Las negociaciones en curso entabladas por el Gobierno monopolista con las llamadas burguesías nacionales para el establecimiento de las autonomías de las regiones, han venido a confirmar la justeza de esa tesis. Incluso un sector tan radical y representativo de la pequeña burguesía vasca, como es ETA, está inclinándose hacia esa solución autonómica que le ofrece el Estado de la oligarquía financiera. Esto no sucede por casualidad, ni supone un viraje táctico ante el supuesto cambio de las condiciones políticas del país, como se asegura. Una solución autonómica supone, ni más ni menos, una renuncia en toda la línea a los derechos de las nacionalidades y una claudicación vergonzosa ante el fascismo y la dominación monopolista. La razón de semejante claudicación se encuentra, no cabe duda, en el carácter de masas y verdaderamente popular que están tomando los movimientos nacionales encabezados por la clase obrera, cosa que no pueden ver con muy buenos ojos los burgueses que han estado aspirando a continuar la explotación de la clase obrera bajo un Estado nacional.
Aunque la parte de la media y pequeña-burguesía más ligada a los monopolios o dependiente de ellos continúe empleando frases huecas sobre la libertad nacional, la cultura, etc. la traición de esta burguesía a su nacionalidad y a los intereses populares se comprueba fácilmente cuando renuncia a toda lucha democrática y consecuente y se la ve acudir dispuesta a negociar con el Estado el establecimiento de los estatutos de autonomía y los conciertos económicos, de manera que todo ello le permita una mayor participación en el pastel de la explotación de la clase obrera y de otras capas populares bajo la protección del Estado de la gran burguesía monopolista. Por lo general, estas capas de la burguesía se pierden en un sinfín de disquisiciones jurídicas acerca de los estatutos y los fueros, creando una enorme confusión política e ideológica entre las masas. Lo principal para ellas, al igual que para la oligarquía que las maneja y las sostiene, es echar un manto sobre el problema principal, sobre la explotación económica, la opresión política y cultural que padecen las grandes masas de las nacionalidades, como las del resto del Estado.
Es cierto que no toda la burguesía ha planteado siempre el problema nacional en términos de separación y que, por otra parte, aún existen sectores pequeño-burgueses muy radicalizados que se muestran dispuestos a proseguir la lucha. Pero el número y la influencia real de estos últimos es tan pequeña, se ha reducido tan considerablemente en los últimos años, y ha dado tantas y tan continuas muestras de vacilaciones y de inconsecuencias, que hoy día no puede hablarse seriamente del movimiento nacional de la misma forma que se hacía en el pasado; es decir, hoy no puede hablarse de un movimiento nacionalista burgués. El movimiento nacional en España ha perdido casi enteramente el carácter burgués que tuvo en otro tiempo. En cuanto al movimiento nacional mismo no sólo no ha desaparecido sino que, estimulado por la gran explotación y la opresión que padecen las masas bajo el poder de los monopolios y, estimulado muy particularmente por las grandes luchas que viene sosteniendo el proletariado, en los últimos años esos movimientos han tomado un nuevo auge y han adoptado un contenido radicalmente distinto, de manera que hoy puede hablarse de él como de un movimiento nacional de carácter popular y revolucionario. La prueba de que esto es así la tenemos en el hecho de que la burguesía no para de hablar de autonomías y de soluciones razonables, de conciertos económicos y de otras baratijas por el estilo con el claro propósito de liquidar cuanto antes este problema. Esto lo hace esa burguesía, que continúa utilizando el rótulo de nacionalista, porque comprende que sus viejas aspiraciones de constituir un Estado aparte o federado son ya irrealizables bajo un régimen que garantice sus intereses de clase; porque sabe que ha perdido definitivamente el tren de la historia y ve la nueva perspectiva socialista que ha abierto al movimiento popular de las nacionalidades las nuevas condiciones del desarrollo monopolista y el dominio del fascismo.
El desarrollo del capitalismo monopolista de Estado no ha eliminado en España el problema nacional, ni ha conseguido asimilar, mediante la represión y el engaño, a los pueblos de las nacionalidades, de la misma manera que no ha logrado eliminar otros muchos problemas de la sociedad; en todo caso el monopolismo los ha agravado mucho más. Por eso, toda vez que la etapa de la revolución democrático-burguesa ha concluido en España, el problema nacional sólo podrá hallar una justa solución en el socialismo. Las masas populares, más tarde o más, temprano, como ya comienza a suceder, tomarán clara conciencia de estas nuevas condiciones y de la traición de la burguesía y unirán de una manera consciente su lucha por los derechos nacionales a la lucha general por la destrucción del Estado y del sistema social de la burguesía. En lo que respecta a nosotros, a los comunistas de todas las nacionalidades de España, debemos levantar en alto la bandera del derecho a la autodeterminación de los pueblos, procurando encabezar en todas partes la lucha contra el Estado opresor, pero sin hacer por eso ningún tipo de concesión a la ideología burguesa.
Para eso no basta con reconocer el hecho nacional ni con proclamar el derecho que tienen todas las nacionalidades a la autodeterminación, a elegir libremente su propio destino. Además, el Partido revolucionario de la clase obrera tiene que analizar el problema nacional, como cualquier otro problema, en concreto y teniendo en cuenta la etapa de desarrollo en que se encuentra la sociedad. Sólo así se podrá tomar una posición justa.
Si procedemos así veremos que el movimiento nacional en España ha pasado por una etapa histórica y ahora está entrando en otra enteramente nueva. Esa primera etapa del movimiento nacional coincidió en España, como en todos los países del mundo, con el desarrollo del maquinismo y el mercantilismo a mediados del siglo XIX, y el consiguiente desarrollo de la burguesía como clase. El mercantilismo es la primera escuela donde la burguesía aprende nacionalismo. Esta primera etapa del nacionalismo en España tuvo su apogeo en los años 30 del presente siglo, coincidiendo con el desarrollo de la revolución democrático-burguesa en todo el país. Pero, como es bien sabido, aquella revolución fue frustrada, y con ella cayeron también por tierra las aspiraciones de la burguesía nacional de establecer gobiernos más o menos independientes. Hoy se puede decir sin temor a equivocarse que aquella primera etapa ha sido enteramente superada por el desarrollo histórico. Pero con ello ni han desaparecido las nacionalidades ni el movimiento nacional. Al contrario, el movimiento nacional está tomando un nuevo auge en todas partes encabezado por la clase obrera, y está adquiriendo un nuevo carácter, lo que demuestra que este movimiento ha entrado en una nueva etapa de su desarrollo.
El grado de acumulación y concentración capitalista alcanzado en España, así como la enorme fuerza y la influencia política que ha adquirido la clase obrera ha dado lugar a este cambio en el carácter del movimiento nacional. La nación, como dijo Stalin, es una categoría histórica y está sujeta, por tanto, a cambios. Por otro lado, todo aquel que no pretenda identificar a una nación con la clase burguesa, comprenderá inmediatamente que lo que está en decadencia hoy día en el movimiento de las nacionalidades de España no es el nacionalismo, entendido como el conjunto de las aspiraciones económicas, políticas y culturales de las amplias masas, sino el nacionalismo egoísta burgués. Esta misma circunstancia hace hoy del proletariado la clase más interesada y la única capaz de satisfacer las aspiraciones populares y llevarlas hasta sus últimas consecuencias.
Nosotros sostenemos el principio del derecho que tienen todas las nacionalidades a elegir, entre separarse, para fundar un Estado aparte, o unirse, en pie de absoluta igualdad política, económica y cultural con los otros pueblos de España. Quienes nieguen este principio no son ni marxistas ni demócratas consecuentes, sino unos chovinistas burgueses. Quienes pretendan imponer a los pueblos de las nacionalidades soluciones como la autonomía o la federación, y quitarles el derecho a elegir libremente su propio destino, tendrán que enfrentarse a esos mismos pueblos. Por eso nosotros defendemos el derecho a la autodeterminación. Esta defensa del derecho a la autodeterminación no debe confundirse con la consigna de separación, ya que eso significa también adelantarse a los deseos libremente expresados de los pueblos e introduce una división inadmisible entre la clase obrera según su nacionalidad, cosa que sólo puede beneficiar a la burguesía. Pero el que no sostengamos el principio de separación no quiere decir que si, llegado el momento, alguno de los pueblos oprimidos optara por él, vayamos a oponernos a su separación. Nada de eso. Los comunistas respetaremos siempre la voluntad de los pueblos. De ahí que defendamos el principio de la autodeterminación como el único principio justo, que implica, tanto el derecho a la separación como el derecho a la unión y que, en todo momento, preserva la unidad combativa de la clase obrera y de los pueblos para la lucha contra los enemigos comunes.
El ejercicio del derecho a la autodeterminación supone, apenas si hace falta decirlo, que los pueblos sean libres para ejercerlo; es decir, significa que ha sido demolido el Estado de la oligarquía financiera. Por consiguiente, la existencia de este Estado, su mantenimiento, es incompatible con la libertad de los pueblos; sin el derrocamiento del fascismo y la expropiación de los monopolistas, los pueblos de las distintas nacionalidades de España no serán libres ni podrán decidir sobre sus propios destinos. Para lograr ese objetivo es necesaria su unidad y un apoyo mutuo en la lucha contra el Estado español. Hablar, como hacen algunos, de que tal pueblo se ha autodeterminado, y esto bajo el poder de los monopolios y cuando están sufriendo como nunca antes la más grande explotación y opresión, sólo puede buscar, no cabe duda, sembrar la confusión entre las masas y dividirlas para que se perpetúe sobre ellas la explotación y la opresión. Puede plantearse la separación de una nacionalidad, cuyo pueblo se haya atrevido a luchar unido por la conquista de sus derechos. En un caso así, nosotros tenemos la obligación de apoyarlo. Pero eso, en las condiciones de nuestro país, y más aún cuando la oligarquía financiera ha establecido un control absoluto de la vida económica y política y ha estrechado sus lazos con la burguesía de las nacionalidades, es poco probable que suceda. Ya hemos visto a dónde han conducido esas consignas de separación a sus defensores más fogosos: a renunciar a toda lucha por los verdaderos derechos nacionales y a entregarse a chalaneos politiqueros con el Gobierno opresor de la oligarquía.
Nosotros abogamos por la lucha más resuelta de todos los pueblos contra el Estado de opresión y ponemos particular empeño en forjar la unidad de la clase obrera de todas las nacionalidades, dado que sin esa unidad de la única clase que puede y está más interesada que nadie en desarrollar la lucha, no será posible la conquista de los derechos y la libertad de todos los pueblos. Particularmente la clase obrera y los otros sectores populares no pertenecientes a las nacionalidades oprimidas, y que sufren también la explotación y la opresión, tienen que dar ejemplo en su combate diario contra el régimen de los monopolios y prestar todo su apoyo a los otros pueblos, conscientes de que de esa manera se están prestando una valiosa ayuda a sí mismos.
Según la concepción marxista, el Estado es un órgano especial de represión de una clase sobre las otras. El ejercicio sistemático de la represión sobre las clases explotadas y la administración de los asuntos de la clase explotadora, tomada en su conjunto, son las principales funciones que han desempeñado siempre los Estados en las sociedades divididas en clases. La nación, en cambio, abarca otros aspectos, y surge sobre la comunidad de territorio, de lengua, de economía, de sicología y cultura de una determinada población.
El Estado, en sus diversas formas, ha existido mucho antes que la nación, antes, incluso que la antigua Grecia y Roma, en donde como es sabido alcanzó un alto grado de desarrollo y perfección. La nación es un producto muy posterior de la evolución histórica de la sociedad, y sólo pudo surgir con la gran industria y el comercio a escala mundial. El Estado aparece con la propiedad privada y la división de la sociedad en clases; mientras que la nación es fruto de la necesidad, por parte de la burguesía, de delimitar los mercados para sus productos; aparece con la creación de las instituciones parlamentarias y el fomento de la cultura y de la lengua como medio de facilitar la producción moderna y los intercambios en territorios y poblaciones afines. Lenin ha señalado: En todo el mundo la época del triunfo definitivo del capitalismo sobre el feudalismo estuvo ligada a los movimientos nacionales En la mayor parte de los países de Europa Occidental, la revolución burguesa logró establecer Estados nacionales, es decir, Estados que corresponden a una sola nación o constituyeron, en otros casos, Estados multinacionales, federados sobre una base democrática. En otros países, la burguesía, demasiado débil frente al poder de la aristocracia terrateniente, no logró ninguno de esos objetivos. Este es el caso de España.
El Estado español, a diferencia de otros Estados, no es la obra de ninguna revolución. burguesa, sino que data de bastantes siglos atrás. En cierta medida se puede decir que tampoco existen grandes diferencias entre los Estados burgueses modernos y los Estados de las clases feudales, puesto que, lo que realmente hizo la burguesía, tal como nos enseñan los clásicos del marxismo, fue posesionarse de los viejos Estados y transformarlos a su imagen y semejanza. En España ha sucedido exactamente lo contrario: en lugar de sufrir el Estado feudal una transformación burguesa, han sido las viejas clases feudales las que han transformado a la burguesía para que se fuera adaptando a su viejo aparato de Estado, renovándolo, en sucesivas etapas, conforme a los nuevos tiempos, pero sin perder por eso ninguno de sus rasgos esenciales: su carácter fuertemente oligárquico y reacio a toda reforma demasiado profunda, de manera que eso le ha permitido siempre a la oligarquía mantener en sus manos el control del Estado.
Constituido siglos atrás, sobre la base de un pacto entre las castas aristocráticas, feudales, militares y eclesiásticas de todos los territorios de la península, primero para expulsar a, los árabes y repartirse el botín de sus tierras, y más tarde para proseguir la política de conquista y las guerras de rapiña en América y otros lugares, este Estado se fue consolidando en la lucha a muerte entablada desde entonces contra los propios pueblos peninsulares, los cuales se vieron sometidos por la fuerza a una explotación sin límites y a la pérdida de todos sus derechos y libertades. Estos rasgos que configuraron el nacimiento del Estado español han venido conservándose y se han reforzado más cada día.
Lógicamente, una cosa han sido los intereses de las clases dominantes y otra muy distinta los intereses de las masas de los distintos territorios, para las cuales, tanto la expulsión de los árabes, como sobre todo las conquistas de América y los numerosos compromisos contraídos por el Estado para la salvaguarda del Sacro Imperio Germano, lejos de beneficiarlas, les acarreó infinidad de cargas económicas, incontables sufrimientos y la pérdida de todos sus derechos y libertades. Es a partir de entonces cuando, se puede decir, comenzó a abrirse el foso que ha mantenido dividida a las dos Españas, iniciándose un largo período de revueltas contra las castas dominantes que sacudieron el país de parte a parte, y que ha tomado nuevas formas y un nuevo contenido en los tiempos modernos.
Los nacionalistas pequeño-burgueses, creen haber encontrado el origen remoto de su nación en aquellas épocas de luchas populares, presentando a los castellanos como a los únicos opresores; esto lo hacen situar históricamente a los movimientos de masas de entonces, y sin querer reconocer que todos ellos afectaron, con mayor o menor intensidad a prácticamente todo el territorio peninsular. Tampoco quieren reconocer los nacionalistas que el nuevo Estado que surgía sobre la base de las guerras imperialistas de conquista y la supresión de los derechos y libertades medievales, que habían disfrutado hasta entonces los pueblos, no era sólo el Estado de los castellanos, sino también el Estado de las castas aristocráticas catalana, vasca y gallega, y que, por tanto, de la misma manera, los otros pueblos han sido también víctimas de la explotación y los atropellos de esas oligarquías. El que, tradicionalmente, los castellanos hayan ocupado una posición destacada al frente del Estado se debe a la situación geográfica privilegiada de Castilla, al desplazamiento del centro de gravedad económica, política y militar, del Mediterráneo al Atlántico, al importante papel que los castellanos jugaron con la expulsión de los árabes y en la colonización de América, etc. Todo esto les obligó a crear una burocracia militar bastante desarrollada, de manera que eso les ha permitido ocupar desde un principio una posición privilegiada al frente del Estado y que de él se sirvieran en sus luchas contra las poblaciones de los distintos territorios todas las oligarquías.
No obstante la conservación de ese mismo carácter del Estado hasta nuestros días, carácter que ha sido reforzado después de la Guerra Nacional Revolucionaria del 36 al 39, y pese a la política seguida por la oligarquía para intentar asimilar a todas las poblaciones e imponerles una sola lengua, no ha podido impedir el surgimiento y el desarrollo de las nacionalidades de España. De todas maneras, hasta mediados del siglo XIX, se puede decir que esas poblaciones distintas no han constituido una nación. Se daban en ellas algunos de los factores que las hacían posible, como son los territorios bien delimitados y la existencia de la lengua. Pero faltaba uno de los factores más importantes: el desarrollo económico capitalista. Para que las nacionalidades aparecieran como tales, históricamente constituidas, con su territorio, su lengua, su sicología y su cultura, tenía que producirse el desarrollo del capitalismo, ya que sólo con el capitalismo se crean todas las condiciones indispensables para la formación de las naciones, para la creación de sus propias instituciones, para el fomento de la lengua y su cultura, para la diferenciación de sus intereses económicos con respecto a los demás pueblos y naciones, etc. Es de esa manera como las nacionalidades de España han ido descubriendo su propia identidad, cosa que tiene muy poco que ver con las antiguas instituciones y los fueros medievales. A este respecto no está de más señalar el hecho de que Cataluña, la región más desarrollada industrialmente, haya sido la primera en manifestar su nacionalidad y que en Galicia, la menos desarrollada, el nacionalismo haya hecho su aparición muy tardíamente y con menos fuerza que en otros lugares.
Por último nos falta por aclarar en este punto la cuestión de las minorías nacionales. También con relación a esto existe una confusión muy extendida. Generalmente se entiende que son minorías nacionales los pueblos de las nacionalidades, dando así por sentado que el Estado, es decir, España, es una sola nación que engloba a algunas minorías extrañas. Ya hemos visto anteriormente que no hay nada más lejos de la realidad. Hemos puesto en claro qué es el Estado y qué es una nación, empleando indistintamente la denominación de nacionalidad y nación.
Las minorías nacionales, como indica esta frase, las forman grupos humanos que se encuentran en una nación extraña, en una nación que no es la suya, y en relación con la cual constituyen, efectivamente, una minoría. Así que, por ejemplo, no es que los vascos constituyan una minoría nacional, como suele entenderse, dando equivocadamente por sentado que España entera, el conjunto de territorios y poblaciones es una nación; no, la minoría la constituyen los españoles que viven en Euskadi. Los españoles en Euskadi forman una minoría nacional en relación con pueblo vasco, una minoría que se encuentra en una nación extraña, en una nación que no es la suya. En una futura sociedad socialista, las minorías nacionales disfrutarán de los mismos derechos políticos, económicos y sociales de la nación en que se encuentren, podrán hablar y conservar su lengua y su cultura, no serán discriminados en ningún sentido, pero también tendrán que cumplir sus obligaciones respetando las costumbres y observando las normas de la nación en que viven. Pero éste es otro tema en el que no vamos a extendernos ahora.