Sobre la línea general del movimiento comunista internacional

M.P.M. (Arenas)
Antorcha núm. 8, mayo de 2000

Sumario:

— Introducción
— El carácter de nuestra época sus rasgos, tendencias y contradicciones principales
— La contradicción principal y el enemigo número 1
— Eslabones de una cadena muy débil
— La vanguardia de la revolución proletaria y su reserva estratégica

Armando Liwanag, Presidente del Comité Central del Partido Comunista de Filipinas, es el autor del epílogo al folleto Los rasgos característicos de la estrategia militar mundial del imperialismo estadounidense, escrito por el grupo Ray O. Light en el verano de 1999. Este epilogo -lamentablemente no hemos podido leer el folleto de Ray O. Light- nos ha llamado mucho la atención, por cuanto que en él se esboza todo un planteamiento de lo que, a decir de Liwanag, ha de conformar la línea general del movimiento comunista internacional, una cuestión, como se comprenderá, de la mayor importancia, que afecta a todos los partidos, organizaciones y grupos comunistas y en la que nosotros, naturalmente, estamos muy interesados.

Liwanag comienza su epílogo al folleto aludido haciendo referencia a la presentación precisa, concisa e incisiva del tema en cuestión, para continuar: Adoptando una posición marxista-leninista, Ray O. Light sitúa el asunto en un marco que considera al imperialismo como fenómeno político-económico, como la última etapa agonizante del capitalismo, y resalta la necesidad de una revolución armada popular como componente principal de la línea general del movimiento comunista internacional.

Como hemos advertido, no hemos tenido ocasión de leer el folleto que comenta Liwanag pero, ateniéndonos a lo que él ha escrito, si no le hemos entendido mal, el tema en cuestión se refiere a los rasgos característicos de la estrategia militar mundial del imperialismo estadounidense. Este preciso análisis es lo que permite resaltar la necesidad de una revolución armada popular como componente principal de la línea general. Pues bien, bajo nuestro punto de vista, éste es un planteamiento erróneo, unilateral y muy superficial de la cuestión, por cuanto que pone el acento en uno de los rasgos del imperialismo, y no en el más importante (limitándolo, además, al de un solo país) para dejar de lado otros rasgos esenciales, reduciéndolos a la categoría de fenómeno político-económico. Como habremos de comprobar más adelante, esta concepción se asemeja mucho a la del ultraimperialismo que defendiera Kautsky, para el que, por cierto, el imperialismo venía a ser también, por este orden, un fenómeno político, además de económico. El que ahora se nos presente el fenómeno en la forma política más pura, militarista, no cambia en nada los términos del asunto. ¿Cuál puede ser el contenido de esa revolución armada popular que Liwanag señala como componente principal de la línea general del movimiento comunista internacional? Como luego también veremos más en detalle, no se trata de la revolución proletaria que se desprende de una manera natural, lógica e histórica, de la existencia y dominio del imperialismo, del régimen económico de los monopolios industriales y financieros que dominan hoy en todo el mundo como base del fenómeno político; es decir, el componente principal de la línea general del movimiento comunista internacional, no sería la revolución proletaria, sino una muy difusa e imprecisa revolución popular.

Sentada esta premisa ya estamos preparados para definir al enemigo. Cedámosle de nuevo la palabra a Liwanag: Tras el final de la guerra fría, el imperialismo de los EEUU se ha convertido en la única superpotencia, con una arrogancia altanera, al ser la potencia imperialista más fuerte en términos económicos y militares. Ha mantenido y reforzado su posición como primera potencia imperialista y, por lo tanto, es ahora más que nunca el enemigo número 1 de los pueblos del mundo. A continuación, Liwanag comenta los efectos del neolibealismo y la globalización, las condiciones que genera la lucha de clases, especialmente en los países imperialistas de segunda fila, la confrontación y competencia de los EEUU con sus aliados imperialistas, señalando que las más graves y numerosas víctimas del imperialismo de los EEUU y de toda la alianza de las potencias imperialistas son los pueblos y naciones oprimidas de Asia, Africa, América Latina y los países del antiguo bloque soviético [...] El imperialismo -completa su exposición Liwanag- no sólo exprime a los países exportadores del materias primas, sino también a aquellos países que venden productos manufacturados para la exportación, como los de bajo valor añadido del sudeste de Asia y China o los de mayor valor como Corea del Sur o Taiwan. La conclusión que se deduce de todo esto es obvia, de modo que Liwanag no nos hace esperar para explicarnos: La contradicción principal en el mundo es la que se da entre el imperialismo y los pueblos y naciones oprimidas. Es más necesario que nunca comprender la cuestión crucial de que el componente principal de la línea general del movimiento comunista internacional es llevar a cabo la revolución contra el imperialismo y sus regímenes títeres reaccionarios en los países de los pueblos y naciones oprimidas.

Aquí como vemos, el que ahora más nunca el enemigo número 1 de los pueblos del mundo (los EEUU) ha desaparecido para dejar su lugar a la contradicción principal en el mundo, lo cual no es lo mismo, aunque lo parezca. Esta contradicción incluye o engloba a la otra, pero tiene en cuenta también a los otros Estados imperialistas y a las naciones oprimidas; es decir, es una contradicción de orden superior a la que enfrenta sólo a los pueblos del mundo con el enemigo número 1. El problema, sin embargo no queda resuelto, por más que Armando Liwanag nos insta a comprenderlo como una cuestión crucial. ¿Contra quiénes habrán de dirigir sus armas los pueblos del mundo? Liwanag señala para éstos, como enemigo número 1, al imperialismo de EEUU. ¿Contra quiénes habrán de luchar los pueblos y naciones oprimidas? Liwanag nos dice que contra el imperialismo en general, pues aquí se trata de la contradicción principal. Planteando así el problema, en general, una contradicción no anula a la otra, es cierto, pero en el orden de prioridades resulta que la contradicción principal queda, de hecho, anulada para supeditarlo todo, en la práctica, a la lucha contra el enemigo número 1, o sea, contra los EEUU.

Este es, como se sabe, el mismo esquema que han estado defendiendo durante muchos años los revisionistas chinos y que sirvió de fundamento teórico a su teoría de los tres mundos, con la sola diferencia de que ahora Liwanag excluye del primer mundo a los países del antiguo bloque soviético para incluirlos en el tercero. Rusia, China, Turquía, México, Indonesia y otros importantes países capitalistas quedarían situados, según la nueva clasificación que hace Liwanag, entre las naciones oprimidas que, junto a los pueblos oprimidos, formarán el componente principal de la revolución armada contra el imperialismo del que cabe destacar, como enemigo número 1, al imperialismo de los EEUU. Incluso es posible que, afinando un poco más, podamos incorporar a ese componente principal a más de un país imperialista de segunda fila, que se hallan también cada vez más enfrentados a los yankis. Ahora, de lo que no cabe ninguna duda es que, en ese esquema desaparece el proletariado y la contradicción que le enfrenta a la burguesía en el plano mundial y en cada país. ¿Tiene todo eso algo que ver con el marxismo-leninismo? Veamos.

El carácter de nuestra época sus rasgos, tendencias y contradicciones principales

Desde nuestro punto de vista, para poder determinar el componente principal de la lucha revolucionaria, no basta con reparar solamente en uno de los rasgos de un Estado o grupo de Estados imperialistas. Para ello hay que partir, ante todo, de una consideración que tenga en cuenta qué clase se halla en plena decadencia y cuál está en ascenso en el plano mundial. Esta cuestión es, como indica Lenin, esencial para comprender los rasgos principales de la época histórica así como su tendencia principal:
Si podemos saber, y lo sabemos, qué clase ocupa el lugar central en tal o cual época y determina su contenido principal, la tendencia principal de su desarrollo, las principales particularidades de la situación histórica de esa época, etc. [...] podemos trazar correctamente nuestra táctica; sólo el conocimiento de los rasgos fundamentales de una época dada servirá de base para considerar las particularidades más detalladas de tal o cual país (1).
Lenin analizó nuestra época, caracterizándola como la época del imperialismo y de la revolución proletaria, señalando así su rasgo y tendencia fundamentales. De acuerdo con esta caracterización situó al proletariado en la posición central, como la clase hegemónica de la revolución. Pero Lenin no se limitó a dejar bien sentadas estas cuestiones esenciales, sino que también avanzó las ideas para establecer una línea general justa para el movimiento comunista internacional: La revolución social sólo puede producirse bajo la forma de una época que una la guerra civil del proletariado contra la burguesía en los países avanzados con toda una serie de movimientos democráticos y revolucionarios, comprendidos los movimientos de liberación nacional, en las naciones subdesarrolladas, atrasadas y oprimidas (2).

Por su parte, Stalin, en su obra Los fundamentos del lenismo, expone las tres tesis fundamentales de que parte la teoría leninista de la revolución proletaria que, por nuestra parte, resumiremos:

Primera tesis. La dominación del capital financiero en los países capitalistas adelantados [...] acrecienta la indignación de la clase obrera contra los fundamentos del capitalismo y lleva a las masas a la revolución proletaria como única salvación.

De aquí se desprende la primera conclusión: agudización de la crisis revolucionaria en los países capitalistas; acrecentamiento de los elementos de un estallido en el frente interior, en el frente proletario de las ‘metrópolis’.

Segunda tesis. La exportación intensificada de capitales a las colonias y países dependientes; la extensión de las esferas de influencia y de los dominios coloniales, que llegan a abarcar todo el planeta [...]

De aquí se desprende la segunda conclusión: agudización de la crisis revolucionaria en las colonias; acrecentamiento de la indignación contra el imperialismo en el frente exterior, en el frente colonial.

Tercera tesis. La posesión monopolista de las ‘esferas de influencia’ y de las colonias; el desarrollo desigual de los países capitalistas, que lleva a una lucha furiosa por un nuevo reparto del mundo entre los países que ya se han apoderado de los territorios y los que desean obtener su ‘parte’; las guerras imperialistas, como único medio de restablecer el ‘equilibrio’ roto; todo esto conduce al fortalecimiento del tercer frente, del frente intercapitalista, que debilita al imperialismo y facilita la unión de los dos primeros frentes -el frente proletario y el frente de la liberación colonial- contra el imperialismo.

De aquí se desprende la tercera conclusión; ineluctabilidad de las guerras bajo el imperialismo e inevitabilidad de la coalición de la revolución proletaria de Europa con la revolución colonial del Oriente, formando un solo frente mundial de la revolución contra el frente mundial del imperialismo.

Lenin suma todas estas conclusiones en una conclusión general: ‘El imperialismo es la antesala de la revolución socialista’.

En la misma obra Stalin explica: Lenin llamó al imperialismo ‘capitalismo agonizante’. ¿Por qué? Porque el imperialismo lleva las contradicciones del capitalismo a su último límite, a su grado extremo, más allá del cual empieza la revolución. Entre estas contradicciones, según Stalin,
hay tres que deben ser consideradas como las más importantes:

La primera contradicción es la existente entre el trabajo y el capital. El imperialismo es la omnipotencia de los truts y de los sindicatos de monopolistas, de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. En la lucha contra esta fuerza omnipotente, los métodos habituales de la clase obrera -sindicatos y las cooperativas, los partidos parlamentarios y la lucha parlamentaria- resultan absolutamente insuficientes [...]

La segunda contradicción es la existente entre los distintos grupos financieros y las distintas potencias imperialistas en su lucha por las fuentes de materias primas, por territorios ajenos [...] La particularidad de esta lucha furiosa entre los distintos grupos de capitalistas es que entraña como elemento inevitable las guerras imperialistas, guerras por la conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas, quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica.

La tercera contradicción es la existente entre un puñado de naciones civilizadas dominantes y centenares de millones de hombres de las colonias y de los países dependientes [...] pero al explotar a esos países, el imperialismo se ve obligado a construir ferrocarriles, fábricas, centros industriales y comerciales. La aparición de la clase de los proletarios, la formación de una intelectualidad del país, el despertar de la conciencia nacional y el incremento del movimiento de liberación son resultados ineluctables de esta ‘política’ [...] Esta circunstancia es importante para el proletariado, porque mina de raíz las posiciones del capitalismo, convirtiendo a las colonias y a los países dependientes, de reservas del imperialismo en reservas de la revolución proletaria (3).

Como vemos, en esta exposición de las principales contradicciones del imperialismo que hizo Stalin en 1924, no aparece la contradicción que enfrenta al imperialismo con el socialismo, que posteriormente los revisionistas modernos presentaron como la principal o más importante de nuestra época. De ahí la política revisionista tendente a subordinar el movimiento obrero revolucionario y los movimientos de liberación nacional de los países coloniales y dependientes a la solución pacífica de dicha contradicción, lo que en la práctica se tradujo en una política de capitulación en toda la línea ante el imperialismo, a la vez que planteaba la posibilidad de acabar con la guerra bajo el imperialismo y de una transición parlamentaria al socialismo.

Para Jruschov, Breznev y compañía, la URSS había dejado de ser una parte de la revolución mundial, a la cual debería servir, para erigirse en el componente principal a cuyos intereses debían subordinarse todos los demás. Esta posición, como es bien sabido, fue criticada por el PCCh y otros partidos comunistas en toda una serie de importantes cuestiones relativas a la naturaleza supuestamente pacífica del imperialismo, sobre la transición parlamentaria al socialismo, etc. Sin embargo, en la polémica mantenida con los revisionistas modernos, quedaron veladas otras importantes cuestiones de este mismo problema, a la vez que se avanzaron tesis nuevas que han originado una gran confusión dentro del movimiento comunista internacional. Entre esas tesis nuevas destaca la que considera la contradicción existente entre el imperialismo y los pueblos y naciones, como la principal o más importante de nuestra época. También aquí, como sucede con las tesis de los revisionistas soviéticos, desaparece del globo terráqueo la contradicción entre el trabajo y el capital, y se acaba convirtiendo al imperialismo de los EEUU en el enemigo número 1. Este primer puesto en el ranking internacional de los enemigos de la revolución sería compartido posteriormente, en el análisis de los chinos, por el socialimperialismo soviético. De aquí a la teoría de los tres mundos, no había más que un paso, y este paso fue dado al día siguiente de la muerte de Mao: a partir de aquel momento, la URSS y los EEUU formarían el primer mundo; los países imperialistas como Francia, Japón y Alemania, formarían el segundo mundo, y todos los demás, incluida China, pasarían a engrosar las filas revolucionarias del tercer mundo. En la concepción de los revisionistas chinos, el segundo y tercer mundo podrían unir sus fuerzas para luchar contra el primer mundo, especialmente contra el socialimperialismo soviético, que de esa manera adquiría el rango de enemigo número 1. Pues bien, ya sabemos lo que ha sucedido con este principal enemigo de los pueblos, lo que ha permitido a los mandarines chinos arrojar a la basura toda su bisutería teórica marxista-leninista-maoísta para adoptar, junto a los nuevos imperialistas rusos, la nueva doctrina estratégica de la multipolaridad, con la que buscan desesperadamente hacerse un hueco junto a las grandes potencias imperialistas que luchan por repartirse de nuevo el mundo.

La contradicción principal y el enemigo número 1

Siguiendo el planteamiento de Liwanag, si bien se puede reconocer en el plano teórico, poniendo mucha voluntad, alguna diferencia entre la contradicción que enfrenta a los pueblos oprimidos y a los EEUU como enemigo número 1 y la contradicción principal que enfrenta a los pueblos y países oprimidos contra el imperialismo en general, en la práctica es muy fácil confundir ambos conceptos. Basta con que propongamos dirigir en todas partes la flecha de la revolución contra un único blanco, EEUU, para que los identifiquemos: EEUU y la revolución popular formarían los dos polos de una sola y misma contradicción. Y qué duda cabe que todo país en guerra y toda revolución tiene que saber distinguir su enemigo número 1 para poder concentrar los esfuerzos contra él. De esto se trata, precisamente, para nosotros, aunque no lo parezca. Ahora bien, una cosa es que las masas populares de varios países o zonas del mundo puedan tener, en un momento dado, ante sí a un mismo enemigo y esto les permita establecer una alianza contra él, y otra muy diferente es hablar de posibilidad de extender esa alianza a la práctica totalidad de los países, pueblos y naciones de Asia, África, Europa del Este, Rusia, China y América Latina, porque ésa ya es harina de otro costal.

Aquí, obviamente, nos estamos trasladando al plano internacional y, en este plano, como se podrá comprender fácilmente, tanto la clase obrera como los pueblos y naciones oprimidas de todo el mundo, no encuentran solamente al imperialismo de los EEUU, sino también a los otros Estados imperialistas, o sea, nos encontramos frente al imperialismo internacional: el verdadero enemigo número 1 de la revolución. No resulta difícil comprender que la única manera de combatir a este enemigo consiste en desarrollar la lucha revolucionaria en cada país; en unos casos, contra la explotación, el pillaje y la agresión de los imperialistas y sus títeres internos; en otros contra la propia burguesía, de tal manera que se combinen y se apoyen mutuamente ambas partes del movimiento en una lucha revolucionaria única. Esto significa que el enemigo número 1 variará según los países o zonas. Es decir, no será el mismo para el pueblo de Filipinas, por ejemplo, que para el pueblo del Congo, de Francia o EEUU. O por decirlo de otra manera: tanto la clase obrera como los pueblos y naciones oprimidas de todo el mundo tiene ante sí, en el plano internacional, a un único enemigo número 1 (el imperialismo) contra el que deben unir sus fuerzas para derrotarlo, pero al mismo tiempo cuentan con otro enemigo en el interior de cada país, que es su enemigo en el interior de cada país, que es su enemigo principal. Y la forma de derrotar al primero consiste en desarrollar la lucha contra el segundo, no existe otra.

Sólo hay un internacionalismo efectivo -explica Lenin- que consiste en entregarse al desarrollo del movimiento revolucionario y de la lucha revolucionaria dentro del propio país y en apoyar (por medio de la propaganda, con la ayuda moral y material) esta lucha, esta línea de conducta y sólo ésta en todos los países sin excepción (4).

Al llevar a cabo la lucha revolucionaria contra el enemigo interno nos estamos liberando, a la vez que ayudamos a la liberación de otros pueblos y naciones oprimidas, debilitamos al enemigo común. Esto no nos impide reconocer la hegemonía y el papel de gendarme que actualmente desempeñan los EEUU en el campo internacional, ni nos impide apoyar por todos los medios posibles a los que luchan consecuentemente contra él y contra los otros Estados imperialistas. Pero considerar, como lo hace Liwanag, que por este motivo se puede formar una alianza contra los EEUU, que incluya a numerosos países capitalistas, sin que esto debilite el frente común antimperialista en todos y cada uno de los países y zonas del mundo, sólo puede conducir a atarnos las manos y a que de ello saquen ventaja los otros Estados imperialistas frente a la clase obrera y las amplias masas populares, aunque no sea más que por la vía de la atenuación de las contradicciones y de la lucha de clase dentro de esos Estados.

Queda claro, pues que la revolución proletaria en los países imperialistas, el comienzo de la lucha revolucionaria, no debe ser aplazada a la espera de que los países atrasados, coloniales o dependientes, resuelvan sus contradicciones con el imperialismo, ya que ésa sería la forma en que jamás se lograría ni una sola victoria efectiva contra él. Aquí no se trata de la acción unida o simultánea de los proletarios y pueblos de todos los países, ya que eso significaría también, como indicó Lenin, aplazar el socialismo hasta las calendas griegas, es decir, hasta ‘nunca’. Lo que se plantea es que no podemos perder de vista en ningún momento las principales contradicciones de la época del imperialismo y la revolución proletaria: la contradicción existente entre el trabajo y el capital, la contradicción que enfrenta al imperialismo con los pueblos y naciones oprimidas y la contradicción que enfrenta entre sí a los Estados imperialistas.

Las dos primeras contradicciones abarcan a todos los imperialistas y reaccionarios, es decir, tanto a los EEUU como a los otros Estados capitalistas de segunda y tercera fila, de una parte, y de la otra a la clase obrera y a los pueblos oprimidos de todos los países que, de hecho, forman la reserva de la revolución proletaria. Las luchas de las naciones oprimidas, como Yugoslavia o Irak, que han sido agredidas, desmembradas y saqueadas, al enfrentar la agresión y el pillaje imperialista, también contribuyen a debilitar a ese enemigo común y favorecen, aunque sólo fuera por este motivo, el triunfo de la revolución proletaria; también contribuyen al debilitamiento de los imperialistas sus luchas y enfrentamientos, quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica; pero esas contradicciones, tal como hemos apuntado más arriba, tienen un carácter diferente, e incluso se pueden volver contra nosotros en un momento dado, si no sabemos situarlas correctamente.

Para comprender a fondo esta cuestión, verdaderamente crucial, es necesario partir del enfoque de clase que considera al proletariado internacional, y no a un pueblo o a un conjunto de pueblos y naciones, como el auténtico componente principal de la lucha general contra el imperialismo y la reacción en todos los países, el cual está hoy más presente y con mucho más peso que nunca antes, tanto en Europa Occidental y América del Norte, como en Rusia, en China, en todo el resto de Asia, así como en África y en América Latina. Particularmente en estas últimas zonas, qué duda cabe, continúa existiendo la contradicción que enfrenta al imperialismo con los pueblos y naciones oprimidas. También es verdad que los imperialistas no sólo exprimen a los países exportadores de materias primas, sino también a los que producen productos manufacturados para la exportación, mas todas estas contradicciones, así como la intrincada madeja de la lucha de intereses que se da hoy día en todo el mundo, no pueden ser situadas en el terreno de la lucha nacional, ya que, en su mayor parte, tienen otro carácter: se derivan de la contradicción existente entre el trabajo y el capital, exacerbada hasta el extremo en la actual etapa monopolista, última, del desarrollo del capitalismo, y en esta etapa lo que se plantea no es la revolución nacional, sino un proceso de revolución socialista extendido por todo el planeta. Esto no significa que no siga pendiente la lucha nacional y democrática en numerosos países, lucha que deberá ser encabezada y dirigida por la clase obrera. Sin embargo, allí donde sigue pendiente, esa revolución no puede ser, bajo ninguna circunstancia, la meta de la clase obrera, sino tan sólo una etapa de transición que deberá conducir al socialismo y, por tanto, ha de estar supeditada al logro de este objetivo. Todo esto debe quedar claro desde el primer momento, ya que de lo contrario no sólo se siembra la confusión y se divide al movimiento obrero, sino que de hecho se le coloca bajo la influencia política e ideológica de la burguesía, que de esta manera podrá manipularlo y utilizarlo en provecho propio con el pretexto de la defensa de los derechos nacionales.

Aquí se exige que cada partido comunista adopte una posición clara y firme de clase, es decir, verdaderamente socialista e internacionalista, que tenga en cuenta también las otras contradicciones fundamentales que se dan en nuestra época para utilizarlas a favor de la revolución. Entre esas otras contradicciones destacan hoy, de manera particular, la que enfrenta a los pueblos y naciones oprimidas al imperialismo, así como la que se da entre los mismos Estados imperialistas. Estas son contradicciones de distinta naturaleza, pues mientras la primera se encuentra entre las contradicciones que enfrentan a las fuerzas revolucionarias y a los imperialistas y coadyudan de manera directa al proceso revolucionario mundial, la segunda es una contradicción que opera dentro del campo contrarrevolucionario y tan sólo puede obrar como auxiliar en la revolución si los partidos comunistas la saben utilizar correctamente. Esto no resta importancia a dicha contradicción y, de hecho, en numerosas circunstancias históricas ha desempeñado un papel de primer orden en el desenlace de los acontecimientos. Por este motivo no debe ser subestimada o dejada aparte, que es, precisamente, lo que hace Armando Liwanag en su epílogo al folleto de Ray O. Light.

Por lo visto, toda la atención de dicho folleto, como su título indica, está centrada en Los rasgos característicos de la estrategia militar mundial del imperialismo estadounidense. El militarismo, no cabe la menor duda, es una de las principales características del imperialismo en general y del imperialismo de los EEUU en particular, sobre todo en la última década, y claro está que esta característica merece ser estudiada a la luz del marxismo-leninismo a fin de extraer de ese estudio y análisis las conclusiones necesarias para orientar la lucha contra él. Sin embargo, hay que evitar caer en todo enfoque parcial o unilateral de este importante problema, ya que al fin y al cabo, la potencia militar, la fabricación y utilización de las armas, incluso las de alta tecnología, dependen siempre del potencial económico y de otros factores sociales y no deben, por consiguiente, ser absolutizados. Otras potencias antes que los EEUU, al ostentar el monopolio industrial, ejercieron la hegemonía en el campo imperialista y después fueron desplazadas, y lo mismo o algo parecido les puede suceder a los EEUU en un futuro no muy lejano. La ley del desarrollo desigual entre los distintos países capitalistas aún continúa operando con fuerza, por lo que nos parece, al menos exagerado, considerar a los EEUU como único dueño y señor del mundo, que explota y oprime a todos los países, naciones y pueblos al modo como lo hacían en sus territorios los antiguos señores feudales de horca y cuchillo.

Este esquema, que reproduce en el aspecto militar la tesis del ultraimperialismo que ya hemos mencionado, no se ha realizado nunca y no se realizará por la sencilla razón de que es imposible bajo el imperialismo cuya esencia, como indicó Lenin, es el monopolio más la competencia. Es todo lo que ha conducido ya a dos guerras imperialistas mundiales y lo que habrá de conducir a la tercera. Pero Liwanang está tan ocupado en analizar la estrategia militar mundial del ultraimperialismo de los EEUU, que no ha reparado en ese detalle. ¿Para qué necesitan los EEUU sus arsenales atómicos? El mismo Liwanang reconoce que resulta excesivamente costoso para combatir la guerrilla. Menos mal. Pero ¿y el sistema antibalístico que están desarrollando para la guerra de las estrellas? ¿acaso puede creer nadie que los EEUU lo necesitan como escudo para protegerse de los misiles atómicos que puedan lanzar contra ellos los Estados terroristas como Corea del Norte y Libia? Desde luego, hay que ser bastante ingenuos para tragarse semejante patraña. Lo necesitan, efectivamente, para mantener a raya a sus socios y competidores, pero resultaría igualmente ingenuo suponer que éstos habrán de mantenerse de brazos cruzados o que no cuenten con el poder económico y la tecnología para competir también en este terreno.

En fin, no entraremos aquí en detalles sobre el desarrollo de las contradicciones interimperialistas y los acelerados preparativos para emprender una nueva guerra por el reparto o la distribución del mundo, porque esto nos llevaría muy lejos y, además, creemos que ya ha sido tratado con suficiente extensión por nosotros en otros trabajos publicados en Antorcha. Lo que nos interesa destacar es que esta contradicción entre los Estados imperialistas, por una serie de circunstancias que no viene al caso analizar aquí, ha pasado a un primer plano en la arena internacional. Esto no suprime ni anula a las otras contradicciones, especialmente la que enfrenta al trabajo y al capital en todos los países, así como a los pueblos y naciones oprimidas y al imperialismo y la reacción, pero sí las condiciona en sentido inverso al de la revolución. Momentáneamente esto es así, por más que nos pese, de lo contrario no habrían estallado, con la fuerza que lo han hecho de nuevo, las contradicciones entre los Estados imperialistas. Y es así porque, no obstante la agravación de la crisis económica y política casi permanente que padece el sistema capitalista en esta etapa, del consiguiente incremento de la lucha de clases en todos los países, de su mayor extensión y exacerbación, etc., la clase obrera carece de la orientación y la organización que le hace falta para invertir la relación de fuerzas que le resulta actualmente desfavorable. De esta situación no vamos a salir por la vía que propone Liwanag y todos aquéllos que se orientan por la línea general mal llamada maoísta, aunque bien es verdad que en las interpretaciones del marxismo-leninismo y del maoísmo, así como en toda una serie de cuestiones importantes, existen entre ellos algunas diferencias de matices.

Eslabones de una cadena muy débil

Liwanag defiende una concepción renovada del maoísmo, la misma que aparece expuesta, en forma resumida, en los párrafos que siguen: En los países atrasados, que son semicoloniales y semifeudales, la opresión y explotación imperialista se recrudecen constantemente y las condiciones son favorables para la revolución armada. Estos son los eslabones más débiles de la dominación imperialista a escala mundial. Al defender la esencia revolucionaria del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario, los revolucionarios proletarios de todo el mundo deben alentar y apoyar a los pueblos en sus esfuerzos por llevar a cabo la revolución armada y derrocar a los imperialistas y sus títeres reaccionarios locales.

Liwanag quiere hacer de esta concepción suya la esencia revolucionaria del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario, de manera que todo aquél que no sostenga sus tesis puede ser tachado de anti-marxista-lenistas y anti-internacionalista, pero es evidente que está confundiendo dos cuestiones (o dos esencias) diferentes. La primera se refiere a la teoría leninista de los eslabones débiles de la dominación imperialista. La segunda no es más que una repetición de lo que ya nos ha contado. Bien, vayamos con la primera cuestión: ¿pueden ser considerados los países atrasados, semicoloniales y semifeudales, como los eslabones débiles de la cadena imperialista, tal como se planteó este asunto para la situación de la Rusia zarista? Recordemos que Rusia era, a decir de Stalin, el punto de convergencia de todas las contradicciones del imperialismo, porque Rusia estaba preñada de revolución más que ningún otro país del mundo, y eso hacía que sólo ella se hallase en estado de resolver estas contradicciones por vía revolucionaria [...] Lenin tenía razón cuando decía que el zarismo era un ‘imperialismo militar-feudal’. El zarismo era la condensación de los aspectos más negativos del imperialismo, elevados al cubo (5).

Además, Stalin destaca otras importantes particularidades del zarismo, como el ser el perro de presa del imperialismo en Oriente de Europa y el aliado más fiel del imperialismo occidental en el reparto de Turquía, de Persia, de China, etc. Por eso los intereses del zarismo y del imperialismo occidental se entrelazaban y acababan fundiéndose en una sola madeja de intereses del imperialismo (6). Otro aspecto destacado de la situación en Rusia era el

ascenso de la más grande de las revoluciones populares, a cuyo frente se hallaba el proletariado que disponía de un aliado tan importante como los campesinos revolucionarios de Rusia. ¿Hace falta, acaso, demostrar que una revolución así no podía quedarse a mitad de camino; que, en caso de triunfar, debía seguir adelante, enarbolando la bandera de la insurrección contra el imperialismo?

Pero de esto se desprende que la revolución en Rusia no podía menos de ser proletaria, no podía menos de revestir, desde los primeros momentos de su desarrollo, un carácter internacional, y no podía, por tanto, menos de sacudir los cimientos del imperialismo mundial (7).

Todo esto, junto al hecho de que formara un solo Estado, hizo de Rusia el eslabón más débil de la cadena imperialista. Por ello también se daban en Rusia condiciones favorables para la revolución armada, pero lo que hizo saltar por los aires hecho pedazos a dicho eslabón fue la revolución socialista provocada por la guerra imperialista.

Esto demuestra que existen otros muchos factores además de los económicos o de la mera lucha armada que se deben tener en cuenta para poder determinar el grado de debilidad o fortaleza de cualquier eslabón. La historia ha demostrado ya muchas veces que la revolución no puede comenzar sólo en los países adelantados, que debido al desarrollo desigual y a las contradicciones interimperialistas que origina, la revolución puede comenzar en países atrasados en el aspecto económico, es decir, en los eslabones más débiles de la cadena imperialista. Igualmente ha quedado ya demostrado que en esos países, si bien les resulta más fácil comenzar la revolución, les es más difícil terminarla, para lo que necesitan la ayuda que sólo el triunfo de la revolución proletaria en los países más adelantados les puede proporcionar. Se necesita, pues, la conjunción, en determinada forma y momento, de esas dos partes del movimiento revolucionario para que ambas puedan realizar su obra. Otra cuestión es cómo se hará posible esa conjunción. Pero de momento diremos que si se supone que existen eslabones débiles, se puede llegar a pensar también que el resto de la cadena puede ser fuerte. La concepción que defiende Liwanang induce a esa conclusión. Nosotros, por el contrario, consideramos que el imperialismo, por su propia naturaleza, es un sistema débil históricamente, ya caduco, en acelerado proceso de putrefacción, de lo que resulta que no sólo algunos eslabones, sino toda la cadena es realmente débil. O por decirlo de otra manera: hay cadenas fuertes con algunos eslabones débiles, pero si la cadena en su conjunto es débil, los eslabones también lo serán. Lo que no impide que dentro de su debilidad general, existan eslabones más débiles o podridos que otros.

El análisis leninista del imperialismo demuestran precisamente esto: el imperialismo es monopolismo, máxima concentración de la producción y del capital, crisis económica permanente, reaccionarismo desbocado, militarismo, guerra y revolución. En esta fase, la última del desarrollo del capitalismo, la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación alcanza su máximo antagonismo y el sistema estalla por todas su costuras o eslabones. Y no puede dejar de ser así. Stalin expresa esta misma idea del modo siguiente: Antes solía hablarse de la existencia o de la ausencia de condiciones objetivas para la revolución proletaria en los distintos países o, más exactamente, en tal o cual país desarrollado. Ahora, este punto de vista ya no basta. Ahora hay que hablar de la existencia de condiciones objetivas para la revolución en todo el sistema de la economía imperialista mundial, considerando como una sola entidad [...] puesto que el sistema en su conjunto está ya maduro para la revolución (8).

Lo que resulta un disparate teórico, desde todos los puntos de vista que se mire, es la tesis que viene a decir que sólo los países atrasados en el aspecto económico reúnen condiciones para llevar a cabo la revolución en tanto que en los demás no podemos hacer otra cosa más que prestar ayuda o alentar el esfuerzo de aquellos pueblos y esperar a que terminen, antes de poder iniciar por nuestra parte la lucha revolucionaria. Esto es, como se sabe, una aberración trotskista vuelta al revés, es decir, bujarinista, que no tiene en cuenta para nada la unidad de la cadena imperialista y el apoyo mutuo que debe existir entre las dos partes fundamentales del movimiento revolucionario para que éste se abra camino y pueda, finalmente, triunfar en todo el mundo ¿Qué revolucionario proletario puede dejar de alentar y apoyar a los pueblos en sus esfuerzos por llevar a cabo la revolución armada y derrocar a los imperialistas y a sus títeres reaccionarios locales? Esta es, ciertamente, una cuestión esencial -aunque no individual-, pero de ella no se desprende que tengamos que alentar y apoyar cualquier esfuerzo; no estamos obligados a alentar ni apoyar los esfuerzos que se dirigen contra una sola potencia imperialista (los EEUU) mientras se olvida o se deja a un lado a los otros Estados imperialistas, como el de nuestra propia burguesía, y cuando se propone que abandonemos la lucha contra ella para facilitar una alianza antimperialista, porque esto nada tiene que ver con la esencia revolucionaria del marxismo-leninismo, ni con el principio del internacionalismo proletario ni con ningún otro principio de la estrategia y la táctica comunistas.

La vanguardia de la revolución proletaria y su reserva estratégica

Liwanag redondea su exposición afirmando: Ahora que ya no existen formidables Estados socialistas para extenderse y desafiar al imperialismo, los revisionistas de los países imperialistas dogmatizan que la lucha legal y parlamentaria del proletariado en los países imperialistas es el factor principal de la revolución proletaria mundial y que la revolución armada de los pueblos y naciones oprimidos es un factor secundario. También hay unos pocos ultraizquierdistas que creen que en las actuales circunstancias las revoluciones armadas en los países imperialistas pueden ahora o próximamente ponerse a la cabeza de las de los países atrasados.

En este punto Liwanang pretende imitar a Lenin, quien ya en su obra ¿Qué hacer? aparecida en 1902, es decir, cuando la revolución rusa estaba en sus comienzos, había escrito:

La historia plantea hoy ante nosotros una tarea inmediata, que es la más revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado de ningún otro país.

La realización de esta tarea, la demolición del más poderoso baluarte, no ya de la reacción europea, sino también (hoy podemos afirmarlo) de la reacción asiática, convertiría al proletariado ruso en la vanguardia del proletariado revolucionario internacional.

El centro de la revolución mundial se había trasladado de Europa occidental a Rusia, por eso Lenin apelaba a los revolucionarios rusos para que se aprestaran a dar cumplimiento a su misión de vanguardia del proletariado internacional demoliendo el poderoso baluarte no ya de la reacción europea, sino también [...] de la reacción asiática, es decir, apela a la clase obrera para que lleve a cabo la revolución en su propio país contra el imperialismo, lo que habría de situarles, como de hecho sucedió, a la vanguardia, en tanto que Liwanang dirige su llamamiento a los revolucionarios de la ciudadela imperialista para que abandonen toda pretensión de derrocar este otro baluarte de la reacción europea, asiática y mundial y nos dediquemos a alentar a los pueblos de los países atrasados, para que sean ellos los que nos saquen las castañas del fuego, se sitúen a la vanguardia de la lucha, tomen la delantera y puedan ponerse a la cabeza del proletariado internacional. La diferencia de escenario y de protagonistas, así como del carácter del discurso, es tan clara y clamorosa, que no creemos que sea necesario hacer más comentarios al respecto.

Liwanang reparte palos de ciego a derecha y ultraizquierda, pero él no hace una crítica del revisionismo ni del ultraizquierdismo; en realidad, no puede hacerla, ya que está situado en su mismo terreno. Al dividir en dos partes al movimiento obrero internacional e intentar convertir al proletariado revolucionario de los países capitalistas en un factor secundario y subordinado del movimiento nacional de los países atrasados ¿acaso no se está situando fuera del terreno firme del marxismo-leninismo? La cuestión que parece ignorar Liwanag es que, ni ahora ni próximamente, ni en el futuro más remoto, ninguna parte del movimiento en ningún país o zona de la tierra, podrá sustituir a las otras partes, ya que la revolución es un asunto que compete y sólo puede llevar a cabo el pueblo de cada país.

Otra cuestión muy diferente es que, tal como lo planteó Lenin para la situación de Rusia, el proletariado de un país imperialista (de uno de los eslabones más débiles del imperialismo) pueda ahora o próximamente situarse a la vanguardia del proletariado internacional derrocando el poder de su propia burguesía imperialista. Pero, para Liwanang, ya hemos comprobado que la Rusia capitalista e imperialista actual forma parte de los países oprimidos por el imperialismo, de tal manera que no nos queda más alternativa que nos resignemos a compartir la misma trinchera antimperialista con los bandidos yeltsinistas y gentes de su misma calaña de otros países oprimidos. ¡Nada de alentar y apoyar al proletariado revolucionario de la Rusia imperialista, de China y otros países ex-socialistas para que se sacudan el yugo de la explotación y la opresión capitalista, de manera que puedan ocupar de nuevo su puesto a la vanguardia del proletariado internacional! Para Liwanag ese papel corresponde desempeñarlo a los pueblos y países oprimidos, es decir, al movimiento nacional. De tal manera que, de reserva de la revolución proletaria, esos pueblos y países han pasado a convertirse, por arte de magia, en la verdadera vanguardia.

El proletariado debe, pues marchar en el vagón de cola del tren de la historia, y eso por más proclamaciones sobre su papel dirigente que continúen haciendo algunos.

Por lo demás, es ya un lugar común muy manoseado por el oportunismo el considerar a los pueblos semicoloniales y dependientes como la vanguardia del movimiento revolucionario a nivel mundial, haciendo abstracción del carácter nacional y democrático de dichos movimientos, de los factores económicos y culturales y de otros muchos que los condicionan históricamente, de los que no puede sustraerse ni siquiera el proletariado de dichos países. Pongamos, por ejemplo, el caso típico de la India. Como ha escrito certeramente Fritz Sternberg en su obra El imperialismo: Las condiciones específicas de la India tienen además como consecuencia que el camino por el que el proletariado está destinado a alcanzar la conciencia de clase es infinitamente más dificultoso que en Europa. En Europa el capitalismo irrumpió en el feudalismo en un proceso que duró siglos. Se dio la lucha entre la clase terrateniente y la burguesía, cada vez más poderosa, una burguesía que en esta lucha era verdaderamente revolucionaria y que como consecuencia de ello, creó una ideología revolucionaria [...] Por el contrario, en la India las antiguas relaciones de producción se petrificaron en el régimen de castas, pues el casi estático sistema económico tiene sobre sus espaldas miles de años. En el antiguo modo de producción se dio una superestructura ideológica en el sistema de castas, sistema de castas que tiene que seguir influyendo mucho tiempo después de haber sido revolucionada la infraestructura económica. El obrero de las fábricas indias no nació como su colega euroamericano a través de un proceso económico que se extendió a lo largo de los siglos, sino después de haberse desarrollado en Europa [...] Por lo tanto, prescindiendo del hecho de que en su desarrollo capitalista la India todavía no ha alcanzado de ninguna manera la madurez económica de los viejos países capitalistas, aun cuando se llegue a esa conclusión, aun cuando la industrialización, capitalización y urbanización de la India pudiese equipararse con las de Europa, aun cuando revelara la misma composición orgánica del capital, la conciencia de clase de su proletariado no estará tan desarrollada, y por consiguiente su lucha de clases revolucionaria se verá postergada. Pues en la India los muertos aún gobiernan con gran fuerza sobre los vivos (9).

Esta línea general que preconiza Liwanag no difiere en nada respecto a la estrategia de la guerra popular, que llama a cercar desde el campo la ciudad, que defendiera Lin Piao -y que aún hoy, pese a lo que ha llovido, siguen manteniendo todos los llamados maoístas-, lo que trasladado al plano mundial significa que la clase obrera y los pueblos de los países capitalistas deben esperar a que los países agrarios hagan su revolución para que vengan a salvarlos. Y lo más curioso es que semejante superchería teórica se quiere hacer pasar como la quintaesencia del marxismo-leninismo más desarrollado o elevado al cuadrado en nuestra época. Leamos lo que dice Liwanag sobre este asunto: Lenin señaló hace ya mucho tiempo que en la era del imperialismo y de la revolución proletaria los pueblos y naciones oprimidos, bajo la dirección de su propio proletariado, pueden tomar la delantera haciendo la revolución mientras las potencias imperialistas siguen obteniendo superganancias en el extranjero para sobornar a la aristocracia obrera e incluso a amplios sectores del proletariado en los países imperialistas.

De este modo tan sencillo y tan económico queda anulado el planteamiento de que ha partido al principio (la era del imperialismo y de la revolución proletaria) para darle completamente la vuelta. Claro que nadie se atreve a negar el destino que le vienen dando los monopolios a una parte de las superganancias obtenidas de la explotación y el expolio de la mayor parte del proletariado y de los pueblos del mundo. Este es uno de los rasgos más señalados del régimen monopolista o imperialista. Sin embargo no es el único, ni siquiera se puede considerar como el más importante a efectos políticos e ideológicos, ya que en la creación de esta situación corresponde al revisionismo un papel fundamental. Además, esta situación que se originó en Inglaterra en el siglo XIX y que posteriormente se ha extendido a la práctica totalidad de los países capitalistas más desarrollados, no se va a mantener eternamente y, de hecho, últimamente está cambiando de forma acelerada. Este cambio se debe, principalmente, a que, como señaló Lenin, el monopolio de Inglaterra puede ser indiscutido durante decenios. En cambio, el monopolio del capital financiero actual se discute furiosamente; ha comenzado la época de las guerras imperialistas. Entonces se podía sobornar, corromper durante decenios a la clase obrera de un país. Ahora esto es inverosímil, y quizás hasta imposible. Pero en cambio, cada ‘gran’ potencia imperialista puede sobornar y soborna a capas más reducidas de la aristocracia obrera [...] Ahora, ‘el partido obrero burgués’ es inevitable y típico en todos los países imperialistas, pero teniendo en cuenta la desesperada lucha de éstos por el reparto del botín, no es probable que semejante partido triunfe por largo tiempo en una serie de países (10).

Lenin tomó en cuenta todos estos factores y por este motivo no modificó nunca su visión del mundo ni ninguna de las tesis o principios ideológicos y políticos respecto a los rasgos más esenciales, fundamentales, de la época del imperialismo y de la revolución proletaria, a la que habrían de incorporarse las masas de los países coloniales y dependientes después de la primera guerra imperialista mundial. Otro detalle que ha pasado desapercibido para Liwanag es que Lenin partía, no sólo de la crisis general del sistema capitalista, sino también de la existencia de un gran país socialista, así como de un poderoso movimiento obrero y comunista extendido a todo el mundo como base para la extensión del movimiento revolucionario a las masas explotadas y sojuzgadas de los países coloniales y semifeudales. Por este motivo Lenin calificaba a este vasto movimiento como la gran reserva estratégica de la revolución proletaria, y si habló de la posibilidad de que pudiera tomar la delantera, se refería al aspecto antiimperialista, nacional y democrático que caracteriza a dicho movimiento, nunca respecto a sus rasgos socialistas o proletarios.

Esto queda meridianamente claro cuando en su Informe en el III Congreso de toda Rusia de las organizaciones comunistas de los pueblos de Oriente, noviembre de 1919, Lenin deja bien sentado lo que sigue: En el programa de nuestro Partido, adoptado en marzo del año en curso, decíamos, al caracterizar el acercamiento de la revolución social en el mundo entero, que la guerra civil de los trabajadores contra los imperialistas y los explotadores en todos los países adelantados empieza a fundirse con la guerra nacional contra el imperialismo internacional. Eso lo confirma la marcha de la revolución, y cada vez se verá más confirmado. Lo mismo pasará en Oriente [...] De por sí se desprende -prosigue Lenin más adelante en el mismo Informe- que solo puede vencer definitivamente el proletariado de todos los países avanzados del mundo, y nosotros, los rusos, comenzamos la obra que afianzará el proletariado inglés, francés o alemán; pero vemos que ellos no vencerán sin la ayuda de las masas trabajadoras de todos los pueblos coloniales oprimidos y, en primer lugar de los pueblos de Oriente. Debemos comprender que la vanguardia sola no puede llevar a cabo el paso al comunismo.

Es claro a todas luces que ese movimiento forma parte de la lucha general contra el imperialismo y como tal constituye una importante reserva de la revolución proletaria, es su más firme y poderoso aliado, pero no es todavía la revolución proletaria, y existen muchas posibilidades de que se desvíe de ese camino, de manera que no lleguen a formar parte, más o menos íntegramente, de la revolución proletaria mundial; sólo la clase obrera de todos los países puede y está realmente interesada, a pesar de la situación por la que atraviesa en estos momentos, en llevarla a cabo hasta el final.

Liwanag considera, siguiendo la línea de pensamiento que hemos comentado, que en ausencia de una guerra imperialista es más probable que la revolución armada en los pueblos y naciones oprimidos pueda crear las condiciones para la revolución armada en los países imperialistas que el proletariado de esos países imperialistas pueda llevar a cabo una revolución armada. Según esta tesis, el proletariado no podrá llevar a cabo en ningún caso una iniciativa armada independiente en ningún país imperialista antes de que los pueblos y naciones oprimidos puedan crear las condiciones para ello. Todo depende, pues, de lo que puedan hacer esos pueblos. Poco más abajo Liwanag completa su razonamiento asegurando que fomentar la guerra popular prolongada en los pueblos y naciones oprimidos no significa desalentar los preparativos para la revolución armada en los países imperialistas. Claro que no dice cómo habremos de realizar esos preparativos. Lo único que queda claro es que no debemos emprender la lucha revolucionaria antes de que ellos creen las condiciones, por lo que si mañana estallara la guerra imperialista -y como todas las evidencias señalan, tendrá que estallar- ¿qué podremos hacer? La línea general que propone Liwanag nos deja completamente desarmados, aunque, quién sabe si por el camino de las reformas podríamos realizar algunos preparativos para emprender la lucha armada cuando Liwanag nos dé la orden de hacerlo. Esto es, ciertamente, muy alentador.

Notas:

(1) Lenin: Bajo pabellón ajeno, 1915
(2) Lenin: Sobre la caricatura del marxismo y el ‘economismo imperialista’. 1916.
(3) Stalin: Los fundamentos del leninismo.
(4) Lenin: Las tareas del proletariado en nuestra revolución.
(5) Stalin: Los fundamentos del leninismo.
(6) Stalin: Los fundamentos del leninismo.
(7) Stalin: Los fundamentos del leninismo.
(8) Stalin: Los fundamentos del leninismo.
(9) Fritz Sternberg: El imperialismo, Editorial Siglo XXI, México, 1979; primera edición alemana, 1926.
(10) Lenin: El imperialismo y la escisión del socialismo.

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