3. El problema de la organización es el más importante y decisivo

En esta ocasión nos ha parecido conveniente dejar para el final del informe el tema de la organización del Partido y de su trabajo entre las masas, y no porque lo consideremos secundario o carente de interés, sino precisamente por lo contrario: es necesario hacer hincapié en él, repasar las experiencias que hemos obtenido a lo largo de los años, extraer conclusiones, perfilar aún más nuestra línea de actuación, etc. Siempre hemos sostenido que las cuestiones de organización son el problema principal que tenemos por delante, el más importante y decisivo, sin cuya solución no conseguiríamos dar un solo paso adelante. Por este motivo ha atraído en todo momento nuestra atención y aún hoy la sigue atrayendo. ¿En qué reunión del Partido no se plantea ni se discute, no se hacen planes y no se toman acuerdos en relación con este problema? Yo diría que es a lo que más tiempo y esfuerzo venimos dedicando, y es justo que así sea, puesto que, como queda dicho, no existe un asunto más importante para nosotros que el de la organización política de clase de los obreros. Sin embargo, los resultados no parecen corresponder a tantos afanes y esfuerzos. ¿Por qué sucede esto? No voy a repetir todo lo que ya llevamos dicho sobre este mismo particular, pero la verdad es que esa apariencia no se corresponde con la realidad. Primero, hay que tener en cuenta la naturaleza de esta labor, que no es igual a la de cocer panecillos, que es como algunos se la habían imaginado; segundo, habría que considerar que cuando hayamos resuelto este importante problema, cuando hayamos logrado organizar en cada lugar de trabajo, barrio, localidad, comarca, etc., a la vanguardia del proletariado, a los hombres y mujeres más avanzados y esclarecidos de nuestra clase y como resultado de ello afluyan al Partido decenas y cientos de miles de obreros, es porque la revolución estará a punto de triunfar y tendremos hecho ya más de la mitad del trabajo. Será entonces cuando, según la expresión de Lenin, en un solo día se condensarán muchos años de actividad. Pero hasta que llegue ese día, que nadie espere milagros. Hay que rechazar y poner al descubierto esa concepción que imagina al partido revolucionario al modo de las agrupaciones socialdemócratas y reformistas, desprovistas de toda norma de funcionamiento disciplinado y clandestino, que para lo único que sirven es para las campañas electoreras y para organizar una fiestecita de vez en cuando.

El nuestro es un partido militante, disciplinado y aguerrido y por lo mismo sólo pueden formar parte de él auténticos revolucionarios comunistas. Hay que entender que éstos no se forman de un día para otro, ni salen de debajo de las piedras. Se están formando en la lucha diaria. En ella se están templando, van aprendiendo y se van destacando en número creciente cada día. Este es un proceso lento, complejo y muy difícil, verdaderamente tortuoso en un principio, pero seguro e inevitable. ¿Cómo se explica, si no, el que hayamos podido resistir durante tantos años consecutivos la represión sin que ésta haya logrado hacer mella en nuestra conciencia política y el que hayamos salido finalmente victoriosos de esta prueba?

La detención del C.C. en Octubre de 1977, apenas transcurridos tres meses desde la celebración del II Congreso, supuso un golpe muy duro del que nos ha costado mucho tiempo reponernos. Pero entonces todo el mundo nos daba por muertos o desaparecidos. El asesinato posterior de algunos cuadros dirigentes (y las deserciones, que también las ha habido) han hecho mucho más difícil la tarea; eso por no extendernos en las continuas detenciones y en los errores que se han venido cometiendo. La ausencia de esos hombres y mujeres que hicieron posible la proeza de reconstruir el Partido y de llevarlo a dar los primeros pasos bajo un nutrido fuego enemigo ha sido, sin ningún género de dudas, la mayor limitación que hemos encontrado. La reacción española óen particular los órganos represivosó eran conscientes de esta limitación y han estado cifrando en ella las esperanzas de nuestra rendición. Pero todo ha sido en vano. Nos quedamos solos un puóado de militantes, y cuando pudimos escapar al cerco policial emprendimos nuestra pequeóa larga marcha a través de los Pirineos. Y allí permanecimos durante todo el tiempo que fue necesario para establecer de nuevo los contactos y organizar una reunión de la que salió elegida una nueva Dirección, la cual ha ido asumiendo paso a paso, muchas veces con más voluntad que acierto, sus funciones. Todos sabemos que la dirección de un partido revolucionario no nace ni se crea en torno a una mesa; que para ello se requieren tiempo, hábitos y conocimientos comunes, y que éstos sólo se pueden adquirir por medio de un trabajo desarrollado también en común. Por esta razón hemos debido dedicar a ello la mayor parte de los esfuerzos. Y aóadamos, peleándonos, tirándonos de las greóas, pero aquí estamos.

Para no hacer excesivamente largo este informe me detendré a comentar tan sólo algunos de los problemas que se han presentado en la última etapa.

Comenzaré por el más importante de todos, el que se refiere a la estructura y al funcionamiento de la propia Dirección del Partido. Desde hace mucho tiempo habíamos decidido, por razones de seguridad y eficacia, que una parte de la Dirección debería residir en un país extranjero y el resto en el interior de España. Esta medida afecta, naturalmente, a las mismas comisiones, haciendo que el funcionamiento resulte mucho más lento y complejo. De modo que, desde que tomamos aquella decisión, hemos intentado en varias ocasiones hacer que el invento funcionara, hemos tratado de situar a cada uno en su sitio y de que todos desempeñemos nuestro cometido. Sin embargo, ha sido en este terreno donde hemos encontrado las mayores dificultades. Una de ellas, como siempre, ha sido la represión, que nos limita, nos impide hacer las cosas como necesitamos o nos impide cuajar lo que hemos comenzado. Otra dificultad la hemos encontrado en nuestras propias carencias, en la escasa preparación de los militantes que tenían que desarrollar esa labor. No hace falta insistir aquí en el valor humano, ponderar la entrega o el espíritu de sacrificio, etc., pues de eso tenemos, no digo más de lo que hace falta, pero sí mucho más de lo que a veces se requiere, sobre todo si lo comparamos con otras cualidades también necesarias. En los aspectos ideológicos, políticos y técnicos, hemos visto muchas deficiencias, muchos fallos. Y no es que no nos hayamos preocupado por solucionar este problema. Le hemos prestado la máxima atención desde el comienzo. Si recordáis, una parte considerable del informe al primer Pleno la dedicamos a tratar sobre la nueva dirección, sobre la necesidad del estudio, sobre cómo relacionarnos y cómo debíamos funcionar. Todo eso estaba previsto y en la práctica lo hemos ido siguiendo a cada paso, pues sabíamos por experiencias anteriores qué podía suceder. Y así fue: nada más acabada aquella reunión y vueltos todos a su lugar de trabajo cada uno continuó, como quien dice, haciendo las cosas a su manera; de lo que habíamos acordado y de lo que se recogía en aquel informe nunca más se supo. Luego tuvimos que continuar bregando a fin de que se pudiera formar un núcleo dirigente en el interior. Pues bien, como queda dicho, es cierto que éstas son cosas que no se pueden improvisar y en este sentido no hubo ninguna sorpresa. Sí las hubo, y muy grandes, a la hora de verificar en la práctica aspectos concretos de la aplicación de los acuerdos que se habían tomado.

Llegó un momento en que, bueno, los camaradas se reunen y toman un buen número de decisiones que quedan luego en el papel. Más tarde comprobamos que habían sido sus buenos deseos los que prevalecieron a la hora de trazar los planes. Además no se funciona como realmente debe hacerlo una organización del Partido óno digamos una fracción dirigenteó sino más bien como un grupo de amiguetes. Por eso cuando nos referimos a la Dirección del Partido en el interior, a los comités nacionales y comités locales de aquella época óy aun de hoyó hay que matizar: en buena medida eso no deja de ser un proyecto. Nuestro objetivo principal ha consistido en crear, primero, la Dirección del Partido. Estos objetivos han sido cumplidos en lo esencial. Luego hemos procedido a formar las comisiones, a establecer la división y la especialización del trabajo en su seno, al tiempo que procurábamos asentar un núcleo de la Dirección en el interior que asumiera sus tareas y funcionara como tal. Este núcleo tenía encomendada, fundamentalmente, la labor de poner en pie los comités nacionales y locales y en ellos debería apoyarse para desarrollar todo el trabajo de propaganda, agitación, etc. La fracción del exterior apoyaría ese trabajo, nos pondríamos prácticamente a disposición de los camaradas del interior, elaboraríamos los materiales de propaganda, el órgano central, etc., y trataríamos de coordinar las distintas funciones. En esa dirección hemos estado trabajando durante un largo período. Pero la realidad es que durante mucho tiempo no conseguimos dar un solo paso adelante. Lo intentamos muchas veces, hemos peleado como demonios, nos han zurrado más de una vez y hemos cometido muchos errores. Esto ha ocurrido, principalmente, porque los camaradas que tenían encomendada dicha labor sobre el terreno carecían de la experiencia práctica necesaria y hemos tenido que comenzar a formarlos. Por otro lado, sucede que cuando estamos en esta brega, Ázas!, se producen varias detenciones, lo que nos obliga a reflexionar y a tener que dar al final marcha atrás.

Se imponía ordenar un repliegue para poder volver más tarde, y sobre otras bases, sobre los mismos pasos. Es claro que no podíamos continuar haciendo las cosas de aquel modo y que, de proseguir, el resultado más probable hubiera sido que no habríamos conseguido en mucho tiempo formar el núcleo que estábamos necesitando. ¿Qué ocurre? ¿Qué podemos hacer? Estas eran las dos preguntas que nos hacíamos. Nuestro plan de organización era correcto, estábamos esforzándonos para llevarlo a cabo, pero encontrábamos a cada paso unas dificultades casi insuperables. Y llegamos a una conclusión: tenemos que esperar.

Hay que dejar que las cosas rueden un poco más y preservarnos, no quemarnos inútilmente en el empeño. Porque cuando se den las condiciones no vamos a tener quien recoja los frutos y las vamos a desaprovechar. Por esta razón, lo que más importa es preservar nuestra pequeóa fuerza en espera de una situación más favorable. Así planteamos las cosas y obramos en consecuencia.

Yo creo que ésta ha sido la decisión más importante que hemos tomado en la última etapa, lo cual no ha supuesto, en ningún momento, quedarnos con los brazos cruzados a la espera de que nos cayera en las manos el fruto maduro. Al contrario, todo lo que se podía hacer lo hemos hecho, pero desde el exterior principalmente, arriesgando lo menos posible y con la vista puesta en crear todas las condiciones que habrían de permitirnos relanzar de nuevo el trabajo del Partido. Esto nos ha facilitado mucho las cosas; ha hecho posible, por ejemplo, poder controlar mucho mejor la labor de cada uno y desarrollar un trabajo más pausado y permanente de discusión y planificación.

Hay que insistir de nuevo en que, para nosotros, nunca se ha tratado de contar con organizaciones muy amplias o compuestas por numerosos militantes. Eso resultaría imposible en estos momentos. Por esa razón, promover núcleos de cinco o tres militantes en cada localidad o centro industrial importante, formados por camaradas con las ideas claras, firmes y dispuestos a trabajar seriamente, sería más que suficiente para acoger a ese núcleo de la Dirección y asegurarle el mínimo indispensable para que pueda desarrollar su trabajo. En este sentido se han hecho importantísimos progresos últimamente, pero en esta etapa de la que estamos hablando... Bueno, en realidad, antes de esta etapa lo teníamos mucho peor, pues, como ya expliqué más arriba, después de las detenciones del 85 no quedó prácticamente nada organizado y tuvimos que partir casi de cero. O sea, que esa otra situación representaba un pequeóo progreso si la comparamos con la anterior. Digo esto porque se puede crear la impresión de que no hemos hecho otra cosa más que retroceder, y eso no ha sido así, particularmente en este último período. En esto se hace notar la agudización de la crisis del régimen y nuestro propio fortalecimiento. Pero habíamos llegado a un punto en que nos costaba mucho seguir avanzando e incluso, como hemos visto, existía el riesgo de que nos echaran de nuevo p’atrás y nos cortaran todos los puentes. Por este motivo decidimos retroceder: antes de que nos empujen de mala manera, nos dijimos, retrocedamos nosotros, repleguémonos de la forma más ordenada, para luego avanzar de nuevo pisando un terreno mucho más firme y seguro. Así es como hemos procedido.

Reforzar el aparato clandestino del Partido

Ahora, desde hace ya algún tiempo, estamos trabajando en el establecimiento del núcleo de la Dirección en el interior. Este proyecto sigue siendo válido y a él no hemos renunciado. Es justo trasladar al interior una parte de la Dirección y fortalecerla con nuevos cuadros, a fin de que se puedan atender debidamente las necesidades que se nos plantean, sobre todo en los aspectos prácticos y orgánicos. Que la Dirección del Partido esté ahí, permanentemente dedicada y en continuo contacto con la comisión política, supone un paso de enorme importancia para el fortalecimiento del Partido y el desarrollo de su trabajo político entre las masas. Que miembros de la Dirección se reunan entre ellos, discutan los problemas y tomen decisiones sin esperar las instrucciones de fuera; que se hagan presentes en las localidades, que tomen contacto con los militantes de base, que les aconsejen sobre la mejor forma de organizarse y de hacer las cosas; que los comités locales se sientan respaldados y puedan recoger y servirse de esa labor de la Dirección, teniendo asegurado al mismo tiempo el contacto o la relación, todo eso es lo que pretendemos que se haga. Es lo que intentamos hacer al principio y no lo conseguimos porque los camaradas no tenían ni medianamente claras las ideas, porque se olvidaban de la mitad de los acuerdos, porque se embrollaban a cada paso y no se coordinaban; porque no comprendían la importancia de los contactos y la relación estrecha con nosotros y fallaban muy a menudo, quedando ellos y dejándonos colgaos. Todo eso era el resultado de la inexperiencia, de la falta de profesionalidad. En este terreno hemos avanzado muchísimo. Además, ahora tenemos la ventaja de contar, por un lado, con mejores condiciones de seguridad, y de otro, con una organización que antes no teníamos. Esto no quiere decir que debamos bajar la guardia y no prestemos más atención a las cuestiones de seguridad. La seguridad, como en general todo lo relacionado con el trabajo clandestino, tiene que ser reforzada continuamente, pero el hecho de que hayamos pasado ya a formar ese núcleo en el interior con ideas y criterios claros, y que éste haya comenzado a funcionar desde un terreno firme, supone un paso importantísimo que garantiza, entre otras cosas, el que podamos recuperar en poco tiempo el terreno perdido.

El siguiente paso a dar consiste en terminar de romper la resistencia que encontramos en algunos camaradas a la hora de plantearles su incorporación al trabajo clandestino. Todavía hoy no se acaba de comprender que no es únicamente por una cuestión de seguridad, de preservar al Partido de los golpes de la represión, por lo que la Organización debe mantenerse en la clandestinidad, sino, y sobre todo, porque la dirección clandestina del trabajo de masas imprime a éste un carácter revolucionario, algo imposible desde la legalidad; al menos en las condiciones de un Estado terrorista como el que impera en España, pues la continua presión policial obliga a rebajar el contenido revolucionario de la actividad política hasta situarla en un nivel reformista, más o menos radical. De no abandonar esta posición es muy fácil, como demuestra la experiencia, dejarse arrastrar por el legalismo y el espontaneísmo, que imposibilitan llevar a cabo un trabajo organizado, múltiple y variado, verdaderamente revolucionario. Los intentos de algunos camaradas por hacerse un hueco en la sopa de siglas que suele convocar pacíficas manifestaciones de impotencia o redactar pomposos comunicados, la persistencia en celebrar acto tras acto, malgastando así tiempo y energías o el infantil activismo de otros, ansiosos por recoger frutos donde ni siquiera se ha sembrado, ¿a qué responden sino a una equivocada concepción sobre el carácter de nuestra Organización y de los fines u objetivos que persigue? Por eso es necesario insistir una y otra vez en estos problemas. Además, carece de fundamento el dilema que algunos se plantean entre el trabajo de masas y la actividad clandestina, ya que ésta no sólo no aleja al Partido de las masas, o de sus elementos más avanzados, que son, fundamentalmente, entre quienes debemos trabajar, sino que, además, si queremos preservar nuestras fuerzas, garantizar la continuidad del trabajo y tener las manos libres para tomar una decisión u otra, hemos de actuar desde la clandestinidad, fuera de todo control y de cualquier tipo de presión. Por lo demás, las condiciones generales, el desarrollo de la crisis, habrán de facilitarnos las cosas; con eso y con la ayuda del cielo...

¿Recordáis el cuento del viejo tonto que se había propuesto mover las montaóas? Al final el cielo se apiadó de él y acudió en su ayuda. En este cuento, que refiere Mao en uno de sus escritos, el viejo tonto representa al Partido Comunista, y el cielo a las masas del pueblo de China, las cuales, llegado un momento, se levantaron para derrocar al feudalismo, al capitalismo burocrático y al imperialismo, las tres grandes montaóas que impedían su marcha hacia adelante. Bueno, pues en nuestro país habrá de suceder lo mismo. Llegará el día en que el cielo se apiade de nosotros y acuda en nuestra ayuda para demoler esas dos grandes montaóas que son el fascismo y el imperialismo. Hasta que llegue ese día tenemos que ser pacientes y no cejar en nuestro empeño.

Es verdad, y así debemos reconocerlo, que se sigue una marcha lenta, desesperadamente lenta, en el desarrollo de la Organización. Curiosamente, esa lentitud contrasta con la radicalización y extensión cada día mayor que está adquiriendo el movimiento espontáneo de masas. A veces este fenómeno lo atribuimos a la juventud del Partido y a que no ha tenido tiempo aún óni la oportunidad para echar hondas raíces entre las masas populares. Otras veces seóalamos la represión como la causa principal de ese retraso, así como el temor que sienten muchas personas a relacionarse con nosotros. Y esa represión y temor existen, sin ninguna duda. Por otra parte, habría que considerar la crisis de los partidos como algo que de algún modo también nos afecta, ya que la gente no se fía de nadie. Esa desconfianza está más que justificada con respecto a los partidos burgueses, ¿pero cómo convencer a los trabajadores de que el nuestro, el PCE(r), no es un partido como los demás y que no persigue sus mismos fines e intereses, sino los de la clase obrera y los del pueblo en general? ¿Cómo demostrar esa diferencia? La clandestinidad, el ser continuamente perseguidos por el Estado burgués y por toda la caterva de izquierdistas que le sirven, constituye una prueba, pero no es suficiente, pues también los carrillistas fueron perseguidos y quien más o quien menos, desde las mismas áreas del poder, se ha fabricado una historia de mártir, de luchador y de demócrata de toda la vida que no hay quien se trague. Tampoco podemos ofrecer un programa de reformas aunque planteemos y luchemos por algunas de ellas, lo que hace que nuestras proposiciones aparezcan irrealizables o muy alejadas de los problemas y preocupaciones diarias de las masas. Esto dificulta la aproximación y nuestro trabajo entre ellas. Además no hay que desestimar la labor que han hecho y continúan haciendo los revisionistas y la enorme repercusión que ha tenido la hecatombe provocada por ellos en numerosos países, lo cual merma extraordinariamente las posibilidades de una rápida recuperación de la moral revolucionaria y de la conciencia política en amplios sectores de la clase obrera. Todos éstos son factores importantes que debemos apreciar, pero no lo son todos, ya que ello también depende, en medida considerable, de los flujos y reflujos por los que atraviesa siempre el movimiento revolucionario de cada país. Dependiendo de estos flujos y reflujos, el movimiento político de las masas puede crecer o desarrollarse rápidamente en plazos de tiempo relativamente cortos, o bien, en otras circunstancias, puede retroceder o quedar detenido. Esto último es lo que ha sucedido en España desde que se inició la reforma a mediados de los años 70 hasta nuestros días, en que, como ya hemos analizado, se observa un nuevo ascenso. En esta nueva situación, el Partido podrá encontrar mejores condiciones para llegar a las masas y para hacerse entender, al menos entre sus elementos más avanzados. No hay que desesperar. Tenemos que ser pacientes y, sobre todo, aprender a machacar el hierro para darle forma cuando esté bien caliente.

Alguna gente bien intencionada no comprende estas cosas y llegan al extremo de tachar de contrarrevolucionarios y aristócratas a la mayor parte de los obreros por el mero hecho de que éstos no se comportan siempre según el esquema idealista que de ellos se habían formado. Han aprendido de memoria unas cuantas frases acerca de la clase obrera como sujeto de la historia, del papel que sabemos habrá de jugar más tarde o más temprano en todos los países, y esperan que los obreros se comporten en todo momento y lugar, incluso individualmente, con arreglo a ese esquema; pero como en la realidad cotidiana las cosas son mucho más complejas y se presentan de otra manera, entonces pierden pie y ya no saben a qué santo encomendarse. De modo que no es de extraóar que les oigamos muy a menudo plantear preguntas como las que siguen: ¿cómo han actuado los obreros en Polonia, en Rusia, en Alemania?, ¿por qué se han dejado engaóar por los carrillistas y otros estafadores socialófascistas aquí, en España?, ¿es que no estaban alertados desde un principio de lo que escondían bajo la política de reconciliación nacional y de la reforma del régimen? Preguntas para las que, verdaderamente, no existe ninguna respuesta al margen de las que ya hemos apuntado, pues si bien es cierto que existen la aristocracia obrera e incluso los obreros reaccionarios, éstos serán siempre una minoría insignificante en relación a la gran masa de los explotados y oprimidos por el capital. Aplicar tales calificativos a esa masa resulta un absurdo y una estupidez y conduciría a considerar a los obreros poco menos que como un rebaño, que es como son considerados por los sociólogos burgueses más proimperialistas y reaccionarios. Nosotros no podemos aceptar una tal calificación por muy inexplicables que nos resulten a veces ciertos comportamientos y la apatía que observamos entre los trabajadores. No somos unos idealistas, en el sentido de creer que los pueblos, las clases y los individuos se lanzan a la lucha movidos tan sólo por ideales, y no por intereses muy concretos, y eso sólo cuando se ven obligados o impelidos a hacerlo. Para que no fuera así, todo el mundo tendría que ser consciente; la humanidad debería haber dejado de estar dividida en clases antagónicas, tendría que haber salido hace tiempo del reino de la necesidad y haber entrado en el reino de la libertad. Pero esto está todavía lejos de suceder, lo que resalta, una vez más, la importancia de la labor del Partido. Sólo el Partido puede actuar conscientemente, con conocimiento de causa, de los fines y de los medios o procedimientos que permitan alcanzarlos. Y esos conocimientos rara vez los consigue a la primera. Hace falta que medie la práctica, acumular experiencias, pasar por toda una sucesión de derrotas y victorias antes de alcanzar un conocimiento claro y profundo de la realidad que queremos óy necesitamosó transformar. Así nos vamos haciendo cada día más "sabios". Sólo el Partido puede ser el depositario de esa experiencia y transmitirla a las masas, partir de las masas, para volver otra vez a ellas. Y eso habrá de repetirse cientos, miles de veces. En ello consiste el principal método de trabajo del Partido, la línea de masas, y no podemos tener otro. Esto implica tener que adoptar siempre una posición de clase muy firme y muy clara, de decidido apoyo al movimiento de las masas, y una actitud coherente ante ellas, tanto de maestros como de alumnos.

En fin, camaradas, una vez que hemos conseguido articular de nuevo la Dirección y una amplia red de organizaciones, de contactos y de relaciones, tanto dentro como fuera de España, podemos mirar con mucho más optimismo ese futuro que nos quieren emborronar. Sin esa labor previa no podríamos haber celebrado este Congreso, el cual viene a suponer la culminación de todo ese largo y difícil período que hemos atravesado. Aun así no todos los problemas están ya resueltos, como fácilmente se podrá comprender. Hemos superado la etapa más dura y más difícil de la historia del Partido, pero seguramente lo será aún más la que habremos de atravesar. Tenemos ante nosotros un duro y largo camino por recorrer. Debemos seguir preparándonos para ello.

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