Sumario:
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Aparecen de nuevo los viejos factores que conducen a la guerra
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¡Contra la guerra imperialista, la guerra revolucionaria!
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¿Qué hacer en una situación como la presente?
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La nueva fase de la crisis
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Es la guerra
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Mantener el rumbo trazado
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El desorden reina bajo los cielos
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Sólo el socialismo puede salvar a las masas de todos los continentes
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Un nuevo Pacto de Munich
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El punto de partida de la revolución internacional
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La lucha contra el imperialismo y el peligro de guerra
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Llevar a cabo la revolución en nuestro país y
contribuir a que triunfe en el mundo entero
El enconamiento de las contradicciones interimperialistas es otro factor importante de la actual situación que deberá ser tenido muy en cuenta. Estas contradicciones siempre han existido, aunque más o menos mitigadas debido a la identidad de los intereses de la burguesía y los Estados capitalistas que les mantiene enfrentados a los países socialistas y a los movimientos revolucionarios. Pero últimamente sus disputas y rivalidades están pasando a un primer plano. El derrumbamiento del socialismo en los países del Este de Europa y la perspectiva de un debilitamiento de la URSS han despertado los apetitos y las ansias de reparto. El olor del botín excita a las fieras y éstas han comenzado la lucha, desplazando el centro de gravedad de las tensiones, desde otras regiones del globo, al Centro y al Este de Europa. Esta lucha habrá de traer graves consecuencias.
Como ya hemos apuntado, la evolución de estas contradicciones y luchas habrá de ser tenida muy en cuenta, pero no hasta el punto de perder completamente de vista las contradicciones existentes entre los dos sistemas y la que enfrenta al imperialismo con los movimientos revolucionarios. La solidaridad de clase de la burguesía se acaba de poner de manifiesto con fuerza arrolladora. La experiencia ha demostrado que los Estados capitalistas encuentran siempre un campo de interés común que les permite dejar de lado durante un tiempo sus propias contradicciones para dedicarse a combatir al movimiento revolucionario. Ante esta evidencia, resulta inútil y muy perjudicial persistir en la misma política de distensión que se ha venido practicando a costa de congelar los procesos revolucionarios internos, lo cual ha permitido a los imperialistas un respiro en sus disputas y llegar a acuerdos para desviar sus tensiones y conflictos hacia el campo contrario. Ha sido al amparo de la distensión como los imperialistas de los EEUU y de los demás países de la OTAN han logrado la supremacía armamentística, han provocado la crisis económica en los países socialistas, han desarrollado sus estrategia de infiltración y subversión dentro de ellos, han organizado y dirigido numerosos ejércitos mercenarios en los cinco continentes; con todo lo cual, han logrado importantes éxitos en sus planes de contención del comunismo. Estos éxitos no se explican por la supuesta falta de eficacia del sistema económico. La superioridad del socialismo sobre el capitalismo en el terreno económico es indiscutible, y se ha demostrado muchas veces. El problema está en la política interior y exterior del revisionismo, que facilita los planes de la reacción.
Se olvida con demasiada frecuencia que, frente a las fuerzas progresistas, siempre será más lo que une que lo que pueda separar a la burguesía de distintos países, ya que, al fin y a la postre, al menos una parte considerable de ella, preferirá la disminución de sus ganancias o una simple participación en el gran botín, a perderlo todo a manos del movimiento popular revolucionario. Aquí no cuenta para nada el humanismo, la civilización cristiana y todas esas monsergas. ¿Qué queda del irrisorio proyecto de la casa común europea gorbachoviano? Con el Pacto de Varsovia herido de muerte y la misma Unión Soviética extenuada, completamente desorientada y rota tras treinta años de revisionismo y cinco de Perestroika, lo que se está imponiendo con fuerza arrolladora no es otra casa que la que ya tenían diseñada desde hace mucho tiempo los imperialistas yankis y sus socios de la OTAN.
La catástrofe que se cierne esta vez sobre el mundo no parece que vaya a ser pequeña, ya que este proceso está plagado de contradicciones y tensiones a cual más grave y peligrosa. La vieja historia quiere repetirse, sólo que esta vez la representación no va a resultar, precisamente, una comedia. Si la Unión Soviética no logra enderezar su rumbo y encaminar sus pasos hacia la meta que tenía fijada, una crisis mundial de incalculables consecuencias será inevitable. Los líderes revisionistas han proclamado muchas veces sus deseos de paz y creen que la están procurando. Pero, con su política timorata y de cortos vuelos, lo que en realidad están haciendo es crear todas las condiciones para que estalle de nuevo la guerra.
La oligarquía española ya ha tomado partido. Esta vez no va a permanecer neutral. Con arreglo al desarrollo capitalista alcanzado, tratará de jugar su baza, como potencia de segunda fila, en la lucha por las fuentes de materias primas y los nuevos mercados de acuerdo con los más fuertes. Esto es, seguramente, del lado de los alemanes, pero sin abandonar su alianza estratégica con los EEUU. Francia y su proyecto de confederación europea no cuentan. Este podía ser un proyecto atractivo para la URSS y la RPCH, pero no para la Gran Alemania ni para los EEUU. Además, ni éstos ni los ingleses pueden estar interesados en una Alemania neutral, como proponen los soviéticos, y menos aún en un Estado alemán dominando Europa. Este nudo de contradicciones sólo podrá ser deshecho, como siempre, mediante la fuerza.
Sólo la existencia de una Unión Soviética fuerte y unida, aliada a la República Popular China y a las fuerzas revolucionarias de todo el mundo, podrá permitir una nueva paridad de fuerzas capaz de evitar una tercera conflagración mundial. No queda otra alternativa para salvar a la humanidad de la hecatombe o de la barbarie capitalista que la revolución.
No pretendemos ser agoreros. Verdaderamente, cuesta creer que pueda producirse una nueva carnicería de tales dimensiones; que una guerra regional, calificada por los matarifes del Pentágono como de mediana intensidad, termine generando un conflicto armado en el que se vean directamente implicadas las grandes potencias y sus respectivos o virtuales aliados. Sin embargo, los hechos son muy tozudos y hablan por sí solos. Al comienzo de su intervención, los norteamericanos trataron de justificarla argumentando sobre la necesidad de proteger a la Arabia Saudita contra un hipotético ataque iraquí. Más tarde presionaron a todos los países para llevar a cabo, en nombre de la ONU, el bloqueo terrestre, aéreo y marítimo del agresor. Después adujeron que estas medidas no serían suficientes para hacerle soltar la presa, que sería necesario obligarle, liberar por la fuerza el territorio ocupado; hasta que, finalmente, la supuesta liberación de Kuwait, se ha convertido en una agresión abierta y descarada contra Irak y todo el mundo musulmán. Hoy se admite sin ningún tapujo que el objetivo no es otro que la destrucción de la economía y del ejército de Irak y la posterior desmembración y reparto de este país. ¿Qué otra cosa puede hacer Sadam Husein, sino defenderse utilizando todas las armas de que dispone? [...]
Esta política de agresiones y de asfixia, la ocupación de territorios árabes y el genocidio del pueblo palestino, se inscriben dentro de la estrategia de dominio y de expansión del imperialismo y del sionismo en la zona. Sólo que, últimamente, sus planes se han ampliado y apuntan mucho más lejos. El principal obstáculo que encuentran en este camino lo constituye Irak. Por este motivo necesitan destruirlo y desmembrarlo. Otra cosa muy distinta es que puedan conseguirlo, al menos, con la facilidad y el bajo coste económico y en vidas humanas que al principio habían supuesto. Desde luego, el imperialismo yanki y su cabo de varas allí en la zona (el Estado sionista), no están en condiciones de mantener por sí solos, ni por mucho tiempo, el esfuerzo bélico. La demostración de fuerza se ha convertido, en realidad, en una demostración de su gran debilidad y vulnerabilidad actual, por lo que no habría que descartar una quiebra de toda su estrategia en no muy lejano plazo. Intuyendo este probable resultado, ya antes de emprender las hostilidades armadas, centraron su atención en guardarse las espaldas y en procurarse la ayuda de sus socios de la OTAN, al tiempo que están obligando a otros países a pagar la factura de una guerra que atenta contra sus propios intereses. Esta es una contradicción insalvable, que no tardará en manifestarse abiertamente con toda su fuerza. Esto es, precisamente, lo que hace particularmente peligrosa esta intervención, lo que la distingue de otras agresiones llevadas a cabo por los EEUU en distintos momentos y en otras regiones del mundo en la historia más reciente.
Por el momento, la escalada de la guerra sigue sin que aparezca ninguna fuerza capaz de contenerla. Turquía ya está implicada y está siendo respaldada, al igual que todos los demás Estados que llevan a cabo la agresión, por la OTAN. ¿Cuánto van a tardar en reaccionar los soviéticos ante este nuevo movimiento de la estrategia militar imperialista? ¿Podrán ser contenidas las masas árabes por los gobiernos títeres, corrompidos hasta la médula?
Aparentemente, todo se ha precipitado y se está desarrollando de manera imprevista, pero si reparamos en el curso que han seguido los acontecimientos internacionales en los últimos cinco años, se comprenderá que han sido éstos los que, en realidad, han creado todas las condiciones para el estallido del conflicto y su más que probable extensión y elevación a los extremos. Los EEUU necesitaban y querían esta guerra, al igual que necesitaban otras que fueron desencadenadas por ellos en las últimas décadas (desde la de Corea y Vietnam, hasta la más reciente masacre perpetrada en Panamá) para imponerse, en unos casos, como potencia hegemónica del mundo capitalista, para hacer de guardianes de los intereses imperialistas, en otros, o para procurar mantener su tambaleante posición, que es la que están procurando conseguir ahora. No obstante, en esta ocasión concurren algunos factores que no habían aparecido en situaciones anteriores: primero, el sistema capitalista se halla inmerso en una profunda recesión económica; segundo, actualmente, la URSS no está en condiciones de desempeñar el papel disuasorio que ha venido jugando en el plano internacional frente a los designios imperialistas; tercero, los EEUU siguen ostentando un gran poder militar, pero se muestran incapaces de ejercer por sí solos la hegemonía mundial a la que siguen aspirando, debido, principalmente, al desarrollo económico desigual que se ha producido y al potencial financiero y tecnológico que ostentan hoy día otros Estados capitalistas; cuarto, en este marco, son inevitables la agravación de todas las contradicciones y de las luchas interimperialistas, la aparición en la escena mundial de nuevas potencias militares así como el corrimiento de algunas de ellas del lado de los países socialistas.
En nuestra opinión, la intervención militar norteamericana en el área del Golfo Pérsico responde, antes que nada, a esta nueva situación que se ha creado en el mundo y, con lo cual, los planificadores y estrategas yankis intentan adelantarse, tomar nuevas posiciones y obligar a los otros Estados a hacer otro tanto ante los grandes enfrentamientos que ya se vislumbran. Por todo lo anterior, podemos concluir, la actual guerra del Golfo supone, de hecho, la primera gran batalla de la III Guerra Mundial. Esta es una guerra imperialista, gestada, como las anteriores, por el desarrollo de la crisis general del sistema capitalista. Pero a ella también ha contribuido, y no en poca medida, la política engañosa y capituladora que ha practicado durante décadas el revisionismo moderno, en particular, los dirigentes de la URSS. La debacle de los regímenes revisionistas, la anexión de la RDA por Alemania del Oeste, la política de concesiones y de apaciguamiento de los dirigentes soviéticos, el caos que éstos han provocado en la Unión Soviética, todo eso ha incitado al imperialismo yanki a buscar una salida a la grave crisis que padece por el camino de la guerra.
Mas no creemos que esa posición oportunista y cobarde que preconiza la paz a cualquier precio -hasta el punto de pretender sacrificar los intereses vitales de la clase obrera y de la humanidad entera a los designios hegemonistas de EEUU- pueda ser mantenida durante mucho más tiempo, ya que, entre otras razones, atenta contra la existencia de la misma Unión Soviética. La experiencia está demostrando que los tiburones imperialistas no se conforman con un solo bocado, sino que, por el contrario, una vez que han conseguido tragarse algunos países de Europa del Este, ahora la han emprendido con las Repúblicas que integran la URSS. En realidad, su desmembramiento y destrucción, así como el de China Popular, de Cuba y demás países socialistas, continúan siendo el principal objetivo del imperialismo, por lo que no dudamos que, a no tardar, los trabajadores y revolucionarios de todos esos países ajustarán las cuentas al revisionismo y a la burguesía y reemprenderán el camino de la lucha más resuelta. De hecho, en la Unión Soviética, esta lucha ya ha comenzado con las iniciativas políticas y militares tomadas recientemente en las Repúblicas Bálticas y en otras zonas del país contra la quinta columna y, seguramente, no serán las últimas. Hoy ya está claro que, por más esfuerzos que hagan por uno y otro lado por establecer una separación, ambos fenómenos (la guerra del Golfo y la guerra civil en la URSS) están entrelazados, al igual que lo están con la famosa Perestroika, a cuyo entierro estamos asistiendo.
Tal como ha señalado la Dirección de nuestro Partido en una Declaración, publicada con motivo de los acontecimientos que aquí estamos comentando: Estos episodios no han hecho sino dar paso a una nueva fase de la crisis, en la que ya no aparecen los obstáculos que venían entorpeciendo el desarrollo a gran escala de la lucha de masas y las iniciativas revolucionarias. Esta lucha se va a ver favorecida por el marco de la crisis general del sistema capitalista, en el que tratan de desenvolverse los proyectos restauracionistas e imperialistas de la nueva burguesía rusa, así como por otros muchos factores, como la misma naturaleza y extraordinaria gravedad de los problemas a que tendrán que hacer frente.
Tanto en los países del Este y Centro de Europa, como ahora en la URSS, la burocracia revisionista se ha mostrado incapaz de regir los destinos de los pueblos y, más aún, de contener la avalancha burguesa e imperialista. Ahora corresponde a esos pueblos tomar en sus manos sus propios asuntos. De ello depende no sólo su futuro, sino también el que se pueda evitar en lo inmediato una nueva conflagración mundial. Nuestro Partido, en diversos documentos y artículos, ha advertido de los riesgos que entraña esta nueva situación. Ya en agosto del año pasado señalábamos: La catástrofe que se cierne esta vez sobre el mundo no parece que vaya a ser pequeña, ya que este proceso está plagado de contradicciones y tensiones a cual más grave y peligrosa. La vieja historia quiere repetirse, sólo que esta vez la representación no va a resultar una comedia. Si la Unión Soviética no logra enderezar su rumbo y encaminar sus pasos hacia la meta que tenía fijada, una crisis mundial de incalculables consecuencias será inevitable. Los líderes revisionistas han proclamado muchas veces sus deseos de paz y creen que la están procurando. Pero, con su política timorata y de cortos vuelos, lo que en realidad están haciendo es crear todas las condiciones para que estalle de nuevo la guerra (1).
Hasta el presente, la paz ha sido asegurada por la existencia de un campo socialista. El derrumbe del Pacto de Varsovia y el debilitamiento de la URSS podían haber sido compensados por una sólida alianza de ésta con la RPCh y un mayor acercamiento y cooperación entre los países socialistas y las fuerzas revolucionarias de todos los continentes. También esta alianza hubiera disuadido a los imperialistas y constituir un frente de resistencia a sus pretensiones de imponer el nuevo orden del capital. Es claro a todas luces que los Estados imperialistas estaban muy interesados en el debilitamiento de la URSS, necesitaban una Unión Soviética desarmada, pacífica y sometida a la férula del capital financiero internacional, de modo que ello les permita salir de la profunda crisis y el atolladero en que todos ellos se encuentran. De esta manera podía ser alejado momentáneamente el peligro de enfrentamiento abierto. Pero una Rusia imperial, que pretenda erigirse en potencia capitalista, capaz de competir en los mercados internacionales y armada hasta los dientes -tendencia que se perfila últimamente de forma nítida- aumenta los riesgos de que dicho enfrentamiento se produzca a no muy largo plazo.
Las consecuencias que se derivan de todo ello resultan claras, al menos para nosotros: frente al pillaje y al terror imperialistas, frente a los intentos de la burguesía de confundir, dividir y enfrentar a los trabajadores y de utilizarlos de nuevo como carne de cañón, no existe más alternativa que reemprender de forma decidida la lucha de resistencia contra el capitalismo. Al mismo tiempo, debemos contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, a forjar un arma internacionalista que haga más eficaz esa lucha en todos los países. Desde luego, dada la situación general, va a resultar muy difícil detener o desviar el curso que siguen actualmente los acontecimientos, pero no podemos descartar un cambio favorable a las fuerzas revolucionarias. Tal podría suceder en el caso probable de un estallido de la revuelta popular en la ex-Unión Soviética, o con la profundización del proceso de rectificación de la política revisionista iniciado hace tiempo en la República Popular de China, en Cuba, Vietnam y Corea del Norte. Particularmente China, la China revolucionaria del maoísmo, puede salvar en esta hora crítica al socialismo y a la humanidad entera del peligro que nos amenaza, y devolver a los trabajadores de todo el mundo la confianza en el comunismo.
Notas:
(1) Del Informe Político presentado al CC por M.P.M. (Arenas), agosto de 1990