Pero además, la productividad del trabajo no se puede analizar ni desde el punto de vista del obrero ni tampoco desde el punto de vista de una unidad productiva tomada aisladamente, sino desde la perspectiva del capital social, considerado en su conjunto. El carácter productivo del trabajo depende del carácter productivo del capital. La fuerza de trabajo está subordinada al capital y sigue los movimientos de éste. Analizado de esta forma, no todo trabajador productivo crea realmente plusvalía; un futbolista crea plusvalía para su patrono pero globalmente considerado no añade plusvalía sino que sólo la reparte. Los capitales improductivos, aunque proporcionen beneficios a un capitalista concreto, no añaden plusvalía al conjunto sino que distribuyen la ya generada. El trabajo está subordinado al capital, por lo que sólo será socialmente productivo aquel trabajo que esté al servicio de un capital productivo. Aisladamente considerados los capitales improductivos rinden un beneficio al capitalista, pero socialmente no añaden más plusvalía de la ya existente, porque simplemente acaparan una parte de la que se genera en la producción.
Por tanto, a las diferenciaciones que hemos realizado hay que añadir otra más, en función de que el trabajo se realice para capitales productivos o improductivos, de modo que si prescindimos del trabajo que tiene lugar al margen de las relaciones de producción capitalistas, por ejemplo, en la artesanía, es improductivo el trabajo que aunque funcione para valorizar capital, desempeña tareas improductivas, lo que a su vez tiene dos manifestaciones:
— en cuanto a la división social del trabajo, son los capitales invertidos en la circulación (a su vez subdivididos en capitales mercantil y bancario)
— en cuanto a la división del trabajo en particular se manifiesta en los gastos burocráticos destinados a las oficinas (7).
Mientras Marx analizó el primer aspecto en su Historia crítica de las teorías de la plusvalía y en el capítulo inédito de El capital, estudió el segundo aspecto en el tomo II de El capital, calificándolos de gastos muertos del capital. Por ejemplo, los presupuestos del Estado representan el gasto muerto por antonomasia, la carga más importante que tienen que soportar los trabajadores en sus nóminas, ya que no generan riqueza ni plusvalía sino que la absorben.
Los dos análisis de Marx no son contradictorios sino complementarios uno del otro. Así por ejemplo, el trabajo de oficina no es siempre improductivo, ya que en ella, además de las tareas burocráticas y de administración, es donde se planifica y diseña la producción. En su seno coexisten, por tanto, tareas productivas e improductivas.
La situación actual que explica el crecimiento del sector servicios, al mismo tiempo que la creciente salarización deriva de aquí precisamente, de que mientras el trabajo improductivo ha disminuido fuera del ámbito de las relaciones de producción capitalistas, se ha incrementado dentro de ellas; si crece la fuerza de trabajo improductiva es porque crecen los capitales improductivos, porque aumenta el capital invertido en la circulación y, paralelamente, aumentan los gastos de oficina. El fenómeno es, por tanto, doble y de sentido opuesto, pues si bien existe una penetración creciente del capital en áreas económicas antes sometidas al trabajo independiente, lo que incrementa el volumen de asalariados, no todos esos capitales se invierten en la producción, ya que muchos de ellos están destinados a la circulación y, por tanto, no engendran plusvalía.
Pero con ello no explicamos aún las razones por las cuales crecen los capitales improductivos, y más exactamente, por qué crecen el capital comercial y el bancario. El crecimiento de los capitales improductivos tiene su origen en la producción en masa, en las dificultades de realización, en la superproducción crónica, en el estancamiento de los mercados, en la crisis permanente y, sobre todo, en las crecientes exigencias de control impuestas por el capitalismo monopolista de Estado. Este último punto, relativo a las exigencias de control derivadas del capitalismo monopolista de Estado, lo examinaremos luego, por lo que nos concentraremos, por el momento, en los capitales mercantiles y bancarios. La importancia de los capitales mercantiles dimana del papel que desempeñan en la circulación del capital:
— aceleran el ritmo de circulación del capital, por lo que indirectamente aumentan la plusvalía
— extienden el mercado, amplían la escala de las operaciones y mejoran la división del trabajo entre capitalistas, estimulan la productividad del capital industrial y su acumulación al elevar su cuota de ganancia reteniendo una parte menor del capital en la órbita de la circulación como capital dinero.
Las empresas dedicadas a la venta no engendran directamente valor sino que se trata de actividades improductivas que viven de los márgenes de plusvalía que deja el capital productivo. Ante el abarrotamiento de los mercados, los grandes monopolios intentan diferenciar la producción y diversificar los valores de uso para arrebatar los mercados al competidor e imponer sus propias marcas comerciales, lo que da lugar a ese característico fenómeno de la sociedad de consumo de nuestros días. Los valores de uso vienen creciendo a escalas astronómicas y los monopolios se esfuerzan en diferenciar los suyos de los de los competidores, por lo que el capital comercial pasa a desempeñar una función trascendental. Para ganar cuota de mercado hay que dejar obsoletas a las mercancías que ya están en el mercado, desvalorizarlas frente al último modelo, lo cual da la impresión momentánea de que el mercado no está aún saturado. La importancia creciente de la moda pone al descubierto la creciente agudización de la competencia entre capitalistas por acaparar unos mercados cada vez más saturados. El sostenimiento de las marcas implica cuantiosos gastos publicitarios, que elevan los costos de producción y encarecen los productos pero al mismo tiempo, a la sombra de los monopolios se crean industrias dedicadas al transporte, la venta, la publicidad, el diseño, el almacenaje y la mercadotecnia. Como escribe Moszkowska: Cuanto más se retrae el consumo de las masas con respecto a la creciente productividad, tanto más cuesta la atracción de clientela. Si la capacidad de absorción del mercado no se adapta a la creciente oferta, cada descenso de los costos de producción tiene como consecuencia un aumento de los gastos comerciales. Proporcionalmente al aumento de la productividad del trabajo humano en la producción de mercancías, tiene lugar una disminución en la esfera de la distribución. Los costos de distribución aumentan diariamente y amenazan con sobrepasar a los costos de producción (8). El fabricante no vende directamente al cosumidor sino a través de una poderosa red de comercialización en la que es imprescindible invertir importantes capitales, porque sólo de ese modo es posible trasladar las mercancías desde el lugar en que se producen hasta el mismo domicilio del consumidor, salvando muchas veces miles de kilómetros de distancia.
Por su parte, el capital bancario también desempeña en el capitalismo varias funciones muy importantes, que Marx sintetizó esquemáticamente en tres aspectos:
— nivelación de las cuotas de ganancia de los capitales industriales
— disminución de los gastos de circulación, lo que se consigue economizando dinero (promoviendo transacciones sin dinero, acelerando su circulación e introduciendo papel-moneda) y restringiendo la parte del capital que tiene que existir siempre en forma de capital-dinero
— creación de sociedades por acciones, lo que a su vez amplía la escala de las operaciones económicas (9).
El crecimiento actual del capital bancario está también estrechamente vinculado al surgimiento del imperialismo, donde sus funciones adquieren aún mayor relevancia, generando gigantescos capitales rentistas y especulativos que expolian riquezas por todo el mundo.
Pero ni el capital comercial ni el capital bancario crean plusvalía, sino que reciben una parte de la que crea el capital productivo; no participan de la creación sino de la distribución de la plusvalía. Cada vez se invierten más capitales, no para crear nueva riqueza, sino para dar salida a la que ya está producida. Todos esos capitales improductivos giran en torno al sistema productivo industrial y no son más que fases necesarias para el movimiento cíclico del capital en su conjunto, por más que la división del trabajo les proporcione una vida propia aparente; por tanto, si crecen no es como causa sino como consecuencia de la plusvalía creciente del capital productivo. De aquí que las políticas económicas socialdemócratas hayan insistido siempre en los capitales improductivos, dado su carácter puramente distributivo y no creador de plusvalía.
El decrecimiento relativo del número de trabajadores productivos está en proporción a su creciente productividad, en tanto que el trabajador improductivo crece como consecuencia de ese incremento de la explotación. Ahora bien, independientemente del análisis que se pueda desarrollar desde el punto de vista del capital social tomado en su conjunto, desde el punto de vista subjetivo, para un trabajador empleado por un capital improductivo, esa circunstancia es irrelevante, porque independientemente de ello, está siendo explotado igual que cualquier otro y, en consecuencia, forma parte de la clase obrera. También es independiente de si su trabajo es manual o intelectual, de si trabaja en una fábrica o en un hipermercado, en una oficina o en un taller, de si elabora mercancías o presta servicios; su salario se mide del mismo modo y su fuente de ingresos es la misma, aunque varíe su cuantía: el salario es capital variable y dimana de la transformación de su fuerza de trabajo en mercancía que el patrono compra para valorizar su capital, para extraer plusvalía.
Lo que diferencia al trabajador productivo del improductivo no es que su trabajo sea útil o necesario, porque un médico puede desarrollar una función imprescindible pero su trabajo no engendra un ápice de plusvalía y, en consecuencia, puede ser improductivo. Tampoco tiene en cuenta que sea trabajador manual o un técnico cualificado, que fabrique mercancías o preste servicios, que trabaje en la industria o en los denominados servicios. Lo importante es que venda su fuerza de trabajo a un capitalista, que adelanta el capital y se aprovecha de los rendimientos de ese trabajo.
Los asalariados que realizan un trabajo de explotación tampoco forman parte de la clase obrera, ya que su función es una prolongación del papel del capitalista, en cuyo nombre actúan. Estas capas laborales tienen una doble naturaleza: se parecen a la clase obrera porque están obligadas a vender su fuerza de trabajo a cambio de un sueldo, pero se oponen a ella porque su oficio no consiste más que en someter y dominar al verdadero proletariado. El capitalista delega en ellos su capacidad de mando, pero su tarea está llena de contradicciones, ya que al tiempo son asalariados. Hay algunos titulados, por ejemplo, que cobran una parte de sus ingresos en función de los beneficios de la empresa; por tanto, tienen interés en intensificar la explotación de los trabajadores y se enfrentan a ellos. Su fuente de ingresos es mixta, parte salario y parte plusvalía, pero en realidad no son más que cómplices del capitalista, a cuyo dictado se subordinan. Son muy numerosos los que cobran pluses y extras al margen de la nómina, incluso en especie: acciones, tarjeta de crédito, préstamos a bajo interés, coche, ropa, comidas, gastos de representación, etc.
El poder absoluto de dirección, control y vigilancia del capitalista en su empresa no sólo proviene de que es quien paga al trabajador (y como dice el refrán, el que paga manda), sino que también tiene una raíz técnica: hoy día el proceso de producción es un fenómeno colectivo que exige coordinación de un número importante de trabajadores. En una economía mercantil simple, el trabajador era un artesano que dominaba el proceso de producción, desde el principio hasta el final; el sastre diseña el traje, corta la tela y cose el conjunto por sí mismo. El capitalismo fracciona todas esas funciones de manera que cada trabajador sólo realice una parte de todo el proceso y se especialice en ella. La mercancía no es ya fruto de un trabajador individual sino obra colectiva, en la que muchos trabajadores actúan coordinadamente bajo el mando del capitalista.
Hoy el volumen de trabajadores dedicados a la coordinación del proceso de producción es mucho mayor, y si bien una parte muy minoritaria sigue vinculada al capital, la gran mayoría ha perdido sus privilegios y su posición es muy semejante a la de los trabajadores manuales. Antes asumían esas funciones los trabajadores más próximos al capitalista, familiares y personal de su confianza. Este fenómeno en el capitalismo premonopolista era muy reducido; esos trabajadores eran verdaderos privilegiados que por su proximidad al patrón participaban de sus secretos y cobraban una parte de la plusvalía. Pero el monopolismo ha acentuado este fenómeno; la propiedad del capital se ha separando de la gestión, transformando a los primeros en meros rentistas que viven de los dividendos de sus acciones, dejando la dirección de la empresa en manos de expertos y técnicos. Engels y Lenin ya hablaron del desarrollo de la aristocracia obrera, que es la fuente que alimenta el reformismo y la socialdemocracia, reclutando a sus miembros entre los sectores privilegiados de asalariados, profesionales y técnicos.
Estos sectores profesionales tampoco son homogéneos, porque por su posición en el proceso de producción, asumen funciones de dirección propias del capitalista y participan de sus intereses. Antiguamente los técnicos desempeñaban un papel claramente represivo dentro de la empresa: personificaban al capitalista frente el obrero, hacían de puente entre ambos para imponer la disciplina laboral y organizar y distribuir las tareas. Estas funciones no han desaparecido por completo, pero la creciente división del trabajo es un fenómeno que viene incidiendo poderosamente en la composición de estos sectores de la fuerza de trabajo, si bien subsiste la oposición entre el trabajo manual y el intelectual, entre el trabajo simple y el complejo. En los países capitalistas más fuertes los empleados de las oficinas y servicios ganan bastante menos que un obrero especializado de la industria (11).
En la sociedad capitalista no existen castas ni estamentos que separen rígida y absolutamente a unos sectores sociales de otros, sino que se extiende una continuidad de trabajadores y oficios, socialmente muy próximos unos de otros, interconectados por la división del trabajo y por el mercado. Así es posible comprender la definición que Lenin elaboró de clase social: Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que en su mayor parte las leyes refrendan y formalizan), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo y, consiguientemente, por el modo de percibir y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen (12). El concepto de clase social (y por tanto de clase obrera) aunque se fundamenta principalmente en criterios económicos, no tiene por base sólo los criterios laborales sino que incluye también aspectos sociales y políticos. Marx decía que el capital no es una fuerza personal, sino una fuerza social. No forman parte de la clase obrera aquellos empleados que ejercen funciones de dirección en las empresas ni los que, además del salario, obtienen una parte de sus ingresos de la plusvalía. Pero al mismo tiempo, no significa que sean capitalistas ni tampoco meros agentes del capitalismo, ya que puede tratarse de sectores intermedios que se encuentran en situaciones contradictorias y, por tanto, predispuestos a adoptar posiciones vacilantes entre unos y otros. Como escribió Marx los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente en el plano de la competencia. La sociedad es un continuo: no puede darse una definición única ni simple que separe tajantemente a unos trabajadores de otros, porque la situación de la fuerza de trabajo es extraordinariamente compleja y se encuentran todo tipo de situaciones concretas, que resultaría discutible pormenorizar. Marx reconocía en su época la existencia de tres clases sociales: la burguesía, la aristocracia y el proletariado (13); Mao, por su parte, desarrolló un análisis mucho más complejo en la China de la primera mitad del siglo pasado. En los países capitalistas más evolucionados de nuestra época, entre los que se encuentra España, la sociedad tiende a polarizarse entre la burguesía y el proletariado, sin que ello pueda permitir olvidar la existencia de sectores intermedios, que no son las viejas clases medias de naturaleza pequeño burguesa, sino sectores asalariados que tienden a confluir y confundirse con la clase obrera, verdadera mayoría social que soporta toda la estructura del país sobre sus espaldas.
Hay un rasgo característico importante de los trabajadores que prestan servicios en lugar de fabricar mercancías: tienen un dominio del proceso de producción que no existe entre los trabajadores industriales. En la prestación de servicios coinciden la producción y el consumo en el mismo instante, sin personas interpuestas, de modo que no se le puede separar al trabajador de su producto. La calidad del producto, su valor de uso, depende del que presta el servicio y, frecuentemente, se establece una vinculación personal y directa entre el trabajador y el usuario. Mientras las mercancías se fabrican hoy día en masa y uniformemente, los servicios son personales e irrepetibles. Esta situación le proporciona ventajas considerables al trabajador, le rodea de un carácter de profesionalidad que le asemeja a los viejos artesanos; por eso entre ellos arraiga más el corporativismo que la conciencia de clase.
El crecimiento del volumen de trabajadores de los servicios ya fue adivinado por Marx, quien escribió: Con el desarrollo de la producción capitalista todos los servicios se transforman en trabajo asalariado y todos sus ejecutantes en asalariados, teniendo en consecuencia, esa característica en común con el trabajador productivo [lo cual] induce tanto más a la confusión entre unos y otros por cuanto es un fenómeno característico de la producción capitalista y generado por la misma (14). Las encuestas califican de trabajadores de los servicios o del sector terciario a muchos asalariados industriales, como es el caso del transporte, en los que existen empresas tan importantes como Renfe o Iberia, y no hay que olvidar que Marx consideraba que todos los servicios de comunicaciones, en general, formaban parte de la industria. No se puede afirmar, en consecuencia, que los trabajadores de los servicios realicen tareas improductivas (15), pues su aportación es fundamental debido a la creciente especialización y división del trabajo, así como al cambio en la localización geográfica de las nuevas inversiones, que hacen del comercio y el transporte trascendentales sectores económicos. Los crecientes problemas de realización han desplazado los capitales productivos hacia la circulación, de modo que hoy ramas enteras productivas de los servicios que antes estaban reservadas a la producción en pequeña escala, al negocio familiar, ahora aparecen controlados por multinacionales. Tal es el caso, ya mencionado, del comercio minorista, que va siendo sustituido por los grandes hipermercados. Del mismo modo, la telefonía no es ya solamente un servicio personal sino un mecanismo fundamental de la producción que facilita la transmisión de datos, la automatización y, en definitiva, acelera la velocidad de rotación del capital y disminuye el coste de producción.
La mayor parte de los trabajadores de los servicios en nada se diferencian de los demás asalariados; es más, la crisis ha aproximado sus condiciones de vida y trabajo mucho más. Como demostró Marx, los gastos de circulación, su incremento actual, lo mismo que los de oficina, no son la causa sin efecto de los cambios en el capital productivo, que es el núcleo sobre el que gira el capitalismo y al que se subordinan todos los demás capitales. La cajera de un hipermercado (incluida en las estadísticas dentro del comercio) en nada se diferencia del trabajador industrial. Lo mismo sucede con los empleados de banca, que progresivamente han ido perdiendo las ventajas que tuvieron hace décadas con respecto a otros trabajadores. Acertó plenamente Marx cuando escribió al respecto: El obrero verdaderamente comercial figura entre los obreros asalariados mejor retribuidos, entre aquellos que rinden un trabajo calificado superior al trabajo medio. Sin embargo, su salario tiende a disminuir, incluso en relación con el trabajo medio, a medida que progresa el régimen capitalista de producción (16). Marx daba además dos razones de esta evolución, previsible ya en su época: por un lado la división del trabajo dentro del sector comercial, que torna unilateral el carácter del oficio mercantil y, por el otro, el sistema educativo, escribiendo al respecto: La formación previa, los conocimientos comerciales y de lenguas, etc., se reproducen cada vez más rápidamente, más fácilmente, de un modo más general y más barato a medida que progresan la ciencia y la educación popular, cuanto más se orientan en un sentido práctico los métodos de enseñanza, etc., del régimen de producción capitalista. La generalización de la enseñanza pública permite reclutar estas categorías de obreros entre clases que antes ser hallaban al margen de ella y que están habituadas a vivir peor. Además, aumenta la oferta y con ella la competencia. Por eso, con algunas excepciones, la fuerza de trabajo de estas gentes se va depreciando a medida que se desarrolla la producción capitalista. El capitalista aumenta el número de estos obreros cuando hay más valor y más plusvalía que realizar. Pero el aumento de este trabajo es siempre efecto, nunca causa, del aumento de la plusvalía (17). El capital monopolista viene igualando a todo el proletariado, siempre en el nivel más bajo posible y, por supuesto, si a todos aquellos trabajadores que antes fueron privilegiados Marx los consideraba integrantes de la clase obrera, con más razón cabe sostener lo mismo en la actualidad.
Otro factor que infla las estadísticas de los trabajadores de los servicios es el aumento en el número de funcionarios y personal al servicio del Estado, que ni son asalariados ni son tampoco trabajadores productivos y, en consecuencia, no forman parte de la clase obrera. El funcionariado ocupa ya a dos millones de personas en España, cifra que ha crecido espectacularmente en los últimos años por la creación de las autonomías y el reforzamiento de todo el aparato burocrático del Estado en su conjunto. El 45 por ciento está ocupado por la Administración central, el 30 por ciento por las autonomías, el 21 por ciento por los Ayuntamientos y el 4 por ciento por la universidad. Entre 1977 y 1985 se nombraron medio millón de nuevos funcionarios y hasta la fecha se han empleado a otros 600.000. En 1982 en los inicios del gobierno del PSOE sólo había 1.400.000 funcionarios, por lo que su volumen ha crecido un 50 por ciento desde entonces, representando un 14'5 por ciento del total de la fuerza de trabajo. El 44 por ciento de los funcionarios son mujeres.
A este empleo directo hay que sumar más de medio millón que trabajan para empresas públicas, lo que ofrece una cifra de casi dos millones y medio de asalariados que dependen de los presupuestos del Estado, la cuarta parte de todos los trabajadores con empleo. En los últimos veinte años mientras los trabajadores del sector privado han disminuido en dos millones, los del sector público han crecido en más de 700.000, principalmente por la nacionalización de muchas empresas privadas ruinosas.
Pero este fenómeno se ha invertido muy recientemente con la política de privatizaciones, que convertirá a muchos funcionarios en asalariados y a muchos asalariados en trabajadores productivos, o sea, explotados. Los trabajadores de las empresas públicas han sido verdaderos privilegiados dentro de la clase obrera, en unos casos por la situación de monopolio de las empresas y, en otros, por el apoyo económico del Estado. Hoy monopolios como CAMPSA han desaparecido, Telefónica se ha privatizado e Iberia, aunque sigue siendo una empresa pública, ha dejado de ser una linea aérea de bandera mantenida por criterios políticos o estratégicos sino liberalizada y sometida al mercado, lo que ha repercutido directamente en la brutal reducción de los salarios de sus trabajadores. Las empresas públicas, al subsistir en parte gracias a las subvenciones públicas, concentran a una parte muy importante de la aristocracia obrera y de los sindicatos reformistas.
Los funcionarios, pese a no formar parte tampoco de la clase obrera, es un sector social cuya situación viene deteriorándose también progresivamente y sus posiciones se aproximan a las del proletariado, naturalmente salvo en su capa más alta. La masificación les ha hecho perder sus viejos privilegios y las sucesivas congelaciones presupuestarias han reducido sus sueldos en un 11 por ciento en cinco años. Los sueldos de los funcionarios crecen mucho más lentamente que los salarios de los obreros: en 1980 cobraban de media un 27'5 por ciento más que los obreros y en 1986 sólo un 19'6 por ciento más. Entre los funcionarios se encuentran quienes como los ingenieros de caminos o los abogados del Estado proporcionan buena parte de los cuadros superiores de la burocracia fascista, junto con trabajadores semiproletarios como los de correos, enfermeras o maestros.
En líneas generales, el crecimiento del funcionariado radica en el alto grado de socialización alcanzado por las fuerzas productivas, en el capitalismo monopolista de Estado, en la creciente intervención pública sobre el sistema económico, que acarrea a su vez la necesidad de controlar más estrechamente a la población en su conjunto.
Pero igual que todo el sector servicios, se trata de actividades secundarias y periféricas, tanto cuantitativa como cualitativamente. Por lo demás, los economistas burgueses aún no han dado explicaciones fiables sobre cómo miden la producción de un policía, un inspector de Hacienda o un secretario de Ayuntamiento, de manera que sus cálculos no merecen credibilidad alguna.
El crecimiento del número de funcionarios ha sido realmente importante en dos capítulos concretos: la sanidad y la educación. Ambos tienen una relación muy estrecha con la reproducción de la fuerza de trabajo, con el aseguramiento a largo plazo de un vilumen abundante, barato y capacitado de mano de obra. Los empresarios, en realidad, sólo sufragan los gastos de producción de sus propios trabajadores, los costes corrientes, que no son suficientes para asegurar a largo plazo un volumen suficiente de trabajadores en condiciones aptas para asumir un puesto de trabajo. Los capitalistas privados sólo pagan el salario directo, mientras el Estado tiene que financiar el salario indirecto que cubre el gasto laboral en las fases de vacío productivo: enfermedad, paro, jubilación etc. El salario indirecto asegura que el trabajador pueda seguir pagando sus gastos cuando carece de trabajo y, por ello, garantiza su reproducción indefinida, más allá de las contingencias cotidianas. Asegura la continuidad del consumo en una época en que gran parte del gasto no se puede cubrir con la nómina mensual, sino que exige garantizar pagos parciales a lo largo de muchos años, como es el caso de la compra de la vivienda, el coche, etc. El crédito al consumo no sería posible sin el respaldo de los salarios indirectos.
Se trata, pues, de un fenómeno con dos vertientes paralelas. Por un lado, la continuación en el abono del salario sin contraprestación laboral; por el otro, la puesta en funcionamiento por parte del Estado de toda una serie de servicios que aseguren el mantenimiento de la capacidad laboral de una sociedad.
El capitalismo viene experimentando un fenómeno creciente de aumento de los salarios indirectos, mientras los salarios directos permanecen estancados. El problema radica en que el capitalismo no ha conseguido mecanizar la prestación de los servicios ligados a los salarios indirectos que, en gran medida, siguen siendo de tipo personal. El consumo en masa y barato no ha llegado aún a la sanidad o la enseñanza, cuyos costes se encarecen progresivamente y exigen la dedicación de una parte importante de los trabajadores que no crean plusvalía. De ese modo, el coste social de reproducción de la fuerza de trabajo se multiplica, gravitando sobre los presupuestos del Estado y ocasionando la crisis fiscal del Estado.
A excepción de los funcionarios, los trabajadores de los servicios, aunque sean socialmente improductivos, forman parte integrante de la clase obrera en su mayor parte y nada les diferencia de los trabajadores de la industria. No tiene sentido calificarles de nueva clase media por la circunstancia de que socialmente no produzcan plusvalía y se nutran, por el contrario, de ella; tampoco constituyen terceras clases de personas como afirma Sweezy (18). Tampoco es correcto entender que todos los asalariados forman parte de la clase obrera, que en la clase obrera cabe cualquier trabajador por cuenta ajena. No pueden cumplir ninguna de las viejas funciones de las clases medias y de la pequeña burguesía, a causa tanto de su masificación como de su proletarización. El capital monopolista ha destruido todas sus posiciones, de manera que no les cabe más que bascular entre los capitalistas y el proletariado, con una clara tendencia a sostener las posiciones de este último. La pequeña burguesía ha perdido gran parte de su independencia económica y, en consecuencia, encuentra muchas dificultades para actuar políticamente como clase media, capaz de poner en práctica alternativas diferentes tanto al proletariado como a la burguesía monopolista.
Notas:
(7) El Capital, III-16, pg.275.
(8) Contribución a la dinámica del capitalismo tardío, Pasado y Presente. México, 1981, pg.107.
(9) El Capital, III-27, pgs.414-415.
(10) El Capital, Libro I, Capítulo VI (inédito).
(11) Manuel Castells: La crisis económica y el capitalismo americano, Laia, Barcelona, 1978, pg.152.
(12) «Una gran iniciativa», en Obras Completas, tomo 32, pg.16.
(13) El manifiesto comunista, en Obras Escogidas, Ayuso, 1975, tomo I, pg.33.
(14) La ideología alemana, Pueblos Unidos, Montevideo, 30 Ed., 1971, pgs.60-61.
(15) Daniel Lacalle: Técnicos, científicos y clase social, Guadarrama, Madrid, 1976, pg.59.
(16) El Capital, Libro I, Capítulo VI (inédito).
(17) El Capital, cit., III-17, pg.293.
(18) Teoría del desarollo capitalista, Fondo de Cultura Económica, México, pgs.250 a 255 y 312-313.