Una guerra total e indivisible

A. Hernández

Sumario:

— Introducción
— Fascismo y guerra imperialista: dos caras de la misma moneda
— El ‘Frente interior’
— El resquebrajamiento de los ‘Estados de derecho’

Los sucesos del 11 de septiembre y la posterior guerra de Afganistán han sido el detonante de la mayor escalada fascista que ha conocido el mundo desde el final de la II Guerra Mundial. Hoy ya nadie duda que la peste parda está extendiendo sus tentáculos por todos los continentes de forma cada vez más prepotente y desembozada, de tal manera que es difícil encontrar algún país en el que no se estén poniendo en marcha medidas antiterroristas o se decreten estados de excepción e incluso estados de guerra, a la vez que se establecen nuevos tratados de actuación represiva conjunta entre los diversos Estados. Es la guerra contrarrevolucionaria que avanza y se desarrolla al mismo tiempo que se recrudece y se extiende la guerra mundial imperialista.

Bajo el estandarte de guerra sin cuartel contra el terrorismo y todos los que lo apoyan y sostienen, los escuadrones de la muerte de la reacción mundial están desencadenando el terror fascista. Jaleados por los Bush, los Schröder o los Putin, y por algún que otro caudillete como Aznar, ese enfebrecido agitador de la guerra sucia, todos los Estados, incluidos los más democráticos y neutrales, se han apuntado a esa guerra policial, militar, financiera e informativa... dentro y fuera de cada Estado, sin fronteras. Todos están de acuerdo en someter a sangre y fuego a los pueblos que se resisten a ser repartidos y saqueados y en reducir, mediante la represión más salvaje, a los trabajadores y a todos los movimientos revolucionarios que luchan y se oponen a los crímenes de su sistema de dominación.

Esta ofensiva fascista ha estallado con especial virulencia en EEUU, donde la superengrasada maquinaria represiva yanqui, que ha desempolvado medidas represivas de la época macarthysta, ha dado carta blanca para el asesinato político, la tortura y los encarcelamientos preventivos y sin pruebas y ha comenzado a aplicar en el propio territorio métodos contrainsurgentes que durante decenios el gendarme yanqui había fomentado en países de medio mundo. De momento, se han instaurado leyes de guerra -como la Patriot Act- en los estados federales más inestables, se cuentan por miles las personas detenidas -y posteriormente desaparecidas- en las comunidades más sospechosas, se han creado decenas de tribunales militares y se promete la horca para todos los enemigos de la patria.

Las demás potencias imperialistas, como el Reino Unido, Alemania y Francia no se han quedado a la zaga. Estos viejos matarifes de pueblos -incluidos los suyos-, expertos en contrarrevolución donde los haya, no han tenido ningún problema en activar otra parte más de su abundante arsenal contrainsurgente (Vigipirate reforzado y leyes de seguridad colectiva en Francia, nuevas leyes federales de seguridad en Alemania o decretos de emergencia en Gran Bretaña), lo que supone un reforzamiento y ampliación tan considerable de los estados policiacos existentes que, según no pocos analistas, les coloca a tiro de piedra de la dictadura militar abierta.

En España, esta avalancha contrarrevolucionaria mundial no ha hecho sino acelerar el retorno del régimen fascista a los tiempos más negros de la época de Franco. Los peperos y algunos destacados espadones, polizontes y jueces han reconocido que todo esto es un verdadero espaldarazo a la política antiterrorista del Estado español. De ahí que el régimen fascista, aunque es un verdadero adelantado en terrorismo de Estado, haya comenzado a preparar nuevos planes judiciales y militares para pasar a fases superiores de la represión, como el estado de excepción extendido a todo el territorio e incluso el estado de sitio por ciudades, regiones o en general, como manifestaba el nuevo responsable de la División de Antiterrorismo del flamante Centro Nacional de Inteligencia (CNI), sustituto del antiguo CESID. Por eso el Estado Mayor de los milicos ha reactivado las unidades militares especializadas para casos de crisis, de grandes desórdenes y en apoyo de las fuerzas de seguridad, ha impulsado la creación de nuevas unidades y ha amarrado mucho más las riendas de todo el entramado civil de la represión, tanto en el terreno de la información como en el de la coordinación a través de esa Comunidad de Inteligencia que dirigirá el CNI al frente de todos los cuerpos represivos.

Esa ofensiva fascista ha llegado también a esa especie de reinos de Taifas que conforman la llamada UE. Sus Estados miembros, en medio de continuas refriegas y guerras de banderías, decidieron poner en marcha esa entente contra el terror, mediante la cual están dispuestos a convertir Europa en el continente de la vigilancia y el control total -siguiendo la idea y hasta las palabras de los mismos nazis-, con sus organismos policiales y judiciales pertinentes y a través de toda esa cadena de eurórdenes, eurocapturas, euroextradiciones y otras muchas eurocanalladas. En cuanto a la defenestrada OTAN parece que quieren encontrarle nuevas tareas; en plena disgregación, algunos de sus Estados miembros pretenden reinventarla de nuevo, buscándole en la lucha contra el terrorismo mundial su razón de existir y su justificación histórica, de tal manera que el hasta ahora llamado Comité Civil de Emergencia, organismo tras el que se ocultaban los preparativos logísticos para las invasiones humanitarias que todos conocemos, pasaría a llamarse Comité de Emergencia para Operaciones Antiterroristas, que estaría dotado de tropas de intervención especiales.

En otras partes se observa la misma tendencia. Es el caso de esa Unión árabe antiterrorista que, promovida por la Liga de países árabes moderados -los Estados colaboradores de las potencias imperialistas encabezados por Egipto-, ha lanzado a sus asociados a desencadenar el terror y a convertir sus territorios en un inmenso campo de concentración, interconectado y sin fronteras. En Latinoamérica, el gendarme yanqui está reforzando a toda prisa su patio trasero, promoviendo desde el Consejo Interamericano de Defensa, que comanda el Pentágono al frente de todos los gobiernos, una nueva remilitarización de América Latina, que incluye la organización de fuerzas multilaterales para intervenir de forma inmediata en cualquier parte y la reactivación de los Estados militares encargados de incrementar la guerra sucia. Y, como remate, el terror blanco dentro de la llamada CEI, esa Comunidad de Estados Independientes que aglutina a una parte de las repúblicas de la ex-Unión Soviética y que sólo funciona para mantener el sojuzgamiento de esos pueblos e intentar conjurar la revolución; en ella, la pauta la ha vuelto a marcar la burguesía fascista e imperialista rusa que, a través del reciente putinazo, ha implantado nuevas leyes de emergencia, ha reforzado el Ministerio del Interior con nuevas divisiones del ejército regular y ha promovido acuerdos de cooperación antiterrorista entre los diversos Estados.

Pero esta avalancha contrarrevolucionaria mundial no ha rebajado los muchos contenciosos de todo tipo que recorren de arriba a abajo todo el sistema capitalista, ni podía atenuar las contradicciones y rivalidades interimperialistas, sino todo lo contrario. Y es que, como en el caso de las grandes potencias, principales promotoras de esa lucha contra el terrorismo mundial, lo que pretenden, aparte de sojuzgar mucho más a sus propios pueblos, es agredir militarmente a países y regiones enteras con el fin de someterlos a su control y vasallaje; es el reparto del mundo mediante la guerra, de ahí que cada potencia y bloque imperialista se arrogue la patente de corso para intervenir donde mejor convenga a sus intereses y que cada cual disponga de su propia lista de países terroristas y ejes del mal a los que agredir, lo que, además, está desatando la carrera armamentista y agudizando como nunca la guerra por el petróleo, por el uranio, por la tecnología militar...; de ahí también que, desde entonces, estemos asistiendo a un perfilamiento aún mayor de los bloques imperialistas, a ese movimiento de alianzas y contraalianzas, a esa pugna por ganarse aliados y restárselos a los del adversario; todo esto acerca de forma considerable a las grandes potencias imperialistas al enfrentamiento militar directo entre ellas. Por eso esa cooperación que se prometieron los grandes buitres imperialistas saltó hecha añicos ya en los primeros días de la guerra de Afganistán, que rompió a la misma OTAN, y donde todos, entre frecuentes rifirrafes, tensiones y amenazas, se instalaron militarmente en ese país con el fin de tomar posiciones hacia el posterior asalto a las reservas petrolíferas de las regiones más o menos colindantes y asentarse en una encrucijada geográfica considerada estratégica; una escena de rivalidad que se repetiría poco después cuando a una parte de la flota alemana de guerra le faltó tiempo para dar alcance a los imperialistas yanquis en su caza de terroristas en Somalia; la misma que se ha manifestado en las severas amenazas que el Pentágono ha lanzado contra todos aquellos que pretenden entrometerse en sus áreas de influencia, o en la réplica alemana a EEUU, cuando les ha advertido que de los terroristas y de las bases que tienen establecidas en el viejo continente se ocupan los propios Estados europeos y que no necesitan ningún gendarme exterior.

Fascismo y guerra imperialista: dos caras de la misma moneda

No cabe duda que la guerra imperialista está entrando en una fase superior de su desarrollo, de ahí que la burguesía financiera esté acelerando a marchas forzadas esos procesos de fascistización que desde hace años venía impulsando; se acabó el guardar las formas y los pasos escalonados. Los Estados policiales imperantes hasta la fecha, apenas encubiertos en toda una maraña de legalismos, pactos institucionales y cortinas de humo, están dando paso a niveles más elevados de la represión y al control militar en todos los terrenos; por eso el ejército, como principal instrumento de dominación de la burguesía, se destaca de forma cada vez más visible y directa no sólo en las tareas represivas y en el control de masas, sino también en las áreas de decisión política, económica, mediática, cultural... lo que está dejando entrever la formación en curso de gobiernos político-militares de unidad nacional, de emergencia, etc.

Esta escalada represiva mundial ha sido calificada de rebrote y vuelta del fascismo. Pero el fascismo no puede rebrotar ni volver, ya que nunca se ha marchado de la escena del capitalismo mundial desde que éste entrara en la fase imperialista y última de su desarrollo y se instaurara el capitalismo monopolista de Estado; desde entonces está instalado y bien instalado, incluso en los países más democráticos, para sostener en el poder a esa oligarquía que lo ha implantado como forma de su régimen político de dominación. En todo caso, de lo único que cabe hablar es del avance en los métodos y prácticas represivas fascistas hacia fases superiores, más sangrientas y extendidas, que desembocan en la dictadura fascista abierta.

Y para implantar fases más elevados de la represión, el Estado capitalista moderno no necesita echar mano de golpes de fuerza, intentonas ni asonadas, sólo tiene que activar esos articulados especiales incluidos en todas las Constituciones y que posibilitan incluso la implantación de los estados de sitio y de guerra, en los que la represión alcanza sus máximos niveles. De ahí que el camarada Arenas señalara: Hoy nos encontramos en el monopolismo y la reacción política, cuando la burguesía misma hace tiempo que ha roto la legalidad democrática que gobernó todos sus actos en otro tiempo, cuando el capital monopolista ha eliminado las trabas jurídicas e institucionales que impedían su actuación contrarrevolucionaria abierta (1).

Esta dominación política de tipo fascista no sólo es inseparable de la esquilmación y saqueo del capital financiero sobre sus propios pueblos y otros muchos países, sino también de la misma guerra imperialista que éste promueve. Fascismo y guerra imperialista son, por tanto, dos caras de la misma moneda, son la reacción tanto en la política interior como en política exterior, la contrarrevolución contra los propios pueblos y el chovinismo desenfrenado y la guerra de conquista en el exterior, como ya indicara J. Dimitrov (2). Además, el desencadenamiento de la guerra imperialista ha venido a acentuar mucho más los rasgos parasitarios, explotadores y la política represiva fascista; de hecho, desde de caída del muro de Berlín -denunciaban recientemente algunas organizaciones de derechos humanos-, se han decretado en los países capitalistas desarrollados más leyes antiterroristas y eliminado más conquistas sociales y laborales que en los treinta años anteriores.

Así es como la guerra contra el llamado enemigo interno y la dirigida contra el enemigo exterior se han fundido en un todo único e indivisible. De ahí que la famosa Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), que fue desarrollándose durante la época de la guerra fría y que dio lugar a la contrainsurgencia moderna, se fuese incorporando en los últimos años a la llamada estrategia combinada o a la estrategia de la seguridad total -como ha sido calificada recientemente-, concepto político-militar mucho más amplio, que une la guerra imperialista y la represión interna. Todos los Estados imperialistas han ido acometiendo esta readaptación, incluido el español que, a través de la Nueva Directiva de Defensa Nacional (DDN) y de las sucesivas Revisiones Estratégicas de la Defensa puestas en marcha por los gobiernos de Aznar, emprendió la reordenación de las regiones y zonas militares, mediante la cual una parte del ejército se dedicaría a las correrías imperialistas fuera de nuestras fronteras y otra a la represión interna.

El 'Frente interior'

Es precisamente con esta escalada represiva como la burguesía financiera y los sectores militaristas han decidido abrir un frente de guerra en el interior de cada país. Con esta vieja práctica, el imperialismo trata no sólo de pacificar el propio territorio, sino también de ir imponiendo toda una serie de medidas dirigidas a fortalecer el Estado, su ejército y fuerzas de represión e ir sentando las bases para una economía de guerra (sobre todo en el sector armamentístico y de materias consideradas estratégicas), con el propósito de asegurarse la retaguardia y disponer de una sólida plataforma de agresión. De esta manera, se termina imponiendo la militarización en todos los ámbitos de la producción y de los servicios laborales bajo la consigna del todo para la guerra y se eliminan las conquistas de los trabajadores, a la vez que se reprime, incluso manu militari, cualquier síntoma de oposición y de resistencia, lo que convierte el territorio en un campo de trabajos forzados y en un presidio.

Es también a través del incremento de la represión como los Estados capitalistas implicados en la guerra imperialista tratan de imponer por la fuerza las sucesivas levas forzosas y masivas, esa carne de cañón que necesitan y que de otra forma no iban a conseguir ante el rechazo a la guerra imperialista y al militarismo por parte de los trabajadores, espoleado por la memoria histórica que vuelve a sacar a la luz las escabechinas de las guerras mundiales y otras tantas guerras desencadenadas por el capital y sus matarifes; para comprobarlo, sólo hace falta echar un vistazo a los fracasos reclutadores cada vez más estrepitosos que está cosechando la política de formación de ejércitos profesionales en la mayoría de los países capitalistas y que desde hace tiempo ha hecho saltar todas las alarmas en los estamentos militares.

Al mismo tiempo, esta militarización de la sociedad la utiliza la gran burguesía para jerarquizar aún más el poder, poner en orden y depurar sus propias filas y asegurar la unidad de la patria; con mucho más motivo si tenemos en cuenta que en los últimos años no sólo se han desatado las contradicciones interimperialistas, sino también las peleas y rivalidades entre los grupos económicos y políticos dominantes en los Estados y en algunos casos, como en el del español, han aparecido las tendencias disgregadoras y centrífugas por parte de las burguesías nacionales.

Por eso, el actual Secretario de Defensa yanqui, D. Rumsfeld, declaraba que ante la guerra en la que estamos metidos ya no valen las medidas disuasorias en las que nos habíamos instalado cómodamente; no cambiarlas, no restringir las libertades y derechos, no centralizar mucho más el poder, no llevar, en una palabra, la guerra al interior del país, equivale a dar facilidades al enemigo y debilitar nuestras posiciones. Estas palabras, dichas recientemente, suenan lo mismo que las que dijera el mariscal nazi H. Göring tiempo antes del inicio de la II Guerra Mundial: Primero hay que acabar con el enemigo de la patria y convertir el Estado en una máquina para la guerra, para eso abriremos un frente en el interior, después pasaremos a la guerra exterior; pero sin descuidar nunca a los enemigos en el interior, si no será imposible continuar la guerra.

El resquebrajamiento de los 'Estados de derecho'

Pero detrás de esta ofensiva fascista se está gestando otra realidad; se trata de la crisis institucional que se está desatando en de los propios Estados capitalistas, ya que los imperialistas, al estar pasando a mayores estadios de la represión, están cerrando el ciclo de la llamada contrarrevolución preventiva, piedra angular sobre la que se venía sosteniendo el Estado de derecho. Ellos mismos están procediendo a la voladura de esa fase primera de la contrainsurgencia moderna, ese tótem del terrorismo de Estado al que toda la burguesía mundial había rendido pleitesía durante décadas, considerándola como el mayor invento para contener la revolución.

Una fase, además, en la que los reformistas de toda catadura y pelage se encontraban completamente a sus anchas; no en vano esta contrarrevolución preventiva incluye, como parte integrante, junto a las leyes antiterroristas, los tribunales especiales, las cárceles de exterminio y la guerra sucia, a las mascaradas electorales, los pactos, los consensos parlamentarios, etc. De ahí que la dominación política de la burguesía en el moderno Estado capitalista se haya apoyado y legitimado con la integración en la legalidad del régimen fascista y en el mismo aparato del Estado de esos partidos y sindicatos, lo cual ya fue señalado por la Internacional Comunista cuando advertía que el fascismo y la socialdemocracia son los dos aspectos de uno y mismo instrumento de la dictadura del gran capital.

Este resquebrajamiento institucional de los regímenes capitalistas es lo que realmente está inquietando a los reformistas del mundo entero y a otros muchos oportunistas. Por eso no cesan de declarar, incluso aquellos que no han hecho más que cantar loas a las excelencias del mundo libre, que la primera víctima de la guerra y de las medidas de excepción que se están tomando en todas partes son los Estados de derecho y el imperio de la justicia, el desplazamiento de las instituciones civiles, el fin de la libre circulación de personas, la autocensura y la censura que se está imponiendo....

No cabe duda que todo esto va a suponer un mazazo para estos agentes de la burguesía, a los que el gran capital está dejando con el culo al aire, sin otro espacio de actuación, otro margen de maniobra y otro papel que el de convertirse en abiertos verdugos y colaboracionistas, en voceros del socialchovinismo y el socialpatrioterismo, en defensores de las carnicerías de los ejércitos imperialistas. Aunque, y en eso pueden estar tranquilos, la burguesía imperialista no va a hacer con ellos lo que hicieron los hitlerianos y otros regímenes nazi-fascistas, no va a implantar el partido ni el sindicato únicos ni les va a dejar sin trabajo contrarrevolucionario.

Todo ello viene a demostrar que la ofensiva fascista que estamos presenciando no es un síntoma de fortaleza, sino de las condiciones de extrema debilidad en que se ve obligada a gobernar la burguesía monopolista y, por lo tanto, el único recurso que le queda para llevar adelante la guerra imperialista, lo que va a espolear mucho más la lucha de clases y despejar el proceso revolucionario. Como ya dijera J. Dimitrov en 1939: La guerra imperialista está trayendo consigo un agravamiento rápido de las principales contradicciones entre los estados imperialistas. Agrava los antagonismos entre las metrópolis y las colonias, entre las naciones dominantes y las naciones oprimidas. Lo esencial es que pone al descubierto la diferencia existente entre las clases dentro de la sociedad burguesa y agudiza al extremo los antagonismos entre el proletariado y la burguesía, entre los explotados y los explotadores. La guerra pone al descubierto todas las carencias del sistema capitalista y provoca la crisis más aguday más profunda del capitalismo (3).

Notas:

(1) M.P.M. (Arenas): El nuevo movimiento revolucionario y sus métodos de lucha.
(2) J. Dimitrov: Contra el fascismo.
(3) J. Dimitrov: La guerra y la clase obrera de los países capitalistas.

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