El trabajo cualificado se diferencia del trabajo simple en que el valor de los productos del trabajo cualificado es mayor y en que el valor de la fuerza de trabajo cualificada -su salario- es también mayor. La primera diferencia es propia de cualquier economía mercantil, ya que caracteriza a las personas como fabricantes de mercancías; pero la segunda es característica del capitalismo porque singulariza a las personas como compradoras y vendedoras de fuerza de trabajo respectivamente.
Buena parte de las tesis sobre el fin de la clase obrera tratan de fundamentarse en la creciente cualificación de la fuerza de trabajo: La tecnología requiere una fuerza de trabajo especializada, dice Galbraith (19). Afirman que el trabajo simple va siendo sustituido por trabajo complejo y parecen dar a entender que el trabajo simple es propio de obreros, mientras que el trabajo complejo sería lo característico de las burguesía y de los intelectuales asociados a ella. Se produciría una convergencia entre clases anteriormente opuestas: la clase obrera se aburguesa y las viejas clases medias se proletarizan. Según J.F.Tezanos, responsable de formación del PSOE, han aumentado las tareas que exigen mayor cualificación y preparación, surgiendo sectores de nuevos trabajadores especializados que gozan de un status social mayor y mejores condiciones económicas (20). Por su parte, los carrillistas fueron mucho más lejos, sentenciando la desaparición del contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual (21) y promoviendo su famosa alianza entre las fuerzas del trabajo y de la cultura. Este tipo de afirmaciones es importante retenerlas porque, en palabras de Marx, la división del trabajo sólo se convierte en verdadera división a partir del momento en que se separan el trabajo físico y el espiritual (22), lo que pone de manifiesto la trascendencia de esta contradicción. Habrá que examinar de nuevo la cuestión y comprobar, una vez más, si la evolución capitalista ha caminado por derroteros distintos de los previstos por Marx. Así lo vienen sosteniendo la mayor parte de los expertos; por ejemplo, según Triana, Director de Promoción Industrial y Tecnología del Ministerio de Industria durante los gobiernos del PSOE, viejo especialista de los carrillistas, empieza a emerger una nueva civilización donde el ‘saber’ se perfila como el factor determinante. El saber aplicado a la producción constituye el potencial tecnológico de una sociedad (23). Para los revisionistas el saber no se materializa en forma de capital fijo sino en un cambio del trabajador y sus funciones en el empleo que desempeña.
Sin embargo, todas esas tesis reformistas son en sí mismas contradictorias: es imposible que un volumen de trabajo masificado, como es hoy el de los técnicos y oficinistas, se mantenga con un control de esos trabajadores sobre su propio proceso de trabajo. Cuando el trabajo se masifica, se produce una redivisión del trabajo que escinde de nuevo el trabajo intelectual y el manual, que reintroduce de nuevo la especialización, de modo que el trabajo intelectual se simplifica y se hace tan rutinario y poco creativo como el manual.
La especialización, la división del trabajo es un fenómeno contradictorio, del cual los académicos sólo tienen en cuenta un aspecto; mientras la división social del trabajo contribuyó a mejorar el valor de uso de las mercancías y a quien las producía, la división capitalista del trabajo sólo servía para incrementar el valor de cambio y beneficiar a su propietario; resulta valiosa para el progreso de la sociedad, pero disminuye la capacidad de cada hombre individualmente considerado y engendra el idiotismo del oficio (24). Se trata, en consecuencia, de un fenómeno con dos aspectos contradictorios, pues aunque, por un lado, represente un progreso histórico y una etapa necesaria en el proceso económico de formación de la sociedad, por otro lado, es un medio de explotación civilizada y refinada (25).
La división capitalista del trabajo adquiere un relieve acusado con la gran industria y el maquinismo. El salto de la herramienta a la máquina reforzó las taras de la explotación laboral: el peso de la producción pasa de la fuerza de trabajo hábil en el manejo de su instrumento, al artefacto mecánico del cual el obrero es un anexo, un apéndice más. La herramienta multiplicaba la precisión, la rapidez o la habilidad del trabajador; la máquina funciona independiente y uniformemente, cualquiera que sea quien la gobierne. Ya no hace falta conocer el oficio sino que basta conocer el funcionamiento de la máquina: En la manufactura y en la industria manual, el obrero se sirve de la herramienta: en la fábrica sirve a la máquina (26). En la manufactura, la división del trabajo es subjetiva, depende de la forma de trabajar del obrero; en el maquinismo es objetiva: está en función de la velocidad y el ritmo de la máquina.
Según Marx, en la medida en que aumenta la división del trabajo, éste se simplifica. La pericia especial del obrero no sirve ya de nada. Se le convierte en una fuerza productiva simple y monótona, que no necesita poner en juego ningún recurso físico ni espiritual. Su trabajo es ya un trabajo asequible a cualquiera. Esto hace que afluyan de todas partes competidores; y, además, recordamos que cuanto más sencillo y más fácil de aprender es un trabajo, cuanto menor coste de producción supone el asimilárselo, más disminuye el salario, ya que éste se halla determinado, como el precio de toda mercancía, por el coste de producción [...] La maquinaria produce los mismos efectos en una escala mucho mayor, al sustituir los obreros diestros por obreros inexpertos [...] La industria moderna lleva siempre consigo la sustitución del trabajo complejo y superior por otro más simple y de orden inferior (27).
Los sistemas automatizados de maquinaria presuponen la concentración de grandes masas de trabajadores, porque su función consiste precisamente en reemplazar la capacidad de trabajo excesiva: Vemos aquí de un modo directo -decía Marx- cómo un modo de trabajo se transfiere del trabajador al capital bajo la forma de la máquina y cómo, mediante esta transposición se desprecia su capacidad de trabajo. De ahí la lucha de los obreros contra la maquinaria (28). La división capitalista del trabajo aniquila y destruye al trabajador en beneficio del capitalista: Es el proceso de producción el que manda sobre el hombre y no éste sobre el proceso de producción (29); el obrero se convierte en el órgano mecanizado, limitado y vitalicio de una función rutinaria:
Convierte al obrero en un monstruo, fomentando artificialmente una de sus habilidades parciales, a costa de aplastar todo un mundo de fecundos estímulos y capacidades, al modo como en las estancias argentinas se sacrifica un animal entero para quitarle la pelleja o sacarle el sebo. Además de distribuir los diversos trabajos parciales entre diversos individuos, se secciona al individuo mismo, se le convierte en un aparato automático adscrito a un trabajo parcial [...]La automatización no solo no eleva la cualificación del trabajo sino que destruye el trabajo cualificado y lo sustituye por trabajo simple. El capital no puede asumir que el trabajador domine el proceso de producción; el progreso técnico no es neutral sino que persigue reforzar el dominio sobre el trabajador, tiende a anular la habilidad individual del trabajador, la maestría del oficio, porque hace indispensable al trabajador y le concede el control sobre el proceso de producción; éste tiene que ser automatizado y rutinizado de manera que todo trabajador sea sustituible por otro. Sólo el capitalista puede ser imprescindible.La máquina no libra al obrero del trabajo, sino que priva a éste de su contenido. Nota común a toda producción capitalista, considerada no sólo como proceso de trabajo sino también como proceso de explotación de capital, es que, lejos de ser el obrero quien maneja las condiciones de trabajo, son éstas las que le manejan a él (30).
Las formas de introducción de los sistemas automatizados de maquinaria fueron impuestas por los propios capitalistas en diversas épocas y calificados de taylorismo, fordismo y toyotismo (31). El taylorismo, por ejemplo, impuso la mecanización de tareas, forzando al obrero a desempeñar siempre idénticas funciones parciales y elementales, reduciendo así su trabajo a mero tiempo de trabajo, igual a sí mismo. Por contra, el fordismo impulsó la cadena de montaje como instrumento de coordinjación de las diversas labores especializadas que cada obrera desempeña. Todos esos sistemas se desarrollaron en sucesivas fases, tras un minucioso análisis de los procesos de trabajo. Primero se sistematizaba y codificaba el oficio, que hasta entonces sólo era una práctica laboral no transparente, de manera que se pudiera transmitir a terceros. Las tareas de cada oficio se descomponían en sus elementos más simples y homogéneos, para que pudieran ser expurgados y clasificados todos y cada unos de sus movimientos. Luego esos elementos simples se volvían a combinar del modo más eficiente. Finalmente, cada trabajador pasaba desempeñar una de esas tareas simplificadas al máximo. Ese proceso fue el que permitió que entraran en la producción mujeres y niños como máximo ejemplo de que ningún obrero era imprescindible en ninguna fábrica.
De ese modo el capitalista se adueñaba de la pericia del trabajador y controlaba el proceso de producción para extraer el máximo de plusvalía relativa, multiplicando la intensidad del trabajo y reduciendo los tiempos muertos en la producción. La técnica capitalista no es neutral: es tanto una técnica de producción como una técnica de dominación, de control y de sumisión. Marx insistió en ello muchas veces: ¿Qué significa el crecimiento del capital productivo? Significa el crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo. El aumento de la dominación de la burguesía sobre la clase obrera (32). Y también: La maquinaria no actua solamente como competidor invencible e implacable, siempre al acecho para ‘quitar de en medio’ al obrero asalariado. Como potencia hostil al obrero, la maquinaria es proclamada y manejada de un modo tendencioso y ostentoso por el capital. Las máquinas se convierten en el arma poderosa para reprimir las sublevaciones obreras periódicas, las huelgas y demás movimientos desatados contra la autocracia del capital [...] Se podría escribir arrancando del año 1830, toda una historia de los inventos creados, como otras tantas armas del capital contra las revueltas obreras (33).
El objetivo de la oposición entre el trabajo manual y el intelectual no es otro que perpetuar la dominación sobre el obrero en el proceso de producción. La tendencia capitalista es a la expropiación del conocimiento técnico del trabajador, de su habilidad y pericia, y su concentración un grupo reducido de técnicos y expertos subordinados directamente al patrono. Ese fue el fenómeno que Marx describió, al apuntar cómo bajo el capitalismo deben predominar siempre los peones, la mano de obra no cualificada, porque la gran industria a la par que fomenta hasta el virtuosismo las especialidades parciales y detallistas a costa de la capacidad conjunta de trabajo, convierte en especialidad la ausencia de toda formación. La escala jerárquica del trabajo se combina con la división pura y simple de los obreros en obreros especializados y peones. Los gastos de educación de éstos desaparecen; los de los primeros disminuyen respecto al artesanado, al simplificarse sus funciones. El resultado, en ambos casos, es la disminución del valor de la fuerza de trabajo (34). Por ello la técnica actual, al favorecer la deslocalización, la fragmentación y la descentralización, rescata viejos sistemas productivos que parecían haber desaparecido para siempre, como es el caso del trabajo en el propio domicilio, que comienza ahora a emerger de nuevo con fuerza gracias al ordenador doméstico, conectado a través de los hilos telefónicos con el centro de producción.
La aplicación de la técnica a la industria no es neutral tampoco, porque depende del coste de la mano de obra que contribuye a ahorrar. De aquí que la mundialización de los grandes monopolios no constituya ningún progreso ni siquiera para el propio capitalismo, al constituir un factor de estancamiento. Los bajos salarios imperantes en algunos países no favorecen la sustitución de la fuerza de trabajo por el capital fijo más adelantado tecnológicamente, al ser su coste muy reducido.
La innovación tecnológica tiene por objeto fundamental contrarrestar la caída de la cuota de ganancia; dado el crecimiento de los capitales improductivos que reducen esta cuota muy sustancialmente, la aplicación industrial de la ciencia y la tecnología se convierte en el reverso imprescindible de ese proceso: El aumento extraordinario de fuerza productiva en las esferas de la gran industria, acompañado, como lo está, de una explotación cada vez más intensiva y extensa de la fuerza de trabajo en todas las demás ramas de la producción, permite emplear improductivamente a una parte cada vez mayor de la clase obrera (35).
Cuestión distinta de la aplicación de la ciencia a la industria es la aplicación de la industria a la ciencia, lo que ofrece otro punto de vista muy interesante para analizar el fenómeno. En la gran industria, escribió Marx, la ciencia es separada del trabajo como potencia independiente de producción y aherrojada al servicio del capital (36). Los descubrimientos científicos ya no se producen espontáneamente por el trabajo de un investigador solitario, sino que es el fruto de una planificación, está dirigido por los monopolios con la colaboración de las universidades, que se ponen a funcionar a su servicio. Este fenómeno consiste básicamente en la conversión de la división técnica del trabajo en división social del trabajo; los departamentos de ingeniería y los laboratorios de las empresas se convierten en unidades productivas autónomas especializadas en investigación e innovación. Se crea así de todo un sector industrial específico, calificado de I+D, o sea, de investigación y desarrollo. Este sector es el que tiene como objeto innovar, desarrollar la tecnología en estrecha vinculación con el Estado, ya que gran parte de la inversión (el 57 por ciento en España) deriva de la Universidad y las Escuelas Politécnicas, de la que luego se benefician gratuitamente los grandes monopolios. Naturalmente este sector está compuesto de investigadores altamente cualificados que no intervienen con posterioridad para nada en la ejecución de sus inventos. Pero este sector es extremadamente reducido, porque la tecnología avanzada en su mayor parte tiene un origen militar y se concentra en el núcleo de los países imperialistas más fuertes. El 86 por ciento de todo el gasto en investigación de la OCDE se localiza en los cinco Estados más grandes. En 1990 había en España 2'1 investigadores por mil habitantes, frente a los 5'6 de Alemania o 4'5 de Francia. Contando el personal de apoyo, el número de investigadores en España es del 3'8 por mil, el número de becarios en proceso de formación de 10.000, a los que se pueden añadir otros 11.300 ingenieros trabajando activamente en consultorías, un sector donde el paro afecta a la cuarta parte parte de los técnicos y donde hay que subrayar que en 1978 trabajaban 15.000 ingenieros. España, como tantos otros países, es dependiente tecnológicamente y se ve obligado a importar capital fijo y a pagar patentes extranjeras procedentes de los países imperialistas más fuertes, mientras la mayor parte de sus titulados universitarios o están en el paro o realizan tareas subalternas que nada tienen que ver con los estudios que han realizado.
Antes, el aprendizaje de un oficio se realizaba en el propio taller y de la mano de un maestro u oficial, prolongándose durante varios años, cuando hoy bastan unas semanas de adiestramiento. Cada fábrica disponía de su propia escuela de aprendices en la que formaban a sus futuros trabajadores. Hoy el ingeniero está separado del peón, como lo están el trabajo intelectual y el manual, pero hasta unos extremos antes insospechados: la división del trabajo en materia tecnológica ha alcanzado el punto de separación entre la función de diseño de la de ejecución o fabricación. Incluso territorialmente, mientras las grandes potencias se reservan el diseño y las patentes, favorecen la deslocalización de la fabricación, trasladando la producción material a los países dependientes. Se verifica así la más extrema separación entre el trabajo intelectual y el manual, y si esta situación está directamente enfilada contra el obrero manual, no es mucho mejor la situación del investigador y el científico: Las propias tareas de concepción -afirma Coriat- están insertas en un proceso de división del trabajo que hace de los trabajadores científico-técnicos a quienes se confía tareas, agentes que no disponen, en la mayoría de los casos, de una libertad creadora mayor que la que disponen los obreros (37).
Como consecuencia de ello, la separación entre el trabajo manual y el intelectual está retornando a sus orígenes, naturalmente sobre una base renovada completamente. Tanto en Japón como en la antigua URSS se crearon tecnópolis o ciudades pobladas exclusivamente por científicos, aislados totalmente del resto de habitantes. Las tesis de Marx se confirman de nuevo: no son los obreros los que se aburguesan sino los burgueses los que se proletarizan. Los cuadros de técnicos y titulados de las empresas se han proletarizado totalmente. Por ejemplo, en 1963 un titulado ganaba en España cuatro veces más que un peón de su misma empresa, mientras que en 1976 ese cociente era de sólo un 2'6. Esta situación se prolonga hasta los Pactos de la Moncloa, donde aún la mitad de las subidas salariales previstas son lineales. A partir de entonces, los pactos sociales firmados por los sindicatos domesticados, la patronal y el gobierno, imponen las subidas proporcionales, lo que benefició a la aristocracia obrera, los técnicos y los titulados, que consiguen abrir de nuevo el abanico salarial hasta el 3'7 en 1986. Por tanto, a pesar de lo que a veces se dice, el abanico salarial se ha reducido y ya no hay tanta diferencia entre unos y otros trabajadores como antes, salvo para una minoría de ejecutivos directamente subordinados al capitalista. A los titulados se les ofrece un contrato para la formación o en prácticas donde los salarios son mucho más bajos y que es de naturaleza precaria: un 62 por ciento de las empresas recluta a su mano de obra cualificada por esa vía, en la que a pesar de los años de estudios universitarios, la empresa sigue enseñando durante algún año más.
El proletariado cualificado experimenta el mismo fenómeno que otro tipo de asalariados que antes disponían de algunos privilegios y ahora se ven tan explotados como los trabajadores manuales; por un lado, su masificación, la mecanización de sus tareas, en las que pierden creatividad; por otro lado, su excesiva especialización les hace también extremadamente vulnerables a los cambios tecnológicos, ya que numerosas profesiones y oficios desaparecen con el desarrollo de las fuerzas productivas: lo mismo que las máquinas, su especialización no dura eternamente y corren el riesgo de quedarse obsoletos si no se reciclan y adquieren nuevas habilidades y conocimientos. La especialización no demuestra la elevación del promedio de cualificación del trabajo sino precisamente todo lo contrario, una pérdida creciente del dominio sobre el proceso de trabajo.
La creciente importancia de la educación general radica precisamente en la crisis de los especialistas: lo verdaderamente imprescindible en la actualidad es una formación básica lo más completa posible a cargo del Estado. La flexibilidad del mercado de trabajo apunta hacia una creciente movilidad funcional y de tareas, hacia el trabajador todoterreno: A los trabajadores de Empresas de Trabajo Temporal la rotación les permite alcanzar un alto grado de polivalencia, manifestaba en una entrevista la directora general de Powerman, una empresa multinacional de trabajo temporal (El País Negocios, 8 de mayo de 1994). El trabajador debe saber adaptarse a cualquier puesto y ser capaz de formarse para ello en un espacio muy breve de tiempo.
Los cuadros técnicos no disponen tampoco del control sobre el proceso de producción, por su propia especialización así como por la automatización. La creatividad, la habilidad y el virtuosismo (el valor de uso del trabajo) son propios del artesanado, de la producción precapitalista; al capital le interesa el valor de cambio, la plusvalía y la producción en masa. En el sistema artesanal, el trabajador es una individualidad, no el miembro anónimo de un colectivo obrero, y la individualización de los trabajadores presupone todavía la relativa independencia de éstos (38).
El progreso científico y tecnológico no se materializa en el crecimiento de la cualificación de la fuerza de trabajo sino en un sistema automático de maquinaria, de capital fijo, cuyos efectos sobre la fuerza de trabajo son precisamente los opuestos, la descualificación y simplificación de las funciones laborales. Con la automatización el proceso de producción deja de ser un proceso de trabajo; el trabajador pierde su habilidad y pasa a ser un apéndice de la máquina. El obrero indispensable es muy caro y muy difícil de contratar, porque no abundan en el mercado. Por eso todos los esfuerzos del capital apuntan en la dirección de obtener una mano de obra accesible a cualquier puesto de trabajo.
Como centro de control sobre el proceso de producción, la oficina se ha convertido hoy en un elemento característico del capital monopolista, consecuencia directa del alto grado de socialización alcanzado por las fuerzas prioductivas y donde el Estado tiene un papel trascendental; como consecuencia de las exigencias fiscales, financieras y, sobre todo, de control, los trabajadores de la oficina se han multiplicado vertiginosamente y sus tareas se han sometido al mismo principio de racionalización, por lo que también han visto reproducirse en su seno la división entre el trabajo manual e intelectual, predominando también allí el trabajo manual. Pero todo esto ya fue previsto también por Marx, quien expuso que cuanto mayor sea el capital mercancías producido, más aumentarán en términos absolutos, aunque no en términos relativos, los gastos de oficina, dando pie para una especie de división del trabajo (39). Hoy el trabajo burocrático se ha convertido, por sí mismo, en un proceso de producción, con los mismos métodos de racionalización y control que en el taller. Rotos los lazos personales con el propietario, el paternalismo desaparece: ya no hay vinculación personal ni posibilidad de solución personal e individual a los problemas de estos trabajadores. El papel de los contables se ha degradado y su lugar lo han ocupado los auditores, normalmente ajenos a la propia empresa.
La materia prima de la oficina es el papel y los signos gráficos (números, letras, dibujos, fórmulas) que sobre él se estampan, forman cartas, facturas, albaranes, talones, recibos, documentos, libros, planos, legajos y, finalmente, archivos, mucho más fáciles de mecanizar y organizar que cualquier mercancía, por lo que no es de extrañar que se automatizaran tan rápidamente las tareas burocráticas. El trabajo de oficina está sometido a las mismas reglas de racionalización que el del taller, por eso -ciertamente- se ha producido una convergencia, pero nunca sobre la base del aburguesamiento del trabajador manual sino sobre la proletarización del trabajador intelectual, de modo que actualmente en las oficinas predomina el trabajo manual sobre el intelectual y las tareas que se desempeñan allí son más repetitivas y monótonas que en cualquier otro puesto de trabajo.
Hasta hace unas décadas la oficina carecía de capital constante, de equipo o de maquinaria. Actualmente cualquier oficina está repleta de artilugios: máquinas de escribir, ordenadores, fax, fotocopiadoras, centralitas telefónicas, dictáfonos, grapadoras, etc. Su uso no requiere un aprendizaje largo ni complicado, por lo que la remuneración del trabajo de oficina viene descendiendo imparablemente. Antes el trabajo administrativo exigía leer, escribir y conocer una aritmética elemental, lo que estaba muy por encima de la media laboral. Hoy día no solamente la generalización de la educación ha desvalorizado estas cualidades, poniéndolas al alcance de la mayoría sino que, además, las máquinas ni siquiera hacen necesario leer ni escribir. Las calculadoras electrónicas sustituyen a la aritmética y con un sencillo ordenador doméstico, cualquiera puede llevar la contabilidad de varias empresas simultáneamente sin haber estudiado contabilidad, por lo que lejos de aumentar, se reducen los gastos muertos de oficina. A Marx tampoco se le escapó la importancia de la contabilidad, lo que le sirvió para diferenciar los capitales comerciales de los de oficina: mientras los capitales empleados en la realización de las mercancías tienen como origen el ciclo del capital en sus tres metamorfosis, la contabilidad, en cambio, como control y compendio ideal del proceso, es más necesaria cuanto más carácter social adquiere este proceso y más pierde su carácter puramente individual; es más necesario, por tanto, en la producción capitalista que en la producción desperdigada de las empresas artesanales y campesinas, y más necesaria todavía en una producción de tipo colectivo que en la producción capitalista. Sin embargo, los gastos de contabilidad se reducen a medida que se concentra la producción y aquella se va convirtiendo en una contabilidad social (40).
El trabajo administrativo no es en la actualidad un trabajo intelectual creativo, sino trabajo manual en el que predominan los movimientos automatizados y monótonos del trabajador, que sabe cómo hacer su trabajo pero desconoce a ciencia cierta lo que realmente está haciendo. Un trabajador de una compañía de seguros realiza todas las mañanas las mismas operaciones rutinarias de siempre y padece problemas de vista a causa del ordenador que tiene delante de su mesa de trabajo, tiene dolores de espalda a causa de su posición durante horas en la silla, etc. Su trabajo físico no es penoso pero es igualmente agotador, por más que tenga todos sus utensilios de trabajo sobre la mesa. La fatiga causa una serie de problemas fisiológicos y el sedentarismo otros, diferentes pero no menos graves.
Como ha escrito Braverman acertadamente: El problema del llamado empleado o trabajador de cuello blanco que tanto preocupó a las primeras generaciones de marxistas y que fue blandido por los antimarxistas como prueba de la falsedad de la tesis de la ‘proletarización’, en esta forma ha sido clarificado sin ninguna ambigüedad por la polarización del empleo de oficina y el crecimiento en un polo de una inmensa masa de obreros asalariados. La tendencia aparente hacia un amplia ‘clase media’ no proletaria se ha resuelto en la creación de un gran proletariado en una forma nueva. En sus condiciones de empleo, esta población trabajadora ha perdido todas las anteriores superioridades que tenía sobre los obreros de la industria, y en sus escalas de pago ha sido reducida casi hasta el fondo mismo (41).
Notas:
(19) El nuevo estado industrial, cit., pg.63.
(20) Estructura de clases y conflictos de poder en la España postfranquista, Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1978, pgs.223-224, 272 y 208.
(21) Manifiesto Programa del Partido Comunista de España, Ebro, París, 1975, pg.138.
(22) La ideología alemana, Pueblos Unidos, Montevideo, 3ª Ed., 1971, pg.32.
(23) «Estrategia, tecnología y especialización productiva», en El sistema ciencia-tecnología y la crisis española, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Madrid, 1982, pg.118.
(24) Marx, Miseria de la filosofía, Júcar, Madrid, 1974, pg.218.
(25) Marx, El Capital, I-12, pg.297.
(26) El Capital, I-13, pg.349.
(27) «Trabajo asalariado y capital», en Obras Escogidas, tomo I, pg.
(28) Grundrisse, tomo II, pg.113.
(29) El Capital, I-1, pg.45.
(30) El Capital, I-12, pgs.293, 294, 296, 349 y 350.
(31) Lenin: «El taylorismo es la esclavización del hombre por la máquina», en Obras Completas, tomo 24, pg.390.
(32) «Trabajo asalariado y capital», en Obras Completas, tomo I, pg.79.
(33) El Capital, I-13, pg.361.
(34) El Capital, I-12, pgs.284-285.
(35) El Capital, I-13, pg.371.
(36) El Capital, I-13, pg.294.
(37) Ciencia, técnica y capital, H.Blume, Madrid, 1976, pg.62.
(38) Grundrisse, tomo II, pg,.13.
(39) El Capital, III-17, pg.292.
(40) El Capital, II-6, pg.120.
(41) Trabajo y capital monopolista, Nuestro Tiempo, México, 1973, pg.409.