Ya vemos, apenas transcurridos unos años, cuál ha sido ese nuevo orden que prometían los imperialistas: la crisis y la bancarrota les ahogan, en tanto aceleran todos los preparativos y planes estratégicos, económicos, políticos, militares, diplomáticos, ideológicos, etc., para una nueva guerra mundial. Esta guerra, que enfrentará una vez más a las grandes potencias imperialistas, no podrá ser evitada, ya que, como las anteriores, es el resultado inevitable del régimen de explotación capitalista, de la competencia, las rivalidades y las profundas contradicciones y luchas de intereses contrapuestos que bullen en la base del propio sistema. La derrota momentánea del socialismo en toda una serie de países, algo que venía desde muy lejos, no ha modificado las leyes de la competencia y la jungla capitalista, no ha puesto fin a sus contradicciones fundamentales; por el contrario, como ya habíamos previsto que iba a suceder, no ha hecho más que agravar todavía más dichas contradicciones entre los monopolios y sus Estados, haciéndolas pasar a un primer plano. Y son estas contradicciones las que actualmente condicionan a todas las demás. Este es un rasgo de la situación que debe ser tenido muy en cuenta en el momento de decidir la línea de actuación a seguir y todos nuestros planes para un futuro inmediato. De lo contrario podemos equivocarnos o cometer muy graves errores.
Las tesis que hablan de la mundialización de la economía, presentando este hecho como un fenómeno nuevo que supuestamente habrá de conducir a la formación de un gobierno u organismo internacional superestatal que evite los enfrentamientos entre las grandes potencias imperialistas -esa suerte de gobierno mundial, ultraimperialista, con centro en ninguna parte-, son un castillo de naipes que se viene a tierra al menor soplo de aire, tal como lo está demostrando la experiencia, lo que no quiere decir que no exista la tendencia a la concentración del capital; tampoco quiere eso decir que no se produzcan intentos, especialmente por parte de los EEUU de imponer sus condiciones y hegemonía al resto de los países capitalistas, de rentabilizar sus aportaciones a la defensa común y a los valores de Occidente, ni a instrumentos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que utilizan el capital financiero internacional para la explotación y el saqueo de todos los países del mundo. Sin embargo, esto no evita que, a la hora de proceder al reparto de las ganancias y sobre todo de las pérdidas, la congregación de hermanos se convierta en una manada de lobos hambrientos que, por su propia naturaleza, no pueden llegar nunca a ningún acuerdo. Ya Lenin preveía que el desarrollo marcha hacia un trust mundial único que absorberá todas las empresas sin excepción y todos los Estados sin excepción. Pero el desarrollo marcha hacia eso en tales condiciones, a tal ritmo y con tales contradicciones, conflictos y conmociones -en modo alguno solamente económicas, sino también políticas, nacionales, etc., etc.- que antes sin falta de que llegue a un sólo trust, a una agrupación ultraimperialista mundial de los capitales financieros nacionales, el imperialismo deberá reventar inevitablemente y el capitalismo se transformará en su contrario (1).
Hoy los imperialistas se encuentran más divididos y enfrentados entre sí que nunca, y la base de esa división y enfrentamiento se halla, como siempre, en la crisis de superproducción, la cual provoca la ruina de muchos y amenaza con la bancarrota financiera a todos los demás. Esta es la causa de que se haya acentuado la lucha de competencias, la lucha por los mercados, por las fuentes de materias primas, las áreas de inversión más rentables así como por la influencia política y militar en vista a asegurarse la tajada en el nuevo reparto que tienen previsto hacer tras la guerra de rapiña que están preparando. Para todo eso necesitan aliarse y formar bloques con grupos monopolistas y Estados de su área y con aquellos otros cuyos intereses pueden ser más afines, ya que uno solo no puede hacer nada, quedaría aislado y no podría competir ni resistir en el enfrentamiento con los demás. Esto les exige hacer ciertas concesiones en cuestiones secundarias o no vitales para ellos, a fin de poder salvar lo más fundamental en la pugna que los enfrenta.
El imperialismo no es un nuevo modo de producción, sino una fase en el desarrollo del capitalismo, en la cual se ha establecido el dominio de los monopolios y el capital financiero. Este cambio se ha efectuado sobre la base del viejo capitalismo premonopolista y subsiste gracias a él. Sin esta base, el capital monopolista no existiría en ninguna parte. Esto hace que se mantenga la competencia propia de la época precedente. Este rasgo lo hizo notar Marx ya en su obra Miseria de la Filosofía, escrita para refutar las ideas pequeñoburguesas de Proudhon. En esa obra Marx remarca que los monopolios pueden sostenerse tan sólo gracias a que mantienen una lucha de competencias permanente, de lo contrario no existirían, por muy paradójico que pueda parecer.
Lenin señaló por su parte que nunca existió en ningún lugar ni puede existir un capitalismo puro, sin la base que le proporcionan los empresarios libres y la pequeña producción, los cuales constituyen un amplio campo para la explotación de los monopolios y para la lucha incesante entre ellos. Un análisis pormenorizado de las negociaciones y componendas internacionales de los monopolios y sus Estados evidenciaría la imposibilidad de que éstos puedan resolver las contradicciones que les enfrentan y que conducen a todo el sistema a la ruina y a la bancarrota. Con la concertación de algunos acuerdos, lo único que consiguen es retrasar el enfrentamiento o cambiar los métodos de la lucha, que de esa forma se desplaza muchas veces desde fuera de sus alianzas hacia dentro de ellas. Otras veces la lucha se instala de manera permanente dentro de las mismas alianzas, hasta que éstas se rompen y dan lugar a la guerra o al enfrentamiento abierto. En cualquier caso, las alianzas entre los imperialistas no pueden durar mucho tiempo, ya que cualquier pacto o alianza sobre el reparto se lleva siempre a cabo según el capital, según la fuerza económica, política y militar de cada uno, por lo que cada vez que cambia la correlación de dichas fuerzas, se agravan los antagonismos entre ellos, haciendo insostenibles las antiguas alianzas y provocando conflictos bélicos. Lo esencial para el imperialismo es la rivalidad de varias grandes potencias que tienden a la hegemonía, es decir, a la conquista de los territorios, no tanto por ellas mismas, como por debilitar al adversario y socavar su hegemonía (Lenin).
La misma exportación de capital, que como todos sabemos es una de las características más importantes del imperialismo, la conversión de algunos países en rentistas parasitarios, suele ser la causa de su retraso industrial, de que se desarrollen más lentamente que los demás y sean, finalmente, desplazados del mercado (y todos sabemos con la frecuencia que esto ha sucedido a lo largo de la historia del capitalismo), lo que incita a los demás a ocupar sus debilitadas posiciones o a exigirles que las abandonen de grado o por la fuerza. Este desarrollo desigual y las luchas de competencia que, como hemos visto no cesan bajo los monopolios, sino que se extienden a todo el planeta y se agravan, haciéndose cada día más violentas y feroces, son la fuente de numerosas contradicciones y conflictos entre los capitalistas de distintos países y sus Estados, lo que termina enfrentándoles a todos, ofreciendo así a la clase obrera la posibilidad de arrasar con su sistema y acabar con todos ellos. Lenin destacaba que precisamente la unión de dos 'principios' contrapuestos entre sí -la competencia y el monopolio- es lo sustancial en el imperialismo, y precisamente esta unión es la que prepara la bancarrota, es decir, la revolución socialista (2).
Es conveniente que insistamos una y otra vez sobre estas cuestiones, pues no es poca la confusión que están tratando de crear en torno a ellas los órganos de propaganda imperialistas así como sus criados revisionistas y otros líderes e ideólogos pequeñoburgueses con el fin de cegar a las masas. Se habla mucho, por ejemplo, de la extensión de los tentáculos de los imperialistas por todo el mundo. Y esto es muy cierto ya que se trata de una de las características principales del capitalismo en todas las épocas, con mayor razón ahora en que parece no encontrar ningún obstáculo ni dificultad para ello. Y qué duda cabe de que los monopolistas están en todas partes expoliando y masacrando a la gente, imponiendo sus draconianas condiciones a todo el mundo. No obstante, en ningún lugar encontramos a un único grupo monopolista dominando absolutamente una sola rama de la producción. Esa presencia monopolista se da pues, en competencia con otros grupos, tanto más enconada cuanto más grave es la crisis económica. Para ello cuentan con el apoyo y los resortes que les brindan los Estados puestos a su servicio. Esta es la base que explica el enfrentamiento entre los Estados capitalistas: su entrelazamiento con los monopolios industriales, comerciales y financieros, así como con la oligarquía financiera que forman los grandes propietarios, los ejecutivos de las grandes empresas y los altos funcionarios del Estado; explica también el enfrentamiento permanente de todos ellos con la clase obrera y otros amplios sectores populares y el radical antagonismo de sus intereses. Estos Estados, como la misma oligarquía a la que sirven, no pueden desaparecer bajo el sistema capitalista; lejos de eso, y a medida que avanza la crisis y el desarrollo de la lucha de clases que trae consigo, se refuerzan y militarizan cada vez más, se atrincheran o bunkerizan para tratar de evitar lo inevitable.
Además, el imperialismo no sólo no ha suprimido la división del mundo entre naciones ricas y muy ricas y naciones pobres y depauperadas, sino que ha ahondado mucho más esas diferencias hasta extremos que las hacen irreversibles, condenando a centenares de millones de seres humanos al exterminio por el hambre, las enfermedades y la miseria. ¿Dónde está, en qué planeta de las innumerables galaxias del infinito universo se ha establecido ese nuevo orden que han estado prometiendo los apologistas del sistema capitalista hasta hace poco tiempo? Esta división y distribución tan desigual es otro de los rasgos fundamentales del imperialismo que determina la acumulación de capital, la abundancia, el despilfarro y la plenitud de derechos para una minoría cada vez más reducida de la sociedad, y la esquilmación, la escasez, la miseria, el embrutecimiento y la falta de todo derecho para la inmensa mayoría, lo que no puede por menos que provocar las iras de las masas y la más extensa y radical lucha de clases.
Estas luchas, la crisis, los enfrentamientos interimperialistas, las guerras y las revoluciones son una clara demostración de que las relaciones de producción capitalista, basadas en la gran propiedad privada, han dejado de corresponder al desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas y se han convertido en una traba para el desarrollo social, lo que exige un cambio radical que permita establecer nuevas relaciones. Este cambio habrá de producirse necesariamente. De esto no podemos albergar la menor sombra de duda. Nuestra resistencia, nuestra moral de combate, se funda en ese convencimiento, en la concepción materialista de la historia, y no en meras ilusiones o suposiciones más o menos idílicas o utópicas. Aunque también es verdad que hay ocasiones en que los fenómenos sociales que se suceden uno tras otro con tanta celeridad últimamente, parecen negar la validez de dicha concepción y hacen tambalearse todo el edificio de las ideas y principios políticos y organizativos marxista-leninistas que se levantan sobre ella. Sin embargo, esas negaciones no suponen, en ningún caso, una superación de la realidad tan espantosa que tienen que soportar las masas populares bajo el capitalismo, no son tampoco el resultado de un análisis crítico, fundado científicamente, de los postulados comunistas, sino que obedecen más bien a la visión deformada, siempre interesada, que presenta la burguesía imperialista y sus ideólogos especialistas en la materia, una visión que, por lo demás, tal como hemos apuntado, el mismo sistema se encarga de desmitificar a cada momento.
El Oriente rojo aún habrá de deparar muy grandes sorpresas y sustos a los capitalistas, podemos estar seguros de ello. Asia se ha convertido de nuevo en lugar de grandes tempestades y terremotos económicos, políticos y sociales que están sacudiendo a todo el mundo. La perspectiva es brillante y el camino zigzagueante, como decían, con toda razón, los comunistas chinos. El centro de la revolución mundial, desde que comenzara este siglo que va a terminar dentro de muy poco, se desplazó de Occidente a Oriente, a Rusia y China principalmente, y aún continúa en aquellas regiones sin que aparezca nada a la vista en otras zonas del mundo que nos pueda hacer pensar en un nuevo desplazamiento sin que antes haya completado allí su obra. Este parece ser el destino que la historia ha reservado a la clase obrera y demás fuerzas populares de esos países, lo que supone al mismo tiempo una gran responsabilidad que nosotros, el proletariado revolucionario de los demás países, de los países occidentales especialmente, debemos tener en cuenta, apoyándoles y prestándoles toda la ayuda que podamos. Esto redundará en nuestro propio fortalecimiento y creará las mejores condiciones para el triunfo de nuestra propia revolución. Esta realidad se impone como una ley establecida por todo el desarrollo histórico, y habrá que reconocerla sin reservas y sin ningún prejuicio. La centralidad del Occidente imperialista, ultrarreaccionario, hace tiempo que ha pasado a la historia, pues el monopolismo, el parasitismo y los regímenes policiacos, militaristas y nazifascistas, han terminado por mermar todas sus energías, todo impulso renovador, toda creación.
La nueva guerra que preparan los círculos imperialistas habrá de encontrar a los pueblos de Oriente mucho mejor preparados de lo que se encontraban antes para enfrentarlos y derrotarlos, aun a pesar de los tormentos a los que, sin lugar a dudas, los imperialistas habrán de someterlos. Por otra parte, las fuerzas revolucionarias de los países imperialistas, que crecen lentamente en medio de grandes dificultades, en esos verdaderos presidios denominados Estados democráticos, podrán encontrar también nuevos apoyos y estímulo moral en aquellos países, en sus pueblos revolucionarios y en los partidos comunistas hermanos.
Por lo demás, es necesario subrayar que, actualmente, dada la debilidad que afecta al conjunto del movimiento obrero y comunista internacional, difícilmente podríamos encontrar un aliado o auxiliar más poderoso y eficaz de nuestro movimiento que las propias contradicciones en desarrollo del sistema capitalista, así como las rivalidades y la misma guerra imperialista que preparan. Esta parece ser otra ley ineluctable, aunque también es verdad que no son absolutamente necesarias esas carnicerías y los desastres y grandes calamidades que ocasionan para que la revolución pueda triunfar. La cuestión que se nos plantea en estos momentos es que, de la misma forma que la revolución no pudo impedir, en parecidas circunstancias anteriores, que estallara la guerra imperialista de rapiña, tampoco ahora va a poder impedirlo, por lo que tendrá que ser de nuevo la guerra la que haga triunfar la revolución.
Esta vez es de esperar que pueda ser con carácter permanente, es decir, que se rompa el círculo infernal en el que los períodos de paz no son más que de preparación de una nueva conflagración mundial, y que el triunfo de la revolución socialista en toda una serie de países siente las bases para una paz duradera entre los países y Estados que impida a las fuerzas negras de la reacción mundial lanzar a unos pueblos contra otros en una matanza sin fin.
Los socialistas han condenado siempre las guerras entre los pueblos como algo bárbaro y feroz. Pero nuestra actitud ante la guerra es diferente por principio de la de los pacifistas burgueses (partidarios y predicadores de la paz) y de los anarquistas. Diferimos de los primeros porque comprendemos la inevitable ligazón de la guerra con la lucha de clases dentro de cada país, porque comprendemos la imposibilidad de poner fin a la guerra sin suprimir antes las clases y sin instaurar el socialismo. Diferimos también de ellos porque reconocemos plenamente que las guerras civiles, es decir, las guerras llevadas a cabo por la clase oprimida contra la clase opresora [...] son legítimas, progresivas y necesarias. Diferimos tanto de los pacifistas como de los anarquistas en que nosotros, los marxistas, reconocemos la necesidad de su estudio histórico (desde el punto de vista del materialismo dialéctico de Marx) de cada guerra por separado (3). Nuestra táctica ante la eventualidad más que probable de la reanudación de un nuevo ciclo de guerras entre los Estados imperialistas, y puesto que no podemos hacer nada por evitarlo, deberá consistir en alertar a las masas a la vez que nos preparamos en todos los terrenos para convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria, aprovechando para ello la situación de crisis general revolucionaria que va a traer el debilitamiento y la devastación de los Estados y el odio reconcentrado de los trabajadores hacia los bandidos y criminales imperialistas y fascistas.
No voy a entrar en detalles sobre esta táctica ni me voy a extender en consideraciones sobre la necesidad de fomentar y practicar el internacionalismo proletario más consecuente. Sobre este particular tendríamos muchas cosas que decir, pero temo que este apartado de mi Informe al Congreso esté resultando ya demasiado largo. Hablaremos de ese asunto en otra ocasión. Tampoco me voy a extender mucho en lo que se refiere a la parte o al lugar que ocupará el Estado imperialista español en la carnicería y lo que tiene proyectado sacar de ella. Este es un asunto que por el momento no tiene que preocuparnos excesivamente, dado que, además, está aún por decidirse.
De los dos grandes bloques imperialistas enfrentados que se perfilan en el horizonte, ¿en qué lado se situarán los industriales, financieros y fascistas españoles? Sus intereses, su proximidad geográfica, sus vínculos económicos, políticos y militares establecidos en los últimos años apuntan, desde luego, a su participación en el bloque imperialista europeo hegemonizado por Alemania. El largo y complicado proceso que está siguiendo la formación de dicho bloque, debido a las numerosas contradicciones y las luchas de intereses encontrados que confluyen en él, va a recibir, está recibiendo ya, un nuevo impulso y probablemente éste se acelerará si entran en vigor los acuerdos establecidos para la circulación de la moneda única, el Euro. No obstante, todo esto no va a suponer una unidad económica real, efectiva, y menos aún política y militar. Tampoco les va a proporcionar una mayor estabilidad en ninguno de esos campos. Al contrario, la inestabilidad y los desajustes económicos y políticos serán cotidianos e inevitables, y claro está que harán recaer todo el peso de los costes y sacrificios sobre los trabajadores, sobre los más débiles y desamparados. Por algo lo están haciendo todo a sus espaldas.
Los distintos Estados y grupos monopolistas que están impulsando este proceso de unión e integración, no van a dejar de existir, y continuarán defendiendo cada uno, de forma aún más enconada, sus propios intereses. Estas luchas no dejarán de aprovecharlas los imperialistas yankis y sus socios ingleses (que son el caballo de Troya que tienen metido en la Unión), incluso los japoneses, para pescar en río revuelto y arrimar, finalmente, el ascua a sus respectivas sardinas con continuos ataques a la moneda común, a su industria y a su comercio, penetrándolas y atenazándolas de tal forma que les resulte casi imposible desplegar sus planes y sus fuerzas.
Con el establecimiento de la moneda única, lo único que van a conseguir es legalizar el dominio que ya ejerce la economía alemana y su moneda, el marco, sobre el conjunto de las economías y monedas de los demás socios. El objetivo que persiguen con ello no es otro que situarse en mejores condiciones para poder competir con los EEUU y alzarse con la hegemonía, aprovechando sus mayores tasas de crecimiento económico y comercial y otras ventajas obtenidas en las últimas décadas sobre las debilitadas posiciones industriales y financieras de su rival. Pero del mismo modo que ese dominio económico y financiero alemán sobre Europa no ha traído una supeditación política ni militar de los otros Estados europeos, no la va a traer tampoco en un futuro previsible; en cambio, esa legalización a que hemos hecho referencia, sí hará que se embrollen y se compliquen todavía más sus relaciones.
De modo que no está claro si llegará a formarse realmente el bloque como tal bloque y, menos aún, si el Estado español, dados sus tradicionales vínculos, dependencias y sometimientos respecto a EEUU podrá integrarse plenamente en él o ser admitido como un socio fiable. Los contactos del Aznarín con los capitostes yankis y su más que sospechosa repentina amistad con Tony Blair pueden ser un indicador del camino que finalmente puede tomar el Estado español en el caso de que las cosas se pongan demasiado feas en la Unión y no vean satisfechos sus intereses. La neutralidad, desde luego, es una opción que no habría que descartar y no sería la primera vez en la historia que esto sucediese, aunque hoy resulte mucho más improbable y problemática que en el pasado. Otro tanto cabe decir de otros Estados como el italiano o el portugués, por lo que no sería de extrañar que, al final, y a pesar de todas sus concesiones y esfuerzos, se vean excluidos y tiendan a quedar, como hasta hace poco, dentro del área de influencia del dólar con la correspondiente supeditación política y militar a los EEUU. Esto no les impedirá que continúen perteneciendo a la OTAN y combinen esta presencia en la organización Atlantista con su participación en otra alianza militar más genuinamente europea bajo el patrocinio de Francia y Alemania. Estas alianzas y pactos, como los acuerdos económicos concertados por los monopolistas y sus Estados, no son ni pueden suponer en ningún caso un impedimento que les ate o les impida defender sus propios intereses y se pueden convertir en papel mojado y romperse en cualquier momento, tal como ha sucedido muchas veces en la historia.
De lo que no cabe albergar ninguna duda es de la estrategia que está poniendo en práctica perseverantemente el Estado imperialista alemán, muy semejante a la de otras épocas, destinada a apoderarse de su famoso espacio vital, así como su aspiración a convertirse en una gran superpotencia absorbiendo con este fin, ahora de manera pacífica, a los países del Este europeo y, al menos, una parte considerable de los Balcanes y otras regiones. Es en esta estrategia donde sus intereses chocan, y no pueden por menos que chocar y entrar en conflicto abierto con los intereses de otros Estados, particularmente con Inglaterra y Francia, pero también con Rusia y Turquía. Sin embargo, la contradicción más importante es la que enfrenta a Alemania con los EEUU. Estos son hoy en día los Estados imperialistas más fuertes, que compiten más directamente por la hegemonía, lo que tendrá que enfrentarles abiertamente más tarde o más temprano, aunque actualmente lo disimulen y entre ellos parezcan predominar los acuerdos sobre el reparto.
La diplomacia de EEUU está utilizando las contradicciones entre los Estados europeos, especialmente de Francia y Alemania, para mantenerlos divididos, al tiempo que hace todo lo posible por reforzar las posiciones un tanto debilitadas de Inglaterra, su más fiel y seguro aliado en Europa y en todo el mundo.
Este nudo de contradicciones, de luchas y rivalidades interimperialistas, es el que está condicionando actualmente en su desarrollo las principales contradicciones de nuestra época, especialmente la que enfrenta al proletariado y la burguesía en todos los países y, como ya dijimos anteriormente, debemos seguir prestándoles mucha atención, ya que, queramos o no, también condicionan la marcha de nuestro movimiento, y la seguirán condicionando en tanto la situación general no cambie. Es desde esta perspectiva, y teniendo muy en cuenta ese contexto internacional tan complejo, como debemos abordar el análisis de la situación en España y, dentro de esa situación, de manera particular, todo lo relacionado con la crisis política del régimen y los problemas que enfrenta el movimiento de resistencia popular.
Esta situación recuerda a la que se dio poco antes del estallido de la última guerra mundial, cuando la Alemania nazi, Inglaterra y Francia firmaron en Munich un pacto, mediante el cual, cada una de estas potencias capitalistas podía adueñarse de lo que le diera la gana siempre y cuando no se metiera en el terreno de la otra. La cuestión fue que, cuando se dispusieron a tragárselo todo, se rompió el pacto dando comienzo a la segunda guerra mundial. Por todo ello cabría preguntarse cuánto tiempo habrá de durar este nuevo pacto. Por lo pronto, los bandidos de los Estados integrados en la OTAN lo han establecido para todo el siglo XXI, pretensión bastante más modesta, hay que reconocérselo, que la de Hitler, que prometió la existencia de un Reich nazi durante un milenio. Sin embargo, no pasará mucho tiempo antes de que los principales Estados imperialistas, aplicando la misma ley de la selva que acaban de aprobar, terminen por no respetar sus propios acuerdos y demás tratados, y éstos se conviertan de nuevo en papel mojado.
De momento, esta nueva estrategia agresiva ha extendido su campo de actuación desde la llamada zona euroatlántica a toda la periferia de la Alianza, en la que se incluye la extensa área territorial de los países ex-socialistas, con el claro fin de tener las manos libres para repartírselos, contando, claro está, con la colaboración de las burguesías de esos países. Entre las competencias de esta nueva policía mundial coaligada, que habrá de administrar la guerra para preservar la paz, está la de intervenir por medio de la fuerza militar (por motivos humanitarios) en todas las rivalidades étnicas y religiosas, las disputas territoriales, la insuficiencia o el fracaso de los esfuerzos reformistas, las violaciones de los derechos humanos y la disolución de Estados que pueden producir inestabilidad local e incluso regional. O sea, los Estados imperialistas compinchados en la OTAN, se arrogan el derecho de intervención en prácticamente todos los asuntos internos de los demás países a fin de repartírselos y someterlos a un régimen colonial, tal como ya han conseguido hacer en Bosnia y Albania y quieren hacer con lo que queda de la Federación Yugoslava. De manera particular, con la nueva directiva estratégica, los Estados imperialistas se proponen intervenir directa y militarmente en Rusia. Se comprende que no les quede ya otra alternativa para tratar de sostener a la banda yeltsinista y las reformas que han saqueado y arruinado el país, sumiéndolo en la mayor crisis de su historia. Sin embargo, una cosa son los planes imperialistas y de las bandas fascistas y mafiosas, y otra muy distinta los intereses y aspiraciones de los pueblos, cuya existencia como naciones se ve incluso amenazada. Por esta razón no se dejarán amedrentar y menos aún someter ni esclavizar por el imperialismo. La revolución socialista en Rusia y los demás países amenazados por el imperialismo es una necesidad que la historia ha puesto de nuevo en el orden del día. Estos pueblos triunfarán, pues defienden una causa justa, la causa de la libertad y el progreso de toda la humanidad.
Notas:
(1) Lenin: Prefacio al folleto de N. Bujarin La economía mundial y el imperialismo.
(2) Lenin: Obras Completas, tomo XXIV.
(3) Lenin: Del folleto El socialismo y la guerra.