La ley de la pauperización creciente

Los académicos burgueses sostienen que nos encontramos ante una sociedad distinta de la del siglo XIX, ante la era de la opulencia, del consumo y del bienestar. Sin duda hemos pasado de la escasez a la abundancia, pero ésta origina problemas no menores que aquélla, especialmente porque lo que abunda es propiedad de una restringida minoría. En los modos de producción anteriores las crisis surgían con la carestía, mientras que ahora las crisis son de superproducción. Antes las crisis aparecían junto con el hambre; ahora el hambre sigue, aunque los graneros estén llenos. Las mercancías abarrotan los mercados pero no alcanzan a satisfacer a unas masas crecientemente empobrecidas y cuyas necesidades no pueden resultar satisfechas bajo el capitalismo. La riqueza crece pero se acumula en manos de unos pocos, mientras una mayoría padece una insatisfacción creciente de sus necesidades.

Este fenómeno no es consecuencia de la crisis sino una tendencia general e inevitable del capital, es decir, una ley del capitalismo. Marx calificaba esta ley nada menos que como ley general de la acumulación capitalista, cuestión que merece la mayor atención porque es otra de las más criticadas, ante una supuesta evidencia contraria que demostraría un mejoramiento en las condiciones de vida y trabajo del proletariado y un bienestar creciente.

La ley general de la acumulación capitalista no tiene nada que ver con la mejora en las condiciones de vida de la clase obrera. El pauperismo no es un problema de nivel de vida, de comparación puramente cuantitativa de una época histórica con otra.

La pauperización se demuestra, en primer lugar, por el abismal empeoramiento en las condiciones de existencia de los países dependientes. Son muchas las cifras que periódicamente se exhiben sobre esta cuestión, a cada cual más dramática y escandalosa. Con ello se demuestra que la diferencia entre las metrópolis imperialistas y los países neocoloniales se ensancha a pasos agigantados y que, además, las condiciones de existencia en estos países se deterioran progresivamente, con consecuencias que son sobradamente conocidas. Las cifras que se difunden son verdaderamente mareantes; por ejemplo, el 20 por ciento de la población mundial que habita en los países más empobrecidos, percibe únicamente el 1'3 por ciento de todo el ingreso mundial. Son nada menos que 12'2 millones de niños los que se mueren anualmente en los países dependientes y se calcula en 2.000 millones las personas desnutridas o deficientemente alimentadas. En Asia el 10 por ciento de la fuerza de trabajo son niños, porcentaje que en algunos países africanos alcanza el 20 por ciento; en total trabajan 250 millones de niños menores de 14 años de edad, a pesar de que los parados ascienden a 120 millones en todo el mundo.

La deuda exterior de esos países se multiplica cada día, asfixiando cualquier posibilidad de escapar del dogal en que están atrapados por las grandes potencias. El volumen de la deuda se multiplicó por seis entre 1970 y 1981; la parte de las exportaciones dedicada al pago de la deuda exterior pasó del 13 al 29 por ciento en los diez años transcurridos entre 1975 y 1985, porcentaje que en los países latinoamericanos asciende al 40 por ciento. Aprovechando esta situación ruinosa, las potencias imperialistas y sus instituciones (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) vienen imponiendo draconianas políticas de ajuste y han obligado a pagar a la banca el 5 por ciento de su PIB para satisfacer la deuda. De modo que mientras los países dependientes padecen toda suerte de calamidades, cada vez más monstruosas, entre las grandes potencias aparecen sectores parasitarios y rentistas que acaparan fabulosas riquezas.

Por otro lado, es incuestionable que bajo el capitalismo el proletariado experimenta un proceso creciente de pauperización. El principio establecido por Marx, según el cual el salario se fija por la cantidad necesaria para la reproducción de la fuerza de trabajo, no se puede identificar con la ley de bronce de los salarios, con el mínimo fisiológico imprescindible para el sustento cotidiano del trabajador. Para Marx los salarios oscilan entre un mínimo de mera supervivencia y un valor real por encima de él, ya que no depende sólo de las necesidades físicas, sino también de las necesidades sociales, tal como se hallan históricamente determinadas (42).

Los salarios dependen de forma directa, entre otras variables, de la intensidad del trabajo y de su fuerza productiva: Al crecer la productividad del trabajo -escribió Marx- crece también, como veíamos, el abaratamiento del obrero y crece, por tanto, la cuota de plusvalía, aún cuando suba el salario real. La subida de éste no guarda nunca proporción con el aumento de la productividad (43). Una mayor intensidad de trabajo incrementa al mismo tiempo tanto el salario como la plusvalía, aunque no en la misma proporción.

Para Marx la magnitud de la acumulación es la variable independiente y los salarios la variable dependiente (44). La acumulación aumenta, por tanto, el volumen de fuerza de trabajo y, a un ritmo menor (44), el capital variable en su conjunto, así como los salarios de cada trabajador individual: Las crisis van precedidas siempre -decía Marx- precisamente de un periodo de subida general de los salarios, en que la clase obrera obtiene realmente una mayor participación en la parte del producto anual destinada al consumo (46). Por ejemplo, en España los salarios reales subieron un 24'1 por ciento entre 1971 y 1978, coincidiendo con el final del auge económico y el inicio de la crisis, aunque en su mayor parte fue un crecimiento bruto, es decir, que en realidad lo que subieron fueron las cotizaciones sociales y las retenciones fiscales, no el salario neto, que permaneció prácticamente constante.

La acumulación tiene que incrementar el sector de la producción dedicado a fabricar bienes de consumo; una parte de la acumulación se tiene que destinar a incrementar el capital variable; el desarrollo de ese sector dedicado a la fabricación de bienes de consumo es también fundamental porque contribuye a abaratar el coste de la mano de obra. Esta es la clave para analizar la cuestión de la pauperización de la clase obrera: el sector dedicado a la fabricación de medios de producción crece más rápidamente que el dedicado a fabricar bienes de consumo, pero eso no significa que éste no crezca en absoluto. Lo que los burgueses califican de incremento en el nivel de vida no es más que un cambio histórico en la estructura del gasto, del consumo de la clase obrera. El porcentaje que los trabajadores dedican a alimentación por ejemplo, se ha reducido, pero el resto no les sobra y no lo pueden ahorrar porque si el gasto ha cambiado es porque las necesidades han cambiado, y además de alimentarse los trabajadores tienen otras necesidades tan imprescindibles como la alimentación. Si disponen de lavadora no es en concepto de lujo o para mejora de su bienestar sino porque no pueden lavar la ropa en el río más próximo. El cambio en la estructura del gasto demuestra un cambio en las necesidades de los trabajadores y no una mejora en su situación objetiva.

A partir de un cierto nivel, la tendencia de la acumulación opera en un sentido contrario, expulsando fuerza de trabajo y reduciendo los salarios. De ese modo, la tendencia al aumento de los salarios no tiene continuidad a causa de la acumulación, que exige a partir de un cierto momento una reducción de los salarios y un drástico empeoramiento de la condición obrera, de manera que la pauperización es la conclusión necesaria del desarrollo al cual tiende inevitablemente la acumulación capitalista.

El que los salarios reales aumenten no significa que no sea válida la ley general de la acumulación capitalista; sólo significa que ha aumentado el valor de la fuerza de trabajo o, lo que es lo mismo, que han aumentado sus necesidades de reproducción. Cada vez las necesidades son mayores y cada vez, por tanto, hay menos posibilidades de satisfacerlas: Justamente porque la producción crece, y en la misma medida en que esto sucede, se incrementan también las necesidades, deseos y pretensiones, y la pobreza relativa puede crecer en tanto se aminora la absoluta (47). La prueba más evidente de ello es que los trabajadores no pueden ahorrar, que sus ingresos se consumen casi diariamente. Si los obreros pudieran ahorrar cantidades importantes de dinero, no irían a trabajar y eso es justamente lo primero que ocurre cuando les toca la lotería. Está comprobado, por ejemplo, que los salarios no pueden subir indefindamente, porque por encima de un determinado nivel salarial, los obreros lo que hacen es reducir su jornada de trabajo o aumentar su periodo de vacaciones. El capitalismo necesita permanentemente un volumen de población en busca de empleo y eso sólo es posible cuando no tienen otra cosa que ofrecer que su fuerza de trabajo, cuando el proletariado está desposeído de toda propiedad sobre los medios de producción: La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital (48).

La condición material de la clase obrera no es hoy mejor que hace 150 años; es simplemente distinta porque el capitalismo ha creado necesidades distintas. Desde ese punto de vista no cabe duda que la situación de la clase obrera sigue siendo la misma: el salario sigue siendo una medida de las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo. Las previsiones de Marx sobre la proletarización y el empobrecimiento creciente de la clase obrera son absolutamente exactas y responden a leyes inexorables del capitalismo. La condición de la clase obrera empeora con el avance del capitalismo.

Hay toda una serie de indicadores estadísticos para demostrar la pauperización creciente de la clase obrera. La evolución de los salarios reales se utiliza para comprobar la evolución en el tiempo de la remuneración de los trabajadores. Así en España, entre 1979 y 1986 los salarios reales descendieron un 10'2 por ciento, mientras que aumentaron un 8'5 por ciento entre 1987 y 1997; es decir, los salarios reales no han alcanzado aún el nivel de 1978 y como mínimo llevan veinte años estancados. Habrá que advertir que nos referimos a salarios según convenio, lo que significa que teniendo en cuenta el trabajo precario, el trabajo negro y otras contrataciones irregulares al margen de los convenios, es probable que el salario real en España haya caído entre un 30 y un 40 por ciento entre 1980 y 2000.

Pero las estadísticas burguesas tienen su trampa. El nivel de los salarios es un promedio de la remuneración de los trabajadores ocupados. Por tanto, no tiene en cuenta a los desempleados ni, en consecuencia, al volumen de los desempleados. De aquí se deduce que si se calculara el salario medio sobre la base de toda la fuerza de trabajo, esté ocupada o no, el descenso de los salarios resultaría verdaderamente vertiginoso.

El número de perceptores de la prestación por desempleo ha descendido en medio millón desde 1993 a 1995; más de 1'2 millones de parados registrados en el INEM no cobra ninguna clase de prestación. Mientras en enero de 1995 cobraban el seguro de desempleo el 69 por ciento de los parados, en abril del siguiente año sólo lo percibían la mitad; pero en realidad, de esta mitad únicamente la mitad lo cobran realmente, porque el resto en realidad percibe una pensión no contributiva o subsidio por razones familiares.

Mucho más grave es el descenso del salario mínimo, que entre 1980 y 1988 perdió un 7'8 por ciento de su valor en términos reales. Este salario mínimo afecta a unos 400.000 trabajadores en activo y a un número importante de parados que cobran el seguro de desempleo. El 27 por ciento de los trabajadores cobra salarios por debajo del mínimo, es decir, menos de 800.000 pesetas al año y casi tres millones de personas perciben ingresos inferiores a esa cuantía.

El pauperismo es compatible con la existencia de un reducido sector de obreros aristócratas. El imperialismo es un sistema de soborno de una parte de los trabajadores, de creación de una aristocracia obrera cómplice de las maniobras de los monopolistas. Las crecientes dificultades del capital necesitan de auxiliares suyos dentro de las filas obreras: de los reformistas, de los sindicatos amarillos y otros colaboracionistas. El capitalismo actual ha entrado en su fase imperialista, caracterizada por la agonía, la decadencia y la putrefacción de todo el tejido social. En el plano político esta fase última del capitalismo sustituye la democracia por el fascismo, la paz por la guerra, la libertad por la reacción. La descomposición penetra por todos los poros de la sociedad y no deja ámbito exento de la podredumbre burguesa.

Si la pauperización se analiza relativamente el acierto de la ley marxista es indiscutible, porque confirma la creciente penetración de las relaciones de producción capitalistas en todas las esferas de la vida y la desaparición de los modos de vida independientes, de la pequeña producción, del comercio individual y de las profesiones liberales, que es justamente la situación que, como hemos visto, se ha producido.

Relativamente, la situación de la clase obrera con respecto a la burguesía es infinitamente peor que hace siglo y medio; el abismo entre las condiciones de vida de ambas clases se ha ensanchado. Hay muchos más trabajadores que antes y muchos menos capitalistas pero, sin embargo, la parte de la renta que corresponde a los capitalistas crece, mientras se reduce la que corresponde a los trabajadores. El capitalismo exhibe un dramático contraste entre las condiciones de vida del proletariado y la gigantesca acumulación de riquezas alcanzada, de la cual únicamente pueden beneficiarse un puñado de oligarcas. La burguesía impide que el desarrollo de las fuerzas productivas se utilice para mejorar la calidad de vida y de trabajo de millones de trabajadores, que tienen vedado el acceso al tiempo libre, a la cultura, a los servicios y a la mayor parte de las posibilidades de expansión personal creadas bajo el capitalismo. Pero este modo de producción no puede entenderse de otra forma, no podría funcionar elevando los salarios y el consumo de las masas, disminuyendo la explotación y generalizando el disfrute de las riquezas obtenidas.

Marx explicó las razones por las que, aún en el supusto de que crezcan los salarios reales de los trabajadores, se produce un empobrecimiento relativo: Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero y con el nivel de desarrollo de la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social son siempre relativos [...] Por tanto, si con el rápido incremento del capital, aumentan los ingresos del obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al obrero del capitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital [...] Si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las ganancias del capitalista. La situación material del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que le separa del capitalista se habrá ahondado (49).

Una comparación entre la evolución de los ingresos de burgueses y obreros tiene que tener en cuenta la evolución de la productividad que, al crecer, aumenta la parte de la plusvalía de la que se apropian los capitalistas. Como Marx previno, aunque los salarios suban, la productividad subre siempre mucho más; así en España entre 1975 y 1993 los salarios crecieron a un ritmo anual de 1'9 por ciento mientras la productividad creció al 2'6 por ciento anual, por lo que los capitalistas se van quedando cada vez con una parte mayor de la producción. Otras estadísticas más recientes proporcionan el mismo resultado:

Evolución de los salarios, inflación y productividad en España
añossalariosinflaciónproductividad
19885'45'82'2
19897'76'90'6
19909'26'51'1
19918'25'52'1
19927'25'32'6
19935'54'93'2
19943'54'33'0
19953'94'31'4
19964'13'20'8
19973'1?1'0
Total57'846'718'0

El total de sumar la inflación más la productividad arroja un incremento de 64'7 en los diez años, mientras que el aumento de los salarios fue sólo del 57'8, lo que arroja un 6'9 de pérdida de los trabajadores en la renta nacional.

También se utiliza para medir esta tendencia otro indicador, que es la participación de los salarios en la renta nacional, que mide la situación relativa de los trabajadores en relación con las demás clases. Este índice demuestra que entre 1980 y 1988 esa participación se redujo del 51'2 al 45'9 por ciento.

Hay otros índices de tipo cualitativo que también pueden tomarse en consideración para analizar la evolución de las condiciones de trabajo en España. Así, los accidentes de trabajo que entre 1983 y 1989 pasaron de 540.000 a 1.200.000, duplicándose la tasa de siniestralidad. En el decenio 1983-1993 hubo 13 millones de bajas por accidente laboral; de ellos fallecieron 16.278 obreros y 135.018 fueron heridos graves. En 1994 se produjeron 600.000 accidentes de trabajo, de los cuales 2.000 fueron mortales. En 1995 los accidentes se incrementaron un 15 por ciento respecto al año anterior. El empeoramiento en las condiciones laborales ha convertido al trabajo por cuenta ajena en la primera causa de fallecimiento y enfermedad de la población. Son millones los trabajadores que padecen crónicas o graves enfermedades por causa de la actividad que tienen que desempeñar y el entorno en el que se ven obligados a hacerlo: humedad, ventilación, intemperie, humos, ruido, vibraciones, iluminación, etc.

La creciente precariedad en el empleo es también otro indicador del empobrecimiento alcanzado por los trabajadores, ya que les impide realizar cualquier tipo de planes de futuro, dado su incierto porvenir laboral. El número de asalariados con contrato temporal era del 5 por ciento en 1980; subió al 20 por ciento en 1987 y en 1995 ascendió al 35 por ciento, por lo que afecta a unos tres millones de trabajadores que cobran un 55 por ciento menos que los fijos según la última encuesta del INE (El País, 9 de diciembre de 1996). Los contratos basura, que no dan derecho al cobro del seguro de desempleo, suman medio millón, bajo las denominaciones de contrato de aprendizaje, en prácticas o a tiempo parcial. Los trabajadores a tiempo parcial cobran un 23 por ciento menos y el 72 por ciento de los accidentes mortales o graves recaen sobre trabajadores con menos de un año de antigüedad en la empresa. La precarización del empleo ha tenido como consecuencia que entren en los talleres jóvenes inexpertos que son las víctimas propiciatorias de los accidentes laborales:

La creciente movilidad geográfica de los trabajadores es otro índice del progresivo deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera forzando a muchos trabajadores al desarraigo, al nomadismo.

La frustración profesional de los titulados es otro rasgo que está apareciendo como consecuencia de la generalización de la educación universitaria: sólo el 22 por ciento de los titulados trabaja en el oficio para el que se les ha capacitado; la mayoría o están en el paro o desempeñan tareas no cualificadas. Los académicos que afirman la creciente cualificación de la mano de obra en base al dato de que un porcentaje cada vez mayor de los obreros tienen estudios, silencian que, en realidad, esos estudios no tienen nada que ver con el trabajo que realmente desempeñan.

Este empobrecimiento brutal de las masas obreras anuncia el final próximo del capitalismo: Para oprimir a una clase -escribió Marx- es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza. Es, pues, evidente que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como su ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia, ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle caer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él (50).

El lumpenproletariado

El proletariado no se compone únicamente de los obreros que disponen de un empleo remunerado sino también de aquellos que están en el paro. No obstante, la persistencia durante mucho tiempo de una parte del proletariado en el desempleo, le expulsa de la clase obrera y arroja al fondo más profundo de la sociedad, donde el trabajador pierde su capacidad de resistencia. Marx advirtió que no se puede identificar al proletariado con la pobreza: El pauperismo es la situación del proletariado arruinado, la fase final en que se hunde el proletario incapaz de ofrecer resistencia a la presión de la burguesía (51). El paro permanente, el desarraigo laboral, es una de los orígenes sociales del lumpenproletariado que está obligado a buscarse su sustento fuera del sistema productivo.

El origen del lumpenproletariado está en el origen del capitalismo mismo, en su acumulación originaria, durante la cual expulsó de sus tierras a los campesinos y concentró al grueso de la población en ciudades, en las que sólo una parte encontró trabajo y se pudo valer por sí misma; el resto padeció todo tipo de calamidades y sólo sobrevivió gracias a la beneficencia. La división frontal de la fuerza de trabajo entre ocupados y parados ha constituido históricamente una tenaza extremadamente útil para el capital. Los trabajadores parados forman lo que Marx llamó ejército industrial de reserva, que desempeña un papel decisivo en la regulación del mercado de trabajo, donde los salarios no están condicionados por la demanda (de los capitalistas) y la oferta (de los obreros) sino por la existencia de una población obrera en activo y otra en paro: A grandes rasgos, el movimiento general de los salarios se regula exclusivamente por las expansiones y contracciones del ejército industrial de reserva que corresponden a las alternativas periódicas del ciclo industrial (52). El capital actúa sobre ambos factores, de modo que es capaz de condicionarlos a ambos: crea la demanda de trabajo y aumenta la oferta de trabajo a través del ejército industrial de reserva para tener a la población obrera ocupada permanentemente presionada entre dos frentes. El capitalismo se esfuerza por enfrentar a ambos sectores del proletariado porque toda inteligencia entre los obreros desocupados y los obreros que trabajan estorba el libre juego de esa ley (53).

Marx distinguía tres formas de ejército industrial de reserva (el flotante, el intermitente y el latente) y añadía: Los últimos despojos de la superpoblación relativa son los que se refugian en la órbita del pauperismo [...] El asilo de inválidos del ejército obrero en activo y el peso muerto del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en su necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza (54). De estos despojos forma parte el lumpenproletariado cuyo volumen crece y se expande al mismo ritmo que la acumulación capitalista. Los marginados son el colchón que permite las caídas económicas sin que el sistema se rompa en mil pedazos, el aceite que lubrica el motor y absorbe sus impurezas manteniéndolo siempre a punto: La población obrera crece siempre más rápidamente que la necesidad de explotación del capital [...] A medida que se acumula, el capital tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución, ya sea ésta alta o baja. Finalmente, la ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y la intensidad de la acumulación mantiene al obrero encadenado al capital con grilletes más firmes que las cuñas de Vulcano con que Prometeo fue clavado a la roca. Esta acumulación determina una acumulación de miseria equivalente a la acumulación de capital. Por eso, lo que en un polo es acumulación de riqueza es, en el polo contrario, es decir, en la clase que crea su propio producto como capital, acumulación de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud,de despotismo, y de ignorancia y degradación moral (55).

Las situaciones de marginación se definen en referencia al mercado de trabajo: La Economía Política no conoce al trabajador parado, al hombre de trabajo, en la medida en que se encuentra fuera de esta relación laboral. El pícaro, el sinvergüenza, el pordiosero, el parado, el hombre de trabajo hambriento, miserable y delincuente son figuras que no existen para ella, sino solamente para otros ojos: para los del médico, del juez, del sepulturero, del alguacil de pobres, etc.; son fantasmas que quedan fuera de su reino (56).

La burguesía casi siempre ha sido capaz de atraer a su lado al lumpenproletariado, un sector extremadamente débil por sus perentorias necesidades de supervivencia e ideológicamente desclasado. Ha utilizado al lumpen contra el mismo proletariado en numerosas ocasiones: su debilidad le ha hecho fácilmente manipulable, carne de cañón asequible a buen precio. El lumpen, pese a formar parte del proletariado, es el sector social más fiel a la ideología dominante. Nadie está más aferrado a los valores y símbolos capitalistas que sus primeras víctimas, de modo que quienes han padecido en sus carnes con toda crudeza la dialéctica del amo y el esclavo, se convierten en sus más crueles gestores cuando les corresponde el papel dominante: El lumpenproletariado, ese producto pasivo de la putrefacción de las capas más bajas de la vieja sociedad, puede a veces ser arrastrado al movimiento por una revolución proletaria; sin embargo, en virtud de todas sus condiciones de vida, está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras (57). Todas las taras del capitalismo se acentúan y asimilan en el lumpen hasta el paroxismo, de modo que, desde este punto de vista, no tiene sentido su calificación como inadaptados, desviados o marginados. El egoísmo, el machismo, el consumismo están ahí expuestos con su máxima desnudez, entre otras razones porque en ellos la capacidad de abstracción es mínima: el marginado se rodea y se atiene siempre a lo concreto. El lumpen carece de ideología propia, lo que le deja indefenso ante la invasión publicitaria actual, que interioriza con gran facilidad. Pero no se trata de un residuo que va arrojando la sociedad en su marcha: es también uno de los motores de esa marcha; la marginación no es algo accesorio, prescindible, una secuela indeseada sino una pieza fundamental en el funcionamiento del sistema productivo capitalista: La basura, esta corrupción y necesidad para el hombre, la cloaca de la civilización (esto hay que entenderlo literalmente) se convierte para él [para el hombre, N. del A.] en un elemento vital. La dejadez totalmente antinatural, la naturaleza podrida, se convierten en su elemento vital (58).

El lumpen está desclasado, por lo que, con las cifras actuales de paro, son cuantiosos los parados de larga duración y los que después de muchos años no han encontrado aún su primer empleo, los que caen en el abismo de la exclusión social, del desarraigo. La degradación de las condiciones de vida y trabajo es lo que ha formado esos típicos barrios suburbiales, acosados por gravísimos problemas de transporte, contaminación, vivienda, ruido, abastecimiento, saneamiento o atención hospitalaria. En ellos se hacinan los parados y crece la marginación.

En España el volumen de marginados crece sin cesar, alcanzando cifras jamás sospechadas. Varias encuestas realizadas en 1984 coincidieron en estimar el número de pobres en ocho millones de personas, un 20 por ciento de la población. El baremo para medir la pobreza lo fija la Comunidad Europea en la mitad del salario medio, definiendo como pobres a los que no alcanzan ese nivel de ingresos (59). Según datos del BBV, el censo de pobreza asciende a 11'5 millones (60), lo que significa que una de cada cuatro personas está en mínimos de precariedad y subsistencia. Hay un importante volumen de población con ingresos inferiores al salario mínimo, unos cinco millones de hogares con ingresos inferiores a 679.180 pesetas anuales y casi un millón y medio no alcanzan las 20.000 pesetas. Entre los jubilados, los que no alcanzan el salario mínimo son casi un 60 por ciento.

La tasa de desempleo alcanza al 8 por ciento de la población activa y un 29 por ciento de los ocupados (más de tres millones) trabaja en la economía sumergida y no figuran como parados, sino como inactivos, es decir, trabajadores desmoralizados que ni siquiera se inscriben en las oficinas de empleo para que les proporcionen una ocupación legalizada. La tasa de actividad en España no es creíble, ya que ronda el 50 por ciento frente al 66'3 por ciento en Europa, lo que significa que hay mucha gente que ya ni siquiera busca empleo y desaparece de los registros oficiales. Y mientras muchos adultos no buscan siquiera trabajo, hay entre 500.000 y 800.000 menores de 16 años trabajando en España de manera ilegal (El País, 12 diciembre 1996).

Hay un millón de hogares en los que ninguno de sus componentes obtiene ningún tipo de ingreso. El paro entre los cabezas de familia es del 11'1 por ciento.

El capitalismo ha llevado a millones de trabajadores al borde del abismo, de la degeneración moral y de la anomia en una búsqueda desesperada de soluciones individuales a su dramática situación. El Instituto de la Mujer ha cifrado en 600.000 el número de prostitutas y, según datos de la Cruz Roja, el 7 por ciento de los menores de 16 años de los barrios periféricos se prostituye. Sólo en Madrid sobreviven 2.000 niños que carecen de hogar. Por toda España 55.000 vagabundos merodean por las calles sin familia y sin vivienda donde cobijarse, mendigando y sobreviviendo en las más duras condiciones de aislamiento personal. El número de drogadictos se estima en unos 100.000 y el de alcohólicos oscila entre los dos y los cinco millones.

El número de presos se ha cuadruplicado en los últimos treinta años; actualmente es el más elevado de Europa en relación con el volumen de población y se sitúa en torno a los 45.000, de los que 120 fallecen todos los años por falta de condiciones higiénicas, desatención sanitaria, etc. En 1995 fueron detenidos 21.000 menores de 18 años acusados de algún delito y entre ellos 50 lo fueron por asesinato. En 1991 fueron recluidos en reformatorios 847 niños acusados de cometer delitos graves.

La situación de los inmigrantes, cuya cifra es de casi 1.400.000 con residencia legal, es también caótica. Asumen los trabajos peor remunerados, sin contrato ni derecho alguno. Viven en condiciones infrahumanas. Pero aún peor es la situación de los 300.000 inmigrantes que carecen de documentación, trabajan en condiciones de sobre-explotación y deambulan perseguidos por la policía.

Extraordinariamente significativo es el espectacular aumento de los suicidios, que muestra la degradación social que corroe al país, azotado por el desempleo y la ausencia total y absoluta de expectativas de una mejora en las condiciones de vida. El desempleo es la causa primera y más importante del aumento en el número de suicidios, cuyas cifras son sensiblemente más elevadas en las poblaciones industriales sometidas al paro y la reconversión.

Especialmente la juventud es la que padece más directamente el problema del paro, por lo que el deterioro social se manifiesta en ella de manera mucho más acusada, al destruir los lazos familiares. La familia interioriza la crisis social, evitando el estallido a costa de degradarse a sí misma: no faltan ingresos aunque los jóvenes no puedan salir de la vivienda familiar, pero a costa de deteriorarse las relaciones internas. La deplorable situación económica se ha introducido dentro del hogar familiar, creando un clima insostenible de violencia y de agresividad hacia los más próximos. Un 4'2 por ciento de las familias agreden a sus propios hijos, lo que hace un total de 250.000 niños golpeados por sus progenitores; el 37 por ciento de las agresiones sexuales tiene por objeto a un menor de edad. Según datos de Aldeas Infantiles SOS unos mil niños mueren anualmente en España como consecuencia de agresiones y malos tratos propinados por sus padres, y cerca de medio millón necesitan apoyo social. Los niños maltratados gravemente ascienden a unos 6.000 al año, pero son cientos de miles los que son golpeados con regularidad. Las mujeres son la otra víctima este deterioro, calculando las organizaciones feministas en 50 el número de mujeres asesinadas anualmente como consecuencia de la violencia doméstica, a las que hay que añadir entre 600.000 y 800.000 que son maltratadas por sus respectivos compañeros.

Cualquier dato que se tome como referencia no resiste la comprobación histórica: el capitalismo extiende la degradación humana más allá de cualquier límite que podamos imaginar, hasta extremos que ninguna civilización conoce ni ha conocido jamás. Ni el volumen de parados, ni el de vagabundos, ni el de agresiones, ni el de delincuentes, tiene parangón histórico. El capitalismo amenaza con sumirnos a todos en su cloaca.

Notas:

(42) C. Marx: El Capital, III-50, págs. 793-794.
(43) C. Marx: El Capital, I-22, págs. 509-510; también I-15, págs. 434 a 443.
(44) C. Marx: El Capital, I-23, pág. 523.
(45) C. Marx: El Capital, I-23, págs. 537-538.
(46) C. Marx: El Capital, II-20, pág. 366.
(47) C. Marx: Manuscritos, pág. 60.
(48) C. Marx: «Trabajo asalariado y capital», en Obras Escogidas, tomo I, pg. 77.
(49) C. Marx: «Trabajo asalariado y capital», en Obras Escogidas, tomo I, pgs. 80 y 84.
(50) C. Marx y F. Engels: «Manifiesto Comunista», en Obras Escogidas, tomo I, págs. 30-31.
(51) C. Marx y F. Engels: La ideología alemana, Pueblos Unidos, Montevideo, pg.232.
(52) C. Marx: El Capital, I-23, pág. 539.
(53) C. Marx: El Capital, I-23, pág. 542.
(54) C. Marx: El Capital, I-23, pág. 545.
(55) C. Marx: El Capital, I-23, págs. 546-547.
(56) C. Marx: Manuscritos, pág. 124.
(57) C. Marx y F. Engels: «Manifiesto Comunista», en Obras Escogidas, tomo I, pág. 29.
(58) C. Marx: Manuscritos, pág. 158.
(59) Demetrio Casado: Sobre la pobreza en España (1965-1990), Hacer, Barcelona, 1990, pág. 243.
(60) VV.AA.: La sociedad de la desigualdad, Gakoa, San Sebastián, 1992, pg.32.

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