¡Imaginación, audacia, iniciativa!

Extracto del artículo de M.P.M. (Arenas) publicado en
Resistencia núm. 7, octubre de 1987

Los artículos y comentarios que venimos insertando regularmente en estas páginas, referidos a problemas de organización, no siempre son bien acogidos por simpatizantes y amigos del Partido. ¿A qué puede obedecer esta incomprensión o rechazo? En nuestra opinión, existen varias causas: unas veces es el miedo a la represión que aún atenaza a muchos trabajadores en España; otras es producto del espíritu de claudicación; pero, sobre todo, lo que más destaca y debe atraer nuestra atención es la concepción del economismo y el espontaneísmo que ha arraigado en los últimos años a raíz de la traición revisionista.

Se sabe que el economismo no rebasa el planteamiento de la lucha por la obtención de mejoras económicas. Esta forma de lucha, generalmente va ligada a un tipo de organización de clase muy rudimentaria, a un activismo ciego, gremialista la mayoría de las veces, localista y muy limitado en sus perspectivas políticas. Por todo ello es incapaz de enfrentar eficazmente la represión del Estado y de conducir a los trabajadores a la lucha por el poder. Los economicistas se desarman a sí mismos y desarman a los obreros frente al capital. De ahí nace, de la propia impotencia, su culto a la espontaneidad del movimiento de masas. Eso cuando no son lacayos declarados del capitalismo, porque los objetivos de estos últimos son muy claros y no creemos que haga falta comentarlos.

Cuando un amigo o simpatizante del Partido adopta una actitud desdeñosa ante nuestros requerimientos, para luego lamentarse de que no dirijamos o no estemos presentes en cada huelga de las muchas que sacuden todos los días en todas partes a nuestro país, ¿qué está manifestando sino una posición economicista y espontaneísta, seguidista del movimiento espontáneo de las masas? Esta cuestión la hemos explicado ya muchas veces y no vamos a abundar más en ella. A los que les cuesta entenderla tenemos la obligación de explicárselo cuantas veces sea preciso, pero a los otros, a los que se hacen los sordos o los desentendidos, a los que se encogen de hombros ante un problema de tanta trascendencia como éste, no tenemos nada que decirles. No hay que perder el tiempo con ellos, únicamente hacerles entender que estén tranquilos, que no va con ellos este enfadoso y, sobre todo, comprometedor asunto. Por lo demás, no tenemos inconveniente en reconocer esa acusación de pesados o rutinarios que lanzan contra nosotros a cada paso.

A los demás, a los que desean oírnos, a los que comprenden o intuyen la necesidad de llevar a cabo una lucha organizada y por claros objetivos de clase, a éstos les decimos: camaradas, nunca insistiremos bastante en el tratamiento pormenorizado de los numerosos problemas que nos plantea la organización de la actividad revolucionaria. Tal es así que, podemos añadir, en la solución de esos problemas venimos ocupando más de las tres cuartas partes del tiempo y de los medios de que disponemos en el Partido. No creemos que este hecho constituya un defecto o sea atribuible en forma exclusiva a nuestra organización. Cualquier partido revolucionario se ha enfrentado y se enfrentará siempre, en igualdad de condiciones, a idénticos o muy parecidos problemas. No en vano Lenin, por poner uno de los ejemplos más conocidos, dedicó una considerable atención a tratar de ellos y darles solución. Nosotros, lógicamente, gracias a esa labor de Lenin y de otros grandes maestros nos encontramos con la mayor parte de los problemas teóricos resueltos. No ocurre lo mismo con los de tipo práctico que, como suele ocurrir siempre, son los de más difícil solución.

¿Qué hacer para que las ideas de organización, las normas de funcionamiento partidista y los hábitos clandestinos de trabajo sean comprendidos y adoptados cuanto antes por el proletariado revolucionario? Ya hemos comprobado la indiferencia, cuando no es el rechazo casi frontal con que nos encontramos algunas veces. Sin embargo, no por eso vamos a renunciar a nuestro cometido, por muy grandes que sean las dificultades, las incomprensiones y las presiones de todo tipo que tratan de llevarnos por otro camino [...]

Pero no solamente hay que hablar una y otra vez, en periódicos, reuniones y documentos internos, sobre organización y demás problemas relacionados con la actividad práctica. Hace falta, además, hacer algo mucho más importante: se trata, tal como se ha acordado en la mencionada reunión, de trazar planes de trabajo y procurar que luego se cumplan.

No es el número de militantes ni la extensión o envergadura del trabajo político lo que ha de preocuparnos especialmente en estos momentos, sino el funcionamiento regular partidista, la labor centralizada perseguida conscientemente y conforme a unos planes. Sólo de esta manera conseguiremos superar esta difícil etapa, afianzar lo ya alcanzado e ir creando un hábito de trabajo que nos permita abordar tareas cada vez más complejas. Además, como la actividad que despleguemos no puede reposar en el aire, o por decirlo de otra manera, tiene que estar cimentada en la realidad cotidiana de la vida de las masas en nuestro país, la reunión ha fijado, como principales líneas de actuación, la lucha contra la represión, el apoyo a los prisioneros políticos y la lucha resuelta de los obreros contra la reconversión y el nuevo pacto de hambre y esclavitud que están tratando de imponerles los capitalistas y sus criados.

Hay que advertir que no se trata de restringir artificialmente el campo de actuación del Partido ni de otras organizaciones. Se debe realizar todo aquello que esté a nuestro alcance, apretando fuerte en los puntos claves tanto de la organización del Partido como de la sociedad. Para todo ello se exige al mismo tiempo una vigilancia y un control permanente, sin dejar nada al azar o a la improvisación, pero dando, al mismo tiempo, libre curso a las iniciativas individuales. ¡Imaginación, audacia, iniciativa!, esta ha de ser la consigna del momento.

Que los camaradas asistan a las reuniones con informes y propuestas concretas para atajar o tratar de resolver los asuntos pendientes; que nadie cargue sobre los hombros de los demás sus propias responsabilidades, que no abrume a otros con sus problemas personales, etc.; que el número de las reuniones, convertidas así en encuentros de trabajo (salvo en los casos en que sean convocadas con fines de discusión o de estudio colectivo), se reduzca todo lo que sea posible al objeto de poder dedicar la mayor parte del tiempo a vivir, a trabajar y a luchar junto a los obreros.

Sobre el espíritu de Partido

Fragmento de la nota publicada en Resistencia núm. 5, febrero de 1987

Hay que tener presente que los acuerdos y resoluciones que adoptemos quedarían siempre reducidos a pura palabrería, se convertirán en papel mojado, si se carece de la voluntad de aplicarlos o de un sano criterio práctico. En esto consiste el espíritu de Partido a que hemos apelado recientemente y que tenemos la obligación de inculcar a todas las personas que están relacionadas de una u otra forma con nosotros. ¿De qué servirían, si no, el Partido, su Línea Política, el funcionamiento, etc., si no somos capaces de llevar a cabo los acuerdos y las tareas fijadas y todos nuestros esfuerzos se pierden en discusiones estériles? Hay que desconfiar de las proclamaciones de fe revolucionaria que no vayan acompañadas de los actos correspondientes; desconfiar de eso tanto o más que del practicismo ciego, desprovisto de planteamientos claros que no conduzcan a las metas que nos hemos fijado.

La voluntad, el querer hacer las cosas, con ser lo más importante, no basta por sí sola. Además de eso hace falta haber acumulado alguna experiencia y hallar las fórmulas e instrumentos que nos permitan llevar a cabo nuestro trabajo. Lenin, que sabía de estas cosas más que nadie, solía referirse a la necesidad de combinar, en el trabajo de Partido, el espíritu revolucionario ruso con el sentido práctico norteamericano. Por su parte, los comunistas chinos resumieron este problema en la consigna de Ser rojos y expertos. Ser rojo quiere decir que, por encima de todo, debe prevalecer el espíritu de servicio y de entrega desinteresada a las masas y a la causa revolucionaria, ese espíritu tantas veces puesto a prueba y que, en el ejemplo de China, impulsó finalmente la Revolución Cultural Proletaria incluso por encima del Estado y de buena parte del propio Partido Comunista. Y es que el Partido no es más que el instrumento de que se sirven las masas para liberarse; no es, por consiguiente, un fin en sí mismo.

Ser expertos (o expertillos, como decimos nosotros), significa profesionalidad, realizar todos los días progresos en nuestro trabajo, en nuestro estudio, en la lucha por el mejoramiento de las condiciones de vida de las masas, en el fortalecimiento del Partido, etc., y todo eso con la vista puesta en la meta final, en el triunfo de la revolución y el avance hacia el comunismo.

La planificación del trabajo práctico

Extracto del artículo de M.P.M. (Arenas) La base y el funcionamiento del Partido,
publicado en Resistencia núm. 8, mayo de 1988

La mayor parte de las deficiencias que se vienen observando en el trabajo de Partido está relacionada con el funcionamiento, lo que se traduce, con mucha frecuencia, en un considerable retraso en el cumplimiento de las tareas y consignas que señala la dirección. De ahí que insistamos tanto en la necesidad de un funcionamiento partidista correcto. Sin embargo, sucede que algunos camaradas conciben el funcionamiento (al igual que el Partido) como si fuera un fin en sí mismo, y no como un medio o instrumento al servicio de las masas y su revolución. Esta es la razón principal que les impide salir de su concha. De modo que si se celebra una reunión y en ella se toma el acuerdo de fortalecer la organización del Partido en una localidad, participando en las luchas de los obreros, distribuyendo la propaganda entre ellos y ligándonos cada día más estrechamente a los más avanzados o conscientes, estos camaradas entenderán que, ante todo, hay que preservar la seguridad (su propia seguridad, se entiende) y que deberán ser los obreros quienes tengan que procurar vincularse a ellos y participar en los numerosos problemas que estos mismos camaradas crean al Partido [...]

Pues bien, cuando hablamos de la necesidad de planificar el trabajo político, de organización y de propaganda y de adoptar un funcionamiento partidista correcto, es para impedir que ocurran todas estas cosas y poder desarrollar una amplia y polifacética labor entre las masas. Esto quiere decir que, ante todo, se debe estar junto a los obreros y participar activamente en sus luchas en las fábricas y barrios; se debe hacer agitación económica y política en torno a sus problemas inmediatos; se debe distribuir la propaganda del Partido entre los más avanzados; se debe hacer proselitismo entre ellos. Y todo eso hay que hacerlo orientándonos por la Línea general del Partido y las directrices y consignas de la dirección. Es para impedir la pasividad en que se incurre muchas veces ante hechos especialmente relevantes de la vida del país, para que se implante un control colectivo sobre las tareas encomendadas a cada uno y para que nadie pueda zafarse de su responsabilidad o pueda escurrir el bulto, so pretexto de velar por la seguridad o por la socorrida falta de experiencia, por lo que necesitamos la organización, la planificación y un funcionamiento ordenado y disciplinado del Partido. Por supuesto, tenemos que velar continuamente por la seguridad y tener presentes las aptitudes y experiencias de cada uno a la hora de dividir el trabajo y encomendar responsabilidades; mas nada de eso puede constituir nunca un pretexto que justifique la inactividad o el atolondramiento. La seguridad la necesitamos para poder llevar a cabo el trabajo político entre las masas, mientras que la experiencia y maestría necesarias se obtienen, fundamentalmente, trabajando, asumiendo responsabilidades y las tareas que nos han encomendado. Para todo esto, repetimos, necesitamos la organización clandestina del Partido y un funcionamiento centralizado y democrático. En cuanto a la planificación en sí hemos de decir que, aunque no es atribución de los Comités Locales y demás organismos de base del Partido determinar las líneas generales de actuación, ni las consignas u orientaciones políticas a seguir, sí pueden y deben desplegar todas las iniciativas de que sean capaces para llevarlas a cabo, trazando planes concretos para realizarlas en cada localidad, barrio o centro de trabajo. En esto consiste, fundamentalmente, su cometido, por lo que no tienen que esperar a que llegue nadie para hacer lo que sólo a ellos corresponde.

En relación con los problemas de organización hay que tratar también la cuestión de los informes. Creemos que no hace falta insistir mucho para que se comprenda que sin informes claros y precisos la dirección del Partido no podrá realizar su función. La confección de informes periódicos es, pues, una de las principales responsabilidades de los militantes prácticos de nuestro movimiento, de aquellos que tienen a su cargo la dirección del trabajo local.

Los informes remitidos recientemente por algunos Comités Locales son un claro reflejo de que éstos no desarrollan un trabajo amplio entre los simpatizantes y amigos, entre los trabajadores en general. Y no por lo reducido que pueda ser en estos momentos el número de sus integrantes o de las células que tienen a su cargo; sino porque se han constituido en una especie de capitanes sin soldados y, claro, se pasan la vida planeando batallitas sobre el papel, olvidando lo más esencial en estos momentos, como es formar al menos una pequeña tropa para poder librarlas. Si una organización local es todavía débil, el C.L. que la dirige no puede dedicarse exclusivamente a potenciar el trabajo de los militantes ya encuadrados en células, sino que sus componentes deben trabajar también entre los obreros fabriles, en los barrios, en asociaciones, etc.; deben acudir a las asambleas y manifestaciones de los obreros en lucha y aportarles su apoyo; deben estar al tanto de los conflictos laborales y sociales; deben elaborar crónicas e informes para el órgano central. Sólo de esta manera se podrá orientar correctamente a la organización local y se potenciará la creación de nuevas células, de comités de fábrica o de barrio, de círculos de lectura y demás. En ningún caso preservar la seguridad puede ser un pretexto que impida llevar a cabo esta labor múltiple; al contrario, hay que abandonar de una vez por todas ese concepto absurdo de la seguridad, concebida como algo desligado del trabajo partidista entre las masas. Tampoco es cierto, como se apunta en algunos informes, que el trabajo no avance más deprisa a causa de la falta de preparación política de los militantes recién incorporados. A menudo (lo hemos dicho muchas veces) se trata simplemente de aplicar en nuestro trabajo político el mero sentido común ante cualquier situación, por compleja que se nos presente. El empuje que necesitamos no lo vamos a conseguir aprendiendo de memoria los textos del Partido o las obras de los clásicos (que siempre es bueno estudiar), sino aplicando con iniciativa y audacia las directrices del Partido, poniendo en juego todo nuestro coraje y espíritu revolucionario, echándole un poquito de imaginación al asunto, rompiendo con la rutina y la apatía que se adueña muchas veces de algunos por falta de directrices precisas que, por lo demás, no son necesarias [...]

La actividad que se despliega desde la legalidad (lo hemos repetido hasta la saciedad) debe estar supeditada y tiene que encaminarse a fortalecer la organización y la actividad clandestina del Partido. Para ello, los camaradas que trabajan en la legalidad deben actuar como propagandistas y activistas del Partido, participar en primera fila en las huelgas y manifestaciones, en las movilizaciones que tengan lugar en su localidad, formar círculos de lectura con aquellas personas a las que distribuyen nuestra prensa, folletos, etc.; apoyarse en esas personas y en otros elementos avanzados para desarrollar un trabajo intenso de agitación y de propaganda y procurar poner en contacto a los más conscientes y decididos con la organización clandestina del Partido. No se trata de crear una organización de quemados paralela a la organización clandestina, sino de desarrollar la organización local, formar comités y células en todas partes; y a eso han de contribuir los camaradas fichados o quemados. Con esos camaradas y simpatizantes el C.L. debe establecer conductos seguros por los que hacerles llegar la propaganda, las octavillas, las circulares, las directrices generales del Partido, para que ellos, a su vez, puedan hacernos llegar sus informes, cuotas y los demás resultados de su trabajo. Ni que decir tiene que nada de esto será posible si, previamente, el C.L. no se pone en condiciones de poder coger firmemente en sus manos todo ese trabajo, y si no lleva a cabo, al mismo tiempo, una política de fortalecimiento que le permita ir abarcando poco a poco cada vez más amplios campos de actividad.

Nota publicada sin título

Resistencia núm. 9, octubre de 1988

Somos comunistas y nos hemos propuesto hacer la revolución; pero para llevarla al triunfo, el proletariado necesita un gran partido con muchos y magníficos cuadros que sepan trazar planes de trabajo, tomar decisiones, dar instrucciones oportunas en cada momento para unir a los cuadros y militantes de la organización e impulsarles a la acción. Sin esos dirigentes y cuadros versados en el marxismo-leninismo, perspicaces en las cuestiones políticas, ideológicas y en el trabajo práctico; sin estos cuadros, decimos, nuestros objetivos revolucionarios serían irrealizables.

La persecución y la represión de que siempre ha sido objeto nuestro Partido por el Estado fascista nos ha arrebatado a muchos camaradas, entre ellos a bastantes cuadros y dirigentes. A unos, los han asesinado, a otros los tienen encarcelados. Hoy son sólo unos pocos los que aún siguen entre nosotros. Dada la necesidad que el Partido tiene de estos cuadros, es deber de todos los militantes estrechar las medidas de seguridad para protegerlos. ¿Qué significa esto? Significa que debemos atenernos con más rigor al principio leninista del funcionamiento del Partido, desechando en todo momento las ideas liberales que a veces ofuscan a algunos camaradas cuando pretenden que los cuadros dirigentes participen en todo tipo de actividades, como si tuviesen que demostrar de esa forma su valía, su capacidad o grado de compromiso con la causa.

Estas ideas, difundidas profusamente por la burguesía y los oportunistas, niegan la organización comunista y su funcionamiento mediante el centralismo democrático y la división del trabajo, o sea, que cada miembro del Partido tenga una responsabilidad delimitada. El dirigente ha de dirigir el conjunto del trabajo del comité o del organismo de que se trate. El cuadro de base, desarrollar un amplio trabajo de masas. De no actuar así, corremos el riesgo de provocar la caída del dirigente, con el consiguiente perjuicio para todo el Partido. Además, estaremos impidiendo la formación de nuevos cuadros dirigentes, que se forjarán en el trabajo diario, asumiendo responsabilidades y tareas que nunca hicieron, trabajando entre las masas, estudiando la Línea del Partido y a los clásicos del marxismo, asimilando la experiencia acumulada por el Partido, entregándose por entero a la causa del socialismo.

Esto no significa que el militante recién ingresado en el Partido no tenga nada que decir; al contrario, tiene mucho que aportar, pues al ser reciente su incorporación tiene un agudo sentido de lo nuevo. Aspecto muy importante que debemos tener en cuenta. Precisamente, la conjunción de los nuevos con los veteranos, para actuar como un sólo hombre, es lo que da fuerza al Partido y le estimula a obtener resultados positivos en su labor.

Actas del Pleno del Comité Central de agosto de 1990

Fragmento de las intervenciones de M.P.M. (Arenas)

Muchas veces nos lamentamos de la falta de iniciativa... Se agota la vida interna, no hay dinamismo, la gente teme hablar, todo el mundo está esperando que los pontífices dictaminen, etc. Eso provoca, efectivamente, la esclerosis. Hay que llevar la discusión a ese terreno. Bien, hemos reflexionado largamente sobre este problema y al final hemos llegado a la conclusión de que su origen se halla en el carácter colectivista de la Organización. Y matizamos: esta es la fuente de donde extraemos nuestras fuerzas pero también constituye uno de los flancos más débiles. Ese es el origen en realidad, ahí está la cuestión, es importante descubrir el meollo. Somos un colectivo, no buscamos intereses particulares, pero, claro, eso hay que entenderlo bien, porque si no llega un momento en que el todo anula la individualidad, lo que cada uno puede aportar; y si además tenemos un concepto erróneo del centralismo democrático, lo anula mucho más todavía... Tendemos a apoyarnos en el colectivo y a delegar en él nuestras responsabilidades individuales, de suerte que la mayor parte de las veces estas responsabilidades se diluyen... Es preciso volver a insistir sobre la necesidad de establecer una estricta división del trabajo en la Organización, división y especialización, habría que poner, y un control riguroso sobre la ejecución de los planes y de los acuerdos encomendados a todos y a cada uno. Sobre esta base hay que estimular las iniciativas individuales, poniendo cuidado en no caer en la rutina. No decir, cuando alguien emprende un trabajo, ¡cuidado, cuidado!, eso responde a una actitud timorata, burocrática [...]

Hay mil maneras de hacer una cosa, no tiene por qué ser de la forma en que lo hace menganito o fulanito. Además, lo que hace menganito tiene su limitación y otro podrá recoger esa misma forma y mejorarla, ¿por qué no? En fin... procurar no caer en la rutina es una frase ya hecha, la repetimos muchas veces. La cosa es que nadie puede cubrirse las espaldas con la responsabilidad colectiva. Existe una responsabilidad colectiva, evidentemente, en lo que respecta a la dirección, a trazar planes, etc., pero, luego, a la hora del trabajo práctico cada uno tiene que apechugar con su propia responsabilidad, no dejar de hacer lo que a él le corresponde.

En particular hay que acudir a las reuniones con una información lo más detallada posible del trabajo que cada uno está realizando, no llegar a ellas con una actitud pasiva; hay que acudir a las reuniones con ideas, sugerencias, propuestas concretas y no limitarse a esperar a que se den instrucciones. Las instrucciones tienen que salir de una discusión viva sobre cuestiones particulares y también generales... Tenemos que acabar con la jodida costumbre de plantear problemas sin hacer al mismo tiempo propuestas concretas para solucionarlos. Que la gente, cuando surja un problema, no piense: voy a que fulanito me lo resuelva, sino en que este es un problema que yo tengo que resolver... quizás por la delicadeza o trascendencia que pueda tener un asunto, antes vamos a consultarlo... pero yo ya tengo formado un plan, una idea; es más, soy quien mejor puede resolverlo, porque nadie lo conoce mejor. ¿Por qué venir aquí con la papeleta? Si quieres, yo dejo lo que estoy haciendo y me voy a solucionar lo tuyo, ¡así de sencillo!

¿Cómo estimular a los camaradas a que asuman plenamente sus responsabilidades, a que no teman cometer errores, a que tomen decisiones y se atrevan a orientarse por sí mismos, incluso en las situaciones más complejas? El informe dice que una de las claves consiste en elevar continuamente su conciencia política, haciendo que se identifiquen plenamente con los objetivos y el funcionamiento de la Organización. Además, para eso resulta también imprescindible sostener la lucha ideológica que nos permita aclarar mejor las ideas en relación con los asuntos prácticos y más generales del Partido. La lucha ideológica es igualmente necesaria para reforzar la unidad del Partido, pero no se repara suficientemente en el método para conservarla e incluso fortalecerla. De manera que, pasado un tiempo, la tal unidad acaba convirtiéndose en un recurso más bien formal, inoperante, en una traba para el desarrollo de la Organización. Hay que insistir en la aplicación de un método justo de trabajo. Evitar, sí, el formalismo y el papeleo, pero comprender que siempre será necesario aplicar un método: planificar, diferenciar lo principal de lo secundario, distribuir convenientemente las fuerzas, etc. Nuestro método consiste en vincular la teoría a la práctica, que la palabra vaya acompañada de hechos; y luego seguir avanzando o rectificar con arreglo a las experiencias. No quedarnos nunca estancados en ningún terreno de actividad, porque la vida, la sociedad, también avanzan. Se nos tiene que conocer por la claridad y firmeza con que defendemos las ideas y proyectos revolucionarios, por la seriedad y la entrega que ponemos en nuestro trabajo, y también, yo diría, por ser un poquito irónicos [...] Todos tenemos pleno derecho y el deber de defender lo que creemos justo y que va en beneficio de la causa, podemos hacer aportes y recibir por ello una satisfacción individual. ¿Por qué no? Hay una parte del trabajo que corresponde al colectivo, es un trabajo del Partido y de las masas; donde no llega el individuo está el colectivo para suplir su deficiencia. Pero también existe una parte individual y hay que considerarlo así. No vamos a fomentar el individualismo, eso de ninguna manera, pero, bueno, hay que considerar que la individualidad, la persona, también juega un papel e influye en el conjunto; o sea, cuanto más rico sea el trabajo y más aportes haya y más alegría, ¡mejor para todos!

El Partido somos todos

Extracto de Las batallitas del abuelo, publicado en
Resistencia núm. 43, febrero de 1999

En 1977 la policía capturaba en Benidorm al Comité Central del Partido. Es fácil entender el sentimiento de orfandad que entonces nos invadió a todos los militantes. ¿Era el final del PCE(r)? Nuestros temores eran infundados: todo el mundo subió de golpe en la escala de responsabilidades, se formó un Comité Central Provisional y ¡a seguir currando de acuerdo con los planes establecidos! Pero hay una anécdota que conviene recordar: en la primera reunión de responsables del Partido en las distintas nacionalidades, regiones y localidades, y una vez se comprobó que el trabajo estaba agarrado por el nuevo Comité Central, cada uno sacó su lista de necesidades y peticiones (dinero, materiales, militantes para rellenar huecos, etc.). ¡Hombre, claro! esos problemas los tiene que solucionar el Centro, ¿no? Sólo el responsable del Comité Regional de León vino con una actitud distinta: Camaradas, como estaréis un poco agobiados de personal, decidnos dónde tenemos que desplazarnos para recoger la propa; como andaréis escasos de fondos, aquí traemos el producto de una colecta especial; y no preocuparos por el trabajo que allí nos las apañamos solos. (Por si acaso aún no lo hemos hecho: ¡Gracias, camarada, por el ejemplo y el respiro que nos diste en esa reunión!) [...]

Afortunadamente, hoy hemos logrado superar aquellas dificultades y ahora estamos en mejores condiciones para abordar ese ir a las masas que tanto necesitamos. Sin embargo, ¿vamos a arrastrar con nosotros aquella mentalidad de dependencia de los de arriba? ¡Lo tenemos claro entonces! Y es que debemos meternos en la mollera que allí donde hay un militante, él es el Partido, y que como tal deberá responder con su mejor saber ante sus problemas y los de las masas. ¿Quién mejor que quien está a pie de tajo para encontrar salida a las dificultades que se presenten? ¿Acaso un Comité Central clandestino y que, en realidad, depende de nuestros ojos, oídos y brazos para pensar y actuar? Por otra parte, si no nos acostumbramos a pensar con nuestra cabeza, ¿qué pasará cuando la Dirección se equivoque? [...]

¡No! Tanto en el trabajo orgánico de los comunistas, como en nuestro trabajo entre las masas, como en cada uno de los colectivos y grupos en que se dividen las propias masas, como mañana en el Socialismo, cada cual resuelve los problemas que le tocan y los de arriba ayudan y orientan. ¿O qué nos creemos que significa el principio socialista de basarse en las propias fuerzas?

Combinar el trabajo colectivo con la iniciativa individual

Artículo de M.P.M. (Arenas) publicado en Resistencia núms. 51 y 52
setiembre y noviembre de 2000

Con motivo del 25 aniversario del Partido se ha puesto de moda entre nosotros decir que somos mayorcitos, y esto es enteramente cierto. Hace tiempo que nos curamos el sarampión y otras enfermedades infantiles, de modo que se puede asegurar que hoy día la militancia del Partido está compuesta, en su mayor parte, por personas adultas, y eso no tanto por la edad (pues también los camaradas más jóvenes reúnen todas las condiciones que se requieren) como por su conciencia política, su firmeza y sus iniciativas. Esto supone un logro de enorme importancia para el futuro del movimiento obrero revolucionario de nuestro país.

Sin embargo, también debemos reconocer que algunos miembros del Partido no se muestran a la altura de las tareas que les son encomendadas y en ocasiones se conducen como personas inmaduras. Desde luego, no les vamos a arrinconar o amargar la vida por este motivo, tendremos que ser pacientes con ellos y ayudarles de todas las formas posibles para que se superen, siempre, claro está, que acepten el tratamiento y no pretendan imponernos sus inocentes chiquilladas, sus cabezonerías o sus caprichos.

Como se sabe, este no es un problema nuevo, lo hemos planteado y discutido ya tantas veces que da hasta vergüenza tener que volver de nuevo a tratar de él. La experiencia nos demuestra que no resulta fácil contrarrestar la ideología y hábitos burgueses que se infiltran por múltiples canales en nuestras propias filas y hacer entender la militancia comunista, con todo lo que ello implica, especialmente en lo que respecta al funcionamiento partidista, al trabajo colectivo, así como a la necesidad de pensar por sí mismos, de buscar soluciones realistas a los problemas que se nos presentan a diario y tomar algunas iniciativas acordes con los planes generales de trabajo del Partido, las consignas y las directrices de la Dirección. ¿A qué se debe la persistencia de este fenómeno y qué podemos hacer para superarlo o limitarlo? Recordemos lo que apuntamos en relación con este mismo problema en el informe presentado en la reunión del Pleno del C.C. celebrada en agosto de 1990:

Muchas veces nos lamentamos por la falta de iniciativa que se observa en la militancia sin que sean suficientes, para romper con la pasividad y el formalismo, los reiterados llamamientos que venimos haciendo a tal fin desde la Dirección. Los camaradas temen equivocarse en sus iniciativas, temen las críticas, fundadas o no, que se les puedan hacer y, en general, prefieren esperar a que sean otros los que decidan por ellos en asuntos que les conciernen directamente. Parece como si necesitaran ser tutelados [...]

Tendemos a apoyarnos en el colectivo y a delegar en él nuestras responsabilidades individuales, de suerte que la mayor parte de las veces éstas se diluyen.

Más adelante volveremos sobre este texto, a propósito de las recomendaciones que avanza para atajar dicho problema. Ahora cabe formular la siguiente pregunta: ¿Qué impide, incluso a cuadros experimentados, asumir responsabilidades y tomar de vez en cuando alguna iniciativa? Es claro que cometeríamos un error si encomendáramos a un activista alguna labor para la que no estuviera suficientemente capacitado. Esto podría explicar algunos titubeos y vacilaciones, lo que resulta enteramente natural. Pero aquí no se trata de eso. Tampoco se puede atribuir esa falta de seguridad e iniciativa, como se ha señalado erróneamente algunas veces, a la indolencia o pereza mental, pues en general, todos los militantes se preocupan y hacen enormes esfuerzos para estar a la altura de las circunstancias. También se podría apuntar a la falta de aptitudes o de capacidades especiales que se supone serían necesarias para realizar determinadas tareas partidistas, pero aún reconociendo que esto último puede ocurrir en algunos casos, no nos sirve como explicación del problema general que estamos analizando y de hecho las más de las veces se convierte en un pretexto para eludirlo. De modo que, sin descartar que la falta de cualidades pueda ser un motivo importante en algún caso aislado, que impida coger firmemente y asumir una tarea, tenemos que considerar la falta de claridad en las ideas y la estrechez de miras que aparece asociada a ellas, como la causa principal de la inseguridad y del temor infundado a cometer errores.

Ya se sabe: quien no hace nada por sí mismo, no se arriesga o se limita a cubrir el expediente, tampoco puede equivocarse. Claro que de esa manera nadie es capaz de progresar ni de aportar algo útil a la causa. Y, por el contrario, se puede convertir en un obstáculo para la realización del trabajo y el progreso de los demás... Por eso, ¡hay que arriesgar, colegas, hay que exponerse una y otra vez a que nos hagan la autocrítica! De otra manera permaneceremos siempre estancados, prisioneros de nuestros propios prejuicios y limitaciones, incapaces de dar ni un solo paso adelante y con un nudo en la cabeza imposible de desatar. Esta es una cuestión de conciencia política, pero sobre todo de voluntad: de atreverse a llevar a la práctica, con decisión e iniciativa, nuestras ideas y convicciones comunistas.

Es preciso comprender que en esta labor, si se lleva a cabo de una manera consecuente, eludiendo los caminos trillados que conducen al revisionismo y al reformismo, los errores y las equivocaciones resultan a veces inevitables; comprender que el error es la madre del éxito, y que jamás daríamos ni un solo paso adelante si para ello fuera necesario estar absolutamente seguros de su resultado.

El Partido somos todos y cada uno

Es preciso evitar la confusión que se produce frecuentemente y que identifica al militante con la Organización, al individuo con el colectivo, sobre todo a la hora de delimitar sus distintas funciones y responsabilidades. Cuando se alude, por ejemplo, al famoso intelectual colectivo ¿a qué nos estamos refiriendo? Evidentemente no hablamos de una persona concreta, de un militante llamado Juanito, sino de todos los militantes del Partido, del colectivo. Pero si perdemos de vista que cada uno de nosotros es una parte de ese colectivo, entonces aquella denominación se convierte en frase vacía. De esa manera jamás podremos encontrar al tal intelectual colectivo ni vamos a poder exigirle cuentas; se nos escurrirá de entre los dedos como una culebra cada vez que creamos tenerlo bien asido y no podremos hacer nada con él.

Para nosotros el colectivo, la suma de todas las ideas, voluntades y capacidades que forman el Partido siempre será superior y, por tanto, más importante y decisivo que lo que pueda hacer un individuo. Esto no quiere decir que el colectivo anule o pueda prescindir del individuo. No puede anularlo ni prescindir de él, ya que, al fin y al cabo, la suma, el colectivo, está formada por esas individualidades y no podría existir sin ellas, sin sus ideas y sus esfuerzos. ¿Podría existir el Partido sin sus militantes? ¿se podría realizar alguna labor colectiva, tomar acuerdos, etc., sin las aportaciones y el trabajo de cada uno? Esta es una verdad de Perogrullo que, sin embargo, se olvida con demasiada frecuencia, lo que conduce a que más de uno se autoexcluya. Y es esto, precisamente, lo que tenemos que evitar.

El funcionamiento según el principio de centralismo democrático garantiza que esas autoexclusiones no se den sino, en todo caso, en muy pequeña medida y por cortos períodos de tiempo. Para eso tenemos que aplicarlo de manera consecuente, ejerciendo la vigilancia revolucionaria, pero sobre todo aclarando las ideas a los que se muestren más confusos, haciéndoles conscientes de las necesidades y de los problemas a que nos enfrentamos todos los días.

La organización del Partido está estructurada en organismos colectivos que tienen la misión, entre otras, de elevar la conciencia, el grado de preparación, etc., de todos los militantes; también tienen encomendada la labor de estudiar la situación de las masas, hacer planes de trabajo y tomar acuerdos, y luego procurar que esos acuerdos se cumplan. Aquí entra en juego la democracia más completa, es decir, la vida partidista, la libertad de discusión y de crítica, y también la voluntad, la iniciativa y la responsabilidad individual. Por este motivo no cabe refugiarse en el colectivo para dejar de hacer lo que corresponde o para eludir la propia responsabilidad. El colectivo no puede servir de coartada que justifique la inactividad, el incumplimiento de las tareas encomendadas o el atolondramiento; por el contrario, el colectivo (la célula, el comité) tiene, entre otras, la misión de vigilar para que las tareas asignadas a cada uno de sus miembros se lleven a cabo de una manera resuelta. Todo esto ha sido ya tan machacado entre nosotros, que no creemos que haga falta extendernos en más explicaciones.

Elevar continuamente la conciencia política

Sí nos parece necesario, no obstante, volver sobre el aspecto que apuntamos anteriormente referido a las carencias ideológicas que están en la raíz de la inseguridad y la falta de iniciativa. Porque es aquí, según nuestra opinión, donde se halla el meollo de este asunto. Más concretamente, y para decirlo con otras palabras, el problema proviene de una falsa concepción sobre la aplicación del principio del centralismo democrático y las demás normas que rigen en el funcionamiento del Partido. De ahí que sea preciso, como recomienda el documento que antes hemos citado, volver a insistir sobre la necesidad de establecer una estricta división y especialización del trabajo en el seno de la organización y un control riguroso sobre la ejecución de los planes acordados y las tareas encomendadas a todos y cada uno. Sobre esta base hay que estimular las iniciativas individuales, poniendo cuidado en no caer en la rutina. Nadie puede cubrirse las espaldas con la responsabilidad colectiva para dejar de hacer lo que sólo a él le corresponde. En particular, hay que acudir a las reuniones con la información más detallada posible sobre el trabajo que cada uno está realizando, con ideas, sugerencias o propuestas concretas y no limitarse a esperar a que se le den instrucciones. Tenemos que acabar con la nociva costumbre de plantear problemas sin hacer al mismo tiempo propuestas para resolverlos.

Se trata, como acabamos de ver, de erradicar, hasta donde sea posible, los métodos artesanos de trabajo y la estrechez de miras que se reproducen continuamente en la Organización. Y si bien es verdad que en éste, como en todos los demás terrenos, hemos hecho importantes progresos, no es menos cierto que aún no lo hemos hecho todo y habremos de continuar realizando continuos esfuerzos para superarnos.

¿Cómo estimular a los camaradas a que asuman plenamente sus responsabilidades, a que no teman cometer errores, a que tomen decisiones y a que se atrevan a orientarse por sí mismos, incluso en las situaciones más complejas?, pregunta el texto que ya hemos citado varias veces, y he aquí la respuesta que a continuación nos ofrece: una de las claves consiste en elevar continuamente su conciencia política, haciendo que se identifiquen plenamente con los objetivos y el funcionamiento de la Organización. Se sobreentiende que, además de la conciencia política, existen otras claves como sería, por ejemplo, el acierto de la táctica del Partido, la situación general de auge del movimiento o el adiestramiento de los militantes, claves en las que no nos vamos a detener porque nos desviarían del problema principal que estamos comentando. Por el mismo motivo no nos vamos a referir tampoco a los objetivos del Partido, aparte de ser ya suficientemente conocidos. Y en cuanto al funcionamiento, se trata precisamente de él, sólo que en el aspecto relacionado con la actuación y la actitud personal o más concretamente con la división y especialización del trabajo.

La división y especialización presuponen la centralización. No hace falta insistir aquí en ello, pues son numerosos los trabajos del Partido que tratan sobre esta cuestión. Lo que importa destacar es que, así como la centralización hace referencia al trabajo colectivo, a la discusión, a la elaboración de planes de trabajo y la adopción de decisiones, la especialización es una forma de descentralización y tiene por objeto facilitar la realización práctica por cada militante de esas resoluciones. De esta relación nace el principio que llama a combinar el trabajo y la responsabilidad colectiva, con el trabajo y la responsabilidad individual o personal. En nuestra concepción, lo colectivo y lo individual son correlativos con el centralismo y la democracia y en la práctica se complementan, de modo que no sería posible separarlos sin que viéramos aparecer los métodos burocráticos, el ordeno y mando, y su complemento inevitable, el liberalismo más anarquizante. De ahí que debamos prestar toda la atención que merece a la correcta combinación de ambos aspectos (lo colectivo y lo individual, el centralismo y la democracia) en nuestro trabajo y elevar para ello continuamente nuestra conciencia política si no queremos atarnos las manos con el practicismo más estrecho o el pragmatismo. Debemos esforzarnos por elevar continuamente nuestra conciencia política y el conocimientos de todos los asuntos relacionados con el movimiento revolucionario.

Se comprenderá que no pretendemos hacer una apología del individualismo. Los individuos a los que nos estamos refiriendo son militantes comunistas, colectivistas, que conocen y aplican con iniciativa la línea política del Partido y aceptan su disciplina. Por eso, cuanto más conscientes sean de la función e importancia de su labor, más se identificarán con ellas, más libres se sentirán dentro del Partido, mayor podrá ser su entrega y el grado de su compromiso, y tanto mayores podrán ser también su entusiasmo y aportaciones a la causa.

Esto no debe hacernos perder de vista lo que ya apuntamos anteriormente: el hecho de que, efectivamente, el colectivo que forma el Partido está compuesto por hombres y mujeres de distintas edades y procedencias, con sus caracteres, aptitudes o capacidades (e incluso sus manías), lo que ha de obligarnos a buscar su mejor encuadramiento a fin de que puedan desarrollarlas al servicio de la causa.

Sin embargo, no resulta fácil descubrir a primera vista esas cualidades. Otras veces se precisa probar en distintos trabajos o especialidades a un militante del Partido antes de poder determinar su destino. También sucede a menudo que aparecen tareas nuevas o que hace falta cubrir algunos huecos para los que no se dispone del material humano adecuado o con la suficiente experiencia. ¿Qué hacer en estos casos? ¿abandonamos, cuando resulta necesario enfrentarse al problema, o lo asumimos con todas las consecuencias, es decir, aun a riesgo de desbarrar o cometer errores y de tal modo que sea la práctica la que nos enseñe a resolverlo?

De aquí se deduce también que ningún miembro del Partido, sea cual sea su grado de preparación o su responsabilidad, puede poner condiciones para realizar un trabajo ni sustraerse de las tareas que le hayan sido encomendadas para dedicarse a otra de su preferencia elegida, además, por propia iniciativa. Este tipo de iniciativas, conviene subrayarlo, no pueden ser admitidas entre nosotros, entre otras razones, por la situación de privilegio, discriminatoria respecto a los demás militantes, que con ella se intenta establecer.

No hace falta insistir mucho para hacer comprender que en el Partido no podemos dedicarnos a fomentar esas iniciativas ni a satisfacer el gusto o las inclinaciones de cada uno, a facilitar la realización personal de tales o cuales militantes en detrimento de las necesidades y tareas colectivas, y eso aunque no resulten de su agrado, no las comprendan o no se sientan capaces de llevarlas a cabo. Por todos estos motivos debemos rechazar de plano, como ajenas al espíritu de Partido y al centralismo democrático, ese tipo de iniciativas personalistas, que no sólo contravienen los planes generales de trabajo del Partido y las directrices de la Dirección (que en realidad son las iniciativas conjuntas de todos los miembros del Partido), sino que suponen un obstáculo para su realización práctica. Este es el criterio que necesitamos inculcar a todos los militantes, de manera que podamos conjugar en el trabajo el máximo de democracia y descentralización con la más estricta centralización y la unidad de acción.

El Partido responde por sus militantes, cada militante responde ante el Partido

Insistimos una vez más en que cualquier confusión o falsa idea sobre este importante problema que aparezca entre nosotros -y ya vemos con que frecuencia aparece y lo persistente que se muestra- debe ser aclarada o rebatida hasta no dejar ni sombra de dudas al respecto. Ha de entenderse claramente que no vamos a admitir en ninguna circunstancia, y con mucho menos motivo si se trata de un militante veterano y con alguna responsabilidad, actitudes personalistas en asuntos que afectan a la unidad interna del Partido, a sus principios y normas de funcionamiento, y que tienden a fomentar el amiguismo, la anarquía y el liberalismo entre nosotros. Frente a esas actitudes y prácticas anticomunistas, debemos mantenernos siempre vigilantes y combatirlas resueltamente, ya que en realidad conducen consciente o inconscientemente a la relajación política y a la liquidación del Partido.

La cuestión fundamental -decíamos a este respecto en el Pleno del C.C. de agosto de 1990 (*)- es que aceptemos las críticas y corrijamos los errores, que apliquemos una misma línea, un solo tipo de funcionamiento y una serie de principios, en esto no puede haber diferencias o tendencias en sentido burgués: dos líneas, dos concepciones, dos organizaciones. En sustitución (en oposición, habría que decir) de esa concepción burguesa nosotros propugnamos la combinación del centralismo y la democracia. Alguien tiene que estar investido de la autoridad para decir ¡vale!, consideramos que ya se ha discutido bastante. Ahora manos a la obra. Para nosotros es inconcebible que en ese momento la minoría no se someta a la mayoría ¡es inconcebible! En el Partido eso no puede ocurrir. El que infrinja esta norma se sitúa fuera del Partido, automáticamente. ¡Tenga o no tenga razón! Se enfrenta al Partido y a partir de ahí se le quita toda la razón, porque se está poniendo, se está situando por encima. Esa razón suya no puede pesar más que todas las razones que mantienen unido al Partido. ¡Jamás! Ningún comunista dará nunca ese paso si es un verdadero comunista, una persona consciente, por un motivo, por una cuestión concreta o por un asunto personal. ¡No puede ponerse por encima de todo! Y si lo hace demostraría una actitud poco seria e irresponsable.

Algunas veces se ha dicho que el Partido responde por sus militantes. Esto es, desde luego, una exageración. Habría que determinar con precisión en qué condiciones y por qué causa el Partido puede y debe responder por lo que haga o diga uno solo de sus militantes; pero por lo mismo se podría afirmar que cada militante responde o debe responder por lo que hace o deja de hacer, ante el Partido.

Hay que partir del hecho de que cada miembro del Partido, al igual que cualquier otra persona, posee una capacidad y voluntad propias. Precisamente es la suma, como hemos visto, de todas esas capacidades y voluntades orientadas a la consecución de unos mismos fines lo que forma la capacidad y la voluntad colectivas del Partido, muy superior a cualquier otra. Para ello tienen que actuar o entrar todas en juego según el lugar o la tarea que les corresponda. Si alguno se desorienta o no actúa como debe hacerlo -cosa que sucede inevitablemente muy a menudo- no se produce por este motivo ninguna catástrofe, siempre, claro está, que esas desorientaciones no se generalicen y no se conviertan en la norma. Porque si no, la máquina del Partido descarrilaría o no podría marchar.

En el Partido todo se tiene que hacer bajo una sola dirección y en la prosecución de unos mismos fines u objetivos; mas ya hemos comprobado que entre nosotros no existe ningún ente abstracto dotado de mágicos poderes, de múltiples cabezas y de miles de brazos, que pueda sustituirnos o hacer la labor que corresponde a todos y cada uno. El Comité Central sólo está en condiciones de centralizar la información y trazar los planes generales de trabajo, ocuparse de los cuadros y encomendarles tareas según las necesidades del movimiento y la capacidad de cada uno, coordinar y dirigir la labor del conjunto, etc. Pero no puede suplir el trabajo de los demás organismos y militantes del Partido. La Dirección sólo puede ver, oír y obrar por mediación de esos organismos y militantes, aconsejándose y apoyándose en ellos, recabando el esfuerzo y los medios que sólo ellos le pueden proporcionar. Mientras no se comprenda esta relación, mientras no entendamos que nada de lo que necesitamos se nos va a dar hecho, que todo depende y va a depender cada vez más de lo que cada uno pueda aportar a la causa, y que cualquier progreso que hagamos, por pequeño que sea, va a exigirnos una enorme tensión, muchísima voluntad y no pocos sacrificios; mientras no se comprenda esto y lo traduzcamos a la práctica sin esperar milagros, no sólo no se podrá avanzar en la medida que la situación lo requiera, sino que resultará muy difícil, por no decir imposible, que podamos resolver el problema de la inseguridad o la incertidumbre a que nos hemos referido.

Dicho problema sólo se puede resolver en la práctica, atreviéndonos a pensar, liberando la mente de los prejuicios que el maldito capitalismo nos ha ido inculcando y desplegando todo tipo de iniciativas dentro del Partido y entre las masas. Este es el dinamismo que necesitamos, el estilo de trabajo que debemos desarrollar. Y debemos desarrollarlo sin complejos y sin temor a equivocarnos, a que se nos critiquen los errores inevitables que podamos cometer, aprendiendo también de los errores y mostrándonos siempre dispuestos a corregirlos.

Corregir nuestros propios errores, mejorar el estilo de trabajo

Extracto de En el camino del IV Congreso del Partido
Informe Político presentado por M.P.M. (Arenas) al Pleno del C.C.
junio de 1997

Tenemos que ir a las masas y a los hombres y mujeres más avanzados de nuestra clase con la mano tendida y el espíritu abierto, prestar atención a lo que dicen y no tratar de darles lecciones. Tenemos que predicar, ante todo, con el ejemplo.

Al mismo tiempo que realizamos esta labor entre los obreros y demás sectores de la población, especialmente entre la juventud cañera, tenemos que llevar a cabo una campaña de rectificación con la vista puesta en la celebración del IV Congreso. Esta labor deberá ser complementada con la edición de textos de los clásicos del marxismo-leninismo, convenientemente seleccionados, que permitan un mayor esclarecimiento de todos [...] Y, en fin, tenemos que seguir fortaleciendo las organizaciones del Partido y extenderlas a todo el país; sobre todo en estos momentos habrá que centrar todos nuestros esfuerzos en consolidar las organizaciones en aquellas localidades en las que desde hace mucho tiempo venimos trabajando. Esta es una tarea que se deberá abordar con toda firmeza en esta nueva etapa. Para ello necesitamos formar numerosos cuadros que permanezcan ligados a las masas, que posean profundos conocimientos del marxismo-leninismo y una gran conciencia de clase; que sean firmes y sepan orientarse y tomar decisiones.

Este importante cometido será facilitado por la integración de los veteranos con los más jóvenes en todos los niveles de la estructura del Partido, desde las células, hasta el C.C. Se sobreentiende que esto habremos de hacerlo sin ningún tipo de discriminaciones debidas a la nacionalidad o el sexo, si bien, como siempre, deberemos dar preferencia a los camaradas procedentes de la clase obrera, en especial (si no se ofenden) a las mujeres.

Se sabe que los viejos (ya podemos emplear este término, no sé si con la desaprobación de alguno), los viejos, digo, encarnan o son depositarios de la tradición (en nuestro caso, de la tradición revolucionaria), pues poseen una rica experiencia práctica y atesoran múltiples conocimientos de la historia del movimiento que deberán transmitir a la nueva generación. La traición revisionista ha supuesto una ruptura de esa tradición revolucionaria, casi la había sepultado bajo una montaña de basura, y por esta razón los que asumimos la tarea de reconstruir el Partido, allá por los años 60, se puede afirmar que nos encontramos entonces huérfanos y desamparados. De manera que hemos tenido que aprenderlo todo con nuestros escasos medios, equivocándonos y corrigiendo, tropezando y levantándonos una y otra vez. Este proceso de aprendizaje es inseparable del proceso que ha seguido el movimiento obrero y comunista internacional y, de manera particular, el movimiento comunista en España. De ahí la desesperante lentitud con que se viene desarrollando y lo doloroso que a veces resulta. Pues bien, los jóvenes revolucionarios de la nueva generación podrán recoger la antorcha que nosotros les legamos. En cierto sentido, su trabajo va a resultar más fácil, pues no tendrán que partir casi de cero, como partimos nosotros hace poco más de treinta años. Ese es un bagaje y una experiencia con la que podrán contar, aparte de otras muchas cosas, como la misma organización, lo que no quiere decir que no tengan nada importante que aportar. Al contrario. Ellos son los portadores de todo lo nuevo y fresco que se incorpora al movimiento, con lo que éste se renueva y asegura su continuidad, y como alumnos, tienen la misión histórica de superar a los maestros, de hacer las cosas mucho mejor y más concienzudamente de lo que nosotros las hemos hecho. Por lo general, los jóvenes suelen ser más activos o dinámicos; son también más críticos, menos formalistas, más desprendidos de atavismos y, entre todas esas y otras cualidades aportan al Partido la alegría tan sana que tanta falta nos hace para no quedar anquilosados y para avanzar en primera fila junto a las masas.

Notas:

(*) Actas del Pleno del C.C. de agosto de 1990, publicadas en febrero de 1991.

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