La mujer en el camino de su emancipación

Carmen Jiménez Castro
Editorial Contracanto
libro publicado en abril de 1987

Sumario:

Introducción

1. La mujer en las sociedades precapitalistas
1.1 Orígenes de la opresión de la mujer
1.2 La mujer en el esclavismo
1.3 La mujer en el feudalismo

2. La mujer en el capitalismo
2.1 La incorporación de la mujer al trabajo
2.2 Reproducción biológica y maternidad
2.3 Crisis de la familia y crisis de la pareja
2.4 Principios ideológicos que perpetúan la opresión

3. Dos concepciones en torno a la emancipación de la mujer
3.1 La cuestión femenina
3.2 Orígenes y desarrollo del Movimiento Femenino
3.3 El nuevo movimiento feminista
3.4 La mujer en la guerra revolucionaria

4. Polarización del movimiento femenino (1873-1931)
4.1 La burguesía y la cuestión femenina
4.2 La incorporación de la mujer al trabajo
4.3 La integración de la mujer en la lucha de clases

5. Hacia la reacción política y el oscurantismo
5.1 La II República ante el problema de la mujer
5.2 La vuelta al hogar
5.3 La legislación
5.4 La Sección Femenina y la Iglesia
5.5 La contraofensiva ideológica del fascismo

6. El camino de la emancipación
6.1 El naufragio del movimiento feminista burgués
6.2 Agudización de la problemática de la mujer
6.3 La mujer en el movimiento de resistencia
6.4 Una única alternativa: la Revolución Socialista

7. A modo de conclusión

8. Bibliografía

A la memoria de Carmen López Sánchez, Josefa Jiménez y Dolores Castro Saa, primeras militantes comunistas caídas en esta nueva etapa de la lucha que viene sosteniendo nuestro pueblo por la libertad y el socialismo.

Introducción

Cuando hace unos tres años, las militantes del PCE(r) en prisión decidimos comenzar este trabajo, se hacía ya impostergable llenar toda una serie de lagunas existentes en torno a la opresión de la mujer, sus causas y las vías para alcanzar su emancipación.

Hacer realidad ese proyecto suponía ir más allá de los cuatro conceptos generales que, por justos, siempre habíamos defendido, pero que necesitaban ser desarrollados y adecuados a las nuevas condiciones, a las nuevas experiencias que nos brinda la lucha revolucionaria en nuestro país y en buena parte del mundo.

¿Qué relación guarda la división social del trabajo entre los sexos con la aparición de la propiedad privada y de las clases? ¿Cómo entender la doble explotación de la mujer? ¿Están doblemente explotadas las amas de casa? ¿Qué papel cumple la mujer en la reproducción de la fuerza de trabajo? ¿Y la familia en la opresión de la mujer?

Estas y otras muchas preguntas fueron surgiendo en la misma medida en que nos introducíamos en el estudio y discusión del tema.

¿Por qué la mujer toma un mayor grado de participación en los procesos revolucionarios actuales? ¿Existe algún terreno vedado para la mujer por su condición de madre? Si, como está demostrado, sólo el socialismo es capaz de crear las bases para acabar con la opresión de la mujer ¿cómo entender entonces, los problemas que, a menudo, se aprecian en los países socialistas en este sentido y las diferencias evidentes que todavía existen en ellos entre hombre y mujer? ¿Es posible arrinconar de buenas a primeras, por el simple hecho de hacer la revolución, todo cuanto se arrastra desde siglos atrás?

En las páginas siguientes, intentamos dar respuestas fundamentadas, teniendo como base el marxismo-leninismo, a toda esta serie de preguntas, dejando a un lado los manidos tópicos de siempre y combatiendo las viejas concepciones burguesas que tanto menudean por doquier; respuestas que hoy se hacen mucho más necesarias ante los pasos que están dando las mujeres de nuestro pueblo. Las viejas trabas, los prejuicios seculares con los que siempre han querido maniatarlas, se están resquebrajando en la misma medida en que las calles recogen sus gritos de lucha. La mitad del cielo -en palabras de Mao Zedong- blande, también en nuestro país, la conocida espada de la revolución; esa espada que, defenestró al raquítico movimiento feminista cuando, una vez iniciada la reforma, intentó capitalizar y desviar la lucha de la mujer.

Ahora son momentos de saber encontrar las formas y cauces precisos para que esas mujeres que levantan resistencia a la reconversión, que defienden su derecho al trabajo, que luchan contra la OTAN y las leyes represivas, contra la tortura y por sus derechos específicos, se incorporen a la osadía de barrer, de una vez y para siempre, tantos siglos de opresión, oprobio y explotación.

En este sentido, nuestro trabajo quiere abrir una brecha que dé fuerza y seguridad a todas aquellas que ya han emprendido el camino de su emancipación y ser, al mismo tiempo, una puntual llamada para las que todavía permanecen en la sombra: sin la participación de la mujer, no hay revolución posible.

1. La mujer en las sociedades precapitalistas

1.1 Orígenes de la opresión de la mujer

Un análisis histórico del desarrollo de la sociedad nos demuestra que, en la época anterior a la aparición de la propiedad privada, en las llamadas comunidades primitivas -sociedades en las que no existía la explotación ni la opresión de unos hombres por otros-, la mujer gozaba de una posición libre y muy considerada.

En la gens -organización social de estas comunidades- existía una división natural y espontánea del trabajo que, en modo alguno, presuponía la discriminación de un sexo por otro. Debido a la función biológica de la mujer, se tendía a especializarla en actividades que la mantuvieran próxima al lugar de residencia común: cuidaba del hogar, guisaba, hilaba, cosía y recolectaba vegetales; por su parte, el hombre guerreaba contra otras tribus, cazaba, pescaba y buscaba o fabricaba los instrumentos necesarios para su actividad. Estas actividades se realizaban colectivamente y su fruto era propiedad común del grupo de familias que habitaban en un mismo lugar, si bien los instrumentos de trabajo eran propiedad de cada uno.

El nivel de productividad era tan bajo que, tanto el trabajo hecho por el hombre como el realizado por la mujer, eran igualmente necesarios y vitales y sólo daban lo necesario para el propio consumo. No había excedente y la subsistencia de los miembros de la gens dependía de ambas actividades económicas en igual medida; en consecuencia, las mujeres disfrutaban de un status social igual e incluso superior al de los hombres. Un rasgo característico de estas comunidades era el matriarcado. Al realizarse los matrimonios por grupos, era imposible determinar la ascendencia paterna de los hijos y se imponía el reconocimiento exclusivo de la madre, con lo que las relaciones familiares sólo podían estar basadas en el derecho materno. Este hecho, unido al papel jugado por la mujer en la producción, generaba una profunda estimación hacia las mujeres, hacia las madres y, en ello, podemos encontrar la causa de su relevante papel en la sociedad. La mujer de entonces era la jefa y directora de esta cooperativa familiar, participaba en las asambleas, tenía voz y voto en el consejo de la gens y proponía y disponía los jefes de paz y de guerra. Lentamente, el desarrollo de la sociedad, junto al proceso de evolución de la familia, van a ir creando unas condiciones enteramente nuevas que acarrearán importantes repercusiones para la situación de la mujer. Por una parte, la selección natural va a actuar como fuerza motriz en la evolución de la familia. Poco a poco, se irá produciendo una progresiva restricción del matrimonio por grupos; primero, excluyéndose las uniones consanguíneas; más tarde, las de los parientes lejanos, con lo que se haría cada vez más difícil el matrimonio dentro de la propia tribu. De esta manera, se irá configurando una nueva forma de familia -la sindiásmica- basada en la unión, por un tiempo más o menos largo, de una pareja. Esa unión, concertada por las madres atendiendo a determinados intereses gentilicios, podía disolverse con facilidad por ambas partes; tras la ruptura, los hijos seguían perteneciendo al clan materno. La familia sindiásmica -señala Engels- aparece en el límite entre el salvajismo y la barbarie [...] Es la forma característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo y la monogamia lo es de la civilización [...] La selección natural había realizado su obra reduciendo, cada vez más, la comunidad de matrimonios; nada le quedaba ya que hacer en este sentido. Por tanto, si no hubieran entrado en juego nuevas fuerzas motrices de orden social, no hubiese habido ninguna razón para que de la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas fuerzas motrices (1).

Paralelamente a la selección natural, también se va produciendo, de forma paulatina, una transformación en el orden social de estas comunidades; el hombre, con su trabajo, iba aprendiendo a incrementar la obtención de los productos naturales. Así comenzó la cría y domesticación de los animales y el cultivo rudimentario de la tierra; con la cocción del barro, nació la alfarería y, más tarde, aprendieron a fundir algunos metales. De la cría y domesticación de animales, nacieron los primeros rebaños y el empleo de animales de tiro en el cultivo de la tierra dio origen a la agricultura propiamente dicha.

Las tribus de pastores se destacaron del resto de las tribus dando lugar a la Primera Gran División Social del Trabajo. Las nuevas fuentes de riqueza crearon condiciones sociales enteramente nuevas pues, si bien en un principio esas riquezas siguieron perteneciendo a la gens, poco a poco, fueron pasando a ser propiedad particular de las familias que la componían. La codicia de los propietarios impulsó las guerras de rapiña; en éstas, los jefes militares se apoderaban de la mayor parte del botín y, a la vez, tendían a apropiarse del excedente comunal ya hacer sus cargos hereditarios. Como la familia crecía más despacio que la nueva riqueza, se necesitó más fuerza de trabajo, por lo que comenzó a utilizarse a los prisioneros de guerra como esclavos. De la Primera Gran División Social del Trabajo nació la primera gran escisión de la sociedad en dos clases: señores y esclavos, explotadores y explotados (2).

¿Cómo van a influir estos hechos en la situación de la mujer? Nada sabemos hasta ahora acerca de cuándo y cómo pasaron los rebaños de propiedad común de la tribu o de la gens a ser patrimonio de los distintos jefes de familia aislados; pero, en lo esencial, ello debió acontecer en ese estadio. Y con la aparición de los rebaños y las demás riquezas nuevas, se produjo una revolución en la familia (3). Este hecho no puede sorprendernos si tenemos en cuenta que el procurar los alimentos para comer había sido siempre asunto del hombre y, en consecuencia, los medios para procurar esos alimentos también eran propiedad suya. Así pues, los rebaños y la tierra cultivada constituían esos medios que, junto a los esclavos, eran propiedad del hombre y, lo que éste producía, era el excedente para el intercambio. De esta manera, la producción social quedó en manos del hombre y todo el beneficio, que provenía del intercambio de los excedentes entre las tribus, le pertenecía.

En esta nueva situación creada, la mujer podía disfrutar de la nueva riqueza, pero no participar de su propiedad. La división del trabajo dentro de la familia, que antes no había supuesto ningún antagonismo entre los sexos, al cambiar las condiciones fuera, al aparecer la propiedad privada y la división social del trabajo, hizo que el trabajo realizado por las mujeres, al no producir excedente, quedara relegado a un segundo plano; con ello, las mujeres corrieron la misma suerte: a la par que perdieron su posición en la producción, fueron perdiendo también todos sus derechos y su papel activo dentro de la comunidad.

La posición en la producción dio al hombre la supremacía en la familia, de la cual se sirvió para introducir el derecho paterno. El hombre necesitaba asegurar que fueran sus propios hijos quienes le heredasen y, para ello, no podía sino echar mano del matrimonio monogámico. La unión de la pareja sindiásmica era muy débil para poder asegurar la paternidad de los hijos. En cambio, en la familia monogámica, la disolución de la pareja ya no era potestativa para la mujer; a partir de ese momento, se le exigía fidelidad absoluta; el hombre, sin embargo, era libre para mantener todo tipo de relaciones fuera del matrimonio, para repudiar a la mujer e, incluso, para castigar su infidelidad, matándola o vendiéndola como esclava. La familia monogámica fue la primera forma de familia que se basó, no en condiciones naturales como hasta ese momento, ni tampoco -como algunos pretender hacernos creer- en el fruto del amor y de los sentimientos, sino en condiciones puramente económicas. En ella, se reproduce toda la estructura de la sociedad a nivel más pequeño, en sus manifestaciones económica, social e ideológica; su pilar fundamental es la propiedad privada. La monogamia -dice Engels- fue, más que nada, el triunfo de la propiedad individual sobre el comunismo espontáneo primitivo; más adelante continúa: Por tanto, la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como una reconciliación entre el hombre y la mujer y, mucho menos aún, como la forma más elevada de la familia. Por el contrario: entra en escena bajo la forma de esclaviza miento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria [...] La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide (subrayado nuestro) con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia [...] La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura -juntamente con la esclavitud y con la propiedad privada- aquella época que aún dura en nuestros días y en la cual cada progreso es, al mismo tiempo, un retroceso relativo, en que la ventura y el desarrollo de unos verifícanse a expensas de la desventura y la represión de otros (4).

Así, si la aparición de la propiedad privada relegó a un segundo plano el trabajo realizado por la mujer, con la implantación de la familia monogámica éste se fue individualizando progresivamente. En el antiguo hogar comunista, la dirección de la casa -confiada a las mujeres- era una industria pública, realizada en común; ahora, el trabajo doméstico se transforma en un servicio privado, realizado dentro del marco de la familia. El trabajo doméstico, individualizado, se limitó a la elaboración de bienes para el consumo exclusivamente familiar, o lo que es lo mismo, a la reposición privada de la fuerza de trabajo, actividad ésta que comprende tareas como el mantenimiento del hogar, preparación de la comida, el vestido, lavado, etc. En una palabra, todas las tareas necesarias para reponer las fuerzas de trabajo que, diariamente, desgastan los miembros de la familia en el proceso productivo, así como la educación y el cuidado de las futuras generaciones. El trabajo doméstico - que no creaba excedente ni, por tanto, riqueza- se convirtió en un trabajo invisible, considerado a partir de este momento como una prolongación de la capacidad biológica de la mujer de gestar y amamantar. Se perpetuó como una tarea específicamente femenina tras la que quedó oculta la actividad económica, útil y necesaria, que cumplía para el desarrollo de la sociedad.

A partir de este momento, los trabajos realizados por el hombre y por la mujer pasan a ser cualitativa mente diferentes y, con ello, la situación de la mujer cambió radicalmente:

La mujer fue envilecida, domeñada, trocose en esclava del placer y en simple instrumento de reproducción.

Esta degradada condición de la mujer [...] ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos sitios, hasta revestida de formas suaves; pero de ningún modo se ha suprimido (5).

1.2 La mujer en el esclavismo

En la sociedad esclavista encontramos la familia individual configurada como una unidad económica de la sociedad y fundada sobre la esclavitud doméstica de la mujer. Estas características y funciones esenciales se perpetuarán a través de los distintos modos de producción y van a configurar uno de los rasgos característicos de las sociedades clasistas.

A partir de este momento, nos encontramos ya ante una sociedad dividida en clases; en consecuencia, la situación de la mujer hay que abordarla desde el punto de vista de la clase social a la que pertenece. Siguiendo este criterio, en el esclavismo, sólo se puede hablar de opresión de la mujer en las clases poseedoras. Para las esclavas, la igualdad con sus compañeros de infortunio era absoluta pues, tanto el hombre como la mujer esclavos, carecían por completo de derechos. A pesar de ser ellos los productores de la riqueza, no eran considerados como personas, sino como un instrumento de trabajo más, que pertenecían, íntegra e ilimitadamente, al esclavista. En cuanto a las mujeres de la clase esclavista, dependían totalmente de sus esposos o padres, a los que debían obediencia ciega; no les estaba permitido participar en los asuntos públicos y su Única actividad consistía en organizar y dirigir el trabajo doméstico de los esclavos y engendrar hijos que pudieran heredar los bienes del padre; en realidad, jugaban el papel de criada principal del amo de la casa.

En una sociedad como la esclavista, basada en la explotación masiva de esclavos y cuyo objetivo era aumentar el plusproducto, era lógico que el trabajo doméstico fuera menospreciado hasta ser considerado como una actividad carente de utilidad alguna. A pesar de ello, la mujer fue destinada a este trabajo que le ocupaba la mayor parte de su tiempo, mientras se la apartaba del resto de las actividades, tanto de la producción como de la política o la cultura. De esta manera, los hombres pertenecientes a la clase esclavista que, con el empleo masivo de esclavos se habían liberado del trabajo físico, también se liberaron del trabajo doméstico, lo que hizo posible que se dedicaran a desarrollar toda una serie de actividades en el terreno de la política, la cultura y el arte; actividades que, con el tiempo darán lugar a la aparición de una nueva división del trabajo: la existente entre el trabajo intelectual y el manual. A partir de este momento, y con la mujer ya completamente relegada de esta nueva esfera, comenzarán a consolidarse toda una serie de concepciones, cuyo fin será justificar su opresión, y que se basarán en una pretendida inferioridad o en unas cualidades innatas al sexo femenino. Esta ideología, en sus distintas vertientes, se ha seguido manteniendo hasta nuestros días.

Junto a la monogamia, basada en condicionamientos económicos y que sólo fue impuesta y exigida a las mujeres, era lógico que aparecieran sus dos aditamentos complementarios: el adulterio y la prostitución. Esta última se convirtió en una institución a la que gran número de mujeres, tanto libres como esclavas, se vieron abocadas como única forma de subsistencia. Fue, precisamente, sobre la base de la prostitución, de donde salieron las únicas mujeres que llegaron a destacar en la política y la cultura de aquella época. Eso sucedió, por ejemplo, con las hetairas griegas, quienes lograron adquirir una independencia -que no pasó de ser muy relativa, puesto que no realizaban un trabajo productivo y tenían que depender de la venta de su cuerpo a un hombre-. Pero el solo hecho -dice Engels- de que para convertirse en mujer fuese preciso antes hacerse hetaira, es la condenación más severa de la familia ateniense (6).

A medida que se iniciaba la decadencia de los Estados esclavistas -griego y romano-, la degeneración de las costumbres, la extensión de todo tipo de vicios y lacras... se apoderaron de la vida pública y privada. Muchas mujeres romanas, para escapar de la situación opresiva y degradante que vivían en sus familias, se inscribieron en los templos como prostitutas; mientras, otros miles de mujeres, arrancadas del hogar, alejadas de sus padres e hijos y llevadas a Italia por los conquistadores en calidad de esclavas, sentían del modo más profundo la miseria y ansiaban algo que las redimiera de sus desdichas.

Así, no es de extrañar el hecho de que, entre la masa de esclavas y en buena parte de las mujeres romanas que se sentían asqueadas, prendiera con fuerza la doctrina del cristianismo, una nueva religión que predicaba la redención y la liberación del cenagal en que se desarrollaba la vida durante el esclavismo. Las mujeres tomaron parte muy activa en la propagación de la nueva doctrina; sin embargo, la Iglesia recompensó mal su fervor, puesto que el cristianismo, desde sus inicios, ha considerado a la mujer como sierva del hombre, colocándola a la altura de los animales domésticos, la tierra, etc.

La crisis del modo de producción esclavista trajo consecuencias importantes para la situación de la mujer. El hecho de que fueran los pueblos germanos, galos y eslavos, que se encontraban en el estadio superior de la barbarie, los únicos que tuvieran la vitalidad suficiente para acabar con la exhausta sociedad esclavista, influyó en un mejoramiento de la vida de las mujeres. Entre las comunidades germanas que irrumpieron en la vida del decadente imperio romano, la posesión de los bienes era fundamentalmente comunal y, en ellas, regía todavía el matrimonio sindiásmico, por lo que la mujer gozaba de mayor consideración que en las sociedades esclavistas. Y, si bien los germanos asimilaron la cultura, el régimen de propiedad privada y la monogamia de los romanos, de la mezcla de ambas costumbres resultó un matrimonio algo más dulce que el anterior.

1.3 La mujer en el feudalismo

De entre las ruinas del Estado esclavista, fue surgiendo el Estado feudal; los campesinos, antes libres, cayeron bajo la dependencia de los señores feudales que se apoderaron de sus tierras, extendiéndose el vasallaje y la servidumbre de la gleba.

En el feudalismo, la mayor parte de la producción era creada por la explotación agrícola-ganadera de carácter familiar y casi autosuficiente. La mujer dentro de esta economía tenía un papel productivo en el que encontraba un sentido, ya que el trabajo doméstico necesario para el mantenimiento de la familia estaba interrelacionado con el trabajo social, yambos eran realizados por la familia como unidad productiva.

En este tipo de economía natural, el intercambio era muy reducido; la familia era, al mismo tiempo, el centro de la reproducción de la fuerza de trabajo y de la creación del plusproducto, el cual se manifestaba en la renta en productos que el siervo pagaba al señor feudal. Este pago no se efectuaba a título personal del campesino, sino como fruto de la economía familiar en la que participaban todos sus miembros; por otro lado, el trabajo de subsistencia era consumido por el conjunto de la familia. Ambos trabajos eran del mismo tipo y, generalmente, sólo producían valores de uso.

En este contexto, la situación de la mujer campesina en el trabajo no se diferenciaba en nada de la de los campesinos; sin embargo, a nivel social su situación era más oprobiosa. El señor feudal podía destinar una mujer a un hombre y podía disponer de la mujer o la hija del siervo que se le antojara, ejerciendo sobre ella el derecho de pernada; además, en la vida doméstica, la mujer debía obediencia a su marido y estaba bajo su tutela; de este modo, tenía que servir a dos señores a la vez.

La Iglesia contribuyó en buena medida a favorecer y aumentar la situación de miseria, opresión y explotación en que vivían los campesinos y, en particular, las mujeres. Dos factores contribuyeron a ello: uno, que los abades, obispos, congregaciones, etc. eran también señores feudales y disponían de tantas tierras, vasallos y siervos como los señores laicos y, dos, la propagación de todo tipo de costumbres inmorales que acompañaban por doquier a los representantes eclesiásticos. El cristianismo había elevado a rango de virtud la paciencia, la obediencia y la resignación con el propio destino, virtudes que los siervos tenían el deber de practicar y por las cuales, según les decían, serían compensados en el otro mundo. En cuanto a la mujer, los padres de la Iglesia tuvieron que recurrir a un sinnúmero de galimatías para demostrar su supuesta inferioridad y justificar su dependencia respecto al hombre. El más célebre de sus teólogos, Tomás de Aquino, decía al respecto: La mujer es una mala hierba que crece rápidamente, es una persona imperfecta, cuyo cuerpo alcanza su desarrollo completo más rápidamente sólo porque es de menos valor y la naturaleza se ocupa menos de él. Las mujeres nacen para estar sujetas eternamente bajo el yugo de su dueño y señor, a quien la naturaleza ha destinado al señorío por la superioridad que le ha dado al hombre en todos los aspectos (7).

Esta situación, particularmente oprobiosa para la mujer, explica el hecho de su importante participación en las denominadas jaquerías, sublevaciones campesinas en la Francia de 1358; otro tanto sucedió en Inglaterra con los lolardos o en la propia Alemania, país en donde las mujeres fueron las más acérrimas defensoras de las ideas preconizadas por el líder campesino Tomás Münzer.

En esencia, éste era el modo de vida de la campesina, sierva o vasalla. Por su parte, las mujeres de los señores feudales controlaban la economía del feudo, organizaban la producción doméstica y, en ausencia del marido, recogían los impuestos y cánones de los campesinos. Pero la dama de la época feudal carecía de derechos en el seno de su propia familia. Su marido podía jugársela a los dados o encerrarla en un convento ante la simple sospecha de que le hubiera sido infiel. Así pues, en calidad de esposa del señor, tenía derecho a títulos y posesiones y, en calidad de miembro de la familia, estaba sometida al derecho paterno. En esta época, los matrimonios, entre la clase de los feudales, se realizaban exclusivamente por razones económicas e incluso políticas, prometiendo los padres a sus hijos cuando éstos eran aún niños.

Un pequeño grupo de mujeres escapó, durante la última época de la Edad Media, a la vida de miseria y humillación que padecían la mayoría de las masas femeninas de aquella época. Eran las artesanas de las florecientes ciudades o burgos, quienes gozaban de una serie de derechos, fruto de su participación activa en la producción social; podían obtener el título de maestría y regentar talleres con oficiales y aprendices. Formaban parte de la corporación gremial y, por lo tanto, tenían voz y voto en los consejos y asambleas donde se discutían los asuntos públicos y políticos de la ciudad. A la muerte del artesano, su mujer podía heredar el taller y el título de maestro. El propio artesano estaba muy interesado en mantener esta situación ya que, cuantos más miembros de la familia trabajasen en torno suyo, más productivo era su trabajo.

No obstante, no hay que sobrestimar el papel de la mujer artesana de esa época. En primer lugar, porque constituían una insignificante minoría que en nada podía alterar la situación general y, en segundo, porque su propia situación no dejó de ser pasajera. Bastó que las ciudades sufrieran el colapso producido por la llegada de miles de campesinos huidos de la servidumbre, para que la competencia eliminara a la mujer de la producción. A partir de ese momento, miles de mujeres se encontraron ante el dilema de encerrarse en un convento o de sumarse a los ejércitos de vagabundos y mendigos que poblaban caminos, bosques y ciudades y, contra los cuales, se promulgaba un decreto tras otro, a cual más duro. A medida que fue incrementándose la producción, aumentó el intercambio. El yugo feudal que pendía sobre los campesinos les impedía incrementar la producción agrícola, las barreras y los reglamentos gremiales obstaculizaban el aumento de la producción de los artesanos. Todo esto, planteó la necesidad de romper con la estructura gremial y dejar paso al taller capitalista, libre de todo tipo de restricciones. El modo de producción capitalista nacía de las mismas entrañas del sistema feudal. El desarrollo de la división social del trabajo condujo a la aparición de nuevos oficios; esto, unido al consiguiente auge del comercio, a la acumulación de capitales y la existencia de una masa de gentes desposeídas, carentes de medios de producción y cuyo único medio de subsistencia era la venta de su fuerza de trabajo, crearon las premisas necesarias para la aparición del capitalismo.

El capitalista, en un primer momento, se limitó a agrupar a un gran número de obreros en un taller. Este primer paso dio lugar a la aparición de la manufactura, en la que distintos obreros se fueron especializando, según su habilidad, en una determinada operación de trabajo, con lo que se incrementaba la productividad. Fue la manufactura, por tanto, la que preparó las condiciones necesarias para el paso a la producción mecanizada.

Durante el período manufacturero del capitalismo, el trabajo a domicilio adquirió un desarrollo muy importante, lo que ofreció a la campesina, a la sierva que huía del yugo feudal o a la artesana empobrecida, la posibilidad de participar en la producción social sin tener, por ello, que abandonar el hogar. Esta fue la razón de que miles de mujeres se convirtieran en asalariadas en el período de formación del capitalismo. Ahora bien, al contrario que en la etapa de las corporaciones gremiales, su trabajo ya no estuvo protegido; ahora se caracterizaba por las extenuantes jornadas laborales, las bajas tarifas del trabajo-hora, la explotación de los niños, etc. La manufactura amplió aún más la posibilidad de incorporación de la mujer a la industria ya que, gracias a la división del trabajo, el obrero manufacturero sólo tenía que realizar una operación simple, rutinaria, para la que no se exigía una cualificación profesional. Y así, al tiempo que se iba constituyendo la clase de los trabajadores asalariados, la mujer abordó un nuevo viraje en su historia: además de sufrir la opresión como persona y ciudadana, como miembro de la familia, comenzó a sufrir la explotación capitalista.

2. La mujer en el capitalismo

2.1 La incorporación de la mujer al trabajo

En el sistema capitalista, se despoja al trabajador de la tierra y de los instrumentos de producción, es decir, de toda posibilidad de satisfacer sus necesidades, excepto mediante la venta de su fuerza de trabajo. Este hecho provoca un cambio radical en la naturaleza del sistema de producción; se proletariza a todas las capas de pequeños productores ya todos los miembros de la familia, incluyendo mujeres y niños, produciéndose, en consecuencia, una división bien delimitada entre la reproducción de la fuerza de trabajo y la producción social. Al no disponer de la tierra ni de los instrumentos de producción antes radicados en la casa, la familia dejó de tener un papel en la producción social; por ello, el trabajo doméstico de la mujer volvió a tener un carácter meramente privado.

No obstante, en el período de acumulación de capital -y como medio de obtención de sustanciosos beneficios- , el capitalismo va a recurrir al empleo, en número importante, de la fuerza de trabajo femenina. En esta primera etapa de desarrollo capitalista, la mujer fue lanzada al mercado de trabajo antes de que la gran industria hubiera alcanzado un grado de desarrollo tal que permitiera absorber algunas de las labores domésticas que realizaba en el hogar; esto implicaba que, al volver del trabajo tenía que desempeñar sus funciones tradicionales en el hogar. Para las obreras, en una época en que las jornadas de trabajo se prolongaban por encima de las doce horas, era imposible realizar el trabajo doméstico, lo que ponía en peligro, principalmente, el desarrollo de las nuevas generaciones de trabajadores y por tanto la reposición de la futura fuerza de trabajo. Las jornadas extenuantes, la falta de cuidados en los períodos de embarazos, los trabajos perjudiciales y la imposibilidad de atender y cuidar de los hijos, generaban el aumento de las enfermedades, las malformaciones y el incremento de la mortalidad infantil.

Esta incorporación de la mujer a la producción social vino a destapar ya poner crudamente de manifiesto la contradicción existente entre el trabajo social de la mujer y las tareas domésticas que, tradicionalmente, venía desempeñando. Engels resumía así la situación: Si la mujer cumple con sus deberes en el servicio privado de la familia, queda excluida de la producción del trabajo social y no puede ganar nada y, si quiere tomar parte en la industria social y ganar por su cuenta, le es imposible cumplir con sus deberes en la familia (8).

Esta contradicción, que ponía en peligro la reposición de la fuerza de trabajo, no podía mantenerse por tiempo indefinido; por ello, en los piases de temprano desarrollo industrial, una vez concluido en sus líneas esenciales el período de acumulación originaria del capital y, sobre todo, con la imposición de la gran industria, se produjo un reflujo importante en la incorporación de la mujer a la producción social. Muchas trabajadoras fueron despedidas y hubieron de volver a sus casas para poder cumplir con su tarea de reproducción de la fuerza de trabajo en el seno de la familia. Sin embargo, a medida que el capitalismo se fue desarrollando, se produjeron una serie de cambios fundamentales que iban a permitir que, tras ese reflujo inicial, volviera a predominar la tendencia de la incorporación de la mujer al trabajo. Dos factores influyeron en este hecho: Por un lado, la industria fue absorbiendo, cada vez más, la fabricación de productos que antes realizaba la mujer en el hogar, haciendo más liviano el trabajo doméstico y dejando a ésta más tiempo libre; por otro, la familia fue necesitando una mayor entrada de dinero para obtener en el mercado esos productos que antes se fabricaban en la casa y éste sólo podía obtenerse si la mujer vendía también su fuerza de trabajo. El capitalista se aprovechaba así del tiempo libre de la mujer, adueñándose de él; sin embargo, y a diferencia del período anterior, en esta etapa la mujer va a poder conjugar la tarea de reproducción de la fuerza de trabajo con su incorporación a la producción. El capitalismo va a conseguir que se puedan combinar ambas actividades aumentando la explotación de la mujer hasta los límites de una doble jornada y otorgando un carácter subsidiario a su trabajo productivo, es decir, convirtiéndola en una parte esencial del ejército industrial de reserva, en mano de obra barata a quien se incorpora a la producción o se la devuelve al hogar dependiendo de las necesidades económicas del sistema.

A partir de esos momentos, la discriminación que ha sufrido la mujer durante siglos, se manifestará también en el trabajo social, tanto en lo que concierne a las ocupaciones como en lo que atañe a los salarios.

En general, la actividad que va a desempeñar la mujer en la producción social será la continuación de las tareas realizadas en el hogar. Así, y como norma habitual, las mujeres serán incorporadas a la industria textil y sus derivados, a la industria alimenticia y farmacéutica y al sector servicios: maestras, secretarias, telefonistas, sirvientas, etc., siendo marginadas, de forma sistemática, de todas aquellas ramas con un mayor desarrollo de las fuerzas productivas, salvo en los períodos de guerra en los que la necesidad obligará a incorporarla a la industria pesada. De esta manera, el trabajo social de la mujer no va a entrar en contradicción con la imagen femenina, históricamente condicionada por su función dentro de la economía doméstica.

Pero existe, además, otro factor que va a condicionar esta discriminación: la doble jornada de trabajo. La trabajadora, al terminar su jornada social, habrá de llevar a cabo otra, a veces igualmente larga, en la casa. Este hecho la obligará a realizar, en general, trabajos de baja intensidad laboral que le permitan reservar parte de sus energías musculares, indispensables para la realización de las tareas domésticas y la atención del conjunto de la familia, principalmente de los hijos. Esta función, realizada por la mujer en el seno de la familia, es de vital importancia para la supervivencia del sistema capitalista.

Esta división del trabajo en la producción, contribuye a consolidar los prejuicios sobre los sexos en el terreno laboral y justifica, por un lado, la desigualdad de salarios de la mujer con respecto al hombre -aun en puestos equivalentes y con una misma cualificación- y, por otro, la obligación de la obrera de seguir ocupándose del trabajo doméstico.

El beneficio que estas características del trabajo femenino reporta a los capitalistas, es enorme, ya que garantiza la perpetuación de la familia como unidad económica y, al mismo tiempo, sirve para aumentar la explotación de la clase obrera en su conjunto. Teniendo en cuenta que, según la norma tradicionalmente establecida, la tarea específica de la mujer es la doméstica y no es a ella, por tanto, a la que corresponde mantener a la familia con su salario -responsabilidad específica del hombre-, no es de extrañar la consideración de que la mujer necesita un salario menor. De esta forma, con la creciente incorporación de la mujer al trabajo, el capitalista -que antes extraía una única cuota de plusvalía del cabeza de familia-, ahora va a obtener un beneficio multiplicado, puesto que la mujer, por el mismo trabajo que el hombre, recibe un salario menor, pero imprescindible para completar la entrada necesaria de dinero a la familia; pero, ahora, el salario no se le paga íntegro al obrero, sino que se distribuye entre ambos miembros. El resultado de esta situación es que el capitalista extrae una mayor cuota de plusvalía de la familia obrera; en contraposición, los ingresos de ésta aumentan muy poco en relación a la explotación de que son objeto. Las causas de esto se deben a que lo que determina el valor de la fuerza de trabajo y, por tanto, el nivel de ingresos salariales de la misma, es el valor de las mercancías que son medios de vida necesarios para el sustento de la familia en su conjunto (9). Y, aún más, la mujer, al estar peor pagada, reduce el salario promedio de los obreros, lo que constituye una amenaza para los demás trabajadores quienes, según los intereses del momento, podrán ser sustituidos o ver caer sus salarios a un nivel todavía más bajo. De esta forma, la discriminación de la mujer en este terreno contribuye a la depreciación general de los salarios.

Por su parte, la mujer trabajadora tiene que soportar una mayor explotación en la producción social y la doble jornada, lo que la convierte en una persona doblemente explotada; por un lado, en su faceta de obrera asalariada y, por otro, como reproductora privada de la fuerza de trabajo. Habitualmente, se piensa que las labores domésticas están al margen de la producción, que son deberes naturales de la mujer hacia la familia y, por lo mismo, totalmente ajenos a la economía. Partiendo de esta concepción, se niega el valor económico de las tareas domésticas y, ello, a pesar de que en esta actividad se consumen muchas horas diarias de trabajo. El trabajo doméstico sólo se concibe como una prolongación del papel biológico de la mujer en la reproducción, a la par que se sostiene que la mujer nace con ciertos rasgos físicos e intelectuales que la destinan, por naturaleza, a cumplir ese determinado tipo de labores. Y, sin embargo, nada más alejado de la realidad. El objetivo del trabajo doméstico no es otro que la reposición de la fuerza de trabajo, es decir, del conjunto de energías físicas y mentales del trabajador, su capacidad laboral. En todo proceso productivo, ésta desempeña un papel fundamental. Con ella los hombres y mujeres laboran, y en el curso de esta actividad se consume, se desgasta y debe ser respuesta de nuevo. Diariamente las mujeres y los hombres realizan sus tareas consumiendo sus energías; deben, pues, comer, vestirse, descansar, para poder continuar produciendo al día siguiente (10). El obrero, con la venta de su fuerza de trabajo, obtiene un salario, pero él y su familia no se sustentan sólo con lo que pueden comprar con dicho salario, sino que es preciso invertir muchas horas en el trabajo doméstico, es decir, en las labores de subsistencia, tarea que, como norma, realiza la mujer.

En el capitalismo, el trabajo doméstico está totalmente deslindado del trabajo social y se va circunscribiendo y limitando al trabajo invisible, definido socialmente como ‘femenino’, que produce los siguientes bienes y servicios: alimentos preparados, ropa en buenas condiciones, vivienda limpia y niños educados de acuerdo con las normas exigidas a la nueva generación de trabajadores (11). Es cierto que el trabajo doméstico, dado el papel que cumple en la reproducción de la fuerza de trabajo, no produce valor; ahora bien, no por ello la mujer deja de sufrir la explotación capitalista. Es cierto también que esta actividad no forma parte del modo de producción capitalista y, sin embargo, es imprescindible para el propio desarrollo del sistema; aunque los capitalistas no tienen relación directa con el trabajo de subsistencia, sí lo explotan indirectamente, ya que, gracias a todas las actividades y servicios realizados por la mujer en el hogar, se puede liberar y gastar toda la fuerza de trabajo de los hombres en el proceso productivo. De no recaer este trabajo sobre la mujer, no quedarían más que dos opciones: o reducir sensiblemente las horas de trabajo de los hombres para poder cubrir estas necesidades, o poner en marcha toda una serie de servicios sociales colectivos (guarderías, lavanderías, comedores,...) para suplir las labores domésticas y liberar a la mujer de esta pesada carga. En el primer supuesto, la plusvalía arrancada al obrero quedaría reducida sensiblemente; en el segundo, se tendrían que elevar los salarios de los trabajadores para poder costear esos servicios o el propio capitalista tendría que pagarlos de su bolsillo. En ambos casos, el resultado es el mismo: se extrae una menor plusvalía y, en consonancia, una menor cuota de ganancia.

Por otra parte, la doble explotación de la mujer trabajadora está indisolublemente ligada a la existencia de la unidad económica familiar. Este hecho pone sobre el tapete la contradicción flagrante, que existe en este sistema, entre la necesidad de utilizar la fuerza productiva femenina a nivel social y la necesidad de seguir perpetuando la familia como unidad económica y, en consecuencia, el papel de la mujer en ella. De hecho, con la incorporación de la mujer a la producción, se inicia uno de los fenómenos más importantes bajo el sistema capitalista: la crisis de la familia como unidad económica.

Hasta ese momento, la división del trabajo entre los sexos en la familia se había adaptado a todas las sociedades clasistas; la familia -y la situación de la mujer dentro de ella- seguía conservando sus rasgos esenciales a través de los distintos modos de producción. Con el capitalismo, esta situación va a variar. Las causas principales que actúan en este cambio son dos; primero, al despojar a la mayoría de la población de todo lo que no sea su propia fuerza de trabajo, se deja a la mayor parte de las familias sin su base fundamental: el patrimonio y la herencia; segundo, al incorporar a la mujer a la producción social, sale a la luz la contradicción que existe entre la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas y la necesidad del sistema capitalista de reproducir la fuerza de trabajo, de forma privada, en el seno de la familia.

Bajo el capitalismo, sólo la familia de la burguesía está basada en intereses económicos. Los matrimonios se realizan en base a los bienes que posee cada cónyuge y su objetivo es el de mejorar la posición social de ambos. Los hijos son los herederos de los bienes de la familia y se les educa para defender sus privilegios económicos y aumentar el patrimonio familiar. La familia burguesa responde, en toda su magnitud, a la función de célula económica de una sociedad basada en la propiedad privada sobre los medios de producción. Por su parte, la familia proletaria ha perdido totalmente esta base económica; el proletario, al no poseer más que su fuerza de trabajo -la cual tiene que vender para poder subsistir- , no tiene propiedad alguna que preservar o transmitir; así, la familia, concebida como unidad económica, pierde su sentido. Marx y Engels decían a este respecto: La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían a la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares... [pero] ¿En qué se funda la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; en otra parte de su obra añaden: Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletariado carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada en común con las relaciones familiares burguesas (12).

Ciertamente, y aunque en el capitalismo, la familia proletaria pierde su base económica, eso no significa que no siga funcionando como unidad económica social, ya que en ella se sigue reproduciendo, diariamente, la fuerza de trabajo de los desposeídos. El capitalista necesita que siga cumpliendo esta función económica, además de su función ideológica, como transmisora de los valores tradicionales; él nunca va a renunciar a las múltiples ganancias y al sinfín de beneficios que le reporta el trabajo doméstico de la mujer. Pero, esta perpetuación de la unidad económica familiar, que sólo beneficia a los capitalistas, entra en contradicción con los intereses de las mujeres y de toda la sociedad.

Recordemos que en las economías naturales, precapitalistas, la familia era una unidad de reproducción de fuerza de trabajo y una unidad social; en el proceso de desarrollo de tales economías, las mujeres participaban en la producción social y en la de subsistencia y autoconsumo. Ahora, ambos trabajos están completamente diferenciados. Y en la esfera del trabajo invisible -a diferencia de la producción social- no se producen cambios, transformaciones; no hay en ella evolución alguna. Su perpetuación es una constante traba para el desarrollo de las fuerzas productivas y de las propias mujeres, ya que consume improductivamente, millones de horas de trabajo realizadas por la mitad de la población e impide la incorporación activa de la mujer a todas las esferas de la vida económica, política, social y cultural del país.

Liberar, para el provecho social, todas las energías femeninas que se consumen diariamente en el alienante y embrutecedor trabajo doméstico, implica la urgente necesidad -puesta de manifiesto por el propio sistema capitalista- de acabar con la familia como unidad económica de la sociedad y que las funciones económicas que la mujer realiza en su seno sean absorbidas por toda la sociedad. Pero pensar que esto se pueda conseguir bajo el capitalismo es una pura ilusión, pues acabar con esta contradicción -al igual que con las demás contradicciones internas bajo las que se desenvuelve el modo de producción capitalista- supondría negarse a sí mismo, atacar uno de los pilares básicos sobre los que se asienta: su sacrosanta propiedad privada y la renuncia de su verdadera razón de ser: el aumento de la tasa de beneficios y el incremento, cada vez mayor, de sus ganancias. La imposibilidad que tiene este sistema para resolver tal contradicción es la causa de que, bajo el capitalismo, la familia haga aguas por sus cuatro costados y esté en franca descomposición.

A medida que se ha ido desarrollando el monopolismo y, más en concreto, a medida que se va agravando la crisis económica en que se debate el sistema, la propia crisis de la familia se ha ido agudizando en la misma proporción.

Con la crisis, las mujeres son las primeras en ser expulsadas de la producción y devueltas a la esfera del hogar. Por su parte, el aumento del paro crea una situación de miseria tal en las familias, que lleva a todos sus miembros a buscar un sustento como sea; en situaciones así, como los propios hechos demuestran, los únicos que tienen posibilidad de emplearse son las mujeres y los niños. Su incorporación a la producción se encauza hacia los trabajos marginales, que siempre proliferan en épocas de crisis, y que se caracterizan por las condiciones leoninas de sobreexplotación y por los salarios de miseria. Miles de familias subsisten gracias a estos ingresos, pero este hecho crea situaciones verdaderamente caóticas en el seno familiar; las mujeres permanecen fuera de casa todo el día, dejándose la piel en un trabajo que se realiza en condiciones infrahumanas y, mientras, los hombres permanecen todo el día en casa, realizando las tareas domésticas y cuidando de los hijos. Los papeles se invierten, pero el hombre no puede aceptar esta situación que, curiosamente, coincide con la que se produjo en los inicios del capitalismo, en el período de acumulación del capital y que Engels -refiriéndose, en concreto a la situación de la clase obrera en Inglaterra- definía así: Estas condiciones que degradan a los dos sexos, y en ellos a la humanidad, son la última consecuencia de nuestra elogiada civilización...; debemos agregar que esa total inversión de la condición de los sexos solamente puede provenir de una causa: que los sexos, desde el principio, han sido puestos falsamente frente a frente... La mujer puede ahora, como antes el hombre, cimentar su dominio, puesto que la mayoría de las veces da todo a la familia; de esto se sigue, necesariamente, que la comunidad de los miembros de la familia no es verdadera ni racional, porque un solo miembro de ella contribuye con la mayor parte. La familia de la moderna sociedad es disuelta, y en esta disolución se demuestra, justamente, que en el fondo no es el amor a la familia sino el interés privado, necesariamente conservado en la investida comunidad de bienes, el lazo que sostiene a la familia (13).

Esta situación va minando las bases del sistema pero, entre tanto, el capitalista obtiene un buen provecho de ella. El carácter subsidiario de la fuerza de trabajo femenina, permite que se la encamine hacia la economía sumergida y que se la pueda sobreexplotar de forma bestial, como no podría hacerse con la mano de obra masculina; a la par, el que la mujer forme parte esencial del ejército industrial de reserva y tenga un importante trabajo que cumplir en el hogar, permite que una parte de la mano de obra sobrante en época de crisis no plantee conflictividad alguna; por añadidura, esto permite que quede encubierta la incapacidad del capitalismo para garantizar el pleno empleo, ya que un número importante de mujeres no tienen en toda su vida otra ocupación ni otra actividad que el trabajo doméstico.

En la actualidad, en cada país capitalista, son miles las mujeres cuyo trabajo no produce valor alguno y que tampoco venden su fuerza de trabajo sino que, simplemente, por medio del matrimonio, aceptan ponerla al servicio de la familia. Son las amas de casa quienes, a cambio de su manutención y de la adquisición de un determinado status social -establecido por la posición del marido-, aceptan la obligación del cuidado de la familia, del mantenimiento del hogar y de la crianza y educación de los hijos.

Las amas de casa (por supuesto, sólo nos referimos a las que pertenecen a los sectores populares), al no estar incorporadas al proceso productivo, no sufren la doble explotación; ahora bien, su situación es todavía más oprobiosa. Su vida transcurre diariamente entre las cuatro paredes del hogar, aisladas del mundo exterior y condenadas a un trabajo alienante, embrutecedor y repetitivo; su único horizonte en la vida se circunscribe, casi exclusivamente, al ámbito de los hijos y la casa. Su situación se ve agravada, además, por la total dependencia económica del marido lo que les priva de la posibilidad de tomar la más mínima decisión en terreno alguno y les hace vulnerables al autoritarismo de sus compañeros.

De hecho, la opresión de la mujer en la familia -opresión ejercida por el hombre- viene determinada por la histórica división del trabajo entre los sexos y por la preponderancia económica que tal división ha proporcionado, a lo largo de los siglos, al hombre; y mientras el peso fundamental de la manutención de la familia siga recayendo en éste, su posición dentro de la misma seguirá siendo privilegiada. A poco que echemos una ojeada a todas las sociedades de clases, veremos que el hombre ha sido -y aún hoy sigue siéndolo- el «jefe» de la familia y, como tal, ejerce su autoridad sobre los demás miembros de la misma. La mujer, en cambio, sigue siendo la esclava del hogar. Unos y otras han sido educados para jugar estos distintos papeles. Acorde con esta educación recibida, el hombre, lejos de ayudar a su compañera en las tareas domésticas yen la educación de los hijos, consiente en verla convertida en su esclava y la obliga a cargar con todo el peso del trabajo. En consecuencia, las relaciones personales que se establecen en el ámbito de la familia son igualmente opresivas; no responden a una igualdad y colaboración mutuas, sino que vienen a ser el resultado del ejercicio de la autoridad masculina que, en numerosas ocasiones, llega a ser vejatoria y denigrante. En cuanto a la mujer, tampoco escapa a la influencia de esta ideología; la propia educación recibida la predispone a admitir, sumisamente, ese papel de segunda fila, a acomodarse en él hasta el extremo de buscar, como algo natural, la protección del hombre ya aceptar la sumisión y la dependencia como algo característico de su ser.

Es cierto también que, fruto del progreso social, la conciencia de los jóvenes ha variado algo a este respecto; no obstante, aunque más dulce: su esencia sigue siendo la misma y, a la postre, siempre acaban apareciendo los prejuicios y las lacras heredados tras siglos de imposición de la ideología patriarcal.

Además de la opresión en la familia, la mujer sufre también la opresión social, característica de todas las sociedades de clases, y cuya base económica es la explotación de una mayoría por una minoría detentadora del poder y de todos los derechos. La existencia de un sinfín de leyes y normas que legalizan la carencia de libertades y derechos de la mayoría, unido a la represión física, son las armas de que se dotan las sociedades clasistas para conservar, por tiempo indefinido, su dominación. Y si esto sucede a nivel general, para la mujer, la situación es, en muchas ocasiones, aún peor, ya que, si bien en las leyes se reconoce la igualdad de derechos para todos sin importar raza, sexo o religión, en la realidad, estos derechos suelen ser puro papel mojado, agudizando aún más la opresión que ejerce la sociedad burguesa sobre las masas femeninas. De esta manera, la mujer está sometida a una doble opresión: la opresión por parte de la sociedad burguesa y la opresión en la familia, aunque -tampoco podemos olvidarlo-, la segunda es consecuencia de la primera.

Esta es, a grandes rasgos, la situación de la mujer en el sistema capitalista. Ahora bien, también es necesario señalar otro aspecto: el progreso que las mujeres han experimentado con el desarrollo del capitalismo. La incorporación de la mujer a la producción ha supuesto, para multitud de ellas, la toma de conciencia sobre su situación y ha jugado un papel fundamental en el resquebrajamiento del baluarte ideológico sobre el que se asienta la familia tradicional y su propia opresión. La mujer trabajadora, con cierta independencia económica y con conciencia de su opresión, ya no se conforma con esta situación, puesto que la familia no le ofrece una vida satisfactoria; por ello, a la par que lucha con sus compañeros de clase contra la explotación capitalista, lucha, asimismo, por la consecución de derechos políticos y sociales y reclama unas relaciones diferentes, basadas en la igualdad y no en la opresión, que acaben con la subordinación e inferioridad que padece en el seno de la familia.

La incorporación de la mujer a la producción y la disolución de la familia como unidad económica de la sociedad son, pues, dos hechos intrínsecamente unidos e imprescindibles para el desarrollo de las fuerzas productivas y para alcanzar la emancipación de la mujer. En la lucha por la conquista de ambos, siempre se llega a un mismo punto: la lucha contra el sistema capitalista, porque, como primer paso para poder llegar a alcanzarlos, es imprescindible eliminar la propiedad privada sobre los medios de producción y la explotación del hombre por el hombre y acabar con la división del trabajo entre los sexos y con la familia tradicional que sostiene esta sociedad; sólo entonces, la mujer podrá abandonar la esfera privada para instalarse, definitivamente, en la esfera social en igualdad de condiciones y con los mismos derechos que los hombres.

Ya en su época, Marx apuntó la importancia de los cambios que se estaban operando bajo el capitalismo, como inicio de un camino que conduciría a la humanidad hacia futuras victorias. Por muy espantosa y repugnante que nos parezca la disolución de la antigua familia dentro del sistema capitalista, no es menos cierto que la gran industria, al asignar a la mujer, al joven y al niño de ambos sexos, un papel decisivo en los procesos socialmente organizados de la producción, arrancándolos con ello a la órbita doméstica, crea las nuevas bases económicas para una forma superior de familia y de relaciones entre ambos sexos [...] y no es menos evidente que la existencia de un personal obrero combinado, en el que entran individuos de ambos sexos y de las más diversas edades -aunque hoy, en su forma primitiva y brutal, en que el obrero existe para el proceso de producción y no éste para el obrero, sea fuente apestosa de corrupción y esclavitud-, bajo las condiciones que corresponden a este régimen se trocará necesariamente en fuente de progreso humano (14).

2.2 Reproducción biológica y maternidad

Al hablar de las actividades que la mujer realiza en el seno de la familia, suele confundirse, sistemáticamente, la reproducción estrictamente biológica con la reproducción privada de la fuerza de trabajo. Dicha confusión sirve de base para cimentar toda una serie de teorías, mediante las cuales se justifican la división del trabajo entre el hombre y la mujer y la propia opresión de la mujer.

Nadie puede negar el hecho de que la reproducción biológica ha ejercido su influencia a la hora de realizarse la división natural del trabajo entre los sexos en las comunidades primitivas. La mujer difícilmente podía ir a cazar en los períodos de embarazo y era lógico, por tanto, que se quedara en los asentamientos mientras el hombre se ausentaba por largas temporadas. El escaso desarrollo de las fuerzas productivas exigía esta división natural del trabajo entre los sexos; sin embargo, en modo alguno esto supuso la discriminación de la mujer, ni su alejamiento de las tareas productivas o de los trabajos pesados. En las primitivas gens, las mujeres fueron las primeras en dedicarse a la agricultura ya otra serie de tareas de vital importancia para la supervivencia de toda la comunidad. Incluso, en las mismas sociedades clasistas, sólo las mujeres de las clases explotadoras fueron reducidas a la ociosidad o al trabajo doméstico; ni las esclavas, ni las siervas o campesinas del feudalismo, estuvieron apartadas de los trabajos productivos; todas ellas eran capaces de parir, de realizar los trabajos domésticos y de participar en los trabajos agrícolas o artesanales. Bajo el capitalismo, con la incorporación de la mujer a la producción social, las trabajadoras vuelven a combinar estas tres facetas de su actividad, sin que nadie se acuerde de su inferioridad o debilidad ni de su incapacidad para realizar ciertas tareas. Sin embargo, el capitalismo ha sido capaz de extender, al mismo tiempo, entre las clases desposeídas y bajo la figura del ama de casa, el papel de la mujer como esclava del hogar para quien la producción social está vedada.

La reproducción biológica incide en la actividad económica de la mujer, dependiendo de las costumbres y, sobre todo, del desarrollo de la sociedad. Esta incidencia puede ser mucha o nula, pero, en cualquier caso, nunca justifica la opresión de la mujer ni su alejamiento de la esfera de la producción social. Por otra parte, dado el actual desarrollo de las fuerzas productivas, la mecanización del trabajo y la posibilidad de que la sociedad absorba las tareas domésticas, ya no existe razón alguna que justifique la división del trabajo entre los sexos; de ahí que su abolición sea una necesidad perentoria a la que no se opone, bajo ningún concepto, la función biológica de la mujer.

La misma confusión que existe a la hora de analizar la relación factor biológico-opresión de la mujer, nos la encontramos también a la hora de relacionar el papel biológico que la mujer cumple en la reproducción con toda una serie de tareas relacionadas con la crianza y educación de los hijos. Con mucha frecuencia, ambos aspectos se confunden, hasta el punto de convertirlos en una misma cosa. Dicha confusión es necesaria para justificar que el hombre se haya desentendido totalmente de su responsabilidad respecto a los hijos y que la tarea de su educación y cuidado haya recaído totalmente sobre la mujer. Así, nos encontramos ante una situación en que hombres y mujeres aceptan, como cosa lógica y justa, el hecho de que los hijos sean asunto de exclusiva incumbencia femenina, ya que las mujeres son las que los paren.

Esta situación se ha mantenido prácticamente invariable a lo largo de los siglos. Los hombres sólo han incidido a la hora de tomar las decisiones -pues así lo impone el derecho paterno-, lo que ha generado una concepción, plenamente vigente en nuestros días, según la cual, la maternidad no se circunscribe meramente al hecho de la gestación y la lactancia, sino que abarca la relación madre-hijo a lo largo de la existencia de ambos; relación que se ha convertido, para la mayoría de las mujeres, en el verdadero sentido de su existencia.

La mujer se convierte así, ante todo, en una madre sumisa, abnegada, sacrificada y dedicada íntegramente a los hijos y al hogar. Desde pequeñas, por todos los medios posibles, se inculca a las niñas que su único objetivo en la vida es casarse para ser ejemplares madres de familia; a su vez, esas futuras madres serán las encargadas de transmitir tal concepción a sus hijas; y, así, de generación en generación.

La mujer, por norma general, educa a sus hijos en las mismas concepciones y con las mismas ideas en que ella ha sido educada, transmitiéndoles todos los valores morales, los prejuicios y las lacras, en definitiva, toda la ideología conservadora que ella ha recibido. Este aspecto de la maternidad es sumamente importante para las clases dominantes, ya que les supone una garantía para la transmisión de su ideología a través de la familia y, más en concreto, a través de la figura de la madre.

La maternidad, así concebida, es reaccionaria y alienante para la mujer y para los propios hijos, pues las relaciones que se establecen entre ellos son egoístas y anuladoras; la madre depende por completo del hijo y, para que su vida pueda tener un sentido, necesita inculcarle un sentimiento de dependencia respecto a ella para aparecer ante él como imprescindible. De esta manera, en lugar de formar personas independientes, con iniciativa y espíritu creador, se educa a los hijos con una serie de debilidades y lacras de los que les va a ser muy difícil desprenderse y que, en cierta medida, transmitirán también a sus futuros hijos. A las mujeres se las mantiene en un estado de sumisión y dependencia ideológica muy favorable para la burguesía. Condicionadas por una represión tan refinada, se convierten en las educadoras que la burguesía necesita. No es solamente la madre quien educa al hijo como la sociedad quiere, es además la sociedad quien, por medio del hijo, educa a la madre según sus deseos. El hijo es un medio de presión destinado a encerrar a la madre en su papel de madre. Esto no quiere decir que el hijo oprima deliberadamente a la madre, él es más bien el sostén de toda clase de sueños, de deseos, de mitos que someten a la mujer a su ‘vocación de mártir’; el hijo es la continuación de la estirpe, el tributo que ella debe a su marido, la esperanza de un éxito que ella no conoce. Ella ayuda a aceptar las mezquindades y bajezas de una existencia que se detiene en el umbral de la casa, él es el sentido de su vida. Pero esta subordinación al hijo se duplica en compensaciones. Según la ideología burguesa, los deberes sagrados de la madre le dan derechos morales; todo sucede con una lógica comercial: dando, dando, dando. Sin saberlo, ella hace pagar muy caras las noches pasadas a la cabecera del hijo enfermo, pues tiene necesidad de que él no sea nada sin ella. Por eso, lo mutila, lo paraliza, lo asfixia. Para que pueda saciarse su deseo de brindarse, ella crea en el hijo una necesidad duplicada de ternura. Se autoriza a sí misma a limitar la vida de su hijo a su único amor, a su sola presencia (15).

Esta forma de entender y practicar la maternidad, entra en contradicción con los intereses de la mujer e impide su incorporación activa a todos los órdenes de la sociedad. Cuando la mujer se ve obligada a incorporarse al trabajo, éste termina siendo una carga que se suma a la realización de las tareas domésticas. De ahí que, bajo el capitalismo, la mujer nunca puede ejercer libremente su maternidad; por el contrario, se ve abocada a ella dependiendo del grado de desarrollo de la sociedad en que vive.

Así, por ejemplo, en las sociedades capitalistas desarrolladas, con una creciente incorporación de la mujer al trabajo social, ésta se ve obligada a reducir el número de hijos; hasta tal punto se da este fenómeno, que las tasas de crecimiento de la población de estos países suelen ser casi nulas, lo que llega a convertirse en un grave problema para el propio desarrollo de tales sociedades. Por lo demás, esta situación es lógica. La mujer se ve obligada a incorporarse a la producción para contribuir con su trabajo al sustento de la familia y mantenerla así acorde al nivel de vida propio de las sociedades desarrolladas; fruto de esta incorporación, la mujer alcanza una independencia económica y adquiere la posibilidad de abandonar los estrechos marcos del hogar y realizar otro tipo de actividades; esto hace que ya no se conforme con seguir siendo la «reina» del hogar. Al mismo tiempo, la sociedad, al no absorber las tareas domésticas, no le deja otra opción que la de reducir al máximo las responsabilidades que aún la atan en el hogar y, por tanto, renunciar a la posibilidad de tener hijos.

En las sociedades subdesarrolladas sucede el fenómeno contrario. El bajo desarrollo de las fuerzas productivas, la sobreexplotación, la miseria y las condiciones infrahumanas en que viven los pueblos, provocan un envejecimiento prematuro de la población, una alta tasa de mortalidad -sobre todo, entre la población infantil- y, en consecuencia, una necesidad de renovar constantemente el desgaste de la población. Ante esto, las mujeres se ven obligadas a tener numerosos hijos para paliar, en parte, el peligro de extinción de la población. Domitila Barrios, dirigente revolucionaria boliviana, señala a este respecto: El control de la natalidad no se puede aplicar en mi país. Ya somos tan poquitos los bolivianos que, limitando todavía más la natalidad, Bolivia se va a quedar sin gente y, entonces, las riquezas de nuestro país se van a quedar como regalo para los que nos quieren controlar completamente (16).

Bajo el yugo imperialista, la maternidad está hasta tal punto condicionada que, en ocasiones, tener muchos hijos es una forma de combatir los planes de exterminio de muchos de los pueblos sojuzgados. En Puerto Rico, por ejemplo, en sólo 10 años, el imperialismo ha esterilizado al 80 por ciento de las mujeres en edad de procrear; es decir, casi a la totalidad de las mujeres fértiles. El régimen racista de Sudáfrica está estudiando la puesta en marcha de un plan para la esterilización masiva de las mujeres negras; al tiempo, a las mujeres blancas se les niega la utilización de anticonceptivos para fomentar el aumento de la población blanca. En Brasil, México y otros países latinoamericanos, se han llevado a cabo campañas masivas de esterilizaciones en determinadas zonas populares. En Bangladesh, los médicos y todo el personal sanitario reciben incentivos económicos por cada esterilización practicada y, si no consiguen cubrir al menos un 70 por ciento de la cuota mensual estipulada, son despedidos de sus trabajos.

A la luz de estos datos -y otros muchos que se podrían aportar-, podemos concluir que el ejercicio de la maternidad libre y voluntaria es un espejismo, tanto para las mujeres de los países desarrollados, que se ven obligadas a renunciar al ejercicio de la maternidad, como para las de los países subdesarrollados, ya que una mujer cargada de hijos jamás podrá emanciparse, menos aún en las condiciones del sistema de explotación capitalista, al recaer sobre ella todas las tareas relacionadas con la familia.

De este modo, lo que debiera ser una cuestión social de importancia al estar relacionada con el desarrollo de la humanidad y que, como tal, debiera corresponder a toda la sociedad, al estar íntegramente relacionada con la mujer, entra en contradicción con su emancipación y con el propio desarrollo social. Por ello, la disolución de la familia tradicional y del papel que la mujer cumple en su seno aparecen, de nuevo, como una inminente necesidad para acabar con esta contradicción.

2.3 Crisis de la familia y crisis de la pareja

Al hablar de la familia patriarcal, hemos analizado la opresión que el hombre ejerce sobre la mujer, su desigualdad de derechos y cómo las relaciones de amor que surgen entre ambos están condicionadas por esas mismas relaciones de opresión establecidas. También hemos analizado cómo, con la incorporación de la mujer a la producción, ésta toma conciencia de su situación y ya no se conforma con ella; hoy día son muchas las mujeres que ya no aceptan su falta de derechos ni la relación de vasallaje que padecen en la familia.

Esta situación nos coloca ante un fenómeno que surge paralelo a la crisis de la familia y que tiene mucho que ver con la opresión de la mujer: se trata de la crisis de la pareja tradicional, crisis en la que las mujeres juegan un papel muy activo; por un lado, ya no aguantan tantas situaciones humillantes como antes y, por otro, la actual relación no les satisface en absoluto, por lo que buscan otras nuevas, completamente distintas y establecidas sobre bases diferentes. En cuanto a sus compañeros, también sufren el proceso, pues el tipo de relaciones establecidas tampoco les son plenamente satisfactorias. No obstante, entre ambos existe una diferencia: mientras la mujer impulsa el cambio, el hombre es reacio a él. Ellos parten de la posición inversa y, a la hora de entablar nuevas relaciones, son los que deben renunciar a los privilegios; hay que tener en cuenta que, mentalmente, han sido educados en la supremacía, por lo que su proceso de cambio es largo y dificultoso. Esto no significa que no haya que trabajar para que se cambie esta mentalidad, lo mismo en el hombre que en la mujer, pues tanto uno como otro, tienen la necesidad interna de ese cambio y objetivamente están interesados en él.

La mentalidad que sustenta las actuales relaciones desiguales entre el hombre y la mujer tiene una clara base económica y se afianza sobre la desigualdad económica de la mujer en la familia y sobre su total falta de derechos en todos los ámbitos de la vida. Por ello, mientras persista la actual configuración de la familia como unidad económica de la sociedad -con todo lo que ello entraña para la mujer-, mientras no sea posible la plena incorporación de la mujer a todo tipo de actividad económica, política y social, la crisis en que se debate la pareja tradicional no tendrá una salida. Por lo demás, ésta es una situación intrínsecamente ligada a la existencia de la sociedad de clases.

Para entender plenamente la crisis actual de la pareja hay que remontarse a analizar la esencia sobre la que se asienta la pareja monogámica actual. La monogamia supuso, en su día, un avance respecto a los matrimonios en grupo; la mujer estaba especialmente interesada en esta situación, pero el cambio no la benefició en absoluto, ya que acabó sirviendo para garantizar el predominio del hombre. Engels al analizar este problema dice: La monogamia se realizó esencialmente gracias a las mujeres. Cuanto más perdían las antiguas relaciones sexuales su candoroso carácter primitivo selvático a causa del desarrollo de las condiciones económicas y, por consiguiente, a causa de la descomposición del antiguo comunismo y de la densidad, cada vez mayor, de la población, más envilecedoras y opresivas debieron parecer esas relaciones a las mujeres y con mayor fuerza debieron anhelar, como liberación, el derecho a la castidad, el derecho al matrimonio temporal o definitivo con un solo hombre. Este progreso no podía salir del hombre, por la sencilla razón, sin buscar otras, de que nunca, ni aún en nuestra época, le ha pasado por las mientes la idea de renunciar a los goces del matrimonio efectivo por grupos. Sólo después de efectuado por la mujer el tránsito al matrimonio sindiásmico, es cuando los hombres pudieron introducir la monogamia estricta, por supuesto, sólo para las mujeres.

Más adelante, analizando el verdadero carácter de la monogamia, añade: La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas manos -las de un hombre- y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia a los hijos de este hombre, excluyendo a los de cualquier otro. Para eso era necesario la monogamia de la mujer, pero no la del hombre; tanto es así, que la monogamia de la primera no ha sido el menor óbice para la poligamia descarada u oculta del segundo (17).

Ahí radica el problema. La monogamia, aunque supone un avance, surge por unos motivos económicos y, por ello, lejos de garantizar el amor sexual individual, asegura el predominio del hombre y la esclavización de la mujer. Por eso, cuando los motivos económicos que sustentan a la familia de hoy desaparecen y, en consecuencia, la familia entra en crisis, con ella también entra en crisis la pareja monogámica actual, ya que la base que la sustenta ha caído igualmente.

Ahora bien, la revolución social inminente, transformando por lo menos la inmensa mayoría de las riquezas duraderas hereditarias -los medios de producción- en propiedad social, reducirá al mínimo todas esas preocupaciones de transmisión hereditaria. Y ahora cabe hacer esta pregunta: habiendo nacido de causas económicas la monogamia, ¿desaparecerá cuando desaparezcan esas causas? Podría responderse no sin fundamento: lejos de desaparecer, más bien se realizará plenamente a partir de ese momento... [en vez de decaer] la monogamia llegará por fin a ser una realidad, hasta para los hombres (18).

De nuevo, Engels pone el dedo en la llaga; de nuevo nos sitúa en la única perspectiva de solución para el problema de la pareja: poner fin a la propiedad privada sobre los medios de producción ya la explotación de unos hombres por otros, como única manera de que la familia deje de ser una célula económica y se convierta en una comunidad de personas unidas por lazos sentimentales y en total libertad; sólo así, empezará a ser realidad la emancipación de la mujer y, con ello, las relaciones entre hombres y mujeres se establecerán en base a otros principios. Por eso, cuando lleguen a desaparecer las consideraciones económicas, en virtud de las cuales las mujeres han tenido que aceptar esta infidelidad habitual de los hombres -la preocupación por su propia existencia y más aún por el porvenir de los hijos-, la igualdad alcanzada por la mujer, a juzgar por toda nuestra experiencia anterior, influirá mucho más en el sentido de hacer monógamos a los hombres que en el de hacer poliandras a las mujeres. Así, pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización de las relaciones sexuales después de la inminente supresión de la producción capitalista es, más que nada, de un orden negativo y queda limitado, principalmente, a lo que debe desaparecer. Pero, ¿qué sobrevendrá? Esto se verá cuando haya crecido una nueva generación (19). Efectivamente, sólo esa generación de hombres y mujeres nuevos, libres de cualquier tipo de condicionamientos económicos en sus relaciones y educados fuera de la nefasta influencia de la ideología patriarcal y burguesa, podrán establecer un nuevo tipo de relaciones entre la pareja, volviendo completamente del revés todas las concepciones y valores morales establecidos en nuestros días. Y entonces cuando esas generaciones aparezcan, enviarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer. Se dictarán a sí mismas su propia conducta y, en consonancia, crearán una opinión pública para juzgar la conducta de cada uno (20).

2.4 Principios ideológicos que perpetúan la opresión

En la historia de la sociedad de clases, siempre se ha apartado a la mujer de la esfera de la producción social, se la ha confinado en el hogar con la tarea de reproducir la fuerza de trabajo y se la ha privado de todos sus derechos. Para justificar esta situación, en este largo proceso, se ha ido creando toda una serie de concepciones tendentes a justificar su opresión ya ocultar, por todos los medios, la realidad de que esta opresión no es sino el fruto de la división social del trabajo y de la aparición de la propiedad privada.

Desde la sociedad esclavista hasta nuestros días, los filósofos, pensadores y hombres de relevancia política, han elaborado toda una serie de teorías que tienen como fin, presentar la situación de la mujer como algo natural. Así, por ejemplo, el Aristóteles de la sociedad esclavista afirmaba: Es una ley natural que existen elementos naturalmente dominantes y elementos naturalmente dominados [...] el gobierno del hombre libre sobre el esclavo es un tipo de dominio; el del hombre sobre la mujer, otro. Por su parte, el Rousseau de la Ilustración ilustraba a los ciudadanos y ciudadanas de su época con sentencias de este estilo: Toda la educación de la mujer debe referirse al hombre. Complacerlo, serle útil, hacerse amar y honrar por él, educarlo cuando joven, cuidarlo cuando adulto, aconsejarlo, consolarlo y hacerle la vida dulce y agradable. Estos son los deberes de las mujeres en todo momento y lo que debe caracterizarlas desde su más tierna infancia. Tomás de Aquino o San Agustín no merecen tampoco ser olvidados en este pequeño recorrido; para ellos, las mujeres eran seres imperfectos e inferiores por naturaleza, mientras que para el célebre Napoleón Bonaparte, la naturaleza quiso que las mujeres fuesen nuestras esclavas [...] son nuestra propiedad [...] nos pertenecen tal como un árbol que pare frutos pertenece al granjero [...] la mujer no es más que una máquina para producir hijos (21).

Con el desarrollo del capitalismo, los ideólogos burgueses también han dado a luz todo tipo de teorías pseudocientíficas para demostrar, al igual que sus antecesores, la supuesta inferioridad biológica de las mujeres. Es cierto que entre el hombre y la mujer hay diferencias biológicas obvias; no obstante, sobre las mismas se ha erigido, en el curso de la historia, una vasta superestructura cultural por la cual se fomenta el desarrollo, en la mujer y en el hombre, no sólo de tipos físicos sino de rasgos de temperamento, carácter, inclinaciones, gustos y talentos que se suponen biológicamente inherentes a cada sexo. Se consideran como características sexuales secundarias, inamovibles, fatales y ahistóricas (22). Así, se hizo a la mujer responsable de la continuidad de la especie, pasando «por alto» la coparticipación del hombre. Y, paralelamente, surgió la creencia de la incapacidad de la mujer para realizar las tareas pesadas, peligrosas o de responsabilidad.

De esta forma, se han creado dos formas de caracteres y comportamientos sociales radicalmente opuestas dependiendo del sexo, consolidadas y apuntaladas por la moral, la legislación y la cultura y que, en realidad, son sólo fruto de la división del trabajo.

Mientras que, para la mujer, lo determinante es la maternidad y todas las actividades relacionadas con el hogar, para el hombre lo principal es el trabajo productivo y las actividades sociales. Estos cánones de conducta, conservados y profundamente arraigados a través de los siglos, determinan de antemano la distinta educación y destino del futuro ser, según nazca varón o hembra. A la niña, por ejemplo, se le impide realizar juegos violentos y, con ello, se perjudica su necesario desarrollo físico y la formación completa de su carácter. Se le reprime y, con mucha frecuencia, hasta se le prohíbe, toda curiosidad por los instrumentos de trabajo e, incluso, se llega a crear en ella el temor a la investigación y al mundo exterior a la familia; en los juegos, se la limita casi exclusivamente al ámbito del hogar: la muñeca, el juego de cocina con sus cacerolitas y platitos, los costureros con sus agujas y sus hilos... son, entre otros, los regalos más acostumbrados para una niña; en cambio, nunca se le regalan camiones, juegos de carpintería o pistolas. Unido a todo esto, se le va inculcando la idea de que es un objeto decorativo, bonito, femenino...; así se le crea la conciencia de que ha nacido para agradar por el sexo. Este hecho tiene una gran importancia ya que, a través de él, poco a poco, se va enfocando a la niña hacia su futuro papel en la sociedad, desviando sus fuerzas creativas hacia la reproducción de la especie y las labores domésticas.

Por su parte, la poesía, la novela, la música, los medios de comunicación de masas, las costumbres y hábitos..., es decir, la cultura, proseguirán esta obra y, así, al llegar a la edad adulta, la mujer se habrá convertido, objetivamente hablando, en un ser atrofiado. Eso es, justamente, lo que se requiere de ella: que sea mansa, pasiva, abnegada y con un miedo patológico a la independencia. Así se crean las cadenas que la definen como tradicionalmente conservadora e insegura. Y, por este mismo motivo, cuando la mujer se atreve a romper estas cadenas e inicia la lucha por su emancipación, inevitablemente tiene que superar muchos más obstáculos que el hombre y romper con muchas más lacras y prejuicios que éste para evitar su tendencia a buscar la protección y la aprobación de un hombre o para sacudirse la secular inseguridad que la acompaña, a causa de la carga reaccionaria que ha recibido en su formación como persona. En contraposición, al hombre se le educa para todo lo contrario; de hecho, va a tener que ser el futuro trabajador. En consonancia con este papel, en él se estimula al máximo el desarrollo de la fuerza física, de la inteligencia, de la audacia... características todas ellas, falsamente asociadas al concepto de «virilidad».

Por otra parte, a la mujer también se la bombardea con una amplia profusión de ideas cuyo objetivo no es otro que hacerla sentir como un objeto de apropiación masculina; en base a esto, su verdadero valor -socialmente reconocido- se encuentra en su sexo. Por ello, la mujer debe convertirse en un permanente foco de atracción social y utilizar «sus armas» -encanto, belleza, femineidad, etc.- para promocionarse socialmente.

Pero los cánones de belleza que rigen en el mercado sexual están muy lejos de ajustarse a las condiciones de las mujeres trabajadoras; estos son atributo, único y exclusivo, de las clases poseedoras y tienen como meta infiltrar en las conciencias de las clases explotadas los valores estéticos y morales de la clase dominante (23). ¿Cuál es si no el prototipo de mujer ideal propuesta por los medios de comunicación, por la literatura y por las canciones de la sociedad burguesa? ¿A qué intereses responde ese prototipo de mujer de piel suave, miembros esbeltos y gestos dulces, sin atisbo alguno de desarrollo muscular? Sin duda, es el prototipo de mujer de la clase dominante, un prototipo en el que se rechaza todo desarrollo físico alcanzado por la realización de tareas productivas o de deporte; un prototipo que no admite presencia muscular alguna, ni las manos anchas y fuertes de trabajadora, ni la frente contraída por el estudio. Tales atributos están ciertamente reñidos con la necesidad de esa mujer a quien, desde su más tierna infancia, hay que preparar para la competencia sexual. De esta forma, las mujeres se convierten en atractivas mercancías.

Por último, hay otro aspecto a señalar: la unión entre los dos ideales de mujer -la mujer bella, a la moda y la buena ama de casa, firmemente anclada en la cocina-. Para poder compaginar ambas facetas, la mujer se ve abocada, firmemente y de lleno, al consumismo: la moda, la cosmética, los electrodomésticos... Y aun en el caso de que no pueda adquirir estos objetos de consumo, no por ello está menos libre de la influencia de los medios de comunicación masivos; en este sentido, no podemos olvidar que se la conforma para comprar y no para producir. Este hecho crea una conciencia social femenina por la que se obliga a las mujeres a consumir objetos totalmente innecesarios, que abarcan una amplia y variopinta gama: las pestañas postizas, las pelucas, las joyas, las medias de seda, los electrodomésticos de todo tipo... y los bienes ideológico-culturales como revistas femeninas, películas, etc., que la encadenan a una psicología típicamente femenina, lo que constituye la mejor garantía para que ésta no escape al papel que tiene encomendado en la sociedad y en la familia.

La división de tipologías masculina y femenina, radicalmente opuestas, se manifiesta, asimismo, en la existencia de una doble moral -en la que el hombre tiene el papel represivo- que garantiza su opresión sobre la mujer en las relaciones cotidianas. Según esta doble moral, se incentiva en él todo lo que se reprime bestialmente en ella. Así, mientras a ésta se le exige fidelidad absoluta, en aquél se valora su grado de «virilidad» por el número de conquistas que haya realizado. La moral y la cultura patriarcales actúan como guardianes en una doble vertiente: para cuidar que la mujer no se desmande y abandone su papel y para evitar la toma de conciencia por parte del hombre.

En definitiva. La ideología patriarcal que ha enfrentado radicalmente los sexos, creando cánones totalmente opuestos de conductas sociales para cada uno, tiene como fin el garantizar una mano de obra semiesclava para la reposición privada de la fuerza de trabajo y, por supuesto, no tiene base científica ni biológica alguna en que apoyarse. Es una ideología que sólo beneficia a las clases dominantes y que intenta confundir al pueblo para impedirle tomar plena conciencia de la capacidad creadora de la mujer; una capacidad creadora tal que, si fuera masivamente volcada en la producción social y en las demás esferas de la vida, provocaría un fabuloso salto adelante. Esta ideología justifica también la deformación y la sobreexplotación de la mujer en la sociedad de clases y actúa de freno en mujeres y hombres para intentar evitar la toma de conciencia y la unión de ambos sexos en la lucha conjunta contra la sociedad de clases.

3. Dos concepciones en torno a la emancipación de la mujer

3.1 La cuestión femenina

El sistema capitalista, a medida que ha ido avanzando, ha hecho añicos la antigua economía familiar en la que la mujer tenía una actividad productiva que le proporcionaba el sustento y daba sentido a su vida. Por ello, mientras subsistió este tipo de economía natural, la mujer no era consciente de su falta de derechos, de la discriminación que sufría en la sociedad y en la familia. Pero el nuevo modo de producción impuso a miles de mujeres la necesidad de buscar un sustento fuera de la economía natural y, así, tuvieron que dirigir sus pasos hacia la producción social.

Al empujar a la mujer a la producción industrial, el capitalismo crea las condiciones necesarias para que ésta tome conciencia de su situación y luche por su emancipación. Su trabajo, despreciado hasta entonces, pasa de nuevo a ser imprescindible para la sociedad y la mujer empieza a comprender la contradicción que existe entre su participación como fuerza de trabajo socialmente útil y su carencia absoluta de derechos en el orden político, social y, por supuesto, familiar, donde el marido ha dejado de ser ya el único sustento de la familia. Dicha contradicción va a ser el origen de la toma de conciencia que hará surgir un fenómeno completamente nuevo, la «cuestión femenina» y el consiguiente nacimiento de un movimiento de mujeres que, desde un principio, tomó dos direcciones: mientras que las mujeres de la burguesía formaron organizaciones feministas, las trabajadoras se fueron incorporando a las organizaciones obreras. Es necesario añadir que, al ser un producto exclusivo del modo de producción capitalista, no existe una cuestión femenina en la clase campesina [...] En cambio, podemos encontrar una cuestión femenina en el seno de aquellas clases de la sociedad que son las criaturas directas del modo de producción moderno. Por tanto, la cuestión femenina se plantea para las mujeres del proletariado, de la pequeña y media burguesía, de los estratos intelectuales y de la gran burguesía; además presenta distintas características según la situación de clase de estos grupos (24). Como se desprende de estas palabras de Clara Zetkin, la cuestión femenina está íntimamente ligada a las clases; tanto es así que, desde el primer momento, los movimientos de mujeres que surgen van a tener unas características, unos planteamientos y unas reivindicaciones propias, dependiendo de la posición de clase desde la que sean planteados.

Así tenemos que, para las mujeres de la alta burguesía, la cuestión femenina tenía un objetivo claro: disponer autónoma y libremente de su patrimonio. Como mujeres, seguían dependiendo de sus maridos y, aunque participaban del patrimonio, no podían disponer de él. La lucha se debatía, en consecuencia, contra los hombres de su propia clase. Clara Zetkin señalaba a este respecto: Mientras el capitalismo exista, el derecho de la mujer a disponer libremente de su patrimonio y de su persona, representa el último estadio de emancipación de la propiedad (25).

Para la pequeña y media burguesía, el problema se planteaba en el terreno del derecho al voto, el derecho a la instrucción ya poder ejercer cualquier profesión sin discriminación alguna. La mujer de las clases medias debe conquistar, ante todo, la igualdad económica con el hombre y sólo lo puede conseguir mediante dos reivindicaciones: la de igualdad de derechos en la formación profesional y la de igualdad de derechos para los dos sexos en la práctica profesional. Desde un punto de vista económico, esto significa la consecución de la libertad de profesión y la concurrencia entre hombre y mujer. La consecución de estas reivindicaciones desencadena un contraste de intereses entre los hombres y las mujeres de la media burguesía y de la intelligentsia. La concurrencia de las mujeres en las profesiones liberales es la causa de la resistencia de los hombres frente a las reivindicaciones de las feministas burguesas. Se trata del simple temor a la concurrencia; sea cual sea el motivo que se hace valer contra el trabajo intelectual de las mujeres: un cerebro menos eficiente, la profesión natural de madre, etc., sólo se trata de pretextos. Esta lucha concurrencial impulsa a la mujer, que perterlece a estos estratos, a la consecución de los derechos políticos, con el fin de romper todas las barreras que obstaculizan su actividad económica (26).

Hay que tener en cuenta un hecho; a medida que el capitalismo ha ido desarrollándose, el nivel de vida de estas clases ha ido descendiendo, lo que ha hecho cada vez más difícil a los hombres mantener ellos solos a toda la familia. Esto ha empujado a las mujeres de las familias más desfavorecidas a buscar un trabajo; para otras, no ha sido tan sólo la situación económica, sino que para ellas el trabajo era la única forma posible de desarrollar su propia personalidad. Así, pues, el problema se planteaba en la lucha contra los hombres de su propia clase por eliminar la discriminación que sufría en todos los terrenos: económico, social, político y familiar.

Para la mujer proletaria, por el contrario, su emancipación está inmersa en la lucha contra el sistema capitalista y al lado de sus compañeros de clase. Para las trabajadoras, el origen de la cuestión femenina parte de la necesidad que el sistema capitalista tiene de su fuerza de trabajo barata, para lo que ha roto las barreras de las diferencias de sexos y ha equiparado, en sus resultados productivos, la fuerza de trabajo femenina y masculina. Los capitalistas se han aprovechado de esta fuerza de trabajo mucho más barata y con un grado de organización y de experiencia de lucha mucho menor, para someterla a unas condiciones de trabajo leoninas. La obrera, con su incorporación a la producción, consigue la independencia económica y ya no tiene que depender del padre o del marido; sin embargo, no por ello mejora su situación; por el contrario, se hace aún más desesperada.

La lucha de la mujer trabajadora nunca se ha circunscrito a conseguir tal o cual reforma dentro del sistema capitalista; esto no quiere decir que, en ocasiones, no haya apoyado ciertas reivindicaciones del movimiento feminista, pero sólo como un instrumento para alcanzar su verdadero objetivo: la revolución socialista. La liberación de la mujer siempre ha estado ligada a la liberación de la clase obrera. Y, si en los inicios del movimiento femenino, la lucha de la mujer, al igual que la del resto de los trabajadores, se planteaba frenar la explotación capitalista y, en concreto, como mujeres, evitar que se pusiera en peligro su condición específica de madre, esta lucha siempre ha estado enmarcada en la lucha general por la revolución socialista, ya que las trabajadoras son muy conscientes de que nunca podrán alcanzar la igualdad y la plena participación en todos los aspectos de la vida mientras exista una sociedad dividida en clases, que presuponga la explotación del hombre por el hombre y la desigualdad para la mayoría en todos los terrenos.

3.2 Orígenes y desarrollo del Movimiento Femenino

Desde las posiciones burguesas, la cuestión femenina siempre se ha tratado de presentar como interclasista y aglutinadora de todas las mujeres en torno a unas reivindicaciones comunes; de este modo, se han querido velar las diferencias de clase, pero éstas siempre han estado presentes y, ya desde sus inicios, se puede constatar la diferencia de intereses y planteamientos, atendiendo a su distinta posición de clase.

La cuestión femenina no fue planteada abiertamente y con una clarificación de objetivos hasta mediados del siglo pasado; sin embargo, tuvo sus inicios en la época de las revoluciones burguesas, particularmente en Francia, cuya economía era, por aquel entonces, fundamentalmente manufacturera.

Para el feminismo burgués, la cuestión femenina surge gracias a las ideas aportadas por algunos ilustres filósofos del siglo XVIII y por la acción de unas cuantas mujeres decididas, que sacaron a la palestra la falta de derechos de la mujer. Pero esta apreciación es completamente falsa. Esas decididas mujeres no hubieran podido plantear nunca la cuestión femenina si las mujeres del pueblo, en un número importante, no se hubieran incorporado a la producción social y si la sociedad no hubiera reconocido como necesaria su fuerza de trabajo. La Revolución Inglesa, la lucha de Norteamérica por su independencia y la Revolución Francesa demostraron que fue la incorporación de la mujer a la producción social lo que abrió el camino e hizo posible la lucha por la igualdad de derechos, y no a la inversa como se nos ha querido hacer creer.

En la Revolución Francesa, las mujeres del pueblo exigían el libre acceso a todas las profesiones y oficios. ¡Libertad de trabajo! era la consigna que las unía a sus compañeros de clase, empeñados en acabar con los cotos y barreras del régimen feudal. Estas reivindicaciones -que no eran únicamente femeninas, sino propias de los intereses del conjunto del incipiente proletariado francés- debían permitir a decenas de miles de mujeres, que padecían miseria y hambre, escapar de la pobreza y de la prostitución. La participación de las mujeres de los arrabales de París en la Revolución está reconocida por todos los historiadores, sobre todo por los más reaccionarios, quienes no dudan en presentarlas como salvajes, sanguinarias, etc. Por su parte, las feministas no conceden importancia alguna a aquella primera confrontación revolucionaria de las mujeres trabajadoras. A este respecto, Victoria Sau dice: Las mujeres, en su mayoría, toman parte en la revolución para defender los derechos de sus maridos, de sus hijos y de sus padres y hermanos, pero tan inmersas se hallan en el contexto de su no valencia que no reclaman lo que como individuo les pertenece. ¡Tan extasiadas están en el culto a lo masculino!... Algunas mujeres de la burguesía, más cultas que las del pueblo, quienes no ven mas que por los derechos de sus hombres, fundan clubs políticos, periódicos (27). Para demostrar esto, menciona únicamente a algunas destacadas mujeres burguesas -la mayoría pertenecientes a la reacción girondina- y olvida, por completo, que las mujeres trabajadoras de París participaron con las armas en la mano en la toma de La Bastilla y que, en una impresionante manifestación, encabezada por Rose Lacombe, se dirigieron a Versalles y obligaron a los reyes a regresar a París. Y olvida que, también entre las propias mujeres trabajadoras, surgieron destacadas figuras que conservan un lugar de honor en la historia. Una de ellas, fue la mencionada Rose Lacombe que, junto a la lavandera Pauline Leonie, fundaron un club de mujeres revolucionarias que, con los jacobinos, encabezaron la lucha contra la reacción girondina. Rose Lacombe incitaba a las mujeres a que no exigieran derechos especiales, sino que defendieran sus intereses en calidad de miembros de la clase obrera y, como tales, las obreras a domicilio asistían a las sesiones de la Asamblea Nacional sin dejar, por ello, de calcetar.

Mientras tanto, desde las posiciones burguesas, en la Revolución Francesa se planteaba la reivindicación de la igualdad política, lo que no era una cuestión candente, en esos momentos, para la mujer trabajadora. Así, mientras el movimiento feminista burgués se desarrolló a partir de la consigna Igualdad de derechos, la primera consigna de las obreras fue «Derecho al trabajo», ya que intuían que esta reivindicación y la supresión de las trabas feudales sentarían las bases para la futura conquista de otros derechos.

A mediados del siglo XIX, podemos decir que ya se habían configurado, en la mayoría de los países capitalistas, las organizaciones feministas; su lucha se circunscribía, fundamentalmente, a lograr la igualdad de la mujer respecto al hombre, por el derecho al voto, por el derecho a la instrucción, etc. No obstante, a pesar de lo justo de estas reivindicaciones, el hecho de que intentaran trasladar la lucha por sus derechos al terreno de la lucha entre los sexos las llevó, a menudo, a un callejón sin salida. En 1848, por ejemplo, se celebró una asamblea de mujeres burguesas en Seneca Falls (New York); a pesar de que el tono de su declaración era muy enérgico, ni una sola vez se aludía al régimen social existente y se presentaba al hombre como el tirano, el ser omnipotente y autoritario, causante de todas las injusticias y opresiones que sufren las mujeres -La historia de la humanidad es la historia de reiterados prejuicios y usurpaciones por parte del hombre en perjuicio de la mujer (28), decían en su declaración-. Esto nos ofrece una pequeña muestra de la errónea concepción del mundo y de la historia que, desde entonces, acompañaría a las elaboraciones teóricas de las organizaciones feministas.

Empeñadas en demostrar que la mujer era totalmente igual al hombre -partían de que el reconocimiento de los derechos de la mujer dependía de ello-, cayeron a menudo en disparatadas afirmaciones. Cuando las organizaciones feministas del siglo pasado se enteraron que, en algunos puertos había mujeres trabajando como descargadoras, se regocijaron por ello y escribieron: Una nueva victoria a añadir en la cuenta de la lucha por la igualdad de los derechos de la mujer. Mujeres descargadoras del puerto transportan junto a sus colegas masculinos cargas que pesan hasta 200 kilos (29). En vez de denunciar la criminal explotación de que era objeto la mujer, sobre todo en la época del desarrollo del capitalismo y cuando todavía el movimiento obrero era muy débil para defenderse, tomaban como victoria lo que no era más que un escalón en la historia de la explotación de la clase obrera. Se olvidaron de la especificidad de la mujer; sólo consideraban su derecho a participar, en pie de igualdad, en la vida política, social y laboral, pero no tenían en cuenta el derecho a que se reconociera y protegiera su calidad de madre y más aún en unos momentos en que, por la brutal sobreexplotación a que eran sometidas y por la imposibilidad de cuidar a sus hijos, el futuro desarrollo de las generaciones de trabajadores estaba en peligro.

En cambio, las trabajadoras no podían olvidar esa realidad, como tampoco podían confundirse respecto al origen de todos sus padecimientos; de ahí que, paralelamente, se vaya configurando un movimiento de mujeres en torno a las organizaciones obreras; aunque hay que tener en cuenta que, en los inicios del movimiento obrero, cuando aún la clase obrera no se había configurado como clase con unos objetivos claros, la mujer trabajadora se encontró con la incomprensión de los mismos trabajadores. Así, por ejemplo, en numerosas ramas de la industria les fue prohibida la entrada por sus propios compañeros, se pedía su expulsión del trabajo y su retorno a la casa. El problema era enfocado de forma unilateral; sólo se veían las consecuencias realmente trágicas que acarreaba esta incorporación para la clase obrera en su conjunto: despido de la fuerza de trabajo masculino, descenso de los salarios en las ramas donde estaban empleadas mayoritaria mente las mujeres, consecuencias destructivas para la familia y la constitución física de las mujeres...

Los primeros que plantearon la necesidad de incorporar a las mujeres trabajadoras a la lucha por la emancipación de la clase obrera fueron los socialistas utópicos, entre los que destaca Flora Tristán; esta mujer se negó, de manera consecuente, a participar en el movimiento feminista burgués porque juzgaba que la cuestión de las mujeres era un asunto mucho más vasto y complejo y que no se iba a resolver, simplemente, con su acceso a la universidad y a las urnas.

Ahora bien, será con la aparición del socialismo científico cuando se analice, por vez primera, la cuestión de la mujer científicamente, lo mismo en el aspecto de la familia y el matrimonio como en el trabajo. Marx y Engels desarrollarán este tema en varias de sus obras, poniendo al descubierto la brutal explotación y las destructivas consecuencias que trae aparejado el trabajo industrial de la mujer para las propias mujeres y para la clase obrera en su conjunto; sin embargo, no se limitaron únicamente a denunciar sus manifestaciones -producto de la utilización que el capitalismo hace de la incorporación de la mujer al trabajo y no, como erróneamente se veía hasta entonces, del mero hecho de esta incorporación-, también y, principalmente, señalaron el alcance revolucionario que representa la inserción de las mujeres en la producción moderna; en primer lugar, porque la convierte en compañera de lucha del proletario por una sociedad nueva y, en segundo, por la superación y destrucción de formas de vida y concepciones atrasadas y por la construcción de formas y concepciones propias de una nueva y superior estructura social.

La influencia de las ideas marxistas entre los obreros afiliados a la I Internacional y la profunda y amplia propagación del Manifiesto Comunista sirvieron para que el movimiento obrero situara el trabajo de la mujer desde el punto de vista de su situación de clase; de esta forma, los recelos que existían en un principio hacia el trabajo femenino, desaparecieron y las reivindicaciones de la mujer trabajadora fueron asumidas. Las teorías bakuninistas y proudhonianas, que se oponían al trabajo de la mujer, fueron arrinconadas (Proudhon sostenía que las mujeres o eran amas de casa o rameras).

Muy pronto, en casi todas las secciones de la Internacional, se reivindicó el derecho de la mujer a ocupar un puesto en la producción industrial y, sobre todo, se luchó para que su trabajo fuera protegido y se prohibiese en aquellos lugares en que la toxicidad o la peligrosidad pudieran causar efectos perniciosos para su salud o la de sus hijos. Dos años más tarde de la publicación del Manifiesto Comunista (1848), las reivindicaciones de las obreras de la mayor parte de los países capitalistas podían resumirse así:

1) Acceso a los sindicatos en las mismas condiciones que sus compañeros
2) A trabajo igual, salario igual
3) Protección del trabajo femenino
4) Protección general de la maternidad.

Cuando en 1.869, ocho mil hilanderas de Lyón, afiliadas a la Internacional, se declararon en huelga, recibieron el apoyo y la solidaridad de sus compañeros de clase en Francia y otros países, gracias a lo cual y su propia firmeza lograron imponer sus reivindicaciones. La chispa de la revolución había prendido en buena parte del proletariado francés que, dos años más tarde, proclamó la Comuna y llevó a cabo el primer intento de toma del poder.

Durante los dos meses de existencia de la Comuna, las obreras y trabajadoras de París defendieron con las armas en la mano, día a día y palmo a palmo, las conquistas de su clase. Cuando el ejército de la burguesía fue lanzado desde Versalles contra los insurrectos, las mujeres construyeron barricadas que defendieron con su vida. La represión que se cernió sobre el pueblo parisino por haber osado levantar la cabeza costó más de 100.000 muertos. Miles de hombres y mujeres fueron fusilados o enviados a la muerte en los campos de trabajos forzados de las islas del Pacífico. Entre los deportados se encontraba una de las insignes figuras de la Comuna: Louise Michel.

La enconada lucha de clases surgida en Francia supuso que, en este país, el movimiento feminista quedara postergado. Será en EEUU, Inglaterra y otros países capitalistas donde, por esa misma época, se organicen las mujeres de la pequeña y media burguesía bajo la consigna del derecho al voto, del derecho a elegir y ser elegida. La lucha, por ejemplo, de las sufragistas inglesas llevó a la cárcel y al exilio a muchas de ellas y adquirió, en algunos momentos, tintes realmente violentos.

A fines de siglo XIX, también las trabajadoras, alentadas por las mujeres socialistas, luchaban por la consecución del sufragio universal. Esta reivindicación adquirió importancia sólo en el momento en que la táctica del proletariado consistía en utilizar las instituciones burguesas contra las instituciones mismas. Para nosotras socialistas -escribía Clara Zetkin-, el derecho al voto de la mujer no puede ser el ‘objetivo final’, a diferencia de la mujer burguesa, pero consideramos la conquista de este derecho como una etapa importante en el camino que lleva hasta nuestro objetivo final, y que permitirá entrar en la lucha con las mismas armas al lado del proletariado (30).

El estallido de la I Guerra Mundial supuso un giro en la actividad y la orientación de la lucha de las mujeres; de nuevo se advierte la diferencia de posiciones entre las mujeres burguesas y las trabajadoras. Una de las principales dirigentes del movimiento feminista burgués declaró entonces: Ha llegado la hora de dejar de luchar contra los hombres para luchar a su lado (31). Las sufragistas encarceladas fueron amnistiadas y las más destacadas se hicieron responsables de organizar el reclutamiento de mujeres para sustituir la mano de obra masculina. En todos los países que participaban en la guerra, miles y miles de mujeres accedieron a un trabajo profesional cualificado, a las industrias de armamento, a oficios que les habían sido vedados hasta entonces. Pero esa participación masiva en el campo laboral no tenía la misma causa para todas; mientras las mujeres social-patriotas y burguesas se aliaban aliado de la clase dominante y hacían suya la ideología chovinista e imperialista, encubriéndola con el ropaje de amor y deber patriótico, las mujeres trabajadoras, agobiadas por la miseria que la guerra traía para ellas y sus familias, se veían obligadas a aceptar unos salarios de hambre, horarios interminables, condiciones de trabajo infrahumanas. Los capitalistas se aprovecharon de su falta de organización y experiencia en la defensa de sus intereses de clase para eliminar todas las reivindicaciones que la clase obrera había impuesto a través de largos años de lucha. Las mujeres pertenecientes a los partidos socialistas, que habían roto con los socialchovinistas y reformistas de la II Internacional, fueron las primeras en levantar su voz contra la guerra imperialista y en favor de la paz. Una buena muestra de esta actitud la tenemos en el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas, celebrado en Berna en 1915, ya en plena guerra; a él asistieron un buen grupo de bolcheviques encabezadas por Nadejna Krupskaia y otras muchas socialistas, como Clara Zetkin. El Congreso finalizó haciendo un llamamiento a la paz: Paz, paz, que las mujeres precedan a sus esposos ya sus hijos y que proclamen sin cesar: los trabajadores de todos los países son hermanos. Sólo esta voluntad será capaz de detener la matanza. ¡Sólo el socialismo es capaz de asegurar la paz en el mundo! ¡Fuera la guerra! ¡Viva el socialismo! (32).

La rapacidad capitalista, el naciente monopolismo, había echado por tierra y había arrinconado la vieja palabrería acerca de la inferioridad de la mujer. Intelectuales, políticos, periodistas,... hacían coro con la clase dominante para llamarla a que cumpliera con sus deberes cívicos, para recomendarle que no se entretuviera demasiado ni en la cocina ni en las labores domésticas; ya nadie hablaba de sus deberes de esposa y madre. La burguesía necesitaba cerrar filas frente a un enemigo que se alzaba peligrosamente: el socialismo. Las consignas de paz y revolución socialista cruzaban Europa. La miseria y los millones de muertos crearon una situación de crisis revolucionaria abierta. Los socialistas y comunistas, que agitaban en favor de la paz, eran perseguidos y fusilados, acusados de alta traición... Y, en la mayor parte de los países, estallaron motines e insurrecciones contra la guerra y en favor de la paz. En Austria, por ejemplo, en junio de 1916, una manifestación de mujeres contra la guerra y la inflación levantó por todo el país una insurrección que duró tres días. Por esas mismas fechas, las mujeres de París expropiaban los almacenes de víveres y de carbón; en otros muchos países, cientos de mujeres se tendían en las vías férreas para impedir el paso de los convoyes que conducían a los soldados al frente. En el ocaso de la Rusia zarista, las obreras participaban activamente en los movimientos huelguísticos; el 8 de Marzo de 1.917, las obreras textiles de San Petersburgo se lanzan a la calle exigiendo pan y paz; meses más tarde, la clase obrera rusa toma el poder, instaura la República de los Soviets y declara la paz.

El triunfo de la I Gran Revolución Socialista marcó un hito en la historia de la clase obrera de todo el mundo. Por primera vez se demostró, en la práctica, cómo con la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y la inserción de la mujer en la producción de bienes sociales, en un sistema en el que no existen ya ni la explotación ni la opresión del hombre por el hombre, se crean las bases necesarias para que la mujer pueda desarrollar, plenamente, su personalidad como trabajadora y como ciudadana.

3.3 El nuevo movimiento feminista

Una vez terminada la I Guerra Mundial, miles de mujeres fueron expulsadas de la producción y devueltas al hogar para que los hombres, que volvían de la guerra, ocuparan nuevamente sus puestos de trabajo. Los capitalistas renunciaron a la utilización de la fuerza de trabajo femenina ya sus sustanciosos beneficios, ante el temor de que el desempleo masivo agudizara aún más la marea revolucionaria que la guerra y el ejemplo de la Revolución de Octubre, habían provocado.

En la mayoría de los países capitalistas, bajo las presiones revolucionarias que les sacudían, la burguesía se vio obligada a ceder en algunos terrenos. A la mujer, en concreto, se le concedió el derecho al voto y la posibilidad de participar en los asuntos del estado; también se reformó el código del matrimonio y el derecho relativo a la herencia. En este conjunto de reformas estaban ya contenidas las principales reivindicaciones del movimiento feminista y, sin embargo, la situación de la mujer no había cambiado. El reconocimiento de estos derechos en el capitalismo no la liberaron de la dependencia de su marido ni, por supuesto, de la explotación capitalista, causa determinante de su situación.

La burguesía, como clase, había llegado a una etapa en la que ya había realizado cuanto de progresista podía realizar. El sistema capitalista entraba en su fase de decadencia y reacción y, frente a él, se abría una nueva época iniciada con el triunfo de la revolución proletaria en Rusia y el avance del socialismo, ante lo que, la burguesía de todos los países se apresuró a cerrar filas.

El movimiento feminista, como representante de los intereses de la burguesía, tampoco iba a escapar a este fenómeno; ya había conseguido tod