Sumario:
— Comunicado del III Congreso
— Informe
— La década de la infamia
— Una situación política inestable
— El fiasco europeo
— La desintegración del Estado y el nuevo auge del movimiento revolucionario
— Dos crisis paralelas
— Vivimos en la época del imperialismo y de la revolución proletaria
— Es la guerra
— Somos internacionalistas
— El problema de la organización, es el más importante y decisivo
— Reforzar el aparato clandestino del Partido
Las sesiones del Congreso han estado dedicadas a la lectura y discusión del Informe Político del Comité Central y a la reelaboración del Programa, Línea Política y Estatutos del Partido. Finalmente ha sido elegido el nuevo Comité Central y el Secretario General.
En sus deliberaciones, el Congreso ha tenido muy en cuenta las críticas y propuestas hechas previamente a los proyectos por el conjunto de los militantes y organizaciones del Partido. Igualmente han sido incorporadas a los documentos numerosas enmiendas presentadas por los delegados. En una de las sesiones plenarias ha sido aprobada una ponencia sobre la cuestión sindical.
Tanto por la difícil trayectoria que hemos venido siguiendo, como por las condiciones, grado de participación y sus resultados, este Congreso supone una verdadera hazaña política del Partido en el proceso de su consolidación, a la vez que constituye una sólida plataforma en esta nueva etapa que se abre para el desarrollo del movimiento obrero revolucionario de nuestro país.
Por último, el Congreso envía un saludo fraternal a los camaradas presos y hace un llamamiento a todos los militantes, simpatizantes y amigos del Partido a proseguir la labor iniciada en su fase preparatoria, poniendo ahora especial empeño en la difusión y aplicación práctica entre los trabajadores de los documentos aprobados.
Como se podrá comprender, llegar hasta aquí no nos ha resultado nada sencillo. Para poder hacerse una idea, siquiera sea aproximada, de las enormes dificultades que hemos tenido que vencer, basta con reparar en el hecho de que desde 1977, en que celebramos el II Congreso, no ha tenido lugar ninguna otra reunión de este tipo. Hace ocho años comenzamos a plantear la necesidad de convocar el III Congreso, y consiguientemente con ello avanzamos el proyecto de Programa y Estatutos del Partido. Pero poco después, debido a diversas circunstancias, nos vimos obligados a posponerlo. De modo que aquel proyecto, dado el largo período transcurrido desde entonces, se hizo viejo, quedó desfasado y hubimos de retirarlo. El proyecto que se va a debatir aquí, y que deberá ser aprobado con todas las enmiendas y modificaciones que se consideren, es un proyecto nuevo que ya ha sido ampliamente discutido entre los militantes, simpatizantes y amigos del Partido. No podíamos dejar de presentar esta nueva redacción después del largo tiempo transcurrido y a la vista de los importantes acontecimientos que se han ido sucediendo tanto en nuestro país como en el plano internacional con el derrumbe de la URSS y de otros estados socialistas. A la vez, esta experiencia nos ha permitido comprender mejor la historia del movimiento comunista y algunas particularidades del proceso revolucionario. Todo ello aparece recogido en el nuevo proyecto junto a una más completa y ordenada exposición de las tesis que hemos defendido a lo largo de los años en relación a la estrategia, la táctica y el plan de organización de la revolución en España.
Con estos materiales en la mano, algunos camaradas no han podido librarse de la impresión de encontrarse ante una colección de planteamientos e ideas ya sabidas y repetidas muchas veces. Y esto lo dicen como haciéndonos un reproche. Sin embargo, para nosotros eso demuestra que hemos procedido correctamente. ¿O qué esperaban, que nos íbamos a sacar de la manga un programa completamente distinto? ¿Acaso suponen que las ideas, los planes, los métodos, en otras palabras, la línea política e ideológica de un partido revolucionario, caen del cielo o se elaboran de un día para otro, prescindiendo de la práctica, de las experiencias acumuladas en la lucha de clases, de los aciertos y los fracasos? Lamentamos no poder ser tan originales.
El Congreso tiene, entre otras, la misión de formular el Programa y la línea de actuación del Partido, basándose para ello en los textos presentados por la Dirección que resumen el conocimiento ya adquirido por las masas en sus luchas, así como el derivado de la propia actividad desarrollada por el Partido. Por este motivo se puede afirmar que el Congreso no va a aprobar nada que no haya sido planteado y corroborado antes por la práctica. Sólo un programa y una línea así elaborados pueden merecer confianza y ser considerados como verdaderamente comunistas y revolucionarios.
La realidad es que nuestro Partido, el Partido Comunista de España reconstituido, no acaba de nacer ni parte en ese sentido del vacío. Detrás de nosotros está la tradición de lucha del movimiento obrero y comunista internacional y de nuestro propio país. Por lo demás, los 16 años transcurridos desde que celebramos el II Congreso hasta la fecha pensamos que forman el mejor banco de prueba al que se podía someter nuestra línea de actuación. Más si consideramos las condiciones tan especiales que hemos tenido que afrontar: primero fue la reforma del régimen fascista y el relativo aislamiento en que quedamos, enfrentados al Estado, tras la traición y el colaboracionismo a que se entregaron todos los partidos y grupos autodenominados de izquierda, comunistas y hasta maoístas. Hace mucho tiempo que la mayor parte de esos grupos dejaron de existir. Pero entonces se dió la curiosa circunstancia de que fueron ellos, precisamente, es decir, los que más ostentación hacían de verbalismo revolucionario, quienes más se destacaron en sus ataques rabiosos al Partido y más empeño pusieron en la campaña de difamación orquestada por la prensa amarilla con el fin de aislarnos de las masas, llegando incluso algunos de ellos al extremo de negar toda ayuda jurídica a los camaradas presos. De esta manera tan ruin y cobarde trataron de encubrir su traición a la causa popular o su abandono.
Este fue uno de los motivos que nos han obligado a tener que enfrentar más tarde la represión brutal, la tortura y los asesinatos de numerosos dirigentes y militantes de base del Partido y el continuo acoso policial casi en solitario. Hemos de reconocer que de esta manera, al igual que sucede siempre en situaciones parecidas, la reacción española y sus colaboradores han logrado una parte de sus propósitos, al impedir que el Partido pudiera fortalecer sus lazos con la clase obrera y establecer otros nuevos. También han dificultado un mayor desarrollo y fortalecimiento de la organización. Sin embargo, no han conseguido lo que sin duda constituía su principal objetivo: quebrar nuestra voluntad de resistencia, hacernos abandonar la línea marxista-leninista o aniquilarnos. Este resultado va a determinar en lo sucesivo el curso cada vez más desfavorable para ellos que habrá de seguir el enfrentamiento entre el Estado fascista español y el movimiento político de resistencia, pues si los fascistas y sus criados no han conseguido acabar con el Partido ni detener su actividad durante los años de los milagros, de la guerra sucia y de la borrachera de los negocios, ¿podrán lograrlo en el futuro?, ¿van a conseguir aislarnos de los trabajadores, desacreditarnos y hacernos claudicar?
La llegada al gobierno de los felipistas -decíamos en el informe al C.C. en Septiembre de 1984- de esa pandilla de señoritos socialfascistas, ha supuesto para el régimen de la oligarquía un globo de oxígeno que le ha librado momentáneamente de la necesidad de tener que hacer concesiones al movimiento popular. Y proseguíamos: Esta subida al poder de los felipistas, con sus diez millones de votos, recolectados a base de la demagogia más rastrera y a las más depuradas técnicas de imagen y engaño, pudiera parecer a más de un ingenuo un triunfo de la reacción en toda línea. Pero en realidad no es así. Reparemos, siquiera sea por un momento, en las circunstancias en que llegan Felipe, Guerra y cía al Gobierno: después del intento golpista del 23-F y con una UCD acorralada y deshecha por un sinfín de disensiones internas. El bandazo a la derecha que venían exigiendo los militares, la banca y la iglesia se hacía inevitable toda vez que se había conseguido neutralizar a la clase obrera. Pero este ‘golpe de timón’ a la derecha no podía darlo ya un partido como la UCD y menos aún podía hacerlo el Sr. Fraga o los coroneles. El temor a la respuesta popular les condujo a preparar a toda prisa la llegada de los felipistas, cuando todos los planes y previsiones anteriores apuntaban a mantener este partido en la reserva para cuando llegaran los malos tiempos. En este sentido se puede decir que el Gobierno del PSOE supone un gran fracaso político de la oligarquía, al tener que quemar antes de tiempo esta última baza que les quedaba para jugar por la banda de la íizquierdaí, y quemarla, además, en un tiempo récord, pues los problemas apremian y la nave del Estado no podía mantenerse por más tiempo desguarnecida ante la grave situación económica y los continuos ataques de la guerrilla.
Todo esto que decíamos hace años se ha confirmado en la práctica y constituye hoy día, como ya lo anunciábamos entonces, el rasgo más destacado de la nueva fase de la crisis del régimen. No es nada extraño, a nosotros desde luego no nos sorprende en absoluto, el desprestigio y el aislamiento a que han llegado el PSOE y todos los demás partidos burgueses junto al conjunto de instituciones o instrumentos en que se basa su dictadura de clase. Como se puede comprender, esto no sucede sólo por asuntos de corrupción como nos quieren hacer creer. No es la primera vez que denunciamos que todo eso no es más que la cortina de humo con la que pretenden ocultar otros problemas más graves y responsabilidades mucho más sangrantes del poder, todas ellas derivadas del estado de las cañerías y de las cloacas, donde, según aseguraba Felipe González, se defiende el Estado de Derecho: o sea, la guerra sucia, las detenciones arbitrarias, la tortura sistemática, el exterminio de los presos políticos, los asesinatos de los oponentes al sistema, los crímenes del GAL, etc. Todo el mundo, desde la llamada oposición a la pandilla de carroñeros de los medios de comunicación, conoce en todos sus detalles cada uno de esos crímenes y tropelías y, sin embargo, nunca nadie los ha sacado a relucir. Sólo muy recientemente se ha empezado a hablar de ello. La cloaca les ha reventado, pero tampoco esta vez se deciden a presentar a la ya famosa trama de los GAL y a la guerra sucia como lo que realmente han sido y aún continúan siendo: el componente esencial de la política de terror fascista que siempre ha practicado la oligarquía española, aplicada ahora de otra forma, una forma adaptada a las nuevas circunstancias democráticas. Nadie ha explicado que esta política es consustancial al Estado español, que de ella se ha servido el capitalismo en España para promover su desarrollo y que es la única política que pueden aplicar para asegurar su continuidad, la explotación, y no verse desbordados por el movimiento revolucionario de las masas. El mérito de la reforma, y en particular de los felipistas, ha consistido en ocultar esa realidad, lo que les ha permitido hacer el trabajo sucio que ningún otro partido burgués podría haber hecho en estas circunstancias. Pero que la guerra sucia es asunto oficial y está programada, financiada y dirigida directamente desde los despachos ministeriales; que fue Felipe González el que, ya desde el discurso de su primera investidura, dio garantías a los golpistas y demás poderes fácticos de que continuaría y aún perfeccionaría en toda su brutalidad, esa misma política de terror... todo esto y otras muchas cosas ya se sabían. ¿Por qué no han hablado de ello durante todo este tiempo, y sólo ahora los órganos de prensa de la oposición se han decidido a denunciar algunas cosillas? La razón no es otra que el pacto de silencio que todos los partidos institucionales habían establecido (pacto Antiterrorista, lo denominaron). Ese pacto, por lo que se ve, abarca también la concesión de un indulto para el Amedo y compañía, pues, ciertamente, no resulta muy legal ni humano que sean éstos, los peones, quienes paguen por el presidente, los ministros y demás señorías. Claro que ese silencio y colaboración tenían un precio. Así se han ido propagando los sobornos, la prevaricación, las estafas multimillonarias, etc., que han infectado a todo el cuerpo social. Esta ha sido la base sobre la que se ha establecido ese pacto antidemocrático y contrarrevolucionario que todavía se mantiene.
No es sólo la corrupción, sino la creciente oleada de indignación entre las masas populares por todos esos abusos y crímenes, la independencia y radicalización de sus luchas, los continuos progresos del partido de la abstención o, en otros muchos casos, la desvinculación del voto, la extensión del boicot político, de la desobediencia civil y de otras formas de resistencia de los trabajadores, lo que constituye la más clara manifestación de esa crisis que habíamos anunciado con tanta antelación. A esto hay que añadir los efectos de los recientes ajustes y desastres provocados por la recesión económica y por el fracaso de los planes de integración en Europa; de la irrupción del nacionalismo en sectores de la gran burguesía de Cataluña, el País Vasco, Galicia y Canarias; la aparición del regionalismo, del cantonalismo y otros fenómenos que parecían superados y que refuerzan las tendencias centrífugas y disgregadoras del Estado y de la sociedad.
La conciencia mayoritaria de izquierdas, a pesar de ser constantemente desorientada y manipulada, es un hecho indiscutible del que se deriva que el PP se enfrente a un techo infranqueable y que el PSOE base todos sus esfuerzos en pulsar la sensibilidad de izquierdas de la mayoría, proponiéndose a sí mismo como mal menor ante el terror de la derecha. Esta ha sido la motivación fundamental de los resultados electorales, reflejada en palabras del propio Aznar: No hemos perdido pero los socialistas han vuelto a ganar, ha votado el miedo. Patética declaración porque el miedo lo producen ellos mismos. Aznar intentó combatir este factor presentándose como centrista y progresista, pero la demagógica utilización por el PSOE del espantajo de la derecha ha vencido su pretendido y no menos demagógico progresismo.
Es curioso, pero en el llamado arco parlamentario (y fuera de él prácticamente tampoco) no existe ningún partido que se autodefina de derechas, aunque estén sosteniendo un Estado fascista, representando y defendiendo los intereses del capital monopolista; esto demuestra, como mínimo, que las masas en el Estado español no asumen la ideología burguesa y se enfrentan a sus planes, a pesar de que el relativamente bajo nivel de conciencia de clase permita la desorientación y confusión de sus posiciones políticas.
El objetivo prioritario del Estado era legitimarse con el fin de encubrir su dictadura terrorista sobre el pueblo, esto les ha llevado a calificar las elecciones del 6-J como las más importantes de la democracia española. De ahí que no sólo hayan explotado hasta el extremo el espantajo de la derecha con el silencio cómplice del PP (hasta cierto punto inexplicable porque esto les ha hecho perder las elecciones), sino que hayan hecho pringarse a los estómagos agradecidos de intelectuales, jueces, cantantes, actores, actrices, humoristas y se hayan servido de toda la parafernalia de que disponían para vencer la resistencia de los indecisos. En cualquier caso, los votos obtenidos por los felipistas no son ya los de las expectativas del cambio del 82, son votos a regañadientes, prendidos con alfileres, votos que no han permitido a González constituir el Gobierno estable que desea para aumentar la explotación y opresión sobre la clase obrera y otras capas populares.
Los primeros lances políticos que han tenido lugar inmediatamente después de las elecciones no han hecho sino confirmar lo que decimos: el intento de Felipe González de abrazar a Pujol y a Arzallus, de comprometerlos más de lo que ya están en la gestión de la crisis, se ha saldado con un fracaso clamoroso, y eso pese a los tentadores ofrecimientos que les han hecho en Madrid. No obstante, este intento fallido de formar un Gobierno de coalición no ha de suponer, naturalmente, un impedimento para la formación de un frente común en la lucha contra el proletariado y otros sectores explotados y oprimidos de la población. En este terreno, toda la burguesía y sus partidos políticos siempre se han mostrado de acuerdo, de manera que no hay que descartar algún tipo de colaboración ministerial en el futuro para llevar a cabo esta importantísima parte del programa del cambio del cambio o del recambio que ha prometido González durante la campaña electoral. Todo lo demás resulta mucho más problemático. Es muy sintomático que hasta el mismo bobón se haya visto obligado a hacer un llamamiento a aunar esfuerzos y buscar compromisos y que incluso el PP, ese lobo feroz que presentaba Felipe, se muestre ahora dispuesto a echarle una manita a él y a sus renovadores para ayudarles a sacar al Estado capitalista de la crisis.
Esa colaboración a la que todos apelan tiene ahora mismo un nombre: es el llamado pacto social mediante el cual tratarán de imponer a los trabajadores un régimen de trabajos forzados, de hambre y de terror, esgrimiendo, precisamente, la legitimidad que nuevamente les ha concedido el voto de la izquierda. Claro que para eso han tenido que desplazar de los puestos claves del partido del gobierno a aquéllos que podían estorbar sus planes con exigencias de tipo presupuestario, tan necesarias para mantener la clientela y que no se les venga abajo el chiringuito. Esta es, en realidad, la única diferencia que enfrenta a solchaguistas y guerristas, todos ellos, por demás, fervientes partidarios de Felipe. Por este motivo, se puede asegurar, la sangre no llegará al río. Que Felipe González se haya decidido al fin, presionado por la banca y la gran patronal, a arrojar por la borda a significados compañeros de viaje que hasta ahora tan bien le habían servido, no tiene, al menos para nosotros, nada de extraño. Con ello no ha hecho otra cosa sino volver a las andadas. Se ha mostrado, una vez más, fiel a sí mismo y a los más poderosos, lo cual, dada su trayectoria, era más que previsible que ocurriera. Mucho se le está reprochando este comportamiento, pero en realidad, esa tripa llena de aire ya no puede engañar más que a quienes tienen interés en seguir engañados.
En cuanto a los sindicatos oficialistas, ¿qué se puede decir que no hayamos repetido decenas de veces? ¿se atreverán a poner en tela de juicio esa legitimidad arrancada con el chantaje, la imposición y el abuso de los medios de propaganda del capital? ¿se decidirán a desafiar a los poderes del Estado capitalista y a enfrentar la nueva arremetida contra los más elementales derechos de los trabajadores convocándoles a la lucha? Harán lo que ya tienen ordenado hacer desde sus direcciones corrompidas hasta la médula; es decir, aplicar la nueva y delirante idea sobre la vieja corresponsabilidad obrera ante la crisis. Ahora resulta que el obrero tiene que ser solidario con el que menos gana o con el que está en paro, y la forma de ser solidario es estar dispuesto a que le reduzcan el salario y admitir que la empresa le despida cuando le venga en gana, tragar con la más absoluta precarización del empleo. Es decir, que los obreros tienen que ser solidarios con sus explotadores, condenándose ellos mismos a cobrar menos por su trabajo o engrosar las filas del paro. Es lo mismo de siempre, pero con la fachatez (como decía un camarada) de apropiarse el término solidaridad para convertirlo en su contrario. Esto no les va a procurar otra cosa sino un mayor descrédito y aislamiento respecto a las masas, lo que inevitablemente se traducirá en un nuevo auge del movimiento sindical independiente.
Como hemos visto, el adelantamiento de las elecciones, con el que pensaban capear el temporal, no les ha resuelto nada. Al no haber conseguido el PSOE la mayoría absoluta, como era previsible, y tener que estar supeditado a los pactos y concesiones a otras fuerzas políticas (a lo que habría que añadir su propia crisis interna), la inestabilidad gubernamental va a ser crónica. Y los problemas siguen ahí cada vez más agravados.
Este agravamiento de la situación no es del todo ajeno a la crisis internacional y a la profundización de la recesión económica que afecta, en mayor o menor medida, a todos los países. Pero en España, como ya hemos comprobado, la crisis tiene sus propias raíces y particularidades. La permanencia del régimen fascista y la aplicación intensiva de la política económica monetarista durante la última década no han hecho sino socavar aún más los ya de por sí débiles cimientos sobre los que se asienta el capitalismo español. ¿Cómo salir de esta catastrófica situación? Desde luego, no va a ser con una segunda edición del monetarismo mezclado con algunas dosis de las recetas keynesianas, y menos aún con el reformismo ramplón que preconizan los Anguita y compañía, como van a poder salir del agujero negro en el que se encuentran metidos y ponerse en condiciones de competir en la jungla del mercado mundial. Y como de todas formas la oligarquía no se resigna a una disminución de sus ganancias ni dará su brazo a torcer, intentará por todos los medios salir de la crisis cargando una vez más todas las consecuencias de la misma sobre las espaldas de los trabajadores. En este punto, tanto la derecha más derechona, la derecha moderada, como la izquierda domesticada y servil se muestran de acuerdo. No hay más que reparar en los programas y slogans que unos y otros han exhibido en la mascarada electoral y en los chanchullos que se traen ahora entre manos, para darse cuenta que tanto en la forma como en el contenido, ninguno de los partidos institucionales se propone otra cosa sino sacar como sea al régimen de la crisis, ponerlo a salvo del desastre y la ruina que le amenaza y evitar a toda costa que se produzca la revolución. Este es el fin que persigue la denominada política de Estado que dictan los monopolios, a la cual están todos esos partidos supeditados. Y claro está que nada ni nadie los va a hacer cambiar. De manera que, pese a todas las zancadillas, las puñaladas, el chalaneo y la intensificación del juego sucio entre ellos, no hay que descartar que, ante la debilidad del gobierno que se forme, se pongan todos de acuerdo para formar un nuevo gobierno de salvación que les permita mantener en pie por algún tiempo el tinglado. Pero aún así, y con las fuerzas de todos ellos, ese gobierno u otro semejante será un gobierno débil que no podrá impedir el desarrollo del movimiento revolucionario ni el agravamiento cada vez mayor de las contradicciones y luchas de intereses dentro de la clase dominante, en particular la contradicción que enfrenta a la oligarquía centralista con las burguesías de las nacionalidades oprimidas.
¿Qué deberá hacer el Partido ante esta nueva situación? ¿Cuál es su tarea principal o prioritaria? Hemos de dedicar la mayor parte de nuestros esfuerzos a organizar la resistencia obrera y popular.
Esta es una consigna que está adquiriendo mayor consistencia con cada día que pasa, y no sólo en nuestro país. Los obreros avanzados y otros muchos luchadores y demócratas van comprendiéndola cada vez mejor en todo su significado. Por nuestra parte ya la hemos difundido y explicado en numerosos escritos. Por este motivo tan sólo voy a señalar aquí tres cuestiones relacionadas con ella que revisten particular interés para nosotros en este momento:
La primera se refiere a la lucha política, a la necesidad de organizar y encabezar entre las masas obreras y otros sectores populares el más amplio boicot al régimen y a todos los partidos estatales. Esta es una tarea que no debe quedar limitada a los períodos electoreros o de mayor efervescencia política, sino que ha de ser permanente, al igual que lo son la explotación, los crímenes y los abusos del capital. Que se sientan solos y aislados cometiendo sus fechorías, que no encuentren en ninguna parte la colaboración y la comprensión que reclaman. Debemos hacer todo lo que podamos para movilizar audazmente a los trabajadores y para llegar a acuerdos con otros partidos, grupos y colectivos democráticos, antifascistas y patriotas a fin de acabar de arrinconar a los estafadores, ladrones y torturadores, a los progenitores y padrinos del GAL, e impedir que puedan presentarse de nuevo con un respaldo y una legitimidad democrática que no tienen ni nunca han tenido. Al mismo tiempo que llevamos a cabo el boicot debemos seguir organizando y extendiendo a todas partes y sectores populares la resistencia activa y la desobediencia civil: el sabotaje, los secuestros de directivos, de empresarios y funcionarios, la negativa a pagar impuestos, etc.
La segunda cuestión a destacar está relacionada con la lucha armada de resistencia y la organización militar guerrillera. El Partido debe continuar apoyando la lucha armada sin escatimar ningún esfuerzo ni sacrificio, tal como lo ha venido haciendo durante más de diecisiete años, dado que, como ya está sobradamente demostrado, sin este tipo de lucha no hay lugar hoy día ni para el partido revolucionario ni para ningún movimiento popular consecuentemente democrático. Eso por no extenderme en consideraciones acerca de las posibilidades legales y de tránsito pacífico y parlamentario que nos ofrece el Estado policíaco. Pero con proclamar y dejar bien sentadas y claras estas verdades no basta. De manera particular, hemos de conseguir que se incorpore a la guerrilla un número creciente de jóvenes combatientes y de todos aquellos hombres y mujeres que no están dispuestos a dejarse pisar y quieren batirse por la libertad, la dignidad y una vida mejor para todos los trabajadores aun al precio de derramar su propia sangre. La gesta de los grupos, el ejemplo de entrega y heroísmo que han dado sus componentes durante tantos años consecutivos, es algo que ya nadie podrá borrar de la memoria colectiva de nuestro pueblo. Ni podrá ser manchado tampoco por la baba negra y amarilla de los mercenarios de la pluma y demás bocazas de los medios. Y es que casi dieciocho años de combate y enfrentamiento prácticamente ininterrumpido contra la monstruosa maquinaria del todopoderoso Estado fascista español es, ciertamente, un balance esperanzador, una pesadilla capaz de quitar el sueño al facha más pintado y que dice mucho, además, sobre el potencial y las posibilidades de desarrollo que encierra la guerrilla popular en esta nueva etapa que ahora se inicia.
La tercera cuestión importante en que se centra nuestra atención en estos momentos está relacionada con la actividad y el fortalecimiento del Partido. Pero dada la importancia de este tema, y a fin de no distraer la atención del análisis de la situación general que ya hemos esbozado, volveremos más adelante sobre ello con más detenimiento.
Es claro a todas luces que ante la perspectiva de un mayor agravamiento de la crisis económica, política y social, el nuevo gobierno no va a poder enfrentar, como los anteriores gobiernos felipistas, la lucha de resistencia que les venimos oponiendo. Por ello no habría que descartar la posibilidad de arrancarle algunas reivindicaciones políticas que favorezcan al movimiento obrero y popular. No estoy aludiendo a la posibilidad de una negociación ni de nada parecido, pues, como ya hemos explicado otras veces, y la experiencia ha corroborado, ningún gobierno se avendrá a negociar realmente con las fuerzas revolucionarias ni nosotros tenemos absolutamente nada que negociar. No obstante, estamos dispuestos a considerar seriamente cualquier iniciativa que puedan tomar las instancias oficiales, tendente a rebajar la tensión y a solucionar algunos problemas pendientes. Ni que decir tiene que esta actitud abierta, flexible, del Partido no podría ser mantenida ni un solo momento si no la basamos en una posición de firmeza y de total apoyo a la lucha revolucionaria de las masas y de las organizaciones armadas patriotas y antifascistas. En este punto, nuestra posición ya la hemos explicado muchas veces y no creemos que sea necesario hacerlo de nuevo.
Hay que evitar suscitar falsas ilusiones y que el enemigo de clase pueda emplear esa posición para confundir a las masas y atribuirnos dudas, divisiones o una debilidad que en modo alguno padecemos. En cualquier caso nosotros no haremos jamás concesiones de principio y lucharemos hasta alcanzar todos nuestros objetivos y aspiraciones.
Espoleados por la agravación de la crisis, así como por la incidencia sobre la misma de una serie de nuevos factores tales como el cambio tecnológico y el incremento del desempleo, en la última década el capitalismo monopolista ha impulsado la estrategia neoliberal, la cual tenía como principal objetivo sanear y reestructurar la economía como paso previo para un nuevo y largo período de expansión. Pero como ya es sabido, dicha estrategia ha reportado resultados contrarios a los que con ella se esperaban, terminando por agravar aún más la crisis económica y social de todos los países capitalistas, y en particular la que vienen padeciendo sus dos principales patrocinadores (EEUU. e Inglaterra). Con ello se ha dado paso a un cambio en la correlación de fuerzas económicas entre los Estados y grupos monopolistas y a que aparecieran varios centros de poder. Este hecho, unido a la desaparición de la URSS, ha creado las condiciones favorables para que se vayan agravando las contradicciones entre ellos y a que, como consecuencia, al igual que en otras épocas, hayan aparecido de nuevo las condiciones que conducen a la guerra imperialista.
Es en este marco general donde se debe situar la aspiración de la oligarquía española a la plena integración con los poderes económicos, políticos y militares europeos, para formar parte de una gran superpotencia imperialista. Por lo demás, éste es un viejo sueño de la clase dominante española, por cuanto de esta manera, además de participar en la rapiña y la opresión de otros pueblos y naciones, quedaría conjurado para siempre -según creen- el peligro de revolución en España. A este proyecto, largamente acariciado, habría de ser sacrificado todo lo que no fueran sus propios intereses: la agricultura, la industria, el comercio... hasta la apariencia de soberanía que aún mantiene este país debía ser puesta en la ruleta. Ya se sabe, la burguesía financiera no tiene patria, ni dios, ni amigos. Carece de ideales y de sentimientos por más que finjan tenerlos algunas veces. Sólo sabe de dineros e intereses. Claro que, por lo mismo, cuando se le presenta la ocasión no duda en explotar el patrioterismo, el catolicismo ultramontano y las más rancias tradiciones con tal de mantener sometidos a los pueblos. ¿Acaso no fueron estos mismos cosmopolitas de hoy los que en nombre del nacionalismo y de la fe sembraron la destrucción y la muerte durante tantos años en España?
Estaban tan convencidos de poder llegar a su meta que no sólo lo han sacrificado todo a ese fin europeísta, sino que se lanzaron a celebrar por todo lo alto su entrada triunfal en la nueva era postmoderna: Olimpiadas, Expo, AVE y descubrimiento de América con otros eventos menores y algún tebeo. Al fondo, en una zona de sombras, aparecía tirado en el suelo el cadáver del terrorismo. Verdaderamente, las maravillas que se fabrican en Hollywood se quedan cortas ante tan gloriosa ficción. Resultaba apabullante. Pero más dura les está resultando la caída.
Todavía no se habían apagado los últimos ecos de la fanfarria cuando comenzaron a sonar por todas partes las señales de alarma. Del crac bursátil, del fracaso de Maastricht, el desbarajuste monetario y las sucesivas devaluaciones de la peseta, con sus secuelas de escandalosas bancarrotas financieras y políticas, ya hemos hablado bastante en Resistencia. La cuestión es que, a través de todo este barullo, se fue abriendo paso poco a poco una clara evidencia: Europa no nos quiere. Las diferencias sociales, económicas, políticas, culturales, etc., que nos separan desaconsejaban todo ímpetu. Pero no se desanimaron. Su destino en lo universal pasaba por Europa. Era la última oportunidad, después de la que les fuera ofrecida por Hitler, de figurar en el club de los más ricos, guapos y poderosos. En el peor de los casos -ahora lo reconocen abiertamente- la imposible empresa sería un acicate para estimular el espíritu de competencia, el individualismo, la insolidaridad, el ansia de lucro y todo lo que conforma el programa de progreso y modernidad que ha estado vendiendo sin ningún pudor, durante años, la banda felipista.
¿Qué podían buscar los representantes de la oligarquía española en su unión con la Europa rica y poderosa sino dinero, créditos baratos, inversiones, tecnología de punta y protección? Como ya advirtiera en su día algún reticente europeísta, la Europa de los mercaderes, que es todo lo que ha resultado de tanto tira y afloja, no les interesa, ya que esa Europa sólo desventajas y ruina les reporta. La manifiesta incapacidad de la economía española para competir, para hacerse un lugar en el gran mercado, sólo podía ser compensada con los famosos fondos de cohesión y otras ayuditas que ahora tendrán que extraer de las espaldas, costillas y estómagos de los trabajadores.
Europa no nos quiere, esto es muy cierto, a no ser para hacer de gendarmes de las fronteras comunitarias y para utilizar a los jóvenes españoles como carne de cañón, lo cual no le impide vaciarnos los bolsillos y estrujarnos hasta la última gota de sangre. ¿Quiénes son los responsables? Además, ahora, los españolitos de siempre vamos a tener que pagar los gastos de la juerga de los señoritos y aun cargar con los trastos rotos. Y no sólo eso: también vamos a tener que cubrir los agujeros negros que han ocasionado a las arcas públicas las estafas monumentales realizadas por conocidos personajes vinculados al partido del Gobierno que, para mayor escarnio, todavía continúan ejerciendo.
Estos truhanes habían decidido jugarse a una sola carta el pan, el trabajo, la salud y el futuro de la inmensa mayoría de los españoles. Han hecho profesión de fe europeísta, lo mismo que en otra época lo hicieron del patrioterismo fascista porque, dada la tendencia a la concentración e internacionalización inherente al capitalismo -más acelerada en su fase actual monopolista- habían calculado que sus intereses serían mejor defendidos con su integración en el bloque europeo, en la nueva gran potencia que ellos habían imaginado. No querían ni quieren quedarse fuera, en la periferia. Desean estar en la primera división. Han proclamado tantas veces sus delirios de grandeza, sus pretensiones imperialistas, y aún hoy insisten tanto en ellas, que no han dudado incluso en resucitar las viejas glorias de la Legión para lograrlo. Recientemente todos hemos podido oír a connotados socialistas y demócratas de toda la vida entonar a coro con los milicos el himno de la muerte sin que a ninguno de ellos se les cayera la cara de vergŸenza. Después de integrar a nuestro país en la OTAN, de la guerra sucia contra las organizaciones democrático-revolucionarias y de las promesas incumplidas, como la de los 800.000 puestos de trabajo, ésta ha sido su última gran infamia. Pero lo más repugnante no es que ellos se hayan metido hasta las cejas en el pantano, sino que estén tratando de inculcar a los trabajadores su mismo espíritu servil, su misma bajeza y embrutecimiento, procurando que éstos les secunden y se identifiquen, como la cosa más natural del mundo, con los intereses de la oligarquía financiera y la banda de pistoleros y torturadores que les presta sus servicios.
Como ya hemos explicado otras veces, la tendencia a la concentración e internacionalización del capital es una ley objetiva del capitalismo. Por influjo de dicha ley se formó, hacia finales del siglo XIX, el capitalismo financiero que hoy domina las relaciones económicas capitalistas; los grupos monopolistas de los distintos países y el denominado capital transnacional o multinacional son también resultado de esa tendencia. No obstante, hay que tener en cuenta que dicha internacionalización no elimina las contradicciones y la lucha entre los Estados capitalistas, sino que, por el contrario, las agrava todavía más, haciendo que la lucha entre ellos sea más enconada y que se extienda a todo el planeta. Por este motivo se puede afirmar que tan real u objetiva como la tendencia a la concentración y la cooperación es la ley contraria, o sea, la tendencia a la desintegración y el enfrentamiento, siendo ésta la que, llegado un momento, se impone como aspecto o tendencia principal. Esto es así por la misma naturaleza del modo capitalista de producción, basado en la propiedad privada sobre los medios de producción. Por este mismo motivo, tal como demostró Lenin, es imposible la formación de una suerte de ultraimperialismo capaz de poner fin a las contradicciones y conflictos que genera el sistema y que están en la base misma de su existencia. Y esto es válido tanto para la pretensión norteamericana de dominar el mundo, de erigirse en amo y gendarme internacional y de moldear a la sociedad con arreglo a sus patrones o intereses, como para esa otra superpotencia europea que, como ya está sobradamente comprobado, sólo podría ser alemana.
Bajo el capitalismo sólo son posibles bloques y alianzas limitadas a unos cuantos Estados para llevar a cabo la lucha frente a otros bloques o alianzas por el reparto de mercados, fuentes de materias primas y esferas de influencia. Es lo que está sucediendo actualmente con la formación de tres grandes bloques, aún no claramente delimitados, cuyo fin no puede ser otro que la lucha por el reparto territorial del mundo. De estas alianzas están excluidos los débiles. Estos, en el mejor de los casos, podrán desempeñar el papel de subalternos, pero en general su destino no es otro que el de ser despedazados y engullidos por los grandes tiburones. Son los que la historia ha designado para ser los seguros perdedores. Y entre estos últimos se encuentra el Estado español. ¿Justifica acaso este destino el esfuerzo realizado por la oligarquía española y sus criados socialfascistas para situarse entre los ganadores? ¿O ha sido, precisamente, esa política de integración en Europa la que nos ha colocado en posición de ser aniquilados y servir de pasto de las fieras y aves de rapiña imperialistas? Según los felipistas y otros como ellos, en España no había ni hay ninguna otra alternativa distinta a la de la gran burguesía monopolista que ellos han preconizado y puesto en práctica bajo la coartada socialista y democrática. Y qué duda cabe que no encontraríamos otra si renegáramos del marxismo, si nos dejáramos atar las manos, entregáramos nuestro derecho de primogenitura a cambio del famoso plato de lentejas y contribuyéramos a convertir el Partido en un apéndice de la política burguesa más reaccionaria y proimperialista. Porque ya ni tan siquiera son ni pueden aspirar a ser reformistas, socialdemócratas o eurooportunistas. Es tal la crisis que padece el régimen que ya no les queda espacio ni tan siquiera para las reformas. De ahí que hayan asumido todos, muy responsablemente, su miserable papel de lacayos de librea, apareciendo a la vista de todo el mundo sin apenas ningún camuflaje.
Esta crisis del régimen y el atolladero en que se halla metido el sistema no tiene más salida que la revolución socialista. Esta, que parece una afirmación ya manida y un tanto pasada de moda, no es sino el resultado lógico o natural, históricamente necesario e inevitable, de toda la evolución que ha seguido la sociedad burguesa desde sus orígenes hasta nuestros días; lo que en la situación concreta de España, debido a las particularidades que ha seguido su desarrollo, se manifiesta de forma mucho más nítida que en ningún otro país de Europa occidental.
Llegamos tarde y mal equipados a la era industrial, sin haber resuelto los grandes problemas políticos, administrativos y culturales que los otros Estados ya habían resuelto con bastante antelación. Y esos problemas (la débil estructura económica y tecnológica, la cuestión nacional, la posición de España en Europa y ante el resto del mundo) aún siguen sin resolver. Esto es consecuencia de haberse frustrado, al menos en dos ocasiones, la revolución democrática que debía habernos librado de ellos y de esa casta oligárquica que es la causa de todos los males que ha padecido, padece y aún habrá de padecer España.
La recesión que ya ha hecho estragos en la débil estructura industrial y financiera de la economía española y la entrada en vigor del mercado único, que no puede sino agravar aún más la ya de por sí precaria situación de las empresas, acentuarán cada día más las contradicciones dentro de los grupos monopolistas y la contradicción que enfrenta al Estado español con los otros Estados capitalistas. En estas circunstancias, y en medio de la crisis mundial, nuestro país está abocado a convertirse, como en otras épocas, en un área de disputas entre los bloques y las grandes potencias imperialistas. Esto la oligarquía española no lo puede evitar, pues rebasa con mucho su propia fuerza y capacidad. Sólo la revolución socialista podrá evitarlo. Pero la revolución plantea sus propias exigencias, las mismas que han sido recogidas en el programa del Partido que hemos presentado a la consideración de todos los camaradas. Por este motivo no me voy a detener aquí en ellas, como, en general, en otras muchas cuestiones de la táctica o la línea política que también han sido recogidas en ese mismo documento.
En lo que respecta a la situación de la clase obrera y de otros sectores populares que dependen de un salario o de la ayuda del Estado para poder sobrevivir malamente, la gravedad ha alcanzado tales extremos que se puede afirmar que ha sobrepasado ya todos los límites. Esta es la causa principal del descontento, del odio acumulado y de la ira que se expresa todos los días de múltiples formas en pueblos y ciudades, en la calle, en las escuelas y centros de trabajo. La situación en España se ha vuelto realmente explosiva. Si a esto añadimos lo que ya ha sido señalado, es decir, el descrédito de los partidos y sindicatos y demás instrumentos represivos del régimen; si además no perdemos de vista esa importante fisura que se está abriendo dentro de la misma clase dominante y que amenaza con romper en mil pedazos el delicado entramado institucional de la monarquía tan laboriosamente atado y bien atado; si a todo esto añadimos la situación internacional y las repercusiones que ya está teniendo en España; si tomamos todos esos factores en consideración y ponemos también en la balanza la organización, la línea política y la voluntad y decisión de lucha del Partido, comprenderemos la naturaleza de la crisis y la gran envergadura del trabajo que tenemos ante nosotros.
Nos hemos habituado a observar la crisis del régimen, en ella hemos incidido muchas veces con nuestra actividad revolucionaria y a ella nos hemos referido en repetidas ocasiones, definiéndola como crisis revolucionaria. No obstante, se podría argumentar que nada de lo que ha sucedido en los últimos años en España tiene que ver con una situación semejante. ¿Nos hemos equivocado, eran justas nuestras apreciaciones, o tan sólo eran el producto de una mente calenturienta y, en el mejor de los casos, sólo expresaban un buen deseo? Es cierto que en esto de las valoraciones y las definiciones hay que tener buen cuidado, porque puede suceder, como en la fábula del pastor y el lobo, que de tanto anunciar lo que se teme o lo que se desea que venga al final nadie cree que ande rondando o esté realmente cerca.
Cuando anunciamos la crisis revolucionaria en 1974-75 no nos equivocamos ni exageramos la nota lo más mínimo. La crisis estaba presente y reventó por donde tenía que hacerlo, dado el conjunto de circunstancias que concurrían en aquel momento. Más tarde seguimos hablando de la crisis un poco por inercia, pero la crisis estaba ahí también presente, como se demostró con la caída del gobierno de Suárez y la intentona golpista del 23-F. Después de esta asonada y tras el triunfo del felipismo dijimos que la crisis continuaba, pero que su estallido había sido aplazado por los famosos diez millones de votos que con mil trampas y engaños lograron arrancar a los trabajadores. Esta tesis también se ha confirmado.
¿En qué nos basamos para hablar de crisis revolucionaria y no, como hacen otros, de una simple crisis de gobierno, por ejemplo? En que una crisis de gobierno no pone en cuestión los cimientos y la estructura misma del Estado, mientras que las crisis revolucionarias lo son, precisamente, porque amenazan con ponerlo todo patas arriba sin respetar nada: ni propiedad, ni altar, ni trono. Una crisis revolucionaria lo es también porque no puede ser controlada por la clase que detenta el poder y, consiguientemente, no puede prever sus resultados. Su inseguridad aumenta en la medida que pierde los estribos y el caballo de la revolución se desboca y marcha, por así decir, libre de toda traba o condicionamiento político o institucional. Sin embargo, debemos aclarar que una situación revolucionaria, o de crisis revolucionaria como la que acabamos de describir, no presupone necesariamente el triunfo de la revolución. Para eso se tienen que dar otras condiciones, especialmente una predisposición en las masas a la lucha hasta el final y la existencia de una vanguardia organizada con la suficiente experiencia y capaz de conducirlas a la lucha por el poder. Ninguna de estas condiciones se daban en los anteriores períodos o fases por las que ha atravesado la crisis del régimen. Esto explica la relativa facilidad con que pudieron controlar la situación y restablecer el orden, mientras los comunistas éramos conducidos a la cárcel. Las masas no nos han seguido, ciertamente, pero es que nosotros tampoco estábamos preparados para conducirlas ni nos proponíamos hacerlo más allá de cierto límite; ante todo perseguíamos inculcar en ellas el espíritu de resistencia y de oposición más radical al reformismo e ir ganando al mismo tiempo posiciones, atrayendo al Partido al sector más resuelto y esclarecido de la clase obrera. De otra manera, sin lograr estos dos objetivos, no se podía pensar seriamente en dirigir los futuros combates que estábamos convencidos se habrían de librar, y menos aún hacer la revolución.
Hoy la situación es muy distinta a la que nos encontramos hace diez, quince o veinte años. La crisis del régimen se ha agravado de forma extraordinaria, haciéndose irreversible. No nos encontramos ante el comienzo de un proceso de reforma, una perspectiva de expansión económica y unos partidos burgueses prácticamente vírgenes, como a comienzos de la década del 80, sino al final de dicho proceso, cuando ya han agotado el carrete de la reforma, los partidos aparecen completamente prostituidos, ante un horizonte económico más que sombrío y un panorama internacional amenazante por los cuatro costados.
En lo que respecta al nivel de lucha y de conciencia política de las masas, el cambio de la situación no ha sido menor. Basta con reparar en las cifras de horas perdidas por huelgas en los dos últimos años, así como en la radicalización y la virulencia de las luchas en la calle, y compararlas con las de los otros países industrializados e incluso con las de nuestro propio país durante la década de la infamia, para darse cuenta de ello. Es verdad que las masas aún no han llegado al grado de desesperación que hace falta para que se lancen a por todas, pero llegarán más pronto de lo que generalmente se piensa, podemos estar seguros.
Por último tenemos el Partido (y la guerrilla, porque no es posible separarlos cuando se hace, como lo estamos haciendo nosotros ahora, una valoración de la situación y del estado de las fuerzas revolucionarias). ¿Qué decir sobre este particular que no hayamos dicho ya? Que somos unos pocos más de los que éramos (ahora nos cuentan por decenas, lo cual denota un cambio significativo en la apreciación que de nuestra fuerza hace el enemigo), que estamos aquí, como quien dice más frescos y enteritos que nunca, más maduros desde el punto de vista político e ideológico (también en el otro sentido, hay que reconocerlo), mucho más identificados y reconocidos por las masas y, en fin, más dispuestos que nunca para proseguir el combate. Lo cierto es que tenemos motivos para sentirnos orgullosos y relativamente satisfechos, pues, aunque con muchos esfuerzos y superando enormes dificultades, hemos ido dando cumplimiento a las tareas que nos habíamos propuesto para poder proseguir avanzando.
Se sobreentiende que éste es un mérito que no corresponde únicamente a los camaradas presentes. Por nuestra parte hemos hecho sólo lo que nos correspondía. Otros militantes, especialmente los caídos en la lucha, los torturados y asesinados y los que aún siguen presos, han hecho todo lo demás. Y es indudable que sin esa labor realizada por ellos y sin su sacrificio, su heroísmo y su entrega generosa y desinteresada a la causa, no hubiéramos podido continuar y, con toda probabilidad, hoy no nos encontraríamos reunidos aquí. Procuraremos ser dignos de esa confianza que han depositado en nosotros.
Los que nos sucedan juzgarán, en todo caso, en qué nos hemos equivocado, ya que por nuestra parte no encontramos en la actuación que hemos seguido ningún error destacable que debamos rectificar o no hayamos rectificado. Es cierto que resulta imposible que en una etapa tan larga y difícil como la que hemos atravesado no se hayan cometido errores. Y el Partido, qué duda cabe, los ha cometido (todos cometemos errores). Pero éstos siempre fueron criticados y corregidos a tiempo o cuando fue posible hacerlo. Tal ocurrió, por ejemplo, con las desviaciones izquierdistas cuyas consecuencias tanto nos ha costado reparar. Otras veces ha sido el voluntarismo, cuando hemos querido avanzar más de lo que era posible y se ha producido algún tropiezo. No obstante, más que esos defectos o errores, habría que destacar el espíritu de entrega y de constante superación que ha animado en todo momento a los camaradas. Esta es una prueba de que la línea general que hemos seguido ha sido esencialmente justa. Claro que no todo el mundo va a estar de acuerdo con esta consideración ni con la trayectoria que ha seguido nuestro partido. Pero desde luego lo que sí podemos asegurar es que en todo momento hemos trazado nuestra línea, hemos elaborado los planes de trabajo y hemos actuado con total y absoluta independencia y libertad, y eso no sólo con relación a la burguesía española, sino también respecto a cualquier país o poder ajeno. ¿Quiénes, qué otro partido puede asegurar lo mismo? Este es el gran misterio que envuelve a nuestro partido y movimiento revolucionario. Y ciertamente da mucho para pensar el que hayamos podido ponernos en pie y caminar enfrentados abiertamente a la maquinaria del Estado fascista español, sin contar con los consejos ni las ayudas de nadie, sino basándonos en nuestras propias fuerzas. En realidad, ha sido esa misma independencia no hipotecada por ningún condicionamiento de tipo económico, ideológico o político, lo que nos ha permitido actuar siempre en los momentos y en la forma en que lo hemos hecho y no como, seguramente, nos hubieran impuesto otros; ésta ha sido una gran ventaja que ha tenido el PCE(r) con respecto al PCE. Esta independencia hemos de preservarla a toda costa como una gran conquista de la clase obrera de nuestro país, ya que sin ella, como está suficientemente demostrado, el Partido y su línea revolucionaria no pueden existir.