Hacer la revolución en el propio país
contribuir a que triunfe en todas partes

Comuna Carlos Marx
Presos Políticos del PCE(r) y de los GRAPO
Prisión de Soria, junio de 1985
[texto extractado y corregido]

Sumario:

— Introducción
— España, eslabón débil del sistema imperialista en Europa
— El desarrollo desigual del capitalismo posibilita llevar a cabo la revolución en cada país
— Un mismo frente de lucha contra el imperialismo

Mucho se viene hablando en los últimos tiempos entre los revolucionarios europeos acerca del imperialismo como enemigo principal a combatir por el proletariado y de la necesidad de encuadrar las fuerzas revolucionarias de Europa Occidental en una única organización que dirija en su conjunto tanto la lucha política como militar. Pero, ¿es esta estrategia la más correcta y efectiva para hacer la revolución socialista en los países capitalistas europeos y enfrentarse al imperialismo? ¿Acaso ya no son válidas las tesis leninistas sobre el imperialismo y, particularmente, la de hacer la revolución en un solo país? ¿Cómo poner hoy en práctica el internacionalismo proletario frente a la Santa Alianza de las fuerzas de la reacción internacional? Estas pueden ser algunas de las cuestiones que muchos revolucionarios se planteen hoy día en Europa.

El hecho de que en las últimas décadas se haya manifestado la tendencia hacia una mayor integración política, económica y militar de los países imperialistas puede hacer pensar a algunos que nos encontramos en una fase ultraimperialista, diferente a la que conoció y analizó Lenin. Sin embargo no es así. La etapa en que vivimos sigue siendo la misma, al igual que los rasgos con que la caracterizó Lenin mantienen toda su vigencia en el capitalismo monopolista de nuestros días. Es cierto que han surgido nuevas circunstancias, que modifican sin transformar su esencia algunos de sus planteamientos. Al mismo tiempo la enorme concentración internacional del capital y de la producción con un puñado de grandes multinacionales que se han apoderado del mercado capitalista mundial; la mayor importancia de la exportación de capital como arma de los monopolios en la lucha por los mercados y esferas de influencia; el desarrollo e intensificación del papel económico del Estado burgués y la militarización de la economía en beneficio del reforzamiento del dominio de los monopolios o la tendencia hacia una mayor integración en diversos campos de todos los imperialistas son rasgos ya señalados por Lenin y que han tenido desde entonces un mayor desarrollo.

La creciente integración imperialista, concretada en alianzas como la Unión Europea y la OTAN o, más particularmente, en la estrecha colaboración policial en la represión del movimiento revolucionario europeo es una realidad que debemos tener muy en cuenta. Toda política que tienda a fortalecer los vínculos interimperialistas va en detrimento del proletariado y de las masas populares de Europa, refuerza la opresión y el saqueo imperialista en todo el mundo y supone una mayor amenaza de agresión contra todos aquellos pueblos que luchan por su liberación. Pero, el que los países imperialistas, ayer enemigos, hayan dejado de serlo, al menos temporalmente, no quiere decir que se haya eliminado el desarrollo desigual ni los conflictos de intereses entre unas y otras potencias imperialistas o que el imperialismo haya superado la debilidad y crisis que le ha obligado a estrechar sus filas.

En nuestra opinión, las condiciones actuales son mucho más favorables, que en ninguna otra época para que se rompan los eslabones más débiles de la cadena imperialista y estalle la revolución. El capitalismo hace ya tiempo que ha alcanzado su más alto grado de desarrollo económico, a partir del cual se inició su decadencia y nos encontramos metidos de lleno en el proceso de su destrucción y reemplazamiento por el socialismo en todo el mundo. Esta es una corriente histórica irreversible, no obstante los pequeños y momentáneos retrocesos que se puedan producir (1). La crisis general por la que atraviesa todo el sistema de dominación imperialista está poniendo al desnudo todas las lacras del capitalismo y agravando todas sus contradicciones. Por eso la corriente general actualmente predominante en el mundo es la revolución.

Europa no podía quedar al margen, por mucho tiempo, de esa corriente revolucionaria que se abre paso por todas partos, de un continente a otro. Desde el desarrollo, en muchos países europeos, de un movimiento huelguístico de la clase obrera como no se conocía desde hace años, pasando por la creciente resistencia popular a la fascistización y el pillaje del Estado, al rearme y a la guerra, hasta la crisis de los partidos revisionistas y la aparición de la guerrilla son síntomas claros de que, de nuevo, el fantasma de la revolución se ha trasladado a la vieja Europa. De esto es bien consciente la burguesía y para ello se viene preparando. Si hubiéramos de definir estos regímenes, la ‘democracia’ burguesa de nuestros días habría que decir que son la contrarrevolución organizada y presta a actuar militarmente sobre la revolución en cualquier momento (2). Como decía Lenin el monopolismo tiende a la reacción y no a la democracia.

Que la revolución se produzca en uno u otro país de Europa, antes o después, el tiempo tiene la palabra. Poro es del todo evidente que en unos países más que en otros las condiciones objetivas se presentan más favorables y el movimiento obrero y popular está más avanzado. Sin duda, España es uno de los países que se encuentran a la cabeza de la revolución en Europa. Por eso afirmamos que la revolución es posible en nuestro país.

España, eslabón débil del sistema imperialista en Europa

Como país monopolista, España tiene unas características generales comunes con los demás países capitalistas, en especial los europeos. Sin embargo, debido a la permanencia del fascismo y al desarrollo tardío e irregular del capitalismo en nuestro país, a las condiciones de inferioridad a las que tiene que enfrentarse a la competencia internacional, los efectos de la crisis se presentan aquí mucho más agravados que en otros países imperialistas. Sin embargo los aspectos económicos, con tener su importancia e incidencia, no son los que más caracterizan la actual vulnerabilidad del sistema monopolista español.

La coincidencia e interconexión de la crisis económica con la crisis política que viene arrastrando el régimen desde hace años ha agudizado todas las contradicciones sociales en España e impide a los monopolistas y a sus lacayos llevar a cabo cualquier maniobra política con posibilidades de éxito. Esta situación favorece el que las masas se desprendan fácilmente de todos los prejuicios ideológicos y políticos burgueses y se lancen a la lucha, sumiendo al régimen en una crisis general permanente. En este sentido, la crisis revolucionaria que en la actualidad se está gestando en Europa hace ya tiempo que afloró en España.

¿A qué se debe, pues, el que estemos a la cabeza del proceso revolucionario en Europa? Tal adelanto no podría entenderse sin la imposición por parte de la burguesía y otras castas reaccionarias de un régimen fascista y su continuidad tras la muerte de Franco. El fascismo en España no se alzó con el poder a través de unas elecciones como en Italia o Alemania o utilizando el sistema del golpe de Estado más o menos incruento como en Portugal u otros países sino que se impuso tras una sangrienta Guerra Civil Revolucionaria con la ayuda de las fuerzas nazi-fascistas internacionales y la colaboración descarada de las democracias capitalistas. Las masas habrían alcanzado el poder utilizando la legalidad burguesa y fue la burguesía, conculcando su propia legalidad, la que ahogó en sangre un régimen democrático popular establecido por el pueblo. Tres años de lucha sin tregua frenando el avance fascista, a los que siguió la represión más salvaje y sangrienta de toda nuestra historia, han dejado una honda huella en la conciencia de las masas. La época de la democracia burguesa parlamentaria quedó así enterrada en España bajo un millón de muertos. Desde entonces el Estado fascista ha sido el instrumento del que se ha servido la oligarquía financiero-terrateniente para explotar y someter a las masas y llevar a cabo el desarrollo económico capitalista por la vía monopolista.

En un país semifeudal, sin colonias de importancia y sin posibilidad de conseguirlas, con una economía destrozada por la guerra y aislado internacionalmente, la acumulación de capital necesaria para hacer de España un país capitalista desarrollado se extrajo de la sobreexplotación de la clase obrera y de la expoliación y ruina de diferentes sectores populares, principalmente del campesinado; mediante el terror y la más absoluta ausencia de libertades, en medio de un clima de guerra civil permanente, los monopolistas pudieron llevar adelante sus planos de dominación y desarrollo. No obstante, siempre han tenido que enfrentarse a la tenaz resistencia de las masas. Por eso, antes y ahora, el Estado burgués es sinónimo de terror y pillaje, de crimen y corrupción; es el símbolo del podar terrorista y expoliador de los vencedores de la guerra civil. Las fuerzas represivas, por poner un ejemplo, no son consideradas como en otros países de Europa como protectoras de la seguridad ciudadana sino prácticamente como fuerzas de ocupación, temidas y odiadas por el pueblo y como talas suelen comportarse con total impunidad.

En la memoria de los países capitalistas europeos las oligarquías dominantes, a pesar incluso del constante proceso de fascistización, han podido disimular su dictadura bajo formas encubiertas y mantener una aparente independencia del Estado, presentándolo como algo ajeno a las clases y a los conflictos sociales. Invalidadas las viejas formas de poder fascistas después de la derrota nazi, la burguesía no ha tardado en volver de nuevo a adoptarlas, sólo que ahora se ha producido una renovación del fascismo, en la que han desempeñado un destacado papel la socialdemocracia y el revisionismo. En España, por el contrario, la dictadura de la burguesía ha mostrado abiertamente su faz terrorista. Financieros, terratenientes, obispos y generales continuamente han estado enseñando sus colmillos al pueblo; ni siquiera con la Reforma fascista -uno de cuyos objetivos era, precisamente, ponerse más a cubierto de las embestidas de la lucha de clases- han dejado de utilizar el terrorismo abierto, con la diferencia de que ahora, lo apoyan también los partidos domesticados.

Es la presencia continuada del fascismo lo que explica el desarrollo de un movimiento espontáneo de resistencia popular, cada vez más organizado, que abarca a amplios sectores de la población trabajadora, entro ellos, a los sectores populares de las nacionalidades oprimidas. La ausencia de libertades y la imposibilidad de defender las masas sus intereses por medios legales las obliga a emplear métodos y formas de lucha y organización al margen y en contra de la legalidad. Y esto sigue sucediendo actualmente: a los obreros y al pueblo en general se le impide el uso de sus derechos de huelga, manifestación y expresión con la intervención de la policía, lo que provoca constantes enfrentamientos y el que las luchas económicas también de inmediato un carácter político; se impide la defensa consecuente de las posiciones verdaderamente democráticas y se sigue oprimiendo a las nacionalidades, negándoles el ejercicio y defensa de sus derechos, entre ellos, el derecho a la autodeterminación. Por tanto, no sólo no se han solucionado ninguno de los problemas que padecían las masas en la etapa anterior del régimen sino que se han agravado. Así que nada tiene de extraño que en España los obreros no se afilien a los sindicatos (sólo una minoría lo ha hecho) o que la abstención haya sido siempre tan elevada, si exceptuamos las elecciones de 1982, en que la participación fue mayor que otras veces. Y si no se afilian o votan las masas trabajadoras en nuestro país no es porque están más atrasadas que en el resto de Europa sino por todo lo contrario. No lo hacen porque saben que el Parlamento, los partidos reformistas y los sindicatos son un hatajo de burócratas, traidores y bandidos al servicio del Estado fascista del gran capital. De todo el mundo es conocido que los sindicatos son verdaderas mafias subvencionadas por el Estado.

Por las mismas razones la guerrilla en España ha tenido un desarrollo y continuidad ininterrumpidas desde la derrota de las fuerzas republicanas en 1939 y ha contado, en todo momento con el apoyo y colaboración de importantes sectores de la población. Primero en su guerrilla rural y más tarde, con la industrialización y el crecimiento de las ciudades, en su forma urbana, la guerrilla ha sido la punta de lanza del Movimiento de Resistencia. Una guerrilla que no ha dado al régimen ni un solo momento de respiro y que jamás ha sido derrotada por las fuerzas represivas. Ni siquiera en el caso del movimiento guerrillero de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta se puede decir que su fin se debiese a los éxitos del ejército, de la policía o la guardia civil, sino más bien a la política de reconciliación nacional del partido carrillista que obligó a los guerrilleros a abandonar las armas, a veces mediante al asesinato de los que se resistían. Baste recordar que José Castro Veiga, el último guerrillero rural de la postguerra, cayó asesinado en 1965 y que la organización patriota vasca ETA comienza su actividad armada en Euskadi en 1961. Que después de tantos años este método de lucha siga manteniéndose y desarrollándose y cuente con un amplio apoyo oficial es una muestra de que las masas ven en la guerrilla un método justo y necesario de lucha para enfrentarse al régimen. Esto indudablemente es un caso insólito en Europa.

Con ayuda de la guerrilla y su lucha independiente, el proletariado y las clases populares han venido imponiendo al Estado burgués conquistas y libertades arrancadas a la fuerza y han desbordado la legalidad fascista vieja y nueva, sin dejarse atar iniciativas y su combatividad. Las últimas leyes antiterroristas, por ejemplo, no van dirigidas tanto contra aquellos que empuñan las armas como contra los que colaboran o emplean métodos inspirados en la guerrilla para conseguir sus reivindicaciones o defenderse de la represión. Y sin embargo, son estos casos, el fascismo tiene que tragarse sus propias leyes porque con ellas ya no atemoriza a nadie; tiene que poner en libertad o ni siquiera detener a los obreros que secuestran a directivos o empresarios o se enfrentan a la policía con cócteles molotov u otras armas caseras, a los que incendian un edificio patronal, sindical o del Estado y a los que colaboran con la guerrilla o hacen apología del terrorismo en la prensa, en la radio, en las fábricas, en mítines y manifestaciones. Estas son las verdaderas libertades que las masas se toman por su cuenta; las que están en el papel, en la Constitución, son para los vendidos o para aquellos que se pliegan a los dictados de la burguesía. Es una pugna constante, diaria, muchas veces sangrienta; un forcejeo permanente entre el fascismo y sus lacayos, que tratan de hacer cumplir por la fuerza y terror sus leyes, y el pueblo, que se defiende y no ceja en proseguir con sus métodos de lucha democráticos. Si el fascismo aplicase sus propias leyes -y esto no es exageración-, no habría en España suficientes cárceles para meter en ellas a tantos terroristas. Por ello se ve obligado a retroceder, a maniobrar y hacer concesiones continuamente para evitar empeorar aún más una situación que cada vez se ve más impotente de contener.

Particularmente, la clase obrera por sus tradiciones revolucionarias, por su combatividad y peso político y social ha sido y es la vanguardia de la lucha contra la reacción. En ella la ideología comunista ha tenido siempre gran arraigo e influencia, especial desde los tiempos en que José Díaz encabezara el Partido Comunista que tantas muestras dio de consecuencia y heroísmo durante la Guerra Civil y la inmediata postguerra. El proletariado de los pueblos de España, a pesar de las enormes dificultades y obstáculos que ha tenido que vencer, a pesar del resultado catastrófico la guerra y de la traición carrillista, jamás ha olvidado que en España existió un verdadero partido revolucionario de la clase obrera. Por eso, entre nosotros, ha sido más difícil la labor del revisionismo; por eso a la clase obrera le ha sido más fácil llevar a cabo la reconstrucción de su Partido Comunista. Desde finales de los años sesenta, al calor de las luchas obreras y en combate sin descanso contra el revisionismo y el oportunismo de izquierda se forjó la nueva vanguardia obrera comunista que lo haría realidad. Este logro histórico del proletariado ha sido un factor decisivo que ha incidido poderosamente en el curso de los acontecimientos de los últimos años. Sin un Partido Comunista que agrupe a los obreros más conscientes y avanzados ni en España ni en ningún otro país capitalista se podrá llevar a cabo la revolución socialista. Esta es una tarea prioritaria que los revolucionarios europeos junto a los obreros más esclarecidos tendrán que cumplir. Sólo de esa forma se podrá sustraer a importantes capas del proletariado europeo de la influencia revisionista y reformista. Esta influencia no existe en España, es mínima. En ello ha influido, también, el que no exista una amplia aristocracia obrera. El imperialismo español, un imperialismo de segunda fila, no ha sido lo suficientemente fuerte económica y financieramente como para crear unas categorías privilegiadas estables entre los obreros al nivel de países como Francia, Inglaterra o Alemania. De ahí que al reformismo se le haya añadido un nuevo obstáculo y su influencia haya sido tan precaria.

La inexistencia de un control revisionista de las masas o de cualquier tipo de reformismo fue lo que hizo optar a los monopolistas españoles por una vía que evitase los peligros que había corrido la burguesía portuguesa durante la Revolución del 25 de Abril. Una vía que no suponía la más mínima ruptura con el fascismo y llevaba aparejada la plena integración en el régimen de todos los oportunistas que venían actuando desde hacía tiempo como oposición oficial tolerada. Durante el II Congreso, el Secretario General del PCE(r), camarada Arenas, lo ponía de manifiesto en su Informe Político:

En Grecia y Portugal, para no ir más lejos se produjo esa llamada ruptura, y hoy se habla de que allí hubo hasta una revolución. Los monopolistas pueden continuar así engañando, explotando y oprimiendo a los trabajadoras de esos países en nombre de la democracia y el socialismo. Algo parecido andaban buscando los revisionistas y otros como ellos en España: una maniobra política que no les pusiera más al descubierto en su colaboración con los explotadores y que les permitiera maniatar a las masas, mantenerlas sumisas y engañadas.

Las condiciones necesarias para que tal maniobra pudiera ser llevada a cabo, como ya se ha dicho, eran la conciliación del pueblo con el fascismo y el que los revisionistas tuvieran controlada a la clase obrera llevándela a la legalidad, encuadrándola en el sindicato policial del régimen. Ni una sola de estas condiciones han podido cumplir los carrillistas y por eso tienen ahora que conformarse con el triste papel de auxiliares de la policía y de la guardia civil y de sostenedores de la ‘reforma’ hecha directamente desde el poder [...]

Por eso se puede decir que el fracaso revisionista es, ante todo, un fracaso político de la propia oligarquía a la que queda atada definitivamente, y que este fracaso no favorece en nada sus planes de continuar dominando por mucho tiempo".

No obstante, al tener el Movimiento de Resistencia un carácter predominantemente espontáneo posibilitó al régimen un margen de maniobra y, como todo movimiento espontáneo, fue vulnerable a la labor de zapa del revisionismo. Sin su colaboración, la oligarquía y demás castas reaccionarias no hubiesen logrado superar una situación tan crítica y aprovechar la confusión y las ilusiones reformistas que habían hecho mella en algunos sectores de la población. Aunque la oligarquía se tomó un respiro, a costa de arrastrar con su podrido régimen a todos los reformistas y oportunistas, quemó así sus últimas bazas. Esto da una idea de la profundidad de la crisis revolucionaria en España. El deseo de los Carrillo y los psoístas hubiese sido bien distinto: poder desempeñar el papel de contención que han venido jugando sus homónimos europeos. Esta es la mala pasada que le ha jugado la lucha de clases a los revisionistas y demás oportunistas de nuestro país.
Este desenlace de la crisis -se dice en el órgano del C.C. del PCE(r), Bandera Roja, en enero de 1976- no puede ser interpretado como que se han resuelto ya todas las agudas contradicciones que la habían provocado. Al contrario. Las contradicciones continúan existiendo y se agudizarán más cada día. Por este motivo se puede decir también que la crisis no ha terminado. Pero ya no se puede decir que sea la misma crisis. Es otra la crisis que ahora comienza, mucho más profunda y extensa. Pues, sin lugar a dudas, alcanzará a sectores mucho más amplios de la población. Se trata de la crisis del fascismo y de las ilusiones reformistas.
Pues bien, a lo largo de diez años se han venido abajo una tras otra todas las maniobras de la oligarquía. Los principales objetivos que se planteaban con la Reforma -control del movimiento obrero y dar credibilidad democrática al régimen monáquico-fascista- no han sido alcanzados. Estas eran las premisas necesarias para llevar adelante sin muchos problemas sus planes políticos y económicos, dentro ellos, la reconversión industrial u otras medidas dirigidas contra los trabajadores para aminorar los efectos de la crisis o la entrada en la OTAN. Por tanto, la crisis no ha cesado sino que se ha ido agravando. La guerrilla con sus acciones y las masas con huelgas y manifestaciones, con el boicot a las farsas electorales, la resistencia activa y la desobediencia civil han contribuido a tirar por tierra la demagogia reformista de la oligarquía y de los partidos domesticados, pasando cada voz más a un primer plano la represión y el terrorismo del Estado. El fracaso de la reforma suarista y la impotencia del régimen para hacer frente a la lucha popular fue lo que llevó a los militares a intentar solucionar las cosas a la vieja usanza el 23 de febrero de 1981 y a que las peleas y contradicciones en el seno de la oligarquía hayan menudeado.

A todos ha afectado la crisis, desde la UCD, partido que unificaba a los diferentes sectores oligárquicos y que acabó deshecho en mil pedazos, hasta el partido carrillista, actualmente en total descomposición y dividido en unos cuantos grupúsculos de la misma catadura revisionista. Y ya no hablemos del sinfín de grupos oportunistas de izquierda que han desaparecido o de otros que han intentado salvarse del naufragio haciendo cabriolas, acabando por ser apéndices de la política psoísta. Y si del PSOE se trata, o de su resucitada UGT, han quedado reducidos a una pandilla de burócratas socialfascistas integrados en el aparato del Estado. El apoyo de todos ellos a la reforma fascista, a las medidas de sobreexplotación, a la reconversión industrial, a las leyes antiterroristas que legalizan el asesinato y la tortura, al ingreso en la OTAN y a la permanencia de las bases yanquis, en definitiva, su defensa de los principios más negros, chovinistas y reaccionarios de la burguesía, ha supuesto que los sectores sociales sobre los que mantenían alguna influencia los hayan vuelto cada vez más la espalda.

La llegada del PSOE al poder fue el último acto de la farsa reformista. Votado por diez millones de ciudadanos, entre ellos numerosos trabajadores, para que pusiera en práctica toda una serie da medidas beneficiosas para las masas, como la salida de la OTAN o la creación de puestos de trabajo, acabó burlándose de sus promesas con el mayor cinismo y aplicando punto por punto el mismo programa golpista. Nada de extraño, por lo demás, si tenemos en cuenta la gravedad de la crisis y el aislamiento del régimen, en ayuda del cual la burguesía ha tenido que emplear a fondo a todos sus lacayos, como ya está comenzando a suceder en el resto de Europa. Su plan, por supuesto, era no haber tenido que quemar tan pronto al PSOE, pero la marcha de los acontecimientos y la crisis lo han obligado a ello. Es la vieja política de confabulación con el gran capital de la socialdemocracia, sólo que adaptada a los tiempos que corren, cuando ya no queda nada que reformar en un sistema totalmente podrido y se ven obligados a salir en su defensa de manera desembozada, realizando en contra de la clase obrera y otras capas populares los trabajos más sucios que los partidos declaradamente burgueses ya no se atreven a realizar (3).

Así tenemos a los socialfascistas de Felipe González dirigiendo la política terrorista y expoliadora de la burguesía, ordenando masacrar a los trabajadores en las manifestaciones, organizando peinados, con el resultado de detenciones masivas de jóvenes, en barrios y pueblos; planificando el asesinato de revolucionarios y de patriotas vascos en Francia o España o sumiendo a los trabajadores en la desesperación y la miseria. El que tales elementos se hayan desenmascarado en un tiempo récord ha servido para enterrar las ilusiones reformistas de las masas y para que los obreros y el pueblo hayan experimentado un salto cualitativo en su conciencia política y en sus métodos de lucha. Esto indudablemente está favoreciendo el desarrollo del movimiento de resistencia Popular en España y la organización Y dirección del mismo por parte del partido revolucionario de la clase obrera, el PCE(r). Hoy podemos decir que hemos llegado a este punto tras el cual los de ‘arriba’ ya no pueden seguir gobernando como lo hacían antes, ni podrán hacerlo de ninguna otra manera, y los de ‘abajo’, no sólo no pueden, sino que tampoco se conforman a seguir viviendo como hasta ahora. Tal es el profundo significado del proceso revolucionario que está abierto en nuestro país.

El desarrollo desigual del capitalismo posibilita el llevar a cabo la revolución en cada país

A nivel mundial el imperialismo es el enemigo principal del proletariado y de todos los pueblos del mundo. Sin embargo, a nivel local o regional la lucha antimperialista pasa a ocupar otro plano. En el caso concreto de cada país imperialista la contradicción fundamental es la que enfrenta a la burguesía con el proletariado. El desarrollo desigual del sistema capitalista y la existencia de intereses contrapuestos entre unos y otros Estados imperialistas abren la posibilidad da que se produzca la revolución en uno o más países capitalistas. Hacer la revolución en cada país, es la mayor aportación que puede hacer a la causa del proletariado internacional el proletariado de un país. Al derrocar a la burguesía el proletariado asesta de esa forma una grave derrota al imperialismo, contribuyendo a su debilitamiento y hundimiento en todo el mundo. Esta es, en líneas generales, nuestra opinión acerca de la estrategia a seguir en la lucha contra el imperialismo en Europa, que no descarta, sino que presupone ciertas formas de organización o cooperación internacionalista tan necesaria hoy día para el proletariado revolucionario. Por eso creemos que la actual estrategia antimperialista propugnada por algunas organizaciones revolucionarias no tiene suficientemente en cuenta las tesis propugnadas por Lenin para la etapa imperialista.

La desigualdad del desarrollo económico y político -señala Lenin- es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que la victoria del socialismo empiece por unos cuantos países capitalistas, o incluso por un sólo país capitalista. El proletariado victorioso de ese país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar dentro de él la producción socialista, se alzará contra el resto del mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, provocando en ellos la insurrección contra los capitalistas y empleando, en caso necesario, hasta la fuerza militar contra las clases explotadoras y sus Estados. He aquí lo que escribía Lenin en 1915, en un artículo en que salía al paso de la consigna de los Estados Unidos de Europa. Más tarde, en posteriores trabajos, especialmente, en El imperialismo, fase superior del capitalismo desarrollaría en amplitud sus tesis sobre el imperialismo.

De los planteamientos leninistas extraemos las siguientes conclusiones: primero, el desarrollo desigual del capitalismo (sobre todo en su etapa imperialista) crea la posibilidad objetiva de una revolución triunfante del proletariado en uno o más países. Lenin insistía en que la revolución simultánea en varios países sólo puede darse como una rara excepción. Segundo, no es obligatorio que tal o cual país sea uno de los que tiene el más alto grado de desarrollo capitalista. Con el concurso de un determinado número de circunstancias, la revolución puede triunfar en un país relativamente atrasado, cosa probada por la revolución rusa y china y por otras revoluciones. Tercero, ningún ultraimperialismo puedo modificar esas dos leyes; al contrario, sólo puede acentuar su efecto. Cuarto, de todo ello se desprende que las revoluciones proletarias, mientras trabajen por la preparación de la revolución mundial, no deben postergar la acción revolucionaria del proletariado de un país -cuando las circunstancias le favorecen- hasta el momento en que la clase obrera pueda actuar en una serie de países. Quinto, luego de haber alcanzado el triunfo en un solo país, el proletariado de dicha país debe hacer todo lo posible para sostener y desarrollar el movimiento revolucionario, ya que el socialismo sólo vencerá definitivamente al imperialismo a escala internacional.

Si estamos de acuerdo en que hoy día nos encontramos en la etapa imperialista del capitalismo -y no en otra-, las concepciones leninistas son plenamente vigentes. El imperialismo -dice Lenin- es el capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más importantes (4). Ahora bien, esto no quiere decir que no hayan surgido fenómenos nuevos como la tendencia de los países imperialistas a un menor entendimiento y cooperación y al establecimiento de alianzas más duraderas que en otras épocas.

La creciente integración económica, política y militar de los diferentes Estados imperialistas es un hecho evidente. Sin embargo, tal integración no supone la eliminación del desarrollo desigual inherente al capitalismo ni las contradicciones interimperialistas. En realidad, no es más que una nueva forma de lucha y reparto de mercados y áreas de influencia, según el potencial económico, financiero, militar, grado de estabilidad política interna de cada país integrante, etc., como se pone de manifiesto, por ejemplo, en las diferencias surgidas a cada paso en la Unión Europea. ¿Qué significan las guerras comerciales o financieras, la lucha por los mercados o fuentes de materias primas, y el proteccionismo, sino que las contradicciones existen? Es evidente, pues, que no hay una absoluta identidad de intereses y que la relación interimperialista sigue teniendo ese doble carácter competidor y solidario, de rival y de aliado. Los sistemas de integración cambian en función de la correlación de fuerzas existente, pues las formas de lucha pueden cambiar y cambian constantemente en dependencia de diversas causas, relativamente particulares y temporales, en tanto que el fondo de la lucha, su contenido de clase no puede cambiar mientras subsistan las clases [...] Sustituir el contenido de la lucha y de las transacciones entre las alianzas de los capitalistas con las formas de estas transacciones (hoy pacífica, mañana no pacífica, pasado mañana otra vez no pacífica) significa rebajarse hasta el papel de sofista (5).

La orientación general de la estrategia político-militar del imperialismo está determinada, en primer término, por el deseo de recuperar las posiciones perdidas como resultado de la formación del sistema socialista mundial y de la bancarrota de los imperios coloniales. Pero no hay que olvidar que esa estrategia imperialista se ve amenazada por el desarrollo de la crisis en el seno de las propias metrópolis. De ahí que la aparición de un nuevo movimiento revolucionario en Europa, cuyo máximo exponente es la guerrilla, tenga seriamente preocupadas a las respectivas burguesías imperialistas, porque trastoca todos sus planes militaristas de agresión. Tampoco es que haya sido una sorpresa para ellos, pues en sus planes así como en los de la OTAN siempre ha estado presente la certeza de una guerra interna. La aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional, la fascistización del Estado, etc., forman parte de los preparativos de una guerra inevitable contra la clase obrera y el pueblo, a la que la burguesía se ve obligada ya a prestar una atención preferente.

La integración interimperialista no sólo es resultado de un aumento gigantesco del grado de concentración de la producción y del desarrollo de las fuerzas productivas que ha traído consigo la revolución científico-técnica, de una necesidad de encontrar unas condiciones óptimas para las inversiones de capital por parte de los grandes consorcios económicos, sino que más bien es resultado de su debilidad frente al movimiento revolucionario. Si algo pone de relieve la tendencia a la integración económica del capital financiero internacional es que la envoltura ya no se corresponde con el contenido y que esa envoltura tendrá que descomponerse inevitablemente mediante la revolución socialista. Lenin al hablar de la posibilidad de una alianza interimperialista de las burguesías europeas decía: Por supuesto que los acuerdos temporales entre los capitalistas y entre las potencias son posibles. En este sentido también lo son los Estados Unidos de Europa, como acuerdo entre los capitalistas europeos... ¿sobre qué? Sólo sobre la forma de aplastar en común el socialismo en Europa y defender en común las colonias (6). Este es el verdadero sentido de la integración actual de los países capitalistas europeos y su estrecha alianza con los yanquis y el imperialismo japonés, etc. Los estrategas de la OTAN son, por supuesto, los que están centralizando todo le referente al tema y promoviendo una más estrecha colaboración de todos los Estados capitalistas en la lucha contra el movimiento revolucionario. No es una casualidad el que a algunos de ellos se les haya ocurrido decir que la tercera guerra mundial ya ha comenzado, aludiendo con esta frase a la proliferación de la guerrilla hasta en los países capitalistas desarrollados y a la inviabilidad de una guerra de agresión de carácter generalizado.

El ultraimperialismo, concepción que sostiene que a la etapa imperialista sucede otra nueva, en la que la lucha de los capitales financieros nacionales entre sí es sustituida por la explotación común de todo el mundo por el capital financiero unido a escala internacional, ya fue combatida por Lenin en su tiempo. Dicha concepción niega no sólo el desarrollo desigual sino también la existencia de la lucha interimperialista. En el prefacio al folleto de N. Bujarin, La economía mundial y el imperialismo escribe:

Sin embargo, ¿se puede discutir que después del imperialismo es concebible en abstracto una nueva fase del imperialismo, a saber, el ultraimperialismo? No. Semejante fase sólo se puede concebir en abstracto [...] No cabe la menor duda de que el desarrollo marcha hacia un trust mundial único que absorberá todas las empresas sin excepción y todos los Estados sin excepción. Pero el desarrollo marcha hacia eso en tales condiciones, a tal ritmo y con tales contradicciones, conflictos y conmociones -en modo alguno solamente económicas, sino también políticas, nacionales, etc. que antes, sin falta de que se llegue a un solo trust, a una agrupación ultraimperalista de los capitales financieros nacionales, el imperialismo deberá reventar inevitablemente y el capitalismo se transformará en su contrario.
Anteriormente, en su polémica con Kautsky, que queda claramente reflejada en sus líneas fundamentales en su trabajo El imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin abordó ampliamente el problema en parecidos términos y, sobre todo, en sus aspectos políticos:
La tesis errónea del supraimperialismo -sostiene- tiene graves consecuencias políticas. Tiende a negar la posibilidad de romper la cadena imperialista en sus ‘eslabones’ más débiles, de desarrollar la revolución socialista y la construcción del socialismo en un país o en un grupo de países. Enmascara el desarrollo de las contradicciones que constituyen el pivote de la lucha antimperialista. Los movimientos antimperialistas y por el socialismo deben utilizar al máximo estas contradicciones.
Esto, desde luego, en un plano general. Pero, en concreto, en las condiciones actuales, ¿qué consecuencias podría acarrear para el nuevo movimiento revolucionario europeo el dejar de lado los planteamientos leninistas? En nuestra opinión, sería un grave error. El planteamiento de considerar como enemigo principal al imperialismo, sin tener en cuenta la necesidad de derrocar primero a la burguesía imperialista de cada país y su plasmación estratégica, no favorece el desarrollo de la revolución socialista en Europa. Primero, porque tal estrategia antimperialista no facilita la necesaria ligazón de los revolucionarios con las masas obreras y populares de cada país y tiende a destacar la lucha armada como forma única de lucha y organización, dejando de lado la organización de las masas y otras formas de lucha. No hay que olvidar que han de ser las masas y, principalmente, la clase obrera la que, con ayuda de la vanguardia política y militar, han de llevar a cabo la insurrección. Pensar que la organización de las masas se va a realizar a través de una organización político-militar, como en los países coloniales o dependientes, no se corresponde con las condiciones políticas, sociales, económicas y militares en que se ha de llevar a cabo la revolución socialista en Europa. En segundo lugar, poner el acento en la lucha contra el imperialismo en abstracto y, particularmente, en EE.UU., desvía la atención de las masas de la lucha contra la burguesía imperialista del país que las oprime y explota, aparte de no tener en cuenta el aprovechamiento de las contradicciones interimperialistas. Que exista una hegemonía del imperialismo yanqui no presupone el que los Estados capitalistas europeos sean sus colonias. Y finalmente, porque es ilusorio pensar que unas fuerzas débiles y pequeñas pueden derrotar en enfrentamiento frontal a un enemigo fuerte y unido. Si bien se pueden conseguir éxitos a corto plazo, en un futuro inmediato esa estrategia ofensiva sólo puede llevar a las organizaciones que la pongan en práctica al aislamiento de las masas, a la liquidación y, en definitiva, a la derrota.

La estrategia que nosotros propugnamos -y que estamos aplicando a nuestras condiciones-, es la de la Guerra Popular Prolongada encaminada a la insurrección del proletariado y las masas en las grandes ciudades. Sin una etapa defensiva, de resistencia, de carácter prolongado, jamás lograremos la acumulación de fuerzas necesaria para iniciar la ofensiva o etapa insurreccional. Hablar de ofensiva estratégica en las actuales condiciones del movimiento revolucionario en Europa es una aventura.

Ni qué decir tiene que para que el movimiento de resistencia del proletariado y las masas populares se desarrolle y organice y para que se fortalezca la guerrilla es imprescindible la dirección de un Partido Comunista que agrupe a los elementos más esclarecidos y combativos del proletariado. No debe confundirse, pues, la lucha y la organización armada con la forma superior de organización proletaria, el partido marxista-leninista, imprescindible para la organización y dirección de todo el proceso revolucionario y para la construcción socialista, cuyo papel es multifacético. No debe confundirse a la organización guerrillera, forzosamente interclasista, con la organización de la clase obrera, el Partido. La experiencia demuestra que si no se cubre con éxito la tarea de construir el Partido, la misma existencia de la guerrilla se ve amenazada. El partido revolucionario de la clase obrera es imprescindible para asegurar la dirección política e ideológica de la guerrilla y de todo el movimiento de resistencia en su conjunto así como para aportar a la misma la necesaria ligazón con las masas y asegurar la oposición de las fuerzas guerrilleras.

En nuestra opinión, sólo de esa manera podremos acabar con el poder de las oligarquías imperialistas en cada país, asestar una derrota tras otra al imperialismo e instaurar al socialismo en Europa. En la medida en que el imperialismo se vea acosado en distintos frentes, podremos dividir las fuerzas del enemigo y derrotarlas. Es indudable que el estallido revolucionario en España o en cualquier país de Europa Occidental va a desatar la respuesta feroz del imperialismo y que la lucha va a ser dura y encarnizada. No es lo mismo una revolución en Centroamérica o Vietnam que en el propio corazón del imperialismo. De eso estamos seguros y ya tenemos experiencia con lo que sucedió en España durante la Guerra Civil Revolucionaria de 1936. De una u otra forma todos los países imperialistas se volcaron en ahogar y aplastar la revolución en España. Y ahora harán lo mismo con nuestro país o cualquier otro. Y por supuesto, en la medida que existan varios frentes, no podrán centrarse en un solo país, pues cada burguesía estará ocupada en extirpar el cáncer en su propia casa.

Un mismo frente de lucha contra el imperialismo

La Revolución de Octubre con la victoria del socialismo en la URSS puso fin a la época de la dominación del mundo por el imperialismo y cambió el curso de la historia universal. El imperialismo como sistema recibió un duro golpe del que jamás se ha podido reponer: comenzó la crisis general del capitalismo y una nueva era.

La lucha contra el imperialismo es hoy día una tarea de gran importancia para todos los revolucionarios del mundo. Pero esa contribución es diferente según las responsabilidades y las condiciones de cada país y de cada zona. Actualmente esta lucha ha adquirido una enorme amplitud y está condicionada por los cambios habidos en la escena política internacional, que impiden al imperialismo evitar el desarrollo de la revolución por todas partes.

Las libertades democrático-burguesas de otro tiempo han sido prácticamente suprimidas y en su lugar se han implantado regímenes policíacos y militaristas, que están obligando al proletariado y a las masas a emplear métodos de lucha y organización acordes con la época de reacción y contrarrevolución permanente que ha impuesto la burguesía. Por eso en Europa, a pesar de las enormes dificultades que entraña la acumulación de fuerzas revolucionarias, a pesar de que la burguesía imperialista esté tratando de impedirlo por todos los medios, entre ellos la utilización del socialfascismo, la militarización de la sociedad y del Estado o la colaboración internacional, las condiciones son cada vez más favorables para el movimiento revolucionario en los países capitalistas.

El imperialismo por mucho que se esfuerce, por muchos crímenes y agresiones que cometa no podrá evitar la marcha ascendente de este vasto movimiento. Ni con las guerras de exterminio de pueblos indefensos o la imposición de regímenes fascistas, ni con el chantaje de la guerra nuclear o la creación de cuerpos especiales de represión policiales o militares, ni con las fuerzas de la OTAN ni los yanquis con sus marines podrán impedir que se desarrolle este movimiento ni que logre nuevas y más importantes victorias. No es el imperialismo sino las masas quienes deciden los acontecimientos. Durante estos años esto se ha confirmado plenamente.

La existencia de distintos frentes de lucha, integrados a su vez por distintos focos revolucionarios, imposibilitará que las fuerzas militares del imperialismo puedan concentrar todo su potencial en una zona determinada, lo que facilitará una victoria tras otra de la revolución.

El imperialismo hoy más que nunca depende para su supervivencia de todas y cada una de sus partes. De uno a otro lado del mundo sus fuentes de materias primas, sus áreas de inversión de capital y zonas da influencia están conectadas entre sí y con las metrópolis por múltiples lazos políticos, económicos y militares. Su vulnerabilidad es tal que cualquier derrota que sufra en cualquier punto conmueve todos los pilares del sistema. El internacionalismo en nuestra época surge precisamente de esa interdependencia entre unas zonas con otras, del carácter de clase de las fuerzas contendientes y de las propias condiciones en que se desarrolla la lucha en el plano mundial. La fuerza alcanzada por el frente revolucionario, su gran extensión y diversidad de formas de lucha que aplica, hace que hayan perdido su vigencia la concepción y práctica del internacionalismo proletario predominante en otro tiempo. Ya no se trata de preservar una conquista, sino que el campo de las conquistas se extiende todos los días. Así, los que debían ser ayudados, son los que ahora tienen la obligación de ayudar. Por tanto, hoy más que nunca, la mejor contribución que puede hacer la clase obrera de un país a la causa del proletariado internacional, es la consecución de los grandes ideales por los que desde mucho tiempo atrás vienen luchando y han entregado su vida numerosas generaciones de revolucionarios, es haciendo la revolución en cada país y prestando ayuda y apoyo para que los otros la hagan (7).

Notas:

(1) F. Arenas: En la encrucijada, marzo de 1978.
(2) F. Arenas: ¿Tránsito a la democracia parlamentaria burguesa o proceso revolucionario abierto hacia el socialismo?, noviembre de 1976.
(3) F.Arenas: ¿A dónde ir, qué camino debemos tomar?, septiembre de 1984.
(4) Lenin: El imperialismo, fase superior del capitalismo.
(5) Lenin: El imperialismo, fase superior del capitalismo.
(6) Lenin: La consigna de los Estados Unidos de Europa.
(7) F. Arenas: En la encrucijada.

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