargo, no hay que cifrar excesivas esperanzas en esos sectores, cuyos intereses difieren, en su mayor parte, respecto a los intereses de la clase obrera. Es por este mismo motivo por lo que, aunque a veces se muestran muy radicales en sus luchas y exigencias frente a la gran burguesía monopolista y el Estado, nunca se propondrán acabar con el sistema, sino, en todo caso, reformarlo, acceder a algunas reivindicaciones de tipo democrático. De ahí su tendencia al compromiso, sus continuas oscilaciones a derecha e izquierda, sus recelos respecto a la clase obrera y sus intentos de tutelarla, de subordinarla y de llevarla a su propio terreno, lo que muchas veces se traduce en claudicación e incluso colaboración abierta con los explotadores y opresores. Esta tendencia no podrá ser evitada, ya que es inherente a la naturaleza de clase pequeño-burguesa de todos esos sectores que quieren conservar el capitalismo, como dijo Marx, pero sin las consecuencias inevitables que se derivan de él. Por este motivo, al mismo tiempo que les tendemos la mano y les apoyamos en sus justas demandas, debemos mantenernos siempre en una actitud vigilante ante ellos y criticarles sus vacilaciones e inconsecuencias. Hay que tener siempre presente que la unidad efectiva con esos sectores sólo será posible alcanzarla sobre la base de una potente organización obrera que actúe de forma independiente, siguiendo una línea verdaderamente revolucionaria, y que para ello no oculte o trate de velar las diferencias ideológicas y políticas y los intereses en juego.

Nuestra política respecto a los sectores no proletarios de la población, incluyendo aquí a los nacionalistas, por más radicales que se muestren en un momento dado, ha de comprender tanto la unidad como la lucha. Ambos aspectos no deben separarse jamás, pues responden a la posición que ocupa cada clase en la sociedad, a sus distintos intereses. Con la burguesía, queda descartado por principio que podamos establecer ningún tipo de acuerdo, ya que se trata de nuestro principal enemigo; la contradicción de la clase obrera con la burguesía es de carácter antagónico, irreconciliable, y sólo podrá ser resuelta con la revolución socialista. Pero con los otros sectores pequeñoburgueses a los que ya nos hemos referido, son posibles algunos acuerdos y la acción conjunta, sobre todo para la lucha contra el régimen fascista y el imperialismo. Por este motivo les prestamos apoyo y les seguiremos apoyando, aunque por su parte se sigan comportando de la forma que ya conocemos, ya que de todas maneras ese apoyo debilita a la oligarquía y favorece la causa democrática y socialista. Esa es la forma de aprovechar las contradicciones que enfrentan a esos sectores contra la oligarquía financiera. Sin embargo, esto no nos debe llevar a perder de vista que entre esos sectores pequeñoburgueses y la clase obrera existen también algunas contradicciones y diferencias de intereses. De ahí la lucha inevitable que debemos mantener con ellos. Si no lo hiciéramos así, lograrían arrastrar a la clase obrera, la neutralizarían o acabarían convirtiéndola en un apéndice de su política reformista, y de esa manera el proletariado no podría desempeñar su papel hegemónico o de clase dirigente y, por tanto, la revolución socialista fracasaría. Por todos estos motivos debemos preservar en todo momento la independencia política de la clase obrera y practicar la lucha ideológica dentro del movimiento popular.

En relación con esta cuestión tan importante de la táctica del Partido no hay que perder nunca de vista que en España no nos hallamos ante la perspectiva de una revolución democrático-burguesa. Las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales que correspondía realizar a esa revolución, ya han sido efectuadas en su mayor parte en nuestro país por la vía del desarrollo monopolista; el monopolismo, como advirtió Lenin, borra toda diferencia entre el régimen republicano y la monarquía. Esto explica, entre otros fenómenos curiosos, la desaparición de la práctica totalidad de los partidos republicanos (hoy todos acatan la constitución monárquico-fascista) y el hecho de que actualmente no exista en nuestro país una burguesía nacional o democrática interesada y que aspire a una transformación más o menos profunda o radical de las estructuras económicas y sociales. Y es que la época de la revolución burguesa ya ha pasado a la historia en estas tierras para nunca más volver, o para ser más exactos, fue enterrada bajo un millón de cadáveres, de torturados y asesinados y por más de cuarenta años de desarrollo económico capitalista bajo el régimen de terror abierto de los monopolios. La guerra de resistencia antifascista de 1936-39 ya demostró que en España no podía realizarse una revolución burguesa de viejo tipo y hoy ni siquiera puede ser planteada esa posibilidad, por no hablar del tristemente célebre tránsito pacífico y parlamentario al socialismo.

Si no olvidamos la historia ni perdemos de vista ese dato de la estructura de clase de nuestra sociedad, tan esencial para la estrategia de lucha del Partido proletario, llegaremos fácilmente a la conclusión de que aquí nos hemos quedado sin aliados dentro de la clase burguesa o, por decirlo de otra manera: que la clase obrera de las distintas nacionalidades de España, no sólo es hoy la clase dirigente de la revolución socialista pendiente, sino también la principal y casi única fuerza motriz de esta revolución. Claro que, como apunta el programa del Partido, a esa fuerza que forma la clase obrera habrá que añadir la de algunos otros sectores de asalariados que forman parte de la nueva pequeña burguesía, así como la de otras capas de la antigua pequeña burguesía en acelerado proceso de ruina y proletarización como los campesinos pobres y los pequeños comerciantes. Mas en este caso, dichos sectores habrán de incorporarse al movimiento revolucionario para la defensa no de sus intereses pasados, ya suprimidos en su mayor parte por el capitalismo financiero, sino por sus intereses futuros y como parte del pueblo trabajador. Esto no quiere decir que neguemos la existencia de contradicciones dentro de la burguesía monopolista y financiera, y entre ésta y la burguesía no monopolista, etc., contradicciones que sólo podremos utilizar a condición de que no perdamos de vista su verdadero carácter de clase, el hecho de que ninguno de esos sectores burgueses persigue suprimir la propiedad privada capitalista ni la explotación del trabajo, no persigue suprimir la plusvalía, sino que luchan entre sí por su distribución.

Si analizamos esta cuestión en la perspectiva histórica nos daremos cuenta de que la desaparición de aquellos aliados burgueses (que, por cierto, traicionaron a la República y nos dejaron en la estacada en los momentos más críticos de la guerra de resistencia contra el fascismo y la intervención extranjera), unos aliados con los que siempre han especulado los revisionistas, no supone ninguna pérdida para nuestro movimiento socialista, y de hecho allana el camino, lo desbroza y facilita la obra revolucionaria, siempre que tengamos clara conciencia de esa nueva realidad y centremos nuestra atención y nuestra fuerza en nuestra propia clase.

Aquí llegamos a un punto de capital importancia que suele pasar a menudo desapercibido, por aquello de la influencia ideológica que nos ha dejado en herencia, para nuestra desgracia, el revisionismo de distintos pelajes: cuando hablamos de nuestra clase, ¿a quién nos estamos refiriendo? Lógicamente, si concebimos la revolución o el movimiento obrero revolucionario desde el punto de vista nacional, prescindiendo del marco internacional y estatal en que inevitablemente se desarrolla la lucha, tendríamos que dividir al proletariado según su nacionalidad. Hablaríamos del proletariado catalán, del proletariado gallego, del proletariado vasco, del proletariado castellano. Pero nosotros nunca hemos aceptado esa división por naciones de la clase obrera que tiene que combatir a la burguesía organizada en un mismo y único Estado. ¿Quiere esto decir que ignoramos la existencia de la nación con su territorio, su economía, su lengua, su cultura.... específicas? En modo alguno. Sólo sostenemos que las diferencias debidas a la lengua y a la cultura no deben separar a la clase obrera de ningún país respecto a la de los demás, y con mucho menor motivo si el enemigo inmediato a combatir se halla dentro de unas mismas fronteras y es respaldado por un mismo y único Estado. Nuestra clase, pues, está constituida por el proletariado internacional, por la clase obrera de todos los países, la cual suma hoy muchos cientos de millones de hombres y mujeres que comparten los mismos intereses, la misma ideología, los mismos objetivos y que luchan también contra los mismos enemigos. Es al proletariado mundial al que debemos dirigirnos y apelar continuamente a fin de formar un frente unido internacional de lucha contra el imperialismo y la reacción en la perspectiva de la revolución mundial socialista. A este objetivo debemos servir y subordinar todos nuestros planes, fomentando la lucha para el derrocamiento del poder de la burguesía imperialista en España, al tiempo que prestamos apoyo a otros partidos comunistas y a los movimientos revolucionarios de la clase obrera, así como los pueblos oprimidos de todo el mundo que se oponen y luchan contra el imperialismo. Estos son, a no dudarlo, nuestros más seguros aliados en la lucha por el socialismo, por cuanto, en realidad, ya no les queda otra vía para salir del abismo al que han sido empujados, para sobrevivir y acceder a un desarrollo independiente, que el camino que conduce al socialismo a través de la revolución popular-democrática.

Como se podrá observar, este esquema general que acabo de esbozar aquí, no difiere en nada esencial respecto al análisis y la línea que trazamos en el IV Congreso del Partido. Tan sólo la perfila o la concreta mucho más, pues es eso lo que estamos intentando hacer desde el comienzo. De ahora en adelante deberemos dedicar mucha más atención y esfuerzos a todas estas cuestiones, ya que, como lo demuestra la experiencia, el movimiento obrero y comunista no puede avanzar en cada país por separado, es decir, no puede consolidarse y desarrollarse si no se vincula al movimiento internacional, si no le presta apoyo y si no es apoyado, a su vez, por él. Esto no hay que interpretarlo como una invitación a dejarse llevar por la corriente más de moda. En este terreno, no está de más decir que, mientras carezcamos de un conocimiento suficiente, lo mejor que podemos hacer es conducirnos con precaución, sin precipitaciones y midiendo bien cada paso que debemos dar.

Vivimos un momento muy delicado, muy confuso, verdaderamente crítico. Y eso repercute, inevitablemente, en la conciencia y la moral de la gente. Este es un momento en el que parece haberse derrumbado para siempre la posibilidad de un cambio profundo de la sociedad que nos libere de los tormentos y las lacras del capitalismo, y en que las ideas más reaccionarias y la prepotencia de los imperialistas se han desatado en el mundo y se enseñorean por doquier apestándolo todo. Pero la crisis del sistema avanza inexorablemente y no está lejano el día en que ni los de arriba podrán ya gobernar como lo siguen haciendo, ni los de abajo consentirán continuar viviendo como les están obligando. No comprender que va a ser sobre esta misma base, a través del desarrollo de todas las contradicciones que ha generado el sistema capitalista, como únicamente se podrán ir abriendo paso las nuevas fuerzas productivas que ellas mismas han engendrado, es lo que crea esa confusión y abatimiento que estamos comentando.

Es claro que esto no se podrá realizar sin luchas ni sacrificios, sin esos prolongados dolores de parto a que se refieren Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, y sin forjar el instrumento imprescindible que habrá de facilitarlo, es decir, el partido comunista armado de la teoría de vanguardia y férreamente disciplinado.

La crisis y bancarrota a que se ve abocado el capitalismo, y que la guerra imperialista de rapiña que ya ha comenzado no hará sino acelerar y agravar mucho más, está obrando a favor de una rápida toma de conciencia por parte de amplios sectores de obreros y otros muchos trabajadores que vienen padeciendo las consecuencias de la crisis, mostrándoles, mejor que decenas de libros, la verdadera naturaleza del sistema y el origen de todos esos problemas y lacras que padecen y que se han abatido sobre ellos como una plaga. Por eso podemos estar seguros de que, a no tardar, habrá de aparecer de nuevo en todos los países una vanguardia capaz de dirigir, organizar y encabezar la lucha de clases y de conducirla hasta sus últimas consecuencias: a la imposición de la dictadura del proletariado sobre la burguesía. Sólo de esta manera se podrán ir resolviendo los problemas cada vez más graves que afectan a las masas populares y se podrá seguir marchando hacia adelante, hacia la meta del comunismo. No existe más alternativa ni más camino que ése: el de emprender la lucha resuelta y organizada por el socialismo.

Sabemos que éste es un discurso ya muy viejo, que está un poco desgastado de tanto repetirlo, pero para nosotros no existe otro mejor ni más nuevo, y por eso insistimos una y otra vez en él. ¿Qué tiene de nueva la rancia y podrida ideología y la política liberal burguesa con sus adornos mercaderiles? ¿qué han aportado al movimiento obrero y popular el reformismo y el socialismo de rostro humano en todo este siglo que va a terminar? ¿acaso el mundo capitalista es hoy mejor para la inmensa mayoría de la población del planeta que a comienzos del siglo? ¿acaso las mejoras conseguidas por las masas populares en los países capitalistas más desarrollados no se deben, en buena parte, a los triunfos del comunismo y del movimiento revolucionario? Basta con reparar en la situación que se ha creado en todas partes tras la caída del muro, para obtener una clara y contundente respuesta a esas preguntas.

La lucha por las reformas o para conseguir algunas mejoras económicas y sociales dentro del sistema capitalista, puede contribuir a organizar y educar políticamente a las masas, a la vez que se consigue paliar momentáneamente algunos problemas, pero no resolverá nunca ninguno de ellos y, en ocasiones, tal como ha venido sucediendo en los últimos años, no logrará sino distraer la atención, crear falsas ilusiones y dividir al movimiento obrero si esa lucha no está encaminada a destruir el sistema, con lo que, a la postre, se les hace el juego a los capitalistas y a su Estado. Esta realidad no cambiará por más innovaciones tecnicistas, europeístas o mundializadoras que los revisionistas y toda la corte de demagogos y papanatas reformistas quieran añadir a sus análisis y propuestas, con lo que no hacen otra cosa sino crear confusión al mismo tiempo que escamotean el proceso real de la acumulación y centralización cada vez más acelerado del capital que se está produciendo, así como las agudas contradicciones que este proceso conlleva, no sólo entre los monopolistas y sus Estados, sino especialmente entre el proletariado y la burguesía en los distintos países y a escala internacional. ¿Qué es, a fin de cuentas, esa llamada mundialización de la que tanto se habla últimamente? ¿cómo explicar este nuevo fenómeno y cuál puede ser su resultado? ¿acaso obedece a un rebrote del humanismo de la burguesía, de su tierno espíritu universalista? ¿ha sido superado ya el nacionalismo, o estamos ante el resurgimiento del mismo en su forma más bestial, nazi-fascista, terrorista e imperialista? Ciertamente, esa mundialización tiene mucho que ver con el saqueo de las riquezas del mundo por parte de un puñado de países ricos, con el flujo incesante de capitales extraídos de la explotación del proletariado mundial que va a llenar las arcas de los monopolios industriales y financieros internacionales, con la apertura de los mercados a sus operaciones fraudulentas, con la aplicación de las nuevas tecnologías y la implantación de nuevos tratados y relaciones de fuerza y sometimiento de los más débiles a los poderosos, etc. Mas todo eso es tan sólo el efecto, y no la causa, de un fenómeno que arranca de muy atrás y que hunde sus raíces en el proceso incesante de acumulación y centralización del capital que se ha acelerado, de manera particular, en el último tercio de este siglo.

Acumulación significa siempre, no sólo reproducción ampliada del capital social o incremento del valor, sino también su concentración en las grandes industrias o conglomerados, un fenómeno que se da paralelamente a la concentración bancaria, con lo que se forma y se refuerza el capitalismo financiero que centraliza y dirige todo este proceso en beneficio de la oligarquía financiera compuesta por un reducido número de tiburones, de buitres o magnates del gran capital que se reparten el mundo y manejan a los gobiernos, a los partidos políticos, a los sindicatos, a la prensa, etc. Tales son, en el caso de España, los Botín, Ibarra, etc. Pero más que esa concentración y centralización del capital a nivel mundial, lo que debe atraer nuestra atención es la aceleración vertiginosa que éste impone, necesariamente, en la elevación de la composición orgánica del capital, es decir, en el incremento de las inversiones en capital constante (maquinaria o trabajo muerto) en detrimento del capital variable (o trabajo vivo). Esto explica el incremento del paro, del ejército industrial de reserva y su carácter estacionario, debido a las sucesivas reestructuraciones, así como la intensificación de la explotación a que está sometiendo la burguesía a la clase obrera para obtener plusvalía relativa y compensar de esa manera la caída de la tasa de ganancia que origina la concentración, lo que a su vez intensifica la competencia y la lucha feroz entre los mismos capitalistas por los mercados y las fuentes de materias primas. El resultado final de este mecanismo ya lo estamos presenciando: la depauperación creciente de las masas obreras y populares en todos los países, especialmente en los más atrasados o esquilmados, el agravamiento de la crisis económica de superproducción y sus repercusiones en los circuitos financieros y de crédito, la especulación desbocada y el robo descarado, el armamentismo, las agresiones y las nuevas alianzas establecidas por las grandes potencias con el fin de repartirse de nuevo el mundo y superar la crisis por el camino de la guerra.

Todo esto pone en el orden del día, no una u otra reforma del sistema capitalista, hoy ya imposible, sino la destrucción del mismo por la vía revolucionaria y su reemplazo por otro sistema nuevo, por el sistema socialista, para lo que se dan todas las condiciones materiales necesarias.

No existen soluciones fáciles ni reformistas a los graves problemas que padecen los trabajadores

Hemos de insistir una y otra vez en esta importantísima cuestión que los oportunistas velan constantemente con sus discursos lacrimosos para no indisponerse con sus amos capitalistas y que éstos transmiten a través de sus poderosos medios de propaganda, su cultura de masas y la ideología y política burguesas de izquierdas. Este es otro de los motivos por los que resulta tan difícil combatir y contrarrestar el reformismo, el sindicalismo estrecho y el espontaneísmo que están hoy tan extendidos y que influyen incluso en sectores radicales, más o menos próximos al Partido, que se dejan embaucar y arrastrar muchas veces por la corriente de esa izquierda domesticada y servil o bien por el ambiente lúdico que esa izquierda lacayuna genera para adormecer a las masas y desviar las energías revolucionarias de la juventud del camino de la organización y la lucha que habrá de conducirla a resolver sus verdaderos problemas.

Algunos de esos sectores radicales, o aquellas personas a las que podríamos calificar como sus representantes, aseguran a menudo cuando tratamos con ellos, tener claras las definiciones o el carácter de los problemas que les planteamos, lo cual supone un paso importante hacia delante. Ahora bien, lo que al parecer no ven son las soluciones o las alternativas concretas que proponemos a los mismos. Es posible que todavía no hayamos sido capaces de ofrecer alternativas claras y realizables; la cuestión, no obstante, consiste en que no comprenden -y repito que es posible que por nuestra parte no hayamos sabido exponerlas con la suficiente claridad y concisión- que tales soluciones o alternativas concretas, en la forma que ellos las conciben, es decir, como algo que habrá de venir desde sus pequeñas parcelas, desde uno u otro sector y atender sólo a sus problemas, esas soluciones o alternativas nosotros, el Partido revolucionario de la clase obrera, no las tenemos y, por consiguiente, no se las podemos dar. Sólo los ignorantes o los demagogos pueden ofrecer soluciones y alternativas concretas para que sean aplicadas, como un remedio milagroso, en el marco del sistema capitalista, y eso sin la lucha más abnegada, sin apenas organización y sin hacer ningún esfuerzo ni sacrificio. Pero cualquier persona seria y preocupada, capaz de razonar, se burlará siempre de tales elementos y les volverá la espalda, de esto podemos estar seguros.

Hemos de hacer plenamente consciente a la gente, especialmente a las mujeres y hombres más avanzados de nuestra clase, explicándoselo de todas las formas posibles y todas las veces que haga falta, que las soluciones o alternativas concretas que nosotros proponemos no son realizables, en su mayor parte, en este sistema, y que por este motivo proponemos hacer la revolución, que para eso hemos avanzado un programa y una línea política de actuación, y que fuera de esas soluciones y alternativas no existen realmente otras. Estas no son, ciertamente, soluciones o alternativas fáciles, algo que se pueda llevar a cabo dentro del sistema que nos explota y oprime a todos, sin derrocar antes el poder de la clase capitalista, sin ningún esfuerzo ni sacrificio, sin apenas organización y marchando cada uno a su aire, libremente, en plan anarco casi total. O bien, como proponen engañosamente los revisionistas, presentando unos candidatos en las elecciones a las Cortes para imponer a través de ellos a la burguesía monopolista y terrorista, desde dentro de su propio sistema político de tipo fascista, las reformas necesarias de una manera pacífica y parlamentaria. De esas dos maneras no se conseguirá más que hacer el juego que interesa a la burguesía y que ella previamente ha reglamentado. ¿Qué nos demuestra la experiencia? Que así no se conseguirá nunca avanzar ni un sólo paso en la solución de nuestros verdaderos y cada vez más sangrantes problemas y, lejos de eso, acabaríamos como todos los partidos revisionistas y reformistas han acabado y como quiere la burguesía que nosotros acabemos: reconciliados con ella, traicionando a los obreros y a la causa socialista y entregando nuestros derechos de primogenitura por el consabido plato de lentejas.

De modo que nuestras propuestas y alternativas, en contra de lo que pueda parecer a simple vista, no pueden ser más claras ni más concretas: son las que están contenidas en el Programa y línea política del Partido, y éstas sólo se pueden poner en práctica de la forma que lo venimos haciendo, es decir, en la lucha más resuelta contra el capitalismo, desde la organización clandestina y centralizada y el funcionamiento democrático, creando conciencia entre las masas sobre la absoluta necesidad de esta lucha y tipo de organización, desenmascarando al revisionismo traidor y a otros estafadores y lugartenientes obreros de la burguesía, trabajando por la unidad obrera y el reagrupamiento de todas las fuerzas susceptibles de ser unidas para la lucha contra los enemigos comunes, etc. O sea, que no tenemos nada positivo, contante y sonante que ofrecer en estos momentos, ni proponemos nada que se pueda conseguir sin lucha, sin organización, sin un trabajo duro, prolongado y mil veces complejo; no ofrecemos soluciones fáciles, engañosas, a situaciones y lacras sociales como las que ha provocado y genera continuamente, cada día y en masa, el sistema capitalista en la fase última, imperialista, moribunda, de su desarrollo; no tenemos soluciones, por ejemplo, para el paro o para las condiciones de trabajo impuestas por la patronal a los trabajadores y que provocan miles de muertos y de lisiados cada año (y van en aumento) en los llamados accidentes laborales; no tenemos soluciones para la degradante y embrutecedora situación que padecen las mujeres trabajadoras, ni para acabar con las drogas que extienden los servicios policiales para envenenar y neutralizar a la juventud, porque si las tuviéramos, o alguien hubiera demostrado tenerlas, no nos habríamos propuesto hacer la revolución con todos los sacrificios que ella comporta.

Por este motivo hemos creado la organización del Partido y hemos elaborado el Programa siguiendo las enseñanzas del marxismo-leninismo, es decir, sobre una base científica y revolucionaria, de clase, no revisionista ni demagógica o populista. Esta es nuestra alternativa, no tenemos otra, y debemos explicarla en todos los detalles a la gente, a fin de que puedan comprenderla, la hagan suya y la materialicen en la práctica, cosa que podemos estar seguros que harán sin que transcurra mucho tiempo, ya que, verdaderamente, no existe otra. Esta alternativa revolucionaria incluye algunas reivindicaciones por las que desde hace tiempo estamos luchando junto a otras organizaciones y colectivos, de las cuales no se puede decir que no sean realizables dentro de este sistema, reivindicaciones que, además, no entran en contradicción con los objetivos revolucionarios que hemos señalado y que los posibilitan, pero que, por lo mismo, exigen también esfuerzos, organización, lucha y un poquito de coraje. Tales son las libertades democráticas, los derechos sociales y sindicales de los trabajadores, el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas por el Estado español, la liberación de los presos políticos y otras tan importantes como el apoyo a la lucha armada de resistencia o a los movimientos revolucionarios y antiimperialistas de otros países. Ahí tenemos un conjunto de reivindicaciones, de consignas y tareas tácticas de lo más variado y concreto, en base a las cuales se puede ir articulando un amplísimo movimiento popular.

Lo que no podemos decir, tampoco en este caso, es que va a resultar fácil conseguir esas reivindicaciones, o que bastará con proclamarlas para que, luego, cada sector del movimiento elija la que le convenga o por la que se sienta particularmente más afectado y se dedique a luchar por ella por su lado, con autonomía e incluso en competencia con todos los demás sectores. Esto sería, a decir verdad, una forma bastante limitada, egoísta y tonta de luchar, ya que, entre otras cosas y factores importantes, prescinde de algo tan esencial y decisivo como lo es, sin duda, la fuerza física y moral que supone siempre la solidaridad y la unidad activa. A esos autónomos, independientemente de la buena voluntad que anima a la mayor parte de ellos y de las numerosísimas muestras de solidaridad que vienen dando, les falla el movimiento que preconizan por su propia base, ya que, aparte de la confusión que originan con sus ideas y concepciones espontaneístas o semianarquistas, tienden a la dispersión de las fuerzas y a la atomización del propio movimiento, al sectorialismo y a la impotencia, tan proclives al reformismo y a la acomodación dentro del sistema. Otro tanto sucede, lamentablemente, entre otros sectores populares en los que ha calado hondo en los últimos años el mensaje de la competencia y el individualismo burgués más exacerbado, el sálvese quien pueda, sin detenerse a pensar que nosotros, los explotados y oprimidos, no podemos salvarnos de manera individual, sino colectiva; sin comprender que aquí, ahora, mañana y donde sea, o nos salvamos todos luchando unidos por lo que es de todos, o no se salva ni dios.

Esta apelación moral a la unidad, no debe hacernos perder de vista las condiciones en que ésta habrá de realizarse más tarde o más temprano, de manera inevitable, ya que, como indicó Engels, independientemente de su comportamiento en un momento dado, la clase obrera está obligada a luchar unida por sus intereses vitales. De esto, ya digo, podemos estar completamente seguros. Pero de ahí no se deduce que debamos quedarnos con los brazos cruzados a la espera de que llegue ese momento. Es más, podemos estar también seguros de que si obráramos así, si no hiciéramos nada por organizar y elevar la conciencia política de nuestra clase, ese momento nunca llegará, ya que en ningún caso ni bajo ninguna circunstancia, se dará ese proceso de una manera simple, automática o espontánea, sin ninguna labor persistente y prolongada, planificada y múltiple por parte del Partido entre las masas o, por decirlo con otras palabras, sin que actúe dentro de ellas el elemento consciente.

Por eso hemos insistido y deberemos continuar insistiendo en que, desde la desorganización, la atomización, el legalismo y el reformismo, nunca se ha podido ni se podrá combatir al capitalismo ni construir nada nuevo. En este aspecto, particularmente, los militantes comunistas hemos de dar ejemplo a todos los demás. El Partido ha de ser la personificación misma de la disciplina, de la organización y la entrega desinteresada proletaria a la causa. Esta es una cualidad que no nos atribuimos de forma gratuita o arbitraria sino que tenemos que ganarla todos los días actuando en interés de los trabajadores y no en interés propio o de algún grupo; y esto podemos hacerlo, no sólo por el carácter particular, superior, de nuestra organización y posición de clase, sino también, y sobre todo, por nuestra concepción del mundo, de la sociedad y de la vida, así como por nuestra alta conciencia política. Quien carezca de estas cualidades, no hace falta decir que no permanecerá mucho tiempo entre nosotros, menos aún en momentos tan difíciles como los que estamos atravesando. Por este motivo no debe extrañarnos que algunos y algunas abandonen nuestras filas para dedicarse a vivir de la forma que sabemos... No podemos reprochárselo, ya que la militancia comunista, con todo lo que nos exige, es un compromiso o vínculo con el Partido absolutamente voluntario, contraído conscientemente por personas que no conciben la vida ni podrían vivirla de otra manera que no sea luchando contra las injusticias, enfrentando a los prepotentes, a los abusones, a los explotadores y opresores. Esos abandonos no se puede evitar que sucedan en un movimiento como el nuestro, el cual produce periódicamente, como indicó Lenin, una especie de desgaste, de sedimento o escoria que le obliga continuamente a depurarse. Es así como se renueva y se fortalece. Este es el resultado de la ley de selección natural que también actúa en nuestro movimiento y que permite a la vez destacarse y seguir adelante en la lucha contra las dificultades y todo tipo de enemigos, a los mejores, a los imprescindibles, a los más conscientes, mejor preparados y abnegados, a los más firmes pilares y fieles intérpretes de los intereses de nuestra clase. A estos camaradas, hombres y mujeres, claro está, tenemos que cuidarlos y preservarlos, darles de vez en cuando vidilla o cuartelillo para que no se nos achicharren.

Por lo demás, también es verdad que no todos los que abandonan nuestras filas lo hacen por los mismos motivos. Hay quienes, como hemos dicho, se cansan de la lucha o se queman por debilidad ideológica, por falta de confianza en las masas o bien porque no ven una perspectiva más o menos próxima de triunfo de la causa popular y deciden alejarse, sin atreverse siquiera a dar la cara o decir la verdad. Pero otros lo hacen por motivos familiares o de salud y obran honradamente, no ocultando los verdaderos motivos que les han llevado a abandonar y, de hecho, la mayor parte de ellos continúa manteniendo buenas relaciones y colabora de alguna manera con el Partido. De ahí que no debamos descartar la posibilidad de que, al menos en algunos casos, puedan volver a incorporarse a la lucha activa y organizada. Otra actitud muy diferente es la de aquellos que se han propuesto como meta vivir sin importarles cómo y se sienten tentados de hacerlo a costa del Partido o atacándolo sin más motivos que su propia cobardía y egoísmo. No hace falta decir que esos individuos, esa gente timorata, carente de principios y flojos de carácter, esa gente que al parecer no ha conocido la vida antes de abandonar el Partido y que andaban dando tumbos a la espera del momento de encontrarse con ella, es ahí, fuera del Partido, donde en realidad deberían haber estado siempre. Y debemos sentir pena por el tiempo que han perdido entre nosotros, los pobres, sin poder realizarse. Por este motivo tenemos la obligación de ayudarles a encontrarse a sí mismos. Sólo debemos exigirles una condición: que se olviden de que existimos, que cierren definitivamente los ojos a la existencia de la lucha de clases, que no se dediquen a murmurar y a crear corrillos anti-partido para justificar sus miserias personales, su cobardía y falta de honestidad, que no quieran recuperar el tiempo perdido atacando al Partido o saboteando su labor, porque no se lo vamos a permitir y los vamos a denunciar ante las masas como unos contrarrevolucionarios colaboradores del fascismo. Estos cándidos y cándidas hipócritas piensan que les basta con abandonar nuestras filas para que el Estado y la policía política les dejen vivir tranquilos. Pero nosotros sabemos que esa vida perra a la que aspiran tiene un precio que la reacción querrá hacerles pagar, con tanto mayor premura cuanto mayor sea el desarrollo del movimiento revolucionario. De ahí que debamos mantenernos alerta y no bajar la guardia ante los desertores.

En todos los casos y no importan las circunstancias o el lugar donde se encuentren, los militantes del Partido han de cumplir las normas fijadas en los Estatutos. Esto significa que no debemos hacer ninguna concesión en cuestiones de principios. Nuestra disciplina es única e igual para todos, lo mismo que los deberes y derechos, y sólo la Dirección está facultada para determinar la aplicación de los Estatutos según los casos o situaciones particulares. El Partido tiene que combatir continuamente las manifestaciones de la ideología burguesa en sus propias filas, como son el liberalismo, el individualismo, el subjetivismo, el espíritu de camarilla, etc., porque tales manifestaciones socavan su unidad, son incompatibles con el funcionamiento del centralismo democrático y, por tanto, atentan contra lo que constituye la principal fuerza del destacamento de vanguardia: su cohesión política, ideológica y organizativa. La lucha contra esas manifestaciones forma parte de la lucha ideológica que continuamente tiene lugar dentro del Partido, es un reflejo dentro de él de la lucha de clases que se da en la sociedad, y todo debilitamiento de esta lucha fortalece la influencia ideológica de la burguesía en nuestras propias filas.

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