El tronco, las ramas y las hojas

No existe nada que resulte más ajeno y contrario al marxismo, a su espíritu vivo, que la pretensión de reducirlo a un dogma, a unas cuantas fórmulas acabadas o establecidas para siempre. El marxismo es una teoría para la acción y se desarrolla continuamente. Pero como toda teoría o doctrina científica, el marxismo está constituido por un sistema de ideas y principios generales que le sirven de base o fundamento y de los cuales no se puede prescindir en ningún momento sin riesgo de extraviarse peligrosamente. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando se plantea la cuestión de la lucha de clases. Se puede discutir sobre las distintas formas que adopta esta lucha, dependiendo de las circunstancias históricas, económicas, políticas, etc. Lo que no se puede hacer en ninguna circunstancia, sin salirse del terreno firme del marxismo, es negar la lucha de clases y la necesidad de la dictadura del proletariado para acabar con ellas. Lo mismo se puede decir en relación con otros importantes problemas de la teoría y la práctica revolucionaria, tales como la necesidad de la expropiación de los explotadores, el establecimiento de la economía planificada socialista o la dirección política e ideológica por parte del Partido Comunista de todo el proceso revolucionario. Ninguno de éstos y otros principios revolucionarios marxistas-leninistas pueden ser hoy abandonados para adoptar otros supuestamente más desarrollados. Por lo demás, tanto la historia del movimiento obrero revolucionario de todos los países como los nombres del comunismo y el marxismo están indisolublemente ligados a la doctrina creada por Marx y Engels, por lo que nadie puede pretender ser considerado marxista o comunista y prescindir al mismo tiempo de los fundamentos de dicha doctrina.

El marxismo, claro está, no es una teoría de moda y su propio desarrollo está rigurosamente determinado por las mismas leyes de la evolución y transformación histórica, económica, social, política, etc. Hay quienes no comprenden esta relación de dependencia y se pierden muchas veces en vanalidades; quienes repiten muy a menudo: no puede ser marxista-leninista quien no es maoísta. Esto es, desde luego, un sofisma, una frase vacía, que imita lo que ya se dijera respecto al leninismo, con la notable diferencia de que en este caso, la frase se corresponde con la realidad, ya que Lenin sí desarrolló verdaderamente y en numerosos aspectos, la teoría y la práctica del marxismo, tal como correspondía hacerlo en la nueva época del desarrollo monopolista del capitalismo y del comienzo de la revolución proletaria, algo distinta a la que Marx y Engels les tocó vivir. No obstante, como es bien sabido, Lenin no se apartó ni un milímetro de lo que Marx y Engels habían escrito y los tuvo siempre muy en cuenta. También Mao ha procedido de la misma forma respecto a Marx, Lenin y Stalin y ha realizado algunas aportaciones importantes a la teoría y a la práctica revolucionaria. Lo que no se puede admitir son las tonterías que algunos de sus más acérrimos partidarios le quieren atribuir. Estos no siguen en ningún terreno, y menos aún en éste, las ideas de Mao, sino más bien las que puso en circulación Lin Piao, el cual, inspirado en la teoría del genio proclamó la superioridad del pensamiento de Mao incluso respecto de las ideas y enseñanzas de Marx y Lenin (*). Casi no hace falta decir que tal afirmación sólo puede proceder de una persona que, como Lin Piao, no tenía un conocimiento del marxismo-leninismo sino, en todo caso, únicamente a través de los textos de Mao y, aún así, muy deficiente.

Hoy como ayer, no puede ser considerado como comunista quien no es marxista-leninista. Esto no nos impide, naturalmente, ser al mismo tiempo maoístas. Lo que no podemos es hacer tabla rasa de los principios del marxismo-leninismo, o situarlos en un segundo o tercer plano, desechándolos como cosas del pasado, ya superadas por la historia y las experiencias prácticas del movimiento, ya que, sin esos principios, todo lo que se pueda decir incluso sobre el maoísmo, resultará ser siempre un sucedáneo, una teoría sin fundamentos sólidos o pura palabrería. Nosotros siempre hemos negado y seguiremos negando de la forma más enérgica, que pueda existir otra concepción ni otros principios generales revolucionarios a que debamos atenernos, distintos de los ya conocidos y suficientemente probados por la práctica del movimiento obrero y comunista internacional. Por consiguiente, también negamos que pueda haber varias teorías marxistas aplicables, cada una de ellas, a distintas épocas y a condiciones nacionales diferentes. Negamos de la forma más rotunda que el marxismo pueda ser dividido en etapas de esa manera: una primera etapa de marxismo válido sólo para la época de la libre competencia y el desarrollo relativamente pacífico del capitalismo; otra segunda etapa de desarrollo, la etapa leninista (también marxista pero menos que la primera) para la época del imperialismo y la primera revolución proletaria; y una tercera etapa de desarrollo maoísta (menos leninista que la anterior y casi nada marxista) para no se sabe qué época ni qué revolución. ¿Dónde queda el marxismo de Marx y Engels, dónde la teoría de la lucha de clases y la dictadura del proletariado, su política económica para el tránsito al comunismo, su política internacional? Todo esto queda difuminado como en una nebulosa en la concepción del maoísmo que presentan algunos de sus más pobres apologetas. Para ello, naturalmente, tienen que prescindir del proletariado internacional como sujeto revolucionario, para sustituirlo por no se sabe muy bien qué pueblos o campesinos oprimidos y depauperados hasta los huesos.

Lógicamente, una tal concepción revolucionaria tiene necesidad de prescindir también del verdadero partido de la clase obrera como fuerza independiente de la burguesía y destacamento de vanguardia de las masas explotadas y oprimidas con su programa, su línea política y sus normas de organización y funcionamiento, para sustituirlo por un grupo armado o bien, como suele ocurrir con frecuencia, por un líder y sus incondicionales, que se dedican a repetir como papagayos cuatro o cinco generalidades y a vulgarizar y esterilizar el marxismo, presentándolo como cosa del pasado. Esto explica su tremenda confusión y el hecho de que anden enredados en un fraccionalismo o lucha entre líneas permanente.

Este es, sin duda, un nuevo tipo de revisionismo que se ha extendido en los últimos años en numerosos países, aprovechando la debacle jruschovista y algunos errores teóricos y prácticos cometidos por Mao y el PCCh. Por este motivo se hace necesario insistir una vez más en que no existe nada más falso y aberrante que esa división en etapas o capas superpuestas que se quiere hacer en el desarrollo del marxismo, como si se tratara de un fenómeno arqueológico que tiende a dejar en el olvido aquellos fundamentos, ideas y principios que hacen del marxismo una teoría siempre viva, integral y universal; o como dijera Lenin, una doctrina completa y armónica para la transformación revolucionaria del mundo por la clase obrera.

El que esto sea así, y no de cualquier otra manera, no depende de nosotros, como se podrá comprender, y eso por más sectarios y dogmáticos que queramos ser, sino que está determinado por la propia naturaleza y las contradicciones del sistema capitalista que domina en el mundo, por las leyes inmanentes a este sistema. Que nuestros sabios maoístas muestren otras contradicciones y leyes del sistema capitalista y del desarrollo social que no hayan sido descubiertas y analizadas por Marx, Engels y Lenin; que muestren esas leyes o nuevos fenómenos que hayan dado lugar a un cambio cualitativo en la naturaleza del sistema capitalista y lo hayan transformado en algún aspecto esencial que deba llevarnos a revisar algunas de las ideas y principios fundamentales del marxismo-leninismo para adoptar otros más avanzados o desarrollados. Nosotros estaríamos muy interesados en conocer esos desarrollos tan revolucionarios, ya que, de existir, eso sólo puede obrar en favor de nuestra causa comunista. Pero si, como sospechamos, no han descubierto todavía nada que merezca siquiera la pena detenerse a considerar, lo mejor que pueden hacer esos apóstoles del maoísmo es dejar de dar lecciones, cesar en su cruzada anti-marxista y procurar aprender o cerrar el pico durante un tiempo.

Otra cuestión es la que se refiere al desarrollo (sin comillas) del marxismo, esto es, a las ramas y las hojas -en acertada expresión de Mao-, que nacen del robusto tronco común (**). Casi no hace falta decir que las ramas y las hojas no existirían sin ese tronco que les ha dado vida y las nutre continuamente; igualmente es claro que son las ramas y, sobre todo las hojas, las que permiten al tronco echar hondas raíces en la tierra y hacerse cada vez más robusto. O sea, que las hojas no pueden suprimir ni anular en ningún caso al tronco, so pena de perecer de anemia -aunque también es cierto que suelen ensombrecerlo-; igualmente la poda de las ramas más debiluchas suele redundar en beneficio del tronco. En el árbol frondoso del marxismo existen algunas ramas secas y otras tan débiles que no le benefician en nada o sólo contribuyen a ensombrecerlo más de lo necesario. Por eso hay que hacer la poda de vez en cuando.

Sobre este particular no creemos que haga falta demostrar que el marxismo no se ha mantenido inalterado ni siquiera en la época en que fueron asentados por Marx y Engels su sistema de ideas, su economía y principios revolucionarios; pues si, como es sabido, realizar esta ingente labor les ocupó bastante tiempo, en un largo proceso de conocimiento, análisis y síntesis en el que, además, tuvieron que confrontar con la práctica, revisar y corregir algunas de sus ideas y planteamientos iniciales, ¡cuánto más necesario ha debido ser esto posteriormente! cuando, tanto el desarrollo monopolista, imperialista, del capitalismo, como el triunfo de la primera revolución socialista y su enorme influencia sobre los movimientos de liberación nacional, han ido revelando numerosas particularidades, antes desconocidas, del desarrollo social. El descubrimiento de estas particularidades ha permitido enriquecer y desarrollar el marxismo, pero no ha hecho que envejeciera ninguna de sus teorías y principios fundamentales; más bien los ha corroborado todos en la práctica, los ha hecho mucho más vivos y más claros a los ojos de las masas. Ese enriquecimiento y desarrollo del marxismo ha sido posible porque los comunistas, especialmente Lenin, Stalin y Mao, siempre partieron desde sus mismas posiciones y las defendieron frente a quienes trataban de tergiversarlas, revisarlas o enmendarlas con sofismas o argumentos fútiles, por el estilo de los que están empleando últimamente algunos maoístas. Por eso nosotros tenemos que combatir a estos nuevos revisionistas (o postrevisionistas) que toman también la forma del marxismo y que, so pretexto de adaptarlo a la nueva época o de elevarlo a una nueva etapa de desarrollo, lo que en realidad hacen no es otra cosa que revisarlo vaciándolo de su contenido científico y de clase, amputándole sus principios generales o universales.

Es claro a todas luces que sin librar esta gran batalla contra el revisionismo (batalla realmente decisiva, por cuanto ha de librarse en el seno mismo de nuestro movimiento) el marxismo no sólo no se hubiera desarrollado, sino que hace tiempo que habría dejado de existir como teoría revolucionaria del proletariado internacional, habría muerto bien matado, como la burguesía de todos los países quiere verlo morir. No hace falta insistir que un tal marxismo sin sus fundamentos, sin su tronco y raíces, sería cualquier cosa menos marxismo.

Notas:

(*) En una carta a su compañera Jian Qing, Mao comentaba en los siguientes términos los elogios que Lin Piao prodigaba a su obra: Jamás hubiera creído que mis libritos pudieran tener tal poder mágico. Ahora, después de que él los ha alabado, todo el país sigue su ejemplo. Esto recuerda la historia de la buena mujer que para vender sus melones exagera la calidad de la mercancía.

(**) ¿Tendremos que explicar de nuevo que el marxismo no está formado solamente por las ideas de Marx y Engels, sino por toda la corriente teórica y práctica que arranca de ellos? Esa corriente tiene en las obras de Marx y Engels sus principales fuentes, pero no se agota en ellas ni está, por consiguiente, limitada por ellas. De otro modo no se puede concebir el marxismo, a menos, claro está, que circunscribamos su vigencia a tan sólo un corto periodo de la historia del movimiento comunista. Mas, en este caso, habría que considerar que tanto Mao y Lenin, como el mismo Marx, no eran marxistas. No cabe otra conclusión si llevamos hasta el final el absurdo planteamiento de los maoístas.

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