La estrategia contrainsurgente del régimen

Resistencia núm. 52
noviembre de 2000

El gobierno de los nuevos falangistas y las diversas instituciones del Estado, jaleados por los medios de comunicación, han saludado con alborozo la detención en Francia de parte de nuestro Comité Central y de militantes de los GRAPO, así como otros arrestos de patriotas vascos efectuados por las mismas fechas. Todos piden más detenidos, más torturas y hasta más sangre, sin reparar en trabas legales de ninguna clase, en un frenesí represor propio de los tiempos del más negro fascismo. Esta nueva avalancha represiva supone dar un paso más allá de la fase de la contrarrevolución preventiva, uno de los peldaños que componen la moderna estrategia contrainsurgente.

Está claro que el régimen de los monopolios se está enfrentando al Movimiento de Resistencia como siempre se ha visto obligado a hacerlo: mediante el terror puro y duro. Pero ya no se trata, como hace algunos años, de reprimir selectivamente sólo a los cuatro gatos que seguían en la trinchera; ahora hay ya barricadas y hasta simples pasamontañas tras los que se parapetan, cada vez en mayor número, los resistentes y, por tanto, de lo que se trata es de extender esa represión al conjunto del movimiento obrero y popular.

Y como las leyes del régimen dan para eso y mucho más, a diferencia de lo que hicieron los felipistas con la guerra sucia, las huestes aznaristas van a legalizarla, aplicando el Estado de Derecho a todo el que se mueva y criminalizando hasta las guarderías, como dijo un dirigente del PNV. Tal como anunciábamos en el Resistencia anterior, el estado de excepción implantado en Euskal Herria ha sido sólo la primera parte de una ofensiva terrorista a gran escala del Estado y todas las fuerzas políticas reaccionarias que lo sostienen. Las últimas detenciones de militantes de nuestro Partido vienen a unirse a la persecución y encarcelamientos de otros militantes de organizaciones políticas como H.B. y EKIN. Al periodista Pepe Rei lo han puesto en la diana y, detrás, irán más políticos, más periodistas, sindicalistas independientes, jóvenes revolucionarios, etc.

Tenemos que hacer ver a la gente que toda la desenfrenada actuación de jueces y policías, todos los proyectos legislativos que preparan aznaristas y felipistas con la excusa de la lucha antiterrorista no tienen otra finalidad que dejarnos a los trabajadores aún más indefensos de lo que lo estamos frente a sus medidas de sobreexplotación. No es casual que cuando están planeando meter en la cárcel por decenios a los chavales que se echen a la calle o quemen un cajero automático, cuando de las bocazas ministeriales surgen amenazas como la cadena perpetua o hasta la pena de muerte -¡para negarla!, faltaría más-, cuando los presupuestos del Estado contemplan subidas de más del 6% en las partidas dedicadas a las fuerzas represivas (15% para los carceleros), al mismo tiempo que ocurre todo eso se anuncian medidas de mayor explotación y saqueo de los bolsillos de los trabajadores, como un nuevo abaratamiento del despido, nuevas subidas de precios, recortes en las conquistas sociales, etc. El mensaje del Gobierno es claro: como protestéis, os puede pasar lo mismo que a los terroristas.

Indudablemente, todas estas medidas de choque de los aznaristas tienen mucho que ver con una crisis económica que arrecia y cuyos efectos empiezan a pesar gravemente en las ya mermadas economías de los trabajadores. Colectivos enteros de obreros, como el metal en Huelva o Cantabria, se echan a la calle para exigir mejores salarios, mientras grandes fábricas como la Ford de Valencia anuncian huelgas para los próximos meses; los marineros se hartan de tanta negociación inútil y exigen poder volver a faenar; transportistas, agricultores y pescadores reanudan sus movilizaciones, bloqueos de puertos y cortes de carretera contra los abusos de los monopolios. Este es sólo el comienzo y eso lo saben bien los peperos, que se aprestan a contrarrestar la que se les viene encima intentando meter miedo a quienes se resistan a tanto atropello.

Pero, como hemos dicho repetidas veces, la causa fundamental de que en estos momentos el régimen tenga que echar mano de todo su arsenal represivo es su debilidad. El regreso a sus orígenes es una vuelta de tuerca más a su propia crisis política, de la que se ve imposibilitado de salir, una confesión desesperada de su impotencia y su pánico ante un futuro que no les augura nada bueno. Al mismo tiempo, en los últimos años no ha dejado de crecer el descontento popular, las inquietudes políticas de los sectores más avanzados de las masas crecen, las organizaciones políticas se refuerzan, ETA se renueva y reemprende la lucha con más bríos, los GRAPO reaparecen por enésima vez, nuestro Partido crece en influencia y organización. ¡Esta es la verdadera preocupación que trae de cabeza a los estrategas del régimen!

Fracasa la fase de contrarrevolución preventiva

Lo que los manuales y experiencias de la contrainsurgencia califican como fase de contrarrevolución preventiva, es aquella en que, según la versión española realizada en su día por el Estado Mayor del Ejército en Orientaciones, subversión y contrasubversión, se trata de la represión de las fuerzas revolucionarias en las primeras etapas de su desarrollo, de impedir que la subversión prospere, aumente la envergadura de sus acciones y extienda su influencia. Aunque en esta fase se señala que la represión es sobre todo selectiva y limitada, las medidas contrainsurgentes amplían su radio de acción a toda la población para hacer frente a conflictos tales como los laborales, estudiantiles, alteraciones de orden público, resistencia y contestación violenta [...] que sirven a los objetivos de los terroristas y sus organizaciones y son una fuente de reclutamiento.

La fase preventiva es la primera etapa de la contrainsurgencia moderna, en la que, a medida que el Movimiento de Resistencia Antifascista progresa, el Estado de excepción, caracterizado en esencia por la supresión de determinadas garantías y libertades y por el control cada vez mayor de los ciudadanos por parte de las fuerzas y tribunales de represión, no sólo se extiende a todos los ámbitos de la sociedad, sino que también adquiere un carácter permanente. Esta fase se concreta, sobre todo, en las leyes y tribunales especiales, en la guerra sucia, en las unidades antiterroristas, en la tortura sistemática y en las cárceles de exterminio, así como en las diversas variantes de la guerra sicológica y de intoxicación de masas. Ni que decir tiene que esta primera fase ha venido funcionando durante toda la Reforma Política y ha sido aplicada en todas sus variantes. Y es que la contrainsurgencia moderna se encuentra recogida en todas las constituciones democráticas y es uno de los pilares en los que se sustentan los Estados de Derecho.

En esta fase, aunque son las fuerzas policiales, la judicatura y el sistema penitenciario los que ocupan la primera línea de la represión, el ejército no permanece inactivo; mientras se mantiene discretamente en la sombra, adapta y prepara a una parte de sus unidades y de su aparato informativo para la lucha contrainsurgente, al tiempo que cumple tareas de dirección, coordinación y asesoría dentro del gobierno, de las fuerzas represivas e incluso dentro de los medios de comunicación. Otros instrumentos considerados como destacados de esta fase, y de los que apenas se habla como tales, son los partidos y sindicatos vendeobreros, encargados de legitimar las canalladas de la burguesía y sus matarifes. Incluso la misma política de diálogo y negociaciones forma parte de esta etapa preventiva; los expertos en la guerra sicológica mantienen que es necesario confundir, captar descontentos, negociar con las fracciones, e incluso negociar en abstracto ... porque el diálogo, que nadie se olvide, es una clave de la lucha antiterrorista.

Para los estrategas de la contrarrevolución esta fase es considerada como trascendental ya que reconocen que, si la subversión supera su etapa larval, su etapa inicial de implantación, es muy dificil evitar su desarrollo y, por ello, tratan de destruir a las organizaciones revolucionarias antes de que superen ese estado embrionario. Pues bien, se puede decir que en ese objetivo hace ya tiempo que han fracasado; los fascistas -decíamos en el número anterior de Resistencia- a lo máximo que pueden aspirar es a reducir la capacidad de organización del movimiento obrero y popular, de ahí las feroces arremetidas contra nuestro Partido, las organizaciones guerrilleras y democráticas [...] pues saben que ya no pueden acabar con dichas organizaciones.

Por eso esta nueva escalada represiva es una prueba evidente de la debilidad cada vez mayor del régimen fascista y del fracaso de todas las medidas puestas en práctica hasta la fecha. ¿Que más pueden hacer que no hayan hecho ya para obligarnos a claudicar, a renunciar a nuestras libertades y derechos? La violencia terrorista del Estado, la guerra sucia, las detenciones, la tortura, los asesinatos y las decenas de años de cárcel en condiciones de aislamiento se han mostrado ineficaces y han obrado, a fin de cuentas, en contra suya. Claro que pueden extender esa misma represión y terror a toda la población para tratar de aislarnos y restarnos apoyos. Por ahí se están encaminando últimamente, legalizando las mismas practicas terroristas de los GALes (*).

El Estado fascista en permanente pie de guerra

La contrainsurgencia preventiva, a pesar de todas las salvajadas cometidas, y de las bravuconadas del Aznarín y sus ministros, se está mostrando cada vez más inoperante. Hoy ya no se habla solamente de una estrategia de perseverancia, sino también de contención, como mal menor, eso cuando no se dice que el problema se centra en mantener el terrorismo dentro de unos límites de actividad tolerables, con el fin de evitar -como sostienen los estrategas de marras- que el proceso revolucionario entre en una fase preinsurreccional.

La necesidad de dar un paso más en la estrategia contrainsurgente les ha llevado a reemplazar la famosa Doctrina de la Seguridad Nacional -el gran tótem del terrorismo de Estado, que centraba toda su estrategia en la lucha contra el enemigo interno-, por la Nueva Directiva de Defensa Nacional (DDN). Esta estrategia, a la que se califica como más completa e integral, funde en un todo único la guerra contrainsurgente con el militarismo y los preparativos para la guerra imperialista. De ahí que la DDN en sus postulados retome el concepto de esa guerra permanente, en la que se conjugan los preparativos para las confrontaciones exteriores con la lucha contra el conflicto de clases en el interior del país, la guerra larvada o abierta que tiene lugar entre éstas. Un nuevo perfilamiento de esta estrategia, revisable cada cuatro años, ha venido con el segundo gobierno de la era Aznar.

Cabe señalar que, con esta estrategia, el régimen fascista no estaba haciendo más que seguir los pasos de otros Estados capitalistas, al menos los más poderosos, en los que la represión interior, la pacificación del propio territorio, marcha paralela y se relanza a medida que ascienden los preparativos para la guerra imperialista.

La DDN impulsa y perfila mucho más la fase preventiva contrainsurgente, preparando y haciendo incursiones en fases superiores de la represión, a los estados de sitio y estados de guerra, porque de todo han previsto las democracias capitalistas, sin salirse de su legalidad. Todo ello acelera esa vuelta del régimen a sus orígenes que desde hace tiempo venimos denunciando.

En el estado de sitio las fuerzas policiales son desplazadas de la primera línea de la contrainsurgencia, convirtiéndose en fuerzas auxiliares del ejército; las unidades militares toman las ciudades y otros lugares importantes, se impone el toque de queda, la judicatura corre a cargo, en buena parte de los casos, de los tribunales militares, etc.

Alguien podrá llevarse las manos a la cabeza cuando hablamos de cosas tan tremendas. Pero esto no es nuevo en nuestra democracia; el Plan ZEN (Zona Especial Norte) contra Euskal Herria y la guerra sucia de los felipistas eran adelantos del estado de sitio, que también se aplicó en Reinosa, cuando el pueblo fue tomado en 1987 por la guardia civil. Hoy mismo, por ejemplo, 64 generales, un cuarto de los que están en activo, desempeñan sus funciones en puestos relacionados con el aparato político. ¿Cómo calificar el despliegue policial y militar cada vez que hay elecciones? Y todo ello, repetimos, sin necesidad de golpes de estado ni de la aprobación del Parlamento.

Desde luego que el movimiento obrero y popular no va a dejarse amedrentar por las bravuconadas de los fascistas. No es la primera vez en los últimos decenios que se muestran tan fieros y, como ocurrió en esas ocasiones, sabemos que basta plantar cara a su terror con decisión y firmeza para que tengan que echar marcha atrás. Lo hemos dicho innumerables veces: Resistir es vencer, y estamos seguros que por ese camino de la resistencia activa van a marchar las cosas.

Notas:

(*) Mantener el rumbo trazado, Informe político del C.C. presentado por el camarada M.P.M. (Arenas) al IV Congreso del Partido.

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